Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
La Última Hija del Mar
Hefesto leyó el título del siguiente capítulo... —Capítulo 24: El Ataque de las Palomas Demonio. —Y entregó el libro a su esposa, sería Afrodita quien lo leería. La misma Afrodita, que recientemente había estado muy apegada a él, reconstruyendo su matrimonio.
Los siguientes días fueron una auténtica tortura, como Tántalo deseaba.
Comenzó la diosa del amor. Todos suspiraron, especialmente los Campistas que pasaron por todo aquello.
— ¿Por qué permitimos que alguien como él, se acercara a nuestros niños? —preguntó Hera enfadada. Nadie contestó.
Cecyl y lady Artemisa, pasaban bastante tiempo junto a mí, entrenando, charlando, y también Clarisse estaba a mi lado, actuando como lo que era: Una novia carcomida por los celos. — ¿Crees que no noto las miraditas que lady Artemisa te manda, cuando cree que nadie más está mirando? —me solía decir, cuando encontrábamos algún momento solo para nosotras en la playa o en algún otro lugar cercano, mientras nos besábamos y nos deshacíamos de nuestras ropas, para palpar nuestros cuerpos y demostrarnos nuestro amor mutuo.
Muchos comenzaron a silbar a la hija de Poseidón y a la hija de Ares, mientras que ambas se sonrojaban.
—Celos. Celos cuando miras a otra chica por la calle, tengo celos —canté yo, divertida hacía Clarisse, cuando pasábamos tiempo con Cecyl y Artemisa, pero Clary, pronto pareció intentar ignorar a la Cazadora y a su matrona.
Pronto, estábamos juntas armando el carro de la cabaña III, mientras que Sherman se encargaría de ser el representante de la V, con su propio carro.
Silena Beauregard, una de las chicas más guapas de la cabaña de Afrodita, me dio mi primera lección para montar un pegaso. Me explicó que sólo había un caballo alado inmortal llamado Pegaso, que vagaba aún en libertad por los cielos, pero que en el curso de los eones había ido engendrando un montón de hijos. Ninguno era tan veloz ni tan heroico como él, mas todos llevaban su nombre glorioso.
Siendo la hija del dios del mar, nunca me había gustado andar por los aires. Mi padre tenía una vieja rivalidad con el tío Zeus, de modo que yo procuraba mantenerme alejada de los dominios del señor de los cielos. Ahora, cabalgar en un caballo alado me parecía diferente, no me ponía tan nerviosa, ni mucho menos, como viajar en avión. Quizá fuese porque mi padre había creado los caballos con espuma marina, de manera que los pegasos venían a ser una especie de… territorio neutral. Además, yo podía captar sus pensamientos y no me alarmaba cuando mi pegaso (una yegua llamada Calarria, que juraba haber estado esperando por mí, desde que era una potra), me reverenciaba más que los demás y echaba a galopar sobre las copas de los árboles o cuando se lanzaba a perseguir por las nubes una bandada de gaviotas.
—Nuestro primo Perseo, puede haber cabalgado al mismísimo Pegaso, nuestro hermano —aclaró Belerofonte, asombrando a Penny, quien estaba incrédula de saber que tenía un caballo por hermano, y miró entre su hermano y su padre, pero este último solo se encogió de hombros —pero yo también lo cabalgué y nos sentíamos como uno, además: uno de los hijos de Pegaso (y, en consecuencia, sobrino nuestro): Telateus, me permitió cabalgarlo, a lo largo de mi carrera heroica.
Después del almuerzo me entrenaba en el ruedo de arena con los de la cabaña de Apolo. El manejo del Tridente y de la espada, son mis fuertes (más el primero, que el segundo). La gente decía que yo era mejor en ese terreno que ningún otro campista de los últimos cien años, salvo Luke quizá.
Siempre me comparaban con Luke.
—Cuando el traidor se fue, dejó atrás a una de sus mejores alumnas —dijo Charles, sonriente.
A los chicos de Apolo les daba verdaderas palizas sin esforzarme demasiado. Se la pasaban en competencias amistosas, con las Cazadoras en Tiro al blanco... debería haberme entrenado con las cabañas de Ares y Atenea, que tenían a los mejores combatientes.
Quizás mi amada Clary, era la única capaz de durarme más de cinco minutos en combate, pero todos se aburrían de nosotras, cuando parecía que teníamos telepatía y siempre bloqueábamos o desviábamos el escudo o espada (tridente, en algunos casos) de la otra, y nos pasábamos horas en esas.
Todos gimieron exasperados, haciendo sonrojar a las dos chicas.
