"Más cuerdo es quien acepta su propia locura" — Edgar Allan Poe
Capítulo V
Mi encuentro con Lucifer
Es un fantasma.
Los sentidos de Eren se congelan sobre la figura que invade el vestíbulo. No puede ser. Su padre está muerto. ¿Cómo demonios podría existir sobre la faz de la tierra alguien que se parezca tanto a él? Papá no tiene ningún hermano, no que él lo sepa. Si él tuviese un tío, lo sabría, ¿no es así? Ese tipo de información jamás se pasa por alto. Aquel hombre de barba rubia y anteojos se acerca cada vez más a él, congelándose, también. Parece haber visto un espectro en el chico inmóvil en medio de la estancia.
Tic-toc.
El reloj marca las 10:00 p.m, y Eren traga saliva. Una gota de sudor frío se desliza por su sien, y retrocede, casi trastabillando, cuando el hombre barbudo se acerca a él.
Y de un momento a otro, sin preverlo, se siente envuelto entre los brazos de este desconocido, permaneciendo inmóvil, desconcertado y confundido ante el espectro de su padre. Con la única diferencia de que este hombre no es un espectro, sino uno de carne y hueso.
—¿Huh?
Un gemido de sorpresa es lo único que la garganta de Eren puede emitir, tras eternos segundos de permanecer inamovible, encerrado en el abrazo del fantasma. Aquel extraño se aleja de él, notando su aparente indiferencia y, tomándolo de los hombros, lo mira a los ojos; es entonces cuando el muchacho se percata de que está equivocado.
Este hombre es…
—¿Sabes quién soy? —pregunta el extraño, pero no obtiene respuesta. Entonces ríe, con los ojos humedecidos por algo que parece emoción y nostalgia, y libera sus hombros— Lo lamento, es que he esperado mucho tiempo por conocerte.
—¿Tú? ¿A mí? —la voz de Eren se escapa en un hilo, sin la suficiente fuerza para resonar en todo el lugar. Miles de interrogantes deambulan entre sus sesos sin descanso, y él, impaciente, espera por una explicación lógica a esta locura.
—Hijo, ya llegaste.
Aquella tercera voz infunde una calma temporal en Eren, pues Kurt Ackerman acaba de volver al vestíbulo después de ser informado sobre la llegada de este individuo por uno de sus empleados. Eren aguarda, ansioso, mientras Kurt se acerca a ambos. Una parte de su cerebro se pregunta, inconscientemente, cómo se siente su jefe tras el incidente del comedor.
—Hola, Kurt.
—Oh. Veo que ya conociste a Eren —el muchacho no habla. El extraño asiente. Kurt se detiene junto a ambos, manos en los bolsillos, semblante rígido.
—Creo que no me reconoce, Kurt.
—Señor —esta vez, Eren se atreve a pronunciar palabra—, ¿podría decirme qué ocurre?
Hay silencio. Uno muy breve. El señor Ackerman rasca la punta de la nariz con su pulgar para volver a esconder la mano en su bolsillo, y sus ojos ambarinos caen sobre el muchacho. Lo que saldrá de su boca será algo que Eren tardará mucho tiempo en asimilar.
—Eren, él es Zeke —otra pausa. El muchacho y el extraño se miran, y Kurt habla de nuevo—. Tu hermano.
A pesar de las luces que iluminan el vestíbulo, todo oscurece tras los párpados de Eren Jaeger.
La mano de Armin se detiene. Por alguna razón en particular, la baja, antes de llegar a tocar la puerta de la habitación de Mikasa.
Escucha murmullos dentro, aunque muy tenues. Es probable que sean las chicas, sollozando. Ha intentado abrir la puerta, pero ésta está asegurada desde adentro, impidiendo la entrada. Y él, consciente, comprensivo, desiste, apoyando su espalda en la pared hasta que el peso de la tristeza lo deslice al suelo, en donde cae sentado, derrotado. Armin permanece allí, fuera del dormitorio, con las manos en la cabeza, ahogándose en su frustración.
Del otro lado de la puerta, Mikasa sostiene con fuerza la mano de Sasha. Su mejor amiga no puede contener las lágrimas, pero ella decide no llorar. Porque debe ser fuerte, porque no está dispuesta a perder de nuevo contra Traute; porque no regresó siendo una niña, y porque su orgullo es más fuerte que sí misma.
Todo esto mientras Sasha llora. Con las manos en el rostro, con espasmos involuntarios de su cuerpo que Mikasa no detiene; simplemente permanece junto a ella, en silencio, inamovible como faro en medio de la densa niebla.
Pero, ¿por qué llora Sasha?
Porque nunca esperó que Nikolo la tratase de esa forma.
Porque tampoco esperaba que le recordasen dos veces en una misma noche que no es más que la hija de la servidumbre; porque aunque sus padres siempre se encargaron de recordarle a dónde pertenece, la dualidad irónica de su vida, dividida entre su origen humilde y el opulente entorno que la rodea, la ha convertido en un globo que deambula, en un forastero sin tierra que vaga para encontrar su propia identidad. Por eso llora. Porque de niña tenía que mentir para encajar, porque cuando la mentira era descubierta, seguían las burlas y las risas; porque se arrepiente de haber negado sus orígenes y a sus padres más de una vez, porque desea desaparecer…
Porque no es nadie.
Si Armin y Mikasa pudiesen leer sus pensamientos, la reprenderían duramente por pensar así de sí misma.
Y cuando su mejor amiga deja de llorar, Mikasa suspira, llena de ira, pero también de serenidad; toma su largo cabello negro en un moño, intentando inútilmente evitar aquel mechón que se siempre se escapa entre sus ojos como una oscura cascada. Sasha se seca las lágrimas con los dedos, alza el rostro y resopla, antes de que el llanto corte sus palabras.
—Mikasa, lo lamento mucho…
La chica de cabellos oscuros se gira con indignación hacia ella.
—Lamentas mucho, ¿qué?
Los pulmones de Sasha se llenan de aire.
—Todo. Lo siento mucho. Nada de eso habría pasado si yo me hubiese ido a la cocina con mamá. Mi lugar no estaba en la mesa con ustedes, sino con ella. Debí hacerle caso a tu madre; soy una tonta. De haberle hecho caso, habría evitado todo lo que pasó…
Cuando Mikasa jadea, el discurso de Sasha se detiene. Su amiga está enfurecida: puede verlo en sus ojos grises, que parecen condensarse en medio de su ira.
