Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia me pertenece.


Surrounded by boys

Capítulo Once: Putos Lunes.

Las baterías del despertador saltaron a la mierda, cuando lo tiré al suelo con un manotazo torpe. Bonita manera de comenzar la semana.

Una risotada de mi padre fue lo que finalmente me hizo reaccionar y salir de la cama. Solo había una razón para tanta estar tan alegre un lunes por la jodida mañana. Kate. Un escalofrío recorrió mi espalda y no tenía nada que ver con el penoso clima de Forks.

Las cosas estaban yendo demasiado rápido, hasta ayer ni siquiera sabía de la existencia de esta novia y ahora tenía que soportar verla por las mañanas.

Tuve que darme una ducha fría porque el agua caliente se había acabado justo cuando era mi turno de tomar un baño.

Mi armario estaba vacío, toda mi ropa estaba en el cesto de ropa sucia y lo único que tenía para usar eran unos vaqueros claros y unas horrendas camisetas que papá me había regalado con la esperanza de que me vistiera como una chica. Opte por una que tenía un ridículo oso estampado en el medio, era eso o usar una camiseta estúpidamente rosa. Y cualquier cosa es mejor que rosa.

Di una rápida mirada a mi celular, aún tenía la esperanza de que Jake respondiera mi mensaje, pero continuaba sin dar noticias.

Definitivamente esta sería otra semana de mierda.

Cuando aparecí en la cocina, papá y su nueva novia me observaran con demasiada curiosidad, haciéndome sentir como un pobre chimpancé en el zoológico. La mirada despectiva de Katherine estaba fija en mi camiseta.

—Buenos días, querida. —La morena fue la primera en romper en silencio. —Estas...adorable esta mañana.

—Tú estás...aquí esta mañana. —Vi a mi padre con una ceja alzada. —¿Qué hace ella aquí? —Solté sin preocuparme de que ella estuviera escuchando.

—No seas grosera. —Él me regañó, evidentemente molesto.

—Lo siento Katherine, es que no estoy acostumbrada a ver mujeres semidesnudas en la cocina de mi casa. —Me disculpé fingiendo una sonrisa, ambos me vieron con odio.

—¡Rosalie! –Papá escupió mi nombre, enfurecido, pero lo ignoré dándome de hombros y saliendo de la casa con un portazo.

Tal vez me había pasado, pero esa mujer no me gustaba y no la quería en mi casa. Además, eran las siete y media de la mañana de un jodido lunes ¿De verdad creía que iba a quedarme escuchando sus reprimendas y sermones interminables?

¿Un jodido lunes por la mañana?

Odiaba caminar al instituto sin la compañía de Jacob, y hoy más que nunca extrañaba nuestras conversaciones sin sentido, necesitaba distraerme y borrar la desagradable imagen de Katherine sentada en la banqueta de la cocina usando nada más que una de las camisas de papá. Asqueroso.

Sacudí mi cabeza alejando los pensamientos que comenzaban a formarse en mi cabeza.

Al llegar al instituto, vi a Jake riendo junto a la chica nueva mientras la ayudaba a cargar sus cosas como el perfecto baboso que era.

Por más que me doliera o sintiera que Isabella me había robado a mi mejor amigo, la única forma de recuperarlo sería acercándome a la chica nueva y demostrándole a Jacob que si lo apoyaba en su "futura" relación con Swan.

Sonreí sintiéndome satisfecha conmigo misma, era un buen plan, ahora solo tendría que encontrar una forma de acercarme a Isabella Swan y lograr que no me odie.

Camine distraída por los pasillos, intentando pensar en algo que pudiera ayudarme con mi nuevo plan, pero cuando finalmente llegué hasta donde estaban los casilleros, me lleve una desagradable sorpresa. El idiota de Cullen me sonreía, recargado sobre mi puto casillero, impidiéndome abrirlo. Jodido imbécil.

—¡Quítate Cullen! –Exclamé en cuanto lo vi, no estaba de humor para sus pendejadas.

—Que gusto verte, Rosalie. –Sonrió con burla, tuve que contenerme para no golpearlo, aún tenía todo el día por delante para que me enviaran a detención, no podía arriesgarme. –Tan encantadora como siempre.

—¿Estas teniendo un derrame o qué? —Escupí irritada al ver que me ignoraba y que continuaba ahí parado como el bruto retardado que era. —¡Quítate!

—No pienso moverme hasta que me escuches. —Hizo una mueca. —Necesito que hagas algo por mí.

—¿Y qué demonios te hace creer que yo voy a hacer algo por ti? –Solté con una carcajada, mientras lo veía con una ceja alzada.

—Porque sé que te traigo loca. —Dijo con una sonrisa de estúpido, y apartándose un poco de mi casillero lo que me permitió abrirlo. Me contuve para no golpearlo, no me enviarían a detención por culpa de Cullen, al menos no hoy.

—Sigue soñando… —Puse los ojos mientras me concentraba en sacar mis libros para la próxima clase.

—Vamos Hale, si aceptas yo también puedo ayudarte… —Me guiñó el ojo y sonrió sugestivamente haciéndome sonrojar. Afortunadamente tenía la cabeza metida dentro del casillero.

—Mierda Cullen, déjame tranquila. —Le grité, tal vez demasiado alto, ya estaba cansada de sus estupideces.

¿Es que yo era la única que respetaba la paz de los lunes por las mañanas?

Fue su turno de mirarme con odio ya que mi grito había llamado la atención de muchos de los curiosos alrededor, y él definitivamente no quería ser visto conmigo.

