Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

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La Última Hija del Mar

Afrodita entregó el libro a Hera, quien lo tomó interesada. ―Capítulo 10: Conocemos al Dios de las Dos Caras.

Todos fruncieron el ceño, pero sería Afrodita quien miraría a Atenea y preguntaría lo que todos querían saber. — ¿Quién es ese, Ate?

Atenea no pudo evitar sonreír. Le gusta, cuando la gente le preguntaba cosas, aunque le sorprendió que no lo supieran. —Es Janos, un dios romano. Seguramente, aprenderemos más, en cuanto vayamos con la lectura, Afrodita. —La diosa del amor asintió y comenzó a leer.

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Apenas habíamos caminado treinta metros y ya estábamos totalmente perdidos.

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Poseidón se pasó las manos por la cara. La lectura no llevaba más de 10 palabras y ya estaba preocupado.

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Ahora era redondo como una alcantarilla, tenía paredes de ladrillo rojo y ojos de buey con barrotes de hierro cada tres metros. Por curiosidad, enfoqué uno de aquellos ojos de buey con la linterna, pero no vi nada. Se abría a una oscuridad infinita. Creí oír voces al otro lado, pero tal vez fuese sólo el viento.

Artemisa hizo todo lo que pudo para guiarnos. Pensaba que debíamos pegarnos a la pared de la izquierda. —Si ponemos todo el rato la mano en el muro de la izquierda y lo seguimos —dijo—, deberíamos encontrar la salida haciendo el trayecto inverso.

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—Tu heredaste una parte de la inteligencia de papá, yo heredé el resto y desde entonces, quedó así —dijo Atenea con aprobación, a su hermana Artemisa, antes de que todos, comenzaran a reírse, haciendo sonrojar a Zeus.

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Por desgracia, apenas lo hubo dicho la pared izquierda desapareció y, sin saber cómo, nos encontramos en medio de una cámara circular de la que salían ocho túneles.

Umm... ¿por dónde hemos venido? —preguntó Nico, nervioso, mientras que Bianca, Hazel y él, extendían sus manos y eliminaban las sombras del pasillo y de la cámara.

Sólo hay que dar la vuelta —respondió Artemisa, enseñándome una sonrisa de confianza.

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—Es muy bueno, que mantengas la calma y pienses con cabeza fría —le celebraron Hera y Atenea —si todos pierden la compostura, alguien deberá de mantenerla.

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Cada uno se volvió hacia un túnel distinto. Era absurdo. Ninguno de nosotros era capaz de decir por dónde se regresaba al campamento.

Con el haz de luz de su linterna, Artemisa barrió los arcos de los ocho túneles. A mi modo de ver, eran idénticos. —Por allí —decidió.

¿Cómo lo sabes? —pregunté, aunque decidida a escuchar y seguir su instinto.

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— ¡¿Por qué no pueden ser como ella?! —preguntaron Hera y Anfitrite, frunciendo el ceño a sus esposos, quienes se sonrojaron.

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Somos cazadoras. Por las tres de la izquierda, hay monstruos —aseguró ella, a lo cual Zoë asintió.

El túnel que había elegido se estrechaba rápidamente. Los muros se volvieron de cemento gris y el techo se hizo tan bajo que enseguida tuvimos que avanzar encorvados. Seguimos arrastrándonos. Cuando ya creía que el túnel iba a volverse tan estrecho que acabaría aplastándonos, se abrió bruscamente a una sala enorme. Enfoqué las paredes con mi linterna y solté una exclamación. — ¡Hala! —Toda la estancia estaba cubierta de mosaicos. Los dibujos se veían mugrientos y descoloridos, pero aún era posible identificar los colores: rojo, azul, verde, dorado. El friso mostraba a los dioses olímpicos en un festín. Mi padre, Poseidón, con su tridente, le daba unas uvas a Dioniso para que las convirtiera en vino. Zeus se divertía con los sátiros y Hermes volaba por los aires con sus sandalias aladas. Eran imágenes bonitas, pero no demasiado fieles. Yo había visto a los dioses. Dioniso no eran tan apuesto y Hermes no tenía la nariz tan grande. En medio de la estancia se alzaba una fuente con tres gradas. Daba la impresión de que llevaba seca mucho tiempo. — ¿Qué es esto? —musité—. Parece...

