Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

Hera aplaudió dos veces. —Todo el mundo, a dormir. —Todos asintieron, y se fueron retirando.

—Cariño —dijo Poseidón a Penélope. — ¿Quieres venir a.…? —se detuvo, al ver quién estaba detrás de su hija. Y Penélope decidió girarse, encontrándose con Artemisa, quien tenía una mirada, para nada santa, haciendo que la hija de Poseidón, tuviera problemas, para formular palabras, y empezara a mojarse.

—Lo lamento, tío —dijo Artemisa sonriente y sonrojada. —Quiero conocer a mi esposa, más… más a fondo. ¿los niños pueden quedarse contigo? Muchas gracias, te quiero —Y sin esperar respuesta, atrajo a la bella hija de Poseidón, de la mano. La llevó fuera del salón del trono, y descendieron por unas escaleras. —El Olimpo, no es solo el Salón del Trono. Sino que cada uno de nosotros, tiene un templo, sobre el cual gobierna. —Pasamos por algunos templos, hasta llegar a uno, que tenía por símbolo, una luna y un arco. —Y aquí, nos vamos a quedar nosotras dos. —llevó a la chica, hasta su habitación, besándola con desesperación, mientras temblaba, al sentir las manos de la chica, por su cuerpo, mientras iba perdiendo lentamente, su habitual atuendo de cazadora…

A la mañana siguiente, después del desayuno, Penélope tomó el libro. —El capítulo número 14 se llama: "De Cebra, hasta las Vegas"

Si vamos a tomar el expreso del zoo. —prosiguió Grover —Debemos darnos prisa.

No me gustaba, pero no tenía otra opción. Además, ya había tenido suficiente Denver. Cruzamos la calle corriendo, subimos a la parte trasera del camión y cerramos las puertas.

Lo primero que me llamó la atención fue el olor. Parecía la caja de arena para gatos más grande del mundo.

Todos rieron, ante eso.

Artemisa hizo una mueca.

El interior del camión estaba oscuro, hasta que empuñé mi tridente, el cual arrojó una débil luz broncínea sobre una escena muy triste. En una fila de jaulas asquerosas había tres de los animales del zoo más patéticos que había visto jamás: una cebra, un león albino y una especie de antílope raro.

—Siempre podría ser un Bongo, o quizás fuera de un Órix —dijo Artemisa.

Algún idiota le había tirado al león un saco de nabos que claramente no quería comerse. La cebra y el antílope tenían una bandeja de polis pan de carne picada, a la cual le tenían un muy obvio asco. Las crines de la cebra tenían chicles pegados, como si alguien se hubiera dedicado a escupírselos. Por su parte, el antílope tenía atado a uno de los cuernos un estúpido globo de cumpleaños plateado que ponía: "¡Al otro lado de la colina!"

— "Mortales idiotas" —susurraron todas las Cazadoras (y su jefa), con una precisión y desprecio unísono, tan bien dicho, que todos las escucharon.

Al parecer, nadie había querido acercarse lo suficiente al león, y el pobre felino se removía inquieto sobre unas mantas raídas y sucias, en un espacio demasiado pequeño, entre jadeos provocados por el calor que hacía en el camión. Tenía moscas zumbando alrededor de los ojos enrojecidos, y los huesos se le marcaban.

¿Esto es amabilidad? —Exclamó Grover. — ¿Transporte zoológico humano?

Pues no le veo mucha cara, de zoológico humano, G-Man —dije yo, mientras agarraba mi tridente, y trinchaba los nabos, pasándoselos al antílope y a la cebra. Agarré el plato de carne, y se lo dejé al león.

Seguro que habría salido otra vez a golpear a los camioneros con su flauta de juncos, y desde luego yo le habría ayudado, pero justo entonces el camión arrancó y el tráiler empezó a sacudirse, así que nos vimos obligados a sentarnos o caer al suelo.

Encontré una jarra de agua y les llené los cuencos.

Grover calmó al antílope, mientras Clarisse le cortaba el globo del cuerno con su cuchillo. Quería también cortarle los chicles a la cebra, pero decidimos que sería demasiado arriesgado con los tumbos que daba el camión. Le dijimos a Grover que les prometiera a los animales que seguiríamos ayudándolos por la mañana, después nos preparamos para pasar la noche.

