Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

Ahora fue Hades, quien agarró el libro. —Obsequios en el Inframundo.

Nosotros estuvimos de pie en las sombras del Boulevard Valencia, mirando hacia arriba a las letras doradas grabadas en mármol negro: ESTUDIOS DE GRABACIÓN EOB.

Debajo, grabado en las puertas de vidrio: ABOGADOS NO. VAGABUNDOS NO. VIVOS NO.

— ¿Los mortales pueden leer ese letrero? —preguntó Travis Stroll, entre curioso y confundido.

—Sí pueden —afirmó Hades. —Pero la niebla los convence, de que no hay nada extraño.

Era casi media noche, pero el vestíbulo estaba bien iluminado y lleno de gente. Detrás del escritorio de seguridad estaba sentado un guardia de seguridad de mirada dura con lentes de sol y un auricular.

Me giré hacia mis amigos. —Ok. Recuerden el plan.

El plan, —Grover balbuceo. —Seeh. Yo amo el plan.

¿Y si fracasamos? —preguntó Clarisse, repentinamente asustada.

No pienses en negativo —le rogué, para seguido a eso, besarla en la mejilla.

Clarisse y Grover bufaron. Penny los miró con algo de enfado en su rostro.

—Vamos a ver al señor del inframundo, y ella no quiere que pensemos en negativo —se quejó la hija de Ares.

Eres hija de Ares. La guerra provoca muerte, ¿no debería eso, de tenernos en algo de buena estima de mi tío? —le pregunté a Clarisse.

Ella suspiró y se pasó las manos por la cara, antes de agarrarme la mano. —Eso estoy rogando, Penny.

Caminamos hacia dentro del vestíbulo DOA.

Mozart sonaba suavemente en los altavoces ocultos. La alfombra y paredes eran gris acero. Cactus de lápiz crecían en las esquinas como manos de esqueleto. Los muebles eran de cuero negro, y todos los asientos estaban ocupados. Había gente sentada en sofás, gente parada, gente mirando hacia afuera por las ventanas o esperando por el ascensor. Nadie se movía, o hablaba, o hacia mucho de nada. Por el rabillo de mi ojo, podía verlos a todos perfectamente bien, pero si me enfocaba en cualquiera de ellos en particular, ellos empezaban a verse... transparentes. Podía ver directo a través de sus cuerpos. El escritorio del guardia de seguridad era un pódium alzado, así que tuvimos que mirar hacia arriba. Él era alto y elegante, con piel chocolate coloreada y cabello rubio blanquecino rapado al estilo militar. El vestía en tonos de carey y un traje de seda italiana que combinaba con su cabello. Una rosa negra estaba colgada de su solapa debajo de una etiqueta de nombre plateada.

Leí el nombre en la etiqueta, pero fruncí el ceño. No tenía sentido, que se llamara igual, que un Centauro. Me esforcé, y entonces, algo apareció en mi mente... ¿Y si él fuera...? —Disculpé, buenas noches —dije. El hombre me miró. —Señor... ¿Caronte?

Hades sonrió. —Tienes un punto extra, para caerle bien a Caronte, sobrina. —Todos lo miraron. —Desde hace ya muchos siglos, que, por alguna razón, todos lo confunden con Quirón. Todos, leen mal su nombre y eso, solo lo hace enfadarse más. Si lo leen bien, o lo reconocen, entonces será más... gentil, con ellos.

El barquero lanzó una risa de felicidad. —Gracias por pronunciar bien mi nombre, pequeña. Entonces, ¿Cómo fallecieron?

Me puse nerviosa, y empecé a sudar balas. Carajo, ¿y ahora qué le decíamos?

—Siempre ten un plan —dijo Atenea.

¿El nombre Procrustes, te dice algo? —preguntó retóricamente Clarisse.

Sí linda. Sí me dice algo —dijo el hombre, en un suspiro. —Supongo, que no tendrán monedas para el viaje. —Me metí la mano al bolsillo, y desparramé los Dracmas, que encontré en la registradora de Crusty. — ¡Vaya! Oro macizo. Hace ya mucho, que no veía de esto. Espera... —miró las monedas, más atentamente— ¡Dracmas! ¡DRACMAS DE ORO! —Las estudio cara y sello, incrédulo, antes de mirarnos. —Semidiosas, ¿eh?, entonces, ¿Qué desean, con exactitud?

Tenemos que hablar con el Sr. Hades, es urgente, Caronte —dije yo. —Quizás podría... bueno... mencionarle al jefe, que necesitas un aumento. Para tus trajes. —Y coloqué diez Dragmas, en la mesa, y otros cinco.

