Oh, Patricia,

you've always been my North Star"

Florence + The Machine


— ¡Ay, Herena! ¡Me haces daño! — se quejó el niño, llevando las manos a su cabeza mientras su hermana apartaba el cepillo con rapidez del cabello de éste.

— Lo siento — se disculpó la otra, dejando el objeto a un lado y sujetando con una mano la trenza que acababa de hacerle al pequeño. — Pero si quieres llevar un peinado a la altura, debes sufrir un poco.

— Se lo debería haber pedido a khagan (madre). Ella lo hace mejor.

— ¡No seas quejica! — exclamó la mayor, cerrando el broche de plata sobre el peinado. — Además, ya está. No ha sido para tanto.

Frerin frunció el ceño en un gesto con el que parecía indicar que estaba en desacuerdo con su hermana. Herena le había hecho a Frerin un semirrecogido en su corta melena castaña que se basaba en una trenza formada a su vez por varias más pequeñas.

— Y agradece que no tienes barba aún — añadió la princesa, — que si no te ibas a enterar de lo que es sufrir. Mira a madre y a tía.

El pequeño dirigió sus azules ojos hacia las dos enanas que aún estaban delante de sus respectivos tocadores, retocándose. La reina y la hermana del rey lucían unos espectaculares vestidos de tela anaranjada y azul, respectivamente, ambos ceñidos, pesados y engalanados con piedras preciosas. Llevaban también sus largos cabellos recogidos en intrincadas trenzas, y sus manos ahora terminaban de laborar sobre sus barbas. La de Graella, fina y lustrosa, lucía con rubíes pequeños que se escondían entre el vello, resaltando su brillo; y la de Dís quedaba más recatada, pero la había pasado por unas tenazas calentadas al fuego para dejarla ondulada y sedosa.

— Parecen tranquilas — observó Frerin, — como si no les doliera.

— Parecen — puntualizó Herena. — Cuando lleves doscientos años mesándote el cabello de esa manera ya me contarás si sabes disimular.

— ¿Se puede saber a quién le echas doscientos años? — exclamó Graella, dándose la vuelta con un temple ciertamente peligroso en su voz.

— A nadie, a nadie — elevó las manos al cielo la joven de forma inocente.

— Bueno — murmuró la reina, rodando un poco los ojos sobre el cuerpo de su hija. — ¿Y tú qué?

— Yo, ¿qué? — inquirió Herena, mirándose a sí misma hacia abajo. Llevaba un vestido azul marino elegante, con detalles de encaje sobre el pecho y bajo la cintura y los hombros al descubierto. Se había puesto un collar a juego y unos pequeños pendientes de aguamarina, y se había recogido el cabello con varios adornos y abalorios que tiraban del mismo hacia atrás. — ¿No te gusta cómo voy?

— Sí que me gusta. Vas muy guapa. Podrías arreglarte más de vez en cuando, de hecho.

— Oh, ¡madre! — exclamó la joven, dejándose caer sobre una silla. — Por favor, hemos tenido esta conversación muchas veces ya, ¿no crees? En casa me gusta ir cómoda.

— Como quieras — bufó la reina, dándose la vuelta para volver al espejo. — Vas a hacer lo que te dé la gana de todas formas.

— Ahí quería llegar — susurró Herena para sí, alisándose los bajos del vestido de manera distraída.

— Herena — se dirigió hacia ella de nuevo su hermano, — ¿por qué el rey Brand ha invitado a tío Dáin y tía Mír?

— ¿Por qué no iba a hacerlo? — se encogió ella de hombros. — Está en su derecho. No viven muy lejos de aquí, de hecho.

— Yo pensaba que a Brand le caería mal el tío Dáin.

Un silencio espeso se abrió paso en la habitación cuando las tres mujeres se giraron hacia el pobre niño, que las observó una a una con cara de corderito. — ¿Qué? ¿Qué he dicho?

— ¿Por qué le iba a caer mal el tío Dáin, Frerin? — preguntó Herena.

— Porque a todo el mundo le cae mal.

— Pero ¡qué cosas dices! — exclamó Graella. — No digas eso nunca, Ferin, ¿me has oído? No debes faltarle el respeto al primo de tu padre.

El niño bajó la mirada con el rostro rojo de vergüenza, pero se hinchó de valor para replicar: — Pero ¡es cierto! No os caen bien. El otro día escuché a khagam (padre) quejarse de él. Dijo que era muy entrometido, y también lo llamó de otras formas que no entendí.