—Sasha, debes saber dos cosas acerca de esta noche —replica Mikasa, con las manos cerradas en puños—. La primera es que no eres culpable de nada de lo que haya ocurrido en esa mesa. La segunda, y que debe aclararse de una vez por todas: Traute no es mi maldita madre.
El silencio domina la habitación una vez que Mikasa concluye, dirigiendo sus pisadas hacia el cuarto de baño. Sasha la ve encerrarse allí por lo que parece una eternidad, inquieta, preguntándose por qué su mejor amiga tarda tanto en salir. Sólo escucha el agua de la tina correr, y se preocupa; sin embargo, decide que es mejor no molestarla.
Al mismo tiempo, tras abrir la llave, Mikasa toma las tijeras, de pie frente al espejo. Se apoya en el borde del lavamanos y, valientemente decidida, comienza a cortar los hilos que, de forma simbólica, la atan con su pasado. Hilos tan negros como la noche, hilos que Traute y su padre tocaron alguna vez y de los que ahora debe deshacerse. Su largo y precioso cabello pintado de penumbra y firmamento cae con el agua, perdiéndose en el desagüe, a medida que las tijeras crujen al cortar. Mikasa corta la esencia de su madre en ella, con dolor, con coraje y decepción. Corta su cabello, mechón por mechón, porque es el rito que sella su transición de niña indefensa a esa mujer que no volverá a permitir un insulto más de su madrastra. Porque aún no está dispuesta a perdonar a su padre; porque desea ser diferente. Porque la próxima vez será capaz de defender a su mejor amiga…
Porque aquellos ojos del color de la esmeralda han despertado en ella un soplo de esperanza que no sabía que guardaba. Y la chica continúa cortando, hasta que no queda nada de aquella admirable y sedosa cascada negra, hasta que su cabello apenas roza su nuca. Es entonces cuando Mikasa se mira al espejo y se ve diferente, mayor, más fuerte y decidida. Ve en su reflejo aquello que siempre ha querido ser y que no ha logrado y allí, mirándose, descubre que las lágrimas aún no han terminado de salir de sus ojos.
Entonces llora, de rabia, de miedo e incertidumbre, y se pregunta cuándo fue que su padre dejó de protegerla. Porque Kurt no lo sabe, y quizá no lo sepa nunca, pero él es el culpable de cada una de las lágrimas que se escapan del pecho de su hija.
Cuando Mikasa sale del baño, Sasha no puede creer lo que ve. Y, en medio de toda la tristeza, no puede negar que su amiga luce realmente maravillosa.
Los ojos de Eren se agitan incansablemente hacia el techo de su dormitorio. No puede conciliar el sueño, por más que lo desee, pues la noche no ha dado tregua a su descanso: el acontecimiento de la cena y, en especial, la revelación de Kurt Ackerman acerca de aquel desconocido tan parecido a su padre han puesto su mundo de cabeza. ¿Cómo es que una simple noticia sobre la existencia de un ser humano como él puede alterar tanto los cimientos de su pasado? La confianza y amor hacia su padre, hacia su madre, la admiración hacia una familia que parecía sólidamente construida, pero que en realidad era el resultado de engaños, mentiras y secretos. Se siente decepcionado… No, vacío. El vórtice de desconsuelo que gira en su interior ha hecho un abismo profundo.
Eren suspira, porque no es cualquier noticia. Es la aparición en su vida de un hermano que no conocía, de un hijo de su padre que no sabía que existía y que derriba la imagen perfecta que había en su mente sobre Grisha Jaeger, el respetable doctor que en Shiganshina era tan querido.
Respetable.
La palabra se hace ahora irónica y amargamente chistosa para el chico de ojos verdes que sigue mirando hacia el techo blanco de su habitación.
Entonces se llena de rabia, de incertidumbre, de indignación y dolor. ¿No era digno de conocer la verdad? ¿Es que Carla creyó que él nunca lo sabría? ¿Cuál era el sentido de ocultar algo tan importante como esto durante tantos años?
Eren toma su móvil y presiona el nombre de su madre. Carla jamás se tarda en responder, y esta vez no sería la excepción.
—Hola, cielo. ¿Por qué no te has ido a dormir? —pregunta mamá del otro lado. Debe estar haciendo su té a esa hora, porque puede escuchar el agua correr en el grifo y algo encenderse del otro lado de la línea. Antes de contestar, Eren resopla.
—Hola, mamá. Necesito hablar contigo.
Carla intuye que su hijo está enojado por dos cosas. La primera: su tono de voz se vuelve rasposo; la segunda: sólo le llama "mamá" si está molesto. De lo contrario la llamaría por su nombre.
—Uh… ¿Sí? ¿Qué ocurre? ¿Está todo bien contigo y con Kurt?
—¿Por qué no me dijiste nada acerca de mi hermano? ¿Tú y papá pensaron que jamás lo sabría? ¿Cuánto tiempo más tendría que esperar para que decidieras contarme algo como eso?
—Eren…
—¿Por qué debí esperar tanto tiempo?
—Eren…
—¿Por qué una persona que apenas conozco fue quien me lo dijo y no tú?
—¡Eren! ¿Podrías callarte y dejarme hablar?
Eren se detiene. Carla se ha enojado de verdad y él no se atreve a desafiarla. Cuando hay silencio, la mujer continúa.
—Fuí yo quien le pidió a Kurt que lo hiciera por mí. No me sentí capaz, y la razón por la que tu padre y yo lo ocultamos, es porque creímos que estabas a salvo sin saberlo.
—¿A salvo? —pregunta Eren, indignado. Del otro lado del teléfono, Carla suspira.
—Ahora que lo sabes, mi cielo, déjame contarte un par de cosas.
La cabeza y los pensamientos de Eren no dejarán de dar vueltas aquella noche.
En la soledad y oscuridad de su habitación, de nuevo mirando hacia el techo blanco e impoluto, el muchacho se pregunta si es la primera persona en enterarse que su madre fue la segunda mujer en la vida de un hombre que nunca se divorció de su primera esposa.
