"Los placeres violentos terminan en la violencia y tienen su triunfo su propia muerte, del mismo modo que se consumen el fuego y la pólvora en un beso voraz." William Shakespeare.
Capítulo I:
La suerte está echada.
—EL ESTUDIANTE DE MEDICINA, EREN JAEGER, ES SOLICITADO EN LA OFICINA DEL DIRECTOR. EREN JAEGER, DE MEDICINA, ES SOLICITADO EN LA OFICINA DEL DIRECTOR.
Una voz femenina resuena ininterrumpidamente a través de los altavoces del ala este del campus de la universidad, en el corredor de Inmunología. El muchacho de 19 años de edad, de rostro afable y mirada rígida, se levanta de su asiento al oír su nombre y sale del aula de clases, camino al destino indicado. Va tranquilo, aunque extrañado, con la curiosidad propia de un niño y la cautela propia de su edad. Con las manos en los bolsillos, su mochila al hombro y su cabello atado en un moño; la cabeza desprovista de preocupaciones y un encendedor guardado en su puño que espera impaciente por encender el próximo cigarrillo.
Sus cejas se fruncen, aunque no esté molesto, y sus cuerdas vocales dibujan el coro de una canción de Led Zeppelin en la forma de un silbido. Su atractivo físico se roba las miradas de un par de chicas que pasan junto a él en el corredor, pero Eren las ignora, enfocado en el lugar a donde debe dirigirse. El día pinta bien para ir por una hamburguesa después de clase, o al menos eso decide en menos de un segundo. Al siguiente, su pie derecho cruza el umbral de la oficina del director de la universidad, y el rayo de sol que entra por el ventanal frente a él lo enceguece por un instante.
Es allí cuando su vida da un vuelco. No lo prevé. Y el giro es tan pesado como el choque de las olas contra la costa.
Es una llamada telefónica.
El teléfono es transferido a su mano y él responde.
—¿Eren Jaeger? —pregunta una voz masculina del otro lado de la línea.
—Yo soy.
—Mi nombre es Oluo Bozado, enfermero del Centro de Emergencias del Hospital de Shiganshina. La señora Carla Jaeger está internada en nuestras instalaciones, debido a un accidente automovilístico. Le pedimos que-
Biiiiiiiiiiiiiiiiiip.
Antes de que el enfermero concluya la frase, Eren devuelve el teléfono a la secretaria del director. Todo es mecánico desde el momento en que escucha el nombre de su madre hasta que sus tímpanos perciben la palabra "accidente". Da las gracias como acto reflejo, y sale de la oficina vía memoria muscular; se encuentra demasiado perturbado para dar explicaciones, pero su rostro debió dar algunas pistas al director sobre su repentina huida.
Sin tiempo para pensar coherentemente, abandona el campus. Su instinto lo guía como una especie de hilo invisible que marca el camino a seguir; sin embargo, no comprende cómo ha llegado hasta el Hospital, pues lo único que sabe de sí mismo es que está a punto de preguntar por su madre en la recepción del lugar.
—Soy Eren Jae-
La enfermera en turno le impide terminar, percatándose de su identidad. Toma la bocina, marca el número de una extensión, y otra voz femenina responde al habla.
—Doctora Brzenska, el hijo de la paciente Jaeger está en recepción —una pausa—. ¿Sí? —otra— De acuerdo. Se lo diré —la llamada finaliza—. La doctora viene en camino —advierte la enfermera en dirección al muchacho. Eren se encuentra visiblemente nervioso, pero no debe esperar mucho a que aparezca una mujer de mediana edad con anteojos, cabello corto y cenizo vestida en una bata de médico.
-¿Eres tú? —pregunta al muchacho. Él asiente por inercia, intuyendo que ella es la doctora Brzenska— Wow. Eres bastante joven.
Eren sacude la cabeza con irritación.
—Doctora, no necesito rodeos. Dígame cómo está mi mamá.
—Chico, ella se encuentra fuera de peligro. Pero ahora, acompáñame a la cafetería. Hay un par de cosas de las que me gustaría hablar contigo.
