¡Continuamos! =)


Resumen:

El pasado de hace dos años finalmente ha sido aclarado. Sakura y Sasuke reconocen que ambos tuvieron una idea equivocada, pero es imposible para ellos tener una conversación tranquila. El deseo estalla entre ellos y tienden a herirse con palabras hirientes.

Al fin, Sakura ha podido conocer a su hija, quien abandonó. Sarada está completamente feliz por tenerla de regreso. Cada vez se va quitando más peso de encima y está encantada con la idea de poder ver a su hija, queriendo recuperar el tiempo.

Itachi, por su parte, ha pasado de odiar a Sakura a comprenderla y hasta sentir cosas por ella. Sarada les da su bendición incluso.

Sakura descubre que con Itachi no quiere soltarse y que su cuerpo despierta, desgraciadamente, también con Sasuke.

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Madre olvidada

Padre y madre.


La carta llegó a su buzón con todo incluido. Sasuke la leyó tres veces y la dejó otras tres sobre la mesa mientras las preguntas se repetían de distintas formas en su mente. Sus acciones fueron tomadas por el odio imperdonable que sentía en ese momento. Por el error de una mal comprensión entre ambos.

Y ahora, había otro que nacía más intenso y de alguna forma, no lo comprendía. Llevó la mano al bolsillo de su chaqueta para sacar el móvil que empezaba a sonar. Por error, asió el pasador que todavía conservaba consigo.

Recordaba ese momento. El calor del beso, de sus cuerpos, hasta de sus manos buscar el contacto de su piel. Y también la frustración, el odio y el asco. No entendía por qué diablos continuaba conservando el pasador consigo.

Lo cambió por el móvil y contestó.

—Sasuke.

La voz de Orochimaru era arrastrada como siempre. A veces le hacía sentir tener una serpiente en el cuello.

—¿Ha llegado ya mi invitación?

—Ahora mismo —respondió—. Está todo.

—¡Qué buena noticia! —exclamó Orochimaru—. Espero tu pronta respuesta, Sasuke. Sólo me quedaré unos días más en la ciudad.

Sasuke se tomó su tiempo en responder.

—Lo comprendo.

Orochimaru no añadió nada más y él tampoco. Orochimaru estaba dispuesto a trabajar con él, para eso debería de marcharse. Se llevaría a Sarada consigo.

Miró por la ventana cuando escuchó el coche. Itachi y Sarada bajaron primero, Sakura después. La pequeña enseguida le dio la mano, animándola a seguirla. Ella dudaba mientras miraba la casa.

Itachi posó una mano en su cintura para tranquilizarla.

El timbre sonó poco después.

Nada más abrir Sarada lo abrazó, hablando tan deprisa que le costó comprender lo que decía.

—¿Traducción? —cuestionó mientras la veía subir escaleras arriba.

Sakura dudó.

—Me gustaría que pasase una noche conmigo. En casa —explicó—. Si no te molesta.

Notó la mirada de su hermano. Una advertencia.

—Sarada ha sido quien ha propuesto la idea y está emocionada, Sasuke —recalcó.

Por supuesto, no podía romperle el corazón a su hija. Llevaba una semana entera sin hablar de otra cosa que no fuera su madre y Sakura se había tomado muy en serio lo de ver a su hija, así que cada día tenía que encontrársela por fuerza.

Por supuesto, había otra cosa que notó y, aunque Sarada ya se lo había advertido, verlo en primicia era muy diferente.

Itachi tomó la mano de Sakura con cautela antes de llevársela a los labios.

—Tu maquilladora también estará allí, ¿verdad?

—Ah, sí —recordó ella—. Si tiene algún tipo de alergia o horario, también lo vigilaré.

Sasuke suspiró.

—Como quieras.

Les dio la espalda y avanzó hacia la cocina para meter algunas cosas preferidas de Sarada en una nevera pequeña. Itachi soltó un taco en su espalda.

Sakura continuaba en la puerta, sin saber si debía de entrar o no. Pero Itachi estaba inclinado sobre los papeles que había dejado descuidadamente sobre la mesa. Cuando sus ojos se encontraron, Sasuke lo ignoró.

Sarada bajó las escaleras con una maleta que claramente había hecho a toda prisa. Sonreía de oreja a oreja y se detuvo frente a él.

—¿Puedo? —cuestionó.

Él enarcó una ceja.

—¿Ahora lo preguntas? —inquirió a su vez. Sarada iba a abrir la boca y antes, le entregó la bolsa—. Cómete esto.

Sarada estalló en carcajadas y lo prometió, alejándose.

Cuando llegó a la altura de Itachi, este estaba tenso.

—Hablaremos más tarde —dijo Itachi.