Aunque Tántalo había insistido en que no nos preocupáramos por la protección del campamento, algunos campistas la habíamos mantenido sin decir nada y establecido turnos en nuestro tiempo libre, junto a las Cazadoras.
Los dioses lo aprobaron.
Pronto se corrió la voz, de que yo había librado a Thalía, de la mayor parte del suplicio que sufrió. Todos se me quedaban mirando, como una heroína, y eso solo me provocaba sonrojarme, mientras que Clarisse, Cecyl y Artemisa, me abrazaban o me besaban, como premio por salvar a Thalía o al menos, disminuir su sufrimiento.
Con Cecyl, armamos un carro para las carreras que tendrían lugar, y jugaríamos juntas, para Poseidón (y mamá Anfitrite, esto último, lo dijo Cecyl en voz alta, solo para que lady Artemisa no la retirara de la Cacería)
En mi sueño, Grover llevaba un vestido de novia. No le quedaba muy bien; era demasiado largo y tenía el dobladillo salpicado de barro seco, el escote se le escurría por los hombros y un velo hecho jirones le cubría la cara. Estaba de pie en una cueva húmeda, iluminada únicamente con antorchas. Había un catre en un rincón y un telar anticuado en el otro, con un trozo de tela blanca a medio tejer en el bastidor. Me miraba fijamente, como si yo fuera el programa de televisión que había estado esperando. — ¡Gracias a los dioses! —gimió— ¿Me oyes? —Mi yo dormido fue algo lerdo en responder. Seguía mirando alrededor y registrándolo todo: el techo de estalactitas, aquel hedor a ovejas y cabras, los gruñidos, gemidos y balidos que parecían resonar tras una roca del tamaño de un frigorífico que bloqueaba la única salida, como si más allá hubiese una caverna mucho más grande. — ¿Penny? —dijo Grover—. Por favor, no tengo fuerzas para proyectarme mejor. ¡Tienes que oírme!
—Te oigo —dije—. Grover, ¿qué ocurre?
Una voz monstruosa bramó detrás de la roca: — ¡Ricura! ¿Ya has terminado?
— ¿Ricura? —preguntó Zeus, alzando una ceja y sonriendo. Varios dioses y algunos semidioses, sonreían burlones, causando el enfado del Sátiro.
—Eso no le gusta a Juniper —bromeó Penny sonriendo burlonamente.
Grover dio un paso atrás. — ¡Aún no, cariñito! —gritó con voz de falsete—. ¡Unos pocos días más!
—¡Pero…! ¿No han pasado ya las dos semanas?
—N-no, cariñito. Sólo cinco días. O sea que faltan doce más.
El monstruo permaneció en silencio, quizá tratando de hacer el cálculo. Debía de ser peor que yo en aritmética, porque acabó respondiendo: — ¡Está bien, pero date prisa! Quiero VEEEEER lo que hay tras ese velo, ¡je, je, je!
Grover se volvió hacia mí. — ¡Tienes que ayudarme! ¡No queda tiempo! Estoy atrapado en esta cueva. En una isla en medio del mar.
—Oh claro, eso es muy específico —dijeron el dios del mar y sus hijos, poniendo los ojos en blanco. El Sátiro se sonrojó, y por más que abría la boca y la volvía a cerrar, no decía nada.
— ¿Dónde?
—No lo sé exactamente. Fui a Florida y doblé a la izquierda.
— ¿Qué? ¿Cómo pudiste…?
— ¡Es una trampa! —dijo Grover—. Esa es la razón de que ningún Sátiro haya regresado nunca de esta búsqueda. ¡Él es un pastor, Percy! Y tiene eso en su poder. ¡Su magia natural es tan poderosa que huele exactamente como el gran dios Pan! Los sátiros vienen aquí creyendo que han encontrado a Pan y acaban atrapados y devorados por Polifemo.
—Espera un segundo... ¿Polifemo? Repetí yo ¿La Odisea?
— ¡Exacto, en la isla del Ciclope! —Me dijo él. —Es... él tiene en su poder el Vellocino de Oro, y eso huele y se siente como la magia natural de Pan, es por esto, que los Sátiros jamás vuelven. Creen que encontrarán a Pan, pero llegan a esta isla y los devora. He sobrevivido, porque cree que soy una Ciclope.
La mañana de la carrera hacía calor y mucha humedad. Una niebla baja se deslizaba pegada al suelo como vapor de sauna. En los árboles se habían posado miles de pájaros: gruesas palomas blanco y gris, aunque no emitían el arrullo típico de su especie, sino una especie de chirrido metálico que recordaba al sonar de un submarino.
