"Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y qué cosas me han sucedido.

Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales". — Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas.


Capítulo III

Un náufrago en tierra extraña - Parte I

Todo parece volver a su lugar.

Aliviado, Eren aspira el humo amargo de un cigarrillo mientras toma un café, sentado en la terraza del Royal Café, ubicado en la calle Karanese, a quince minutos de la Compañía de Motores Ackerman. Mirando hacia la carretera que se extiende frente a sus ojos al otro lado del lugar, su mente reproduce los acontecimientos de las últimas semanas, y todo le parece un sueño, pues nadie podría tener tanta suerte. Es demasiado bueno para ser cierto.

Carla debió ser muy buena amiga de ese tal Kurt Ackerman para que ese hombre no dudase ni un solo segundo en pagar la cirugía para su cáncer, piensa. Aquel tipo con cara de nerd y barba de chivo parece quererla mucho, tanto, que Eren lo vió llorar al recibir la noticia. Viajó con él de vuelta a Shiganshina y, tras hacer uso de todo su poder e influencias, Carla fue operada en menos de dos días tras el regreso de su hijo. Y, como si aquel acto de bondad no fuese suficiente, este hombre adinerado y generoso le ofrece trabajo al unigénito de su vieja amiga, una buena paga, y lo mejor de todo: sin interferir en sus estudios. Eren Jaeger ha visto su vida resuelta en menos de 20 días. ¿Es un milagro? ¿Providencia Divina? ¿Dios o algún ser místico que lo favorece? Allí sentado, con un cigarrillo en su mano, sonríe para sí mismo, pensando en lo afortunado que es. Una camarera de cintura estrecha y piernas largas se acerca a su mesa con su orden de pastelillos, se contonea, le sonríe con coquetería, y Eren se limita a darle las gracias sin apartar los ojos de la pantalla de su móvil.

—Cretino —replica la muchacha entre dientes al alejarse, con su intento de coqueteo fallido y su orgullo herido. Él no la escucha, pues está concentrado en responder un mensaje de Carla. "Sé bueno con Kurt y pórtate bien", le pide su madre en el texto. "Sí, mamá. Tú preocúpate por tu recuperación", es lo que él contesta. Con ella fuera de peligro y bajo el cuidado de una enfermera (pagada por el señor Ackerman, por supuesto), Eren tiene toda la libertad para iniciar su nuevo trabajo en la compañía. Es verano, no hay escuela, y todo un universo de posibilidades se abre ante sus ojos. El mundo es suyo. Es libre y está satisfecho.

No hay nada que pueda perturbar su paz espiritual, esa que el universo le ha otorgado conspirando a su favor.

Nada, excepto una mujer vestida con harapos, de piel bronceada y pecas en el rostro.

Eren ha comido y ha pagado la cuenta cuando se tropieza con ella en medio de la calle. Lleva harapos por ropa y un mechón de cabello castaño le cubre la cara. Alguien le grita y corre tras ella; parece que se ha robado algo. Lo lleva escondido entre las telas raídas que llama ropa. Entonces la ve caer frente a él, y cuando su perseguidora está a punto de golpearla, la detiene.

—¿Por qué quiere golpearla? —inquiere a la mujer de delantal, cuyo brazo se alza con un rodillo de panadería en la mano, listo para romper la cabeza de la ladrona. La agresora, iracunda, irrumpe en gritos ante la mirada de los transeúntes.

—¡Esta maldita puta me ha robado un pan de mi tienda! —exclama, intentando liberarse de la mano del muchacho que sostiene su muñeca. Eren, juzgando la situación desde la óptica de un ladrón harapiento, comprende. Entonces mete la mano en su bolsillo y saca un billete, antes de que la mujer intente continuar.

—Tenga. Le pago el pan. Quédese con el cambio y déjela en paz.

—Pero…

—Acabo de pagarle el pan. ¿No es eso lo que usted quería?

El suceso no toma más de dos minutos.

La mujer baja la mano. Sabe que no tiene argumentos para continuar la riña si este desconocido le ha pagado por lo robado, así que retrocede, lo fulmina con la mirada, y se aleja de allí, tras una amenaza y maldiciendo entre dientes. La ladrona sigue allí tras él, de rodillas en el suelo. Se ha raspado la piel al caer y se tarda en levantarse, pero cuando Eren intenta ayudarla, no lo permite. Ella puede sola.

—Gracias —es todo lo que dice. El gesto de su rostro es rígido, algo burlón, tal vez altivo. Una mezcla sutil de emociones encontradas. Eren la observa brevemente, asintiendo.

—No fue nada. ¿Tienes a dónde ir? —pregunta él sin tardanzas. Ella arquea una ceja.

—¿Te parece que tengo un lugar a dónde ir? —ella replica, sarcástica— Por supuesto que no. Pero tampoco necesito un salvador.