—Pues vaya hotel —bromeó Hermes. Todos rieron.

Grover se acurrucó junto a un saco de nabos; Clarisse abrió una caja de nuestras Oreos con relleno doble y mordisqueó una sin ganas; yo intenté alegrarme pensando que ya estábamos a medio camino de Los Ángeles. A medio camino de nuestro destino. Sólo estábamos a 14 de junio. El solsticio no era hasta el 21. Teníamos tiempo de sobra.

Por otro lado, no tenía ni idea de qué debía esperar. Los dioses no paraban de jugar conmigo. Por lo menos Hefesto había tenido la decencia de ser honesto: había puesto cámaras y me había anunciado como entretenimiento. Pero incluso cuando aquéllas aún no estaban rodando, había tenido la impresión de que mi misión era observada. Yo no era más que una fuente de diversión para los dioses.

Hera, Poseidón y Anfitrite suspiraron.

Hera habló. —Seguramente, sí que estaríamos mirándolos.

Grover baló lastimeramente. —Debería haberte contado la verdad desde el principio. —Le tembló la voz. —Pensaba que, si sabías lo bobo que era, me querrías a tu lado.

Eras el sátiro que intentó rescatar a Thalía, la hija de Zeus.

— ¡PORQUÉ CADA VEZ QUE HABLAN DE MÍ, TIENEN QUE DECIR DE QUIEN SOY HIJA! —Rugió la chica furiosa. — ¡Eso ya quedó bastante claro, hace mucho rato! —Tragué saliva, mientras buscaba donde meterme. Me refugié, detrás de Clarisse. —A ti nadie te anda llamando "Penélope Jackson, hija de Poseidón".

—Es… este… perdón —le pedí sonrojada.

Asintió con tristeza. —Y los otros dos mestizos de los que se hizo amiga Thalía, los que llegaron sanos y salvos al campamento… Eran Annabeth y Luke, ¿verdad?

Una mestiza de siete años no habría llegado muy lejos sola. Atenea la guió hacia la ayuda. —Comentó Grover. —Thalía tenía doce; Luke catorce. Los dos habían huido de casa. Les pareció bien llevarla. Luke y Thalía, eran… unos luchadores increíbles contra los monstruos, incluso sin entrenamiento. Viajaron hacia el norte desde Virginia, sin ningún plan real, evitando monstruos hasta que yo los encontré, y los guie hacía el Campamento. —Suspiró, y apretó las manos, en las rodillas. —Se suponía que tenía que escoltar a Thalía al campamento. Sólo a Thalía. Tenía órdenes estrictas de Quirón: "no hagas nada que ralentice el rescate". Verás: sabíamos que Hades le iba detrás, pero no podíamos dejar a Luke y Annabeth solos, Thalía no estaba dispuesta. Pensé. . . que podría llevarlos a los tres sanos y salvos. Fue culpa mía que nos alcanzaran las Benévolas. Me quedé que el sitio. Me asusté de vuelta al campamento y me equivoqué de camino. Si hubiese sido un poquito más rápido. . .

—Yo quería llevar a Luke y a Annabeth conmigo, Grover —dijo Thalía sonriente, solo para que esa sonrisa, se borrara de su boca. —Ya todos saben, quien es mi padre. —Todos asintieron. —Pues bien: mi padre decidió, que una única hija para Beryl Grace, no era tan buena idea. —Rio sin gracia, le enseñó a su padre una sonrisa que tenía todo, menos alegría. —Y volvió como Júpiter, y nueve meses después, nació Jason. Cuando él tenía dos años, mi madre me mandó, por una cesta de picnic, y cuando volví, ella había llevado a Jason, a la Casa del Lobo, el lugar donde todos los semidioses romanos, comienzan su travesía, hacía el Campamento Júpiter. Obviamente, yo no lo sabía. Acabé involucrando a la policía mortal, y metí a mi madre en un problema, que le provocó mucho estrés. Terminé huyendo de casa. Años después, los encontré a ellos dos, los llevé conmigo. El tío Hades se enteró de quien era yo, y nos persiguieron muchos monstruos. Ya estábamos en la Colina Mestiza, pero nos alcanzarían. Luché contra ellos, casi muero, y acabé atrapada en el pino.

