"Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad,
y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes", William Shakespeare, Macbeth.
Capítulo II
Un visitante inesperado
Es tarde.
La pantalla encendida del televisor ilumina la sala de juntas, cuyas densas cortinas cubren los ventanales en su totalidad, impidiendo la entrada de la luz lunar a la estancia. Kurt Ackerman fuma un puro 'King of Denmark', sentado en el sillón principal de la sala mientras ve las noticias de la noche.
A veces, piensa en su hija.
El humo del habano que exhala se escapa por la ventila del techo y él vuelve a aspirar, perdiéndose en la sensación cálida que produce el tabaco en su garganta. Cierra los ojos y relaja su cuerpo. Su jornada laboral, tan ajetreada como cada día, ha concluído, pero no desea ir a casa.
Entonces se pregunta por qué.
¿Cuándo fue que comenzó a desdeñar su hogar? ¿Cuándo fue la última vez que percibió el aroma de una cena caliente en familia? ¿La última vez que sus labios recibieron un beso amoroso de su esposa, o sus mejillas la caricia dulce de su unigénita?
Kurt no lo recuerda.
Ha pasado algo que parece mucho tiempo. Más de lo que él pueda imaginar.
Un suspiro interrumpe sus pensamientos. El habano comienza a extinguirse, y el noticiero de las 7 transmite un evento de última hora. El señor Ackerman lucha por no quedarse dormido bajo el letargo de la voz de la presentadora.
—¿Tío?
El sonido lo alarma ligeramente, acompañado de un golpe en la madera de la puerta para llamar su atención. La nueva voz es familiar, agradable, bienvenida. Kurt mira hacia el umbral y ve el reflejo tímido de una chica de cabellos castaños, casi rojizos, preguntando si su presencia es bien recibida. El señor Ackerman inclina la cabeza en afirmación, agitando la mano hacia ella para que pueda entrar.
—Ya acabé con los informes y los archivos de cuentas —anuncia la muchacha, dejando un portafolio repleto de papeles sobre la gran mesa. Kurt continúa asintiendo—. Me tardé un poco, ya sabes que no soy muy buena con los números, pero me las arreglo…
—Sasha —le interrumpe él con dulzura, pues la chica parece agitada—, ya deja eso. No deberías quedarte aquí hasta esta hora. Eres joven. Sal con tus amigos, vive la vida. No estás obligada a trabajar el mismo tiempo que los demás. Recuerda que eres mi sobrina, y eso tiene sus privilegios.
Sasha ríe con timidez. Siempre le ha costado mucho aceptar que un hombre tan rico como Kurt Ackerman la hubiese adoptado como su sobrina, simplemente porque papá y mamá han trabajado para él desde mucho antes de lo que ella puede recordar. Sin embargo, no puede evitar la sonrisa que se le escapa, pues aquel hombre es uno de los que más admira en su vida.
—Ya lo sé. Pero a papá no le gustará saber eso.
Kurt resopla una risilla.
—Alexander es un viejo gruñón. ¿Qué haces allí parada? Toma asiento. ¿O acaso tienes prisa?
—Oh, no, no… Iba a esperar en el vestíbulo a que Nikolo venga por mí…
—¿Y se tarda?
—No lo sé. Ya lo llamé, pero no me contesta.
—Entonces, puedes irte a casa conmigo, o podemos quedarnos un rato más y pedir comida italiana. ¿Te parece? —las papilas gustativas de Sasha cantan ante la perspectiva. Kurt ríe al ver el brillo en sus ojos— Muy bien —pronuncia entre carcajadas—. Comida italiana será.
Sasha es quien pide la orden al restaurante más cercano. Carbonara es lo que ordenan. Y mientras esperan, el señor Ackerman acaba con su habano.
—¿Lo has visto? —pregunta, en dirección a la chica, quien ha tomado asiento al otro lado de la mesa.
—¿Qué cosa, tío?
—Las noticias. La hija mayor del presidente Reiss fue encontrada con una sobredosis en una fiesta de hotel.
—¿Frieda?
—Sí.
Sasha jadea, alarmada.
