Menos
Arthur suspiró, tristemente era un extraño día soleado en Londres.
Sí, tristemente, ya que no podría compartirlo con Martín.
Ya habían pasado casi cuatro semanas desde que discutieron, el rubio del rizo no le había contestado las llamadas, ni siquiera los mensajes.
Volvió a suspirar, no era como si él no se encontrase molesto también. La actitud de Martín hacia su reina lo enfurecía bastante, si bien el argentino no hacía nada malo, tampoco hacía nada bueno, solamente mantenía una postura estoica ante la dama, estoica y fría. Y Arthur, sinceramente, no entendía el por qué, si ésta última poseía buenas intenciones...bueno, lo aparentaba.
Y Martín no es de los que aparentan, quizás por eso, aquella señora, no era de su especial agrado. Y mucho menos podía aparentar que si lo fuese.
El inglés, cambió de posición en su cama, recostándose de lado.
Probablemente, la discusión con su pareja (si es que aún lo eran), no hubiera empeorado si no hubiese mencionado nada sobre el pueblo argentino ¿Quién era él para juzgar a un pueblo? Y por eso quería dialogar con Martín, para disculparse, pero, de poco servía llamarlo y enviarle mensajes si éste no atinaba, ni siquiera, a responderle para mandarlo a la mierda.
Estaba decidido, si el sureño continuaba con su postura de silencioso recriminador, él mismo iría hasta Argentina, para solucionar los problemas.
No iba a permitir que se terminara todo, al menos, no así.
Se dispuso a empacar.
—¿Querés un mate?
Dirigió sus orbes esmeralda, completamente conmocionado, esa voz...esa hermosa voz.
Y allí estaba, recargado sobre el marco de la puerta, con el equipo de mate y una mochila a cuestas, Martín.
—Wow, no me digas que ya te conseguiste pareja nueva, y te vas a mud- —Enmudeció al sentir un cuerpo contra el suyo. Arthur lo estaba abrazando.
Luego de recuperarse de su asombro, sonrió. No hubiese venido hasta Londres si no estuviese seguro de que el inglés quisiera arreglar los problemas.
Inglaterra no es de los que pide perdón fácilmente, mucho menos después de ignorar sus intentos por hacerlo. Y, sin embargo, ahí estaba, abrazando a su pareja, después de casi un mes sin hablarse, sin verse.
Deshizo, lentamente, el abrazo, y, lo miró, directamente, a los ojos.
—Martín, yo...—Titubeaba, inseguro de cómo continuar. Esquivó los intensos ojos verdes del argentino, suspiró, y le dirigió, nuevamente, la mirada —. Discúlpame, Martín.
Argentina, luego de unos minutos, largó una risa de cansancio.
—Yo ya me disculpe por mi tardanza, no pienso hacerlo de nuevo —. Sonrió, dando a entender que no iba a retractarse sobre nada relacionado con la realeza. Arthur frunció el ceño, luego, largó una risa, con la misma intención que Martín.
—Te gusta hacerte de rogar, eh.
—Y sin proponérmelo, ruegan por mi presencia —Esbozó una sonrisa petulante —. Ahora, ¿Querés tomar mate en la plaza? Extrañamente, es un hermoso día soleado acá, ¿O es tu hora del té?
Arthur tomó la mano de Martín, para dirigirse hacia la plaza, disfrutar de un día soleado en Londres.
Al salir de la residencia, besó los labios del latino, siendo correspondido.
Y ahora, se miraban mutuamente, sus ojos delataban un nuevo comienzo.
Ellos siempre comenzarían de nuevo, sin importar qué.
"Y si nuestras palabras duelen, la mejor solución es discutir menos".
"Nos vernos más, hasta dolernos menos".
"Y entonces, comprenderemos, que lo menos que queremos, es no vernos más".
"Menos es más".
