Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
La Última Hija del Mar
—Capítulo 43: Lucho a brazo partido, contra el primo malvado de Papá Noel. —Leyó Travis, entregándole el libro a Atenea.
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Al salir de allí, noté que Bianca estaba frustrada. Enfrentamos esqueletos y ella no sintió su conexión o poder de Hades, para detenerlos.
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Hades le enseñó una mirada de comprensión a su hija. — ¿Recuerdas cuando Penny mandó a volar a esa chica Bobofit con el agua de la fuente o cuando mojó a las chicas de Artes, quienes intentaron meter su cabeza en el escusado?
Bianca suspiró, mientras apoyaba su barbilla, en la palma de su mano. —Lo recuerdo.
—Los poderes de los semidioses, se activan cuando tienen fuertes emociones o cuando sienten que pierden el control de la situación —dijo Hades. —Tienes un enorme control en tus emociones, por eso te es más complicado, usarlas. Pero eso mismo, es un enorme logro para ti, Bianca.
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—Estamos cambiando la historia —dijo Artemisa, mientras salíamos de ese lugar y comenzábamos a avanzar a pie, con ella guiando nuestro camino. —Aun así, nuestro objetivo tendría que ser llegar a San Francisco, encontrar a Nereo y preguntarle cómo detener al abuelo.
Ante esas palabras, nosotras dijimos al unísono: «Entendido»
—Pero, sinceramente no puede ser muy difícil —dijo Bianca, desenfundando su espada —Hazel y yo, tenemos espadas de hierro Estigio y si matamos a ese chico Luke, entonces el abuelo tendría aún menos oportunidades.
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—Tomamos una excelente decisión, al enviarles las nuevas armas —dijo Zeus sonriente. Poseidón, Hades y su hijo Ares, asintieron.
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Y nuevamente, Artemisa y Zoë usaron sus habilidades, para doblar el espacio a nuestro alrededor, sin que las demás lo notáramos, acercándonos cada vez más, a San Francisco. Pero, como solo Zoë era parte de su Cacería, entonces eran las únicas que podían movilizarse así, y las demás sufriríamos de mareos, vómitos o incluso desmayos, por viajar de esa forma.
Yo suspiré, mientras entraba a una tienda de ropa de beneficencia y fui hasta la otra salida del local, provocando que Artemisa, Clarisse y Hazel, me miraran como si me hubiera vuelto loca.
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—Debías de parecerlo —lamentó Bianca, sonriéndome con disculpa. —Podía ver lo que les pasaba a ustedes, desde una pequeña televisión, en la oficina de Caronte.
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Volví en pocos minutos, vistiendo el mismo conjunto de la última vez: una andrajosa camisa de franela y unos pantalones solo dos tallas más grandes, unas zapatillas rojas y un enorme gorro multicolor. La sonrisa de Zoë me indicaba culpa, por sus actos de la última vez, pero aun con eso, no pudo evitar decir: —una típica vagabunda, sin destacarse.
—Tonta —dije yo sonriente, acercándome a Zoë y besándola en los labios. —Me lo debes, por ir tras ese idiota —le arrojé mi ropa a los brazos, pero Clarisse fue más rápida, atrapando mi ropa, mientras todas sonreían.
Nuevamente, Zoë nos condujo de nuevo al muelle. Tras un buen rato buscando, Zoë se detuvo en seco. Señaló un embarcadero donde un grupo de vagabundos se apretujaban cubiertos de mantas, aguardando a que abrieran el comedor de beneficencia. —Tiene que estar allá abajo —dijo Zoë suspirando y rascándose la parte de atrás de la cabeza, molesta por eso—. Nunca se aleja demasiado del agua. Le gusta tomar el sol durante el día.
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— ¿Qué se supone que está haciendo? —preguntó un confundido y desconcertado Jason. Tanto los representantes del Campamento Mestizo, como los del Campamento Júpiter, estaban sumamente extrañados y solo por eso, no hablaban.
