Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite fanfiction)


Surrounded by Boys

Capítulo Siete: It can't get worse

—¿Cómo dices? —habló Rodrick sacándome de mi trance.

—No soy cualquier chica —repetí sintiendo como mi respiración se tranquilizaba y como los latidos de mi corazón volvían a la normalidad.

—Lo sé y por eso eres perfecta para la banda. —Puse los ojos ante su insistencia. Él me observaba atento, esperando una respuesta.

—Bien, estoy dentro —acepté finalmente, algo me decía que Rodrick no se daría por vencido tan fácilmente. Además, tenía que admitir que la idea comenzaba a parecer cada vez más interesante.

—Sabía que aceptarías —exclamó con orgullo de sí mismo—. Ahora vamos, no soporto estar un minuto más en esta prisión.

De camino al estacionamiento, Rodrick aprovechó para hablarme un poco más sobre la banda y los otros integrantes. No podía esperar para conocerlos a todos, parecían un grupo divertido, completamente diferente a los idiotas con los que ya estaba acostumbrada a lidiar todos los días en este infierno de instituto.

Cuando por fin estuvimos frente a la inconfundible van de mi amigo, levanté la mirada y me sorprendí al ver que el ostentoso todoterreno del orangután continuaba ahí. Demasiado curiosa, examiné el lugar con la mirada. ¿Dónde se había metido?

Olvídalo, Rosalie, no es tu jodido problema.

—¿Quieres que te lleve a casa? —ofreció Rodrick, haciéndome desviar mi atención del vehículo.

—Yo… mm… No, gracias —rechacé la oferta, sorprendiéndome a mí misma. ¿Qué estoy haciendo?—. Acabo de recordar que debo ir a la biblioteca —mentí mientras echaba un segundo vistazo al estacionamiento en busca del cavernícola.

Él asintió encendiendo el motor de la van, me despedí con un movimiento de la mano y esperé a que se alejara antes de caminar en dirección al enorme todoterreno del orangután. Definitivamente me había vuelto loca.

Al acercarme al coche desde atrás pude comprobar que el idiota descerebrado estaba sentado en el lugar del conductor y parecía estar discutiendo con alguien al teléfono. Al parecer yo no era la única receptora de su mal humor, no pude evitar sentir simpatía por el pobre diablo al otro lado de la línea.

Entonces la estupidez se apoderó de mí, por lo que avancé con decisión hasta allá y di dos golpecitos al vidrio del conductor para llamar su atención. ¿Qué me pasa? ¿Tengo un deseo de muerte?

Él bajó el vidrio, aún sostenía el teléfono en una de sus manos mientras me observaba fijamente, su mirada era fría y calculadora. Quise retroceder, salir corriendo. Esto era una mala idea, pésima. ¿En qué demonios estaba pensando?

—¿Qué quieres? —masculló entre dientes, sin apartar los ojos de mí.

Buena pregunta.

—Vine a decirte que quiero que me dejes en paz —solté algo dubitativa. No podía decirle que en realidad no tenía ni idea de por qué estaba ahí, o que mis piernas habían cobrado vida propia y me habían llevado hasta allá sin pedirle permiso al resto de mi cuerpo. Eso sería demasiado patético, incluso para mí.

—Escucha, niña, no estoy de humor —gruñó lanzándome una mirada que a cualquiera haría huir despavorido, pero no a mí, no lo dejaría intimidarme.

—¿Y cuándo lo estás? —respondí viéndolo con una ceja alzada. Vi que iba a decir algo, pero se arrepintió luego.

—Veo que tu novio te dejó botada —comentó de repente, desviando la mirada a los pocos coches que aún quedaban en el estacionamiento de la escuela.

—Rodrick no es mi novio. —Fruncí el ceño pensando en lo absurdo que sonaba eso—. Y no me dejó —solté molesta, él me veía curioso—, yo quise quedarme.

—Entonces, solo te quedaste para molestarme. —Me observó de pies a cabeza con disgusto—. ¿Tan loca te traigo?