—No necesitas un salvador, pero sí necesitas ayuda —explica él, y escondiendo en su mano el poco dinero que le queda en los bolsillos, se apresura a guardarlo en la mano de la chica con pecas en las mejillas, a punto de continuar su camino—. Hay un albergue a dos cuadras de aquí, después de la esquina, a mano izquierda. La hija del presidente, Historia Reiss, es la dueña. Deberías ir allí. Tengo entendido que todos los que llegan son bien recibidos.

La muchacha no puede hablar, pues los pies de Eren se ponen en marcha de inmediato.

—¡Oye! ¡No necesito tu- —pronuncia ella, con un rollito de billetes arrugados en la mano que podría alcanzar para comida por cuatro días. Desearía moverse para ir tras el desconocido y devolverlo, pero sus pies no responden a su voluntad. Aquél tipo camina muy rápido.

—¡Devuélveme el favor cuando puedas! —grita él, ya lejos.

—Lo haré, idiota.

Eren ríe ante el insulto. Sabe que no fue en serio.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta a la distancia, caminando de espaldas.

—¡Ymir! ¡Y te devolveré el favor, no lo dudes!

—Vale, Ymir. ¡Fue un placer conocerte! ¡Adiós!

Para cuando la chica puede moverse, ya es demasiado tarde. El amable extraño ha cruzado la avenida.

Algún día podrá devolverle el favor. Está segura.

Por ahora, no le queda más remedio que dirigirse a aquel albergue. En verdad necesita con urgencia un lugar dónde pasar la noche, pues el cielo se pinta de gris, y acaba de divisar uno que otro relámpago en la lejanía.

Ha tenido suerte, piensa. Y, aunque no lo diga, desea que ese muchacho la tenga, también.

El destino puede ser un niño caprichoso, a veces.


Kurt Ackerman es un tipo increíblemente bondadoso.

Nadie imaginaría que es uno de los hombres más ricos del país al ver su aspecto sencillo y su sonrisa gentil. Sus zapatos Tanino Crisci y sus camisas y chalecos Armani hechos a la medida son tan simples que fácilmente podría confundirse con un profesor de facultad. La forma en que sonríe, su calidez y amabilidad contrastan con la lujosa soberbia de la mansión Ackerman, cuya extensión se compara con veinte estadios de fútbol. Sus empleados le respetan, le admiran y le quieren, y Eren se maravilla al notarlo.

Tal vez lo duda por un momento: ¿puede que todo sea un montaje para causar una primera buena impresión? No, es imposible. Kurt es un hombre tan ocupado que no puede tener tiempo para sincronizar a sus miles de empleados y pedirles que finjan algo como eso. Todo es tan natural que parece inverosímil, pero no es más que la realidad. No tiene más remedio que acostumbrarse al hecho de que este millonario con barba de chivo y pinta de nerd es también un filántropo de corazón. Que gracias a él su madre está ahora a salvo en casa y sin tumor; que gracias a su bondad, él podrá estudiar y trabajar al mismo tiempo, en un cargo que ni siquiera existía antes: asistente personal del presidente de la compañía.

Vaya.

Demasiado bueno para ser cierto.

Pero lo es.

Mientras transita por las instalaciones del edificio de la compañía, camino a la oficina del señor Ackerman, Eren aún no ha podido asimilar este hecho.

A las 8 a.m., la luz de un sol veraniego baña los corredores del edificio, y él se siente abrumado. Por centésima vez en varios días, Eren Jaeger está a punto de reunirse nuevamente con uno de los hombres más ricos de todo Paradi, listo para iniciar sus labores. A decir verdad, no tiene idea de qué hará, pues nunca ha sido asistente de nadie (no es algo que desee), pero lo hará de todos modos. Lo hará, si es su boleto a una vida mejor para él y para Carla; lo hará, si con eso puede cumplir su sueño de ser médico como su padre, y salvar vidas… Tantas como pueda.

En el instante en que sus pies atraviesan el umbral de la oficina de Kurt Ackerman, Eren sabe que no hay vuelta atrás. Sus ojos observan con atención su lugar de trabajo mientras escucha las instrucciones para comenzar. Kurt le da la bienvenida, y él no puede sentirse más a gusto, aunque en el fondo no le agrada la idea de pasar todo el día en una oficina, tomando notas, recibiendo llamadas y haciendo todo lo que un asistente hace. Eren no ha nacido para ser esclavo. Pero la paga es buena; también la comida, y Kurt es buen jefe. El día será largo, pero soportable.

Sin embargo, no imagina qué tan larga se le hará aquella misma noche.

Tampoco cuando, al final de la jornada, el señor Ackerman le hace una propuesta.

—Hijo —le llama, con una sonrisa tan cálida como siempre.

—¿Señor?

—¿Te gustaría ir a cenar a mi casa esta noche? Me gustaría presentarte a mi familia.

Eren, conmocionado por el ofrecimiento, calla por unos instantes.

—¿Está seguro, señor?

—¿Por qué no lo estaría?

—Bueno… Usted no me conoce bien.

—Eres el hijo de mi amiga. Eso me basta. ¿Qué dices?

¿Cómo negarse? La amabilidad de este hombre hace imposible darle un no como respuesta.