—Escúchame un puto segundo ¿quieres? –Pidió con rabia contenida, si no conociera a Cullen pensaría que se trataba de algo de vida y muerte.

—No quiero. —Me limité a decir, cerrando la puerta del casillero más fuerte de lo necesario. Me di la vuelta para alejarme de él, pero me tomó el brazo con fuerza para detenerme. De seguro eso dejaría una marca más tarde.

Iba a insultarlo y tal vez darle otra patada en las pelotas, nadie me ponía una mano encima y vivía para contarlo, especialmente si ese alguien era Edward Cullen, pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa, el orangután apareció de la nada, solo para arruinar mis planes.

Genial, Este día solo mejora.

—¿Peleando con otro de tus novios? –Masculló en ese tono que tanto me irritaba.

Aunque esta vez, al verlo llegar con ese puto mal humor que se gastaba y su habitual ceño fruncido, no pude evitar sonreír cuando lo comparé con Cullen. La intimidante figura de Emmett hacia a Edward parecer un mocoso en pleno desarrollo. El cavernícola, a diferencia de cualquiera de los otros chicos en el instituto, ya era todo un hombre, alto, fornido y capaz de intimidar a cualquiera con una sola mirada. ¿Que? ¿Qué demonios me está pasando? Sentí mis mejillas arder e intenté pensar en otra cosa.

—¿Novio? ya quisiera ella. –Escupió Edward con burla, le lancé una mirada de odio. No quería que me humillase frente al cavernícola. —Está más loca que una cabra.

—Cállate idiota. –Volví a gritarle. —Te recuerdo que fuiste tú el que vino aquí a molestar.

—¿Y tú quién eres? –Cullen me ignoró para voltearse y cuestionar al orangután con cara de pocos amigos.

—Emmett, es nuevo. —Respondí por él, ganándome una mala mirada de mi estúpido tutor.

—¿No estas algo mayor para estar en secundaria? —Edward lo vio interrogante y tuvo suerte de que Emmett si respetara la paz de los lunes, o sus perfectos dientes estarían en el suelo.

Me sonroje cuando vi que el cavernícola me observaba serio, como si quisiera arrancarme la cabeza, pero eso no me detuvo.

—¿Y tú que demonios estás haciendo aquí? —Lo vi con los ojos entrecerrados, estaba cabreada, los dos idiotas habían acabado con mi mañana.

—Estaba buscando mi casillero. —Murmuró desviando la mirada, lo vi con los ojos entrecerrados. Sabía que estaba mintiendo, pero tendría que preocuparme de eso luego, mi enemigo ahora era otro.

—¿Cullen? ¿Qué es lo que quieres? –Me voltee a ver al otro idiota que me observaba con esa sonrisa socarrona que tanto me provocaba golpearlo.

—Solo quiero hablar contigo. –Explicó y fijo su mirada en Emmett, como exigiéndole que se alejase. –A solas.

Di una rápida mirada al orangután, que no parecía ni un poco dispuesto a alejarse, vi como su mano formaba un puño, que seguramente sería capaz de dejar al baboso Cullen inconsciente de un solo golpe. Y en cualquier momento sería algo que pagaría por ver, pero no hoy, yo podía defenderme sola.

—Olvídalo. –Solté ya harta de las tonterías de Edward. –Ahora, déjenme tranquila… los dos. –Espeté, pero cuando vi a Emmett alejarse ya no estaba tan segura de que era eso lo que realmente quería. ¿Pero qué demonios me pasa?

—Vamos Hale, Te conviene más a ti que a mí. –por supuesto, Edward continuó con su mierda.

—Púdrete Cullen. —Me alejé esperando que no me siguiera o terminaría dándole una patada en las bolas y acabando por completo con la paz del lunes.

Me lleve un sermón sobre irresponsabilidad y puntualidad, por llegar tarde a mi clase, todo gracias a Cullen.

Cuando tomé mi lugar de siempre, el que antes era mi lugar favorito en todo el mundo por el simple motivo de quedar atrás de quien yo consideraba era el chico más guapo y genial del instituto, Jasper Whitlock.

Pero ahora, su cabello rubio, el clásico olor de su perfume o la cálida sonrisa que me dio al verme no me provocaron nada. No, en mi cabeza aún estaba la imagen del bruto gorila mandón que siempre estaba sacándome de quicio, porque tenía que admitirlo, el tipo era un jodido idiota, pero incluso yo podía ver lo caliente que era. Su cabello oscuro y esa sonrisa engreída provocaban cosas en mí que ni siquiera Jasper había logrado despertar.

Supongo que me gustan más los morenos.

—¿Señorita Hale? —El profesor llamó mi nombre, parecía irritado –Le hice una pregunta.

Demonios, me mordí el labio, había estado tan distraída pensando en lo ridículamente guapo que era el imbécil de Emmett que no tenía ni puta idea de lo que me estaba hablando.

—¿Puede repetirla? —Hable nerviosa, era consciente de la mirada atenta de todos mis compañeros de clase.

—Los estados…Nombre uno de los estados. —Pidió con impaciencia.

—¿Washington? –Respondí indecisa, provocando que toda la clase reventara en carcajadas, el profesor me observó con rabia.

—No me gustan los payasos, señorita Hale. —Espetó amargamente, dejándome confundida. Él quería un estado y yo le había dado uno, o al menos eso creía, estaba 70% segura de que Washington era un estado. —Tal vez debería prestar más atención en la clase. —El profesor Sanders comentó en tono sarcástico. —De haberlo hecho antes habría notado que está en una clase de física y no de geografía.