Se pregunta si es la primera persona en enterarse que tiene un hermano mayor, producto del primer matrimonio de su padre y quien, a diferencia de él, sí sabía de su existencia, aguardando durante mucho tiempo el momento exacto para conocerlo. Ahora comprende los largos viajes, las extensas ausencias de papá en casa y la razón por la que, a pesar de ser un hombre pudiente, Grisha los dejó a él y a Carla en completo desamparo.
Dina Jaeger.
Es el nombre de la primera esposa de papá. La mujer que se valió de todos los medios e influencias para no compartir los bienes del doctor al morir él; la mujer que se negó a darle el divorcio a su marido cuando éste se lo pidió, tras haberse enamorado de Carla en uno de sus viajes a Shiganshina, en un intento por escapar de un matrimonio árido y ya sin sentido. La misma mujer que prohibió a su hijo tener cualquier contacto con aquel hermano menor que tanto anhelaba conocer y que vivía ahogada en su propia rabia, desde que supo que, un día, Grisha Jaeger dejó de amarla.
Es 25 de julio.
Las calles de Mitras, la capital, se han inundado de manifestantes. Eren se mueve entre ellos intentando llegar a la única estación de metro disponible, mientras escucha los alaridos de la multitud que protesta contra el gobierno del presidente Reiss. Es casi imposible caminar en medio de todas esas personas, y el muchacho debe llegar en menos de una hora a la mansión Ackerman. No lo niega: le gustaría unirse a aquella exigente y ruidosa turba y a su causa, pero no tiene tiempo para ello. Hoy trabajará en casa de su jefe, pues las revueltas sociales han hecho que las oficinas de Motores Ackerman permanezcan cerradas. Es viernes, y al llegar al fin a la estación, suspira mirando su reloj de pulso: atravesar la turba le ha costado media maldita hora.
Atravesar casi toda la ciudad en metro, le tomará, sin duda, media hora más.
—Oye, niño.
Salir del metro ha sido toda una odisea. Pero las calles, por fin, están deshabitadas y puede caminar con tranquilidad. Es por eso que el muchacho mira hacia todos lados con desconfianza, preguntándose si en realidad es a él a quien llaman. Curiosamente, no hay ningún niño cerca o, al menos, ninguna persona joven a su alrededor.
De hecho, en su camino hacia la mansión Ackerman, no hay un alma viviente en toda la calle, a excepción de él. Sólo un hombre extraño con barba de chivo, que saca la cara por la ventana de su automóvil.
—¿Eres sordo, mocoso?
Eren se detiene con recelo, alejándose del borde de la vereda.
—¿Qué quiere? —pronuncia Eren con hostilidad, frunciendo el entrecejo en una expresión defensiva. El viejo del automóvil deja salir una carcajada.
—Trabajas para mi hermano, ¿no es así?
—¿Huh?
El viejo detiene el automóvil, esperando que Eren se detenga, también. Un rictus de ligera indignación se dibuja en su rostro casi arrugado.
—Soy Kenny Ackerman, mocoso. Sube al auto. Voy camino a casa de mi hermano, te llevaré.
El chico frunce el entrecejo con desconfianza. Cualquiera podría hacerse pasar por familiar de Kurt Ackerman, siendo tan famoso. Aunque no puede negar ciertas cosas que hacen creíble el parentesco revelado del viejo con Kurt: su lujoso vehículo, la ruta en la que conduce, y una que otra expresión facial que lo asemejan al magnate automotriz. Aunque, si Eren pudiese comparar, Kurt sería algo así como un ángel, y ese tal Kenny sería el mismísimo diablo en persona.
—Gracias, pero caminaré.
Kenny ríe, marcando las arrugas alrededor de sus ojos.
—Hay casi dos kilómetros de camino desde aquí a la casa, niño. ¿Estás seguro que no quieres subir?
Jódase, viejo metiche.
—Estoy seguro.
De vez en cuando, Eren es capaz de mantener sus pensamientos en su mente.
De vez en cuando desearía no hacerlo.
Aquí viene de nuevo, aquella risita odiosa e inolvidable que el viejo deja escapar y que resuena en los oídos del muchacho. La presencia de aquel individuo con pinta de gángster de los años 80 es terriblemente irritante.
—Qué tonto eres —la risa, de nuevo. Los dientes de Eren chirrían—. Nos vemos allá, mocoso.
Y con esto, el automóvil acelera y se pierde en la lejanía.
Sí. Son casi dos kilómetros, pero Eren tiene piernas para recorrerlos.
Maldita sea. Debe comprar un auto, lo jura. No existe una sola ruta de transporte público capaz de llegar al área norte de la ciudad, y la estación más cercana de metro se encuentra a, bueno, el viejo de risa estrepitosa ya lo dijo, a dos kilómetros de la mansión Ackerman. Es una locura. ¿Acaso las protestas sociales no podían esperar al fin de semana? ¿Debía ser justamente hoy, día laboral?
Cuando Eren pisa los enormes portones de la mansión, está sudado y cansado. Ha caminado durante 22 minutos sin parar, y maldice para sus adentros a toda esa gente ricachona.
Las enormes rejas negras se abren de forma automática y él atraviesa el bulevar hasta el porche de la casa. Toca el timbre un par de veces hasta que alguien abre la puerta y una cabeza de cabello negro muy corto se asoma en el umbral.
—Wow —es lo primero que se escapa de la boca del muchacho. La chica frente a él abre la puerta por completo. De su cuello cuelgan los audífonos que, al parecer, estaba a punto de poner sobre sus oídos.
—¿Wow?
La voz de la hija de Kurt Ackerman lo hace flotar por un instante. Aún no puede reaccionar. Parece… embelesado en la belleza de la chica.
—Te… cortaste el cabello… Luces bien.
Pero ¿qué tonterías estás diciendo, Eren? ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué le haces cumplidos a una mujer que apenas conoces?
Mikasa se sonroja, pero no puede esconder el rostro por más que lo intente. Eren ladea la cabeza, lamentándose por su imprudencia.
—Lo siento…
Eres un idiota, Eren.
—No es nada… Gracias —él no responde. Y tampoco se mueve. Por un momento, el silencio de ambos es como un hilo tenso en el aire—. Y bien, ¿no vas a entrar?