—Está bien —capitula el muchacho, asintiendo. Kurt da una palmada en el aire y, empujando sus anteojos de vuelta al puente de su nariz, sale de la oficina.

—Ven conmigo.

Y Eren continúa sin imaginar lo desconcertantemente larga que será aquella noche.


Eren traga saliva.

Mientras las ruedas del Audi se deslizan sobre el asfalto, los ojos color jade del muchacho recorren la entrada principal de la mansión Ackerman. Un soberbio jardín principal lleno de naranjos y cipreses forma el bulevar que lleva al porche, y las compuertas de hierro se cierran tras el automóvil, que hace su recorrido hasta dejar a los pasajeros frente a la fachada. Eren se siente mareado, y cuando el brillo de las fuentes de mármol de la entrada lo enceguecen, debe frotarse los ojos para recuperar la visión y saber que no está soñando, pues jamás ha visto tal derroche de suntuosidad enfrascado en las columnas de una sola vivienda.

Vaya.

Este hombre en verdad es rico.

¿Cómo es que sus padres pudieron ser amigos de alguien así? Su estómago se encoge al bajar del vehículo, recordando aquellos días en los que, tras la muerte de papá, Carla y él apenas tenían para comer.

La vida es injusta, y desconcertante, también.

Un día, está preocupado por la salud de su madre, y al siguiente, es dueño de un empleo bien pagado mientras sus pies pisan una de las mansiones más lujosas de todo el país.

—Bienvenido, muchacho.

La voz de Kurt Ackerman lo saca de su trance. Él asiente.

—Gracias, señor.

—Ven conmigo.

Los ojos de Eren se apartan de lo que parece ser una pista de aterrizaje privada a lo lejos. Sube los escalones del porche con temor, pues todo el piso deslumbra de brillo y pulcritud, y antes de que el señor Ackerman pueda tocar la puerta (como Eren esperaba), una mujer de mediana edad la abre, invitándole a seguir.

—Señor, no le esperaba a esta hora. La señora ya está en casa.

—De acuerdo, Lisa. Hoy tenemos un invitado especial.

—Oh —jadea la mujer, alargando las líneas en las arrugas de sus ojos color miel al sonreír. Eren piensa que es como una versión entrada en años de Sasha, y no comprende cómo una empleada puede parecerse tanto a la sobrina de Kurt Ackerman—. Pasen. Sean bienvenidos.

Eren se adelanta, dos pasos atrás de su jefe.

Los blancos portones de madera maciza se abren, y él cruza el umbral. Un hall de setenta metros cuadrados da paso a la casa, cuyo salón principal, presidido por una enorme chimenea, se ilumina con la luz del ocaso que baña el suelo, recubierto de mármol. Una opulenta escalera de barrotes dorados es lo que da paso al segundo piso, y los relieves del altísimo techo le hacen recordar al interior de alguna catedral antigua. Eren se siente a punto de vomitar: sus sentidos jamás van a acostumbrarse a tal exuberancia.

¿En verdad Kurt Ackerman es dueño de todo esto? Parece increíble.

Carajo, carajo, carajo, esto debe ser un sueño.

—Eren, ella es Lisa. Mi vieja amiga, y ama de llaves de esta casa —Kurt se dirige al muchacho, haciendo un alto en medio del vestíbulo. Acto seguido, se gira hacia la mujer—. Lisa, él es Eren. Hijo de una vieja amiga, también, y mi asistente personal desde hoy.

El ama de llaves saluda al recién llegado. El camino continúa, cruzando un corredor adornado con picassos y una que otra escultura de estilo renacentista; hay una puerta con ventanas de vidrio al final que parece llevar a algún tipo de complejo acuático que Eren no alcanza a descifrar bien, pero se detienen antes de llegar allí, frente a otra puerta de madera maciza y notablemente pesada. Incluso aquella puerta, Eren piensa, debe costar más que su propia vida. Kurt es el primero en entrar a la sala que se extiende frente a ellos y, con un ademán de bienvenida, le ofrece dar un paso al interior.

—¿Quiere que le diga a la señora que usted está aquí, señor? —pregunta el ama de llaves, con una ligera inclinación de cabeza.

—No, Lisa. Déjala descansar. Mejor dile al chef que prepare una cena especial para hoy, eso sería perfecto.

—¿Qué desea cenar?

—Me gustaría un carpaccio de salmón como entrada. Lo demás lo dejaré a tu elección.

—De acuerdo, señor —Lisa está a punto de retirarse. Eren observa la charla con atención, notando la reverencia con la que habla la mujer, y el respeto y cariño que Kurt guarda hacia ella. Por cierto, no tiene idea de qué es un carpaccio de salmón.

¿Eso existe?

¿Se come?

A decir verdad, Eren preferiría una Big Mac con mucho queso, y todo estaría bien.

—¿Lisa?

—¿Señor?

—Dile a Sasha que pase por mi oficina cuando la veas.

