"Los monstruos son reales y los fantasmas también. Viven dentro de nosotros y, algunas veces, son ellos quienes ganan". — Stephen King


Capítulo IV

Un náufrago en tierra extraña - Parte II

Una vez más, Eren se pregunta cómo ha llegado hasta aquí.

Los colores, los olores, las voces, la silueta de cabello oscuro que se mueve frente a sus ojos le producen una especie de frenesí que parece haberlo trasladado a otra dimensión, como cuando se fuma hierba. De acuerdo, sólo lo hizo una vez, pero la experiencia fue lo suficientemente psicodélica como para poder relacionar la experiencia con este instante. Aún se siente mareado, pero no lo suficiente para detenerse. Alguien más habla mientras él observa a la chica que acaba de conocer, y es este sonido inoportuno lo que lo trae de regreso a esa realidad apabullante.

—De acuerdo. Vamos todos al comedor —Traute es la siguiente en hablar—. Nos espera un delicioso banquete de celebración.

—Pero nosotros no pedimos un ban- —replica Mikasa en voz baja. Sin embargo, Traute la detiene al levantar su dedo índice.

—Nah-ah. Eso no está en discusión —el tono que usa lleva consigo una mezcla entre amenaza y dulzura que reduce toda negativa posible. La mujer lidera el camino hacia el comedor, y Sasha, emocionada, sujeta los brazos de sus amigos, haciéndolos detenerse por segundos. Armin jadea al contacto, y Mikasa se encuentra con los ojos del extraño antes de caer junto a su amiga.

—Necesito que vengan a la cocina antes de la cena. Hay alguien que deben conocer.

Con una sonrisa incrédula y discreta, Mikasa la aborda.

—No me digas que… ¿Está aquí? ¿En la cocina?

—Shhh. Ya lo verás. Vengan conmigo.

Sasha tira de ellos, jadeando de emoción. Pero Armin se libera de su mano, intuyendo el significado de las palabras de Mikasa, cayendo a pedazos en su interior.

—Lo siento, Sash. No puedo ir…

—Nadie irá a ningún lugar, excepto al comedor —Traute, de nuevo. Su voz emana tanta autoridad que todas las cabezas en el corredor se levantan en dirección a ella. Incluso Eren, cuyos ojos usaban su móvil como fachada para ocultar el momento en que se enfocaban en la hija del señor Ackerman, se apresura a mirar a la mujer—. Y tú, niña —la voz continúa, esta vez dirigida a Sasha—, regresa con tu madre a la cocina. Esta será una cena familiar.

Hay silencio.

Los pasos y las respiraciones se detienen. Los corazones se aceleran a causa del impacto causado por aquella humillación pública, y los ojos de Eren caen sobre todas las personas involucradas en el incidente.

Traute se regodea en su prepotencia, esperando ser obedecida.

Armin traga saliva, y sus manos se cierran en forma de puños.

Mikasa tiembla de impotencia, con la mano de su amiga dejando la suya.

Sasha retrocede, ocultando su rostro de los demás para que nadie note las lágrimas que tan desesperadamente luchan por salir.

Todo en menos de un segundo.

—¿Cómo pudiste…? —la voz de Mikasa es un susurro cargado de indignación. El choque aún no le permite reaccionar como debería.

—Lo siento, señora. Con perm-

—No irás a ningún lado, Sasha. Eres familia, también. Y hoy estarás en la cena con nosotros. Tú, tu madre y tu padre. Hay suficiente espacio en la mesa para todos.

Por primera vez en mucho tiempo, Kurt Ackerman se atreve a contradecir a su esposa.

Hay una nube de tensión y angustia que los envuelve, como si todos esperaran por una irremediable catástrofe. Esta vez es la mano de Kurt la que impide que su sobrina se aleje y, con esto, sella la decisión que desafía la orden de Traute.

—No llores —susurra Armin, muy cerca de Sasha. Su meñique se cruza con el de la chica en un instinto de protección, y antes de que alguien pueda verla llorar, él la aleja de allí con prontitud. Mikasa los sigue y, aunque irán al comedor, no lo harán de inmediato. Ella debe recomponerse. Recoger en silencio y con dignidad los pedazos de sí misma que han quedado en el corredor para luego reanudar su camino.

Armin espera, pero no suelta su dedo. Mikasa, del otro lado, seca de inmediato las lágrimas que han arruinado la felicidad de su mejor amiga al reencontrarse, y Sasha, echando mano del orgullo que su padre le ha enseñado llevar, levanta la cabeza, mentón arriba, y decide, también, desafiar a Traute a su modo.

No está sola.

—¿Lista? —es Mikasa quien habla esta vez. Sasha asiente, sonriendo al ver el dedo de Armin enredado en el suyo. Entonces él la deja ir y titubea, sin saber a ciencia cierta cuál fue el momento en que se atrevió a tocarla.

Y Eren continúa observando, maravillado en la hermandad de aquellos tres, asqueado por la mezquindad en el corazón de Traute. No le resulta extraño ahora conocer la razón por la que Sasha tiene por novio a un imbécil: está rodeada de ellos. Sin embargo, es un alivio para él que ese par de tontos recién llegados sean un apoyo para ella. Un día se los agradecerá, aunque sabe bien, muy bien, que nada de lo sucedido ha sido de su incumbencia.