—Ahora sí, que los dejará entrar —dijo Hades. Muy fácilmente, Caronte dejaría que los aliados de cualquier enemigo suyo, pasaran, si es que le daban suficiente oro... o trajes italianos.

Puedo... quizás... quizás y los puedo meter, en el siguiente barco —dijo él. —Pero les advierto, que estaremos apretujados. Correcto. Ahora, nadie se haga ilusiones mientras no estoy, —anunció a la sala de espera. —Y si alguien mueve el dial de mi estación escucha suave de nuevo, me aseguraré de que ustedes estén aquí por otros mil años. ¿Entendido? —Y nos metió al ascensor. Puso una tarjeta llave dentro de una ranura en el panel del ascensor y nosotros empezamos a descender.

¿Qué les pasa a los espíritus que esperan en el vestíbulo? —preguntó mi niña de la guerra, de forma algo inocente.

—Nada —contestó Hades.

Nada —contestó Quirón, quien lo pensó bien. —Quizás y.… sí. Es posible, que deje pasar a una veintena, con el dinero que me pasaste, princesa. Me gustan los trajes italianos, y no es que sean exactamente baratos, ¿sabes? He querido un aumento, por varios milenios, ¡Y el Señor Hades, simplemente se niega a subirme el sueldo!

Tranquilo Caronte —dijo Grover, algo nervioso, mientras llegábamos a una playa, y él iba por el frente, subiéndose a una lancha, en la cual todos los espíritus y nosotros tres, nuestras ropas se transformaron en túnicas color pergamino, a diferencia de los otros espíritus, que ahora tenían túnicas negras. —Penny es sobrina del Sr. Hades, quizás y podamos mencionárselo, ahora que tenemos una audiencia con él.

—Sátiro, comienzas a hacerme enfadar —advirtió Hades, cruzándose de brazos.

Clarisse miró el estado del río. —Las aguas se ven muy

Contaminadas. Estamos en el RÍO Estigio, que tiene su nacimiento en la LAGUNA Estigia, pero suele ser casi, lo mismo —aclaró Caronte. —Estas aguas grises, son debido a que los humanos dejan caer sus sueños, esperanzas, deseos y promesas.

La niebla se ondulaba hacia afuera del agua sucia. Por encima de nosotros, casi perdido en la oscuridad, había un techo de estalactitas. Más adelante, la otra orilla brillaba con luz verdosa, el color del veneno.

El pánico cerró mi garganta. ¿Qué estaba haciendo ahí? Esta gente alrededor de mi... ellos estaban muertos.

Sin poderlo evitar, Thalía comenzó a reírse, y con ella, Bianca y Nico, mientras que Penny, los miraba enfadados. Entonces, la rubia arrastró por el aire su tridente, y una ola, golpeó a sus primos.

Clarisse sostuvo mi mano. Bajo circunstancias normales, esto me daría vergüenza, pero entendía como ella se sentía. Ella quería asegurarse de que alguien más estaba vivo en el bote.

Me encontré a mí misma murmurando una plegaria, aunque no estaba muy seguro a quien le estaba rezando. Aquí abajo, solo un Dios importaba, y él era el que yo tenía que confrontar.

La orilla del inframundo se pudo visualizar. Rocas escarpadas y arena volcánica negra se extendían tierra adentro aproximadamente a cien yardas de la base de una alta pared de piedra, la cual se marchaba en cualquier dirección tan lejos como podíamos ver. Un sonido vino de algún lugar cercano de la penumbra verde, haciendo eco en las piedras, el aullido de un animal grande.

El viejo tres caras tiene hambre, —dijo Caronte. Su sonrisa se volvió esquelética en la luz verdecida. Tenía ganas, de darle un puñetazo en la cara, para que se le borrara la sonrisa. —Mala suerte para ustedes, Diosecillos. Les deseo suerte, pero no hay ninguna de ella aquí abajo. Eso sí, no te olvides de mencionar mi aumento de sueldo. — Él contó nuestras monedas de oro dentro de su bolsa, luego tomó su mástil. El gorgoreaba algo que sonaba como la canción de Barry Manilow mientras trasladaba el barco vacío de vuelta a través del río.

Nosotras (y Grover) seguimos a los espíritus a través de un buen desgastado camino. No estoy segura de que estaba esperando, puertas perladas, o un gran rastrillo negro, o algo. Pero la entrada al inframundo se veía como una mezcla entre la seguridad de un aeropuerto y la autopista de peaje de Jersey.