Las tres enanas se dirigieron miradas mutuas de preocupación y desaprobación. Frerin ya era mayor, y debían aprender a medir sus palabras delante de él.

— Además — prosiguió el niño, — la tía Mír siempre os trata mal a la tía Dís y a ti, khagan. Ella tampoco os cae bien.

Herena dejó escapar una media sonrisa en su rostro, y agarró a Frerin para ponerlo encima de sus rodillas.

— A ver, hermanito, te lo voy a intentar explicar; pero no le puedes contar esto a nadie, ¿de acuerdo? Y mucho menos insultar al tío o a la tía delante otra persona.

El niño asintió, y Herena prosiguió:

— Verás, Frerin: Dáin y Mír son un poco elitistas.

— ¿Qué significa etilista?

"Elitista" — lo corrigió su hermana. — Significa que creen que hay personas que son superiores a otras, y que por tanto merecen más respeto. Pero también opinan que hay personas inferiores a las que hay que, digamos... tratar con algo menos del mismo

— Pero madre y tía están mejor posicionadas que ellos. Son parientes próximas del rey, así como nosotros. ¿Por qué la tía Mír las trata de manera tan depestiva?

"Despectiva" — volvió a corregirlo Herena, alzando una ceja. — Y si no sabes pronunciar palabras complicadas, mejor no lo intentes. En cuanto a tu pregunta, es más complicado de lo que parece. Verás: las personas que piensan como Mír también opinan que las personas que son superiores a ellas deberían comportarse como tal, o tener orígenes dignos.

— ¿A qué te refieres?

— Verás, khagan proviene de las Montañas Azules, de una familia humilde. La tía piensa que padre no debería haberse casado con una enana... campesina, digamos.

Mientras su hija hablaba, Graella simulaba seguir acicalándose, aunque había terminado hacía ya bastante rato. Lo cierto es que prefería no girarse para que su hijo no pudiera ver su expresión, pues llevaba muchos años soportando el mal trato por parte de los parientes de su esposo, y era un tema que la avergonzaba sobremanera.

— ¿Y tía Dís? — inquirió Frerin. — Ella sí que proviene de una familia noble: la nuestra.

— Bueno, la tía Dís hizo algo mucho peor que ser campesina — aguantó Herena la risa en su garganta; y, alzando la mirada para dirigirla a la mayor, añadió: — Fue actriz.

— ¿¡Qué!? — exclamó el pequeño, girándose hacia la enana de cabellos negros y mirada orgullosa. Y Dís se dio la vuelta y encaró a sus dos sobrinos, y había altivez y un brillo especial en sus ojos. — ¿Fuiste actriz?

— Así es — asintió la aludida.

— ¿No lo sabías aún?

— Qué va — contestó Frerin a su hermana. — ¿Por qué nadie me lo había dicho nunca?

— Fue hace mucho tiempo — comentó Dís. — Cuando errábamos de un lado a otro de la Tierra Media buscando un lugar donde asentarnos. Los hombres hacían trabajos pesados en las aldeas de los hombres, y nosotras los acompañábamos, o bien tejíamos e hilábamos, o nos uníamos a trabajar en cualquier siembra o recolecta... Cualquiera faena era necesaria y buena.

«Pero durante mucho tiempo, un grupo de enanas y yo nos dedicamos al teatro ambulante. Cantábamos sobre las costumbres de las patricias: las nobles mujeres de los khazâd. A los humanos les interesaban nuestras historias, pues muy poco conocen ellos de las mujeres enanas; muchos creen que no existimos siquiera, que somos una leyenda antigua. Pero nosotras sólo cantábamos sobre lo que nos interesaba: los dejábamos con la intriga, y así se corría la voz y volvían a vernos... y cobrábamos más. — Y, a pesar de lo práctico de sus palabras, en los ojos de Dís brilló una especie de luz blanca al contar esas historias de su juventud. — Éramos muy buenas, la verdad.

— Y ¿qué hay de malo en eso?

— Nada a priori — contestó Herena. — Pero la tía Mír piensa que es indigno que una patricia trabaje de actriz itinerante.

— Qué sabrá esa — bufó la hermana del rey. — Pasábamos penurias: había temporadas en que no teníamos qué llevarnos a la boca. Y lo hubiera hecho una y mil veces más. — Y, tras un momento en silencio, añadió: — Mucho nos metemos con los shirumund, pero lo cierto es que ninguno de nuestros parientes vino a prestarnos ayuda cuando el dragón llegó, ni tampoco después. Nos buscamos la vida por nuestra propia cuenta. Dáin y Mír creen respetarnos porque somos de alta alcurnia, pero lo verdaderamente respetable es que renacimos de nuestras cenizas por nuestro propio esfuerzo.