Cuando finalmente entendí que era lo que estaba sucediendo, me sonrojé, era tan idiota que había conseguido humillarme a mí misma de una forma absurda.

—Señorita Wilmore. —Está vez llamó a su estudiante preferida, ella me lanzó una sonrisa engreída, antes de responder.

—Gaseoso. —Soltó, ganándose una felicitación del profesor. Puse los ojos, Lucy Wilmore era un dolor en el culo, siempre sintiendo la necesidad de restregarme mi jodida estupidez en la cara. Como si ya no la conociera.

A la hora de almuerzo, mis esperanzas por tener un lunes tranquilo y sin problemas terminaron de irse a la mierda. Mi mala suerte me llevo a estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, ya que justo en el momento en que pasaba por ahí en mi camino a la cafetería, vi como la chica nueva accidentalmente chocaba con una furiosa Tanya.

La bruja Denali, que parecía más molesta que de costumbre, lanzó todo tipo de insultos contra la pobre Isabella, quien solo observaba a la oxigenada con ojos asustados. Sentí pena por la chica, yo sabía muy bien lo que era ser humillada por esa perra plástica, pero a diferencia de Bella Swan yo no era tímida y Tanya no me intimidaba.

—¿Eres ciega? –Tanya continuó despotricando. —Fíjate por donde caminas.

—Lo siento —La pobre intentaba disculparse desesperada. Tomé una bocanada de aire antes de ir hasta ella y ayudarla a recoger las cosas que había dejado. —De verdad lo siento mucho Tanya.

—Escúchame bien estúpida. —La vio amenazante. —No vuelvas a cruzarte en mi camino o te va a ir mucho peor.

—Bella no tiene la culpa de que tu ego ocupe todo el pasillo. —Espeté viéndola con desafío.

—Tú no te metas, fenómeno. –La bruja Denali me observaba con odio y desprecio, como solo ella podía hacerlo. Sonreí ante su penoso intento por intimidarme, ya estaba acostumbrada a que me llamara así, era completamente inmune a su mierda.

—Prefiero ser un fenómeno a un juguete sexual. —Los curiosos que ya se habían reunido alrededor de nosotros soltaron exclamaciones exageradas. Oh por favor, como si fuera mentira.

Escuché a alguien llamar mi nombre a mis espaldas, pero no le di importancia y continué despotricando contra Denali.

—¿Por qué no regresas a la esquina de dónde saliste? —Solté, la bruja hizo una mueca, como si mi comentario de verdad la hubiese afectado.

—Rosalie Hale. –Escuché a Dunnes alzar la voz y supe que estaba en problemas. Me voltee poniendo mi mejor sonrisa inocente.

—Ella comenzó. —La acusé viendo que el tipo echaba humo. Desvié la mirada del inoportuno inspector para ver a Tanya, lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. ¿Pero qué mierda? La muy zorra pensaba jugar el papel de víctima.

—No es cierto —La perra mentirosa comenzó a justificarse. —Usted sabe cómo es, siempre está persiguiéndome. —Sollozó. —Yo solo estaba aquí en el pasillo y ella comenzó a insultarme...creo que está enamorada de mí.

Dunnes se volteó a verme sin saber qué decir.

—Mentirosa. —Solté indignada. —Tanya insultó a Bella cuando la pasó a llevar por accidente en el pasillo. –Expliqué de repente recordando que ahora tenía un testigo. –Yo solo la estaba defendiendo.

No pueden castigarme por ayudar a una estudiante en apuros ¿verdad?

—¿Es eso cierto? —El señor Dunnes paseo su mirada entre Tanya y Bella, esperando alguna respuesta.

Vi de reojo como la oxigenada daba una mirada de advertencia a la chica nueva, y cómo está se removió incomoda en su lugar.

—Señorita Swan ¿Es verdad, la señorita Denali la insultó? —El inspector cuestionó, Isabella negó con la cabeza. ¿Qué demonios?

Abrí los ojos sorprendida, sintiéndome traicionada. Solo había querido ayudar y así me lo pagaba. Sabía que yo no era su persona favorita en el mundo, pero nunca pensé que llegase al punto de querer meterme en problemas. Ya que su mentira de seguro iba a enviarme a detención.

—No sé por qué, no estoy sorprendido. —Murmuró con sarcasmo viéndome con disgusto.

—Estoy diciendo la verdad. —Continué defendiéndome, aun sabiendo que ya era una batalla perdida.

—Señorita Hale, ambos sabemos que usted es bastante dada a decir mentiras. —El hombrecito habló con impaciencia, Tanya sonrió.

—¿Me está llamando mentirosa? —Lo señalé con mi dedo acusatorio. —Estoy casi segura de que eso es ilegal. No puede llamar a una estudiante mentirosa. —Solté indignada, eso no podía estar bien ¿o sí?

—Ya déjese de tonterías. —Puso los ojos. —Y discúlpese con la señorita Denali.

—Ja, primero muerta. —Respondí sin pensar, prefería ser masticada por un hipopótamo a pedirle disculpas a la zorra esa.

—Entonces la veo en la sala del director. —Dictó antes de alejarse. Hice una mueca mientras lo veía desaparecer por el pasillo. Genial, otra semana en detención.

Cuando finalmente todos se alejaron, me volteé para encarar a Isabella.

—¿Por qué no dijiste la verdad? –Cuestioné molesta. —Ahora estoy en problemas.