En verdad, eres idiota, Eren.
Y así, el muchacho atraviesa el umbral. Una parte de su cerebro se flagela por su estupidez, y la otra se pregunta por qué fue Mikasa quien abrió la puerta y no alguien de la servidumbre. Eso habría sido menos incómodo.
—Iba bajando las escaleras cuando escuché el timbre —explica ella, como si le leyese el pensamiento—. Mi papá está en su oficina.
Durante los escasos segundos que han cruzado palabra, ella intenta esconder su mirada del recién llegado. Él lo nota. No es difícil imaginar la razón. Los ojos grises se han refugiado en la pantalla de su móvil, y Eren sigue el movimiento de sus manos cuando ella vuelve a subir sus audífonos de diadema de su cuello a su cabeza.
—Gracias —responde él, antes de que ella ya no pueda escucharlo a causa de la música. El volumen es tan alto que puede escucharse por fuera de la diadema. La ve cerrar la puerta tras él, rozándole el hombro, haciéndolo percibir un almizcle cautivador y sutil. Debe ser su perfume. De nuevo, Eren se siente flotar por un eterno segundo. Pero debe volver a la realidad de inmediato—. Deberías tener cuidado con eso —menciona, señalando los auriculares con su dedo índice.
—¿Huh? —es todo lo que ella dice, levantando su vista hacia él. Ya no puede escucharlo, así que debe volver a alejar los audífonos de sus oídos.
—Creo que el volumen de la música que escuchas puede dañar tu audición.
Por primera vez, ella le sonríe.
No, no, no, no. ¡No! Eren, ¡mantén los pies en el suelo!
Es una sonrisa muy leve, apenas perceptible, pero sonrisa de todas formas.
—Creo que no puedo evitarlo —se excusa la chica—. Te llevaré al estudio si no sabes dónde está…
—No es necesario. Sé dónde está.
—Oh. Bien. En ese caso, nos vemos —se despide, dejando aquel aroma dulce en el aire. La luz que entra por las ventanas se refleja en los ojos grises, creando dos lagunas argénteas que se esconden en cada parpadeo y que parecen succionar el más mínimo pensamiento. La forma en que humedece sus labios parece hablar del trino de un pájaro, y el sosiego de su voz lo arrulla como la nana cantada a un recién nacido.
¿Cómo puede existir tal divinidad en un solo ser humano?
Eren está perdiendo la cabeza.
Por una fracción de segundo, la idea de alejarse de ella se le hace insoportable. Y es tan efímero que ni siquiera él mismo lo nota. Tiene la necesidad de detenerla.
—Mikasa.
Ella se detiene.
—¿Sí?
Silencio. Dos segundos de infinito silencio. Pero ella espera.
—Yo… quería disculparme contigo por lo de… la otra noche.
—¿Disculparte? —la voz de la chica habla de incredulidad, de indignación, incluso. La ligera serenidad de su rostro impasible ha desaparecido ya a causa del recuerdo— ¿Disculparte por qué?
—Bueno… Nada de lo que pasó fue justo…
—Oh… No es nada —responde ella, sin ninguna expresión en el rostro—. Creo que a Traute le encanta lucirse. Es lo que mejor se le da, y yo ya debería estar acostumbrada. Aunque… Claro está, no contaba con el desenlace tan pintoresco de la cena.
El tono en la voz de Mikasa es amargo e irónico. Eren suspira, casi con vergüenza.
—Eso fue completamente injusto —se atreve a replicar él, con las manos en los bolsillos de su pantalón. Mikasa se encoge de hombros.
—Hay cosas que son simplemente inevitables. Pero frente a un extraño, la situación es aún peor.
—No deberías preocuparte por mí. Yo fui testigo de lo que pasó y… Además, estoy de tu lado.
Ella sonríe una vez más frente a él, y es como presenciar el esplendor del alba al despuntar. Es una sonrisa sutil, pero genuina.
—Gracias, supongo. Pero eso no se repetirá. Volveré a Hizuru y todo será como antes.
Eren traga saliva. Desea con fervor que la desilusión causada por la noticia no se note en su rostro.
—Bien… —pronuncia Eren, aclarándose la garganta— Si eso es lo mejor para ti, que así sea. Pero… dejarás sola a tu… prima.
—¿Sasha?
—Sí. Ella.
Mikasa suspira, mordiéndose el labio inferior nerviosamente. Este gesto enciende una pequeña llama al interior del muchacho, cierta fascinación que lo lleva a calificar aquella expresión facial como "muy sexy".
Pero no es hora de pensar en eso, Eren.
—Sasha sería la única razón por la que me quedaría en este lugar.
Eren está tentado a decirle que se quede, que no debe marcharse. Pero él no es tan imprudente.
—Entonces… debes pensar muy bien las cosas antes de hacerlas.
—Tienes razón. Ahora me voy —antes de encender la música definitivamente, los auriculares vuelven a las orejas de la chica. Con un gesto le indica a una de sus criadas que se acerque, antes de avanzar hacia el corredor—. Nifa, tráele algo de tomar a la visita, ¿sí? Debe tener sed.
—Como usted ordene, señorita —responde la criada, inclinando levemente la cabeza. Eren está a punto de decir algo, pero la chica de cabellos oscuros habla de nuevo.
—Adiós, Eren.
Desprevenido, el muchacho asiente. Y no puede negarlo: la despedida es sutilmente dolorosa. Tal vez esta sea la última vez que la vea.
—Adiós, Mikasa.
Y al perderla de vista, Eren hace su siguiente parada en el despacho de Kurt Ackerman.
—Por fin llegaste, hijo. Déjame presentarte a mi hermano, Kenny.
La voz repentina de Kurt lo hace levantar la cabeza. Acaba de cruzar el umbral del estudio y lo primero que sus ojos encuentran al alzar la vista es la espalda enjuta de un hombre entrado en años, con un sombrero en la cabeza…
El mismo sombrero que…
El viejo del sombrero se da vuelta, al mismo tiempo que el señor Ackerman camina hacia él, invitándolo a seguir. Por puro instinto, Eren traga saliva, como si hubiese visto al mismísimo Lucifer. Aunque, si tuviese que comparar al diablo con un ser humano, sería con aquel hombre, ese anciano con sonrisa maquiavélica, expresión ladina y ojos de gato. Puede reconocerlo, porque es el mismo viejo que lo interceptó en la carretera unos minutos atrás.