Y ninguno de los presentes habló, pues se había formado en torno a Dís un silencio reverencial. Ella era la única del círculo que había conocido las penalidades del exilio, y un fuego interior inflamaba su alma desde entonces; un fuego que ni Dáin ni Mír podrían apagar nunca.

Pero el momento fue roto cuando unos golpes llamaron a la puerta, y el rostro del rey apareció tras la misma.

— ¿Estáis listas ya? — inquirió Thorin con el ceño fruncido. — Os estaba esperando.

— No le hagáis caso — comentó Graella, aún sintiendo el escalofrío en su cuerpo de los minutos anteriores. — Ha estado hasta hace dos minutos encerándose la barba, me apuesto lo que sea.

— Eso no es cierto — agravó Thorin más la expresión. — Y vámonos ya. El carruaje nos espera. Dáin y los suyos nos esperan en el palacio de Valle directamente.

Los cuatro ocupantes fueron saliendo de la habitación uno a uno, y Graella se colocó al lado de su esposo para esperarlo.

— ¿Estás preparado?

— No sé yo — se encogió él de hombros. — Espero que Thranduil decida no aparecer.

— No creo que lo haga. Tendrá cosas más importantes que hacer... como recolectar flores o algo así. Ah, y por cierto, querido — se aproximó hacia la boca de su esposo, y colocó un dedo sobre su barba, — te quedan restos de cera.


El carruaje tardó poco más de media hora en llevarlos a las puertas de la ciudad de los Hombres. Herena se sorprendió al pensar en que, para estar tan cerca, pocas habían sido las veces en que la había visitado. Por no hablar de su hermano: probablemente esta sería su segunda o tercera vez, tras los no muy lejanos entierros del antiguo rey Báin y de su esposa.

— ¡Herena, mira! — exclamó Frerin, tirándole del vestido a la vez que sacaba la cabeza por la ventanilla. — ¡La Flecha Negra!

La princesa se asomó a su vez y vio una réplica de la famosa lanza que había sido lanzada hacía tantos años por Bardo el Arquero.

— Esa flecha dio muerte al Dragón Smaug — asintió. — Es el símbolo de Valle desde entonces. Hay una en cada puerta de la ciudad.

— ¿Cómo sabes eso? — inquirió su tía con cierto retintín.

— Leo — se encogió la princesa de hombros, volviendo a meter la cabeza dentro del carromato. — Y escucho. No está de más de vez en cuando.

Dís frunció un tanto el ceño, pero no añadió nada más.

El carruaje penetró por la puerta de la ciudad, custodiado por una multitud de guardias, y al hacerlo una turba de sonidos y olores llegaron a ellos. Frerin asomó de nuevo la cabeza, curioso, y lo que vio en las calles de la ciudad lo dejó anonadado y maravillado al mismo tiempo: un sinfín de luces y fuegos, y gente en las calles empedradas corriendo de un lado a otro tras puestos ambulantes de comida, de telas y de abalorios. El olor del pan, del asado y del cuero impregnó sus fosas nasales, y el sonido de unos fuegos artificiales retumbó en sus oídos. Pero lo que más le llamó la atención fueron los niños: había muchos correteando y jugando de un lado a otro, y él no estaba acostumbrado a esa visión, pues los infantes eran escasos entre los enanos.

— ¡Es una feria! — exclamó. — Khagam, ¿podemos ir?

— Ni hablar — sentenció el rey de manera firme. — El rey nos ha invitado a su fiesta personal, Frerin: debemos estar en el palacio.

El niño agachó la cabeza con desilusión, pero entonces se dio cuenta de que muchas de las personas que había fuera, a las que había estado observando hasta hacía poco con curiosidad, lo miraban ahora a él con la misma fijeza. Los humanos se aproximaban al carruaje de los enanos, murmuraban a su alrededor, e incluso algunos bajaban la cabeza en señal de respeto.

— Parece que somos una novedad aquí — murmuró Herena, que tampoco estaba muy acostumbrada a recibir tanta atención.

Pero Graella se aproximó al oído de Thorin, y le susurró: — ¿Cuánto crees que Brand se habrá gastado en todo esto?

Y el rey se encogió de hombros y contestó: — Yo solo espero que esta noche pase rápido.