—¿Q-Qué? No, nada de eso —balbuceé, sintiendo mis mejillas arder. Maldito idiota arrogante—. Ya te lo dije, solo venía a decirte que me dejes en paz —le recordé.

Él puso los ojos, iba a hacer andar su lujosa camioneta, dejándome con la palabra en la boca.

—¡Oye! —grité, llamándolo para que me viera.

Cuando lo hizo, me quedé ahí parada como una idiota sin saber qué decir. ¿Cómo puedes ser tan estúpida?

—Vaya, eres más tonta de lo que pensaba —soltó antes de echar el todoterreno a andar y salir del estacionamiento, dejando una marca en el asfalto.

Mientras caminaba a casa no pude evitar pensar que, si bien el cavernícola arrogante siempre había sido un idiota malhumorado, esa llamada parecía haberlo alterado más que de costumbre. No debería importarte. Deja ya de pensar en él.

Con la idea de distraerme marqué el número de Jacob, aún tenía que contarme qué había sucedido con Edward después de que nos separamos. Toda esta situación con Jake ya me tenía de los nervios, no quería que mi amigo saliera herido de todo esto, pero tampoco quería que me odiara por decirle la puta verdad.

—Rose, hasta que llamas—me reprendió desde el otro lado. Lo que me faltaba.

—No me jodas, Jake, he tenido un largo día —bufé frustrada—. Ahora dime, ¿qué quería Cullen?

—Ese idiota —masculló con rabia—. Me prohibió acercarme a Bella, ¿puedes creerlo? —Sí, podía creerlo.

—¿Y? —cuestioné ansiosa, esperando que eso lo hubiese hecho desistir de la chica nueva.

—Lo mandé a la mierda, claro. —Puse los ojos—. Voy a pelear por ella, Rose. —Él hablaba demasiado animado—. No dejaré que Cullen me la gane.

Gemí frustrada mientras golpeaba con mi cabeza la puerta de entrada de mi casa, el idiota de Jacob podía llegar a ser muy testarudo. Demasiado cabezota como para ver que la chica de sus sueños no lo veía más que como amigo.

—Tal vez deberías olvidarte de ella, Jake —solté pensando en las palabras de Alice, y recordando las miradas que Bella le daba a Edward aquel día en la cafetería.

—¡Pero qué estupideces dices! —gritó molesto—. ¿Es que acaso estás del lado de Cullen?

—Claro que no, tú mejor que nadie sabes cuánto lo detesto —solté ofendida—. Lo digo porque no creo que ella valga la pena, Jake —dije abriendo la puerta de casa—, ni siquiera han tenido una cita y ya tienes a Cullen amenazándote.

—Solo lo dices porque estás celosa —me acusó, pero lo dejé pasar sabiendo que solo lo decía porque estaba molesto—. No puedo creer que seas tan inmadura, Rosalie.

—No soy inmadura, Jacob —me defendí, comenzando a sentirme herida—, solo creo que ella no es para ti.

—Oh, por favor, ¿qué sabes tú? —escupió ofendido—. Ni siquiera la conoces, la odias desde que te dije que me gustaba.

—No es cierto —negué frunciendo el ceño—. Intenté conocerla, acercarme a ella —expliqué recordando las veces en que había hablado con la chica nueva y ella sutilmente me había rechazado—, ella es la que no quiere ser mi amiga.

—Oh, sí. —Jacob estaba muy molesto—. Tú siempre eres la víctima, ¿no, Rose?

—Jake, no quiero que salgas herido —hablé intentando hacerlo entrar en razón—, Bella es igual a las otras, solo tiene ojos para Cullen.

—¿Y tú qué sabes? —escupió con demasiado veneno en su voz—. Nunca te ha gustado alguien —continuó discutiendo—. Nunca le has gustado a alguien. —Eso fue un golpe bajo—. Y es obvio que sientes celos de Bella. —Y colgó, sin darme oportunidad de responder.

Era la segunda vez que me peleaba con Jacob por culpa de Isabella Swan, si antes no tenía motivos para odiarla, ahora sí que los tenía. Desde que llegó, esa chica no hacía más que traerme problemas y realmente esperaba que no lastimara a mi mejor amigo, porque si lo hacía, tendría que vérselas conmigo.