La pista de la carrera había sido trazada en un prado de hierba situado entre el campo de tiro y los bosques. La cabaña de Hefesto había utilizado los toros de bronce, domesticados por completo desde que les habían machacado la cabeza, para aplanar una pista oval en cuestión de minutos. Había gradas de piedra para los espectadores: Tántalo, los sátiros, algunas ninfas y todos los campistas que no participaban. El señor D no apareció. Nunca se levantaba antes de las diez de la mañana.
—Perezoso —se burló Apolo. Artemisa, las Cazadoras del futuro y los hijos de la diosa, se miraron y sonrientes, sin una sola palabra, se burlaron del mellizo de la diosa de la caza y la luna.
—¡Muy bien! —anunció Tántalo cuando los equipos empezaron a congregarse en la pista. Una náyade le había traído un gran plato de pasteles de hojaldre y, mientras hablaba, su mano derecha perseguía un palo de nata y chocolate por la mesa de los jueces—. Ya conocen las reglas: una pista de cuatrocientos metros, dos vueltas para ganar y dos caballos por carro. Cada equipo consta de un conductor y un guerrero. Las armas están permitidas y es de esperar que haya juego sucio. ¡Pero traten de no matar a nadie! —Tántalo nos sonrió como si fuéramos unos chicos traviesos—. Cualquier muerte tendrá un severo castigo... ¡Una semana sin malvaviscos con chocolate en la hoguera del campamento! ¡Y ahora, a los carros!
— ¡¿Y a eso le llamas castigo?! —preguntó una enfadada Hestia, quien dio a conocer su presencia, elevando desde su hoguera, unas llamas rojas, que asustaron a más de uno. Pero el más aterrado, era Dionisio porque tenía sobre él, la acusadora mirada de la primogénita de Cronos.
Beckendorf, el líder del equipo de Hefesto, se dirigió a la pista. El suyo era un prototipo hecho de hierro y bronce, incluidos los caballos, que eran autómatas mágicos como los toros de Cólquide. No tenía la menor duda de que aquel carro albergaba toda clase de trampas mecánicas y más prestaciones que un Maserati con todos sus complementos.
Hefesto sonrió, ante la descripción del coche. Y le enseñó a su hijo, un asentimiento de estar de acuerdo con tal construcción.
Del carro de Ares, color rojo sangre, tiraban dos horripilantes esqueletos de caballo. Sherman subió con jabalinas, bolas con púas, abrojos metálicos, de esos que siempre caen con la punta hacia arriba, y un montón más de cacharros muy chungos, Clarisse miraba a Cecyl con una ira y celos, muy mal disimulados.
El carro de Apolo, elegante y en perfecto estado, era todo de oro y lo tiraban dos hermosos palominos de pelaje dorado, cola y crin blanca. Su guerrero estaba armado con un arco, aunque había prometido que no dispararía flechas normales a los conductores rivales.
El carro de Hermes era verde y tenía un aire anticuado, como si no hubiese salido del garaje en años. No parecía tener nada de especial, pero sí que tenían varios remaches puntiagudos, además de que lo manejaban los hermanos Stoll y yo temblaba sólo de pensar en las jugarretas que debían de haber planeado.
Quedaban tres carros: uno conducido por Annabeth, otro por Zoë (líder de las Cazadoras de Artemisa) y otro por mí.
— ¡Competidores! —gritó Tántalo—. ¡A sus puestos!
Mientras iba hacia mi carro, advertí que había muchas más palomas en los árboles soltando aquel chirrido enloquecedor y haciendo que crujiera el bosque entero. Nadie parecía prestarles atención, pero a mí me ponían nervioso; sus picos brillaban de un modo extraño y sus ojos relucían más de lo normal. Cuando volví, Cecyl estaba teniendo problemas para calmar a los caballos.
Por si nunca habéis visto un carro griego, debéis saber que es un vehículo diseñado exclusivamente para la velocidad, no para la seguridad ni el confort. Básicamente, viene a ser una canastilla de madera abierta por detrás y montada sobre un eje con dos ruedas. El auriga permanece de pie todo el tiempo, y os aseguro que se nota cada bache. La canastilla es de una madera tan ligera, que, si uno pierde el control en la curva que hay en cada extremo de la pista, lo más probable es que vuelque y acabe aplastado bajo el carro. Es una carrera mucho más rápida que las de monopatín.