Nuestras contrapartes —dijo Artemisa, mientras la veíamos cambiar físicamente, aunque a mis ojos, los de Zoë y su media hermana Thalía, los cambios físicos eran mínimos (su cabello era ahora castaño, sus ojos seguían siendo plateados y ahora tenía una corona de laureles). —Hola Penny, —me dijo sonriente, su acento era muy suavemente diferente y estiró su mano, para estrechar la mía —soy Diana, es un placer conocerte. —Cuando le di la mano, ella besó mi dorso, hizo un camino de besos por mi brazo, hasta atrapar mis labios, en un beso hambriento.

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—Siempre ha sido bastante... —Comenzó a decir Artemisa, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos, mientras escuchaba la lectura —bueno: a comparación conmigo, es un tanto zorra.

—Es virgen y odia a los hombres —dijo Penny sonriente —eso me suena a alguien. —Artemisa solo gruñó mínimamente, no le contestó.

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Romano —concluyó Hazel sonriente—. Estos mosaicos deben de tener unos dos mil años de antigüedad.

Pero ¿Cómo pueden ser romanos? —No es que supiera mucho de historia antigua, pero estaba casi seguro de que el Imperio romano nunca llegó a Long Island.

El laberinto parece ser un conjunto de retazos —explicó Hazel—. Ya te lo dije. Continuamente se expande e incorpora nuevas piezas. Es la única obra arquitectónica que crece por sí misma.

Vale —accedió Thalía, sabía que intentaba no entrar en desesperación, caminó hasta mí y me agarró la mano, causándome algo de dolor—. Adelante. El estilo arquitectónico se va volviendo más antiguo. Eso es buena señal. El taller de Dédalo debería estar en la zona más vieja.

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—Bien pensado, hermanita —dijo Atenea sonriente. —Es un pensamiento lógico y lograste verlo.

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Parecía lógico. Pero muy pronto el laberinto empezó a jugar con nosotros. Avanzamos quince metros y el túnel volvió a ser de cemento, con las paredes llenas de tuberías y cubiertas de grafitis hechos con espray. —Me parece que esto no es romano, ni tampoco arcaico —dije con amabilidad.

Cada pocos metros, los túneles se curvaban, giraban y se ramificaban. El suelo bajo nuestros pies pasaba del cemento al ladrillo y al barro desnudo, y vuelta a empezar. No había ninguna lógica. Nos tropezamos con una bodega provista de infinidad de botellas polvorientas alineadas en estantes de madera. Como si estuviéramos cruzando el sótano de una casa, con la única diferencia de que no había salida al exterior, sólo más túneles que seguían adelante.

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Inconscientemente, Atenea había adquirido un pergamino y escribía algo en él. Poseidón miraba con cariño a su sobrina favorita, mientras ella seguía escribiendo.

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Luego el techo se convirtió en una serie de planchas de madera y oí voces por encima de nuestras cabezas y un crujido de pisadas, como si camináramos por debajo de un bar o algo parecido. Era tranquilizador oír gente, pero —una vez más— no podíamos llegar a ellos. Estábamos atrapados allá abajo sin ninguna salida. Entonces encontramos el primer esqueleto. Estaba vestido con ropas blancas, como una especie de uniforme. Al lado, había una caja de madera con botellas de vidrio. —Un lechero —dijo Bianca.

Algunas personas entraron por error —dije, porque lo recordé de la última vez. De mi vida pasada.

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Hay que encontrar todas las entradas al Laberinto y sellarlo —dijo mentalmente Zeus.

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Este lleva aquí mucho tiempo. —Señaló Thalía las botellas, cubiertas de polvo. Los dedos del esqueleto habían quedado aferrados a la pared de ladrillo, se diría que arañándola: como si el hombre hubiese muerto mientras trataba de hallar una salida.

Hemos de internarnos más en el laberinto —dijo Atenea—. Tiene que haber un camino para llegar al centro.

