Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia me pertenece.

Surrounded by boys

Capítulo 22: Fiesta de pijama

No podía evitar sonreír como una idiota cada vez que veía la casa en el bosque. Pero una vez que el motor se detuvo, pude observar con mayor detenimiento, mi estomago comenzó a dar vueltas cuando reconocí el coche estacionado en la entrada.

Alice Cullen.

‒¿No piensas bajar? ‒Emmett preguntó con una ceja alzada al ver que yo permanecía inmóvil.

Él ya estaba junto a mí, abriendo la maldita puerta del coche.

‒Lo pensé mejor y creo que ya he estudiado suficiente. ‒Mentí, estaba completamente perdida y sin duda reprobaría, pero tenía que salir de ahí, ya podía imaginarme todas las cosas que pasarían en la cabeza de la enana si nos veía juntos ‒Eres libre.

‒¿Es en serio? ‒Me vio entre irritado y divertido, algo que solo él podía lograr. ‒Sabes que si repruebas no recibo mis créditos

No, no lo sabía. Me quedé viéndolo sin saber que decir.

‒Pero que poca fe me tienes, no voy a reprobar. ‒Espeté sintiéndome ofendida. ‒Ya te dije que estudié, soy prácticamente una bióloga, deberías sentirte orgulloso, después de todo tú me enseñaste.

‒Rosalie, no voy a perder la única oportunidad que tengo de ganar créditos por tus tonterías.

‒No son tonterías, te estoy diciendo la verdad ‒Balbuceé sin saber que decir, quería retractarme, pero era muy orgullosa para hacerlo.

‒Entonces dime ¿Qué es ciclo de krebs? ‒Me vio con una ceja alzada, como si la pregunta fuese la más estúpida y obvia de todas.

‒No se vale inventar. ‒Respondí molesta, estaba segura de que era la primera vez que oía ese nombre.

‒No estoy inventando nada, hemos estado estudiando esto por semanas ‒Puso los ojos. ‒No puedes reprobar necesito esos malditos créditos, ahora sal del coche.

‒Ese debe ser el peor discurso motivacional en la historia. ‒Suspiré dejándome caer pesadamente.

‒Al menos conseguí que bajaras ‒Sonrió engreído.

‒Solo porque muero de hambre y prometiste que la comida no estaría envenenada. ‒Soltó una risotada mientras caminábamos en dirección a la que ahora me parecía una casa embrujada, jodida enana que todo lo arruina.

Cuando alcanzamos la puerta tragué en seco, involuntariamente golpeé la mano del orangután para evitar que abriera la puerta, sus llaves saltaron a la mierda.

‒ ¿Ahora qué? ‒Me vio irritado, mientras buscaba con la mirada donde habían caído.

‒No tengo buenos recuerdos de la ultima vez que estuve aquí, no puedes culparme por eso. ‒Me di de hombros.

‒Pensé que habíamos dejado eso atrás.

‒ ¿Por qué no vamos a mi casa? ‒Ofrecí ‒Ahí no hay nadie.

Me arrepentí al segundo en que las palabras salieron de mi boca, en mi cabeza sonaba mucho más inocente. Obviamente Emmett lo llevó hacia al otro lado.

‒ ¿Eso es lo que quieres? Que estemos a solas. ‒ Me dio esa sonrisa irresistible. ‒Pensé que no estabas interesada.

‒Agh…sabes que no me refiero a eso. ‒Mascullé completamente sonrojada. ‒Solo que ahí nadie nos molestará ‒La sonrisa de idiota continuaba ahí. ‒Eres insoportable.

‒Nadie te va a molestar. ‒Me dijo serio, como si supiera a lo que me refería. ‒Ahora busca las malditas llaves.

‒No soy tu perro.

‒Tú las tiraste.

‒Tu las tiraste. ‒Me defendí. ‒Yo golpeé tu brazo, nunca pensé que fueras a lanzarlas.

