Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
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La Última Hija del Mar
Ares le pasó el libro a su padre. —Capítulo 58: El Rancho. —Leyó un confundido Zeus.
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Nos detuvimos por fin en una sala llena de cascadas. El suelo era un gran pozo rodeado por un paso de piedra sumamente resbaladiza. El agua salía de unas enormes tuberías, chorreaba por las cuatro paredes de la estancia y caía con estrépito en el pozo. No divisé el fondo cuando lo enfoqué con la linterna.
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—Eso suena muy bello —dijo Deméter sonriente, al imaginarlo.
—Podrían aprovechar y al menos, asearse un poco —dijo Perséfone y su madre asintió.
—Son niñas, todas deberían de cuidar su aspecto físico, así como el interior —dijo Afrodita. Sorprendentemente, todos estuvieron de acuerdo con la diosa del amor; quien actualmente, estaba entre los brazos de su esposo, mientras que los semidioses, hijos de Afrodita y Hefesto, además de Príapo e Himeneo, hijos biológicos de la diosa del amor y del herrero; los miraban felices.
¡Incluso Anteros, Deimos, Hímero y Harmonía, hijos de la diosa del amor y de Ares, sonreían ante cuan feliz y radiante se veía su madre, junto al herrero!
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Briares se desplomó junto al muro. Recogió agua con una docena de manos y se lavó la cara. —Este pozo va directamente al Tártaro —musitó—. Debería saltar y ahorraros más problemas.
—No hables así —dijo Bianca—. Puedes volver al campamento con nosotros y ayudarnos a hacer los preparativos. Seguro que tú sabes mejor que nadie cómo combatir a los titanes.
—No tengo nada que ofrecer —se lamentó él—. Lo he perdido todo.
— ¿Y tus hermanos? —preguntó Nico entusiasta, recordándome a mí misma—. ¡Los otros dos deben de seguir siendo altos como montañas! ¡Podemos llevarte con ellos!
El rostro de Briares adoptó una expresión aún más triste: era su cara de luto. —Ya no existen. Se desvanecieron.
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—Oh —fue todo lo que lograron decir los Olímpicos, con bastante dolor por el Centimano y algo de temor. El Desvanecimiento, era algo que nadie deseaba contemplar. Ni siquiera podrían recordar al último dios que se desvaneció, de no ser por esa misma lectura: Adamas: El mellizo de Hestia, dios de la Conquista.
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— ¿Qué significa que se desvanecieron? —preguntó Nico, lo cual me llevó a suspirar. En mi vida pasada, yo fui igual de tonta. —Creía que los monstruos eran inmortales, como los dioses.
Coloqué una mano en el hombro de mi primo sombrío —El Desvanecimiento, es algo que ocurre en muy contadas ocasiones. Tiene lugar, cuando los dioses o los monstruos caen en el olvido y pierden la voluntad de seguir siendo inmortales. —Recordé lo que la Medusa nos había dicho una vez: que sus hermanas, las otras dos gorgonas, habían muerto y la habían dejado sola. Y Apolo, el año anterior, hablando del antiguo dios Helios, comentó que había desaparecido y lo había dejado solo con todas las tareas del dios del sol. No me había detenido a pensar demasiado en todo ello, pero en ese momento, mirando a Briares, comprendí lo terrible que debía de resultar ser tan viejo —tener miles y miles de años— y encontrarse completamente solo en el mundo.
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El ambiente en la sala del trono, se volvió apesadumbrado. Artemisa, abrazó a Luna y Orión; Hylla abrazó a su hija Samantha; Clarisse abrazó a Ariel.
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—Vengan, chicos. Este pozo me pone nerviosa. —Les dije, sufriendo un estremecimiento —Vamos a buscar un sitio mejor para pasar la noche.
Nos instalamos en un pasadizo hecho de enormes bloques de mármol. En las paredes había soportes de bronce para las antorchas y daba la impresión de haber formado parte de una tumba griega. Aquello debía de ser un sector más antiguo del laberinto, cosa que era buena señal, según Artemisa. —Ya debemos de estar cerca del taller de Dédalo —dijo—. Descansen un poco. Seguiremos por la mañana.
Suspiré, mientras me aproximaba a ella, quien haría la primera guardia. —Despiértame, luego de que sea el momento de cambio de guardia de Zoë —ellas asintieron y yo me dormí.
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En el laberinto no había amanecer, pero una vez que despertaron todos y dieron buena cuenta de un estupendo desayuno a base de barritas de cereales y zumos envasados, emprendimos la marcha de nuevo.
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—Incluso si tenían esas barras de cereales, no le veo a eso, mucha cara de desayuno —gruñó por lo bajo Deméter, aunque todos la escucharon. Sus hermanos no podían creerlo, pero asintieron, estando de acuerdo con ella.
