Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

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La Última Hija del Mar

Poseidón sabía, que no podía ponerse celoso de que una amante suya, tuviera un novio, pero él era... distinto. Era como Hades: enamorándose de sus amantes, hasta que dolía. Él tomó el libro. —Capítulo 3: Llamada desde el Inframundo.

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El monte Tamalpais todavía está infestado de monstruos —me dijo Artemisa, mientras surcábamos el cielo, en el carro lunar—. No me atreví a acercarme, junto a las Cazadoras, pero sabemos que perdieron a Cronos y a Luke. Cuando nos acercamos nosotras, hicimos llover Flechas sobre ellos, matando a varios... a varios Semidioses y a varios monstruos. —Especificó. —Sin embargo, creemos que hay supervivientes y no sabemos cuándo puedan decidir atacar una vez más, el Campamento.

Mantener los ojos abiertos, entonces —dije. Artemisa me enseñó su sonrisa y asintió.

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—No es un mal consejo —dijo Atenea sonriente.

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Continuamos el trayecto en silencio. Dejamos atrás la luminosa ciudad, sobrevolamos la autopista y empezamos a volar sobre los campos del norte de Long Island, donde abundaban huertos, bodegas y tenderetes de productos frescos. Le conté a Arti,lo que había dicho la Empusa: lo del campamento en llamas y mis amigos apresados. Y también por qué había estallado Kelli.

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—Recuerda el nombre de la Empusa —gruñeron unas celosas Artemisa, Clarisse, Zoë, Thalía, Hylla y Reyna, haciendo que Penny tragara pesado.

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Entonces, luego de un largo viaje, aterrizamos en un bosque y para mi sorpresa, vi aparecer a Quirón. Yo suponía, que estábamos en un bosque de cacería, pues las Cazadoras aparecieron en ese momento. Pero Quirón estaba allí.

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— ¿Las Cazadoras y Quirón, en un mismo lugar? —preguntó Apolo patidifuso, preguntándose si se habían saltado alguna línea o quizás, una página entera.

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Me alegra mucho, ver que te encuentres bien, Penny —y con esas palabras, Quirón se internó en el bosque. Las ninfas se asomaron desde los árboles para mirarnos pasar. Entre la maleza se agitaron sombras enormes: los monstruos que se conservaban allí para poner a prueba a los campistas. Creía conocer muy bien aquel bosque porque en los dos últimos veranos había jugado allí a capturar la bandera, pero Quirón me llevó por un camino que no reconocí, recorrió un túnel de viejos sauces y pasó junto a una cascada hasta llegar a un gran claro alfombrado con flores silvestres.

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Las hijas de Deméter, la diosa y su hija favorita: Perséfone, sonreían ante la descripción.

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Había un montón de sátiros sentados en círculo sobre la hierba. Grover permanecía de pie, en el centro, frente a tres sátiros orondos y viejísimos que se habían aposentado en unos tronos confeccionados con rosales recortados. Nunca había visto a aquellos tres sátiros ancianos, pero supuse que serían el Consejo de Sabios Ungulados.

Grover parecía contarles una historia. Se retorcía el borde de la camiseta y desplazaba nerviosamente su peso de una pezuña a otra. No había cambiado mucho desde el invierno anterior, quizá porque los sátiros envejecen sólo la mitad de rápido que los humanos. Se le había reavivado el acné y los cuernos le habían crecido un poco, de manera que asomaban entre su pelo rizado. Advertí con sorpresa que me había vuelto más alta que él.

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—Mi mejor amiga, es más alta que yo —entristeció Grover y comenzó a lagrimear, haciendo que todos, soltaran bufidos.

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Clarisse llevaba su áspero pelo castaño recogido con un pañuelo de camuflaje. Se la veía más corpulenta que nunca, como si hubiese estado entrenando. Me lanzó una sonrisa de cariño y yo respondí con una.

Entonces, reparé en las Cazadoras y me acerqué a saludarlas, recibiendo besos en los labios, por parte de Thalía y Zoë. Luego me acerqué apenada a Clarisse, quien solo me besó y entrelazó los dedos de su mano, con la mía.