—Lo haré. Con permiso —se excusa la mujer, antes de retirarse. Eren permanece de pie en el mismo sitio, sin saber a quién seguir; todo esto es tan nuevo para él, que sus sentidos se conmocionan, haciéndolo perder el norte por lapsos cortos de tiempo. Es la voz de Kurt invitándolo a seguir y a tomar asiento lo que lo saca de su agitación.

Eren se traga un silbido de asombro. El piso que él y su madre habitan en Shiganshina podría caber fácilmente dentro de aquella oficina, tan espaciosa como el despacho del director de una universidad antigua, llena de libros y un escritorio de sequoia pura que sólo un ricachón como el señor Ackerman podría tener. Las luces se encienden al entrar, pues el ocaso ya da paso a la noche, y Eren recuerda que, en casa, las lámparas aún deben encenderse por medio de interruptores.

Vaya.

Acaba de hacer un gran y nefasto descubrimiento.

No es pobre.

Es miserable.

Kurt se sienta en su súper sillón ejecutivo y le indica a Eren que lo imite, al otro lado del escritorio.

—Hijo, quiero saber qué te pareció tu primer día de trabajo y cómo te sentiste.

Eren sonríe.

—En verdad… No podría quejarme. Todo es mucho mejor de lo que esperaba.

Kurt también sonríe, satisfecho.

—¿Te sientes cansado?

—Para nada, señor.

—Bien, debes saber que algunos días tendremos más trabajo que otros, pero sé que podrás con ello. ¿Quieres algo de tomar mientras llega la hora de la cena?

—Uh… Una limonada, estaría bien.

—Perfecto.

El señor Ackerman levanta la bocina del teléfono en su escritorio, presiona un botón y le pide a una de sus empleadas que prepare dos vasos de limonada y los lleve al despacho. Así de fácil. Todo se encuentra al alcance de su mano.

Eren suspira. La conversación continúa mientras esperan.

—Muchas gracias —hay un lapso de silencio muy breve. Kurt tose, y Eren se aclara la garganta—. Señor, no quiero ser inoportuno. Pero hay algo que me gustaría preguntarle.

—Adelante. Soy todo oídos —responde el señor Ackerman, tan cálido como siempre, quitándose los anteojos.

—Quisiera saber por qué conoce usted a mis padres y cómo se hizo tan amigo de ellos… —Kurt sonríe de nuevo al escucharlo— Nunca supe de usted hasta hace unas semanas, y todo lo que hizo por mi mamá fue…

—Esperaba que me preguntaras eso en cualquier momento —pronuncia el hombre rubio, uniendo las yemas de sus dedos como alguien que está a punto de explicar algo muy serio—. Y puedo decirte que tu padre le salvó la vida a mi primera esposa, la madre de mi hija, mucho antes de que mi pequeña naciera. Grisha fue un médico excelente y ejemplar, y mi agradecimiento y su profesionalismo nos convirtió en amigos. Nunca podré agradecerle a tus padres todo lo que hicieron por mi esposa. También Carla, por ser una amiga incondicional para mi Kyoko en sus momentos más difíciles…

—¿Kyoko? —pregunta Eren de repente, confundido al escuchar aquel nombre extranjero. Kurt sonríe de nuevo— Lo siento…

—Sí. Así se llamaba mi primera esposa. Era asiática, nacida en Hizuru. Llegó a este país siendo muy pequeña, y nos conocimos en la universidad.

—Oh —exclama el muchacho, viéndolo sacar de un cajón de su escritorio un pequeño portarretratos. Inclinándose, Kurt lo extiende hacia su invitado. Es una fotografía de Kyoko.

—Sí. Una hermosa mujer, ¿no lo crees? —Eren sólo asiente— Y mi hija… Mi adoración. Debes conocerla algún día, es igual a su madre —Kurt enciende su móvil y desliza el dedo sobre la pantalla un par de veces antes de enseñarle al chico otra fotografía, esta vez de su hija—. Se llama Mikasa. Tiene tu edad.

Eren piensa que la chica es hermosa, de hecho.

Pero no lo dice.

—Lamento mucho lo de su primera esposa, señor. Y gracias por enseñarme a su familia.

—Oh. Aún no termino. Debes conocer a Traute, mi actual esposa. También a mi hermano, Kenny, y a mi sobrino, Levi, hijo de mi difunta hermana Kuchel. Tal vez pasen por aquí y se queden a cenar. A Sasha ya la conoces. No es mi sangre, pero es mi sobrina. Una muchacha maravillosa, igual que sus padres. También conociste a su madre.

Eren comprende.

—¿La… señora de la puerta?

—Exacto.

—Y… ¿su hija? —Eren tampoco piensa la pregunta esta vez. Cuando se da cuenta, es demasiado tarde para retractarse. A Kurt, simplemente, la curiosidad del muchacho le parece divertida.

—Mi hija… —repite el hombre rubio con nostalgia— Ella no vive conmigo desde hace mucho tiempo. Quisimos darle la mejor educación y por eso la enviamos a un internado en el extranjero hace siete años, desde entonces nos visita en vacaciones. Ella y Armin.

—¿Armin? Es un nombre raro. ¿Es su hijo?