—Vamos a correr jugando limpio. Por favor, limítate a evitarme distracciones para que pueda concentrarme en conducir... y arrójales flechas a los que se nos acerquen mucho —le pedí. Por cierto: agarra mi Tridente, —le hablé casi al oído — "¿imaginas ganar la carrera, porque los demás están en un lodazal, y no puedan avanzar?" —ella lanzó una carcajada. Pero pronto me arrepentí, de haberle susurrado al oído, al escuchar a Clarisse: «Matar a la puta, hacer que parezca un accidente, recuperar a mi novia, abrazándola mientras se deshace en llanto, al tiempo que la beso y la calmo»; Tendría que hablar con ella.
— ¡Hey, niña! —le gruñeron una furiosa Artemisa y un enfadado Poseidón, a la hija del dios de la guerra, quien tragó saliva.
Mientras los carros se alineaban, en el bosque se iban reuniendo más palomas de ojos relucientes. Chillaban tanto que los campistas de la tribuna empezaron a mirar nerviosamente los árboles, que temblaban bajo el peso de tantos pájaros. Tántalo no parecía preocupado, pero tuvo que levantar la voz para hacerse oír entre aquel bullicio. —¡Aurigas! —gritó—. ¡A sus marcas! —Hizo un movimiento con la mano y dio la señal de partida. Los carros cobraron vida con estruendo. Los cascos retumbaron sobre la tierra y la multitud estalló en gritos y vítores.
Cecyl disparó una flecha hacía atrás, y desde la flecha salieron grandes cantidades de agua, mientras que yo llevaba una mano hacía atrás, hacía el agua, ordenándole convertir parte de la pista, en arenas movedizas y barro, para atascar las ruedas de los carros.
Casi de inmediato se oyó un estrépito muy chungo. Miré atrás justo a tiempo de ver cómo volcaba el carro de Apolo; el de Hermes lo había embestido; tal vez sin querer, o tal vez no. Sus ocupantes habían saltado, pero los caballos, aterrorizados, siguieron arrastrando el carro de oro y cruzando la pista en diagonal. Travis y Connor Stoll, los del Hermes, se regocijaron de su buena suerte. Pero no por mucho tiempo, porque los caballos de Apolo chocaron con los suyos y su carro volcó también, dejando en medio del polvo un montón de madera astillada y cuatro caballos encabritados.
—Claro que fue intencional —dijo Travis Stroll sonriendo, como si fuera inocente.
—No avanzamos nada —dijo Lee Fletcher, hijo de Apolo, triste y/o deprimido.
Dos carros fuera de combate en los primeros metros, cuatro enlodados, buscando arrancar y hacer girar las llantas. Aquel deporte me encantaba.
—Penélope... —Sally y Anfitrite, tenían voces de advertencia para su hija, pero la rubia solo sonrió.
—Es el pasado, mamá —se excusó ella.
Malcolm Pace, nuevo líder de la cabaña de Atenea, y su hermana Anna Grantel nos llevaban mucha ventaja, ya estaba dando la vuelta al primer poste, mientras Anna sonreía sarcástica y nos decía adiós con la mano: — ¡Nos vemos, chavales!
Escuché un estruendo, y vi a Clarisse y a Cecyl enfrascadas en un combate, una tratando de atinar con su lanza, y la otra disparando flechas. Suspiré, mientras que Sherman y yo, nos mirábamos con caras de "¿Por qué tuve que venir, junto a la loca celosa?", y ellas se gritaban tales improperios, que harían parecer a los marineros, unas princesitas. Tratamos de concentrarnos en la carrera, pero nos fue imposible.
— ¡MALDITA PUTA DE LOS MARES, NO TENÍAS QUE ARRANCARME EL PUTO CABELLO, ZORRA ACUÁTICA! —Rugió mi novia furiosa, pero ella también tenía algunos mechones del negro cabello de Cecyl en sus manos.
El carro de Hefesto también empezaba a adelantarnos. Beckendorf apretó un botón y se abrió un panel en el lateral de su carro. — ¡Lo siento, Penny! —chilló él, sonriendo maldadosamente. Tres bolas con cadenas salieron disparadas hacia nuestras ruedas. Nos habrían destrozado si Cecyl no hubiese disparado tres flechas, para desviarlo. Además, le dimos un buen empujón al carro de Hefesto y lo mandó dando tumbos de lado mientras nosotros nos alejábamos.
— ¡Nada mal, para ser un chico! —le gritó Cecyl, para entonces centrarse, y comenzar a disparar flechas.
Pronto, teníamos al carro de Artemisa al lado, y la puntería de Cecyl y de Naomi era tan extraordinaria, que sus flechas daban con las de su rival, sin alcanzarnos.