—Es demasiado joven…
—Lo es. Y por supuesto, Reiss no ha dado declaraciones. Debe ser una vergüenza para él, sobretodo después del escándalo de los medios cuando se descubrió lo de su hija ilegítima. Qué familia, ¿no?
—Ah, papá dice que es un comunista hipócrita y que por eso no votó por él. Yo pienso lo mismo… —Sasha se lleva la mano a la boca con aspaviento, interrumpiendo abruptamente su discurso— Lo siento. Creo que hablé más de la cuenta.
Kurt ríe de nuevo.
—Aquí en confianza: tu papá tiene razón. Ya se lo he dicho. Pero no podemos comentar eso con todo el mundo, lo sabes. Así que no lo digas en público o puedes tener problemas.
—Ya lo sé…
—Ah, es una lástima lo de esa chica —continúa Kurt, y antes de que pueda decir algo más, la noticia se extiende, captando la atención de ambos. Es un escándalo nacional. La familia Reiss, perteneciente a la antigua aristocracia y oligarquía eldiana, cuenta con la desgracia de una hija adicta a las drogas. Inconcebible. Imperdonable. Toda una hecatombe. Frieda Reiss, la primogénita y principal heredera de la inmensa fortuna familiar: una drogadicta, destinada a despilfarrar las arcas transmitidas a ella por sus antepasados. Su padre, el recientemente electo presidente de la isla de Paradi, se abstiene de dar declaraciones a los medios. La vergüenza sobrepasa el amor hacia su hija, sólo una chica rubia de baja estatura que camina junto a él frente a las cámaras se asegura de abrirse paso entre los guardaespaldas y gritar que todo, absolutamente todo, es culpa de su padre.
Historia Reiss es el nombre de la chica.
Y los medios, por supuesto, no dejarán de hablar de aquella acusación durante días. Es la primera vez que la hija ilegítima del presidente habla ante las cámaras. Sin embargo, no será la última.
Una llamada interrumpe el sonido de la televisión. Sasha responde; el domicilio por fin ha llegado y, dos minutos más tarde, ella y el señor Ackerman están cenando en la sala de juntas. El noticiero de las 7 p.m. ha finalizado; ahora sólo los acompaña la banda sonora lejana de un programa de entrevistas que ambos ignoran.
—Sasha.
—¿Sí, tío?
—¿Ya decidiste qué estudiarás?
—No, señor. No aún.
Kurt suspira, tragando un bocado de su cena.
—Cualquier cosa que decidas, en la universidad que elijas, cuenta conmigo para apoyarte, ¿de acuerdo?
Sasha deja de comer.
—Desearía poder hacerte caso. Pero ya sabes que papá y mamá no permitirán que pagues por mis estudios de nuevo. Prefiero trabajar y hacerlo yo misma, antes que tener problemas con ellos. Lo siento mucho, tío.
Kurt suspira nuevamente, y esta vez los pulmones le pesan.
Desearía arrancar el orgullo de Alexander Blouse, ese orgullo rancio de los campesinos que no aceptan nada regalado y que obtienen cada cosa que tienen con el sudor de su frente, no importa qué tan cercano sea Kurt a él, ni todos los años de servicio a la familia Ackerman que tan amigos los han hecho. Kurt desearía haber criado a Sasha como suya, del mismo modo que a su propia hija, pero Alexander y Lisa Blouse no podían permitirlo. Orgullosos de sus orígenes humildes, siempre se encargaron de recordarle a su unigénita que no hay mayor satisfacción que la de trabajar duro para obtener lo que se desea.
Así, Sasha había crecido con el dilema agridulce de vivir en una opulencia prestada y en la modestia atávica de sus padres que, al casarse, decidieron emigrar a la ciudad un día. Sólo Kurt Ackerman los contrató en sus años de juventud: Alexander como su conserje, Lisa como su ama de llaves. Un año más tarde Sasha llegó al mundo, enfrentándose a la encrucijada hipócrita de una riqueza que jamás le perteneció.
—Está bien —capitula el hombre. Su cena ha acabado, así que tira los recipientes desechables a la basura. Sasha recibe un mensaje en su móvil; es de Nikolo, su novio, que está a punto de llegar. Sin embargo, ella no lo ve, pues su tío llama su atención en ese mismo instante—. ¿Has hablado con Mikasa?