Una lágrima resbaló por mi mejilla, la aparté con brusquedad sintiéndome débil. Odiaba llorar, nunca lo hacía, eso era para niñitas tontas. Y Rosalie Hale no era ninguna de las dos cosas.

Me fui a dormir temprano, no tenía ánimos de comer o hablar con nadie, solo quería que todo volviera a ser como antes.

Al otro día, llamé a Jacob para preguntarle por qué no había ido a buscarme a casa como todas las mañanas, su respuesta me cayó como un balde de agua helada. Mi mejor amigo me había dicho que no quería saber nada de mí. Eso dolió, y mucho. Sentí mis ojos arder, pero tomé una bocanada de aire y me recompuse, aún me esperaba un largo y solitario camino al instituto.

¡Vaya forma de comenzar el día!

Tuve la genial idea de cortar camino por el bosque, lo que solo hizo que me atrasara aún más. De mala gana fui hasta la oficina de la señora Pope, y cuando ella suspiró, bufó, me fulminó con la mirada y bufó otra vez, en vez de reír como siempre lo hacía cuando estaba con Jake, sentí una puntada de angustia, no quería perder a mi amigo.

Al entrar al salón de biología, el señor Banner me vio con reproche, agradecí que no hiciera ningún comentario, no estaba de humor para lidiar con sus estúpidas indirectas. De reojo vi que Jacob estaba sentado junto a la chica nueva, y que estaba haciendo un gran esfuerzo por ignorarme.

Iba a sentarme en un lugar alejado de Jacob y su amada Isabella, pero mi estúpido profesor se aclaró la garganta, señalando el lugar que él mismo me había designado, el lugar junto al raro Francis.

¿Es que acaso podía ponerse peor?

Al terminar la clase, el señor Banner me detuvo diciéndome que tenía que conversar conmigo. Me dejé caer pesadamente en una de las sillas del salón, imaginándome de qué se trataba todo esto. Mi jodido tutor.

Sí, definitivamente podía empeorar.

—Señorita Hale —me vio serio—, supongo que ya está enterada de que el estudiante de último año que va a ayudarla con sus estudios le fue asignado. —Puse los ojos, claro que estaba enterada.

—No es necesario —sonreí con inocencia—, puedo estudiar sola, no necesito un niñero.

—Tendrás un tutor, Rosalie, tu padre está de acuerdo. —Bufé resignada—. Ten, aquí está su información. —Me tendió un post-it, con unos garabatos escritos a lápiz.

"Emmett —Último año".

Sonreí al leer el ridículo nombre.

—¿Qué es tan gracioso? —Banner me vio con reproche, yo solo me encogí de hombros—. Tu padre también debe haber mencionado que comienzan mañana.

—Pero mañana es sábado —aullé molesta, el idiota de Banner sonreía como el guasón.

—Debiste haberlo pensado mejor antes de reprobar tus exámenes —soltó agarrando sus cosas y dejando el salón.

Claro, porque era mi culpa que sus putos exámenes fueran tan jodidamente difíciles. No me extrañaría que Banner hiciera un pacto con los extraterrestres para que sus exámenes fueran cada vez más complicados, solo para joder a sus estudiantes.

Jugueteé con el papel en mi mano y no pude evitar reír cuando recordé el nombre de mi tutor. Emmett, era un nombre ridículamente anticuado. Al menos tendría material para molestar al fracasado que tendría como tutor.

Busqué a Jacob por los pasillos hasta que lo encontré en la cafetería, esperaba poder arreglar las cosas, éramos mejores amigos desde el jardín de infancia, una simple discusión telefónica no iba a separarnos, o al menos eso era lo que yo creía. Porque cuando lo encontré platicando con la chica nueva no pude evitar sentir una punzada de celos. Entonces la realidad me golpeó, tal vez Jake tenía razón, tal vez sí tenía celos de Isabella Swan.