Grover suspiró. —Se sacrificó para salvarnos. Murió por mi culpa. Así lo dijo el Consejo de los Sabios Ungulados. Su alma, sigue viva y su cuerpo, fue transformado en el pino de la colina. Es su alma, lo que ha mantenido las salvaguardas del Campamento Mestizo, Penny.

¿Por qué no pensabas dejar a otros dos mestizos atrás? —Dije. —Eso es injusto.

Penny tiene razón —convino Clarisse. —Yo no estaría aquí hoy de no ser por ti, Grover. Ni Annabeth, ni Luke. No nos importa lo que diga el Consejo.

Sabes que eres mi mejor amigo, ¿verdad? —le dije sonriéndole. Él asintió.

¡Menuda suerte tengo! Soy el sátiro más torpe de todos los tiempos y voy a dar con los dos mestizos más poderosos del siglo, Thalía y Penny. —Dijo Grover, pasándose las manos por la cara, estresado.

Sonreí. —Aun no acabas, la misión Grover. —Él me miró confundido. —Nos falta un hijo del tío Hades.

—Oh, vamos —se quejó Nico, poniéndose de pie, en pose heroica. —Soy fuerte.

—Nadie aquí, es tan fuerte, como Penny, Nico. —Dijo Thalía sonriente. —Por algo, ella es nuestra líder.

Él baló lastimeramente, y con Clarisse, nos reímos.

Y eres más valiente que cualquier otro sátiro que haya conocido. —dijo Clarisse, apoyándome. —Nómbrame alguno que se atreva a ir al inframundo. Seguro que Penny también se alegra de que estés aquí.

Puedes estar seguro de eso, G-Man —le dije sonriente. —Hablaremos con Hades. Recuperaremos el Rayo y el Casco, y los entregaremos, antes del Solsticio, para que no entremos en una guerra.

Guardamos silencio varios kilómetros, zarandeados contra los sacos de comida. La cebra comía nabos. El león lamía lo que quedaba de carne picada y me miraba esperanzado.

Clarisse se frotó el collar como si estuviera concentrada pensando.

Yo me puse de pie, y encontré un saco de comida, con carne cruda dentro. Saqué un trozo más grande, y repitiendo el proceso del tridente, se lo dejé al león. —Las cuentas del collar, ¿Qué hay con ellas?

En ese momento, la belleza Amazona, se dio cuenta de que estaba jugueteando con él, y lo miró con sorpresa. —Cada agosto, los consejeros eligen el evento más importante del verano y lo pintan en las cuentas de ese año. Tengo el bosque de las bestias, el pino de Thalía, un trirreme griego en llamas, un centauro con traje de graduación… —Se rio. —Bueno, ése sí que fue un verano raro…

—Y que lo digas —dijeron Annabeth, Luke, Charles y Silena, mirando sus collares.

—Solo espero, que no volvamos a tener un verano, como aquel —dijo Charles, haciendo una mueca. Todos asintieron.

Unos minutos después, Clarisse estaba dormida.

Yo seguí su ejemplo. La pesadilla se inició como algo que había soñado antes un millón de veces: me obligaban a realizar un examen oficial metido en una camisa de fuerza. Los demás chicos estaban saliendo al patio y el profesor no paraba de decir: —Venga, Penny. No eres tonta ¿verdad? Agarra el lápiz.

—Tiene una camisa de fuerza, imbécil —gruñó Anfitrite enfadada, a pesar de saber que solo era un sueño de su hija.

Y entonces el sueño se desviaba de su camino habitual.

Miraba hacia el pupitre de al lado y veía a una chica sentada allí. También con camisa de fuerza. Tenía mi edad, el pelo negro y revuelto, peinado a lo punk, los ojos azules y tormentosos pintados con lápiz oscuro, y pecas en la nariz. De algún modo, sabía quién era: Thalía, hija de Zeus.

— ¡¿Soñaste, con Thalía?! —rugió Clarisse celosa, haciendo que su novia hiciera una mueca, al tener que escuchar un grito, en su oído.

—Te falto agregar el: "hija de Zeus" —bromeó Connor Strolls, y todos lanzaron la carcajada, que murió, cuando Thalía los miró a todos, furiosa.

Thalía miró a su prima enfadada. —A mí no me hace gracia: Penny Jackson, hija del Poseidón rubio.

—A mí sí —dijo la rubia, sonriente.