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— ¿Qué es lo que tiene que hacer? —preguntó Hazel, mirándome, mientras que yo me alejaba e iba hacía los vagabundos. Enviando más sangre a mis oídos, podía escucharlas, incluso a la distancia.
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—Gracias por preguntarlo —agradeció el hijo del dios del cielo a su amiga, quien asintió.
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—Tiene que acercarse a hurtadillas. Actuar como una vagabunda. Huele de un modo... distinto.
—Estupendo. —La bella castaña rojiza prefirió no pedir más detalles—. ¿Y cuándo lo encuentre?
—Agarrarlo. Y no soltarlo. Él hará todo lo posible para librarse de ella. —Explicó Zoë a Hazel —Que haga lo que haga, no debería de dejarlo escapar. Obligarlo a que le hable sobre como detener a Cronos, antes de que se libere del ataúd.
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—Por más raro que sea, me gustaría estar en una de sus misiones o ir con Penny —dijo una sonriente Holly Victor, hija de Niké. —siempre les pasan cosas tan locas.
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Pasé junto al vagabundo que nos había visto llegar. No olía bien, pero no tenía un olor... distinto. Seguí adelante.
Un par de tipos mugrientos con bolsas del súper en la cabeza me examinaron de arriba abajo cuando me acerqué. — ¡Lárgate, chaval! —murmuró uno de ellos. Me aparté. Apestaban, pero lo normal. Nada fuera de lo común.
Entonces, gruñí cuando vi a quien había venido a buscar.
Al final del embarcadero, en un trecho iluminado por el sol, vi a un tipo tirado en el suelo que parecía tener un millón de años. Llevaba un pijama y un mullido albornoz que en tiempos habría sido blanco. Era gordo y tenía una barba blanca que se había vuelto amarillenta. Algo así como un Papá Noel arrastrado por un vertedero.
¿Y su olor?
Al acercarme, me quedé de piedra. Apestaba, sí, pero con un tufo marino. Una mezcla de algas recalentadas, peces muertos, salmuera... Si el océano aún contenía algún olor repulsivo, era aquél.
Procuré contener las arcadas y me senté a su lado como si estuviera muy cansado. El hediondo Papá Noel abrió un ojo con suspicacia. Noté cómo me observaba, pero no miré. Mascullé algo sobre unos padres estúpidos y un colegio todavía peor, pensando que así resultaría más creíble.
Papá Noel volvió a dormirse.
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Todos se miraban unos a otros. Apostaban si realmente, Penny lo haría. Sabían cuán importante era, pero parecía una locura total.
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Me preparé. Era consciente de que aquello iba a parecer muy raro, y tampoco sabía cómo reaccionarían los demás vagabundos. Pero salté sobre él. — ¡Aaaaahhh! —gritó. Yo pretendía agarrarlo, pero era él más bien quien me agarraba a mí. Como si no hubiera estado durmiendo, sólo fingiendo. Desde luego no parecía un viejo endeble. Tenía una presa de acero, me estrujaba con un abrazo mortal. Le tapé la boca, para que no pudiera gritar, me levanté como pude, lo sujeté con todas mis fuerzas y comencé a alejarme del agua, arrastrándolo también.
— ¡Soy mestiza! ¡Quiero información!
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—Eso no lo calmará, princesa —dijo Anfitrite con un tono de voz preocupado, mirando a su hija adoptiva y escuchando la lectura de Atenea.
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— ¡Héroes! ¿Por qué os metéis siempre conmigo?