Entonces era cierto lo que decía.
Y para regodearse, el viejo deja salir una carcajada, recibiendo a Eren con unas sonoras palmadas en la espalda en cuanto él se acerca al escritorio.
—¿Lo ves, muchacho? —pronuncia Kenny, con voz resonante— Y no quisiste dejar que te trajera hasta aquí.
—Entonces, ¿ya se conocían? —Kurt se nota interesado en la declaración de su hermano. Una vez más, Eren es interrumpido antes de poder responder.
—Lo ví en la calle y se me hizo conocido. Así que le ofrecí traerlo en mi automóvil, pero no quiso subirse. Un poco desconfiado, este chico.
Más risas. Eren se siente incómodo, pero debe sonreír. Kenny Ackerman es irritantemente kinestésico.
—Eren es un muchacho precavido, y eso me agrada —responde Kurt, para luego dirigirse al más joven—. Eren, Kenny. Kenny, Eren.
Las manos se estrechan. Como un viejo y extraño amigo, Kenny encierra al muchacho entre sus brazos mientras deja escapar una risa socarrona que retumba en los oídos de Eren, quien intenta liberarse al instante. No es un abrazo agradable ni esperado. Es como ser atrapado en una prisión con olor a madera. Porque, en efecto, Kenny Ackerman tiene un extraño olor a madera. Al apartarse, la estruendosa risa aumenta, contagiando a Kurt. Es el chico el único que no los sigue. Se siente avergonzado, en parte.
—Gusto en conocerlo, señor. No sabía que usted era…
—El hermano de Kurt Ackerman. Te lo dije, mocoso. Pero no quisiste creerme.
—Eren, puedes confiar plenamente en mi hermano —interviene Kurt, con rostro afable—. A este hombre le confiaría mi vida sin dudarlo. De hecho, creo que es mejor si vuelves a casa con él más tarde. Las protestas en la ciudad van a continuar, y no estarás seguro si vas solo.
—Pero, señor, no es necesario… —las negativas de Eren son inútiles. Kurt ladea la cabeza con insistencia, rápidamente.
—Me preocuparía mucho dejarte ir solo, hijo. Las calles son peligrosas hoy —persiste el señor Ackerman, con una palmada en su hombro. El muchacho suspira y asiente.
—Está bien, señor. Así será.
Kurt y Kenny parecen satisfechos. Y aunque se siente intimidado por la figura alta, enjuta e imponente que es Kenny Ackerman, Eren guarda la compostura, sintiéndose aliviado cuando las manos de ambos hombres se alejan de sus hombros por fin.
—Bien, a trabajar. No nos queda mucho tiempo por hoy.
No importa cuán amable se muestre Kenny, Eren siempre tendrá la sensación de que este hombre extraño se trae algo entre manos.
Lisa Braus camina hacia el patio. Cuando la brisa le agita el cabello y los rayos de sol se reflejan en sus ojos, parece una copia madura de Sasha. Mikasa, que descansa tomando el sol en una de las sillas playeras junto a la piscina, piensa que es su mejor amiga al verla aproximándose, hasta que se percata de las ligeras líneas de expresión en la cara de la mujer y de las canas de su cabello recogido en un moño. Sus lentes de sol suben a su cabeza para verla mejor, apartando los auriculares de sus oídos, y su mano golpea la base de la silla mientras le hace un espacio a su lado.
—Hola, Tita —le saluda la chica. Lisa le sonríe tan dulcemente como siempre, accediendo a sentarse junto a ella.
—Hola, mi niña. ¿Qué haces aquí tan sola? —la mujer desliza su mano sobre el cabello de la muchacha, y Mikasa cierra los ojos ante la sensación. Lisa nunca perderá esa tierna costumbre de apartar el rebelde mechón de cabello oscuro que cae eternamente entre los ojos de la niña que ha criado.
—No lo sé —responde Mikasa, encogiéndose de hombros—. Armin no está. Sasha tampoco, y no tengo nada que hacer.
—Me agrada que descanses, que tengas un rato de ocio mientras no lo invites a quedarse para siempre —la mujer ríe, contagiando ligeramente a la chica. Los ojos de Lisa destellan calidez, como los de una madre orgullosa
—¿Ya te dije que te luce ese corte de cabello?
—No. No lo habías mencionado.
—Entonces lo digo ahora: te ves preciosa, mi hija. Aunque no comprendo por qué cortaste ese cabello tan precioso que te dejó tu madre.
—No lo sé, Tita. Creo que fue… —Mikasa vuelve a encogerse de hombros— Simplemente tuve ganas.
—Está bien. Hay algo que quiero decirte, mi niña.
—¿Sí?
Lisa suspira.
—Sé que no te llevas bien con la señora Traute, pero…
—Tita, no me la menciones, ¿sí? Si viniste a hablarme de ella, es mejor que…
—Mikasa, lo sé. Lo sé mejor que nadie. Pero lo que vine a decirte es que vayas al comedor y comas algo. Es cierto, ella me ordenó que te diga que vayas a la mesa y comas con ella. Pero no lo hagas por esa mujer. Hazlo por ti, por tu padre. Desde que llegaste no has comido bien; no tocas tus platos, y escasamente vas a la cocina por un sándwich. Sé que Traute no es la mejor persona del mundo, pero ordenó cocinar especialmente para ti, porque ella también ha visto que no comes nada, y eso nos preocupa.
Mikasa rueda los ojos.
—¿A Traute le preocupa que yo no coma? ¿A Traute?
—Sí, niña. Así es. Y tú no irás a ese comedor por ella ni por nadie. Lo harás por ti misma, ¿de acuerdo?
—No, no…
—Anda, vamos, hijita. Vamos a ese comedor y come algo. Vas a quedar en los huesos si sigues así, sin comer y dejando que Sasha se coma todo lo que dejas en tu plato —en este punto, Lisa toca la costilla de Mikasa con su dedo índice, haciéndola reír por un instante—. Hazlo por mí. Le pedí al chef que hiciera esas pastas con camarones y salsa que tanto te gustan, y flan y waffles de postre. ¿Vas a dejar todo eso?
