Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

Ahora fue Hades, quien agarró el libro. —Descubrimos la verdad... más o menos.

Cuando regresé a la superficie, luego de haber caído en el Tártaro, Clarisse me abrazó, y sentí que me rompería la espalda.

Todos comenzaron a reírse de Clarisse, quien se sonrojó, y escondió el rostro, entre sus manos. Penny la abrazó, y besó su sien, haciéndola sonreír.

Sigamos. —Grover estaba muy nervioso y se lamía los labios, me miró fijamente. — ¿Puedes caminar?

Puedo caminar —le aseguré. Casi me alivió darle la espalda al túnel y encaminarme hacia el palacio de Hades, mientras que la mochila, me pesaba por primera vez, como si tuviera un montón de rocas dentro.

Envueltas en sombras, las Furias sobrevolaban en círculo las almenas.

—Seguramente, Alecto ya sabía que estabas allí —dijo Hazel preocupada, por su amiga. La rubia asintió.

Atenea y sus hijos, comenzaron a preguntarse por el motivo, de que la mochila le pesara tanto, a la hija de Poseidón y Anfitrite.

Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par. Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte. Algunas eran de tiempos modernos –una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera lleva de soldados con máscaras antigás, una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano–, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años.

Me pregunté si eran profecías hechas realidad.

—Lo son —aseguró el dios de los muertos.

Entonces, cruzamos un jardín de lo más curioso: Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz. En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto.

Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.

En el centro del jardín había un huerto de granados cuyas flores naranjas neón brillaban en la oscuridad.

Éste es el jardín de Perséfone —dijo Clarisse nerviosa. —Sigan andando.

Entendí por qué quería avanzar. El aroma ácido de aquellas granadas era casi embriagador. Sentí un deseo repentino de comérmelas, pero recordé la historia de Perséfone: un bocado de la comida del inframundo y jamás podríamos marcharnos. Tiré de Grover para evitar que agarrara la más grande.

Nico, Thalía, Penny y Hazel, miraban al sátiro con sonrisas. Él les frunció el ceño.

Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades. El zaguán tenía suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima. Supongo que allí abajo no les preocupa la lluvia.

—Tienes pensamientos tan raros, cariño —murmuró Artemisa, sonriéndole a su futura esposa, causando que la princesa del mar, se sonrojara.

Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar. Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros, camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones o M-16. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras recorrimos el vestíbulo hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.

Clarisse miraba atentamente, a cada nuevo guardia, con el cual nos encontrábamos, y yo, feliz por ella, tenía que tirar de su muñeca. No me sorprendía, que se pusiera así. Él tío Hades, tenía soldados de todas las eras de la humanidad, con sus armas correspondientes, listos para una batalla.

—Sería maravilloso, poder vislumbrarlo —dijo Atenea, con los ojos brillantes, Ares estaba igual. Hades suspiró, y acarició sus sienes, listo para una migraña, de los mocosos de su hermano menor.

La sala era igual que en mi sueño, salvo que en esta ocasión el trono de Hades estaba ocupado. Era el quinto dios que conocía, pero el primero que me pareció realmente divino.

Para empezar, medía por lo menos tres metros de altura, e iba vestido con una túnica de seda negra y una corona de oro trenzado. Tenía la piel de un blanco albino, el pelo por los hombros negro azabache. No estaba musculoso como Ares, su contextura era igual que de papá, y al igual que él, irradiaba poder.

Estaba repantigado en su trono de huesos humanos soldados, con aspecto vivaz y alerta. Tan peligroso como una pantera.

Hades sacó pecho, mientras sonreía, ante su descripción.

Inmediatamente tuve la certeza de que él debía dar las órdenes: sabía más que yo, y por tanto debía ser mi amo.

Inmediatamente, Poseidón miró enfadado a su hermano, mientras ataba a su esposa, la cual saltó sobre el dios de los muertos, pero unas cadenas surgieron del suelo, y la ataron. — ¡¿TE ATREVES A JUGAR CON LA MENTE DE TU SOBRINA, IMBECIL?!