Ella forcejeaba con la camisa de fuerza, me lanzaba una airada mirada de frustración y espetaba: —Bueno, sesos de alga. Uno de los dos, tendrá que salir de aquí.

Tienes razón, cara de pino. Voy a volver a esa cueva. Voy a darle al cabrón del abuelo, mi opinión.

La camisa de fuerza se desvanecía. Caía a través del suelo de la clase. La voz del maestro se volvía fría y malvada, resonando desde las profundidades de un gran abismo. —Penny Jackson —decía. —Sí, veo que el intercambio ha funcionado.

Estaba otra vez en la caverna oscura, los espíritus de los muertos vagaban alrededor. Oculta en el foso, pero yo ya sabía, quien hablaba. Esta vez no se dirigía a mí. El poder entumecedor de su voz parecía dirigido hacia otro lugar. — ¿Y no sospecha nada? —Preguntaba.

Nada, mi señor. Está totalmente en la inopia. —Yo miraba, pero no había nadie. El que hablaba era invisible.

Thalía miró con enfado a Luke, quien se estremeció del miedo.

Un engaño tras otro —el anciano. —Excelente.

En serio, mi señor —decía la voz a mi lado, —hacen bien en llamaros el Retorcido, pero ¿era esto realmente necesario? Podría haberos traído lo que robé directamente…

Los seis hijos del titán, estaban pálidos.

—No.… no puede ser… no puede tratarse de él —murmuraba Zeus.

¿Tú? —Se burlaba. —Has mostrado tus límites con creces. Me habrías fallado por completo de no haber intervenido yo.

Pero, mi señor…

Haya paz, pequeño sirviente. Estos seis meses no han rendido mucho. La ira de Zeus ha aumentado. Poseidón ha jugado su carta más desesperada. Ahora la usaremos contra él. Pronto obtendrás la recompensa que deseas, y tu venganza. En cuanto ambos objetos me sean entregados… Pero espera. Está aquí.

¿Qué? —El sirviente invisible de repente parecía tensarse. — ¿La habéis invocado, mi señor?

No. —El anciano centraba toda la fuerza de su atención en mí, intentando dejarme inmóvil en el sitio. Pero, como la esencia de mi padre, pertenecía a otra línea del tiempo o a otra dimensión, entonces no le era muy útil. — ¡Maldita sea la sangre de su padre!: ¡es demasiado voluble, demasiado impredecible! ¡La chica ha venido sola!

— ¡Eres increíble, prima! —dijo Nico sonriente, solo para recibir un golpe en la cabeza.

—Eso no es increíble, Nico —se quejó su hermana, mirándolo con enfado, pero a la vez muy pálida. —Está frente al abuelo.

¡Imposible! —Gritaba el sirviente.

¡Para un débil como tú, puede! —Rugía la voz. Entonces su frío poder se volvió hacia mí. —Así que… ¿quieres soñar con tu misión, joven mestiza…? —Empuñé mi tridente rápidamente, y lo dudé solo un segundo. Claramente, no podía atacar al abuelo, pero sí, a su sirviente, fuera quien fuera.

Un muy veloz espejismo, de un hombre de cabello plateado y trajeado, empuñando un bidente, y atacando a un hombre, apareció en mi mente. Sabía que se trataba del Hades, de la otra dimensión. Rápidamente, hice eso mismo, pero cambiándolo un poco.

Anfitrite Titán —sujetando mi tridente con una sola mano, lancé un golpe descendente mientras deslizaba su agarre hacía la base del tridente. Escuché, como el sirviente, desenfundaba una espada, pero logré golpearlo en el hombro, y lo escuché gritar. — ¡Anfitrite! —Lancé estocadas veloces, en los hombros, los brazos, el abdomen, las piernas y los pectorales; haciéndolo gritar de dolor.

— ¡Muy bien hecho, chica! —dijo Ares sonriente.

— ¿Descubrieron al ladrón? —preguntó Hermes.

Clarisse y yo, asentimos.

Desperté con un sobresalto. Grover me sacudía por el hombro. —El camión ha parado —dijo. —Creemos que vendrán a ver los animales.

— "Escóndete" —Susurró Clarisse. tuvimos que escondernos detrás de unos sacos de comida y confiar en parecer nabos.

Todos rieron ante aquello.

