Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
Hera leería el siguiente capítulo. —Me peleó, con mi primo.
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Cuando llegamos a la orilla, nos lo encontramos allí mismo...
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— ¿Tú abuelo, estaba allí, cariño? —preguntó Hera, palideciendo e interrumpiéndose a sí misma. Antes de que Penélope pudiera hablar, la mujer dejó de lado el libro y corrió a abrazarla sobreprotectoramente, Poseidón hizo lo mismo.
Viendo que su madre, no continuaría la lectura, Apolo agarró el libro.
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Igual, que en el restaurante. Cabello corto estilo militar, gafas de sol, una chaqueta de cuero, un chaleco antibalas, una camisa roja, un pantalón negro y unas botas militares. —Oh, veo que siguen vivos. Eso es una auténtica sorpresa.
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—Ares —gruñeron todos.
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Lo señalé acusadoramente. Estaba bastante enfadada, y el mar respondía, a mi llamado. —Fuiste tú, quien robó el Rayo Maestro y el Casco de la Invisibilidad.
Ares me enseñó una sonrisa. —No exactamente, princesa. Yo no lo robé personalmente. —no pude verlo, pero Clarisse colocó su reproductor musical, a grabar. —Cuando encontré al ladrón... Me di cuenta, de que una guerra de este calibre, entre el primogénito, segundogenito y el hijo menor (pero no por ello, menos poderoso) de nuestro abuelo, traería consigo una guerra de las grandes y maravillosas. Entonces, dejé que el ladrón se los llevara, luego transfiguré la funda del Rayo Maestro, en una bolsa. —Sonrió. —Una bolsa, que llevaste al inframundo, momento en el cual, regresó a dónde pertenecía, y que tendría que haberte enviado al Tártaro.
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Atenea se golpeó en la frente. Prácticamente, Ares acababa de confesar, que su abuelo, lo contactó, igual que al ladrón y él, estaba detrás de todo esto.
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— (...) Como sea, muñequita: no puedo permitir, que devuelvas el Rayo. Ni el casco —Y colocó, un sencillo pasamontañas, en el manubrio de su moto. —Los Dioses, no pueden tocar los símbolos de poder de otros dioses. Pero... —Una sonrisa, apareció en su rostro. —sí los semidioses.
—Tú... —y Clarisse se quedó callada, sin saber qué pensar. La escuché caminar por la arena y pararse detrás de mí. —Siempre... Has valorado más a tus hijos... —la sentí colocarme una mano en el hombro, la sentí temblar, mientras lloraba, incrédula, de que alguno de sus hermanos, hubiera robado dos símbolos. — ¿Fue Sherman? No... No pienses... Qué... Me gustaría, ser una ladrona, ni provocar una guerra entre mi familia —sentía algunas de sus lágrimas, caer en mi hombro. —Pero siempre... Has confiado más en ellos. En cualquiera de tus hijos masculinos. ¿No fue Malcolm, verdad? —por su tono de voz, supe que ella le tenía un gran cariño a Malcolm. — ¿A quién usaste, para el robo? —pregunté, y miré de reojo a Clarisse, quien seguía con el rostro desencajado, de la sorpresa, y las lágrimas aún corrían por sus ojos. —No es que les tengas mucha confianza o fe a tus hijas... ¿Fue Malcolm o Sherman?
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Todos miraron a Ares, entre deseos de desmembrarlo, como a Cronos, y curiosidad por a quien utilizó.
El dios de la guerra, intentó hacerse más pequeño, en su trono.
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Ares seguía sonriendo. Apreté la empuñadura del Tridente. El muy bastardo, se alegraba de ver a su hija llorando.
Se alegraba de que mi novia llorara.
De acuerdo, esto se estaba volviendo personal: Mi padre había sido inculpado, nadie confiaba en el tío Hades, ni le brindan ayuda. Mi primo robó ambos objetos e intentó matarme, cuando llegué al Inframundo. Y ahora, hacía llorar a mi novia.
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—No permitas que el Aura violenta de Ares y su sed de venganza, te nublen, cariño. —Dijo Poseidón, preocupado. Su hija, su princesa. Su pequeña, estaba a punto, de luchar contra su sobrino belicoso. Poseidón amaba más a sus hijas, que, a sus hijos, pues casi no tenía hijas mujeres.
—Con mi novia destrozada, detrás de mí, no es que pudiera contenerme, de intentar darle una paliza —explicó Penélope.
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Comencé a silbar.
Era una tonada especial, que le provocaría fallar, en su centro de gravedad. Algo que sería similar, a estar borracho y no poder sostenerse en pie.
— ¿Por qué enviarlo al inframundo, en lugar de solo conservarlo? —pregunté. Entonces, noté que se quedaba con la mirada en blanco.
—Sí... Era un arma de inmenso poder —dijo a nadie en específico.
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—Cronos —pensaron todos los presentes.
Apolo no pudo evitar reírse. —Oh, tú abuelo debe de estar sumamente enfadado contigo, por haberle robado su guadaña, pequeña.
Penélope se cruzó de brazos y frunció el ceño. —Él me metió en un cementerio. Fue su culpa, si es que no pudo prever eso.
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(...) Regresó en sí, y volvió a hablarme. —El asunto princesa, es que morirás aquí, y yo me quedaré con ambos símbolos, para poder iniciar esta guerra.
