"A little party never killed nobody"


Hacía poco que había salido el sol, y Thorin y Graella disfrutaban en compañía mutua sentados frente a la mesa del desayuno, mientras los restos del tocino comenzaban a enfriarse y endurecerse sobre los platos, y la espuma de la cerveza había desaparecido hacía ya de los grandes vasos que descansaban sobre la tarima.

— Me pregunto qué será de Glóin y su hijo — murmuraba el rey, postrado contra el respaldo de la silla y mesándose la barba, mientras sentía cómo el abundante almuerzo reposaba en el interior de su estómago. — Hará pronto tres semanas desde que partieron. No hemos recibido noticias.

— Sabemos que están en Rivendel — contestó su esposa, quien se arreglaba a su vez el vello facial tras la ingesta; la barba de Graella era renombrada por lo fino de sus cabellos y por su lustre, y ella la cuidaba con devoción. — Nos mandaron un mensaje avisándonos de su llegada.

— Sí — asintió el monarca, — pero no hemos recibido ninguna otra nueva. Aún desconocemos la razón que llevó a Elrond a reclamarnos.

— Bueno, pronto la descubriremos. Y si así no es para final de mes, escríbele tú de nuevo. Pero no veo razones para desconfiar; al menos a priori: tú siempre dices que el Taragu Khulm (medio elfo) es de fiar.

— Y lo es; o al menos eso creo. Pero desconfío de tanto secretismo, así como de la razón que pueda retener tanto tiempo a los nuestros en el Valle Escondido. Si hubieran tomado ya el camino de vuelta nos habrían avisado, ¿no es así?

Graella se encogió escuetamente de hombros, pues verdaderamente no conocía las intenciones de los Elfos; pero en aquel momento unos golpes sonaron al otro lado de la puerta de madera, y cuando Thorin dio su permiso, uno de los guardias entró en la habitación de los reyes.

— Mi Señor — se inclinó el recién llegado a modo de respeto, — ha llegado un mensaje para vos.

— ¿Desde Rivendel? — inquirió de manera exaltada el rey, como si la conversación tratada con su esposa se hubiera tratado de una premonición.

— No, Majestad — negó el aludido, entregándole una carta sellada en mano. — Desde Valle.

— ¿Desde Valle? — se extrañó Thorin, dirigiendo una curiosa mirada al sello; y efectivamente, éste lucía el grabado del reino de los Hombres: la Flecha Negra que había dado muerte al dragón Smaug hacía ya más de setenta años. — No esperaba ningún mensaje de la ciudad de los humanos.

— Ábrela — lo incitó Graella, que de repente se mostraba muy curiosa por el nuevo giro de los acontecimientos. — Sólo esperemos que no sea nada malo.

Una vez el guardia se hubo despedido de sus majestades, el rey desgajó el sobre, y abrió mucho los ojos al observar a primera vista el contenido del mismo.

— Es del rey Brand — comentó, — escrita y firmada por él en persona.

— ¿Por Brand? — inquirió Graella. — ¿Y qué dice?

Y Thorin alzó la mirada para volver a unirla a la de su esposa, y su voz sonó confusa al contestar: — Nos invita a una fiesta.


Mientras tanto, varias leguas al oeste, en la gruta en la que vivían los Elfos del Bosque, el Rey Thranduil, que había terminado de desayunar hacía ya bastante rato, jugaba una entretenida partida de damas junto con su mejor consejero y amigo.

— Ay, Berion — sonrió de medio lado el monarca, que a pesar de su habitual carácter meditabundo y tendente a la irascibilidad, ahora lucía despreocupado y entretenido, mientras agarraba una de las fichas blancas de su compañero. — Tantos años a mi vera y aún no has aprendido a anticiparte a los golpes del enemigo.

— A lo mejor sí que he aprendido y es que finjo muy bien — contestó el elfo de cabellos cobrizos, que permanecía con los ojos posados sobre el tablero y las manos cruzadas bajo la barbilla. — Aunque me pregunto cuál es vuestro truco: por mucho que mantengo la mente ocupada en vuestras fichas a la vez que en las mías...

— Ese es el problema — se dejó apoyar el rey contra el respaldo de su silla de madera tallada, con una expresión de satisfacción en el rostro: — no se trata de centrarse en las fichas, sino en el tablero entero, mellon.