‒Lo siento, no debí confiarme en que fueses actuar como una persona normal por tres minutos. ‒Bufó.

‒No, no debiste. ‒En realidad mi discusión había servido para distraerme, por lo cual estaba agradecida. ‒Iré por ellas, pero solo porque yo quiero.

No fue difícil encontrarlas porque el brillo metálico las hacia resaltar entre las rocas y el césped. Emmett me esperaba con la mano extendida, y con una sonrisa burlona.

Cuando abrió la puerta y entramos en el vestíbulo, y quedé tan maravillada como la primera vez, la casa era un monumento. A medida que nos adentrábamos mi corazón se aceleraba, anticipándose a lo que sucedería.

Me maldije a mi misma por sentirme tan vulnerable e insegura, cuando toda mi vida había tenido que enfrentarme a lo mismo y de repente me había convertido en esta Rosalie frágil y temerosa.

No me gustaba y no lo aceptaba.

Por más que repetí las palabras en mi cabeza, lo primero que sentí al ver a la hermana de Emmett y sus dos invitadas, fueron unas locas ganas de salir corriendo. Como ya había previsto el duende Cullen estaba aquí y esta vez las acompañaba Angela Weber, lo que normalmente estaría bien, pero hace solo un par de horas la había golpeado con un balón de voleibol en la cabeza.

Ellas reían por alguna cosa, y en cuanto sintieron nuestra presencia, las tres voltearon al mismo tiempo, recordándome a esas muñecas poseídas en las películas de terror que tanto le gustaban a Alex, me dio escalofríos.

La habitación quedó completamente en silencio, lo que solo aumentaba mi ansiedad, le di un vistazo a Emmett, que solo parecía aburrido.

‒¿Qué tal? ‒Balbuceé como una idiota, pero sentía la necesidad de acabar con el maldito silencio.

Alice hizo una mueca antes de darle una mirada a Bella que se dio de hombros, claramente confundida. Quise golpear al orangután por ponerme en esta situación.

‒Emmett ¿puedo hablar contigo un minuto? ‒Se dirigió a su hermano, claramente molesta.

Él pareció pensarlo por un momento, hasta que finalmente acepto y siguió a Bella a la cocina.

Entonces dirigí la mirada a las dos chicas frente a mí, la hostilidad de Alice no era ninguna novedad, ya venía preparada para su dramático recibimiento. Lo que no esperaba era la presencia de Angela, ni de cual podría ser su reacción al verme aparecer en la ostentosa casa de los Swan acompañada del hermano, increíblemente guapo, de su nueva amiga.

Rosalie Hale…Con Emmett …En su casa.

La pobre chica debe estar teniendo un derrame. Su mirada solo era de curiosidad, lo que me relajó.

Recordé el incidente en la clase de educación física y decidí que debía disculparme otra vez.

‒Angela, de verdad lamento lo de hoy, nunca quise golpearte. ‒Comencé esperando que aceptara mis penosas disculpas. ‒Mi intención era darle a Tanya, pero la muy maldita se hizo a un lado

Tal vez estaba dando más información de la necesaria, pero así era yo, una vez que comenzaba no sabía cuándo callar.

‒Está bien, en realidad no fue para tanto. ‒Me dio una sonrisa amigable.

‒¿Qué dices? Por poco no te dejó inconsciente. ‒Saltó el Hobbit.

‒Mis agujetas estaban sueltas, el golpe me tomó desprevenida y me hizo perder el equilibrio. ‒Hizo una mueca. ‒No te preocupes, no me golpeo con tanta fuerza. ‒Soltó una risita.

‒ ¡Te dio con un balón en la cara! ‒Exclamó la otra, molesta.

‒No estoy hablando contigo Alice, no te metas. ‒ Me sacaba de mis casillas. ‒A menos de que estés interesada en ser el próximo objetivo de mi balón. ‒No debí decirlo, pero no pude evitarlo.

