Que no me salía lo que quería, jo. Qué coraje con este capítulo. Aún así, no ha quedado como me gustaría, perdón.


ºMadre olvidadaº


Capítulo cuatro

Sudor

Hasta el mínimo gesto...


Hinata llegó hasta ella casi con la lengua fuera. Estaba colocando sus cosas en lo que sería su camerino durante todo el tiempo que durara aquella tortura. Hinata se había distanciado de ella para recoger su horario y volvía pálida y con los ojos abiertos de más.

—¿Qué ocurre? — cuestionó.

—Tengo el horario y las cosas que has de hacer. Pero…

—¿Pero? — La miró exasperada—. A ver.

Le arrebató con cuidado la hoja. Sus ojos se deslizaron por las notas y maldijo entre dientes.

Odiaba a Itachi Uchiha con toda su alma.

El horario era una completa mierda. Citas imposibles. Reuniones torturantes. Y para remate, su primera cita en el despacho del Uchiha. Hinata debía de acudir también y eso la estremecía. Si miraba su cara inocente, no cesaba de querer mantenerla cada vez más lejos de su vida y de su pasado.

—No nos queda otra que ir— suspiró.

Hinata entristeció las cejas y se miró la punta de los pies.

—Tendría que haber dicho algo.

—Créeme, es mejor que no. Conozco a los hombres como Itachi. No caigas nunca en las redes de un hombre así. Eres muy pura.

Le besó la sien, le limpió el carmín y ambas avanzaron hacia el despacho del jefe de todo aquel tumulto.

Itachi Uchiha los esperaba tras la mesa de un escritorio repleto de papeles, una cinta métrica en el centro y un café humeante. Hinata tembló a su lado, mirándola con preocupación. Sakura pisó con fuerza sobre la moqueta, acercándose cuando el hombre movió una mano en invitación.

—Desnúdate.

Ambas mujeres le miraron con sorpresa. Luego entre ellas. Hinata tembló.

—¿Tengo que esperar mucho? — cuestionó Itachi golpeando con los nudillos el pecho de su chaqueta.

Sakura cogió aire y dio un paso al frente, llevando las manos hasta el vestido. Descendió con cuidado la cremallera y sintió el vestido deslizarse por su piel hasta los tobillos.

Hinata ahogó un gemido a su espalda.

Itachi la observó duramente, con sus ojos negros clavados en su piel. Desde su cuello hasta los dedos de sus pies. Hinata dedicaba muchas horas al cuidado de su piel. Exigiéndole que usara cremas. Que la dejara arreglarle los pies. Que se cuidara de granitos inesperados. Que evitara comidas poco saludables. Ella trabajaba con su cuerpo.

Pero bajo aquella mirada la hacía sentirse como una mujer imperfecta.

Le apartó unos mechones del cuello y revisó sus formas. Bajó las manos hacia la tira del sujetador y frunció el ceño.

—Dije desnúdate.

Sus ojos se clavaron en ella. Sakura le miró atónita. Él suspiró.

—Esto es trabajo. Deberías de saberlo ya. Una modelo puede estar en ropa interior o desnuda cuando su trabajo así lo inste. Ahora lo exige.

Sakura apretó los dientes y empezó a desnudarse. Le miró cuando estaba por bajar la última prenda. Él no se inmutó. La descendió hasta que rozó sus pies.

Las modelos no podían tener ni un solo cabello. Sakura cumplía las reglas y para su suerte, Itachi no se fijó en ello. Observó sus senos detenidamente, su vientre y el triángulo entre sus piernas.

Cuando pareció lo suficientemente satisfecho, se volvió hacia la mesa y aferró la cinta métrica entre sus dedos. Sus ojos cambiaron. El desprecio desapareció y la llama del trabajo se instaló en ellos. Hasta Hinata guardó silencio, sorprendida.

Pasó la cinta por sus caderas. Por sus hombros y cuello. Por su busto. Por cada seno. Midió sus piernas y muslos y hasta desde su vientre hasta sus nalgas, metiendo la cinta entre sus piernas.

Pese a lo erótico que hubiera resultado la escena para otras personas, para Itachi Uchiha solo era trabajo. Para ella también. Pensar en que ese hombre pudiera excitarla si quiera era algo que estaba muy lejos de ser cierto.

Sus manos se movían sobre ella tan solo midiéndola. Cuando sopesó el peso de sus senos fruncía el ceño y cuando le pellizcó las caderas, simplemente fue interés.

—Una semana de gimnasio y luego volveré a medirte.

—¿Qué?

Itachi la miró fríamente.