—Como si lo fuera. Armin perdió a sus padres a muy temprana edad. Ambos eran mis amigos y socios de la compañía; cuando murieron, me hice tutor de él. Vivió unos años con nosotros hasta que se fue con Mikasa a esa escuela. Sin embargo, no los veo hace tres años —Kurt suspira antes de continuar—. Y tal vez he estado demasiado ocupado para visitarlos. Aunque hablamos, a veces. Ya sabes, con estas cosas del Internet y la tecnología, todo es posible.

—Si me lo pregunta, señor, debería tomarse unos días e ir a visitar a su hija. Nunca sabemos cuándo será la última vez que veremos a nuestros seres queridos.

Kurt lo observa, pensativo. Eren teme haberla cagado al meterse en lo que no le incumbe. Sin embargo, su jefe sonríe y asiente.

Es lo mejor (o tal vez lo peor) de este individuo: nunca nadie podría sentirse amenazado con él.

—Tienes razón, hijo. He estado tan inmerso en mi trabajo y he sido tan mal padre, que temo que mi hija no quiera volver a verme.

—No creo que eso sea posible, señor. Yo daría cualquier cosa por volver a ver a mi viejo.

Antes de que la conversación continúe, alguien llama a la puerta. El señor Ackerman presiona un botón en su escritorio que la abre, para asombro de Eren, y entonces recuerdan que habían olvidado ya las limonadas. Una empleada entra con una bandeja y dos vasos que deja sobre la mesa, se retira, y la puerta es cerrada de nuevo. Es el muchacho el primero en tomar un sorbo de la bebida, perdiéndose en la sensación fría y refrescante del líquido que entra en su boca y baja por su garganta. Tal vez sea a causa de la sed recién descubierta y el calor del verano, pero piensa que es la mejor limonada que ha probado jamás. Kurt bebe un poco, también, pero a diferencia de su invitado, no parece tan maravillado con el sabor.

Y, simplemente, beben.

—Tal vez —continúa Kurt—. Tal vez lo haga.

Otro sorbo.

Silencio.

—Hay… otra cosa que me gustaría saber.

Eren es el siguiente en hablar. Kurt lo mira sin apartar el vaso de su boca.

—Soy todo oídos.

—Puedo saber… ¿por qué fue apenas hace unas semanas que supe de su existencia y su relación con mis padres? Quiero decir, tengo diecinueve años y a pesar de todo el notorio cariño que mi madre guarda por usted y viceversa, nunca antes lo ví…

—Eren —le interrumpe el señor Ackerman, antes de que pueda continuar—, hay muchas cosas que debes saber sobre tus padres, y he estado esperando el momento adecuado para contártelas después de recibir el permiso de Carla para hacerlo. Creo que ella debe estar aquí para hacerlo, pero también creo que es momento de que conozcas lo más importante de todo.

—Y… ¿eso es? —Eren se endereza en la silla, con un gesto de atención creciente en el rostro. Kurt suspira.

—¿Te parece bien si lo conversamos después de la cena? Hay alguien a quien quiero presentarte.

—Uh… —indeciso, confundido, Eren balbucea. Pero no tiene más remedio— Supongo que está bien, señor.

—De acuerdo.

Kurt enciende de nuevo su móvil y marca un número.

Espera.

Alguien responde del otro lado.

—Estoy bien, hijo —una pausa—. Sí, sí. ¿Tienes algo que hacer esta noche? Me gustaría tenerte en la cena hoy —otra pausa—. Hmmm, ¿qué te parece más tarde? Sí, es importante —más pausas—. Bien, te espero después de la cena. Salúdame a tu madre —el señor Ackerman espera unos segundos y la llamada finaliza.

A Eren lo carcome la incertidumbre. ¿Qué es eso tan terrible que su jefe debe contarle? ¿Acaso es necesario el misterio?

Antes de que pueda preguntar alguna cosa que pase por su cabeza atribulada, alguien llama a la puerta. Y, tal como la vez anterior, ésta se abre.

—Hola, tío. Mamá me dijo que… ¡Hey! —los ojos color miel de la chica se abren de asombro cuando miran a Eren mientras su cuerpo se acerca al escritorio— No esperaba verte aquí nunca… Eren, ¿verdad?

El muchacho asiente.

—Hola —responde él, agitando levemente la mano derecha. Con una sonrisa, Sasha se aproxima al escritorio y se apoya en la madera.

—¿Te ha ido bien hoy, hija? —pregunta Kurt. Su sobrina casi responde antes de que él termine de hablar.

—Siempre, tío. ¿Para qué me necesitas?

—Sasha, eres la única persona en esta casa de la edad de Eren, y me gustaría que se llevasen bien. Enséñale la casa si él así lo desea; llévalo a conocer a tu padre. Creo que le agradará —menciona Kurt, inclinándose para apoyar las manos sobre la madera. Sasha asiente—. Eren —le llama ahora a él—, creo que no podrás encontrar mejor amiga que mi sobrina en esta ciudad. Te dejo en sus manos y puedes ir con ella ahora. No quiero que te aburras con este viejo.