De la nada el orangután se materializó a su lado y paso un brazo por su cintura, abrazándola protectoramente. Verlos a los dos juntos fue más de lo que pude soportar, sentí una horrible puntada en el corazón y unas enormes ganas de llorar. ¿Demonios Rosalie, cuál es tu maldito problema?

—Déjala tranquila. –Él ordenó molesto. No...esto era aún peor.

—No te metas Emmett. —Apenas murmuré, intentando controlar mis sentimientos.

—Rosalie, deja a Bella en paz. –Esta vez era Jacob quien había aparecido para salvar a la damisela en peligro. Él me veía con odio, y aunque su actitud me dolió como la mierda, no era nada comparado con lo que había sentido al ver a Emmett abrazando y defendiendo a su nueva conquista.

Me quedé en silencio, ya me había llevado demasiadas patadas en un solo día y no me quedaban fuerzas o ganas de continuar defendiéndome.

Pero siempre todo podía empeorar, y aun me quedaba una desagradable visita a la oficina del director.

—El señor Fisher, la espera. —La señora Pope anunció con su voz aburrida. No hizo falta que me indicara cual era la puerta, conocía el lugar como la palma de mi mano.

—Señorita Hale, tome asiento. –El director Fisher indicó la silla frente a él. Observé el pequeño portarretratos que había en su escritorio, un tierno Yorkshire sentado en una silla que parecía más costosa que cualquiera de los muebles que había en mi casa.

—Y.… ¿Cómo está Toby? –Intenté distraerlo, él me lanzó una mirada molesta antes de responder.

—Tommy. –Corrigió con el ceño fruncido, como si lo hubiese insultado al no recordar el nombre de su ridículo chucho. –Y no intente desviar la conversación, señorita. —Puse los ojos, Fisher era tan serio que me hacía extrañar a Dunnes. —Usted sabe perfectamente porque está aquí. —Sonreí, el tipo siempre comenzaba nuestras reuniones con la misma frase y yo siempre respondía de la misma forma.

—La verdad es que no tengo idea. —Aunque la mayoría de las veces si lo sabía, era divertido ver su mirada impaciente. Además, como siempre decía, inocente hasta que se pruebe lo contrario.

—Su comportamiento es inaceptable. —Me vio con severidad. Era aquí cuando yo ponía los ojos y él me daba unos cuantos días de detención. Pero esta vez fue diferente. —Me temo que usted es incluso peor que sus hermanos. —¡Oh por favor! Comparada con cualquiera de ellos era una santa y merecía un monumento. Era imposible que no recordara que Alex había sido quien arrojó la bomba apestosa en su salón solo para que cancelaran un examen, o que Jackson robó las llaves del laboratorio de ciencias para vengarse del profesor que días antes le había enviado a detención. —Voy a citar a su padre. —Abrí los ojos asustada, a papá no le gustaría nada que interrumpieran sus días con su nueva novia por una llamada del director.

—No creo que sea necesario. –Intenté hacerlo entrar en razón. –No queremos molestarlo con algo tan… banal como esto. –Sonreí con inocencia. —Además, papá está trabajando en Seattle…ya sabe, es un hombre ocupado.

—Ahora que lo menciona, recuerdo que el señor Hale comentó algo acerca de sus viajes a la ciudad. —Frunció el ceño. —Esta vez lo dejare pasar, pero se lo advierto señorita…no quiero más problemas.

—Lo prometo, no más problemas. —Mentí, no era como si yo causara los problemas adrede, ellos simplemente me encontraban. —Fue un placer hablar con usted, le mando mis saludos a Toby. —Estaba poniéndome de pie, cuando el habló nuevamente.

—Aún no hemos terminado de hablar. —Me detuvo con una mirada impaciente. —Como la detención no ha tenido ningún efecto en usted, pensé en darle otro tipo de castigo. —Sonrió disfrutando de mi sufrimiento.

—¿Qué tipo de castigo? –pregunté nerviosa.

—Los sábados tenemos un proyecto para ayudar a niños con problemas económicos y sociales a aprender. —Comento.

—¿y eso que tiene que ver conmigo? —Solté sin entender nada.

—No tenemos muchos voluntarios, y me pareció un buen castigo que vengas el sábado a ayudar a esos niños. —Explicó.

—¿Está pidiéndome que les enseñe a mocosos? —me exalté, yo odiaba a los niños.

—Niños. —Corrigió viéndome de mala gana. –Y va a hacerlo con una sonrisa en la cara, a menos de que quiera que en vez de un sábado sea todo un semestre.

—Supongo que no tengo elección. —Mascullé molesta, él negó con una sonrisa de diversión en la cara. —Ahora que dio su sentencia ¿puedo retirarme? —Asintió poniendo los ojos y no esperé a que dijera nada más antes de salir de ahí.

Al verme salir la señora Pope levantó la cabeza de su crucigrama y me dio una mirada de disgusto, yo le sonreí con falsedad.

Antes de irme a casa fui a dejar algunos libros a mi casillero. Al abrir la puerta, algo cayó a mis pies, era una nota dirigida a mí. Observé alrededor esperando encontrar al dueño del papel, pero los pasillos estaban desiertos.

"Si quieres recuperar a Jacob Black, deja un sobre con tu respuesta en el casillero B213."

Leí una y otra vez intentando encontrarle algún mensaje oculto o algo por el estilo, pero no había nada, el estúpido papel ni siquiera tenía firma. Seguro solo se trataba de una broma de mal gusto, lo mejor sería ignorarlo.