Vi de reojo a Angela ahogar una risa, antes de que Emmett e Isabella regresaran a la sala. A juzgar por sus semblantes la conversación no había ido nada bien, ambos estaban tensos y apenas se dirigían la mirada. Maldije a la chica nueva, ahora era yo quien tendría que lidiar con el mal humor de su hermano.

Sin siquiera darme tiempo a preguntar que demonios había sucedido para que lo dejara así de molesto, me agarró del brazo y me arrastró por las escaleras, volviendo a su estado cavernícola de siempre.

Estaba demasiado concentrada insultándolo en mi mente como para prestar atención en el camino, no tenia idea a donde me estaba llevando. Solo pude realmente ver cuando oí la puerta cerrarse tras de mi con un portazo que me hizo saltar.

‒ ¿Qué demonios fue eso? ‒Cuestioné intentando calmarme y agitando mi brazo para que me soltara.

‒Nada. ‒Respondió secamente, mientras liberaba su agarre.

Puse los ojos, sabía que eso era todo lo que obtendría de él.

Pasee mis ojos por la habitación, era enorme con los detalles que se espera de la arquitectura de una casa antigua. Sorprendentemente, no era el diseño arquitectónico el que llamaba mi atención y si, lo que había dentro.

La cama y el escritorio destacaban en medio de un montón de cajas acumuladas. Alguien no había terminado de desempacar. Un par de repisas y cuadros colgados en una de las paredes llamaron mi atención. Al acercarme y comprobar de que se trataban, mis ojos se abrieron. Eran diplomas, medallas y trofeos, todas con el nombre del orangután.

Santa mierda, me trajo a su habitación.

Ya había estado en la habitación de mis hermanos, incluso la de Jake, pero esto era completamente diferente. Sentí mis mejillas arder, y la mirada de Emmett sobre mí.

‒ Estas bien? ‒Preguntó con una sonrisa burlona. ‒No has hablado en dos minutos, lo que es un récord para ti.

‒Estoy sorprendida, eso es todo. ‒Devolví molesta, saliendo de mi ensoñamiento. ‒Aunque pensándolo bien no es tan sorprendente, este lugar debe ser mas concurrido que times square. ‒Pensé con una mueca, dando un vistazo involuntario a la cama.

‒Muy divertida, pero estas equivocada ‒Hizo una mueca. ‒Eres la única que ha venido aquí. –Esas palabras bastaron para que mi corazón se disparara.

Tuve que controlarme para no saltar como una niña de tres años.

Si lo que me decía era verdad, era nada más porque no se le había dado la oportunidad de traer a otras chicas, no debía hacerme ilusiones.

¿Ilusiones? ¿Por qué demonios estaría haciéndome ilusiones?

‒¿Qué tanto piensas? –Emmett interrumpió mi discusión interior.

‒Nada ‒Me sonrojé. ‒Es solo que…nunca imaginé que tu habitación se viera así.

‒Estas diciendo que …¿te has imaginado mi habitación? –Preguntó en tono sugerente, dejándome claro que hablaba con segundas intenciones. Obviamente me sonrojé, pero esta vez fui lo suficientemente rápida para defenderme.

‒Bueno si, ya sabes…un calabozo, una cueva tal vez. ‒Sugerí. ‒Donde sea que los cavernícolas duerman estos días. ‒Sonreí con inocencia.

‒Lo del calabozo suena interesante…

Pude ver que iba a decir alguna cochinada, pero se detuvo cuando mi estomago rugió lo suficientemente fuerte como para llamar su atención.

‒ ¡Mierda! ‒Exclamó dándome una extraña mirada ‒No quiero que me acuses por dejarte morir de hambre ¿estaría bien una pizza?

‒ ¿Me estas preguntando si me gusta la pizza? ‒Lo vi con los ojos abiertos ¿A quién no le gusta?

‒Tienes razón, no interesa, vas a comértela de todas formas. ‒Volvió a su modo gruñón, puse los ojos.