Eren no lo comprende.
Tanto los corredores de la Unidad de Emergencias como la cafetería del edificio parecen un pandemónium. Gentes van y vienen afanadas, otros toman café para matar el tiempo, o simplemente se agitan ansiosos en espera de noticias. Aunque es primavera, el cielo sombrío y el aire gélido del exterior parecen sacados de un otoño en decadencia. Un rincón del cerebro del muchacho se pregunta si esto es lo que en realidad desea hacer al concluir su carrera de Medicina: enfrentar el estrés de salvar algunas vidas y la frustración que viene con perder otras; la ajetreada existencia de un médico y los dilemas morales que le acompañan. Si quiere ser un héroe, debe estar preparado para afrontar el caos que trae tal responsabilidad; no puede evitar notar el escalofrío que recorre su espinazo al pensar en ello y, sin embargo, todo lo que hay en su cabeza ahora es lo que sale de boca de la doctora Brzenska.
Carla fue arrollada por un camión de provisiones que perdió el control del volante. El conductor no tardó en llamar a una ambulancia que la trasladó al centro médico más cercano, en donde ahora estaba fuera de peligro, salvo por una fractura en su brazo derecho y una herida de pavimento en su rostro. Pero no es aquel suceso lo que dibuja en el rostro de Eren Jaeger el espectro mismo de la agonía personificada.
—¿Cáncer?
La palabra se escapa de su boca como un trago inesperadamente amargo. La lengua le pesa, y sus pulmones se cargan de un oxígeno denso que no le permite respirar con facilidad. ¿Cómo inició? ¿Cuándo? ¿Por qué? La enfermedad recién descubierta de su madre se dibuja en su mente como una nube densa que oprime sus pulmones y ennegrece su porvenir. De todas las personas en el mundo, el destino no pudo escoger a otra víctima de sus caprichos. Los puños de Eren se cierran con impotencia, y decide acabar de escuchar el diagnóstico de la doctora.
—Sin embargo —continúa Brzenska—, puedo decir que el accidente que sufrió hoy tu madre ha sido un milagro, chico.
Eren se llena de indignación. ¿Cómo puede decir eso?
—¿De qué está hablando?
La doctora Brzenska ríe en medio de lo sombrío de la conversación, lo que para su interlocutor es absolutamente escandaloso.
—Si ese hombre no hubiese atropellado a tu madre, jamás habríamos descubierto su cáncer, Eren. O tal vez sí, pero en una fase muy avanzada y mortal. El tumor cerebral de Carla está en su primera fase y aún es extraíble. Todo cuanto necesitamos es el número de su seguro médico y tu autorización para llevar a cabo la operación cuanto antes.
Aquella mujer sonríe. Eren no lo hace. Desearía poder sentirse tan confiado como la doctora lo está, si tan sólo fuera tan fácil. Si tan sólo su madre contara con un seguro médico, o con el dinero suficiente para ser capaz de autorizar la cirugía para extraer el tumor. Si tan sólo su padre… Si tan sólo tuviese un padre… Si tan sólo…
—Ella… ¿Ya lo sabe?
La doctora asiente ante la pregunta. Él suspira.
—También sabe que tú te enterarías.
—¿Puedo hablar con ella? —pregunta el muchacho, cabizbajo. La doctora mira su reloj de pulso por algunos segundos y asiente.
—De acuerdo. Tienes quince minutos. Piso tres, habitación cuatro.
—Gracias.
Es todo lo que él responde.
Por más que lo desee, no puede ver la luz al final del túnel.
No aún.
Los pies le pesan.
Sus zapatos deportivos se arrastran a través del pasillo, con la pesadez de un par de anclas. La noticia que acaba de recibir serpentea en su mente como una columna de humo que se filtra a través de un tubo, invadiendo sus sesos, pues aún no ha podido procesarla. La gravedad inestable del elevador que lo lleva al tercer piso del pabellón convierte su estómago en un remolino y, aunque no lo note, el aire que golpea su rostro cuando se abren las compuertas le alivia las entrañas. Habitación número cuatro es lo que busca con la mirada. Pero tampoco sabe cómo llega aquí. A veces, su cuerpo se mueve por inercia, como un autómata. Pero Eren continúa hasta toparse con la puerta blanca que conduce a su madre.