Él los sigue, a una distancia discreta.

Lo siguiente que sus ojos ven es el comedor, y está seguro de que sus ojos acabarán enceguecidos a causa del lujo que presenciarán el resto de la velada.


Sólo un rey y su corte podrían sentarse en aquella mesa. Y Eren, una vez más, vuelve a sentirse pequeño.

Cada uno de los presentes toma su lugar: Traute es la primera en sentarse, al extremo norte de la larga mesa, dejando en evidencia quién lleva las riendas de aquella familia. Kurt es el siguiente, y su lugar se encuentra junto a su esposa, en el extremo del ala derecha. Mikasa es obligada a sentarse frente a su padre, en el extremo del ala izquierda, y no es conveniente discutir sobre el sitio que debe tomar. Para Eren, que observa en silencio y a una distancia prudente, aquella escena es el epítome carnavalesco de una familia disfuncionalmente feliz, y cuando toma asiento junto a su jefe, la expresión sombría de la chica de cabellos oscuros es toda la confirmación que su teoría requiere. Armin está frente a él, junto a su mejor amiga, y su posición al sentarse refleja el discreto destello de un ademán protector hacia ella, actuando como un escudo protector contra Traute. Y junto a Armin está Sasha, quien, en aquella extraña reunión, parece ser su espejo: un náufrago en tierra extraña.

Eren se pregunta si siempre ha sido así: dos bandos en una misma mesa. No hay que ser un genio para notarlo. Y es Traute la creadora de estos bandos.

Cuán sórdido.

—Eren, espero te sientas cómodo aquí, hijo. Esta es tu casa —es la voz del señor Ackerman, tan cálida como siempre.

Por supuesto que no. Sí, señor —Eren se las arregla para no dejar escapar sus pensamientos. Y se felicita por ello. En el mismo instante, Traute, que odia no ser el centro de atención, se aclara la garganta.

—Y bien, es la primera vez que te veo, Eren. Dime, ¿de dónde saliste? ¿A qué te dedicas?

Mientras Eren se prepara para responder, una de las empleadas ordena la mesa para el aperitivo, sirviendo copas de vino. Todas las miradas se encuentran sobre él, intimidándolo ligeramente.

—Vengo de Shiganshina, señora. Mi madre es costurera, mi padre era doctor, amigo del señor Ackerman. Yo soy estudiante de medicina en segundo año, y por azares del destino pude conocer a su esposo cuando más lo necesitaba, y él me dió empleo. Es por eso que hoy estoy aquí.

—Ah —jadea Traute, con un gesto de prepotencia y superioridad en aquel exhalo. La dureza de su rostro la hace ver altiva, cargando consigo la típica expresión soberbia de una mujer adinerada—. Eso es tan normal en mi esposo, ¿no es así, querido? Siempre compadeciéndose del necesitado y del miserable. Es un santo. A veces creo que demasiado para mi gusto —concluye la mujer, con una irritante y cínica risilla que hace rechinar los dientes de Mikasa.

Algo se enciende en Eren, como la flama de una hoguera iracunda que necesita ser apagada de inmediato, antes de reducir todo a cenizas. Sus manos se cierran en puños, una bajo la mesa, otra sobre ésta; sin embargo, tras tomar todo el oxígeno necesario, se propone responder.

—Por supuesto. Es un santo, y toda su familia es afortunada. Sé de personas que, no importa cuánta opulencia las rodee, son miserables. Pero el señor Ackerman se ha ganado ya el cielo —Eren finaliza su explicación tomando un sorbo de la copa. El vino se desliza por su garganta tan suavemente como sus palabras han salido de su boca, y sonríe, robándole un gramo de cinismo a aquel diablo de mujer para devolverlo con la misma finura. Por un instante, siente que encaja en ese lugar.

Esta chica, Mikasa, lo observa. No hay ninguna expresión en su rostro, pero sus ojos son el espejo de su alma, y Eren puede ver lo que hay tras ellos.

Rigidez, incredulidad, asombro y admiración. Ella no debe decir una sola palabra para que él pueda leerla.

Armin se muestra complacido, aunque silencioso.

Sasha ríe para sus adentros. Sus labios apretados y sus ojos encogidos le dicen que está haciendo un esfuerzo muy grande para no dejar escapar una carcajada que la meta en problemas. Entonces le agradece, articulando la palabra "Gracias" a escondidas de los demás. Con sutileza, él inclina la cabeza hacia la muchacha, pero sólo le interesa una reacción.

Eren no comprende por qué; sin embargo, cuando sus ojos se encuentran con un par de orbes grises se siente satisfecho al verla complacida con su respuesta. Ha sido un grito de rebelión, un acto de osadía ante la tiranía camuflada de la mujer de mirada fría y rostro de roca. Es como un manantial en tierra árida, es la venganza tan esperada por la humillación a Sasha y que nadie fue capaz de cobrar. Es la valentía que nadie se atrevió a reunir, la insolencia de un muchacho que aquella noche devuelve a Mikasa la confianza que había anhelado recobrar.