—No estas gorda exactamente, si no fofa. Necesito más fuerza en tu piel. Le enviaré a tu ayudante la lista de gimnasios que patrocino y entrenan a mis modelos personalmente.

Hinata miró su móvil con el ceño fruncido cuando este timbró. Asintió cuando Sakura la miró en busca de una explicación. Itachi se volvió hacia el escritorio y se inclinó sobre un cuaderno de notas.

—¿Algo más?

.

Desnuda y aún así, con fuerza en sus palabras.

Dichosa mujer. Hermosa, sí, pero de garras afiladas.

La miró por última vez. Deleitándose de su piel blanca. Sus senos rosados y la forma entre sus piernas. La precisa marca del ombligo.

Se sentó sobre la silla y tiró de sus pantalones, negando. Movió una mano con desinterés, notando como su mentón se tensaba con orgullo mientras se agachaba para vestirse. Su ayudante se encargó rápidamente de hacerla ver respetable nuevamente.

—Estarás una semana en entrenamiento mientras preparo el set de joyas que llevarás para tu primer pase de fotografías.

Sakura asintió y la ayudante miró las notas en su Tablet.

Cuando ambas salieron, Itachi necesitaba con urgencia atenderse a sí mismo. Presionó el botón de llamado de su secretaria y tras asegurarse de que no iba a recibir más visitas por unos momentos, se abrió el cinturón y metió la mano dentro de su ropa interior.

Era algo que no le había sucedido en toda su vida de trabajo. Siempre profesional. Siempre mirando el cuerpo de las modelos como profesionales que se cuidaban y estaban ahí para trabajar. No iba a negar haberse llevado alguna que otra a la cama, pero ninguna le hacía sentir tantos sentimientos a la vez.

Dentro de él, de algún modo, pensó en retorcerla. En llegar a violarla si fuera necesario. Pero un acto tan cruel que no podía llevarlo a cabo. Primero, era hijo. Segundo, era tío de una preciosa joven a la que prefería mantener lejos de esas sucias experiencias.

Él no iba a ser el ejemplo de algo tan horrible.

Por más que odiara a esa mujer.

Cuanto más la miraba, más comprendía qué llevó a su hermano a fijarse. Y más la maldecía.

.

Sakura miró con enfado hacia su monitor. Era un ridículo tipo vestido de mallas verdes y cejas grandes que se esforzaba en que todo el mundo le siguiera el ritmo aunque no fueran capaces.

Y también odiaba sus dichosas mallas que se le metían en el trasero. Estar sudada y tener que soportar que muchas miradas se posaran en ella al ser reconocida. Y eso que era un gimnasio para famosos en el que podías campar tranquilamente. Más bien parecían dispuestas a medir cada gota de sudor que echaras o la mínima arruga de celulitis en tus mallas.

¡Ni que se hubieran olvidado de que ella también era humana!

—Por dios— farfulló dejando caer su toalla sobre la primera máquina que encontró libre—. Ni que fuera una diana de miradas. Demonios.

Le habría gustado tener a Hinata consigo, pero la chica estaba encargándose de adquirir las nuevas ropas que por narices, según el dichoso Uchiha, iba a necesitar para las representaciones. Así que tampoco tenía con quién desquitarse. Solo con su cuerpo como llevaba haciendo desde aquella vez.

—Te harás daño si coges tanto peso.

Sakura se tensó al escuchar la voz. No era conocida, pero tampoco tenía tiempo para estúpidos que quisieran ligársela en esa situación. Por dios, estaba sudada, de mal humor y no tenía las puertas abiertas para ningún sujeto.

Así que simplemente lo ignoró, apretó los puños en el agarre y se preparó para cargar el doble de su peso y así, quitarse de encima al moscardón. Pero antes de lograrlo, él cerró la mano alrededor de la suya con tanta fuerza que le crujieron los nudillos. Se volvió para encararle y tuvo que dar gracias de que Hinata no estuviera o estaría desmayada en la alfombra.

Un rubio de ojos increíblemente preciosos, tez morena y cabellos revueltos le observaba con el ceño fruncido. Como si su primer aviso no hubiera sido escuchado. Sakura abrió la boca con sorpresa.

—Te harás daño, Dattebayo— repitió.

Ella soltó el agarre y él suavizó el apretón. Buscó con la mirada a su entrenador, pero este estaba disfrutando de competir con cualquier alma de cántaro que hubiera caído en sus redes.

—El cejotas a veces se olvida de que está trabajando. Debería de haberte lo dicho, Sakura.

Enarcó una ceja con curiosidad. Era famosa, sí.