Sasuke le miró indiferente.

—No tengo nada que hablar contigo de mi vida laboral, Itachi —respondió—. Es mi decisión.

—Sarada es…

Itachi se detuvo y miró a ambas chicas. Sakura miraba hacia ellos todavía con cierta cautela, preguntándose si al final se arrepentiría de concederle ese momento.

Que disfrutara. Al menos lo que le quedaba.

Cuando se marcharon, llamó a su abogado. Estaba seguro de que Itachi no tardaría en pensar en asuntos legales.

Él tampoco lo retrasaría.

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Sarada estaba completamente emocionada con la idea de ir a dormir con ella. Sakura no podía controlar las ganas de llorar que sentía algunas veces. Emociones incontrolables, consciencia de pérdidas y noches que se habían evaporado para siempre.

Si Itachi no le hubiera sostenido la mano cada vez que estaba por derrumbarse, dudaba de haberse controlado. La nueva oportunidad estaba llegando como un huracán incansable y quería montarse en él.

Había pasado de tener cero oportunidades o creerse sin derechos a poder sostener la mano de su hija mientras veía una película, compartían palomitas o miraban a su tío traer en equilibrio los batidos que habían pedido para ellas.

—Te recuerdo que eres modelo —le había advertido Itachi.

Sakura le había sacado la lengua.

—Pon una queja a mi jefe, que es quien me lo compra —le devolvió. Sarada se animó haciendo el signo de victoria y Itachi tuvo que darse por vencido.

Había notado que, desde que recogieron las cosas de Sarada, estaba más serio de lo que acostumbraba esos días con ella. Aún debía de habituarse a cosas tan simples y comunes para el resto del mundo como el hecho de que eran novios. Siempre le había hecho reír esa palabra. La encontraba patética e innecesaria en su vida.

No es que ninguno de los dos hubiera hecho la patética escena de pedir salir al otro, es que simplemente era algo que se entendía entre ellos. Hasta Sarada lo veía así y ninguno de ellos lo había negado.

Quizás era para echarse a reír, al pensar que un hombre que quiso destruirla, que era su jefe y la había tratado como un objeto, ahora era su pareja. Y, para más remate, era el hermano del padre de su hija, al que no podía ni ver.

—¿Ocurre algo? —le había preguntado en una de las veces que se quedaron a solas mientras esperaban a Sarada en la puerta del baño.

Itachi la miró y frunció el ceño.

—No estoy del todo seguro —respondió tomándola de la mano—. Cuando lo esté, lo sabrás.

Ella dudó.

—¿Por qué sospecho que no va a gustarme?

—Porque tienes esa condenada intuición de mujer que pone a los hombres siempre en peligro —recalcó él antes de besarle la mejilla.

Sarada terminó uniéndose a ellos, así que no pudo averiguar más.

—Os llevaré a casa. Estaréis cansadas —sentenció al caer la noche—. Sarada, recuerda que no debes acostarte muy tarde.

—No te preocupes —garantizaron ambas a la vez.

Se miraron y sonrieron. La complicidad con su hija era entrañable. Nunca habría pensado que sería una sensación tan inexplicable de felicidad.

—Vas a conocer a la chica con las mejores manos para el maquillaje que conozcas en tu vida, Sarada —aseguró mientras subían las escaleras de su piso—. Ella es la causante de mi éxito.

—Entre otras cosas —intervino Itachi.

Sakura suspiró.

—Los jefes veis siempre todo radical —protestó—. Te aseguro que deberías de contratar a Hinata y tus ventas aumentarían.

Itachi se encogió de hombros.

—Lo tendré en cuenta.

Aunque sabía que no. Itachi estaba más interesado en las modelos. Los maquilladores podía conseguirlos a patadas. Aunque ella estuviera asegurándole las manos de Hinata como algo bañado en oro.

Cuando entraron, Hinata estaba sentada en el sofá. Se levantó al verles, sonriente. Sarada se mostró ligeramente reacia al principio.

—Sarada, te presento a Hinata Hyûga, mi mejor amiga y estilista. Hinata, te presento a Sarada. Mi hija.

Hinata sonrió con orgullo ante la pronunciación de esas palabras. Inclusos ojos brillaron de emoción. Se inclinó frente a Sarada, sonriendo.

—Ya veo porqué eres tan guapa —dijo—. Encantada de conocerte, Sarada.

La niña se rindió enseguida. Especialmente, cuando le prometió darle una taza de chocolate y hacerle un maquillaje divertido. Itachi las vio alejarse con gesto preocupado.

—No te preocupes, aquí tenemos desmaquillador de sobra —le aseguró.

Itachi negó.