—Pero, ¿por qué debo ir si Traute está allí? ¿Por qué con ella?
—Porque ella quiere comer contigo y me dijo que viniera a buscarte.
—Tita, no voy a ir. Si tú quieres que coma, puedes traerlo aquí. Pero no iré con esa mujer.
—Esa mujer es tu madre, quieras o no.
—Ella no es mi madre. Mamá murió hace muchos años. Traute es la esposa de mi papá, para mi desgracia.
—Está bien, está bien. Sea lo que sea, ve al comedor, Mikasa. No cenaste ayer, no desayunaste hoy. Si sigues así, hablaré con Kurt sobre esto, y yo me enojaré contigo.
—Pero, Tita…
—Anda, mi niña. Ve a comer. Prometo que le diré al chef que prepare flan de postre toda la semana.
La oferta es tan tentadora que Mikasa no puede negarse. Entonces inhala, resopla, y dejando las gafas de sol sobre la silla, se pone en pie, seguida de Lisa.
—¿En verdad tengo que ir? —pregunta la chica, con los hombros caídos. Lisa asiente con insistencia.
—Yo iré contigo. Te dejaré en la entrada del comedor, como cuando eras niña y los dejaba a ti, a Armin y a Sasha en la entrada de la escuela. ¿Te acuerdas?
Mikasa sonríe ligeramente. La mujer desliza su dedo índice sobre la mejilla de la muchacha.
—Está bien. Pero ya no soy una niña, Tita.
—Como si lo fueras. Anda, vamos.
Lisa aguarda hasta que la chica se ha adelantado. Ambas caminan a paso lento hasta el comedor donde Traute aguarda, desdeñando la presencia del ama de llaves, que no duda en retirarse antes de que aquella mujer lo ordene. Le indica a Mikasa que tome asiento junto a ella y la chica camina, a regañadientes, con pies de plomo, con ánimos tan oscuros como la conciencia de su madrastra.
—Ven aquí, mi cielo —le llama—. Ven con mamá.
La voz es fría, distante para Mikasa. Ella avanza a pesar de sí misma, y cuando está junto a Traute, siente los brazos de la mujer cerrarse a su alrededor como una prisión.
—¿Qué es todo esto?
—¿Huh? Soy tu madre, cariño. Y hoy quiero comer contigo. Le ordené al chef que preparara tu plato favorito. Pero ¿qué te parece si pasamos al postre de inmediato? —ante la idea de Traute, Mikasa se encoge de hombros con indiferencia, y la mujer ríe entre dientes— ¿Aún comes los waffles con mantequilla de maní y fresa encima?
Sin más remedio, la chica responde.
—Con mermelada de arándanos sería mejor.
—Eso está perfecto. ¡Nifa! —grita Traute a su mucama, quien se acerca enseguida.
—¿Señora?
—Dile al chef que traiga esos waffles con mermelada de arándanos que a mi hija tanto le gustan.
—De inmediato, señora.
La empleada se marcha. Traute no parece querer dejar ir a Mikasa.
—Hoy me dedicaré a ti, cariño. Será un día de madre e hija, como debimos hacerlo hace tiempo.
Aunque la muchacha se tarda en responder, lo hace de todas formas.
—¿Algo en especial?
—¿Tiene que haber algo especial para pasar un día con mi querida hija? No. Hemos estado muchos años separadas, nena, y no sabes cuánto te he extrañado —responde la mujer, tomándola de la mano. Mikasa se estremece ligeramente y sus dientes rechinan, pero sabe que es inútil intentar evadirla.
—Sí. Supongo que una bofetada es una buena forma de demostrarlo.
Traute besa el cabello de su hijastra y exhala al mismo tiempo. Su abrazo es asfixiante, constrictor.
—Mi niña, no quería hacer eso, pero me obligaste. Soy tu madre y quiero lo mejor para ti. ¿Crees que fue placentero para mí hacer eso justo el día en que regresas a casa? Por supuesto que no. Pero estaba tan emocionada, tan tensa, tan agitada por verte aquí de nuevo, que las emociones se mezclaron en mí y simplemente pasó. ¿Qué madre quiere golpear a sus hijos? Ninguna. No existe una sola madre sobre la tierra que desee hacer algo así. Son simplemente… Cosas que ocurren en un instante de descontrol y que deseamos con el alma borrar de la memoria. Tú tampoco me la dejas fácil, ¿eh? Siempre has tenido esa personalidad fuerte, justo como la mía. Tal vez por eso chocamos tanto. Pero eso no significa que mamá no te ame.
En el fondo, muy en el fondo, Mikasa desea que todo aquello sea cierto. Es como un veneno dulce, como una sobredosis de fármacos que sabes bien podría matarte, pero aún así necesitas consumirla, a cambio de unos efímeros momentos de bienestar físico. Cuando lo desea, Traute es como una madre amorosa, como la madre primeriza que acuna a su recién nacido y lo amamanta, haciéndole sentir protegido. Pero todo en ella es falso, todo, desde la punta de sus cabellos hasta la punta de sus pies, Traute destila falsedad.
Pero Mikasa quiere creer. Lo anhela con toda su alma. Muy en el fondo, desea que todo lo que esta mujer dice sentir sea real.
Tal vez, por eso papá la ama tanto. Porque es real.
Tal vez, todo sea su culpa, y Traute simplemente desea ser una madre de verdad.
La chica calla, cerrando los ojos, aferrándose a ese rayo de amor que es tan frágil como una burbuja. A las manos que la acarician y a los labios que se presionan contra la negrura de su cabello. A las caricias falsas de una madre falsa. A ese perdón que Traute nunca pronunciará, porque ha sido culpa de Mikasa.
Y aunque no le devuelve el abrazo, la muchacha se refugia en ella como una niña pequeña, mientras Lisa la observa desde lejos, lamentando con gran dolor la noche en que Kyoko Ackerman abandonó este mundo, dejando a su hija a merced del inclemente destino.
A las 9 de la noche, la avenida principal está despejada. De automóviles, al menos, porque la turba incivil ha dejado un rastro de basura a lo largo del asfalto. Eren lo nota mientras Kenny conduce, pero no pronuncia palabra y no tiene intenciones de hacerlo. El ambiente ya es suficientemente pesado, y el hermano de Kurt Ackerman no es una compañía muy placentera.