—Ah, Kakashi— cayó en la cuenta. Él asintió.

Tenían el mismo mánager. Y el mismo jefe.

Sakura se sacudió las manos para alejar la sensación de las contrarias sobre la suyas. No le gustaba que la tocaran. No era nada nuevo. Tampoco veía necesario que lo hicieran. Sería algo innecesario y vacío.

—¿Itachi también te mandó al gimnasio?

Sakura volvió a mirarle con curiosidad. Iba solo en pantalones de chándal, estrechos y que le daban un goloso trasero a su figura. Sus pectorales bien marcados y unos músculos dominantes en sus brazos.

—¿Cómo que también?

Él asintió y le ofreció una botella de agua sin abrir.

—Cuando llegué para la prueba de aceptación, dijo que me quería a mí pero que primero tendría que machacarme en el gimnasio. Y era cierto. Necesitaba algo más de musculatura. Ahora solo es mantenerlo, ttebayo. Y Kakashi dice— añadió haciendo un mohín infantil—, que la energía que gasto en el sexo es mejor gastarla aquí.

Sakura no supo si golpearle, sonrojarse o sentir envidia. Los hombres siempre le habían dado este último sentimiento, teniendo en cuenta que podían siempre hablar de sexo, frotarse sus partes y nadie armaría un escándalo. Oh, pero si eras mujer y famosa…

—Kakashi y sus bromas pesadas— suspiró. Él sonrió y cabeceó afirmativamente.

Sí. Hinata tenía razón. Tenía una de esas sonrisas arrebatadoras que dejaban a una sin hipo… si era tu tipo, por supuesto.

—¿Cuántas veces vienes? — cuestionó el rubio encargándose de colocarle las pesas a su peso idóneo.

—Estoy apuntada tres días a la semana. Mi ayudante se encarga de eso. Es fantástica.

Hinata no se enfadaría porque la endulzara un poco. Aunque contaba con la desventaja de que él no supiera quién era. Y tampoco estaba segura de querer que un desvergonzado que comparaba el sexo con el deporte intentara algo con su tímida ayudante.

—Ojalá pudiera decir lo mismo. Yo no tengo ayudante. Todo lo hago por mí mismo o por Kakashi.

—¿Por qué no buscas uno?

Se sentó adecuadamente nuevamente y esta vez, al levantar el peso, su espalda y brazos se lo agradeció. Él sonrió satisfecho y se cruzó de brazos mientras sopesaba su pregunta.

—Soy un desastre como para tener ayudante. Le volvería loco.

Sakura dudó que fuera peor que ella. Si Hinata no alegara admirarla tanto, seguramente se habría marchado con cualquier otra enseguida.

Hizo un poco más de ejercicio, con él manteniendo una charla cualquiera en referencia a su mánager, al entrenador o simplemente, a sus problemas de ayudante. Sakura agradeció la distracción, pero cuando las miradas empezaron a ser más enfocadas en ellos, no.

Dejó la máquina, se echó la toalla al cuello y levantó una mano.

—Voy a ir a ducharme.

—Te acompaño— se ofreció.

Sakura se detuvo en seco, girándose para mirarle. Era más alto que ella, sacándole un par de cabezas pese a su buena altura.

—¿Perdona?

—Ah— masculló él rascándose la cabeza—. Las duchas son mixtas. ¿No te lo dijeron?

Sakura agrandó los ojos con sorpresa, pero apretó los labios y tensó la espalda.

—No. Al parecer alguien se olvidó de decírmelo.

Volvió sobre sus pasos y se encogió de hombros.

—Me ducharé en casa.

—Será incomodo— opinó él entrecerrando los ojos. Sakura levantó levemente la comisura de sus labios.

No tenía ganas de soportar más tonterías. Definitivamente no.

—Podré soportarlo.

Y se marchó, antes de que las cosas se desmadraran más.

.

Naruto estaba atontado mirando a la chica de mayas rosas y pasos sugerentes cuando Sasuke llegó. No se fijó más que en su trasero, así que tampoco podía decir si esa mujer era tan buena como sus nalgas prometían, aun así, ese desgraciado estaba babeando como un idiota.

Tras darle una colleja lo maldijo por dejarle esperando más de una hora en la puerta de la sauna. El rubio sonrió como tonto.

—Perdón, perdón. Pero es que me quedé ligando— confesó rascándose la nuca.

Sasuke le golpeó el costado como castigo y se dirigió hacia las máquinas para descargar la tensión.