Kurt ríe, tomando también un sorbo de vino. En su candidez no puede ver la lucha de voluntades que se ha derramado sobre su propia mesa.

Antes de que Traute pueda replicar, los aperitivos hacen su aparición. Canapés de atún y huevos rellenos son puestos en la mesa por el chef, y es increíble ver la magia gastronómica operar sobre la tensión violenta de los comensales y disiparla en un abrir y cerrar de ojos. Sasha sonríe al ser servida, y el chef le responde con una mirada cómplice y un guiño de ojo. Sólo Armin lo nota.

Y no necesita ser un genio para saber cuál es la naturaleza de la relación entre el chef y su amiga, ni tampoco le toma a su alma mucho esfuerzo ni tiempo para desmoronarse. Sus manos se tensan y se esconden bajo la mesa, centrando su atención en los innumerables cubiertos

No sabía cuánto dolería hasta verlo con sus propios ojos. Sin embargo, aquél sería un calvario vivido en soledad.

Eren es el siguiente en la mesa, y cuando el chef se aproxima a servirle, su mano se detiene, ignorando su plato antes de dejar en medio de todos la bandeja de aperitivos.

—Nikolo, ¿dejarás a Eren sin comer? —es la pregunta del señor Ackerman, pues nadie puede ignorar que el plato del invitado ha quedado vacío. El chef, con tripas retorcidas y en contra de su voluntad, concluye su tarea, antes de marcharse a la cocina.

—Con permiso. Buen provecho a todos —declara. Y Sasha lo ve alejarse del comedor a paso rápido. Un golpe seco se escucha cuando Nikolo azota la puerta de la cocina privada al cerrarla, y Sasha, nerviosa, decide ponerse en pie. Todos se preguntan qué ha sucedido, excepto ella, quien se retira temporalmente tras una disculpa.

Armin intenta detenerla. Pero Mikasa lo detiene a él.

—¿Qué le ocurre a la servidumbre hoy? —menciona Traute, mordiendo un canapé—. Se han vuelto todos locos.

Nadie responde. A cambio, todos se esconden en la comida para calmar aquella ansiedad imperante.

Eren observa a Mikasa y se preocupa. Es como si una bomba amenazara con volar en pedazos aquella mansión.


Sasha entra en la cocina a grandes pasos, cuidándose de cerrar la puerta sin estruendo.

—¿Qué diablos estás haciendo?

Utensilios de cocina caen estruendosamente en el lavaplatos, evidenciando una furia pobremente contenida. El chef, disgustado, deja caer las manos sobre el mármol de la isla, y sus venas sobresalen bajo el temblor iracundo de su piel. Sasha está nerviosa, el temor le invade las cuerdas vocales y le impide hablar claramente por segunda vez.

—Nikolo, ¿qué haces?

—Explícame, Sasha.

Ella traga saliva. El tono de Nikolo ha congelado sus sentidos de forma escalofriante.

—¿Qué es lo que debo explicar?

—Explícame ¿qué carajos hace ESE aquí? ¿Lo trajiste aquí a propósito? ¿Lo conoces? Por un cuerno ése va a comerse la comida que YO preparo. ¡Ese imbécil intentó meter la nariz en NUESTRA relación!

—Nikolo, por favor, cálmate y hablemos en voz baja, ¿sí? Todos en el comedor deben estar escuchando…

—¡Responde mi pregunta primero, carajo! —un golpe seco se escucha sobre el mesón. La chica, sobresaltada, da un leve brinco en su lugar. Nikolo se acerca a ella, amedrentador— Te has vuelto mentirosa. ¡Siempre me estás escondiendo cosas últimamente! ¿Acaso sales con él, también?

—Nikolo, no lo invité. Él trabaja para mi tío y por eso está aquí, pero por favor, por lo que más quieras, tranquilízat-

—¿Cómo quieres que me tranquilice? No eres transparente conmigo, conmigo, con tu jodido novio, Sasha. ¿Y quieres que me tranquilice? No te creo nada. No creo que el señor Ackerman haya contratado a ese vagabundo justo después de lo que nos hizo...

El chef calla.

Los dedos de Sasha se retuercen entre sí nerviosamente, como un hábito inconsciente causado por una situación estresante. Sus ojos color miel bailan por toda la estancia, persiguiendo los pasos de Nikolo, quien ronda pensativo a su alrededor.

—Te prohíbo que le hables —advierte de repente, deteniéndose frente a ella mientras su dedo índice le apunta a la cara—. Es una mala influencia para ti, y estoy seguro de que sólo quiere separarnos.

—Nikolo, no seas ridículo. Yo ni siquiera sabía que…

—¿Protegerte es ridículo? ¿Proteger a mi novia de los pervertidos es ridículo? ¿Eres estúpida? ¿Ciega?

—¡Tú eres el estúpido! —cuando la gota rebosa el vaso, Sasha explota. El volumen de su voz es bajo, sin embargo, no es impedimento para que Nikolo note la indignación en ella— ¡Jamás me entiendes ni me escuchas, y estoy harta de eso! Recuerda que no tendrías este trabajo si yo no hubiese ido con mi tío y-

Sasha se detiene; la mano de Nikolo ha sujetado su muñeca con fuerza, obligándola a callar. Su otra mano se alza, cerrándose sobre las mejillas de la muchacha como un par de pinzas que le causan un dolor agudo. Su lengua se maltrata, y él, amenazante, aumenta la presión en sus dedos.