Entonces la ve. Por primera vez en varias horas.
En su agonía silenciosa, Eren se pregunta qué sería de él si no pudiese verla nunca más. La simple idea es horrorosa, imperdonable, escandalosa. Carla es todo lo que tiene y todo lo que ama. Es su vida, es el amor incondicional enfrascado en un solo ser, dedicado sólo a él, a su bienestar, a su seguridad. Es la personificación de la belleza del firmamento y la deidad e indulgencia del Creador. Es un par de orbes color ámbar que lo miran con ternura y le reprenden dulcemente. Es las manos que han trabajado incansablemente para que no le falte nada.
Es su madre.
Un nudo se forma en su garganta y él lo deshace al tragar saliva. Necesita hablar correctamente.
—¿Mamá?
La mujer de cabellos castaños gira sobre su espalda para poder mirar a su hijo. A pesar del dolor de sus heridas, le recibe con una sonrisa. Tiene una raspadura en la mejilla y un brazo vendado; pero si pudiese verse en un espejo, lo único que le preocuparía sería que los médicos viesen su cabello hecho un desastre.
—Cielo mío, estás aquí —exhala la mujer, enderezándose con gran dificultad. Pero es testaruda, e intenta no mostrarlo. Sin embargo, su hijo la conoce lo suficientemente bien como para saber que necesita ayuda.
—Sí, má. Aquí estoy.
Mientras habla, Eren le ofrece su brazo para que se apoye en él, observando el líquido que gotea por el tubo de plástico hasta meterse en las venas de su madre a través del catéter. Entonces le besa en la cabeza, descubriendo unas cuantas canas furtivas en los cabellos de su progenitora.
—¿No es esta tu hora de clase? —Carla se ve preocupada. Eren toma asiento junto a ella.
—Tú eres más importante. ¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor, ahora que mi bebé está aquí —advierte ella, riendo. Su risa es tan contagiosa que el muchacho no puede evitar seguirla, aunque muy brevemente—. ¿Cuándo van a sacarme de este lugar? Dejé muchas cosas sin terminar en casa.
—No saldrás de aquí hasta que te practiquen esa cirugía.
Carla inhala y exhala con sonoridad.
—Eren —le llama, y su semblante endurece—, esa cirugía tendrá que esperar. No tenemos dinero para pagar algo tan costoso…
—Mamá, eso no me importa. Haré lo que sea, cualquier cosa, para que puedas operarte. Venderé mi beca, trabajaré de noche, haré lo que se-
—Eren, no quiero que digas eso de nuevo. ¿Está claro? Promete que nunca jamás volverás a mencionar algo así con respecto a tu beca.
—Pero, mamá…
—¿Pero? ¿Acaso no recuerdas cuánto nos costó conseguirla, Eren? ¿No recuerdas mis sacrificios para matricularte en una buena escuela y todo lo que rezamos al Cielo para que esa beca te la dieran a ti? ¿No recuerdas las ganas que tenías de convertirte en médico y todo lo que hicimos para que hoy puedas estar donde estás? Óyeme bien, Eren Jaeger, no tirarás tu futuro a la basura por esto. De ninguna manera, no lo permitiré.
Los puños de Eren se cierran. Carla no imagina lo desesperado que está. El muchacho se pone en pie, camina hacia la ventana y deja que una corriente de aire lo serene.
—Sabía que dirías eso. Pero no voy a dejarte morir, Carla.
—Pues moriré si es mi hora. Pero tú no echarás a la basura todo lo que tanto nos ha costado, Eren.