Esa mañana había tenido que acudir a una reunión de padres y alumnos, tan solo para pelearse con el dicho profesor que alegaba que su hija necesitaba una seguridad en su familia y que convivir con una pareja de Gays no era lo correcto.

Sasuke deseó estamparle el puño en la cara y preguntarle cuál era su problema exactamente. ¿Quizás su vista fallaba más que la suya o qué? Era clarísimo que Itachi y él eran hermanos. Y Sarada hija suya.

Pero se quedó sentado por respeto a su hija, escuchando pacientemente y respondiendo lo más fríamente posible para que el hombre se metiera su lengua por el culo en vez de en su vida privada.

Lo único que terminó sacando en claro es que Sarada necesitaba unas gafas para poder ver bien porque su vista era peor de lo que esperaba. Quizás hereditario por parte de su familia.

Itachi solía llevarlas para leer en casa y Sasuke cuando pasaba demasiado tiempo delante del ordenador o dibujando planos.

Había llevado a la niña de compras por tres ópticas. Ninguna la convenció. Es más, estaba alcanzando tal punto de berrinche que decidió dejarle el tema a Itachi, quien para esos casos tenía mejor ojo que él.

Dios, Sarada era su hija, pero a veces no sabía qué debía de hacer.

—Oye. — Naruto lo hizo regresar al momento. Había ocupado una máquina frente a él de pesas—. ¿Crees que pueda invitarla?

—¿A quién?

Naruto bufó.

—A la mujer que estaba conmigo, Dattebayo. Soy un buen partido.

—Eres un partido de gimnasio. Se te nota.

Naruto gruñó y a boca pequeña, le echó las culpas a Itachi. Sasuke en realidad solo estaba ahí para mantenerse en forma. Poco más. No necesitaba lucir su cuerpo para ganar dinero como el resto de personas en ese gimnasio.

Él tenía sus manos para ellos.

Itachi había sido bendecido vendiendo joyas. Él creando casas.

—¿Qué tiene que ver que sea un partido de gimnasio? — gruñó Naruto trayéndolo de nuevo a la realidad.

Sasuke se echó hacia delante, tomándose un tiempo antes de levantarse.

—Que cuando te aflojes, serás como un globo deshinchado, Dobe. ¿Vas a seguirme hasta las duchas? — ladró al ver que se levantaba.

El rubio hizo un gesto de protesta.

—Ni hablar. Si fuera mixtas todavía, pero bañarme solo contigo, puajs.

Se quedó un instante mirándole. Con las mejillas enrojecidas y la nariz levantada. Naruto era tan fácil de deducir en una mentira.

—Le dijiste que eran mistas.

—Sí.

—¿Se lo creyó?

El rubio se rascó la nuca.

—Digamos que sí— dedujo—. ¿Huyo?

Naruto suspiró derrotado.

—Huyó.

.

Cuando entró en casa, su sobrina estaba de morros mientras miraba una revista con enfado. Itachi enarcó una ceja y buscó a su hermano. Sasuke estaba en la cocina, trasteando, siendo su turno de encargarse de la cena de la menor.

—¿Qué ocurre, Sarada?

En realidad, Itachi ya sabía qué sucedía con ella. Sasuke le había enviado un email con los detalles y él se había puesto rápidamente en contacto con alguien. Sarada no iba a tener problemas con sus gafas.

—Ninguna modelo lleva gafas— reprochó la menor—. Quiero ser modelo cuando sea mayor.

—Ya hemos hablado de eso— se escuchó la voz de Sasuke desde la cocina—. Y sigue siendo no mi respuesta.

Sarada le sacó la lengua a la pared. Itachi se rascó el mentón.

—¿Quién dice que las modelos no lleven gafas? — susurró de forma que Sasuke no captara su voz—. Yo conozco una que sí.

Sasuke apareció, con delantal y una bandeja con comida que Sarada pasó a prestarle atención.

—¿Estás seguro? — cuestionó la niña volviendo a mirar al mayor de los Uchiha.

Itachi asintió.

—Es más. Es mi invitada hoy.

Hizo un aman hacia la puerta y una pelirroja se dejó ver. Llevaba gafas tal y como Itachi había anunciado. Y era hermosa a ojos de la niña. Cabellos rojos llamativos y un cuerpo cuidado, pero bajita.

Sasuke chasqueó la lengua al verla y Itachi le ofreció su mano. La mujer se la apretó para avanzar hacia ellos meneando las caderas y miró a los tres con interés, mientras una sonrisa escapaba de su rostro.

—Es Karin Uzumaki— presentó—. Y como ves, lleva gafas.

Sarada la miró como si acabara de ver la luna aparecer ante ella.

Continuará...