Las puertas traseras chirriaron al abrirse. La luz del sol y el calor se colaron dentro. Yo, toqué los hombros de Clarisse y Grover, mientras suspiraba, y convertía el aire caliente, en frio.

¡Qué asco! —Rezongó uno de los camioneros mientras sacudía la mano por delante de su fea nariz. —Ojalá transportáramos electrodomésticos. —Subió y echó agua de una jarra en los platos de los animales. — ¿Tienes calor, chaval? —le preguntó al león, y le vació el resto del cubo directamente en la cara. El león rugió, indignado. —Vale, vale, tranquilo —dijo el hombre. A mi lado, bajo los sacos de nabos, Grover se puso tenso. Para ser un herbívoro amante de la paz, parecía bastante mortífero, la verdad. El camionero le lanzó al antílope una bolsa de Happy Meal aplastada. Le dedicó una sonrisita malévola a la cebra. — ¿Qué tal te va, Rayas? Al menos de ti nos deshacemos en esta parada. ¿Te gustan los espectáculos de magia? Éste te va a encantar. ¡Van a serrarte por la mitad!

A Artemisa poco le faltaba, para meterse al libro, y matar al tipo.

La cebra, aterrorizada y con los ojos como platos, me miró fijamente. No emitió sonido alguno, pero la oí decir con nitidez: "Por favor, señorita, libérame." me quedé demasiado conmocionada para reaccionar.

—Soy el creador de los caballos, y las cebras, son familiares equinos muy cercanos —dijo Poseidón, asintiendo.

"Ábrame la jaula, señorita. Por favor. Después yo me las apañaré por mi cuenta."

Me encargué de crear una distracción, arrojando algunos de los nabos, contra un vagón de otro tren, distrayendo a Maurice y a Eddie.

Cuando se fueron, usando mi espada, abrí los candados, y los animales salieron al galope. Nosotros, también corrimos lejos.

Acabábamos de soltar una cebra, un antílope y un león, en Las Vegas.

Hermes y dos de sus hijos, los Stroll, lanzaron una carcajada divertida.

Maurice y Eddie corrieron detrás de ella, y a su vez unos cuantos policías detrás de ellos, que gritaban: — ¡Eh, para eso necesitan permiso!

Éste sería un buen momento para marcharnos —dijo Clarisse.

Algunos turistas gritaron. La mayoría solo se apartaron y sacaron fotos, probablemente convencidos de que era algún espectáculo publicitario de los casinos.

¿Estarán bien los animales? —Le pregunté a Grover, preocupada. —Quiero decir, con el desierto y tal…

Artemisa y Poseidón, se alegraron de que su esposa/hija, se preocupara por los animales.

No te preocupes —me contestó. —Les he puesto un santuario de sátiro.

¿Qué significa? —Preguntó Clary.

Significa que llegarán a la espesura a salvo —dijo. —Encontrarán agua, comida, sombra, todo lo que necesiten hasta hallar un lugar donde vivir a salvo.

¿Por qué no nos echas una bendición capristica de ésas a nosotros? —Le pregunté.

Solo funciona con animales salvajes. —me contestó él, encogiéndose de hombros.

Así que sólo afectaría a Penny —razonó Clarisse burlona, pasándome un brazo, por el hombro.

Todos lanzaron una carcajada.

¡Eh! —le dije yo, divertida.

Salimos a trompicones a la tarde en el desierto. Debía de haber cuarenta y cinco grados, así que seguramente parecíamos vagabundos refritos, pero todo el mundo estaba demasiado interesado en los animales salvajes para prestarnos atención.

No estaba segura de qué íbamos buscando. Tal vez sólo un lugar donde librarnos del calor por unos instantes, encontrar un sándwich y un vaso de limonada y trazar un nuevo plan para llegar a Los Ángeles.

Debimos de girar en el lugar equivocado, porque de repente nos encontramos en un callejón sin salida, delante del Hotel Casino Loto. La entrada era una enorme flor de neón cuyos pétalos se encendían y parpadeaban. Nadie salía ni entraba, pero las brillantes puertas cromadas estaban abiertas, y del interior emergía un aire acondicionado con aroma de flores: flores de loto, quizá. Jamás las había olido, así que no estaba seguro.

Hades agarró el libro, para leer el próximo capítulo: —Hotel Casino Loto... Oh, no.