Tomé aire esperando que los pensamientos que comenzaban a surgir en mi cabeza se ordenaran. Cuando me volteé, sentí que me golpeaban con un ladrillo. El orangután y la zorra oxigenada estaban ahí, besándose como si no hubiera mañana. Lo que me dolió mucho más de lo que me gustaría admitir. Tomé una bocanada de aire, concentrándome para no derramar ninguna lágrima. ¿Qué demonios me estaba pasando?

Definitivamente este día se estaba poniendo cada vez peor.

Entonces fui a pasar lo que quedaba del almuerzo en el patio, prefería morir de hipotermia a enfrentarme a todos los idiotas dentro de esa cafetería. Cuando la campana sonó anunciando el fin del almuerzo, dudé antes de ponerme de pie para ir a la siguiente clase.

Al llegar al salón, mis ojos se abrieron en sorpresa. Tienes que estar jodiendo. Quise gritar cuando vi que él orangután estaba aquí, en el salón y claro, en mi lugar.

Caminé decidida hasta donde estaba él, sentado como si fuera dueño del mundo. Cuando estuve frente a él, ni siquiera se molestó en levantar la mirada. Idiota.

—Estás en mi lugar —mascullé viéndolo con mi mejor cara de odio.

—Ahora es mi lugar —respondió sin siquiera mirarme, lo que me hizo enfurecer, odiaba que me ignoraran—, vete a molestar a otro.

—¿Cuál es tu problema? ¿Por qué me molestas? —cuestioné viéndolo intrigada.

—Yo no te he hecho nada —masculló entre dientes—, tú eres quien vino hasta aquí a molestar.

—¡Porque estás sentado en mi lugar! —exclamé demasiado alto.

—Señorita Hale. —La voz de mi profesor hizo que me volteara—. ¿Puede hacer el favor de tomar asiento? —Me vio molesto, solo ahí percibí que toda la clase estaba viéndonos.

—Pero… él está en mi lugar —señalé al cavernícola.

—Búsquese otro, ya no está en el jardín de infancia —escupió el señor Turner con rabia contenida, todos los presentes se rieron.

Desvié mi vista al orangután que sonreía con burla. ¡Maldito idiota! Lo estaba disfrutando.

—¡Jodido imbécil! —murmuré por lo bajo sentándome en el único lugar vacío, el cual para mi mala suerte era junto al ladrón de lugares.

Turner colocó un video aburridísimo sobre ética y sociedad contemporánea, cuando me estaba quedando dormida, el estúpido celular del gorila descerebrado comenzó a vibrar, vi de reojo como él daba un vistazo a la pantalla y ponía los ojos.

—¿No vas a atender? —pregunté bajito, incapaz de mantener la boca cerrada.

—¿Qué te importa? —escupió viéndome molesto.

—Es solo que… —me encogí de hombros y lo vi seria— no creo que sean muchas las personas que quieran hablarte, tal vez no deberías rechazar esa llamada. —Me volví a encoger de hombros y sonreí con inocencia.

—Mira quién habla —masculló con odio—. Miss simpatía.

—¿Qué insinúas? —Lo vi irritada, era verdad, mi vida social era una mierda, pero él no tenía por qué sacármelo en cara.

—A nadie le agradas —se encogió de hombros, despreocupado—, eso es lo que todos dicen.

—¿De qué hablas? —Lo vi nerviosa—. ¿Qué te han dicho de mí? —¿Es que acaso creía en todos esos estúpidos rumores que se decían sobre mí?

—Nada que no me haya imaginado ya. —Lo fulminé con la mirada, ¿por qué era tan idiota?

—No deberías creer todo lo que te dicen —murmuré sintiéndome algo decepcionada, pensaba que él era diferente. Cuando él iba a responder Turner se aclaró la garganta.

—Hale, puede coquetear con su compañero al final de la clase. —Me sonrojé inmediatamente y vi como el orangután sonreía, enseñando sus hoyuelos.

—Yo no estaba… —balbuceé intentando explicarme, pero el señor Turner me ignoró completamente y presionó el botón para continuar el video.

El resto del día no fue mucho mejor.