—¿Qué dijiste?

—Nik- Nikolo, suéltame, por favor…

—No te atrevas a-

La puerta cruje al abrirse, y Nikolo, por fin, libera el rostro de la chica. Sasha jadea, aliviada, herida; en menos de un segundo debe recuperarse del dolor ardiente de sus mejillas y contener sus lágrimas para ocultarse de la persona que está a punto de entrar en la cocina. En menos de un segundo, Nikolo se ha marchado, dejándola sola, dándole la espalda para no ser sorprendido.

En menos de un segundo, Sasha se traga su pena, de espaldas a la puerta.

—Lo siento, Sasha. Estábamos decidiendo qué queríamos de postre y vine a avisarle al chef, pero creo tendré que esperar. ¿Qué piensas tú? Sólo nos falta tu voto para decidir si será Tiramisú o Mousse de chocolate. ¿Nos ayudarías? Necesitamos… ¿Sasha?

—S- Sí —responde ella con la voz rota, aclarándose la garganta para repetir una sola sílaba—. Lo que sea que hayas escogido será perfecto, Armin.

—¿Sasha? —la mano de Armin se cierra suavemente sobre el hombro de la chica, y sus dedos son cálidos, reconfortantes, indulgentes. Un crudo contraste entre el hombre que la había amenazado unos segundos atrás y esta nueva presencia cargada de dulzura y serenidad— Sasha, ¿sucede algo?

—No. Claro que no —ella se gira hacia él, y una sonrisa forzada se dibuja en sus labios. Una fachada desprovista de alma, dolorosamente incómoda, un rictus que amenaza con desmoronarse en cualquier momento, dejándola al descubierto. Pero Sasha no lo permitirá. Ella es más fuerte que eso.

—¿Segura?

No.

—Sí.

—¿Sasha? ¿Qué es esto? —los dedos de Armin rozan el punto escarlata que los dedos de Nikolo han dejado en la mejilla de la chica, y ella retrocede como un niño asustado, víctima de las pulsaciones de dolor. La preocupación en los ojos de Armin es tan evidente que ella desearía poder derramarse justo allí, en sus brazos, y sentir aquella calma de antaño que tanto la reconfortaba cuando eran niños.

Pero eso no será posible.

Ya no son niños, Sasha.

¿Qué diría tu amigo de ti si se entera de lo que ocurre con tu novio?

—Nada. Soy tan torpe que me golpeé con la puerta al entrar —explica Sasha, con la misma sonrisa falsa dibujada en sus labios. Armin la examina, analiza y calla, decidiendo que es mejor no forzarla más.

Pero él lo sabe.

Sabe del chef, sabe que Sasha no dirá una sola palabra, e imagina lo que acaba de ocurrir, pero calla.

Y sus manos se cierran como puños, y desea envolverla en sus brazos y brindarle un poco de aquella calma de antaño que tanto la reconfortaba cuando eran niños.

Pero es un inútil, y no hay nada que pueda hacer por ella. No ahora.

Entonces la puerta vuelve a abrirse, y los dedos de Armin se alejan del rostro de la chica de ojos dorados.

—Muchachos, ¿qué diablos hacen aquí? El señor Ackerman está preguntando por ustedes y parece que se han tardado mucho. ¿Dónde está Nikolo con las entradas? Sasha, ¿qué tienes?

La señora Blouse no hace pausas. Sus manos se estiran hacia su hija, pero la muchacha se desvanece frente a ella como un espectro.

—Lo siento, mamá. Regresaré al comedor.

Su silueta desaparece tras la puerta, y sólo queda un vaivén que se apaga tras unos segundos.

Armin suspira, con las manos en los bolsillos, y decide servirse un vaso con agua.

—Creo que Sasha quería comer algo, Lisa. Ya sabe usted cómo es.

Bueno, esa es una buena explicación. Lisa asiente, aunque con el ceño fruncido. Armin sabe que no se la ha tragado.

Es entonces cuando Nikolo hace su reaparición, encontrando la mirada fulminante de Armin al entrar de nuevo en la cocina.

—Nikolo, apresúrate. No puedes tardarte con la cena, eso no es correcto.

—Perdone usted. Continuaré con las entradas —explica, y ante la mirada insistente del muchacho rubio, el chef hace un ademán, ocultando su confusión. Pero Armin lo ignora y se marcha, con las manos aún en los bolsillos. El olor de su perfume 24 Faubourg queda en el aire, y Nikolo, envidioso, lo odia hasta perderlo de vista.

Pero no hay nada que odie más que el hombre de ojos verdes y mirada de felino que hoy se sienta a la mesa con su jefe. La conversación con Sasha aún no ha terminado, y ella tendrá que explicarle unas cuantas cosas en cuanto lo vea de nuevo.

Por su parte y al llegar a la mesa, Armin, por primera vez en su vida, decide que odia a alguien.

Lo odia con todas, todas sus fuerzas.