Todos veían en silencio, como Grover sacaba su flauta de juncos y comenzó una nonada, que tenía un tono musical que parecía gritar "místico", el cielo cambió, la aurora boreal apareció, para mi sorpresa y todos lanzamos gritos de asombro.

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—Genial —dijo cierto elfo latino, de nombre Leo Valdez, de quien pocos se esperarían que fuera hijo de Hefesto y más que fuera hijo de Hermes, debido a sus rasgos físicos. — ¿Los hijos de Hécate, pueden hacer eso? —Lou Blackstone, asintió sonriente.

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En el cielo nocturno, en aquella aurora boreal, apareció Grover de perfil y ante él, estaba un Sátiro más grande, alto, vestido con joyas.

Mi señor —intervino Grover—, ¡por favor, tenéis que volver conmigo! ¡Los viejos Sabios no se lo van a creer! ¡Se pondrán contentísimos! ¡Aún podéis salvar la vida salvaje!

Pan le puso la mano en la cabeza y le alborotó su pelo ensortijado. —Qué joven eres, Grover. Qué bueno y qué fiel. Creo que escogí bien.

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Deméter sonrió y se colocó de pie, mientras que Perséfone, abrazaba emocionada a Hades, quien le sonreía a su esposa y la abrazaba también.

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¿Escogisteis? —dijo él—. N.… no comprendo…

La imagen de Pan parpadeó y por un instante se convirtió en humo. Pan volvió a formarse enseguida. —He dormido durante muchos eones —explicó el dios, con aire desolado—. He tenido sueños sombríos. Me he despertado a ratos y mi vigilia cada vez ha sido más breve. Ahora nos acercamos al fin.

¿Cómo? —gritó Grover—. Pero ¡no es así! ¡Estáis aquí!

Mi querido sátiro —suspiró Pan—. Ya traté de decírselo al mundo hace dos mil años. Se lo anuncié a Lysas, un sátiro muy parecido a ti que vivía en Éfeso, y él intentó propagar la noticia. —Una vez más, suspiró, pero una sonrisa se instaló en su rostro —Es la antigua leyenda. Un marinero que pasaba junto a las costas de Efeso oyó una voz que gritaba desde la orilla: «¡Diles que el gran dios Pan ha muerto!»

¡Pero no era cierto! —estalló Grover.

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Las dos diosas de la naturaleza, presentes en el Salón del Trono, comenzaron a derramar lágrimas. Hades, Nico, Bianca y Hazel, por sus conexiones a los poderes del inframundo y los muertos, tenían expresiones sombrías.

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Los de tu especie nunca lo creyeron —admitió Pan—. Vosotros, dulces y testarudos sátiros, os negasteis a aceptar mi muerte. —Enseñó una sonrisa cariñosa, como la de un padre a su hijo. —Y os quiero por ello, pero no habéis hecho más que retrasar lo inevitable. Sólo habéis prolongado mi larga y dolorosa agonía, mi oscuro sueño crepuscular. Pero ahora debe llegar a su fin.

¡No! —protestó Grover con voz temblorosa.

Querido Grover —repuso Pan —, debes aceptar la verdad: Estás ante una especie de recuerdo. Algo creado a partir de la niebla, para poder comunicarme con vosotros, más allá de la muerte, desde la Isla de los Bienaventurados.

¡Pero los dioses no pueden morir! —alegó Grover.

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—No de la forma tradicional, pero si nos podemos desvanecer —dijo Apolo —Como Selene y Helios. Como los Nórdicos, cuando llegue su Ragnarok.