—¿Siempre eres así de callado? ¿O es que traes ganas de cagar? Pudiste ir al baño en casa de mi hermano.
El comentario de Kenny es tan desagradable como chistoso y molesto. Otra persona se habría reído en este instante, pero Eren no está de humor. Simplemente ladea la cabeza, resoplando.
—Tengo muchas cosas en las que pensar. Eso es todo —responde el muchacho con el ceño fruncido, atando su cabello suelto en un moño improvisado. La imagen de su recién aparecido hermano mayor se dibuja de nuevo en su mente, una y otra vez, porque no puede creer su existencia. ¿Por qué su madre le ocultó algo como eso por tanto tiempo? ¿Por qué su padre nunca habló de él? ¿Qué pasó por la mente de Grisha Jaeger durante tantos años para mantener a sus hijos alejados el uno del otro? ¿Su madrastra? No, eso no es motivo suficiente. ¿Carla prohibió hablar de Zeke en casa? No. Es improbable. Eren piensa en Kurt, también, y en su amistad con Carla. En los fríos ojos de la esposa del señor Ackerman… En la hija del señor Ackerman y sus ojos grises. En Zeke, otra vez, y se pregunta cómo serán las cosas de aquí en adelante. Eren piensa. Piensa, piensa y piensa. Está harto de pensar.
Todo en un par de segundos.
—¿Huh? —jadea Kenny con la voz rasposa, encogiéndose de hombros— Como sea, ya casi llegamos, niño.
La ruta es desconocida. Eren se alarma ligeramente, porque se han alejado del camino que conduce al edificio donde se ubica su apartamento.
—Disculpe, pero esta no es la vía para llegar a mi casa.
Kenny chasquea los dientes.
—No te preocupes, niño. Pasaré a cobrar un mandado por aquí cerca y luego te llevaré a tu casa. Entonces podrás cagar con tranquilidad.
La explicación apacigua ligeramente la desconfianza que Eren carga en su interior hacia Kenny Ackerman. El viaje continúa, y casi parecen alejarse de la zona urbana, porque de repente todo lo que Eren puede ver a ambos lados de la carretera son bodegas, enormes bodegas, y más y más bodegas. Es entonces cuando su inquietud crece, y se pregunta por qué este tipo no pudo llevarlo antes a casa, tal y como le había prometido a Kurt Ackerman.
—Bájate del auto, mocoso —le ordena Kenny, abriendo apresuradamente la puerta del copiloto. Eren se encuentra desconcertado a sí mismo por varios segundos, hasta que el hombre con sombrero repite su orden de forma más exigente.
—Oiga, se supone que usted iba a llevarme a mi casa…
—Cállate y ven conmigo —el tono imperativo del viejo lo obliga a moverse, aún perturbado por el repentino e indeseado cambio de planes. Los ojos de Eren permanecen fijos en los movimientos de Kenny, quien se lleva la mano al bolsillo en busca de un cigarrillo que luego enciende y empieza a fumar. El paraje es solitario, y los muros de concreto que los rodean forman un laberinto de callejones estrechos que sólo Dios sabe a dónde van a parar. Sin embargo, este tipo de abrigo oscuro y patas de gallo en los ojos parece conocerlos muy bien, moviéndose como pez en el agua. Al muchacho no le queda más remedio que seguirlo, pues no tiene la más mínima idea de dónde se encuentra.
—¿A dónde diablos vamos?
La pregunta se desvanece en el aire, sin respuesta. Todo lo que Eren puede ver mientras sigue al hombre es su espalda, cubierta por su abrigo, y la nube de humo que va dejando a su paso. Unos segundos más, y es entonces cuando Kenny por fin pronuncia palabra. Las luces de la calle apenas pueden iluminar sus pasos con una tenue y molesta luz amarilla.
—Los mocosos de tu edad sólo tienen una cosa en la cabeza: mierda —una bocanada de humo es expulsada antes de doblar en una esquina—. Se pasan la vida pensando en idioteces, malgastando el tiempo sin nada útil en qué pensar —el camino continúa. Kenny habla sin girarse para mirar al chico, que comienza a asustarse, haciendo lo posible por ocultarlo—. Viniste aquí, a esta ciudad tan grande y enviado por tu madre. Mi hermano te dió trabajo, confianza, comodidad, ¿a cambio de qué? De nada. Porque así es Kurt, un sentimentaloide sin remedio. Apuesto a que pensó que tenía una deuda con tu madre, ¿no es así? Mi hermanito menor no podía tirarse a las sirvientas de mi cuñada sin sentir remordimiento…
La sangre de Eren comienza a hervir levemente en sus venas. Ruega con toda su alma que Kenny no esté hablando de lo que él cree que está hablando.
—¿Qué quiere decir con…
—Tú no eres un hombre aún, así que no entenderías nada de lo que digo. Pero no me extrañaría si Kurt estuviese haciendo todo esto por pagar alguna estúpida deuda moral que tiene contigo sólo por haberse tirado a tu madre mientras el doctor Jaeger iba a visitar a tu idiota hermano barbón.
—Respete a mi madre, maldito hijo de-
—¡Quieto, maldito mocoso! —antes de que Eren ateste un primer golpe, cargado de toda la rabia e indignación que le ha invadido de repente, Kenny lo bloquea, sujetando su brazo hasta torcerlo y hacerlo gemir del dolor— Eres fuerte, eso me agrada. Pero aún eres un mocoso, y hoy debes enterarte de dos cosas, niño. La primera —el viejo continúa caminando, esta vez sujetando fuertemente a su víctima—: es que todo lo que obtenemos en esta vida tiene un precio. ¿O creíste que no ibas a pagarle a Kurt los favores extras que te ha hecho al tenerte aquí?
—¡Suélteme ahora! O…
—O ¿qué? —Kenny se burla, agudizando su voz. La presión que ejerce sobre el muchacho lo obliga a dejar escapar un par de gemidos a medida que el viejo lo hace avanzar. El brazo de Eren permanece torcido en su espalda, y este demonio de hombre parece tener una fuerza infernal que disfruta liberando gramo por gramo, segundo a segundo— ¿Vas a golpearme? ¿De verdad crees que puedes hacerlo?