De todas formas, metí la nota en mi bolsillo y cerré mi casillero con más fuerza de la necesaria. Pese a mi intento por ignorarlas, las malditas palabras se habían quedado grabadas en mi cabeza y de camino a casa era en lo único que podía pensar.

¿Quién podría ser? ¿Por qué de repente alguien estaba interesado en mi amistad con Jake? Todo era muy raro.

En casa, la maldita nevera estaba completamente vacía. Cerré con un portazo descargando parte de mi frustración. Parecía que esta semana estaba comenzando mucho peor de lo que hubiese imaginado.

Con el golpe unos cuantos imanes y papeles del refrigerador cayeron al suelo y se desparramaron por toda la maldita cocina. Genial.

Recolecté los putos imanes y los volví a colocar en su lugar. Cuando recogí los papeles para ordenarlos, una nota que no había visto antes llamó mi atención. Era la letra de mi padre, y parecía haberla escrito con prisa.

"Seattle, regreso el sábado, compórtate" Un mensaje breve y claro, sin una mísera señal de afecto.

Si bien mi padre nunca había sido del tipo de hombre que demuestra sus sentimientos, por lo menos siempre terminaba sus mensajes con un te quiero. Ahora, solo me pedía que me comportara, como si fuera alguna loca descontrolada.

La nota de mi padre me desanimó, por lo que detuve la búsqueda por comida y me contente con un paquete de palomitas de microondas y una lata de soda.

Para evitar tener que lavar un jodido vaso creí que sería una grandiosa idea tomar directamente desde la lata, no lo fue. En un descuido regué toda la maldita bebida en mi ridícula camiseta de oso.

Corrí a cambiarme, en mi armario solo quedaba aquella camiseta rosa…Era como si el puto destino quisiera que la usara solo para joderme la vida, pero me negué, Rosalie Hale jamás usaría algo así.

Desafiando al destino, fui hasta la habitación de mi hermano con la intención de encontrar algo decente para usar ahí.

Alex era un maldito cerdo, el lugar estaba hecho un asco e increíblemente desordenado. Había calcetines sucios regados por el cuarto, y otras prendas de ropa cubriendo prácticamente todo el piso, la cama estaba desecha, había miles de vasos y platos con restos de comida sobre la cómoda. ¿De dónde viene ese olor?

Ignorando la peste, abrí el cajón donde sabia guardaba sus camisetas viejas, y saqué la que siempre había sido mi preferida. Alex al igual que todos en mi familia era fanático de los Yankees de New York.

La camiseta me quedaba enorme, pero no me importó, era cómoda y eso era exactamente lo que necesitaba.

Cuando estaba cerrando el cajón encontré una caja de preservativos abierta, algo que hubiese preferido no haber visto nunca. Putas imágenes mentales.

Hice una mueca de asco, y salí corriendo de ahí.

Tuve la mala idea de llamar a papá para avisarle que ya había recibido su breve nota y decirle que me estaba comportando. Tuve que marcar tres veces hasta que finalmente atendió, su tono de voz no era nada amigable.

—Rosalie, estoy ocupado. —Masculló con impaciencia. Por un momento pensé que podría haber estado en alguna reunión de trabajo o algo por el estilo, pero unas risitas al fondo y la voz de una niña llamaron mi atención y me convencieron de lo contrario. —¿Qué quieres?

—Solo llamaba para decirte que he visto tu mensaje. —Hice una mueca al recordar lo breve que había sido.

—Bien… —Dijo cortante. –Adiós.

—A-Adiós, te quiero. –Me despedí, pero él ya se había ido. Eso fue grosero.

Sentí algo en el bolsillo de mi pantalón, y recordé el mensaje que habían dejado en mi casillero. ¿Quién la habría enviado? ¿Estaban tratando de tomarme el pelo? ¿Tal vez era verdad y alguien quería ayudarme a recuperar a Jake?

Pensé en mi mejor amigo, en cómo me había tratado esta mañana, cuando mi única intención era ayudar a su amada Bella.

Luego recordé al orangután, y como la había defendido. Como si yo fuese algún monstruo atacando a la dulce e inocente Isabella.

No entendía que me estaba pasando, a estas alturas el rechazo ya debería serme indiferente. Pero ahora, dolía más que nunca.

Cuando una lagrima amenazaba con caer, escuché que tocaron la campanilla. Tuve la esperanza de que se tratara de Jake, o de mi padre. Deseaba que todo volviera a ser como antes, pero los cuentos de hadas no existen y nada de eso sucedería.

Abrí la puerta de mala gana, y tuve que parpadear varias veces para convencerme de que no estaba imaginando cosas. ¿Qué demonios?

—¿Qué estás haciendo aquí? —Cuestioné intrigada, mi voz se escuchaba patética.

—Soy tu tutor ¿recuerdas? –Asentí, había estado tan distraída que había olvidado completamente ese pequeño detalle. ¿Teníamos clase hoy?

—¿Podemos dejarlo para otro día? –No tenía ánimos de estudiar, mucho menos con él, no contaba con la energía suficiente para soportar una de nuestras discusiones. –No estoy de humor para estudiar.

Él pareció pensárselo por un momento, y tuve la esperanza de que aceptaría.

—Ni hablar, ya estoy aquí. –Me hizo a un lado para entrar en la casa. —Ve por tus cosas y no me hagas perder más tiempo. —Soltó viéndome impaciente.

Le di una mirada de desprecio antes de subir las escaleras. Odiaba que me dijeran que hacer, mucho más si las ordenes venían de un cavernícola estúpido como lo era él.