—Hoy no. Estuve ocupada, y la diferencia horaria no nos deja conversar mucho.
—¿Y Armin?
—Tampoco.
—De acuerdo. Intentaré llamarla mañana.
Kurt se ve triste. Sasha lo nota.
—¿Tío? ¿Ocurre algo?
Saliendo de su sopor mustio y silente causado por las memorias de su hija, el señor Ackerman sonríe.
—La extraño. Es todo, hija.
—También yo.
—Tal vez… —el hombre calla. Su sobrina sabe bien que no debe alargar el tema, así que astutamente decide cambiarlo.
—Tío, ¿puedo pedirte un favor? —Sasha escupe la frase casi involuntariamente. Esto para Kurt no es extraño, pues la chica siempre ha sido tímida, reacia a pedir favores, excepto cuando no le queda más opción. Él, tan comprensivo con su sobrina como siempre, asiente.
—El que quieras.
—Es que… —una risa nerviosa. La muchacha juguetea con sus dedos, como si quisiera huir del lugar.
—Vamos. Dime qué necesitas.
—Uh… Quería saber si… Es posible que…
—Sasha, vamos. Tu tío hará lo que pueda, así que dime de una vez —la reprende Kurt con dulzura. Es entonces cuando ella habla.
—¿Puedes darle trabajo a Nikolo? Es chef. Pero nadie lo contrata porque no tiene experiencia…
El señor Ackerman rompe la monotonía de la sala con un aplauso repentino que sobresalta a su sobrina.
—Justo pensaba en contratar a un cocinero para que trabaje en casa. ¿Te parece si lo traes conmigo mañana a primera hora?
Los ojos color sol de Sasha se iluminan, llenos de bonanza.
—Estará aquí sin falta mañana. Te lo prometo.
—Lo sé, confío en ti, hijita.
—Le diré que...
Un mensaje que corta la charla.
Otro.
De inmediato, una llamada muy insistente.
—Disculpa, tío. Es Nikolo… —advierte la chica, con los ojos en la pantalla iluminada y vibrante de su móvil.
—Vale, vale, hija. Ve a casa.
—¿Y tú no irás?
Kurt no responde de inmediato.
—… No por ahora.
—De acuerdo. Adiós. Gracias por la cena. Gracias por todo. ¡Eres genial!
—Ve con cuidado —dice el señor Ackerman entre risas. Para cuando termina de hablar, su sobrina ya no está en la sala.
Sasha desaparece antes de que su tío concluya la frase. No usa el elevador, pues tardaría demasiado en llegar abajo. Es eso, ¿o es que tiene miedo del ascensor? Clac, clac, clac. Sus zapatos taconean el piso lustrado de las escaleras haciendo eco, y su corazón late con la rapidez de un roedor acorralado. No hay nadie en el edificio de veinte pisos, excepto el celador de la recepción, pero aún faltan cinco para llegar abajo. Las alucinaciones auditivas comienzan: las corrientes de aire se asemejan a susurros, y por momentos cree que sus pisadas son seguidas de otras. Pero todo es sugestión; sabe que no hay nadie siguiéndola, excepto su miedo a la soledad. Cualquiera sentiría pavor al bajar las escaleras desde el séptimo piso al primero, sin duda alguna. No, Sasha, no cualquiera. Mikasa lo haría sin ningún problema y, de paso, le infundiría un poco de valor para continuar.
Pero Mikasa no está allí.
Hace mucho que no lo está.
Hace años las separa un océano entero.
—¿Por qué no contestabas?
Es lo primero que la muchacha escucha al llegar al vestíbulo de la recepción. El bedel no ha dejado pasar a Nikolo, quien la espera de brazos cruzados y un gesto no muy amable en el rostro. Por alguna razón, esperaba aquel recibimiento; sin embargo, no deja de ser incómodo verlo tan enojado.
—¿Qué?
—Joder, te he marcado más de diez veces para hacerte saber que venía en camino, pero nunca me contestaste. ¿Con quién estabas?
