Silencio
Silencio.
Oscuridad.
Miedo.
—La puta madre, ¿Por qué no me habré dormido antes? —Susurró Martín entre dientes, abrazándose a su almohada.
El reloj marcaba las dos de la mañana y no había podido abandonarse a los brazos de Morfeo, a pesar de tener sueño.
Pero, no era su culpa, simplemente no podía.
La oscuridad, la bendita oscuridad.
Había terminado su papeleo del trabajo a las once, luego de un breve descanso, cenó y se duchó; terminó acostándose a las doce y media, completamente cansado, listo para conciliar el sueño.
Doce menos veinte se cortó la luz.
Sinceramente, no comprendía cómo podía tener tanta mala suerte.
«Para colmo, Arthur aún no ha regresado del trabajo. Mejor, no quiero que me vea así...A ver si en una de esas...se aprovecha» Y ahí estaba, cayendo nuevamente los malos recuerdos invadían su mente y lo arrastraban hacia el borde de la inconsciencia.
Tóxico.
Oscuridad.
Cerró sus ojos y se tapó con la cubrecama hasta la cabeza, creyendo que así podría dormir. Error.
Una mano, una mano se acercaba y le apretaba el cobertor contra el rostro, impidiéndole respirar, el argentino se removía, intentando librarse.
Inútil.
Oscuridad.
Cuando, al parecer, la amenaza se desvaneció, Martín, salió de la cama, dispuesto a escaparse, sin embargo, antes de que pudiera poner un pie fuera de la habitación, sintió hormigueos y pinchazos en sus brazos, abdomen y pecho. Sintió la potencia de las descargas eléctricas. Picanas.
Ahogó un grito, apretando sus manos contra su pecho, sentía sus latidos elevarse; al punto de volverse doloroso.
Respiraba fuertemente, temblaba, intentaba calmarse. Hasta que escuchó la puerta del comedor intentando abrirse. Gritó fuertemente.
El ruido de la cerradura forzándose para abrise, lo hizo desesperarse aún más: gritaba, su pecho dolía, su cuerpo se contraía fuertemente ante los pinchazos y hormigueos, todo le daba vueltas. Escuchaba voces riéndose de él.
—¡Martín! ¡Martín! —Oyó una voz distorsionada, y unos...no, ¡Miles! ¡Miles de pasos rápidos se acercaban hacia él.
De reojo, vio la puerta de la habitación abrirse y sintió como alguien lo agarraba de los hombros. Alguien, alguien con uniforme militar. Intentó zafarse.
Le sujetó los brazos al contrario, aterrorizado. Sin embargo, el dolor en los suyos propios lo traicionaba. Empujó al otro, quien probablemente cayó.
—¡Martín!, ¡Tincho, amor! — El sujeto, se levantó del suelo y corrió hacia Martín, colocando las manos en sus mejillas, intentando calmarlo. El rubio, elevó la cabeza para encontrarse con unos ojos verdes que lo contemplaban con angustia. Un atisbo de cordura quiso arrimarse, pero, el temor se hizo presente de nuevo; y vio unos ojos sin brillo.
Su rostro se transformó en una horrible mueca de odio.
—¡Hi-hijo de puta! —Se esforzó en dirigir un puñetazo a la cara de lo contrario, pero su debilidad se lo impidio: apenas le había hecho un rasguño.
—Martín...¡Por favor, cálmate! ¡Soy yo, el Arthur que conociste desde niño! —La voz del inglés se quebró.
Martín, tragó fuertemente y emitió un sonido de sorpresa: reconoció esa voz.
Miró hacia todos lados, como un niño perdido, contemplando la habitación. Y se encontró con la mirada abatida y preocupada del inglés.
—A-Arthur —Apenas pudo articular, aún le dolía todo el cuerpo y no dejaba de temblar. El europeo lo abrazó contra su pecho nada más al escuchar su nombre.
Las lágrimas del argentino mojaban las ropas de Arthur.
—Love...
—Perdón, Arthur —Expresó con un hilo de voz.
El nombrado negó con la cabeza —No te preocupes, Martín.
El argentino, deshizo el abrazo recibiendo las manos del inglés sobre sus mejillas, limpiándole las lágrimas. El rubio del rizo, efectuó las mismas acciones, puesto que Arthur se encontraba en las mismas condiciones
Ambos se contemplaban: sus miradas desbocaban en dolor, abatimiento, angustia, remordimiento y...amor.
Inglaterra besó los labios de Argentina. Cálido, amoroso, desesperación, esperanza.
—Vamos a dormir, amor —. Ambos se levantaron, el argentino ayudado por el inglés.
—Conozco una manera efectiva de dormir, según estudios, disminuye el estrés, da felicidad...—
—¿Y cuál es esa manera efectiva? —Interrumpió Martín, quien se colocó casi al borde de la cama. Se sentía extraño por lo ocurrido.
Arthur abrazó a su pareja por el abdomen, quien al principio se tensó, luego, dejo que el inglés se apegara más a él.
—Le dicen "acurrucarse de cucharita" —Pronunció Inglaterra en su oído, besándole. Antes de dormir, Argentina le besó, brevemente, los labios y ambos durmieron acurrucándose, disfrutando del calor del otro y del presente.
Y, un nunca más por las pesadillas, será implorado.