—¿Quién es "J"? —Cuestionó de repente con la mirada fija en uno de los corazoncitos dibujados del viejo libro de Alex. Sentí mis mejillas arder, y desvié la mirada no quería que supiera que había tenido un encaprichamiento por Jasper Whitlock.

—No te importa. –Dije finalmente, él alzó una ceja. –Empecemos ¿quieres?

Asintió, y me sentí aliviada al no tener que explicar lo de Jasper, eso solo le daría más motivos para burlarse de mí.

Mientras estudiábamos no tuve que esforzarme tanto para no discutir con él, nuestras conversaciones eran casi civilizadas y se limitaban a la materia que tenía que estudiar.

Aunque de vez en cuando el recuerdo de la mañana me asombraba y me distraía, era difícil olvidar la mirada de desprecio en los ojos de Emmett, mientras sostenía a la dulce Isabella con un abrazo.

—Tengo sed. –Él soltó después de un rato, haciéndome volver a la realidad. —Tráeme algo para beber.

—Búscatelo solo. –Escupí molesta.

—¿estás sugiriendo que quieres que me sienta como en casa? –Lo observé con los ojos entrecerrados, el idiota tenía razón.

—Claro que no. –me levanté y fui hasta la cocina. —Ya regreso, no hagas nada.

Agradecí tener una excusa para alejarme de él, su presencia me dejaba nerviosa, era imposible pensar racionalmente cuando Emmett estaba cerca. ¿Qué mierda me pasaba con este tipo? Negué con la cabeza, cuando una palabra cruzó mi mente.

No podía negar que el orangután era guapo, pero todo lo que tenia de atractivo lo tenía de idiota y arrogante.

Fui a lavar un vaso y cuando quise cerrar el maldito grifo este se soltó haciendo que el agua salpicara a todos lados, empapándome.

Después de unos buenos minutos, logré descubrir cómo cerrar la maldita llave. Miré hacia la puerta, esperando que el orangután se apareciera en cualquier momento reclamando por todo alboroto que estaba haciendo. No lo hizo.

Llené el vaso de agua y fui a encontrarlo en el comedor, demasiado concentrado en mi celular como para notar el pequeño tsunami de la cocina.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? –Exclame furiosa ¿cómo se atrevía?

—¿Y a ti qué te pasó? –Cuestionó viéndome con los ojos desorbitados, ignorando por completo mi pregunta.

—Yo pregunté primero. —Espeté arrebatándole el celular de las manos, no iba a dejar que se saliera por la tangente.

—Tú realmente tienes algo con el agua. –Comentó con burla, me sonroje cuando recordé el día en que nos conocimos y como acabe en la puta piscina.

—No cambies el tema —Lo reté. —¿Qué demonios estabas haciendo con mi celular?

—Intentaba apagarlo. —Se dio de hombros restándole importancia.

—¿Por qué? —Fruncí en ceño sin entender. ¿Por qué le importaba si mi jodido teléfono estaba encendido o no?

—Habíamos quedado que nada de celulares mientras estudiábamos. —Dijo como si fuese lo más obvio del mundo.

—Pero si ni siquiera ha tocado. –me exalté, su regla era estúpida.

—Pero podría llegar a hacerlo. —Puse los ojos, Emmett estaba siendo completamente irracional.

—Como si alguien quisiera llamarme –murmuré bajo, él me escuchó.

—Supongo que tienes razón. —Soltó de repente. —¿Quién querría hablar con una mocosa insoportable como tú? –sonrió mostrando sus malditos hoyuelos.

—Eres un idiota. —Deje el vaso en la mesa.

—Pudiste decirme que no tenías agua. —Comentó, lo vi confundida.

—¿De qué hablas? Aquí está tu puta agua. –Señale el vaso que tantos problemas me había traído.

—¿De dónde la sacaste? –Cuestionó con una ceja alzada, no lo culpaba de seguro pensaba que con lo que lo odiaba la había sacado del sanitario. Sonreí ante la idea.

—Del manantial junto al arcoíris. –respondí con sarcasmo.

—No era necesario que te dieras un baño en él. –Sonrió con burla, le di una mirada furiosa. Todo era su maldita culpa.

—Ja ja, que divertido. –Fingí una risa. –¿Te la vas a tomar o no? –Él se dio de hombros.

—Se me quitó la sed. –Se dio de hombros, apreté mis puños con fuerza. Idiota.

—Voy a…—Respire profundamente, de nada me servía perder la cordura ahora.

—¿Vas a qué? ¿Golpearme? –preguntó dando un vistazo a mis puños mientras sonreía de lado.

—No sería una mala idea. –Masculle entre dientes.

—Sería una terrible idea. –habló con calma. –Estás loca si crees que voy a dejar que me golpees.

Respiré profundamente intentando calmarme.

—Terminemos luego con esto. –volví a mi asiento y tomé el gastado libro de biología.

El asintió poniéndose en plan de profesor nuevamente. Tenía que admitir que era mucho más fácil lidiar con Emmett cuando estaba así, estaba intentando explicarme el ciclo de Krebs. ¿Existe algo más aburrido que eso?

—¿Puedes quedarte tranquila y prestar atención? –habló de repente, yo no me había dado cuenta de que estaba balanceando mi silla y haciendo rayas en mi cuaderno.

—No. –Solté sin pensar, me arrepentí en seguida al ver su mirada de furiosa.

