Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
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La Última Hija del Mar
Afrodita abrió los ojos como platos y tragó saliva, para luego leer el título del siguiente capítulo. —Capítulo 8: Funcional, pero bajo ataque.
—Oh no —gimieron Poseidón, Anfitrite y Hera, mirando a su hija, quien solo rodó los ojos.
—Estoy viva, por si no se dan cuenta —gruñó la rubia, con las manos bajo la barbilla. Su padre era tan sobreprotector y melodramático a veces... por eso, prefería estar junto a su madre Anfitrite.
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Comenzamos a realizar patrullas, pues, a pesar de que habíamos hecho explotar la entrada a nuestro campamento, del Laberinto de Dédalo, muchos estábamos intranquilos.
Las Ninfas se mantenían apuntando con sus arcos, al agujero lleno de escombros, que alguna vez, supo ser la entrada al Laberinto.
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Nadie dijo nada, pero era obvio que todos estaban nerviosos, debido a este descubrimiento del Laberinto y lo que podrían causar, los restos del Ejército del Titán.
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Clarisse, comandaba a varios hijos de Ares, algunos de Apolo, junto a Castor y Pólux, siempre estando al asecho, no muy lejos de la entrada al Laberinto.
Los hijos de Hermes, que heredaron su velocidad, recorrían el bosque y el campamento al completo, en busca de enemigos. Los hijos de Hefesto, bajo las directrices de hijos de Atenea, construyeron unos Walkie-Talkie mágicos, que funcionaban perfectamente y permitían a todos, comunicarnos.
Aunque yo la acompañaba casi siempre, carecía de su resistencia y cuando ella me veía cansada, me tomaba de la mano y nos retirábamos por esa noche. Cuando llegamos a la cabaña de Papá, sentimos un delicioso aroma y al entrar, encontramos a Artemisa, Zoë y Thalía, con sus pijamas, cosa que yo agradecí, porque sentía que caería dormida y ni siquiera cené algo.
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—Irse a la cama sin cenar, no es una buena decisión dijo Hestia, enfadada. —Y mucho menos es lo mejor, para jóvenes en crecimiento.
—Lo sé, tía Hestia —dijeron Clarisse y Penny.
—Pero aquella noche, estaba tan exhausta por estar recorriendo el bosque, que solo me quedé sin fuerzas —explicó Penny.
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Sabía que Clarisse tampoco había cenado, pero estábamos muy cansadas, les sonreímos a las tres y nos acostamos a dormir.
Veía a un joven, vestido con túnica griega y sandalias, acuclillado en el interior de una grandiosa estancia. El techo se hallaba descubierto y dejaba ver el cielo nocturno, pero los muros, de mármol pulido y liso, tenían una altura de seis metros. Había cajas de madera esparcidas por el suelo; algunas medio rotas y volcadas, como si las hubiesen arrojado brutalmente. De una de ellas asomaba una serie de instrumentos de bronce: un compás, una sierra y otros que no identifiqué.
El chico se había acurrucado en un rincón, temblando de frío o tal vez de miedo. Estaba cubierto de salpicaduras de barro y tenía las piernas, los brazos y la cara llenos de arañazos, como si lo hubieran arrastrado hasta allí junto con las cajas. Entonces se oía un crujido y las puertas de roble se abrían. Entraban dos guardias con armadura de bronce, sujetando a un anciano al que arrojaban al suelo, hecho un guiñapo. — ¡Padre! —gritaba el chico, corriendo hacia él. El viejo tenía la ropa hecha jirones, el pelo gris y una barba larga y rizada. Le habían roto la nariz y le sangraban los labios. — ¿Qué te han hecho? —decía el chico, sosteniéndole la cabeza. Y gritaba a los guardias—: ¡Os mataré!
—No creo que sea hoy —respondía una voz. Los guardias se hacían a un lado. Detrás, aparecía un hombre muy alto ataviado con una túnica blanca y una fina diadema de oro. Tenía la barba puntiaguda como la hoja de una lanza. Sus ojos centelleaban de crueldad. —Has ayudado a los atenienses a matar a mi minotauro, Dédalo. Has vuelto a mi hija contra mí.
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Una lagrima rodó por el ojo derecho de Atenea. Eran su hijo Dédalo y su nieto Ícaro.