—¿De qué hablas? —pregunta Sasha, ligeramente indignada. Mientras camina hacia la salida, su novio parece querer liderar su paso— Estaba arriba con mi tío, cenando.
—Pues sé más considerada la próxima vez, y responde mi maldita llamada, ¿vale? Ahora vámonos. Se hace tarde.
Ella retrocede. La mano de Nikolo se ha cerrado sobre su brazo, maltratándola.
—No hagas eso. Me lastimas…
—La ciudad es peligrosa de noche. Me preocupo por ti.
—¿Y por eso debes lastimarme de esa forma? Auch… —se queja la chica, masajeando el punto del dolor.
—¿Lastimarte? Todo lo que hago es preocuparme por ti, ¿y te quejas por algo tan tonto?
—¿Es que acaso no me preocupo yo por ti? —Sasha comienza a envalentonarse. No es la primera vez que tiene este tipo de discusiones con su novio. El celador, curioso, los observa. Nikolo lo nota y hace que abandonen de inmediato el edificio.
La calle es fría y oscura afuera. Un par de automóviles ahogan sus voces a medida que ambas se alzan sobre la noche.
—¿Te preocupas? Si lo hicieras, estarías atenta al teléfono. ¿Qué te distraía tanto que no podías responderme? —la mano de Nikolo se cierra de nuevo sobre el brazo de la chica, esta vez con más fuerza. A ella le resulta difícil zafarse.
—Ya te lo dije: estaba arriba cenando con mi tío.
—¿Es que acaso tu tío es más importante que yo?
—¡Nikolo! ¿No crees que estás llevando esto demasiado lejos? ¡Suéltame!
—Pues respóndeme la pregunta que hice, Sasha. Entonces no será necesario ir más lejos-
Nikolo calla de repente.
Un par de ojos brillantes lo observan a un par de metros de distancia.
Es un hombre, tal vez de la edad de Sasha. Lleva una gabardina que le llega a las rodillas, el cabello atado en un moño y las manos escondidas en los bolsillos. Se ve sospechoso, como si estuviese a punto de cometer un crimen.
Tal vez sí, el crimen de golpearlo si no deja en paz a la dama, o eso es lo que alcanza a escuchar en la lejanía y con la ráfaga de aire que se lleva las voces.
—¿Perdona? —la mano de Nikolo libera a Sasha. Está decidido a enfrentarse al desconocido, que con cada paso acorta más la distancia entre ellos.
—Que la dejes ir. ¿Acaso no la escuchaste?
La voz del recién llegado es profunda, nasal, áspera, como salida de las entrañas del ser más poderoso de la humanidad.
—¿Quién eres tú para decirme lo que debo hacer?
—No soy nadie. Pero está claro que estás lastimando a la dama.
—Camarada, este no es asunto tuyo. Lo mejor es que no te metas.
—Lo mejor es que aprendas a tratar a tu novia, imbécil.
—Incluso un extraño lo sabe mejor que tú —la voz de Sasha sobresale entre ambos. Tímida, pero decidida. Indignada, con el orgullo herido, sabe que lo mejor es irse a casa, pero no con Nikolo. Entonces se aleja, antes de que él pueda alcanzarla. Por más que la llame, ella no regresará. Al menos, no ahora. Ha adquirido cierta cantidad de valor en el instante en que el extraño la ha defendido, un tipo de valor similar al que Mikasa le habría inspirado de haber estado a su lado.
Es entonces cuando la tensión se disipa, pues el desconocido ya no tiene a quién defender, entorpeciendo el paso del enamorado que tan insistentemente llama el nombre de su chica.
—Ocúpate de tus asuntos —es lo último que Nikolo declara, antes de marcharse y perderse en la oscuridad de la vereda.
El desconocido, ligeramente conmocionado por el suceso, camina hacia las puertas del edificio. Le sorprende ver lo poco insistente que ha sido aquel tipo con respecto a la chica. Diablos. De haber estado en su lugar, jamás se habría marchado. Decir lo siento sería crucial, pero este tipo no parece interesado en pedir perdón. Entonces sacude la cabeza al perderlo de vista, y continúa su camino. El celador del edificio saca un arma y le apunta, creyendo que es un vagabundo, pero él alza las manos en rendición.