El tiempo se detuvo cuando el muy idiota colocó el pie en la parte de atrás de mi silla, con la intención de hacerme caer. Sentí el vértigo en mi estómago e involuntariamente intenté sostenerme de algo para evitar estrellarme contra el suelo. Sin darme cuenta agarré el brazo del orangután haciéndonos caer a ambos.

No sé cómo nos las arreglamos para terminar de la forma en que lo hicimos, caí sobre él, y Gracias a Dios no fue al contrario o ahora sería puré. El tipo era enorme.

Nuestros rostros quedaron pegados, mis labios estaban a escasos centímetros de los de él. Cerré los ojos, avergonzada e incapaz de moverme. Cuando abrí los ojos, me encontré con la fría mirada del orangután.

—¿Lo siento? –me disculpé aun aturdida.

—¿Pero qué demonios? ¿Por qué me tiraste? –Escupió intentando incorporarse, pero yo continuaba sobre él. Me sonrojé violentamente cuando pasó su mirada por mi cuerpo, me removí enseguida.

—Tú me hiciste caer primero. –Me defendí, recordando que todo eso había pasado gracias a su estúpida broma.

—¿Y decidiste que entonces yo tenía que caer también? –Exclamó incrédulo.

—Sí. –solté sin pensar —Digo no… -me sonrojé. –Yo solo quise sostenerme para no caer.

—¿de mi brazo? –Me vio molesto.

—No sabía que era tu brazo, fue todo muy rápido. –expliqué, él puso los ojos.

—Eres más tonta de lo que pensaba. –Hice una mueca al escucharlo, No era la primera vez que me decía eso.

—¡Oh por favor! –Escupí irritada, era injusto que me culpara a mí. —Todo esto fue tu culpa.

—¿Mi culpa? –se molestó más aún. –Yo no soy el idiota desesperante balanceando la silla. —Yo bufé. —Era solo cuestión de tiempo para que cayeras. –dijo terminando de ponerse de pie.

Lo observé con odio, el muy idiota tenía razón. No era la primera vez que me caía por balancearme en una silla.

—Cállate. —También me puse de pie. –Creo que será mejor que sigamos con la estúpida clase otro día.

—Aún no me has dicho que fue lo que te pasó. –Me recordó mientras clavaba la mirada en mi camiseta mojada, que ahora estaba completamente pegada a mi cuerpo. Sentí a sangre subir a mis mejillas.

—Decidí que quería tomar una ducha con ropa –Solté con sarcasmo, él sonrió mostrando sus hoyuelos.

—Pudiste haberme invitado. –Abrí los ojos sorprendida, mis mejillas ardían como nunca.

Antes de que pudiese pensar en algo inteligente para responderle él se marchó, dejándome furiosa, confundida y avergonzada.

Para distraerme me pareció una buena idea utilizar el tiempo para lavar la ropa, no podía ser tan difícil. Metí dos de mis camisetas y uno de mis vaqueros a la máquina de lavar.

En ninguna parte decía cuanto detergente y suavizante debía utilizar, entonces vertí todo el contenido dentro de la máquina. Como decía Jake, mejor que sobre a que falte. Programé la máquina para que parase luego de una hora, y me fui a ver la televisión.

Para variar no había nada bueno, ¿Cuál es el sentido de tener tantos canales, si van a dar la misma mierda todos los días? Luego de dar tres vueltas por todos los canales me decidí por ver un viejo capítulo de The big bang theory, ya lo había visto millones de veces, pero no había nada mejor.

Estaba distraída riendo de las estupideces de Sheldon, cuando vi la espuma avanzando peligrosamente por la sala. Mierda.

Corrí a la lavandería con la intención de solucionar el maldito problema, pero no noté que las baldosas estaban resbaladizas y terminé cayendo en mi trasero. ¿Es que todo tenía que salirme mal?

Me puse de pie y fui con cuidado hasta la máquina de lavar, que estaba como poseída, dando saltos y haciendo ruidos raros. La espuma estaba por todos lados y amenazaba con continuar avanzando. En mi desesperación agarré toda la ropa que aún estaba en el cesto y comencé a amontonarla para detener el camino de la maldita espuma.

—¿Y ahora qué hiciste? —La voz de mi hermano a mis espaldas me sobresaltó, haciéndome perder el equilibrio, otra vez.

—¿Qué te parece? —Solté viendo como Josh me observaba entre divertido y molesto. —Lavo la ropa.

—Se supone que debes ponerla dentro de la máquina. —Comentó con una sonrisa burlona.

—No es gracioso. —Mascullé irritada. —No sé qué mierda pasó, seguí todas las instrucciones.

—Demonios Rosalie, cuando me dijeron que venga a asegurarme de que no destruyeras la casa pensé que estaban bromeando. —Soltó viéndome divertido, yo fruncí el ceño sin encontrarle humor a la situación.

—Deja de decir estupideces y ayúdame. —Estaba muy molesta ¿es que nada me salía bien?

Al cabo de dos horas, Josh y yo logramos secar todo.

—Vamos a tener que lavar todo eso. —Señaló a la pila de ropa sucia que yo había usado para detener la espuma.

—Yo no voy a hacerlo. —Espeté, abriendo la máquina para sacar la ropa que ya había metido ahí. Nunca más volvería a tocar esa máquina del infierno.

—No te preocupes, no te pediría eso ni en un millón de años. —dijo riendo.

Cuando vi como habían quedado mis camisetas, quise llorar, estaban completamente arruinadas.