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—Eso lo hicisteis vos mismo, majestad —graznaba el anciano. Uno de los guardias le propinaba una patada en las costillas, arrancándole un grito de dolor.
— ¡Basta! —gritaba el chico.
—Amas tanto tu laberinto —decía el rey— que he decidido permitir que permanezcas aquí. Este será tu taller. Idea otras maravillas para mí. Diviérteme. Todo laberinto precisa un monstruo. ¡Y tú serás el mío!
—No me dais miedo —replicaba el anciano.
El rey sonreía fríamente y fijaba su mirada en el chico. —Pero cualquier hombre se preocupa por su hijo, ¿no? Dame un nuevo disgusto, anciano, y el próximo castigo que deban infligir mis soldados... ¡se lo aplicarán a él! —El rey (que ahora yo sabía, que era Minos) salía majestuosamente de la estancia, seguido de los guardias, y las puertas se cerraban con estruendo, dejando solos a Ícaro y a su padre en medio de la oscuridad.
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Los puños de Atenea se apretaron tanto, que se lastimó las palmas de las manos, gracias a sus uñas, pero ese dolor era poco, ante lo que Minos le hizo a su hijo a su nieto.
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Aún me corría el sudor frio por la frente y me sentía algo temblorosa a la mañana siguiente, cuando Quirón convocó un consejo de guerra. Nos reunimos en el ruedo de arena: Quirón y Quintus ocupaban la cabecera de la mesa. Clarisse y Malcolm se habían sentado juntos y se encargaron de resumir la situación. Tyson y Grover se acomodaron lo más lejos posible el uno del otro. También se hallaban en torno a la mesa Enebro, la ninfa del bosque, Silena Beauregard, Travis y Connor Stoll, Beckendorf, Lee Fletcher e incluso el mismísimo Argos, nuestro jefe de seguridad dotado de cien ojos. La presencia de este último me confirmó que la cosa era seria, porque raramente asiste a las reuniones, salvo que suceda algo muy grave. Mientras Annabeth hablaba, Argos mantuvo su centenar de ojos azules fijos en ella con tal intensidad que todo su cuerpo quedó inyectado en sangre.
—Luke debía de conocer la entrada del laberinto —dijo Malcolm, con odio goteando en su voz—. Se conocía al dedillo el campamento. —Me pareció detectar cierto respeto en su voz.
Enebro carraspeó. —Eso trataba de decirle anoche a Grover. La entrada del laberinto, esas escaleras subterráneas han estado allí desde hace mucho. Luke solía utilizarla y seguramente, sus seguidores sobrevivientes, también la utilizarían de no ser porque lo hicimos explotar.
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Atenea y Ares asintieron, ante el hecho de que la Ninfa fuera tan buena para observar la situación y exponerla de esa forma, ante todos.
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Yo suspiré y todos me miraron. —Incluso con la destrucción de la entrada del Laberinto, no podemos solo ponernos a festejar. Jamás se sabe, lo que intentarían los remanentes del Ejército del Titán, incluso sin el abuelo y Luke al frente.
Clarisse suspiró y se pasó las manos por el cabello. —Casi que desearía descubrir, que se han matado unos a otros, pero no creo que tengamos tanta suerte. —Tomé su mano y ella me enseñó su sonrisa. —Sin embargo: las últimas palabras de Chris Rodríguez, cuando estaba muriendo, me confirmaron que los remanentes, están buscando el Taller de Dédalo, el mayor arquitecto de la historia y creador del Laberinto. Si su nuevo líder (de quien Rodríguez no me habló) encontrara el taller y convenciera a Dédalo para que los ayudase, no tendrían que andar buscando a tientas el camino, ni arriesgarse a perder su ejército en las trampas del laberinto. Podrían dirigirse a donde quisieran: deprisa y sin correr peligro. Primero al Campamento Mestizo para acabar con nosotros, incluso si encuentran que la entrada se ha derrumbado. Y luego... al Olimpo.
Finalmente, Beckendorf apoyó sus manos sobre la mesa. —Un momento, Clarisse. ¿Has dicho «convencer a Dédalo»? ¿Es que no está muerto?
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Todos estaban confundidos. Miraron a Hades, pero él desvió la mirada.