Y a continuación me dije que cortase el rollo. El aura hechizante de Hades me estaba afectando, como lo había hecho la de Ares. El Señor de los Muertos se parecía a las imágenes que había visto de Adolph Hitler, Napoleón y los líderes terroristas que teledirigen a los hombres bomba. Hades tenía los mismos ojos intensos, la misma clase de carisma malvado e hipnotizador. —Eres valiente para venir aquí, hija de Poseidón. —articuló con voz empalagosa. —Después de lo que me has hecho, muy valiente, a decir verdad. O puede que seas sólo muy insensata.

El entumecimiento se apoderó de mis articulaciones, tentándome a tumbarme en el suelo y echarme una siestecita a los pies de Hades. Acurrucarme allí y dormir para siempre. Luché contra la sensación y avancé. Sabía qué tenía que decir. —Señor y tío, vengo a haceros una petición.

Hades levantó una ceja. Cuando se inclinó hacia delante, en los pliegues de su túnica aparecieron rostros en sombra, rostros atormentados, como si la prenda estuviera hecha de almas atrapadas en los Campos de Castigo que intentaran escapar. La parte de mí afectada por el THDA se preguntó, distraída, si el resto de su ropa estaría hecho del mismo modo. ¿Qué cosas horribles había que hacer en la vida para acabar convertido en ropa interior de Hades?

—La túnica, es de los asesinos en serie más crueles y sanguinarios —contestó el tío Hades, enseñando la túnica superior. —Debajo, la camiseta de aquellos que son conspiradores, además de autores intelectuales de crímenes graves, como matanzas de escuelas, pues son personas que solo quieren experimentar la adrenalina, al dañar a personas inocentes; y mi ropa interior, —se golpeó en las piernas. Nadie quería verle los bóxeres y él no quería mostrarlos —de los violadores más crueles y sádicos, especialmente, los violadores de niños pequeños y aquellos que practican la zoofilia, al violar a animales indefensos.

¿Sólo una petición? —preguntó Hades. —Niña arrogante. Como si no te hubieras llevado ya suficiente. ¡Habla entonces! Me divierte no matarte aún.

—Oh, claro —dijo Malcolm, el hijo de Atenea. —El tío abuelo Hades y el abuelo Zeus, creen a Penélope, culpable de robar sus Símbolos de Poder.

Tragué saliva. Aquello iba tan mal como me había temido.

Miré el trono vacío, más pequeño que el que había junto al de Hades. Tenía forma de flor negra ribeteada con oro. Deseé que la reina Perséfone estuviera allí. Recordaba que en los mitos sabía cómo calmar a su marido. Pero era verano. Claro, Perséfone estaría arriba, en el mundo de la luz con su madre, la diosa de la agricultura, Deméter. Sus visitas, no la traslación del planeta, provocan las estaciones.

Perséfone, besó la mejilla de su esposo.

Clarisse se aclaró la garganta y me hincó un dedo en la espalda. —Señor Hades — dije. —Veréis, señor, no puede haber una guerra entre los dioses. Sería... chungo. Nos acercaría, al final de la Sociedad Occidental. —Sentí mi garganta seca y rasposa, me pasé la lengua por los labios. —He.… he comprobado, gracias a mis sueños, que usted no tiene el Rayo Maestro. Y.… a usted perdido, su Casco. Yo... si me otorga algo de tiempo, señor... podría buscarlo.

¡¿Crees que no sé, lo que está pasando?! —preguntó él, enfadado. — ¡Antes de reclamarte como su hija, Poseidón te hizo ir en la noche, durante nuestra reunión y robaste mi casco y mi rayo! Si Poseidón piensa que me pondré de su lado, está muy equivocado.

— ¿Tan mal está nuestra relación, para que me creas capaz, de enviar a mi hija, quien, en ese momento, desconocía ser una semidiosa, hasta esta misma sala, para robarles a ustedes, Hades? —preguntó Poseidón, quien se veía herido. Hades se sonrojó.

—Mi casco desapareció, hermano, ustedes no confían en mí, ¿crees que no me pondría tan paranoico, como Zeusito? —preguntó Hades. Todos ahogaron la risa. Dioses y semidioses.

