Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

La Última Hija del Mar

Luke tomó el libro. —Capítulo 27: Nueve cabezas, no piensan mejor que una. —Todos miraron a Penny y a Clarisse, quienes solo se encogieron de hombros, y sonreían como niñas, que acababan de cometer una gran travesura.

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Regresamos a nuestros barcos, y nos alejamos del Princesa Andrómeda, lo más pronto posible, bajando las velas y usando los termos de vientos, abriéndolo solo un poco. Gracias a que yo generé vapor (lo cual era tremendamente difícil), Clary pudo comunicarse con Quirón, comentándole el ataque al barco de Luke, y como estábamos de camino, a buscar el Vellocino de Oro.

Cuando nuestro entrenador nos escuchó decir, que el Vellocino podría curar el árbol de Thalía, y seguramente él podría regresar, le iluminó el rostro, y le rejuveneció varios días.

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Todos los que habían asistido al Campamento Mestizos, aplaudieron felices de que su entrenador estuviera bien, y esperaban que volviera pronto.

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Prométanme, que tendrán cuidado —nos pidió Quirón. —El Mar de los Monstruos se llama así, por un motivo. Y no creo que les dieran barcos exactamente muy pequeños, así que no podrán tomar el camino de los Argonautas.

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Una hora más tarde divisamos tierra: una larga extensión de playa en la que se alineaban hoteles de muchos pisos. Las aguas empezaron a llenarse de barcos de pesca y buques cisterna. Un guardacostas pasó por estribor y luego dio media vuelta, como para echar un segundo vistazo. Imagino que no veían cada día un bote salvavidas sin motor, tripulado por tres adolescentes y lanzado a más de cien nudos.

¡Es Virginia Beach! —dijo Clarisse, cuando nos acercamos a la orilla. A nuestra derecha, encontramos al Princesa Andrómeda, o al menos sus restos— ¡Por los dioses! ¿Cómo es posible que el Princesa Andrómeda haya llegado tan lejos en una sola noche, especialmente con el daño que le causamos? Deben de ser…

Cinco mil treinta millas náuticas —dijimos Cecyl y yo.

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Poseidón y sus otros hijos, sonrieron orgullosos de esto. Podían saber exactamente, las millas náuticas y posición de todo, cuanto se encontraba en el mar. Era su reino, después de todo.

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Ella me miró asombrada. — ¿Cómo lo saben?

Me rasqué la cabeza, como intentando que mi cerebro funcionara. —Pues… no estoy segura.

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—No creo que rascarte la cabeza, haga una gran diferencia, ¿verdad? —bromeó Artemisa, a lo que Penny le sacó la lengua de forma juguetona.

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Zoë reflexionó un momento. —Penny, ¿Cuál es nuestra posición?

Treinta y seis grados, cuarenta y cuatro minutos norte; setenta y seis grados, dos minutos oeste — respondí automáticamente. Luego sacudí la cabeza—. ¡Guau! ¿Cómo es que lo sé?

Mi hermana me colocó una mano en el brazo, dándome una mirada, que solo decía "hermana mayor", y me enseñó una sonrisa alentadora. — ¿Quién es nuestro padre?

Poseidón —contesté, mirándola extrañada y sin entender todavía.

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Todos en la sala del trono, comenzaron a reírse, hasta quedarse sin aire... hasta que un terremoto, los hizo abrir los ojos, y mirar a Penny, quien se veía como una verdadera princesa, sentada en su trono cruzada de piernas, sujetando su tridente en una mano.

Hermosa y letal.

Todos tragaron saliva, ante el inmenso poder de la rubia.

— "Más que hermana nuestra, parece hija de Anfitrite" —susurró Belerofonte, a Teseo, haciendo que ambos temblaran.

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Ella no pudo evitar reírse. — ¿Y de qué es el rey?

Fruncí mi seño, ¿a que venía esta pregunta tan estúpida?, ¡la respuesta era lógica! —Del mar —mis ojos se abrieron, cuando lo entendí —de acuerdo: eso lo explica todo.