Mi estúpido profesor de física tuvo la genial idea de asignarnos un trabajo en parejas, y como mi suerte era una mierda, el compañero que me fue asignado tenía que ser Edward Cullen.

Mientras escuchaba al profesor hablar sobre el tema del trabajo, una bola de papel me acertó la cabeza, cuando me volteé el cerdo de Cullen sonreía con arrogancia. Abrí el papel, y solté un quejido al leerlo: "Es el destino, Hale".

Sí, claro, el puto destino, siempre encargado de joderme la vida.

Amablemente le enseñé el dedo del medio, un gesto que no le pasó desapercibido a mi profesor, que me dio un sermón de cómo las señoritas no se comportan así. Al menos esta vez me salvé de la detención.

….

La mañana del sábado desperté con un maldito dolor de cabeza, casi como si un camión me hubiese pasado por encima. Sentí mi estómago rugir por comida, moría de hambre. La casa estaba extrañamente silenciosa, me sorprendí cuando encontré la cocina completamente vacía.

Mientras veía la televisión y disfrutaba de mi desayuno, mi ridículo celular rosa comenzó a sonar, haciéndome fruncir el ceño. ¿Quién podría ser un sábado por la mañana?

—¿Diga? —atendí viendo que era un número desconocido.

—¿Rosie? ¿Estás despierta? —La voz de mi padre me sorprendió, tuve que poner los ojos ante la pregunta.

—Claro. —Me contuve para no soltar un comentario sarcástico.

—Bien, bien —repitió pareciendo nervioso—. Cariño, voy a pasar el día aquí en Seattle. —Fruncí el ceño confundida, ¿Papá estaba en Seattle? ¿Un sábado?

—¿Qué haces en Seattle? —cuestioné curiosa. Si bien siempre tenía que viajar a la ciudad por trabajo, nunca un sábado.

—¿Trabajo? —dijo, aunque sonó más como una pregunta. ¿Estaba ocultando algo? —. Y no olvides que hoy irá tu tutor —recordó haciéndome bufar. Como si fuera a olvidarlo.

—¿Cómo olvidarlo? Me arruinó el sábado —lloriqueé.

—Compórtate, Rosalie. —Utilizó su usual tono de advertencia—. Este chico solo quiere ayudarte.

—Seré un ángel —murmuré aburrida.

De repente escuché una puerta, y voces al otro lado de la línea.

—Pequeña, debo irme —se despidió papá con prisa—. Por favor, compórtate —advirtió una vez más antes de cortar.

Después de la llamada subí a mi cuarto a tomar un baño y prepararme para recibir a mi estúpido tutor.

Al salir de la ducha revisé mi celular con la esperanza de tener alguna noticia de Jacob, pero no había nada de mi mejor amigo, solo un mensaje de Alex avisando que no llegaría a almorzar. Genial.

Jackson continuaba en la universidad, Ethan estaba en Nueva York y de Josh no habíamos tenido noticias en una semana. De repente la soledad dejó de ser divertida.

Exhalé aburrida, el tipo que me habían asignado como tutor ya tenía media hora de atraso. Qué irresponsabilidad. Cuando pensaba que ya no vendría, alguien tocó a la puerta, soltando un suspiro caminé pesadamente hasta ella y la abrí, mi cuerpo se paralizó al ver quién se encontraba parado al otro lado.

—Mierda —lo escuché murmurar por lo bajo, me observaba con una mirada cargada de odio, mucho odio.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —cuestioné nerviosa, él me veía con rabia—. ¿Acaso eres psicópata? —continué—. Ya te dije que me dejes tranquila.

—Cállate —ordenó, haciéndome molestar.

—Oye, nadie me dice qué hacer. —Lo vi con los ojos entrecerrados—. Mucho menos en mi casa.

—Cállate de una puta vez. —Me ignoró completamente y me observó con tanto odio que esta vez no pude evitar retroceder.

—Si me callo, es porque a mí se me da la gana —dije después de un rato, no quería que pensara que podía mandar en mí.

—Como sea —soltó dando una mirada hacia donde estaba su enorme todoterreno estacionado.