—No es eso. Sé que estará bien —certificó—. Es otra cosa lo que me preocupa.

Sakura dejó el bolso en la mesa junto a la entrada, junto a las llaves, y luego se plantó delante de él.

—¿Qué ocurre? —cuestionó—. No quiero evasivas.

Itachi se frotó el mentón, dubitativo.

—Necesito corroborar algo y entonces, podré decírtelo.

—Itachi… —Tomó aire—. Sabes lo que me cuesta estar en una relación con alguien. Eres el primer hombre con el que tengo algo desde lo de… tu hermano. Necesito confianza y dado como comenzó nuestra relación…

Itachi extendió una mano hacia ella, acariciándole la mejilla.

—Lo sé. Esta vez, si es lo que creo, será doloroso. Espera. Disfruta de Sarada.

Sakura le sostuvo la mano. Él se inclinó y buscó sus labios. Con torpeza, correspondió. Cuando se separó, rozó su nariz contra la de ella y volvió a besarla. Sakura se estremecía cada vez. No era tan intenso como besar a Sasuke, ni tan difícil. Itachi era suave, delicado, tomando su momento. La saboreaba.

—Sakura —nombró suavemente, deteniéndose. Apoyó la frente sobre la suya, con la respiración cosquilleándole los labios—. Quizás si tu pez no estuviese mirándonos…

Sakura siguió su mirada. Su pez estaba pegado al cristal, boqueando. Solía hacer eso cuando tenía hambre. Se echó a reír.

—Lo siento, me reclama.

Itachi la siguió con la mirada mientras le daba de comer al pez, inclinándose. Cuando se acercó a ella, su mano descendió por su cintura hasta su trasero. Ella dio un respingo, mirándole.

Se llevó una mano a la boca.

—Lo siento, Itachi —se disculpó—. Yo… todavía tengo que habituarme. Si lo haces por mi espalda salto como un gato.

Él retiró la mano y negó con la cabeza.

—No tienes que disculparte —aseguró—. Te has llevado toda tu vida rehuyendo y soy hermano del hombre que te hizo ser así.

—Eso no es…

—Una mentira —terminó él.

—No iba a decir eso —aseguró.

Él cabeceó, besó su cuello con torpeza y caminó hasta la puerta. Sakura le siguió. No tenía ni idea de cómo arreglar esas situaciones.

—No tienes que preocuparte —le dijo mirándola sacando las llaves del coche—. Volveré a casa a trabajar. Te llamaré cuando llegue.

—Vale. Buenas noches.

Le dio un beso corto y se marchó. Sakura tomó aire y se volvió para ir a reunirse con Hinata y Sarada. Ambas ya habían extendido un montón de tarros de maquillaje y miraban en internet qué quería hacerse la niña.

—¿Nos ponemos primero el pijama? —propuso.

Sarada aceptó enseguida. Había descubierto que era un niña muy buena, aunque a veces parecía tener algo de carácter y sus palabras solían ser directas.

Aún así, no podía evitar abrazarla cuando le entraban unas locas ganas y ella se dejaba, devolviéndole el abrazo.

Esa noche, ambas compartirían cama. Sarada se acurrucaba a su lado. Sin gafas se parecía más a Sasuke y por un instante, le dolió el corazón.

—Hinata me ha dicho una cosa —dijo con voz soñolienta.

—¿Qué, corazón?

Le apartó unos mechones del rostro con ternura.

—Dijo que tú siempre me has querido. Yo sé que es verdad. Pude verlo la primera vez, cuando te vi.

—Lo siento —se disculpó de nuevo. La abrazó y Sarada río.

—No, no —negó—. Papá es difícil, pero es bueno. Ha sufrido mucho también, sólo que no lo cuenta. Tú también lo has hecho. Sé por qué lo hiciste, mamá —garantizó—. Gracias por traerme al mundo.

Sakura no lo sabía. No hasta ese momento. Que tu hijo te dijera esas palabras era como chocar contra un muro de felicidad.

Y al fin, podía disfrutarlo.

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Itachi le miró por encima de las gafas cuando terminó de leer. Se las quitó para guardarlas y cruzó las piernas.

—Marcharte.

—No, marcharnos —corrigió Sasuke—. No voy a dejar a Sarada atrás.

Itachi suspiró y acomodó las manos bajo su barbilla, apoyando los codos sobre las rodillas. Sasuke estaba sentado frente a él y la luz de la chimenea creaba sombras en su rostro, oscureciendo su gesto a uno más frío.

Nada más llegar a su casa se lo encontró ahí sentado. No quería alargar la conversación ni la espera. Era un asunto muy serio, al fin y al cabo.