Me recuerdas un poco, a una hija de Zeus, ¿sabes? —la voz de Zoë fue inesperada, y me estaba mirando fijamente. —Thalía Grace, curiosamente. La conocí muy poco, entablé unas pocas charlas con ella. Son tan parecidas que resulta espeluznante. Quiero decir: o bien habríais sido amigas inseparables, o bien os habríais estrangulado la una a la otra.

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Thalía y Penny se miraron y chocaron los puños, en muestra de hermandad.

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Salimos a caminar, y cuando nos lo encontramos, no podíamos creerlo. Ahora, estábamos agazapados detrás de un árbol y mirábamos aquella tienda de dónuts en medio de la maleza. Parecía bastante nueva, con unos escaparates muy bien iluminados, una zona de aparcamiento y un estrecho camino que se internaba en el bosque. Pero no había nada más en los alrededores, y tampoco coches en el aparcamiento. Vimos sólo a un empleado que leía una revista detrás de la caja registradora. El letrero de la marquesina, con unas enormes letras negras que incluso yo podía descifrar, ponía: «DÓNUTS MONSTRUO».

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—Oh, no —dijeron los dioses.

—Salgan de allí, lo más rápido que puedan —ordenó Atenea, nerviosa.

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Un ogro de tebeo le estaba dando un mordisco a la última «O». El sitio olía muy bien, nos llegaba el típico aroma de dónuts de chocolate recién hechos. — "Esto no debería estar aquí" —susurró Zoë—. "Hay algo que no encaja"

Es sólo una tienda de dónuts —dije, en mi inocencia. —Dónuts es una cadena. En Nueva York hay varios.

— "Una cadena" —repitió ella— "¿Y no les resulta extraño que aparezca un local así de la nada, especialmente aquí, en medio del pantano?" —Pensé en ello. Sí parecía un poquito raro, pero bueno, las tiendas de dónuts no ocupaban un puesto muy destacado en mi lista de amenazas siniestras. — "Podría ser una guarida" —dijo Zoë.

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Atenea asintió, satisfecha de que la Semi-Titánide se diera cuenta.

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— "Una guarida ¿para qué?" —pregunté. Instintivamente, empuñé mi tridente, y sentí el agua, en los alrededores. ¿Qué estaba mal con esto?, ¿Por qué mi instinto acababa de dispararse tan repentinamente?

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Todos asintieron, ante ese gesto de que la chica empuñara su arma.

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— "¿Nunca te has preguntado por qué proliferan tan deprisa las tiendas que funcionan con una franquicia?" —repuso— "Un día no hay nada y al otro día… ¡zas!, aparece una hamburguesería, o un café, o lo que sea; primero un local, luego dos, cuatro… réplicas exactas diseminándose por todo el país" —Lo pensé, y acepté cuan raro era. "Penny, si algunas cadenas se multiplican a tanta velocidad es porque sus sucursales están conectadas de un modo mágico a la fuerza vital de un monstruo. Algunos hijos de Hermes se las ingeniaron para hacerlo en la década de mil novecientos cincuenta. Criaron…" —Se quedó petrificada.

— "¿Qué?" —pregunté— "¿Qué criaron?"

— "No hagan… movimientos… bruscos" —dijo como si su vida dependiera de ello—. "Muy despacio, dense la vuelta" —Entonces lo oí: una especie de roce, como de algo enorme arrastrándose entre el follaje. Me di la vuelta y vi una cosa del tamaño de un rinoceronte deslizándose entre las sombras de los árboles. Emitía un potente silbido y su mitad delantera se retorcía en todas direcciones. Al principio no entendí lo que veía. Luego comprendí que aquella cosa tenía múltiples cuellos: al menos siete, cada uno rematado con una sibilante cabeza de reptil. Tenía la piel curtida y debajo de cada cuello lucía un babero de plástico con una leyenda: «¡Soy el Monstruo de los Dónuts!»

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—Hablaré seriamente con Tique —dijo Poseidón preocupado por su hija, pasando saliva, y empuñando su tridente, mientras que le sudaba la mano.