Eren sonríe con nerviosismo. La conmoción causada por la conversación anterior y todas las cosas que ha visto en tan poco tiempo le producen una ligera sensación de ansiedad, y su pierna derecha se agita levemente.

—Usted no me aburre para nada, señor Ackerman. Pero si considera que debo ir, lo haré.

Kurt levanta una mano brevemente. Sasha aguarda.

—Llámame Kurt. Ya te lo he dicho. Sólo quiero que te relajes un poco, te noto tenso; y ¿quién mejor para ayudarte que mi querida sobrina? Nunca te aburres estando con ella, lo juro. Cuando la cena esté lista podrán ir al comedor, ¿de acuerdo?

Los dos muchachos asienten, y el señor Ackerman les da vía libre para salir. Sasha se despide, Eren la sigue. Ya fuera del despacho, el chico puede estirarse y liberar la tensión acumulada. No puede negarlo: el aura jovial que Sasha emana le da cierta sensación de comodidad que ha deseado tener desde hace varias horas. La rigidez y la compostura nunca han sido sus aliadas.

—Vale. ¿A dónde quieres ir primero? —pregunta la chica, con una sonrisa leve en el rostro. Ella es tan amable como el señor Ackerman, pero mucho más joven, y eso lo hace sentir a gusto.

Entonces el muchacho se encoge de hombros.

—Uh… No lo sé. Eres tú quien conoce todo esto.

—Bueno, nos tardaremos cierto tiempo. Este lugar es enorme; pero creo que estaremos a tiempo para la cena. Yo tengo mucha hambre, ¿y tú?

—Ja, ja —es la primera vez que una pequeña carcajada se escapa de él, y eso lo sorprende. La naturalidad y espontaneidad de esta chica es asombrosa—. Un poco.

Sasha ríe.

—Entonces comencemos por el patio trasero. Morirás cuando veas la piscina de atrás y el sauna, créeme.

Dejando atrás la tensión, Eren la sigue. Durante todo el tour sólo podrá pensar en una sola cosa: una Big Mac con mucho queso.

En verdad está hambriento.


Dos pares de pies cruzan el umbral de la casa Ackerman y pisan el inmaculado suelo de mármol.

Han pasado años desde la última vez que Mikasa y Armin estuvieron aquí y, ahora que están de vuelta, se les hace inverosímil este hecho. Todo luce igual: las paredes, los cuadros, las columnas, el piso, incluso el olor a incienso que los productos de limpieza le han dado al lugar por tanto tiempo se puede percibir desde el porche. Nadie sale a recibirlos, pues nadie ha escuchado el sonido de la puerta (el vestíbulo es demasiado amplio) y nadie los esperaba; tres empleados cargan con varias decenas de maletas, apresurándose a subir y bajar hasta haberlas dejado todas en el segundo piso.

Ellos permanecen allí, admirando el lugar que hace años los obligaron a abandonar.

Armin, suspirando, toma la mano de su amiga y nota la rigidez de sus músculos.

No. No estaba lista para volver. Nunca lo estuvo.

Pero Mikasa es valiente. Y eso es suficiente.

Es la señora Blouse la primera en verlos.

—¡Dios bendito! —es lo que se oye en todo el vestíbulo, y algo cae al suelo.

Los ojos de la mujer se llenan de lágrimas de felicidad. Sus pies la llevan hacia ellos y ambos son envueltos en un abrazo tan maternal que les inunda los tuétanos de amor, haciéndoles olvidar la incertidumbre de volver.

Para Armin, aquel abrazo es como tomar una taza de chocolate caliente en medio de una fría noche de invierno.

Para Mikasa, como el arcoiris en un cielo despejado después de la tormenta. Incluso la casa se ve ahora más colorida.

La mujer los inunda de besos y mimos. Hay sonrisas, exclamaciones de alegría y más abrazos. Lisa le pide a una de las empleadas que vaya corriendo a avisar al señor Ackerman que sus hijos han vuelto a casa. Kurt no puede creerlo, caminando tambaleante e incrédulo hasta salir del despacho, atravesando el corredor y, cuando los ojos grises de Mikasa encuentran a su padre al final del vestíbulo, todo se vuelve borroso a causa de las lágrimas.

—Papá…

—Mi pequeña…

La cantidad de tiempo que han estado separados conmociona al hombre, quien, por unos segundos, no encuentra la voluntad para moverse de su sitio. Está congelado, y el vestíbulo enmudece por unos instantes, con los presentes esperando la reacción de ambos.

Entonces los pies del señor Ackerman encuentran al fin la fuerza para andar y, al segundo siguiente, la muchacha se siente a salvo en brazos de su padre.

Y lloran.

Mikasa lo ha extrañado mucho, mucho más de lo que se atreve a admitir.

Por lo que parece un largo rato no hay palabras, sólo un abrazo cargado de lágrimas silenciosas y sollozos estremecedores. Ninguno de los dos se atreve a desligarse del abrazo, por miedo a que aquello sea sólo un espejismo de sus anhelos.