Lo observé fijamente, ¿qué estaba haciendo él aquí? Miles de posibilidades cruzaron mi mente. ¿Y si lo que quería era secuestrarme? ¿Asesinarme y cortarme en pedacitos? Nadie podría salvarme, no había nadie en casa. Gritar no serviría de nada, mis vecinos eran unos locos nazistas, lo más probable es que ellos fueran sus cómplices.

Él se aclaró la garganta, interrumpiendo mis pensamientos.

—¿No me vas a dejar entrar? —preguntó de repente, parecía un poco más tranquilo pero su voz aún estaba cargada de odio.

—¿Por qué demonios haría eso? —Lo vi con los ojos entrecerrados, poniéndome en posición de ataque.

—No seas estúpida —masculló viéndome con desdén.

—Deja de insultarme —escupí indignada. ¿Cuál era su condenado problema? Tenía que inventar alguna excusa para deshacerme de él, pronto—. Vete, estoy esperando a alguien. —Recordé a mi tutor, esperando que tal vez él pudiera salvarme.

—¿Ah, sí? —Una sonrisa burlona apareció en su estúpido rostro—. ¿Se puede saber a quién espera la pequeña rabiosa?

Le di una mirada de odio. ¿Qué acaso no me creía?

—A mi… a mi novio —mentí mientras intentaba recordar el nombre de mi tutor—. Emmett, su nombre es Emmett. —Sonreí con suficiencia, sintiéndome orgullosa de mí misma.

Me vio con sorpresa, luego me fulminó con la mirada y después me sonrió con burla. Idiota bipolar.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es este chico? ¿Emmett? —Se apoyó en el marco de la puerta de casa y me vio sonriendo como idiota.

Fruncí el ceño. ¿Y ahora qué le pasa? ¿Qué es tan divertido?

—Es… es guapísimo y muy inteligente —enumeré algunas cualidades—, y fuerte, muy fuerte. —Me sonrojé al percibir que mi mirada estaba viajando por el cuerpo del orangután.

—¿Va a nuestra escuela? —Me mordí el labio pensando en cuál sería la mejor respuesta.

—Sí, va en último año y es mi tutor de biología —dije, pero antes de que pudiese seguir mintiendo él comenzó a carcajearse, lo vi con odio. ¿Qué era tan gracioso?

—Eres más idiota de lo que pensaba —soltó de pronto.

—Oye, que tenga un tutor no significa que sea idiota —me justifiqué cruzándome de brazos.

—Ya cállate —puso los ojos—, deja de avergonzarte a ti misma.

—¿A dónde crees que vas? —exclamé cuando él me apartó y entró a mi casa sin ser invitado.

—Sé buena y tráeme algo de beber. —Me ignoró, dejándose caer en el sofá.

—¡Oye! Esta no es tu casa y yo no soy tu maldita sirvienta —grité molesta.

—Solo estoy diciendo que deberías atender mejor a quien ha venido para ayudarte. —Sonrió demasiado satisfecho de sí mismo.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté viéndolo con los ojos entrecerrados.

—Quiero decir, discípula mía —sonrió mostrando sus hoyuelos—, que yo… soy Emmett McCarty.

Abrí los ojos como plato, y sentí que palidecía. Al parecer él lo notó porque puso una sonrisa perversa en su rostro.

—Y seré tu tutor —finalizó, el muy idiota se la estaba pasando de maravilla.

Mierda, esto no podía estar pasando. De todas las personas en el universo, ¿él tenía que ser mi tutor? ¿El orangután? El tipo que se había dedicado a hacerme la vida imposible antes de siquiera conocerme, el único tipo que era capaz de sacarme de mis casillas con una sola mirada.

Esto no podía ser una coincidencia, era el puto destino, que como siempre se había encargado de hacerme la vida un maldito infierno.


Muchas gracias a mi nueva beta, Yanina por toda la ayuda.

Gracias por sus comentarios, alertas y favoritos...

Xoxo

Emmett mcCartys angel*** Rosalie Hale de Cullen

Ella Rose McCarty