— ¡Aves de Estínfalo! —exclamó Cecyl. Las palomas habían alzado el vuelo y descendían a toda velocidad, como un enorme tornado, directamente hacia la pista.
— ¿Cómo puedes pensar que son solo palomas, si viste sus picos de metal? —preguntó Artemisa, a lo cual Penny tragó algo de saliva.
Hicimos el primer giro con las ruedas chirriando y el carro a punto de volcar, pero ahora estábamos sólo a tres metros de Beckendorf. Su copiloto ya no reía. Sacó una jabalina de la colección que llevaba y me apuntó al pecho. Iba a lanzármela cuando se produjo un gran griterío.
Miles de palomas se lanzaban en tromba contra los espectadores de las gradas y los demás carros. Beckendorf estaba completamente rodeado. Su guerrero intentaba ahuyentarlas a manotazos, pero no veía nada. El carro viró, se salió de la pista y corrió por los campos de fresas con sus caballos mecánicos echando humo.
En el carro de Ares, Clarisse dio órdenes a gritos a su guerrero, que cubrió de inmediato la canastilla con una malla de camuflaje. Los pájaros se arremolinaron alrededor, picoteando y arañando las manos del tipo, que trataba de mantener la malla en su sitio. Clarisse se limitó a apretar los dientes y siguió conduciendo. Sus esqueletos de caballo parecían inmunes a la distracción. Las palomas picoteaban inútilmente sus órbitas vacías y atravesaban volando su caja torácica, pero los corceles continuaban galopando como si nada.
Los espectadores no tenían tanta suerte. Los pájaros acometían contra cualquier trozo de carne que hubiese a la vista y sembraban el pánico por todas partes. Ahora que estaban más cerca, resultaba evidente que no eran palomas normales; sus ojos pequeños y redondos brillaban de un modo maligno, sus picos eran de bronce y, a juzgar por los gritos de los campistas, afiladísimos.
Cruzamos la meta por segunda ocasión, ganamos y al instante nos salimos de la pista, directo hacía el lugar, donde los Hijos de Apolo y las Cazadoras de Artemisa, enfrentaban a las palomas, con sus flechas.
Los demás, tomaron una formación llamada Tortuga, protegiéndose con sus escudos y contraatacando con espadas y lanzas, siendo las lanzas mejores en esta ocasión.
Ares asintió, aprobando esa táctica de defensa y contraataque.
Mantuve las riendas en una mano y logré desenfundar el tridente justo cuando una oleada de pájaros se abalanzaba sobre mi rostro, abriendo y cerrando su pico metálico. Los acuchillé en el aire con violentos mandobles y se disolvieron en una explosión de polvo y plumas. Pero quedaban miles aún. Uno de ellos me picoteó el trasero y poco me faltó para abandonar el carro de un salto.
Varios comenzaron a reírse, pero las risas murieron, ante las miradas del dios del mar y sus hijos, por estarse riendo de su hermanita.
A los gritos, Cecyl me indicó la forma de usar viento y nieve, incluso si éramos hijas de Poseidón, pues incluso papá, controla las tormentas, incluso las heladas. Con un grito de guerra, trajimos un ventarrón, que empujó a las palomas demonio, y con varios movimientos de manos, como si fuéramos directoras de una orquesta, nos costó, pero logramos mantener un tornado de aire frio, que lentamente fue creando granizo cada vez más rápido. Cecyl dijo que ella lo sostendría, y yo atraje agua del rio y del mar, y la congelé, en cuanto entró en contacto con el tornado, que estaba atrayendo a las palomas demonio, y estas acababan hechas chatarras, gracias a las grandes esferas de hielo sólido.
Poseidón y Artemisa sonrieron orgullosos del trabajo en equipo de Cecyl y Penny.
Gracias a esto, los hijos de Apolo y las Cazadoras, pudieron llenarles a otras Aves de Estínfalo, el cuerpo de flechas; y los otros campistas, salieron a combatirlas, con todo lo que tenían, hasta que no quedó ni una.
Todos los dioses, aplaudieron orgullosos.
— ¡Bravo! —exclamó Tántalo, mirándonos a Cecyl y a mí—. ¡Ya tenemos al primer equipo ganador! —Caminó hasta la línea de meta y nos entregó los laureles dorados a nosotras, que lo mirábamos estupefactas. Luego se volvió hacia los Stroll con una sonrisa. —Y ahora, vamos a castigar a los alborotadores que han interrumpido la carrera.
Hefesto entregó el libro, a Cecyl, quien sonreía orgullosa del equipo que formaba con su hermanita. —Capítulo 25: Acepto regalos de un extraño.