—Soy Eren Jaeger —dice, antes de cruzar las enormes puertas de vidrio de la entrada—. Necesito saber cuándo puedo encontrar al señor Kurt Ackerman.
—Es demasiado tarde —declara el bedel sin bajar el arma—. Regresa mañana, muchacho. El señor Ackerman no está aquí.
—Señor, vengo desde Shiganshina. He viajado todo el día en tren y sólo quiero saber si puede llamar a ese hombre y decirle que vengo de parte de Carla Jaeger.
—Hijo, alguien con buenas intenciones no se aparece en este lugar a esta hora en busca de uno de los hombres más importantes de este país. Vuelve mañana, cuando haya luz y puedan verte mejor.
Eren está a punto de protestar. Apuntarle con un arma no es algo muy sensato si él se encuentra desprotegido. Pero una sombra tras el vidrio capta su atención, y aunque piensa por un instante que es un fantasma o algo parecido, reconoce de inmediato la figura que detiene al celador. El uniformado y la chica cruzan algunas palabras por un par de segundos y, al siguiente, el arma desciende.
Es la misma muchacha que unos minutos atrás había visto discutir con aquel idiota.
Sí. El novio de la chica acaba de entrar en la lista de los idiotas de Eren Jaeger.
—¿Cómo dices que te llamas? —pregunta ella, abriendo la enorme puerta de cristal para volver a la calle, allí donde él se encuentra aún.
—Eren. Eren Jaeger. ¿Y tú eres?
—Sasha. Soy la sobrina del hombre a quien buscas. ¿Por qué venir a esta hora y no mañana? —ella le cuestiona, manteniendo la distancia. Es cierto que ese muchacho quiso defenderla hace unos minutos, pero no le conoce, y Sasha es precavida. Eren, suspirando en un gesto de derrota, vuelve a esconder las manos en los bolsillos de su abrigo. La situación lo exaspera un poco. Además, no ha fumado un cigarrillo en horas.
—Vengo de Shiganshina. He viajado todo el día en tren, y no puedo quedarme porque debo regresar mañana a primera hora. Verás, sé que no me conoces, pero si le llamas y le dices que soy el hijo de Carla Jaeger, entonces querrá verme. Lo sé. Mi madre y él fueron amigos. Y es imperativo que hable con él.
—Pero él no está aquí. Es obvio, ¿no?
—Por supuesto que lo sé. Pero vine con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera darle mi recado, y así poder llegar a él.
Sasha permanece pensativa por un rato. Tomará en consideración lo que él hizo por ella unos minutos atrás. Eren la observa, algo impaciente, y espera algunos segundos a que ella tome una decisión.
—De acuerdo —pronuncia al fin—. Le llamaré. Pero no prometo nada.
Eren, aliviado, deja escapar un exhalo catártico.
—¡Gracias! Gracias, muchas gracias.
Sasha ríe amablemente y se aleja un poco de él. Eren la ve sacar su móvil para hacer una llamada, pero no escucha nada de lo que dice, pues ha entrado nuevamente al edificio. Desde fuera, el muchacho nota que el celador no baja la guardia, así que decide permanecer en el mismo lugar, pues cuanto más se mueva, mayor amenaza representará. Y eso no es nada conveniente.
—Vale. Puedes pasar.
La voz repentina de Sasha lo trae de vuelta a la realidad, pues durante la espera su mente ha estado divagando en las pocas posibilidades que tenía aquella noche de poder entrevistarse con Kurt Ackerman. Los ojos color esmeralda del muchacho se abren ampliamente, conmocionado. Esperaba todo menos aquella invitación.
—Pero… Creí que no estaba…
Sasha ríe con timidez.
—Debo mentir si no te conozco.
—Tienes razón.
—Pasa. El guardia te revisará.
Eren pone un pie dentro del lugar.
Las luces del vestíbulo son tenues, pero no esconden el lujo de la estancia. Cada rincón, cada pared, cada detalle en el edificio central de la Compañía de Motores Ackerman destila finura, elegancia y suntuosidad. Se siente pequeño, humillado, como si su presencia pudiese mancillar la opulencia inmaculada del piso que toca.