Es el carraspeo de Armin lo que los hace volver a la realidad.

—Ajem… Tío, yo también estoy aquí —advierte el muchacho, para ser envuelto en brazos del señor Ackerman en menos de un segundo.

Ambos ríen, al igual que Mikasa. Y antes de que el padre de la chica pueda hacer preguntas, un grito se escucha desde el segundo piso, justo en la cima de las escaleras.

Nadie sabe cómo es que Sasha ha podido bajar tan rápido sin tropezar y caer peligrosamente; pero no transcurre mucho tiempo desde que se escucha su grito, hasta que todos la ven lanzarse sobre Mikasa, golpeándola un poco, causando risas en los espectadores. Los brazos de la chica de cabello cobrizo rodean la cabeza de su amiga al dar un salto, cubriendo su boca, sus ojos, despeinando su cabello perfectamente lacio, y Mikasa, cerrando los ojos por instinto, no puede evitar reír de nuevo. Ella la sostiene también, evitando que caiga al suelo al bajar, olvidándose de contener las emociones frente a su mejor amiga, pues ella también la ha extrañado.

—No lo puedo creer… ¡Oh, Dios mío! ¡Armin! —entonces el chico rubio es la siguiente "víctima".

Cuando los brazos de Sasha liberan a Mikasa y lo envuelven con tanta efusividad que ambos caen al suelo, sus ojos azules se abren ampliamente en sorpresa y nerviosismo. Ella está sobre él, y sus manos sobre el pecho del muchacho. No puede abrazarla. Su corazón late a mil por hora, y sus impulsos nerviosos se han disparado a tal velocidad que no es capaz de moverse. No ha sentido dolor al caer, pues el cosquilleo que recorre su cuerpo nubla sus neuronas. El mundo se condensa en aquellos ojos color miel que tanto extrañó, y sus mejillas arreboladas cantan la felicidad de volver a verla.

Pero Sasha no lo sabe.

Y cuando no recibe respuesta, su sonrisa se desvanece en medio de una risa entrecortada y tímida. No debí, no debí hacer eso, se repite a sí misma, segura de que la ha cagado. ¡Armin es un chico! ¡Un hombre! Un hombre que con el tiempo, probablemente, ya la ha olvidado. Por supuesto, Sasha. ¿Qué estás pensando? Creíste que todo sería igual que cuando eran niños? ¡Claro que no! Eres una tonta…

—Lo siento, lo siento mucho —se disculpa la chica, apartándose de Armin para ponerse en pie en un parpadeo. Sin pensar, lo toma de la mano y tira de él, levantándolo del suelo con la misma rapidez que ella lo hizo. Armin, sobrecargado de sensaciones, enmudece. Sasha, avergonzada, deja ir su mano.

Una nube de tensión e incomodidad se cierne sobre el vestíbulo, y la señora Blouse, aún presente, se pregunta por qué su hija actúa tan extraño. Es cierto, los años han pasado y ya no son niños, pero han sido amigos desde siempre. ¿Por qué Armin parece tan distante?

—Ven, cielo —interviene la mujer, tomando a su hija del brazo—. Deben estar cansados por el viaje. No deberías ser tan efusiva…

—Lisa, déjalos. Son muchachos y tienen mucho tiempo sin verse —es el señor Ackerman quien la interrumpe. Armin, con los ojos desorbitados a causa de sus emociones, decide reparar el daño y darle la mano a su amiga antes de que sea demasiado tarde.

—Yo también me alegro de verte, Sasha.

Ella estrecha su mano.

Y eso es todo.

Mikasa, que puede ver el corazón de Armin desde fuera, lo empuja lejos de Sasha. Arde allí donde la chica le ha tocado, su pecho, sus brazos, la palma de su mano. Es una hoguera encendida lo que la mujer de cabellos de fuego ha dejado en él.

Pero como siempre, Armin calla.

—No puedo creer que estén aquí… —dice Sasha, abrazando de nuevo a su mejor amiga con más calma. Entonces una figura desconocida interrumpe el abrazo. Aquel individuo permanece al final de las escaleras, apartado del reencuentro familiar. Ajeno al escenario y a la situación, no tiene más remedio que aislarse.

Mikasa lo nota, y sus ojos grises se enfocan en él, preguntándose quién es. Su aspecto es descuidado, diferente, y contrasta terriblemente con aquel lugar; o eso es lo que ella piensa. Armin carraspea haciéndose la misma pregunta de forma introspectiva, pero antes de que Kurt pueda explicar la presencia del extraño, una nueva voz se suma a la reunión.

Es una mujer rubia, de labios gruesos, mirada fría, y una falsa expresión de alegría en sus rasgos. Cuando Eren la ve desde su rincón desolado, se estremece. Ha sido como presenciar la llegada de un dictador, como si una nube gris y cargada de electricidad se estableciera sobre todos ellos. La sala enmudece y el cuerpo de Mikasa Ackerman vuelve a su rigidez inicial.