El silencio se cierne sobre ellos como una nube negra. Eren suspira, cavilando, pensando en las maneras menos cruentas de discutir con su madre sin alterarla más de lo que ya está. Ofuscado, le da la espalda; es más fácil evadir sus reclamos si no la mira a los ojos.
—Haré lo que sea necesario para salvarte —declara con determinación—. Y tú no vas a detenerme, aunque seas mi madre. Deja de creer que puedes decirme lo que tengo que hacer, porque no soy un niño; y esta vez debo pensar por los dos. Tú ya hiciste suficiente, mamá. Ahora, pase lo que pase, es mi turno.
De la boca de Carla se escapa un resoplido que destila sarcasmo.
—¿Y tú sí puedes decirme a mí lo que tengo que hacer?
—Puedo, mientras deba encargarme de ti.
—No soy una anciana.
—Estás enferma y puedes morir si no te operas.
—Eren, no vas a-
—No discutiré más esto, mamá. Conseguiré el dinero a como dé lugar, y tú saldrás de esta.
—¡Eren! ¿Por qué eres tan cabeza dura? ¿No puedes escucharme por una sola vez en tu vida? No quiero que cometas una locura con esa beca, y tampoco quiero que dejes de estudiar. Si alguien debe conseguir ese dinero, esa soy yo. No tú. Si no quieres que me enoje contigo, desiste de esas ideas locas que tienes en la cabeza ahora mismo.
Esta vez, Eren da la vuelta. Necesita mirarla para lo que está a punto de decir.
—Está bien —capitula, con las manos en los bolsillos y observando a su madre fijamente, casi desafiante. Carla sabe bien que esto no es presagio de buenas ideas—. Está bien, mamá. Lo haremos a tu manera. Pero no serás tú quien consiga el dinero.
—¿Ah, no? Entonces dime, de dónde lo vamos a sacar?
El muchacho llena sus pulmones de aire. Dentro de su bolsillo, sus dedos tocan el encendedor. La luz del sol comienza a menguar, filtrando el ocaso por la ventana.
—Es hora de que los Ackerman paguen la deuda que tienen contigo.
La puerta se abre, sin darle tiempo a Carla de reaccionar. Es una enfermera, avisando que el tiempo de visitas ha concluido.
—Puede regresar a partir de las nueve de la noche para cuidar de ella. Por ahora es necesario que salga.
Eren asiente ante la instrucción. Su madre ha quedado sin habla. Una promesa, una deuda de antaño la conecta a aquellos que una vez fueron sus amigos. Y se pregunta cómo es que su hijo conoce tal historia. ¿Ha hurgado entre sus tesoros escondidos? ¿Ha leído las cartas que pertenecieron a su pasado y a su esposo difunto y que tan celosamente ha guardado? El apellido Ackerman es uno que ciertamente su hijo no debería poder relacionar con el pasado de ella, y el acontecimiento le inhibe las palabras.
—Regresaré más tarde, mamá —anuncia el muchacho, tras dedicarle un beso en la frente. En un segundo, su silueta desaparece tras la puerta de la habitación, perdiéndose entre las sombras blancas del corredor. Para cuando ella llama su nombre, ya es demasiado tarde. Sólo la enfermera la escucha.
Ackerman.
El corazón de Carla se encoge ante el recuerdo.
Al mismo tiempo, los caprichos del tiempo comienzan a enlazar su pasado con los hilos del futuro, tejiendo las redes que llevarán a su hijo a su propia perdición. Pero no hay nada que pueda detener a Eren. El destino está escrito, y aunque alguna vez pensó que podía cambiarlo, la vida le ofrece una negativa rotunda. No hay nada que pueda hacer. Por más que lo intente, las estrellas hablaron, desde mucho antes de su nacimiento.
La suerte ha sido echada.
N.A: Regresé, tras un largo receso de la escritura. Espero este fic sea del agrado de todos ustedes, y estaría muy agradecida si dejan sus reviews haciéndome saber que desean una continuación. Extrañé mucho escribir para el Eremika. Un abrazo grande.
For English readers (in case you guys see this): The English language version will be ready soon.