—Mierda —Mascullé mientras examinaba mi antigua camiseta blanca de Kiss, que ahora había quedado de un horrible gris azulado, la otra camiseta estaba del mismo color. Al menos, los vaqueros, continuaban en perfectas condiciones.

—¿Nunca has oído que hay que separar la ropa por color? –Cuestionó viéndome como si fuese estúpida.

—¿Desde cuándo eres el señor yo-se-todo-sobre-lavar-ropa? —Solté demasiado irritada.

—No hay que ser un experto para saberlo. –dijo dándose de hombros.

Yo bufé, de pronto mi estomago sonó, recordándome que mi almuerzo había sido muy pobre.

—Voy a pedir algo para comer. –Sugirió, haciéndome sonreír. –Tengo noticias. —Sentí un nudo en el estómago, que no tenía nada que ver con el hambre, algo me decía que estas noticias no iban a gustarme.

La comida no tardó en llegar. Puse la mesa, mientras Josh vertía todo en los recipientes.

—este restaurante es grandioso. –Comente metiéndome un pedazo de pollo en la boca.

—voy a extrañarlo. —Mi hermano hablo con aire nostálgico, lo miré sorprendida ¿es que acaso iban a cerrarlo?

—¿por qué? –si lo cerraban solo quedaría la pizzería, esas sí que eran malas noticias.

—Me van a trasladar. —Soltó sin darme tiempo de prepararme, y casi me ahogo con un pedazo de pollo. Esto era mucho peor.

No pueden hacer eso. —Lo vi preocupada, no podían llevarse a mi hermano mayor, Josh era como un segundo padre para mí. —Tienes que hablar con Charlie. –El jefe Swan siempre había sido un buen amigo de la familia, él podría ayudar.

—No estás entendiendo, peque –Sonrió con cariño. —Yo pedí el traslado.

—¿por qué? –Me incorpore, nerviosa, sintiendo que todos me estaban abandonando.

—Necesito más acción, Rose. –explicó. –Lo más interesante que me ha tocado hacer fue cerrar la carretera porque un camión de patatas se había volcado.

—Eso no es cierto ¿no recuerdas el oso? ¿O ese tipo que te amenazó con su tenedor para que no le quitaras su botella de whisky? —Intente hacerlo cambiar de opinión, pero él sólo rio y me revolvió el cabello.

—Me enviaran a New York –Estaba emocionado –¿Te das cuenta de lo que eso significa?

—¿Qué serás asesinado por traficantes? –respondí molesta, imaginando todas las posibles muertes que un policía de pueblo podría sufrir en una gran ciudad como lo era NYC.

—¿Lo ves? ese es un riesgo que jamás correría en Forks. –parecía demasiado alegre ante la perspectiva de ser asesinado. Idiota.

—¿estás mal de la cabeza? –pregunté. –Papá jamás te dejará.

—Ya lo hemos hablado, está de acuerdo. –puse los ojos, por supuesto que estaba de acuerdo, un problema menos y más tiempo para Katherine.

—Como siempre soy la última persona en enterarse de todo. –Comenté, clavando con furia mi tenedor en un pedazo de pollo.

—No esta vez, los chicos aun no lo saben. –Sonreí satisfecha, eso ya era algo.

—Vale… pero aún no me gusta la idea de que vayas a abandonarnos. –murmuré, no quería que se alejara, de repente sentí como si mi familia se estuviese desmoronando.

—No voy a abandonarlos. —Puso los ojos, como si lo que estuviese diciendo fuese absurdo.

—New York está al otro lado del país. –exclamé.

—Podrás visitarme cuando quieras. –ofreció, yo lo observé molesta. ¿De dónde demonios iba a sacar dinero para ir a New York?

—¿Cuándo te vas? –pregunté después de un rato, Josh hizo una mueca.

—Este fin de semana. –Dijo, yo abrí la boca para insultarlo, pero no fui capaz de producir ningún sonido.

—¡Santa mierda, Josh! –finalmente pude pensar en un insulto coherente. —¿Y solo me lo dices ahora?

—Hey, cuida tu vocabulario. –me advirtió, yo resoplé. –Me he enterado esta mañana.

—¿Por qué tan rápido? —Cuestione sintiendo ganas de llorar aún no estaba preparada para alejarme de mi hermano.

—Necesitan refuerzos, y quieren entrenarme. –asentí sin saber realmente que decir. —No es el fin del mundo, Rosie. –Hice una mueca ante el diminutivo, odiaba que me dijeran así.

—Como digas… —No estaba a fin de continuar discutiendo, no tenía sentido, el idiota de mi hermano ya había tomado la decisión.

—New York, es genial. –continuó intentando convencerme.

—Si te gustan las multitudes. –Respondí aburrida. –Si por alguna razón hay un Apocalipsis zombi, serás hombre muerto. –Las grandes ciudades siempre eran las primeras en caer.

Josh sonrió.

—Voy a extrañarte enana. –Me sonrió una vez más antes de servirse otra absurda cantidad de comida en el plato.

—Se me quitó el hambre. –me puse de pie, quería estar sola.

—¿que? No puedo comer todo esto yo solo… —Aún quedaba muchísima comida.

—Entonces llévatela a New York. –Solté antes de voltearme y desaparecer por las escaleras. Sabía que mi hermano estaba sonriendo ante mi infantil actitud, pero no me importó.

Fui a mi habitación y coloqué la radio al máximo, la Paz de los lunes se había ido a la mierda y las cosas solo podían empeorar de ahora en adelante.

La semana no se veía nada alentadora.

Putos lunes.