Berion, no obstante, respondió con un deje de burla a la contestación de su monarca y amigo, y movió otra de sus fichas al azar, comenzando a sentirse cansado del juego. — No os sintáis tan orgulloso. A veces os gano.

— Si no, no aceptaría tu rivalidad. No tendría gracia.

No obstante, una figura intrusa interrumpió la partida entre ambos colegas; pero Thranduil no se molestó, pues se trataba de Cevenon, su lacayo de mayor confianza.

— Mi Señor — se reverenció éste ante el rey, entregándole un sobre en mano, tal y como el guardia de Erebor había hecho con Thorin minutos atrás. — Un mensaje para vos proveniente de Valle.

— ¿De Valle? — preguntó el sindar a la vez que agarraba la carta. — ¿Qué ha ocurrido en Valle que me interese?

— Lo ignoro, Señor — respondió Cevenon mientras el monarca abría la misiva con cuidado.

— Espero que no haya habido ningún problema con el cargamento de Dowinion — musitó Thranduil para sí con el ceño fruncido, mientras leía el contenido del mensaje; y a la vez que lo hacía, la expresión de su rostro fue transformándose de sorpresa a desconcierto, para pasar por último a la suficiencia. — Gracias, Cevenon; puedes retirarte.

El lacayo volvió a reverenciarse y desapareció de la habitación, dejando a Berion y a Thranduil a solas de nuevo.

— ¿Y bien? — inquirió el consejero, alzando una ceja.

El rey se levantó de su asiento y se dirigió al mirador que quedaba a su derecha. No estaban en sus estancias personales, sino en una amplia sala situada en el área oriental de la gruta y que daba acceso a los jardines exteriores.

— Es Brand — contestó, mirando a los lejos, más allá del bosque. — Ha decidido montar una fiesta para su cumpleaños. Es la semana que viene.

— ¿Cómo?

El rey se volvió para dirigir una escéptica mirada a su perplejo compañero de juegos. Thranduil había gozado de una estrecha amistad con el antiguo rey Bardo, así como con su hijo Bain; pero no era igual con Brand, a quien consideraba déspota, egoísta y desconsiderado y cruel con aquellos a quienes el rey de Valle consideraba inferiores.

— Será su manera de llamar la atención — comentó el monarca de manera despreocupada. — Se sentirá ignorado, supongo. Como si no tuviéramos problemas más serios que tratar.

— Y ¿vas a ir?

Thranduil frunció ligeramente el ceño: — ¿Ir? Me parecería un acto banal por mi parte. El mundo parece desmoronarse y ¿yo acudo a la llamada de un rey que se comporta como un joven malcriado?

— Bueno, joven o viejo, creo que deberíais tenerlo en cuenta. ¿Cómo es ese dicho...? "Ten a tus enemigos cerca", ¿no es así?

— Brand no llega a ser mi enemigo — resopló Thranduil, devolviendo su mirada a la floresta. — Más quisiera él.

— Sabes a lo que me refiero — sonrió Berion. — Él es el rey de Valle, y lo seguirá siendo durante algunos años más. Estaría bien que acuiderais para ver cómo se van cociendo las cosas por allí, y de paso tomárais contacto con los hijos de él. Además — amplió su sonrisa, — entre narcisistas debéis trataros en persona.

Y Thranduil permaneció un tiempo más oteando el horizonte, pero finalmente se giró de nuevo hacia su amigo; y en sus ojos relucía un brillo divertido cuando dijo:

— Bueno, ¿cuándo le he dicho que no a una fiesta?


¡Ey! Aquí dejo este breve interludio, porque creo que es necesario tenerlo antes de pasar al meollo principal.

Como ya comenté, el siguiente capítulo estará dividido en dos partes, y ambas serán bastante extensas, así que tardará un poco en salir a la luz. Sin embargo, tengo muchas ganas de presentarlo, pues será el primero en el que habrá un encuentro general entre todos los personajes principales de Erebor, Valle y el Reino del Bosque.

También quería hacer una aclaración con respecto a este capítulo: Cevenon, el lacayo de Thranduil, es un personaje que aparecía levemente en "Deslices Nocturnos" sólo que con otro nombre. En esta historia ganará más protagonismo; él y también Líriel, la doncella de Herena que aparece en la misma historia.

¡Y esto es todo por ahora! ¡Hasta la próxima!