Los pensamientos circulan en su cabeza como remolinos, agitando tanto sus nervios que prefiere permanecer en silencio, tan quieto como un roedor acorralado.

Desde niño, Armin Arlert siempre fue del tipo tranquilo, de los que, no importa cuán perturbado esté, prefiere tragarse sus emociones, en especial si no es el momento adecuado para salir; en especial, si se encuentra en medio de un grupo de gente que podría notar sus incomodidades.

Sin embargo, su rostro nunca ha sido tan silencioso como su lengua y, por más que lo intente, su mejor amiga lo conoce tan bien que puede notar la rigidez de su expresión.

—¿Armin?

La voz de Mikasa lo saca de su trance. Los sentimientos lo invaden, devorándolo lentamente: la impotencia, la frustración, su cobardía… El odio por un único ser humano y el dolor que le provoca ver a Sasha sufrir. Los ojos azules de Armin se alzan hacia la chica, con Sasha en medio de ambos.

También ella ha permanecido en silencio desde su regreso de la cocina privada del chef.

—¿Sí?

—¿Qué ocurre con ustedes? ¿Está todo bien? No han probado bocado desde que se sentaron en esas sillas.

Todos los ojos caen sobre ellos, en especial sobre Armin. Kurt se muestra preocupado, pero confundido; Eren está interesado en saber qué ocurre, aunque muy disimuladamente. En cuanto a Traute… Bueno, a Traute no le interesa, en realidad.

—Uh… Sí. T- Todo, todo está bien —se apresura a responder el muchacho, con el exhalo de una risa leve y nerviosa. Sasha asiente, metiendo uno de los canapés rápidamente en su boca, evitando preguntas.

Chica lista, piensa Eren. Sabe que algo no anda bien; sin embargo, no es correcto involucrarse.

—Armin, Mikasa tiene razón. No es algo propio de ti estar tan callado. Creí que estarían parlanchines, felices. Esta es una noche para celebrar. ¿No es así, Sasha?

—Por supuesto, tío.

—Y bien, ya sabemos que querían darnos una sorpresa —continúa Kurt, dirigiéndose a los recién llegados—. Sé que les fue bien en la escuela, pero también quiero saber qué harán ahora. A qué universidad irán. Nunca hemos hablado sobre eso, y este es un buen momento. Empecemos por ti, Armin. ¿Ya pensaste qué estudiarás?

Con aquella sonrisa nerviosa aún marcada en los labios, Armin responde.

—De hecho, no pienso entrar a la universidad por ahora, tío.

Todos escuchan con atención. Traute mensajea en su móvil por algunos segundos, ignorando la trivialidad de la conversación.

—Explícate, hijo.

—Verás, planeo mudarme. Creo que es tiempo de tener mi propio espacio, aunque te agradezco por todos los años que me permitiste estar aquí, pero ya soy adulto, y quiero valerme por mí mismo. Además, me gustaría mucho dedicarme a administrar las acciones que me corresponden como herencia de mis padres en Motores Ackerman ahora que dejaste de ser mi tutor legal, y sería perfecto aprender de ti.

Kurt ríe, orgulloso, limpiando su boca con una servilleta después de tragar un bocado.

—Hijo, tienes toda mi aprobación para lo que quieras hacer, siempre y cuando sea beneficioso para ti. Tus padres y tu abuelo estarían orgullosos, tanto como yo lo estoy. Con ese cerebro tuyo, siempre supe que harías algo maravilloso de tu vida. Y tú, Mikasa, ¿ya sabías de esto?

—Claro que sí, papá.

La atención de Eren se fija en Mikasa. Entonces sonríe al verla morder su labio nerviosamente, pues, al parecer, ser el centro de atención la abruma.

Nadie nota que, en el mismo instante, Sasha toma el vino de su copa de un trago. Tal vez eso inhiba sus neuronas y la ayude a relajar la tensión de unos minutos atrás. Sus mejillas aún le duelen. Sólo Armin puede notar las infames marcas en ellas.

Mikasa no conoce el antecedente, pero es lo suficientemente intuitiva como para adivinar que algo ha ocurrido.

Kurt, sin embargo, parece bastante feliz de tener a su familia reunida. Para él, nada puede ser mejor que esto.

—Y tú, Eren, ¿por qué no has probado bocado? Adelante, come.

Antes de poder responder, el chef regresa a la mesa. Lo acompaña una empleada nuevamente, y ambos sirven la entrada, plato por plato: carpaccio de salmón con caviar de frambuesa.

Todos parecen saber qué diablos están comiendo, excepto él.

¿Qué clase de comida es esta? ¿No tienen algo más… grande? Para ser ricos, estos platos son demasiado escasos.

Ay, Carla. Cuánto extraña la comida de Carla. Eren suspira para sus adentros.

—Eh… —Eren titubea. Esta vez, los ojos grises están sobre él— Creo que nunca he probado este… menú, señor. Y me temo que puedo ser alérgico a esto.

Kurt lo anima con una palmada amistosa en el hombro.

—Vamos, sólo es un bocado. Nuestro distinguido chef nos dirá qué tiene y así sabrás que no hay nada que temer. Nikolo, ¿de qué son los canapés?