‒ ¿Qué pasó con Bella? ‒Recordé cual era el plan original, y aunque agradecía que no sería ella la encargada de preparar mi comida, sentía curiosidad por saber que había pasado.

‒No te preocupes por ella. ‒Habló molesto, aunque pude notar que esta vez no estaba dirigida a mí.

‒Te lo dije, me odia.

‒Tal vez tengas razón. –Admitió luego de pensarlo un rato.

‒ ¿Estás admitiendo que tengo razón? ‒No podía creerlo –Los cerdos deben estar volando.

El horrible sonido de mi celular interrumpió el extraño momento que estábamos teniendo. Y lo agradecí porque no tenía idea de cómo lidiar con lo que fuera que estuviera sucediendo.

‒Es Jake. ‒Sonreí al ver su nombre en la pantalla, aliviada de poder distraerme.

‒Voy a marcar a la pizzería. ‒Gruñó, volviendo a su malhumor.

Asentí viendo como él se alejaba hasta el otro extremo de la habitación para comunicarse con la pizzería.

Rose ¿Estás ahí? ‒Mi mejor amigo exclamó desde el otro lado del teléfono, haciéndome volver mi atención a él. ‒Te he llamado cientos de veces, si esto fuera de vida o muerte, ya estaría tres metros bajo tierra.

Lo siento Jake, no sé qué le sucede a mi jodido teléfono. ‒Mentí, mi celular funcionaba perfectamente. ‒Ahora... ¿Vas a decirme qué es tan importante que no puede esperar? ‒Cuestioné curiosa y nerviosa, esperaba que no se hubiese arrepentido de haberse reconciliado conmigo.

No vas a creerlo ‒Exclamó evidentemente entusiasmado, lo que hizo que me relajara.

Ya dime, sabes que odio el suspenso. ‒Insistí, comenzando a sacar mis propias conclusiones. ‒¿Un tatuaje? Oh Dios, Jacob te hiciste un tatuaje sin mí.

Cometí el error de desviar la mirada hacia Emmett, que parecía molesto, muy molesto.

Claro que no…aunque… ¿crees que a Bella le gusten los tatuajes? ‒Comenzó a divagar.

‒No lo sé. —Bufé impaciente. —Vamos, dime de una puta vez, si no quieres que vaya hasta tu casa y te lo saque a golpes. –Amenacé, lo que solo lo hizo reír.

Aun con el teléfono en la oreja, voltee a ver al orangután que me observaba con irritación.

Está bien ¿Recuerdas la vieja motocicleta de Sam?

¿Cómo olvidarla? Era increíble.

La Harley Spirit. ‒Respondí.

Emily quiere que la venda.

¿Y Sam está de acuerdo? ‒Me extrañaba que así fuera, esa motocicleta era su bebe.

Creo que sí. ‒Comentó luego de un rato. ‒Incluso parecía aliviado de poder deshacerse de ella. ‒Las palabras de Jake no tenían sentido para mí ¿Quién haría algo así? Solo un loco.

¿Quién la compró? ‒Odiaba pensar que esa obra de arte fuese a parar a algún basurero de chatarra o algún garaje en el que nadie fuese a usarla.

Rosalie Hale, estas hablando con el nuevo dueño de la más increíble Harley Spirit que hayamos visto.

Mi boca se abrió, no podía ser, Jacob ni siquiera tenía permiso de conducir.

Es fantástico, lo mejor en el puto mundo. ‒Exclamé dando un grito de emoción. Me sonrojé al ver que Emmett me miraba con curiosidad.

Le faltan algunos ajustes, y sería genial que vegas aquí a ayudar. –Habló sin ocultar su emoción.

Bromeas, sabes que iría, aunque no me lo pidieras. –Respondí con una sonrisa ‒ ¿Cuándo?

¿Ahora? —Ofreció.

Tengo que estudiar. –Dije con pesar, el orangután frunció el ceño.