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Los viejos túneles de piedra dieron paso a un corredor de tierra con vigas de cedro, como en una mina de oro o algo por el estilo. Artemisa empezó a ponerse nerviosa y alistó su arco, lo mismo hicieron Zoë y Thalía, incluso yo lo hice, aunque seguía sin acostumbrarme al arco. —No puede ser —dijo Artemisa—. Tendría que seguir siendo de piedra. Eso decía en las notas que me dio Atenea.
Llegamos a una cueva con el techo cubierto de estalactitas. En medio, había una fosa rectangular excavada en el suelo de tierra, como si fuera una tumba. Bianca y Hazel extendieron sus manos hacía la fosa, cerraron sus ojos para concentrarse. —Poder extraído desde el inframundo.
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Todos, incluso Hades, se preguntaban qué estaba pasando, qué era eso y hacía donde se dirigían los jóvenes.
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—Yo voy primero —dijo rápidamente Bianca, sonriéndole a Hazel, quien se sonrojó, nos miró a nosotras y sin borrar la sonrisa de su rostro, solo dijo —soy la mayor —Artemisa le entregó a Bianca, el hilo de Ariadna y formando una fila, con Bianca al frente, todas entramos detrás de ella, en lo que era el camino, pero parecía la entrada a una mina.
Cuando Artemisa, Hazel, Grover y yo nos pusimos a la altura de Bianca, nos hallábamos contemplando la luz del día a través de unos barrotes situados sobre mi cabeza. Estábamos bajo una rejilla de tubos de acero. Se veían árboles y un cielo azul.
— ¿Qué es esto? —me preguntó Bianca.
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—Verdaderamente... el laberinto de Dédalo, puede llegar a muchos lugares —dijo Atenea maravillada.
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Entonces una sombra cubrió la rejilla y una vaca se quedó mirándome desde arriba. Parecía una vaca normal, salvo por su extraño color: un rojo intenso, casi cereza. Nunca había visto ninguna igual. La vaca mugió, puso la pezuña en una de las barras y retrocedió enseguida.
Me volví hacia Hazel. —¿Hera no habló de un rancho? Deberíamos quizás de comprobarlo.
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Hera asintió, satisfecha de que al menos alguien, le hiciera caso.
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Hazel me miró, algo preocupada. —De acuerdo. Pero ¿cómo salimos?
Cuando yo fui a dar la idea, Arti se me adelantó, usando MI idea. —Aún estamos bajo tierra, hay sombras a nuestro alrededor —dijo Artemisa. — ¿No podrían entre Bianca y Hazel, sacarnos de aquí?
—O manipular la tierra, para crear escalones o algo así —propuse yo.
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—Tienes ideas fabulosas, Penny —dijeron Poseidón y Hades, sonriéndoles a la última hija del mar.
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Después de cinco años, sigo sin acostumbrarme a ser una chica. Pues fue casi, como haber despertado directamente, en ese autobús de camino al museo, en fin... Cuando una mano de sombras esquelética, salió desde la pared y me agarró, admito que grité como niña. La mano me ayudó a ascender.
Estábamos en un rancho, de eso no cabía duda. Una serie de colinas se extendían hacia el horizonte, salpicadas de robles, cactus y grandes rocas. Desde la entrada salía en ambas direcciones una cerca de alambre de espino. Las vacas de color cereza vagaban de acá para allá, pastando entre la hierba.
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Una sonrisa, apareció en el rostro de Apolo. —Mi ganado.
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—El ganado rojo —observó Thalía, maravillada al ver las vacas—. El ganado de Apolo.
—Para Apolo son sagradas —dijo Artemisa.
Nico no pudo evitar reírse. — ¿Vacas sagradas?
Miré hacia atrás, el agujero del laberinto. —Debemos correr, el hermanito de Cerbero, está en camino, junto a Euritión, pastor de las vacas e hijo de Ares, incluso si él nos ayuda, no será agradable nuestra estancia aquí —gruñí. Volvimos al Laberinto de inmediato, pero ahora, el hilo de Ariadna cambió, comenzó a tensarse y a temblar, mientras parecía jalar a Artemisa.
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Todos miraron preocupados a la diosa de la luna. Zeus miró a todos, se encogió de hombros y pasó el libro a su hija Perséfone. —Capítulo 59: Combate en el núcleo.
— ¡Encontraron el laboratorio de Dédalo! —celebraron Atenea y Hefesto felices, sus ojos brillaban, deseosos de leer sobre los inventos y platos, que el hijo de Atenea, podría haber dejado atrás.
—Vamos a comer y continuamos —dijo Hestia, todos se dirigieron al comedor, encontrándose con una Afrodita que sostenía un zapato de tacón, con dicho tacón de bronce celestial y sumamente afilado, casi lista para clavárselo en la frente a Atenea.
La diosa de la sabiduría y el dios de la forja, conversaron sobre la estructuración interna del laberinto, como encontrarlo en el actual siglo XX y comenzaron a ofrecerse sus propios conocimientos de construcción, geolocalización y localización subterránea, para dar con el taller y extraer todos los posibles inventos y planos, que Dédalo podría haber dejado atrás.