Esta vez, el chef no mira a Sasha. Tampoco ella a él. Debido a su trabajo y para no despertar sospechas, Nikolo debe hacer un gran esfuerzo para responder la pregunta de su jefe sin mostrar su incomodidad.

—Atún, queso crema, algunas especias y aceitunas. ¿Es todo, señor?

—Sí, muchacho, sí —y desviando la atención hacia su invitado, Kurt continúa—. ¿Lo ves? Come sin preocupaciones. Mikasa, tú que tienes el don de hacer confiar a las personas, dile, hijita, que no hay nada malo en comer.

Mikasa traga saliva.

Al mismo tiempo, Nikolo desea que Eren se ahogue al comer.

Su decepción es grande cuando eso no sucede. Pero no puede quedarse a esperar; su lugar está en la cocina.

—Umm… Supongo que sí. Esto es en verdad delicioso.

Eren no sabe por qué, pero al segundo siguiente ha comenzado a comer.

La voz de esa chica debe tener algún tipo de… ¿magia? Vamos, Eren, estás delirando.

No, no lo está. ¿O sí?

Las mejillas de Mikasa se encienden ligeramente, y debe ocultar el rostro rápidamente en el plato que está a punto de comer.

Sin embargo, por muy bueno que sepa esto, Eren no deja de extrañar la comida de su madre.

—Y bien, hijita, ¿qué harás tú? —pregunta Kurt, unos minutos después. El plato fuerte ha sido puesto sobre la mesa, y mientras nadie parece tener problemas con los cubiertos, Eren se esfuerza por imitar a los demás, en un intento agotador por pasar desapercibido, ocultando el hecho de que no tiene la más mínima idea de cómo y cuáles instrumentos usar con aquel extraño platillo, que sabrá Dios de qué está hecho. Pero no planea descubrir su ignorancia.

No permitirá que Traute lo humille.

—¿Yo?

El sonido de los tenedores tocando los platos ahoga un poco la voz de Mikasa. Ella lucha por no sentirse cohibida, aunque se siente aliviada de que Traute esté concentrada en su móvil y no en ella. Los demás la miran, excepto Sasha. Y es el fuego verde en los ojos de este recién conocido que la hacen estremecerse inconscientemente.

La mirada de Eren es cautivadoramente penetrante.

—Sí, tú. Ya sabemos que Armin se irá de casa y trabajará en la empresa con nosotros. ¿Qué harás tú?

—Ehmm… Yo… Aún no lo sé, papá. Pero creo que trabajaré también. Al menos… mientras me decido por qué estudiar y a qué universidad ir.

Kurt se aclara la garganta, aliviándose con un trago de vino.

—Bueno, no me opongo. Sabes bien que puedes venir conmigo, y así estarás con Armin, Sasha, y también con Eren.

—No —advierte Mikasa, limpiando sutilmente sus labios con la servilleta—. Quiero hacerlo por mí misma, papá. Quiero ser independiente y tener un empleo por mis propios medios.

—Mi princesa, entiendo lo que quieres. Pero sin experiencia será difícil para ti encontrar un empleo que sea digno de ti.

—¿Trabajar?

Es Traute quien interrumpe la conversación.

Su voz es tan estruendosa que alarma a los presentes. Todos la miran ahora, sintiendo cómo se acumula una nueva capa de tensión en sus estómagos al ver la expresión desafiante que marca los ojos de lobo de la mujer.

—Eso dijo. Quiere trabajar —Kurt es el único que responde. El único que no ha notado el tono amenazante en la voz de su esposa.

—¿Y de qué planea trabajar? ¿De camarera? ¿Crees que eso queda bien en nuestra familia, Mikasa? Sasha podría hacerlo si quisiera. A los de su clase les queda bien cualquier trabajo simple. Pero no a ti. No con el apellido que llevas encima. Sasha puede ser sirvienta como sus padres, pero no tú. Los Ackerman no seremos el hazmerreír de nadie.

Los ojos de Sasha se humedecen. No está segura de poder soportar una humillación más aquella noche. Armin cierra las manos en puños, incrédulo, procesando aún lo que acaba de escuchar. Eren, por su parte, traga saliva. Tampoco él puede dar crédito a lo que está presenciando en ese justo momento.

Por un instante desearía poder proteger de nuevo a la persona más vulnerable de entre todos, esa chica que ahora esconde el rostro para ocultar sus ojos a los demás. No está segura de poder recomponerse; pues sentirse insultada ha dejado un vacío en su pecho de esos que sólo se llenan al huir y llorar.

Pero no puede.

La sangre de Mikasa hierve en sus venas. Porque nadie, absolutamente nadie, ni siquiera la mujer que la crió, puede ultrajar con tanta crueldad a su mejor amiga y vivir para contarlo.

Una vez más, maldice el día en que su padre decidió casarse con ese demonio de mujer.

—Lamento recordarte, Traute, que de no haberte casado con mi papá, lo más seguro es que hoy serías una de esas camareras. O algo mucho peor. Tu opinión sobre mis decisiones es irrelevante.

Un golpe seco parece detener el tiempo. El tictac del reloj de péndulo del comedor deja de escucharse, y lo único que reverbera en la mesa es el sonido de una mano contra una mejilla.