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Capté el mensaje. Muchos monstruos tienen una vista desastrosa. Era posible que la maldita Hidra de Lerna, pasara de largo, pero si desenfundaba el tridente, el brillo del bronce llamaría su atención.

Aguardamos.

La hidra estaba a menos de un metro. Parecía husmear el terreno y los árboles como si buscara algo.

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Aquella cosa estaba siguiendo nuestro rastro.

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Me palpitaba el corazón. En el campamento ya había visto una cabeza de hidra disecada, pero aquello no me había preparado en absoluto para enfrentarme con una de verdad. Cada cabeza tenía forma de diamante, como las serpientes de cascabel, pero en la boca contaba con una doble hilera de dientes de tiburón.

No pensé que las Cazadoras, le darían una lluvia de flechas a una de las cabezas a Hidra, pero lo hicieron, haciéndola rugir.

Salté y le clavé mi tridente en el cuello, a otra cabeza, mientras que giraba el tridente alrededor del cuello, decapitándola y congelando la sangre, evitando así que le crecieran otras dos.

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— ¡Buena estrategia, Chica Alga! —alabó y se burló Atenea, sonriéndome. Creo que no solo se debía, al hecho de que mi padre y ella, estaban peleados desde hace tres mil años, sino también, a que yo había rechazado a Annabeth, en la misión anterior.

—Gracias, supongo —dijo ella, cruzándose de brazos y frunciéndole el ceño.

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Clarisse lanzó un grito de guerra, y electrocutó otra cabeza de la Hidra, justo cuando más flechas le caían, y entre Zoë y Phoebe, usando sus cuchillos de caza, la decapitaban, para que luego yo sellara la herida congelando la sangre.

Dos cabezas menos, faltan siete —dijo Clarisse, quien esquivó a la tercera cabeza, antes de que esta abriera la boca. Mala decisión, ella le clavó su lanza en el paladar y se las arregló, para liberar un alto voltaje, hasta explotarle la cabeza. Como me cansaba de usar la sangre de la Hidra, usé algo del agua del pantano, sellando la herida.

Phoebe demostró ser mucho más, que solo la enfermera de las Cazadoras, cuando por sí sola, consiguió que otra cabeza la siguiera, la aplastó bajo unos troncos que cayeron encima, y luego demostró ser una hija de Apolo, pues fue la última en heredar la Piroquinesis, carbonizando esa cabeza. —Faltan seis.

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— ¡Buen trabajo, cariño! —alabó Apolo sonriente.

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¡Penny, detrás de ti! —gritaron mi hermana y mi novia, yo me giré, pero la sexta cabeza ya estaba intentando tragarme, así que usé el tridente, atravesándole el paladar, y otra cabeza se lanzó al cuello de esa cabeza, suicidándose. Bastante estrafalario, si me preguntan. La decapité de dentro hacía afuera, y sellé la herida.

Cinco—dije agitada, mientras le daba un trago a mi cantimplora de Néctar.

Agitada y furiosa, Hidra intentó atacarnos ahora con sus cabezas restantes, pero las esquivamos en distintas direcciones, y le di un golpe al suelo, haciendo que todo temblara, consiguiendo que levantara el pecho. Todas lo entendimos, y atacamos al mismo tiempo, clavándonos en el pecho, directo al corazón de la Hidra, que se volvió polvo.

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Todos los dioses, aplaudieron por nuestra resolución del combate contra la Hidra.

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Clarisse se acercó a mí, hecha un manojo de nervios, asombrada de haber salido viva de esto. Me agarró la cara y me besó, la abracé y no pude evitar derramar algunas lágrimas.

Era un milagro que estuviéramos vivas.

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La tensión, todavía no se desvanecía.

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Corrimos dentro del local de Donuts, y casi literalmente lo asaltamos, como si fuéramos piratas... de no ser porque les pagamos con Dragmas, por dos grandes cajas de Donuts.

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Todos lanzaron una carcajada, ante esto.