Esta semana el #Escrito_Activo_Semanal vuelve a entrar en los relatos de "Solo saber", esta vez con su tercer capítulo. Espero que les guste.

Nota: Los personajes son de la grandiosa mangaka Rumiko Takahashi. La historia es un pedacito de mi inspiración que quise compartir con ustedes.

Había ido a la playa con su familia. No era el plan del fin de semana que él tenía previsto, pero no se podía quejar. Al fin y al cabo, le encantaba la playa, como a cualquier niño de 9 años.

Al llegar a un buen lugar para dejar sus cosas y preparar las sombrillas y tumbonas, había recibido la orden tajante de sus padres de no moverse de ese lugar mientras su madre iba a comprar helados y su padre y su hermano lo organizaban todo, incluyendo la nevera a rebosar de refrescos que él asaltaría en cuanto los mayores se despistaran. A Inuyasha le encantaban los refrescos. ¿Qué podía decir en su defensa? Pues nada. Le encantaban, y punto.

Mientras elaboraba el enmarañado plan para agenciarse de al menos dos botellas de refresco de Coca-Cola, algo en la orilla llamó su atención. Estaba rodeado de familias con un montón de niños corriendo y gritando, pero en la orilla había una niña solo sentada dejando que el vaivén de las olas mojara sus piernas.

¡Qué extraño! ¿Qué le pasaría? Haciendo más caso de la curiosidad que de la orden de sus padres, Inuyasha se acercó a la pequeña. Era menor que él, tal vez tendrí años. Su traje de baño rojo resaltaba muchísimo contra su piel blanca y su pelo negro azabache era mucho más largo de lo que cabía esperar de alguien tan joven, pero lo que más le extrañó fueron las lágrimas que vio que le recorrían el rostro.

—Perdona. ¿Qué te ocurrió? ¿Por qué lloras?

La niña lo miró con los ojos más grandes y expresivos que había visto en su vida, del color del chocolate que su madre solía preparar cada Navidad, y anegados en lágrimas.

—Yo… no me pasa nada. —fue su única respuesta mientras volvía a bajar el rostro. Inuyasha, viendo que no iba a conseguir nada siendo directo, se sentó a su lado y dejó que las olas lo mojaran.

—No me tienes que mentir. Puedo ver que estás triste. A veces contarlo ayuda, aunque sea a un extraño. Eso dice mi mamá.

—Y, ¿qué pasa si el extraño no me puede ayudar?

—Pues que al menos te quitas parte del peso de encima.— o lo que sea que eso significaba, pero solo había repetido las palabras de su madre.

—Es solo que… mi papá falleció hace algunos meses.

—Oh, yo… lo siento.

—Todos me dicen que ya es hora de que lo supere, por eso mi mamá me dio permiso para salir con la madre de una de mis amigas del colegio, pero ellas quieren jugar y yo no tengo ánimos para eso. Solo quiero irme a casa. Este lugar me recuerda mucho a mi papá, sobre todo al día en que vinimos a celebrar que iba a tener un hermanito.

Inuyasha no la interrumpió, se notaba que esa niña estaba muy triste y no había compartido lo que sentía con nadie, ni siquiera con su mamá porque no quería molestarla. Pero él no podía permitir que siguiera triste.

—La madre de mi hermano también murió, antes de que mi papá y mi mamá se conocieran. Yo no sabía por qué mi hermano siempre sonreía a pesar de eso, así que un día le pregunté. Él me contó que cuando era pequeño sí se sintió muy triste y la echaba mucho de menos, y que mi mamá le había dicho que esa tristeza no era mala, pero que aquellos que ya no están con nosotros hubiesen querido que fuésemos felices. Y que cuando se pusiera triste, pensara en algo gracioso que les pasara juntos, para así reír. Y que los extrañemos es normal, eso significa que los amábamos.

—Tu mamá parece ser alguien genial. —comentó ella mientras se secaba una lágrima.

—Lo es, la mejor mamá del mundo, al menos para mí. Pero mi hermano me dijo que después se fue recuperando, poco a poco, pero lo hizo. Y tiene una foto de su mamá y él juntos en su mesita de noche en la habitación.

—Tu hermano también parece ser alguien genial.

—Lo es, pero yo no se lo diría nunca. La cabeza le crecería tanto que no pudiese atravesar la puerta de la casa, y ya es demasiado pesado.

El sonido que escuchó a continuación podía competir con el sonido del mar en la categoría de cuál le concedía más paz, pero definitivamente el sonido de la sonrisa de esa niña sería el indiscutible ganador. Era una risa amenizada con el sonido del llanto, pero llena de ganas de vivir.

—Gracias, por ayudarme. Y tienes razón, tengo muchos momentos divertidos con mi papá. Cuando me sienta triste, te prometo que los recordaré. —y tomó su mano, como quien firma un pacto. A lo lejos escuchó el clic de una cámara, pero no le prestó atención. —Ahora será mejor que me vaya.

—Espera, ¿cómo te llamas?

—Soy Kagome, ¿y tú?

—Soy…

—¡KAGOME!

El sonido de la alarma sonaba tan estridente como el grito de aquella señora de mediana edad que los había interrumpido. En serio tenía que cambiar ese ruido, pero, aunque se lo recordaba a diario, no lo hacía. Tenía más posibilidades de despertarse con aquel molesto ruido que con cualquier otra melodía.

Pero ahora recordaba. Y no se lo podía creer. Había guardado a tan buen recaudo ese recuerdo en su memoria que ni siquiera había venido a él en el momento en el que la había reencontrado en la escuela 9 meses antes.

Él y Kagome se conocieron cuando eran niños. Incluso su madre había guardado aquella fotografía en la que él aparecía tomando de la mano a una niña con el mar tranquilo de fondo, mientras la suave brisa despeinaba su larga cabellera y ella le sonreía agradecida. La misma Kagome que había crecido para ser la mujer hermosa e inteligente que poblaba sus sueños y a la que buscaba cada día, 20 minutos antes de que el horario del almuerzo terminara. Esa a la que deseaba declararse, pero por tonto y cobarde no lo hacía.

Pero estaba decidido. Lo iba a hacer. Le iba a confesar lo que sentía por ella, le iba a decir lo mucho que le encantaba la sensación cálida y suave que ella provocaba en su pecho. Como si su universo interno se expandiera y su cuerpo no pudiese contenerlo. Ni siquiera se imaginaba si podría definirlo, por más que lo intentara. Pero la realidad era que no iba a pasar un momento más sin intentarlo.

Tendría que preparar un plan de acción, él era bueno en eso. Sería una declaración para recordar, o al menos lo intentaría. Él no era muy detallista, ni muy romántico, pero lo intentaría, e incluso si ella lo rechazaba, sabría que lo había ansiado como nada en su vida.

Saber que la conocía, por muy cursi que fuera, le hacía sentir que algo, que por lo pronto llamaría "destino", estaba apostando a su favor.