—¿Por qué? —cuestionó—. Tienes dinero de sobra para vivir en calzonas de darte la gana. Podrías ir por libre como hasta ahora, hacer contactos mejores que Orochimaru aquí en la ciudad.

Sasuke no abrió la boca. Mantenía una mano dentro del pantalón. Podía ver sus dedos moverse encima de algo. No era el móvil y menos la cartera. Lo conocía bien. El móvil estaba sobre la mesa entre ellos y nunca llevaba la cartera al ir de una casa a otra. Sólo cuando salía de casa.

—¿Es por Sakura?

Le miró fríamente.

Itachi se puso en pie y se acercó hasta él. Aferró su brazo y le obligó a sacar la mano. Entre sus dedos estaba el pasador que Sakura aseguraba haber perdido el día que conoció a Sarada y que él le prestara la goma de pelo.

Sasuke se soltó bruscamente. El pasador cayó a sus pies. Itachi se agachó para recogerlo. No era muy caro, pero para Sakura parecía ser importante. Y teniendo en cuenta lo que había descubierto de su forma de vida, podía comprenderlo.

—Haces que Sarada tenga contacto con su madre, se lo permites. La ves feliz y aún así quieres llevártela de su lado. ¿Dónde quieres llegar? Cuando ni siquiera tú puedes pasar página de ella. ¿Te pone hacerla infeliz? —espetó sin miramientos—. ¿Es eso?

—No —negó raudo—. Se le cayó en la cama. Iba a devolverlo.

Itachi se guardó el pasador en el bolsillo.

—Lo tienes desde hace una semana. Has tenido infinitas oportunidades de devolverlo, Sasuke. ¿Quién conserva algo de la persona a la que quiere destruir? Creía que había quedado todo claro entre ustedes y ahora, quieres de nuevo crear una tormenta.

—¿Organizar mi vida es crear una tormenta? Orochimaru tiene oportunidades mejores, puedo hacer dinero más fácilmente. Para eso he de marcharme de la ciudad. Un padre responsable se lleva a su hija. Si la dejara atrás: sería mal padre.

—Sasuke —nombró Itachi—. Hasta ahora sólo has viajado y volvías a casa. Sarada ya tiene parte de su vida estacionada aquí. Y estoy yo. También su madre.

Sasuke apretó los puños.

—¿Una madre que la abandonó? ¿Crees que puedo fiarme de eso? —exclamó—. No. No voy a ser igual que ella.

Recogió el móvil y los papeles con brusquedad.

—Debes superar ese odio que sientes por Sakura.

Sasuke le miró.

—Y tú deberías de pensar en cómo de grandes vas a tener los cuernos en la cabeza.

Itachi se cruzó de brazos como respuesta.

—¿Te haces una idea de por qué el pasador estaba en la cama, Itachi? —cuestionó caminando hacia la puerta—. Piénsalo.

Se detuvo antes de cerrar.

—Me llevaré a Sarada. Por las buenas o las malas.

Cerró la puerta antes de que pudiera argumentar nada más. Itachi se dejó caer en el sofá. ¿Cómo podía explicarle ahora eso a Sakura?

Notó el pasador clavarse en su costilla. Lo sacó, acariciándolo con el pulgar. A ojo experto tenía defectos. No sería una joya que él creara o comprase.

Se había hecho el desinteresado aquella tarde. Pero lo sabía. Sabía que algo había pasado. Algo más que Sakura prefería ignorar y menos hablar. Cuando la vio llorar en el balcón también entendió que el carmín no se le había corrido por la bebida o que su vestido estaba arrugado por sentarse.

Esos dos continuaban atrayéndose.

Y él…

Se miró la mano que había osado llevar a su trasero. Sakura saltaba cada vez que tocaba de más y no era consciente de que era él. O quizás sí lo fuera. Entendía que no era fácil cambiar la vida de la nada.

Pero quizás no fuera él quien su cuerpo necesitaba.

Y lo triste de todo es que él sí era una persona sexual. No obstante, nunca en su vida había pensado en la fidelidad de ese modo. Hasta el punto de aguantar el tiempo necesario a que la otra persona estuviera conforme. El sexo no era siempre el pilar de todo.

Sin embargo, la idea de que Sasuke y Sakura volvieran a chocar entre ellos le empezaba a poner nervioso. Si había sucedido esas dos veces, era porque ninguno tenía realmente control de sus acciones. De la atracción que sentían.

—Quizás sea buena idea que se marche… —murmuró en medio de su soledad.

Continuará…


Lo sé, como os comentaba en face, sé que es corto, pero realmente he querido contar todo lo que necesitaba para volver a poner la cadena en marcha y esto es algo que ya se trató en capítulos anteriores.