¿Es en serio? ¿Prefieres estudiar a trabajar en la Harley? ¿Tú? –Su voz sonaba incrédula. ‒Si no quieres venir puedes decirlo, no necesitas inventar la excusa menos creíble del mundo.

No es ninguna excusa Jake, de verdad quiero ir ‒Suspiré. ‒Pero no puedo reprobar otra vez, ‒Me mordí el labio, al ver que Emmett bufaba con impaciencia. ‒Tengo que colgar antes de que mi tutor me corte la cabeza, te llamo más tarde.

Corté la llamada luego de oír a mi amigo despedirse, y sonreí al orangután sintiéndome culpable.

‒Siento haber tardado tanto. –Me disculpé. –Es que Jacob no calla nunca.

‒Así veo.

‒¿Qué pasa ahora? –Pregunté algo irritada con sus constantes cambios de humor.

‒No es nada. –Le restó importancia. –Será mejor que nos pongamos a estudiar, si quieres aprobar el examen.

Asentí y me dispuse a sacar mis cosas. Demoré más de lo necesario en encontrar mi lapicera ya que mi mochila era un completo desastre.

‒¿Qué es esto? –Preguntó mientras observaba una de las tantas cosas que habían caído durante mi búsqueda.

Yo observé fijamente el viejo reloj de bolsillo en sus enormes manos. Sentí como mis mejillas comenzaban a arder y se lo arrebaté enseguida.

‒No te importa. –Respondí, algo avergonzada.

—Vamos. –Insistió. –Parece interesante.

‒Es solo un viejo reloj. –Expliqué viendo el antiguo objeto. –Pertenecía a mi abuelo.

‒¿Fue él quien te lo dio?

‒No exactamente -me mordí el labio inferior. –Lo tomé del escritorio de mi padre, hace un par de años.

‒¿Lo robaste? –Cuestionó con una sonrisa divertida.

‒Robar es una palabra muy dura. –Hice una mueca. –Lo tomé prestado por tiempo indefinido.

—¿Por qué?

—¿Qué no lo has visto? Es precioso, no debería estar escondido en una gaveta aburrida.

Emmett asintió con una sonrisa ladeada.

—Además, tiene mis iniciales. –Le enseñé la escritura en la parte inferior. –Robert Hale, R.H

—No sabía que te gustaran las antigüedades. –Murmuró viéndome a los ojos.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí. –Dije con suficiencia, recordando las muchas veces que él me había dicho lo mismo.

—Touché. –dijo viéndome serio. –Iré por la pizza, tú intenta leer al menos la primera página.

….

La tarde pasó demasiado rápido. Tenía que admitir que el orangután sería un excelente profesor, si no fuese por la facilidad con la que perdía la paciencia cuando me distraía.

—Rosalie —Llamó mi nombre por tercera vez en menos de quince minutos. —¿Quieres prestar atención?

—Lo estoy –Mentí, esta vez me había distraído con uno de los cuadros colgados en la pared.

—¿A si? ¿entonces podrás decirme que es una mitosis?

—Está bien, no lo sé. –Exclamé cansada.

—Entonces presta atención porque es la tercera vez que lo explico.

Y nuevamente comenzó a hablar sobre células y núcleos y sabe Dios que otras cosas, que mi cabeza no era capaz de procesar.

Mientras intentaba prestar atención a lo que él me decía, no podía despegar mi mirada de sus labios ni dejar de respirar su exquisito perfume.

Era tan endemoniadamente irresistible ¿Cómo demonios se supone que me debo concentrar?

Vale, lo admito, mi cordura se ha esfumado por completo.

—¿Rosalie? ¿Me estas escuchando?

—Si… la mitosis. –Salté, esperando que creyera que le estaba poniendo atención a la materia y no a sus enormes músculos.

—Te estaba preguntando si quieres descansar un rato. –Habló divertido.