Nos guió hacia la derecha y luego hacia la izquierda a través de un pasadizo de acero inoxidable, como una especie de respiradero, y llegamos otra vez a la estancia romana con el mosaico y la fuente.

Pero esta vez no estábamos solos.

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Los Olímpicos y los semidioses griegos, se miraron unos a otros, nerviosos.

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Lo primero que me llamó la atención de él fueron sus caras. Las dos. Le sobresalían a uno y otro lado de la cabeza y cada una miraba por encima de un hombro, o sea que tenía una cabeza mucho más ancha de lo normal, como una especie de tiburón martillo. De frente, lo único que se veía eran dos orejas superpuestas y dos patillas que parecían un reflejo exacto la una de la otra. Iba vestido como un conserje de Nueva York, es decir, con un largo abrigo negro, zapatos relucientes y un sombrero de copa negro que lograba sostenerse (no sé cómo) encima de su ancha cabeza.

Detrás de él, había dos salidas con grandes puertas de madera y gruesos cerrojos de hierro. La primera vez que habíamos cruzado la estancia no había ninguna puerta. El conserje de las dos caras sostenía una llave plateada que se iba pasando de la mano izquierda a la derecha, y viceversa. Me pregunté si sería una sala distinta, pero el friso de los dioses parecía idéntico.

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—Vaya adivinanza —gruñó Atenea —Janos jamás deja las cosas simples o claras. Con él, siempre hay adivinanzas y frases con capas y capas, es casi imposible comprender lo que está diciendo en realidad.

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A nuestras espaldas, había desaparecido la entrada por la que acabábamos de llegar. Ahora sólo había mosaico. No podíamos volver sobre nuestros pasos. —Las salidas están cerradas —observó Thalía.

¡Todo un descubrimiento! —dijo, burlona, la cara izquierda.

Una lleva probablemente adonde usted quiere ir —dijo la cara derecha de forma alentadora.

La otra, a una muerte segura —dijo la cara de la izquierda de forma entristecida.

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Atenea pensó profundamente, mientras apoyaba su codo derecho en su rodilla derecha y dejaba que su barbilla cayera en su mano. —Una a donde deseas ir y a la otra a una muerte segura.

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Pero ¿sabe qué puerta debe escoger? No tengo todo el día. —Pidieron ambas cabezas. —Tendríamos que habernos visto las caras, con Perseus Jackson, no con Penélope Jackson —sentenció la cara derecha—. Pero ahora es el turno de Thalía. —Se echó a reír con aire frívolo—. ¡Qué divertido!

¡Cierra el pico! —exigió la cara izquierda—. Esto es muy serio. Una elección equivocada podría arruinar su vida entera. Puede matarla a usted y a todos sus amigos. Pero no se agobie, Thalía. ¡Escoja!

Con un escalofrío repentino, recordé las palabras de la profecía: «El último refugio de la criatura de Atenea.» Me adelanté. —No era que la diosa de la Caza, tuviera que venir. Ni ninguna de nosotras. Una hija de Atenea, tendría que habernos acompañado.

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—Wow, es sorprendente que recordaras eso, cariño —dijo Hera, sonriéndole. Penny asintió. Entonces, la diosa de los cielos supo, que eligió muy bien a su heroína.

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Sí, pero Annabeth traicionó al Olimpo y fue asesinada —dijo la cabeza de la derecha. Entonces, la de izquierda habló. —Así que no existe una criatura de Atenea, para que vaya al refugio.

Thalía y Artemisa, son hijas de Zeus —dijo la cabeza de la izquierda.

Las hermanas se miraron, susurraron una al oído de la otra, se separaron, ambas parecían acongojadas. Yo me afirmé a mi espada... pero ni Hera, ni tampoco Juno, aparecieron para ordenarle a Janos que se fuera. Quizás por eso, de que no había "una criatura/hija o hijo de Atenea", la puerta del lado izquierdo se abrió y caminamos hacia ella.

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Hera entregó el libro a Afrodita. ―Capítulo 11: Encuentro indeseado.