— ¡¿QUÉ LES DIJO MADRE REA, ¡¿DE LLAMARME ZEUSITO?! —Gritó Zeus enfadado, mientras que todos, trataban de no reírse.

Pero... pero... ¡Poseidón jamás...! —no sabía, qué contestarle a mi tío. Ni quería que se dieran cuenta, del robo de la guadaña del tío Adamas y la del abuelo.

¡Abre tu mochila! —Clarisse casi me tumba, al buscar dentro de la mochila, antes de jadear. En su interior, estaba un largo cilindro de un metro de largo hecho de bronce celestial, y con ambos extremos cubiertos con explosivos eléctricos.

P... Penny... ¿Cómo...?

Me quedé en blanco, por un momento. — ¿Quién nos dio la mochila?

— ¡¿TE ATREVISTE A ROBARNOS, ARES?! —gritó Zeus furioso, invocando cadenas, para atar al dios de la guerra.

Mi padre —dijo Clarisse, entre lágrimas, al ver que su padre estaba intentando provocar una guerra. —Él nos dio la mochila.

Clary, Grover —les entregué una perla, a cada uno. —Recuperaré su casco tío. No olvide aumentarle el sueldo a Caronte. ¡Destrúyanlas! —Enfadado, mi tío mandó a los soldados esqueleto contra nosotros, pero fuimos envueltos en una burbuja, cada uno y ascendimos a gran velocidad.

Clarisse y Grover estaban justo detrás de mí. Las lanzas y las balas emitían inofensivas chispas al rebotar contra las burbujas nacaradas mientras seguíamos elevándonos. Hades aullaba con una furia que sacudió la fortaleza entera, y supe que no sería una noche tranquila en Los Ángeles.

¡Miren arriba! —gritó Grover. — ¡Vamos a chocar! —Nos acerábamos a toda velocidad hacia las estalactitas, que supuse pincharían nuestras pompas y nos ensartarían como brochetas.

Poseidón le sonrió, a su hija. —Jamás te entregaría algo, que te lastimara, princesa —ella asintió.

¿Cómo se controlan estas cosas? —preguntó Clarisse a voz en cuello.

¡No creo que puedan controlarse! —me desgañité. Gritamos de miedo, a medida que las burbujas se estampaban contra el techo y.… de pronto todo fue oscuridad.

¿Estábamos muertos?

—No. No lo estaban —aseguró Poseidón, mirando fijamente a su hija, y sonriéndole. —Rubio o pelinegro, jamás te entregaría algo, que te hiciera daño, Penny.

No, aún tenía sensación de velocidad. Subíamos a través de la roca sólida con tanta facilidad como una burbuja en el agua. Caí en la cuenta de que ése era el poder de las perlas: "Lo que es del mar, siempre regresará al mar". Por un instante no vi nada fuera de las suaves paredes de mi esfera, hasta que mi perla brotó en el fondo del mar. Las otras dos esferas lechosas, Clarisse y Grover, seguían mi ritmo mientras ascendíamos hacia la superficie. Y de pronto. . . estallaron al irrumpir en la superficie, en medio de la bahía de Santa Mónica, derribando a un surfero de su tabla, que exclamó indignado: — ¡Eh, tía!

Agarré a Grover y tiré de él hasta una boya de salvamento. Fui por Clarisse e hice lo propio. Un tiburón de más de tres metros daba vueltas alrededor, muerto de curiosidad. Suspiré, agotada. Que día, el que estábamos teniendo. — ¡Largo! —le ordené. El escualo me lamió la pierna, me miró con ojos de cachorro regañado, se dio media vuelta y se marchó. El surfero gritó no sé qué de unos hongos chungos y se largó, pataleando tan rápido como pudo.

De algún modo, sabía qué hora era: primera de la mañana del 21 de junio, el día del solsticio de verano.

Tenía que llegar a la orilla. Tenía que devolverle el rayo maestro a Zeus en el Olimpo. Y, sobre todo, tenía que mantener una conversación importante con el dios que me había engañado.

—Se viene una buena respuesta de tu parte, Ares —le riñeron sus padres y sus tíos, haciéndolo encogerse en su trono.