Sin embargo, esta mujer camina hacia la chica de cabellos oscuros, siendo la siguiente en abrazarla. Sus labios se encuentran con la frente de la muchacha, y sus manos le rodean el rostro de forma maternal; Kurt parece ser el único agradado con la escena que todos observan. Y aquella nube de tensión no desaparece del vestíbulo.

—Mi querida niña, no sabes cuánto te extrañé.

Mikasa no responde de inmediato. La declaración la ha tomado por sorpresa.

Con un gesto, Kurt la anima a hacerlo.

—Hola… Mamá. Yo también te extrañé. Los extrañé a todos, de hecho.

—Estás preciosísima. ¿No es así, cariño? —la mujer se dirige al señor Ackerman, quien asiente encantado, con una amplia sonrisa adornando sus labios. Armin planea apartarse antes de ser capturado, pero la mujer no lo deja escapar, y se las arregla para encerrar a ambos recién llegados en sus brazos— Están enormes. ¿En qué momento crecieron tanto? Tú, Armin, ya eres todo un hombre.

—Hola, Traute.

Ante el escueto saludo, la mujer agita las manos en el aire y las deja caer sobre las mejillas del chico, pellizcándolas cual niño pequeño. Pero Armin lo soporta. Traute jamás acepta una negativa por respuesta.

—¿Por qué no avisaron que vendrían? Habríamos preparado una gran fiesta de bienvenida para recibirlos. Esto es imperdonable —advierte la mujer, tras una fachada de reprimenda amorosa que sólo Kurt ignora. Mientras habla, Sasha es apartada de los muchachos con un ligero y disimulado empujón que la hace volver junto a su madre. Traute se asegura de mantener a la hija de la servidumbre lejos del núcleo familiar, mientras sujeta la muñeca de la hija de su esposo con firmeza, pidiendo una respuesta inmediata a su pregunta.

Sin embargo, es Armin quien se apresura a satisfacer las demandas de la mujer.

Eren, mientras tanto, permanece ignorado. Sus ojos se enfocan en Sasha y en su disimulada humillación. Parece que nadie más lo ha notado, excepto él y la madre de la chica.

¿Qué clase de mujer es esa Traute?

—Quisimos darles una sorpresa. Es todo. Y el viaje ha sido tan largo, con tantas escalas que ahora sólo deseamos descansar.

—Por supuesto que descansarán. Después de comer, claro está —declara Traute, con el brazo de Mikasa aún en su mano. Armin ya ha sido liberado, lo que para él es un gran alivio—. Lisa —ahora se dirige al ama de llaves, aunque sin girarse hacia ella ni mirarla, pues la servidumbre no es digna de ello—, dile al chef que prepare una cena especial esta noche. Mis hijos han vuelto a casa. Y no quiero tardanzas, ¿está claro?

Lisa Blouse suspira para sus adentros. Cuando Traute Ackerman da una orden, se siente como la esclava más miserable e insignificante.

—Sí, señora. Con permiso —el ama de llaves se retira, siempre sumisa. Sasha desea ir con ella, pero Lisa lo impide. Enviar a su hija a la cocina es reafirmar aquella humillación, y eso es algo que los Blouse jamás permitirán. Entonces Sasha se queda en el vestíbulo, muy cerca de su tío, a la sombra de la familia que tan aparentemente feliz conversa el reencuentro. Eren puede observar todo desde su soledad, esperando el momento preciso para marcharse y evitar un segundo más de aquella situación incómoda.

—Vamos todos al comedor. ¿Ya han subido el equipaje a sus habitaciones? —Traute parece haber tomado el mando de la escena. Armin asiente rápidamente. Los empleados podrían meterse en problemas con la señora Ackerman si no se han cumplido sus demandas, así que el chico se siente aliviado de poder protegerlos. Antes de iniciar el camino hacia el comedor, la mujer de mirada gélida nota la presencia de aquel extraño— Eh, ¿y tú eres?

Kurt se apresura a explicar la situación.

—Eren Jaeger. Mi nuevo asistente personal. Lo invité a casa esta noche y se quedará con nosotros a cenar —el señor Ackerman hace un ademán hacia el muchacho que lo llama a acercarse—. Es el hijo de una vieja amiga —entonces sus ojos viajan hacia el chico—. Eren, esta es mi familia: Traute, mi esposa; Mikasa, mi hija, y Armin, mi hijo.

Así, Eren es presentado ante todos, estrechando la mano de los recién conocidos. Cuando es el turno de Mikasa, y el verde se condensa con el gris, la chica se estremece. Una chispa de electricidad enciende su espíritu, como el Adán de Miguel Ángel al recibir el toque de Dios y ser despertado de un antiguo letargo. Mikasa ve los colmillos en aquellos orbes y se siente pequeña, indefensa ante la imponencia de este desconocido que aún sostiene su mano. Entonces traga saliva, y su corazón se acelera cuando él le dedica una sonrisa torcida.

—Eren Jaeger.

—Mikasa Ackerman.

Es todo lo que se dicen el uno al otro.

Y él retrocede, pensando que en verdad, aquella mujer es preciosa.


N.A: Continúa en el capítulo IV.