Desearía poder silbar de asombro, pero es un carraspeo lo que acompaña el gesto de su rostro, mientras sus ojos se deslizan por todo el lugar. El celador lo revisa de pies a cabeza, y al ver que es inofensivo, se detiene, haciéndole saber a Sasha que ha concluido su labor.
—Gracias, Hannes —pronuncia la chica.
—De nada, señorita.
—Ven conmigo —es a Eren a quien habla ahora. Él la sigue a una distancia prudente, sin dejar de observar el lugar. Juntos, caminan hacia el elevador en donde entran, y las compuertas se cierran cuando la chica presiona el número 6 en el tablero digital.
Ambos permanecen en silencio por unos minutos. Eren se aclara la garganta de nuevo.
Sin embargo, recuerda el acontecimiento ocurrido unos minutos atrás.
—Oye —le llama a la muchacha de cabellos cobrizos. Ella, de espaldas a él, se gira para mirarlo.
—¿Sí?
—Quizá no debo meterme en lo que no me importa, pero no debes dejar que tu novio te trate así.
Sasha suspira, avergonzada. Entonces vuelve a darle la espalda. Eren piensa que la ha cagado.
—Él no es malo. Sólo es… Un poco… Autoritario.
—Sí. Lo noté.
Silencio de nuevo. Pero Sasha vuelve a mirarlo.
—De todas formas, gracias por intervenir. Quiero decir… No lo sé. Lo siento.
—No te disculpes. Es él quien debe hacerlo.
Sasha sonríe de nuevo. Esta vez con modestia.
—Gracias.
—Gracias a ti por traerme hasta aquí.
—Bueno, tenías razón en lo de tu mamá. Mi tío dijo que te hiciera subir en cuanto le dije que el hijo de Carla Jaeger estaba aquí.
—Bien. Me fue mejor de lo que esperaba.
—Tienes suerte de que no se haya ido a casa.
—Lo sé.
Esta vez, el elevador no la asusta tanto. Este chico, Eren, parece un tipo agradable. Sasha lo examina; su aspecto es un tanto desaliñado, parecido al de un vocalista de alguna banda de rock que se viste aprisa para no llegar tarde a una rueda de prensa, y en su afán ha olvidado ponerse corbata. Sin embargo, la gabardina disimula lo adán de su apariencia, y el atractivo de su rostro opaca las imperfecciones de su presencia. Parece un buen chico, piensa ella. Probablemente lo sea. Cuando el tablero marca el número seis, las compuertas vuelven a abrirse, y Sasha es la primera en salir.
Hay un largo trecho que recorrer desde el elevador hasta la oficina del señor Ackerman. Para Eren cada paso es una eternidad. Dos enormes puertas de madera le esperan al final del corredor, y al llegar, Eren piensa que acaba de atravesar el Camino de la Serpiente.
Toc-toc.
—Adelante —dice una voz cantarina desde adentro. Sasha desliza la puerta de madera, y un hombre rubio de mediana edad, con barba de chivo y ropa de nerd les espera de pie frente a un escritorio que destila tanto lujo como todo lo que hay a su alrededor. La oficina es intimidantemente espaciosa, y cuando Eren pone un pie en ella, aquel tipo con pinta de nerd camina hacia él… Y le abraza.
Vaya.
Eso tampoco lo esperaba.
—Dios mío —es lo primero que dice ese hombre—. La última vez que te ví aún usabas pañales. Eres igual a Carla.
Aún procesando el abrazo, Eren permanece en silencio. Sasha se aclara la garganta, esperando el instante en que su tío se aleje del recién llegado. Pero Kurt parece maravillado; las manos del hombre descansan sobre los hombros del muchacho ahora, como si de su hijo se tratase.
—Ajem —la chica carraspea, una vez más. El señor Ackerman desliza los ojos hacia ella, saliendo de su asombro—. Parece que tienen mucho de qué hablar, así que los dejaré solos…
—¿No ibas a casa con tu novio? —es la pregunta de Kurt cuando su sobrina está a punto de marcharse. Sasha sacude la cabeza.
—Ya no —explica. Y es todo. El hombre rubio asiente.
—Entonces espérame unos minutos, e iremos todos a casa.