— ¡Porque lo sabes todo! —Él gruñó y trató de zafarse. Era como sujetarse en una montaña rusa. Se revolvía violentamente y me hacía perder el equilibrio, pero apreté los dientes y lo aferré con más fuerza. Mientras nos tambaleábamos hacia el borde del embarcadero, se me ocurrió una idea. — ¡No! —grité—. ¡Al agua no! —El plan funcionó. Gritando victorioso, Nereo saltó sin pensárselo y nos hundimos juntos en la bahía de San Francisco. Debió de sorprenderse cuando lo estrujé todavía más, con el vigor extra que el océano me proporcionó de inmediato. Pero a él aún le quedaban algunos trucos. Cambió de forma y, sin más ni más, me vi aferrado a una foca lustrosa y resbaladiza. A veces la gente bromea sobre lo difícil que es atrapar a un cerdo untado de grasa, pero os diré una cosa: mantener sujeta a una foca en el agua es mucho más difícil. Nereo se lanzó hacia las profundidades, retorciéndose y nadando en círculo por las oscuras aguas. Si yo no hubiera sido hija de Poseidón, no habría podido retenerlo.
Luego se puso a girar sobre sí mismo y a expandirse, hasta transformarse en una ballena asesina, pero yo me aferré a su aleta dorsal mientras emergía estruendosamente a la superficie. — ¡¿POR QUÉ NO TE AHOGAS DE UNA VEZ?! —aulló, aporreándome con los puños.
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Todos en la sala del Trono, lanzaron una carcajada.
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—El pacto fue roto. Soy hija de Poseidón e hija adoptiva de Anfitrite, idiota —le espeté, devolviéndole los golpes con fiereza. Manipulé el agua, sintiendo como mis músculos se tensaba, mientras intentaba agarrarlo firmemente y traía una ola, que nos devolvió a tierra firme.
— ¡Maldito sea ese advenedizo! ¡Yo llegué primero! —Finalmente, tocamos tierra y Nereo se derrumbó junto a un embarcadero de botes de pesca. Por encima de nosotros se extendía uno de esos muelles turísticos plagados de tiendas: como un centro comercial al borde del agua. Nereo jadeaba, exhausto. Yo me sentía perfecto. Habría podido continuar todo el día, pero no se lo dije. Quería que creyera que había librado un buen combate. Le agarré los brazos y se los torcí en la espalda, para luego enrollarle mis piernas, en las suyas, impidiéndole cualquier tipo de escape.
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— ¡Bien hecho, mocosa! —dijo Ares sonriente.
— ¡Esa es mi hermanita! —dijeron Teseo y Belerofonte sonrientes y orgullosos ¿Cuándo llegó Tritón?
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Mis novias bajaron corriendo los escalones. — ¡Lo tienes! —dijo Zoë sonriente.
—Ah, magnífico. ¡Una audiencia completa para presenciar mi humillación! —gimió Nereo— ¿El trato de siempre, supongo? O sea, me dejas ir si respondo a tu pregunta.
Artemisa se aproximó. Se veía nerviosa. — ¿Encontraremos el sarcófago del rey de los Titanes en Tamalpais?
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—Destruimos el sarcófago y nos deshacemos de él —Zeus asintió. —Excelente planificación, Artemisa.
La diosa de la cacería, hizo una venia. —Gracias por aprobarlo, padre.
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—Sí. Sí Podrán matarlo, lo encontrarán allí mismo —nos aseguró e intentó escaparse, transformado en un pez multicolor. Estaba agotada, pero creía que había algo más, así que llamé al agua y lo capturé en una esfera de agua, de la cual no pudo salir.
—Déjalo ir, amor. Tenemos la respuesta, que buscaba Lady Artemisa —me dijo Clarisse, sonriéndome de forma amorosa. Le devolví la sonrisa y dejé ir al pez, quien se hundió en el agua, mientras veía como me acercaba una botella de agua y bebí de ella, reponiendo mis energías.
Nos levantamos rápidamente y apuntamos a la Mantícora, quien acababa de llegar.
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—Oh no —gimieron los tres grandes, preocupados por sus hijos. Incluso si solo era la Mantícora, era un motivo de preocupación, pues los jóvenes no tenían ni un descanso.
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—Hola Dr. Espino —dijo Bianca sonriente y con su espada en mano. — ¿Cree poder perdonarme, por ese trabajo de biología que no le entregué?
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Zoë decidió leer. —44: Asalto Sorpresa al Monte Othrys.