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Quintus soltó un gruñido. —Sería de esperar. Vivió hace... ¿cuánto? ¿Tres mil años? E incluso si estuviera vivo, ¿no dicen las viejas historias que huyó del laberinto?
Quirón removió sus cascos. —Ese es el problema, mi querido Quintus. Que nadie lo sabe. Hay algún rumor... bueno, muchos rumores inquietantes sobre Dédalo. Pero uno de ellos dice que hacia el final de su vida regresó al laberinto y desapareció. Quizá esté allá abajo todavía.
Pensé en el anciano que había visto en mi sueño. Parecía tan frágil que resultaba difícil creer que pudiera durar una semana, no digamos ya tres mil años. —Tenemos que bajar allí —resolví enfadada, causando un ligero temblor, haciéndome gruñir, mientras el temblor se retiraba. —Tenemos de encontrar el taller antes que los actuales líderes del Ejército Titán. Si Dédalo estuviera vivo, lo convenceríamos para que nos ayude a nosotros y no a los líderes. Y gracias al hilo de Ariadna que tiene Clarisse, nos encargaremos de que el laberinto no caiga en manos de los Remanentes.
—El laberinto es arquitectura mágica. —nos dijo Malcolm, pasándose una mano por el cabello, mientras enseñaba un libro y lo habría en una página, en la cual se contaba la historia de Dédalo y aparecían unos pocos grabados antiguos, de los planos del laberinto —Se necesitaría una potencia enorme para sellar una sola de sus entradas. En Phoenix, Clarisse derribó un edificio entero con un martillo de demolición y la entrada apenas se desplazó unos centímetros. Lo que hemos de hacer es impedir que los Remanentes aprendan a orientarse.
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Los Olímpicos, temblaron de temor ante la idea de que sus enemigos, incluso si ya carecían de Luke y de Cronos, aprendieran a orientarse en el Laberinto. Eso podría resultar desastroso, para la Civilización Occidental y para los dioses.
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—Lo primero es lo primero. Hemos de organizar una búsqueda. Alguien debe bajar al laberinto, encontrar el taller de Dédalo e impedir que los Remantes utilicen esa vía para invadir el campamento.
—Todos sabemos quién ha de encabezar esa búsqueda —dijo Clarisse—. Penny. Ya antes ha demostrado su valía, incluso si no es hija de Atenea y no conoce el laberinto, tenemos el Hilo de Ariadna en nuestro poder.
—Si hablamos de Luchar, entonces necesitaré a Clary a mi lado, —dije rápidamente —también a Reyna por ser la líder de Nueva Roma y a su hermana Hylla, por ser la actual reina de las Amazonas.
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Ares sonrió. Clarisse se encogió un poco e intentó ocultarse detrás de su amada.
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Pero, para mi sorpresa, Clarisse negó con la cabeza, nerviosamente. —Que lady Artemisa y Zoë y Cara de Pino, la acompañen. Yo allí abajo, no vuelvo.
La mano de Quirón, me tocó el hombro. —La pobre ha tenido un año muy difícil. Bueno, ¿estamos todos de acuerdo en que Penélope debería liderar la búsqueda?
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Penny acarició el cabello de su novia, haciéndola suspirar y sonreír, mientras la abrazaba, haciéndola sentirse mejor.
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—Muy bien. —Quirón se volvió hacia mí—. Querida, ha llegado la hora de que visites al Oráculo. Cuando vuelvas, suponiendo que regreses sana y salva de esa visita, discutiremos lo que hay que hacer. —Bufé y me dirigí a hablar con el Oráculo.
Ni siquiera llegué hasta la Momia, para preguntarle: «¿Cuál es mi destino?», sino que habló inmediatamente, sacándome un buen susto, mientras el espíritu de Delfos me hablaba. Suspiré y volví con los demás, sentándome en la silla, contándoles la profecía.
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Todos se movieron hacía el frente, para escuchar la Profecía.
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—Rebuscarás en la oscuridad del laberinto sin fin... el muerto, el traidor y el desaparecido se alzan. Te elevarás o caerás de la mano del rey de los fantasmas. El último refugio de la criatura de Atenea.
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Afrodita entregó el libro a su esposo, para luego besarlo en los labios. Los hijos de Afrodita y de Hefesto, hicieron una mueca de asco. —Capítulo 9: Nico sirve a los muertos, un menú infantil.