—¿Descansar? –Repetí como una idiota.

Dos golpes en la puerta me interrumpieron.

—Emmett, ¿Puedo pasar? –La voz de Renee llegó del otro lado de la puerta.

—¿Para qué preguntas si vas a hacerlo de todos modos? -Respondió con un gruñido.

Su madre abrió la puerta y nos observó sorprendida.

‒Rosalie, que sorpresa… ‒Me sonrió con dulzura. –No sabía que tenías compañía. ‒Se dirigió a su hijo.

‒Hola señora Swan. –Respondí nerviosa.

‒Estamos estudiando ¿Qué necesitas? —Quise golpearlo por ser tan pesado con su madre.

—Nada, solo venía a preguntar si quieres cenar algo. –Ofreció con una fugaz sonrisa.

—¿Tienes hambre? –Emmett masculló, viéndome irritado. Yo negué con la cabeza, avergonzada.

—Iremos en un rato. –Dijo, viendo a su madre.

¿Para qué demonios me había preguntado?

—Creo que deberías avisar a tu padre que llegaras tarde a casa, para que no se preocupe. —La señora Swan sugirió con voz amable.

‒No es necesario, está en Seattle. —Me di de hombros.

‒¿Con quién te estás quedando? –La madre de Emmett parecía preocupada. —¿Con tus hermanos?

—Alex y Jackson estudian en Seattle, Josh se fue a New York y creo que Ethan está en un congreso en Los Angeles. –Expliqué acostumbrada a los constantes viajes de mis hermanos.

—Oh, cielo. –Exclamó la mujer. –No puedes estar sola, vas a quedarte aquí.

—¿Co-Cómo dice? —Pestañee nerviosa, sin saber cómo había terminado en este lio. —No es necesario, sé cómo cuidarme, no es la primera vez que me quedo sola.

—Nada de eso…Emmett acompáñala a que vaya por sus cosas. –Ordenó, a lo que el orangután asintió.

Renee se retiró, cerrando la puerta tras ella. Yo continuaba sentada en la cama, intentando inventar una excusa para no tener que pasar la noche con el orangután y su familia.

¿Por qué demonios era tan bocazas? Debería tener algún tipo de sensor que me prohibiese hablar de más.

‒¿Nos vamos? –preguntó mirándome con curiosidad. –Parece que estas teniendo un derrame.

‒No puedo dormir aquí. –Murmuré, aun en shock. –Tu madre ha sido muy amable, pero no puedo quedarme

‒No te puedes quedar sola Rosalie. –Habló demasiado serio, lo observé confundida.

‒Puedo cuidarme perfectamente. –Defendí convencida de mi independencia. –Además Jackson vuelve mañana. –Agregue una pequeña mentira.

‒Hoy vas a quedarte aquí. –Ordenó. –Fin de la discusión.

‒Tú no me das órdenes. –Me quejé. ‒ ¿Por qué demonios eres tan mandón?

‒¿Por qué eres tan testaruda?

‒Emmett, no puedo dormir aquí.

‒¿Por qué no? ¿Cuál es el problema?

‒Yo…-Dudé ¿Cuál era el problema? –No quiero molestar.

‒¿Rosalie "demonio" Hale no quiere ser una molestia? –Se burló, ganándose mi mejor mirada de muérete-pedazo-de-idiota. ‒Solo será una noche, no seas tan dramática.

Ambos nos subimos al enorme jeep, en el camino a casa tendría que pensar en algo para zafarme de esta.

¿Dormir en casa del orangután? No podía pensar en una situación más penosa.

Reí para mis adentros, la vida siempre se encargaba de jugarme bromas. Ahora estaba montada en un enorme coche, con el que podría ser el hombre más molesto, desesperante e irresistible del mundo. Y gracias a mi gran boca, ahora tendría que pasar la maldita noche en su casa.

¿Qué podría esperarse de una fiesta de pijama en casa del orangután?

Ella Rose McCarty