Ahí había tres entradas separadoras debajo de un enorme arco negro que decía «USTED ESTA ENTRANDO AHORA EN EREBO». Cada entrada tenía un pasador de metales con cámaras de seguridad montadas en la parte de arriba. Más allá de estas había cabinas de peajes manejadas por espíritus crueles vestidos de negro como Caronte.

Los aullidos del animal hambriento estaban muy fuertes ahora, pero yo no podía ver de donde provenían. El perro de tres cabezas, Cerbero, quien se suponía que tenía que cuidar la puerta de Hades, estaba en ningún lugar para ser visto.

—Cerbero —murmuró Nico, con cariño por el perro. Bianca se le quedó mirando con cara de "¿En qué está pensando este?".

Los muertos hacían fila en las tres líneas, dos marcadas como «OPERADORA DE SERVICIOS», y una marcada como «EZ MUERTE». La línea EZ MUERTE se estaba moviendo derecho sola. Las otras dos estaban acaudaladas.

Caminamos, tratando de hacernos pasar por fantasmas. El gruñido era tan ruidoso ahora que sacudió el piso en mis pies, pero todavía no podía averiguar de dónde provenía.

Entonces, como a quince pies en frente de nosotros, la niebla verde brillaba. Parado justo donde el camino se dividía en tres caminos estaba un enorme monstruo sombrío.

— ¡Hey!, —se quejó Hazel, mirando a Penny, con el ceño fruncido. —no hables así del pobrecito. Es un buen perro. —Nico asintió sonriente, y Bianca seguía mirando a sus hermanos, como si fueran dos bichos muy raros.

No lo había visto antes porque era mitad transparente, como la muerte. Hasta que se movió, se mezcló con lo que sea que estaba detrás de él. Solo sus ojos y dientes se veían sólidos. Y estaba mirando derecho hacia mí. Mi mandíbula colgó abierta. Todo lo que podía pensar en decir era, —Es un Rottweiler. —Siempre imaginé a Cerbero como un gran negro mastín. Pero él era obviamente un Rottweiler pura raza, excepto por supuesto de que él era dos veces del tamaño de un lanudo mamut, casi invisible, y tenía tres cabezas.

— ¿Pequeños detalles, sesos de algas? —preguntó Thalía sonriente.

—Pequeños detalles, cara de pino —dijo su prima, sonriente.

La muerte camino directo hacia él, sin nada de miedo. Las filas de OPERADORA DE SERVICIOS se separaban a cada lado de él. Los espíritus de MUERTE RÁPIDA caminaban derecho entre sus patas delanteras y debajo de su vientre, cosa que podían hacer sin siquiera agacharse.

Vamos —dijo Grover asustado, empujándonos y metiéndonos entre las patas de Cerbero, y corriendo por la puerta de MUERTE RÁPIDA.

Imagínate el concierto más multitudinario que hayas visto jamás, un campo de futbol lleno con un millón de fans.

Ahora imagina un campo un millón de veces más grande, lleno de gente, e imagina que se ha ido la electricidad y no hay ruido, ni luz, ni globos gigantes rebotando sobre el gentío. Algo trágico ha ocurrido tras el escenario. Multitudes susurrantes que sólo pululan en las sombras, esperando un concierto que nunca empezará.

Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Por encima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.

Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta. —Comentó Grover, esperanzado.

No va a pasarnos nada. —Intenté aparentar seguridad.

A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero. —Sugirió Grover asustado. —Como el Elíseo, por ejemplo.

Venga, pedazo de cabra. —Clarisse lo agarró del brazo.

En la sala, todos se reían, por eso de "Pedazo de cabra".

Entonces, emití un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y me lanzaron lejos de Clarisse. Aterrizó dándose una buena costalada. Otro gritito. Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarme. — ¡CLARY, GROVER, AUXILIO! —Grité. — ¡MAIA! —Pero no se desactivaron. — ¡MAIA!

Empezaba a cobrar velocidad y descendía por la colina como un trineo.

Ellos me gritaban asustados, mientras corrían tras de mí.

¡Desátate los zapatos! —vociferó Grover.

¡NO LOS ALCANZO! —Grité, muerta del pánico. Me siguieron, tratando de no perderme de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que me miraban molestos. Estaba segura de que iba a meterme como un torpedo por la puerta del palacio de Hades, pero los zapatos vibraron bruscamente a la derecha y me arrastraron en la dirección opuesta.