Eren no comprende. Sin embargo, permanece en silencio. Sasha asiente esta vez.
—De acuerdo.
La chica abandona la sala, sin indagar más, a pesar de que la curiosidad podría matarla. Probablemente su tío se tomará el tiempo de explicarle lo que pasa de camino a casa, así que prefiere no impacientarse. Entonces se aleja. Al interior de la oficina, Kurt invita al recién llegado a tomar asiento.
—No puedo creer esto, hijo. ¿Cómo es que viernes de tan lejos, después de tanto tiempo? ¿Cómo está Carla? ¿Está todo bien con ella? —cada pregunta es disparada con impaciencia, como si aquel hombre con pinta de nerd no tuviese tiempo para formularlas. En su interior, Eren se cohíbe. Aquel extraño es realmente amable, así que él y su madre debieron ser bastante cercanos. Es este hecho lo que no le permite desconfiar.
—No, señor. Es por eso que he venido.
Cuando el chico habla, la expresión jovial en el rostro del señor Ackerman se transforma en una de sombrío desasosiego.
—¿Qué ocurre?
Una nube de tenso silencio se cierne sobre ambos por unos instantes.
Eren suspira. La ráfaga de aire frío que se cuela al interior de la oficina congelará las palabras del chico en el aire, inmortalizándolas como el triste recordatorio de la fragilidad de la existencia humana.
—Carla tiene cáncer.
El resplandor que rodea a la luna de aquella madrugada le recuerda a su infancia.
Son las tres de la mañana, y en la soledad de su habitación, Mikasa Ackerman exhala un suspiro prolongado.
No extraña a papá. No en realidad.
Vale, tal vez un poco. Pero no lo suficiente como para querer volver.
Extraña a Sasha. Sus bromas y los juegos juntas. Las caminatas y las tardes de ocio junto a Armin. Extraña a su mejor amiga, a Alexander y a Lisa; el calor de una familia prestada y de los lapsos de felicidad efímeros de una infancia interrumpida. Las charlas de niños, las manos de la señora Blouse al consolarla cuando su madrastra la maltrataba en ausencia de papá, porque siempre estaba ocupado. Demasiado ocupado para estar en casa.
Sólo por eso extraña volver.
Hace años, su madrastra la envió lejos de casa, junto a Armin. Y papá no dijo nada.
Hace años, tuvo que aprender a vivir sola.
Esa noche, insomne, Mikasa Ackerman huye a pasos furtivos de su habitación y corre al pabellón masculino, escabulléndose entre los arbustos que separan ambos pabellones, todo para ir a ver a Armin. Él la está esperando, porque tampoco puede dormir; y sabe que su mejor amiga acudirá a él en cualquier momento, como casi todas las noches.
Entonces deja la puerta entreabierta, así ella no hará ruido al entrar, y nadie se dará cuenta ni tendrán problemas con los maestros del internado. Ah, han pasado tantos años viéndose a escondidas para consolar la soledad el uno del otro que le sorprende que nadie lo haya notado; eso lo hace sonreír para sus adentros. Siempre hubo rumores en la escuela acerca de una posible relación romántica entre ellos, pero ambos saben que no son más que chismes. Mikasa es la hermana que sus padres nunca pudieron darle.
Porque los perdió a una temprana edad, y desde entonces, ella fue su única compañía.
—¿Puedo?
La voz lo hace salir de su letargo, pero no lo toma por sorpresa. Sabe bien quién acaba de llegar, así que, en lugar de girarse hacia ella, el chico le hace un ademán con la mano para que se acerque, mientras él sigue mirando por la ventana.
Mikasa, sigilosa, se escabulle bajo las sábanas de la cama de su amigo, cubriéndose desde la nariz a los pies. Armin la observa desde el marco de la ventana y ríe: parece una niña pequeña.
—Jamás perdiste la costumbre de venir a perturbar mi sueño. Eres incorregible.
—Y tú jamás te has quejado —responde la chica de cabellos oscuros, con las sábanas sobre la boca. Apenas se asoman sus ojos argénteos, que brillan sutilmente a la luz de la luna filtrada a través del vidrio de la ventana—. Ambos somos culpables.