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Pueden desvanecerse —aseguró Pan—. Cuando todo lo que representaban ya no existe. Cuando dejan de tener poder y sus lugares sagrados desaparecen. La vida salvaje, querido Grover, es tan reducida y tan precaria que ningún dios es capaz de salvarla. Mi reino se ha esfumado. Por eso te necesito, para que transmitas un mensaje. Debes regresar ante el Consejo. Debes comunicar a los sátiros, y a las dríadas, y a los demás espíritus de la naturaleza que el gran dios Pan ha muerto. Relátales mi muerte, porque han de dejar de esperar que vaya a salvarlos. Ya no está en mi mano hacerlo. La única salvación debéis buscarla vosotros mismos. Cada uno de vosotros ha de seguir adelante y salvaguardar, lo que nos queda —colocó su mano, en el pectoral derecho de Grover y algo parecido a unas partículas de luz azul, viajaron del brazo de Pan, hasta Grover, recubriéndolo de tatuajes. —Saludos... Grover Underwood: Guardián de lo Salvaje.

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¡Maestro Underwood! —gritó el miembro del consejo que se hallaba a la derecha, cortando a Grover en seco—. ¿De veras espera que creamos eso?

Pe.… pero, Sileno —tartamudeó Grover—, ¡es la verdad!

El tipo del consejo, Sileno, se volvió hacia sus colegas y dijo algo entre dientes. Quirón se adelantó trotando y se situó junto a ellos. Entonces recordé que era miembro honorario del consejo, aunque yo nunca lo había tenido muy presenté. Los ancianos no causaban una gran impresión. Me recordaban a las cabras de un zoo infantil, con aquellas panzas enormes, su expresión soñolienta y su mirada vidriosa, que no parecía ver más allá del siguiente puñado de manduca. No lograba entender por qué Grover estaba tan nervioso. Sileno se estiró su polo amarillo para cubrirse la panza y se reacomodó en su trono de rosales. —Maestro Underwood, durante seis meses, ¡SEIS!, hemos tenido que oír esas afirmaciones escandalosas según las cuales usted oyó hablar a Pan, el dios salvaje. ¿Y espera que creamos que lo ha encontrado y él le ha convertido en su sucesor?

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— ¡Pero si acaban de verlo, con sus propios ojos a través de la función musical y niebla de los recuerdos de Grover! —se quejó Billie Ng, hija de Deméter.

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Grover enfureció, ante las palabras de Sileno, apretó los puños y la quijada, cerró los ojos, mientras temblaba de rabia. Se quitó su gorra con rastas, dejó caer su cabeza y todos sentimos el poder divino, surgiendo desde el interior de Grover, un aura lo rodeó, él se quitó la camiseta, sus músculos aumentaron, solo algunos centímetros, similar a Bruce Lee: músculos marcados, pero sin ser una masa de músculos, como Arnold Schwarzenegger. En su torso, apareció un tatuaje, un cumulo de runas de color azul. Sus ojos se abrieron y ya no tenía los ojos marrones, sino azules y sus cuernos se alargaron bastante, como los de un carnero.

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Deméter sonrió y miró a Grover, causándole un gran sonrojo al Sátiro. —Salve Grover Underwood, nuevo dios de lo salvaje.

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La quijada de los Sabios Ungulados cayó y uno por uno, se fueron arrodillando, incrédulos.

Un nuevo dios de lo Salvaje, acaba de nacer —dijo finalmente Sileno, el aparente líder de los Sabios Ungulados, postrándose en tierra, como todos los otros Sabios Ungulados, como todos los Sátiros, como todas las Ninfas. —Salve Grover Underwood, nuevo dios de lo salvaje.

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No me parecía justo tener que pasar la inspección cuando acababa de llegar al campamento, pero así funcionaba la cosa. Cada tarde, uno de los líderes veteranos se paseaba por las cabañas con una lista escrita en un rollo de papiro. La mejor cabaña conseguía el primer turno de las duchas, lo cual implicaba agua caliente garantizada. La peor había de ocuparse de la cocina después de la cena.

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Poseidón, le pasó el libro a su hermana Hestia, quien estaba levantando la mano y agitándola, para ser elegida, como la próxima lectora. Se aclaró la garganta y leyó el título. —Capítulo 4: Jugamos con Escorpiones, al corre que te pillo.