La mano de Traute desciende, y Mikasa se lleva los dedos allí a donde ha recibido la bofetada. Su cara arde, y también su orgullo. Todos lo han visto, todos permanecen quietos, pasmados, esperando que el tiempo se devuelva y poder impedir tan nefasta escena.

Pero es imposible.

Nadie sabe qué hacer. Ni Armin, ni Sasha, ni Kurt. Mucho menos Eren.

Cuando los ojos grises se encuentran con los suyos, su corazón se detiene. La vergüenza no lo deja pensar con claridad, sin embargo, puede ver la escena desarrollarse lenta y dolorosamente ante sus ojos.

Armin se pone en pie, sujetando la mano de Mikasa. Ella, con la otra mano sobre su mejilla y los ojos sobre su padre, resopla indignada, herida, sabiendo que su progenitor preferirá, como siempre, ignorar aquella afrenta. Su rostro enrojece, víctima de la ira y la frustración. Sasha aún llora con el rostro inclinado. Y Eren…

Eren aún no sabe qué hacer.

Ha presenciado el infierno en la tierra.

—Mocosa insolente. ¿No te enseñaron nada todos los años que te envié fuera? ¿No aprendiste nada, Mikasa? Mira lo que provocas. ¡Mira lo que me haces hacerte!

La chica no responde. Sus ojos grises se humedecen de lágrimas de una cólera calcinante y ponzoñosa que resbala por sus mejillas y le hace saber a Traute que ha ganado. El aire es denso, punzante, cargando consigo dardos de resentimiento e injusticia intolerables. Mikasa tiembla, pero sabe bien que es inútil rebelarse.

Una vez más, y después de muchos años, papá seguirá sin hacer nada.

Kurt no la mira.

Mikasa aparta los ojos de él, y también de Eren.

El destino tiene una forma bastante curiosa y caprichosa de cruzar el camino de dos personas.

—Nunca debí regresar a esta mierda de casa.

Justo antes de que Sasha pueda tomar la mano de su amiga, Mikasa desaparece del comedor. Rastros de su orgullo quebrado van quedando en el camino, alimentando el triunfo de Traute, reduciendo las migajas de una familia antaño fragmentada. Sus sandalias de tacón resuenan sobre el mármol de las escaleras a grandes zancadas y Sasha la sigue, llamando su nombre con la voz rota sin obtener respuesta, siendo ahogada por los chillidos que las suelas de sus zapatos tenis causan al tocar el suelo subiendo tan rápido como puede, ocultándose ambas tras una puerta que no volverá a abrirse aquella noche. Armin las observa, inútil, hasta perderlas de vista y quedarse solo, encontrando la mirada de Eren como único consuelo en medio de aquel abismo de ignominia, donde el vacío del desconsuelo será el final de la cena.

Cuando el chef regresa con el postre, sólo encuentra a dos personas en la mesa. Traute resopla. Su marido permanece en silencio.

—Ya era hora —comenta, probando el postre sin tardanzas. Kurt la mira y ladea la cabeza, indignado.

—Cuando quieras recuperar el amor de tu hija, ya será demasiado tarde, Traute —es lo único que el señor Ackerman se atreve a mencionar. Ella jadea; parece contrariada.

—¿Y crees que esa niña me ama, Kurt? ¿Acaso no acabas de ver cómo me habló? —Traute hace su postre a un lado, rasgando la voz, humedeciendo sus pupilas. Llorar siempre ha sido un antídoto eficaz contra las desazones de su marido— Me odia. Creí que hoy todo sería diferente. Que su regreso nos traería felicidad y que dejaríamos de pelear como antes, pero no fue así. La he criado, le he dado los mejores años de mi vida, y mira cómo me trata frente a todos en cuanto regresa a casa. ¿No crees que merezco respeto? ¿No crees que merezco consideración?

Las lágrimas de su esposa conmueven hasta la última de sus células, y aunque el hombre se debate entre el amor por su hija y la aparente vulnerabilidad de su compañera, no puede evitar sentirse abatido por el rostro de la mujer que ahora llora frente a él.

¿Cómo puede culparla? ¿Acaso no tiene razón?

Kurt Ackerman es demasiado cándido para ver ápices de iniquidad en sus seres queridos. Y esta vez, Traute no será la excepción.

Entonces acalla la voz de su conciencia, esa que le dice, muy en su interior, que su hija no es culpable de nada. Porque su esposa está llorando; mírenla. Sólo es una víctima de las circunstancias.

—No debiste decir eso, Traute.

—No debí decir ¿qué? ¿De qué diablos me estás hablando? —las palabras entrecortadas de la mujer son como dagas en el corazón de su marido. Armin, que escucha todo en el corredor por fuera del comedor, lucha contra sí mismo y contra la rabia que hace temblar sus manos. Desea devolver el tiempo y evitar sentarse en aquella mesa; devolver el tiempo y evitar que Sasha vaya a la cocina y así poder protegerla… O aún mejor: devolver el tiempo y no haber regresado jamás. Y cuando un par de gotas saladas caen al suelo, sabe que es el grito de impotencia de su alma en forma líquida, y que el temblor de su cuerpo no es más que la rebelión silenciosa de su ser ante aquello que no puede cambiar.