—Imagina qué diría la señora Blouse —Armin se endereza, carraspea y levanta su dedo índice en el aire, a punto de imitar la voz de la aludida—: "Eso no es propio de una señorita". "Ponte los zapatos". "Cómete las verduras".
Cuando concluye su comedia, escucha a Mikasa reír ligeramente bajo las cobijas. Él también ríe, cuidándose de no ser escuchado en las habitaciones laterales. Cuando la risa mengua, sólo queda el silencio y la melancolía.
—Al menos nunca se enterará de esto —es lo primero que dice Mikasa, pasados algunos segundos. Hace una pausa, y continúa—. La extraño —Armin asiente—. Y extraño más a Sasha. Estaríamos mejor aquí con ella.
—Sin duda. Pero sus padres nunca la habrían dejado venir.
—No. Porque ellos no querían deshacerse de su hija. Nosotros, al contrario, siempre fuimos un estorbo para esa mujer.
Armin, que sabe a quién se refiere su mejor amiga, prefiere callar.
—Yo también los extraño —comenta el muchacho, mirando de nuevo por la ventana hacia el enorme jardín trasero del castillo del internado en el que ambos han vivido por siete años.
—Será bueno volver a verlos —el comentario es pronunciado con la añoranza de un alma perdida—. A Sasha. A la señora y al señor B. También a Levi — una pausa. Los ojos de Mikasa se abren con curiosidad en dirección a su amigo—. Ah, y al fin conocer a ese tal Nikolo...
La sonrisa que Armin esboza es gentil esta vez, pero no sincera. Mikasa no lo nota.
—Vale.
Él no dice nada más al respecto. No lo desea. Ella continúa.
—E incluso volver a ver al tío Kenny, aunque sea un tanto molesto, ¿no lo crees?
—Oh, no. A todos, menos a Kenny —declara Armin, ladeando la cabeza. Mikasa agradece que la haga reír tanto esta noche, pues hoy, particularmente, una sombra de tristeza tiñe su corazón.
Su mejor amigo no la mira. Prefiere no hacerlo.
Ella ha pronunciado los nombres de todos en casa, menos uno.
Y Armin sabe bien. Sabe por qué.
La conoce mejor que nadie, aunque ella misma no quiera admitir la razón por la que ha obviado mencionar a su propio padre.
Pero Armin calla.
A veces, es mejor callar.
—Ya pronto los verás de nuevo. Y entonces vas a querer regresar aquí, cuando Sasha no te deje en paz.
Un par de risas más. Y unos segundos de silencio.
—¿Estás listo para eso?
Esta vez, Armin se gira para mirarla.
—La pregunta es si tú lo estás, Mikasa.
Ella no responde. Su garganta se encoge en un nudo.
Pero Armin sabe. Armin siempre sabe.
—Quiero dormir —es todo lo que ella explica.
—Duerme, entonces.
—¿Me abrazas?
—Siempre.
Siempre.
Al segundo siguiente, los brazos de Armin la acunan cual pequeña niña. Y quizá sea a causa del cansancio del día, pero Mikasa no tarda mucho en dormirse. Sin embargo, su mejor amigo no dormirá esta noche.
Una sensación de desasosiego le invade las entrañas como un cáncer siempre que piensa en volver. Y tal vez sea producto de su imaginación, tal vez sea producto de sus recuerdos del pasado, pero no puede percibir un futuro brillante entre sus corazonadas.
Sin embargo, acalla esa voz que le grita desde adentro, una voz que lo invade de miedo y de incertidumbre, que ahora lo carcome y lo desvela, inexplicable, amenazante, devoradora. Armin silencia su interior y decide guardarlo en una caja que no volverá a ser abierta.
No aún.
Es hora de volver a casa.
N.A: Escribir este capítulo para mí ha sido como una montaña rusa. Hay muchas emociones encontradas respecto de los personajes y la introducción de varias dinámicas familiares e interpersonales fue un poco difícil de escribir, pero espero haber plasmado correctamente la intención. No olviden dejar sus comentarios y hacerme saber si les gustó; se los agradecería muchísimo. Nos vemos en el próximo capítulo.