—¿Por qué me trae hasta aquí? ¿Por qué carajos dice esas cosas de mi madre? —Eren se las arregla para hablar en medio de su agonía. El viejo lo ignora.
—La segunda cosa que debes saber, es que hoy vas a convertirte en hombre, mocoso de mierda.
Kenny lo lanza al suelo de un empujón. El calor del asfalto quema las manos del chico, que intenta arremeter contra su agresor, pero el viejo tiene un as bajo la manga: desenfunda su arma y le apunta con ella, antes de que pueda acercarse.
—No te muevas. No te conviene —le advierte. La ira ha enceguecido a Eren y, en lugar de sentirse amedrentado por un revólver a sólo unos centímetros de su cara, espera el momento justo en que Kenny se descuide para desarmarlo.
Pero no es probable que eso ocurra.
Entonces el monólogo continúa.
—Hace mucho tiempo, mi ingenuo hermano tuvo la brillante idea de hacer negocios con la familia Reiss —mientras habla, Kenny parece alerta, como si esperase la llegada de alguien o algo—. Se lo advertí. Le dije que no debíamos mezclarnos con esos cerdos después de la muerte de mi amigo Uri, pero Kurt… —el viejo sacude la cabeza con una expresión irónica en su rostro— Bueno, el dinero hace que los ojos de Kurt brillen cuando hay muchos ceros de por medio, y esta vez fue así. Gracias a esa mala decisión, el hijo de Rod Reiss nos robó un gran cargamento, y ahora nos debe mucho, mucho dinero. Eres tú quien lo cobrará, niño. Eres perfecto para eso.
¿Negocios?
¿Cargamento?
¿Qué tiene que ver el presidente Reiss con todo esto?
En el tiempo que Eren lleva trabajando con Motores Ackerman, no ha escuchado jamás acerca de nexos comerciales entre los Ackerman y los Reiss. Entonces, ¿de qué habla este maldito viejo?
¿Hay algo que él no sepa?
—¿Y qué mierda tengo que ver en todo esto? No me pagan por cobrar dinero —la ira se cuela a través de las cuerdas vocales del muchacho, que jadea al hablar. Hay un conflicto en su cabeza, como miles de voces que no se callan y que debe silenciar mientras busca la manera de salir del problema en el que se encuentra. ¿Acaso es cierto lo que este tipo ha dicho sobre Carla? ¿Debería creerle? ¿De qué demonios estaba hablando? Desearía simplemente cerrar los ojos y aparecer en otro lugar, pero eso es imposible.
—Tienes mucho que ver. Serás tú quien se ensucie las manos cuando Urklin Reiss aparezca por aquí. Yo no puedo. Tengo mucho que perder si mato a ese hijo de puta.
—¡No mataré a nadie! —Eren se desespera y hace un intento por levantarse del suelo. Pero Kenny lo empuja con una patada.
—No tienes opción. Si no lo haces tú, te matarán a ti.
Las palabras de Kenny son concluidas con el sonido de un disparo lejano. A los ojos de Eren, todo parece una pesadilla de la que no puede despertar: el instante en que Kenny le arroja otra arma y corre a esconderse, el momento en que ve un jeep acercarse a la esquina donde él yace en el suelo, levantándose rápidamente, antes de que una bala lo alcance. La noche consume los callejones, siendo pobremente detenida por las luces amarillas. Hay dos personas en el vehículo, y una de ellas, el conductor, es asesinada por Kenny a la distancia en un abrir y cerrar de ojos. Los disparos continúan acercándose. Antes de perder el control del jeep a causa del conductor muerto, un muchacho de cabello oscuro y redondos ojos claros se lanza de este con una destreza increíble, apuntándole a la figura en el suelo.
Eren, que apenas comprende lo que pasa, vacila con el arma en la mano.
—Despídete, imbécil. Primero te mataré a ti y luego a Kenny. Sé que lo estás protegiendo.
Esta vez, Eren sí teme por su vida. El arma frente a él vuelve a cargarse, pero antes de ser disparada, es él quien da el golpe final.
Un segundo después, el cuerpo sin vida de Urklin Reiss cae junto a él, haciendo que los dientes de Eren rechinen al oír la carne golpearse contra el asfalto. La risa de Kenny puede oírse a unos metros de allí, pero el muchacho está demasiado perturbado para preocuparse por ello.
Acaba de matar al hijo mayor del presidente, y no sabe a ciencia cierta por qué, ni cómo llegó a este punto.
Un rincón de su cerebro trata de ordenar los pensamientos en cuestión de segundos: Kenny lo trajo aquí para cobrar una deuda que no quiso cobrar por sí mismo, usándolo a él para ello. Es posible que este encuentro haya estado planeado, porque el recién fallecido parecía dispuesto a matar a Kenny, encontrándose con otra persona en su lugar, tomándolo por un guardaespaldas que no iba a dudar en asesinar si eso le impedía cumplir su propósito. Fue así como Eren apretó el gatillo; de lo contrario, él sería el muerto ahora.
Su respiración se acelera pesadamente. Un aplauso cínico se aproxima a sus espaldas, mientras el chico aparta la mirada del cadáver a su lado, procesando amarga y lentamente lo que ha sucedido.
—Ahora eres un hombre.
El cuerpo de Eren tiembla. De rabia ciega. De impotencia y odio.
La voz de Kenny será un trago amargo de ahora en adelante.
—Sí —responde, girándose hacia él—. Lo soy.
Un disparo más corta el aire.
Kenny cae al suelo entre quejidos de dolor, tocando aquel punto en su pie donde la bala lo ha herido. Su sangre tiñe el suelo y se mezcla con la de Urklin Reiss. Eren lanza lejos el arma que le fue dada y corre, sin parar; corre hasta que sus pies dejan de tocar el suelo, alejándose de allí tanto como le es posible.
Eren huye en medio de la noche. Huye del lugar, de Kenny, de lo que acaba de hacer y de su propia mente, que no es más que una prisión a partir de ahora.
Eren huye, del diablo y de su propia locura.
N.A: Por fín he actualizado. Después de cinco meses. ¡Lo siento! Espero les guste este capítulo, y dejen sus reviews ;)