—No debiste decirle eso a Sasha. Es una niña y la lastimaste. Es mi sobrina, Traute. Sabes que nunca he hecho diferencias entre ella y Mikasa —pronuncia el señor Ackerman en voz baja. Armin sabe que, al igual que él, Kurt reza porque los Blouse no hayan escuchado nada de lo sucedido en el comedor.

—¡No lo puedo creer! —el llanto de Traute crece exageradamente. Las paredes parecen rasgarse también al guardar en ellas sus gritos— Ahora te pones de parte de la hija de la servidumbre. No es posible —solloza—. No es posible que mi propio esposo me haga esto. ¿Cómo puedo confiar en ti, Kurt, si jamás me apoyas?

—Pero, cariño…

—No. No lo digas. Nada cambiará que me has herido. Me marcho. No quiero verte el resto de la noche.

Pisadas poderosas se acercan al corredor, y cuando Armin alza el rostro, Traute se aleja, camino al gran salón que la llevará al vestíbulo. El señor Ackerman corre tras ella, pero se detiene bajo la mirada inquisidora de Armin, que lo juzga en silencio. Cuando reacciona y sus pies lo llevan hasta el porche de la casa, es demasiado tarde: su esposa se ha marchado en su automóvil, y las rejas de la mansión pueden escucharse al abrirse y cerrarse, indicando su partida. Desesperado, Kurt se lleva las manos a la cabeza y se pregunta qué es lo que ha hecho mal, pues el mundo ha caído sobre él en tan sólo una noche.

No importa cuántas luces iluminen su extensa morada, la oscuridad se ha prendido de él, y no sabe cómo deshacerse de ella.


—Creo… que me marcharé.

Cuando Eren habla, los ojos de Armin caen sobre él. Antes de responder, el chico rubio seca de su rostro los últimos restos líquidos de tristeza y camina hacia él saliendo de su escondite en un rincón del gran salón, peinando su cabello con una mano.

—Lamento mucho que hayas tenido que presenciar todo esto. Lamento que tengas que irte sin despedirte de mi tío.

Eren sonríe con tristeza.

—No sé qué decir, bro. Sólo quiero que sepas que no juzgo nada de lo que ví. Supongo que… cada familia tiene sus propios problemas. Esta no es la excepción.

—Claro que no.

Ambos suspiran. Por los dos segundos que transcurren en silencio, Eren decide extenderle la mano y, aunque Armin duda, la estrecha al final.

—Gracias por todo…

—Armin.

—Armin. Lo siento. Lo olvidé.

—No es nada. Siento mucho que todo se haya ido a la mierda justo hoy. Tuvimos una cena de mierda.

—Vale, no todo. Una parte de la comida estuvo bien. La gelatina estuvo bien.

—¿Gelatina? —Armin analiza por un segundo, olvidando su permanente pena— Oh. Te refieres al caviar.

Eren palidece ligeramente. No tiene idea de qué le está hablando este chico rico con ojos de Bambi.

—Oookay. Creo que era eso —responde, mirando su reloj de pulso—. ¿Sabes dónde encontrar en esta ciudad buenas hamburguesas? Me urge una.

Armin sonríe de soslayo cuando lo ve tocarse el vientre y torcer la cara. Su hambre es evidente. Entonces abre la boca, a punto de sugerir un restaurante de los que está acostumbrado a frecuentar, pero algo le dice que Eren no es ese tipo de persona.

—Burger King. A quince minutos de aquí.

—Gracias —Eren le sonríe amistosamente y antes de marcharse, mira hacia el segundo piso desde el vestíbulo, murmurando algo para sí mismo—. Armin, cuida a tus chicas. Te necesitan.

—Lo sé —responde Armin.

—Adiós. Nos vemos.

—Nos vemos.

Y sus caminos se separan. El muchacho rubio con ojos de Bambi sube las escaleras, y Eren se ríe para sus adentros, pensando que Armin tiene el prototipo de un joven padawan, uno que muy seguramente habría cortado la cabeza de Traute con su espada láser, aunque esto sea sólo una invención extraña de su gran imaginación. No es momento para reír, pero al menos acaba de conocer a un tipo agradable, y está a punto de llenar su estómago, por fin, con una muy anhelada hamburguesa.

Antes de abandonar la casa Ackerman, su móvil vibra con un mensaje de texto. Es Carla. Y el muchacho se siente aliviado, como si las palabras de su madre trajeran consigo el sosiego que había estado esperando.

Sin embargo, la puerta principal se abre antes de que él la alcance, y la figura que cruza el umbral lo congela a medio camino.

Eren ha visto el fantasma de su padre.


N.A: Ahora que han finalizado ambas partes de un mismo capítulo, me gustaría aclarar que el título hace referencia a la introducción de los distintos conflictos familiares. Lucifer, el diablo, no es Eren, sino la descomposición del núcleo familiar y las relaciones personales y la disfuncionalidad de éstos que, sin vergüenzas, se hacen notorias ante la presencia de un visitante. Aclarado esto, me despido agradeciéndoles por seguir leyendo y por dejar sus reviews. Nos vemos en el próximo capítulo.