De forma estúpida, estuve por lanzarme contra él, pero alguien me sujetó por los hombros. La persona que me sostenía, temblaba. Me giré en redondo, y vi a Clarisse derramando lágrimas. —Penny —dijo desgarrada. —No... Por favor... No lo hagas... Es mi padre... Es un dios... Eres la primera persona, hombre o mujer, que me ha abierto su corazón de forma sincera... La única persona, que no me ve solo como un objeto de deseo. La única persona en todo el Campamento Mestizo, con quién sé que podré expresarme libremente y ser Clarisse, en lugar de ser la Hija de Ares. —Me agarró con más fuerza. Las lágrimas salían de sus ojos y ya no podía contenerlos. Sabía exactamente, lo que pasaba por su mente: no quería verme morir. —No... No lo hagas... Por favor... No quiero perder a mi novia... —la interrumpí, con un beso en los labios, ella me abrazó por los hombros, desesperadamente, yo la abracé con delicadeza, sosteniéndola a la altura de la cintura, mientras la sentía queriendo meter su lengua, en mi boca, y le di ese permiso. Llevó su mano derecha, hasta el borde de mi camiseta...
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Hera, Poseidón, Anfitrite y Sally, se taparon los oídos, y tararearon algo.
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Hermes recogió el libro y suspiró, esperando a que el instinto paternal pasara, para seguir la lectura.
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Me acarició los pechos, y supe lo que pasaba.
No entendía el cómo lo supe, solo... Lo supe: Clarisse y otras hijas de Ares, fueron seguramente forzadas por sus hermanos. Quizás, estaba tan acostumbrada a que sus hermanos, la vieran como un objeto sexual y la forzaran; que no sabía cómo expresarse, en una relación amorosa común y corriente.
Y ahora que yo, le demostraba cuanto la amaba sanamente, no quería perderme.
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Me aparté de ella un paso, y ella lanzó un gritito. La miré fijamente. —Volveré a tus brazos y a tus labios. Concretemos esta misión, para poder volver al Campamento. Quédate a dormir, en la cabaña de Poseidón.
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—Penélope Jackson... —comenzó Poseidón, solo para detenerse, ante la miraba de enfado y cortante de su hija.
—Dije DORMIR. No dije que voy a conseguirme un consolador con arnés y follarmela —contestó Penny. —DORMIR. Además... —una sonrisa peligrosa, apareció en los labios de la rubia. Poseidón palideció, mientras que Anfitrite sonreía con orgullo. —No eres NADIE, para decirme, a quiénes puedo llevarme a la cama, ¿O sí?
—Tienes razón —de la nada, en plena sala del trono, habían aparecido Tritón, Herófila, Rodó, Aloeo, Teseo, Agénor, Belo, Beleferonte, Neleo, Pelia y Winston. El que todos sus hijos, estuvieran apoyando a su hija más reciente, deprimió a Poseidón, mientras que Anfitrite y Sally, sonreían.
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Pero Clarisse solo podía llorar. Si recordaba bien, nuestro primer encuentro con Ares, entonces quería decir que el tipo, tenía un gran lívido, y quizás fuera igual con Clarisse, moviendo mi mano, formé un remolino de agua, alrededor de nosotras, zafé el botón de mis Jeans, me los bajé, me saqué las bragas y se las entregué a Clarisse. Una sonrisa apareció en mi rostro, cuando la vi sonreír pervertida mente y llevar sus ojos hacia atrás, como si estuviera esnifando la mejor droga del mundo. —Volveré viva. Lo juro. —Me volví a subir el pantalón, y cargué a máxima velocidad, contra Ares, quien levantó su espada, y derrapó en la arena, asombrado de mi velocidad.
Frunció el ceño. —No lo haces mal, niña. —Y lanzó un corte con su espada. Me agaché, esquivando su ataque, me acerqué aún más. Lancé una estocada ascendente, y él usó su escudo, para poner algo de distancia, entre nosotros.
— ¡Anfitrite! —lancé numerosas estocadas, que a pesar de que le daban en el escudo, y por consecuencia, no lo herían realmente, lo obligaban a protegerse, impidiéndole contraatacarme. Salté, esquivando el ataque de su espada. — ¡Quíone Tiro Deméter! —nuevamente ataque, pero ahora desde arriba, mientras que usaba aeroquinesis, para mantenerme suspendida en el aire, logrando herirlo repetidamente, en el torso, haciéndolo escupir Icor y retroceder.
— ¡Un ataque fantástico! —dijeron todos, los presentes.
Incluso Ares, tuvo que admitir que eso tenía una buena pinta. Se preguntaba, si se podría replicar con su espada.
—Recuerda esto, hija de Poseidón: cada vez que... —yo le lancé un golpe con mi escudo, directo al rostro, y él tuvo que retroceder.
—Anfitrite Kallichoron —Salté en el aire, para luego sujetar con fuerza el tridente y caer en picada en contra de Ares. El impacto causado por la técnica, dejó un agujero en la arena. Ares se fue, y allí quedó el Casco de Invisibilidad. Detrás nuestro, aparecieron las Furias, y yo lo arrojé. Alecto lo atrapó en el aire. —Por favor: devuélvelo, a Lord Hades. Cuentéale, lo que ha ocurrido aquí.
—Lo has hecho muy bien, Penélope Jackson —dijo Alecto, mientras ella y sus hermanas reían, y nosotros buscábamos un taxi, que nos acercara lo máximo posible, a Nueva York.
Terminamos tomando un avión y de milagro, Zeus no nos mató.
—Por supuesto que no —dijo una sonriente y burlona Hera. —Jamás pondría en peligro su cacharro, solo por el hecho de que la hija de su hermano, vaya en un avión.