Hades lanzó un jadeo, mientras que una máscara desencajada por el miedo, se posaba en su rostro. — ¡La están arrastrando al Tártaro!

— ¡Hermes! —Gritó Poseidón, horrorizado. Por un instante, el dios de los mensajeros, creyó que lo culparían, por esto. — ¡TU HIJO LE HA ENTREGADO A MI HIJA, ESAS ZAPATILLAS!

La ladera se volvió más empinada. Los zapatos aceleraron. Clarisse y Grover tuvieron que apretar el paso para no perderme. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.

¡Penny! —gritó Grover, y el eco resonó. — ¡Agárrate a algo!

¡¿Y QUÉ MIERDA CREES, QUE ESTOY INTENTANDO?! —Estaba aterrorizada, y no pretendí insultarlo, ni a sus intentos, por ayudarme.

—Lenguaje, señorita —la regañaron Hera, Anfitrite y Sally. La heroína, se encogió de miedo.

Agarré el tridente y lo enterré en la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarme.

El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino.

—No... —Zeus tenía una mueca de horror. — ¡No puede ser que estés en las puertas de...!

El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura, en caverna cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter. Y yo patinaba directamente hacia el borde.

¡Venga, Grover! —chilló Clarisse, tirándole de la muñeca. Y vi en sus ojos, que estaba muy asustada.

Pero eso es...

¡Ya lo sé! —gritó. —Pero Penny va a caer dentro si no la alcanzamos. —Tenía razón, por supuesto.

Yo gritaba y manoteaba el suelo, pero las zapatillas aladas seguían arrastrándome hacia el foso, y no parecía que pudieran llegar a tiempo, para salvarme. Caí por el foso, mientras gritaba, y llegué al fondo, donde logré quitármelas, mientras respiraba agitadamente.

Había muchos sarcófagos, y yo sabía exactamente lo que eran, y de quienes eran. Los Titanes. Los aliados del abuelo, pues varios de ellos, no eran propiamente sus aliados y no todos fueron tan desgraciados, durante la Titanomaquia (la abuela Rea o Prometeo, serían buenos ejemplos de esto).

En medio de la oscuridad, una luz dorada llamó mi atención, y me acerqué. Era un ataúd de madera negra, con bordes dorados. No necesitaba nada más, para saber lo que era. —Abre el ataúd. Abre el ataúd. Libérame —exigía el puto anciano. —Libérame, y te concederé TODO, lo que me pidas. —Una extraña niebla, comenzó a nublar mi mente, y me hacía caminar, hacía el Ataud.

En la sala, todos estaban horrorizados.

Entonces, tropecé con un Ataúd, y caí al suelo, mientras que la niebla se disipaba de mi mente, liberándome de su control. —Gracias —leí el nombre del titán de «de las alturas», fuego astral y padre de las lumbreras de los cielos.

Hiperión —pensaron Atenea y sus hijos.

Me levanté enfadada, y supe exactamente, lo que había intentado, el maldito anciano.

Miré más allá, y reconocí varios nombres. Entonces, uno de ellos me asombró. Era mi tío, el Señorito de la Conquista. Me acerqué, y robé su guadaña. Iba a fundirla con el tridente, y así, yo sería más fuerte y versátil, a la hora de combatir.

—Es un buen plan —dijo Ares. —Siempre usa todas las armas, a tu disposición.

Miré con ira, el ataúd del anciano, y comenzó a temblar. Miré hacía el techo. Pero estaba muy oscuro. No creía, que pudiera causar un terremoto, lo suficientemente poderoso, como para hacer que la caverna se derrumbara, y sepultara a todos los titanes. Una sonrisa malévola, apareció en mi rostro, y me aproximé al ataúd del abuelo.

Eso es niña —Dijo él. —Ven a mí. Ven a mí, y libérame. Juégasela, a esos dioses traidores.

En cambio, abrí "solo un poco" el ataúd, para que una niña pequeña, pudiera meter su mano, y comencé a palpar, hasta que sentí algo de metal, y una sonrisa apareció en mi rostro. Eureka. Extraje la hoja de la Guadaña, que el abuelo había usado. —Gracias por el regalo navideño adelantado, abuelo. Iremos a verte, en el Asilo de Ancianos. —Y me marché, ahora teniendo, el símbolo del abuelo y el del tío Adamas, mientras que el anciano gritaba furioso y brillaba, detrás de mí.

Los hijos de Cronos, pronto comenzaron a aplaudir, maravillados, ante la valentía de la niña.