El carruaje continuó su camino hacia la colina en la que se ubicaba el palacete del rey de Valle. Al llegar a la puerta principal, la destinada a las visitas oficiales y que daba directamente al salón del trono, la calle se ensanchaba sobremanera, y el carro se detuvo frente a los amplios portones de bronce.

— Bueno — suspiró Thorin. — Ha llegado la hora. Recordad: permaneced serios y hablad lo menos posible sobre temas privados. Y no finjáis ser muy simpáticos: tampoco nos conviene que Brand se haga ilusiones conmigo.

— Oh, Thorin, por favor — suspiró Dís, mirando hacia el cielo. — Deja tú de ser tan antisocial y baja de una vez.

El rey rodó un tanto los ojos, y fue el primero en posar un pie sobre suelo firme. Lo siguió su esposa, su hijo pequeño, su hija Herena, y por último su hermana. Frente a ellos había una multitud apostada.

— Santo Aulë — murmuró Herena entre dientes, agarrando bien la mano de su hermano y saludando de forma agradable con la otra. — ¿Quieren autógrafos o algo?

— No os paréis mucho — musitó el rey de la misma manera. — Continuemos hacia dentro.

Y cuando hubieron atravesado las puertas del palacio, se sintieron bastante mejor.

— Nuestra gente no es así de... visceral — comentó Graella agarrándose el cuello del vestido. — Estoy acostumbrada a más formalidad y reverencia.

— Os he dicho que no os hagáis las simpáticas, y es por algo — contestó Thorin mientras continuaban pasillo adelante. — A los humanos les sonríes una vez y ya piensan que eres su amigo.

Las paredes del palacio estaban hechas de ladrillo, y un agradable frescor impregnaba el ambiente.

— Debe ser agradable este sitio en verano — señaló Herena. — Pero ahora tengo un poco de fresco.

— Es que Valle es muy caluroso en verano — contestó Dís. — Aún recuerdo mi primera visita oficial, un mes de julio: pensaba que iba a asarme en las calles.

La familia al completo continuó su camino, hasta que el pasillo llegó a su fin y llegaron a una antesala adornada con varios muebles antiguos y un largo espejo junto al que abría otra puerta grande: la que daba al salón del trono. Y frente a la puerta estaba colocada en línea la Familia Real de Valle al completo: el rey Brand junto a su esposa, sus dos hijos, y una mujer y una niña a la que Herena no recordaba haber visto con anterioridad. Supuso que serían la esposa y la hija del príncipe Bardo.

Thorin se aproximó hacia el rey de Valle, y ambas familias quedaron colocadas una frente a la otra. Y fue gracioso, porque si bien los enanos parecían fuera de lugar, las sonrisas y la aparente cordialidad mutua que emanaba de los humanos tampoco resultaba mucho menos forzada.

— Rey Bardo — inclinó la cabeza Thorin, a modo de respeto. — Os deseo felicidades ante vuestro día, y os doy las gracias en nombre de mi familia por habernos invitado para celebrarlo.

— Rey Thorin — colocó el humano una fuerte mano sobre el hombro del enano, y Herena supo que aquel gesto no había sido en absoluto del gusto de su padre. — Mis gracias a vosotros por acudir. Significa mucho para mí. Deseaba volver a estrechar lazos con mis amigos como antaño hicieron mi padre y mi abuelo.

Y Thorin asintió, pero permaneció serio. "No os hagáis los simpáticos", recordó Herena.

— Seguro que os acordáis de mi esposa — comentó el moncara enano posando una mano sobre el brazo de su pareja.

— ¡Por supuesto! Mi Señora Graella, he de deciros que lucís tan magnífica como os recuerdo siempre desde niño.

Y aunque Graella permaneció relativamente impasible, Herena pudo jurar que aquel halago le había gustado a su madre, quien asintió a modo de agradecimiento y se giró hacia la reina de Valle:

— Reina Nina, un placer volver a veros.

— Lo mismo digo, Majestad — contestó la aludida, una mujer madura pero verdaderamente bella y orgullosa. — Siempre es un placer volver a veros.

— Y estos son mis hijos — continuó presentando Thorin, extendiendo un brazo hacia el príncipe y la princesa. — Probablemente os cueste más recordarlos.

— En absoluto — sonrió Brand, mirando desde lo alto a Frerin. — Joven príncipe, os recuerdo del entierro de mi difunta madre. Érais algo más pequeño entonces, pero crecéis con rapidez.

— No tanto como los humanos — objetó el niño.

— Así es — rió el rey. — Y sé que será imposible, pero verdaderamente me hubiera gustado conoceros en la edad adulta, cuando lleguéis a ser Rey Bajo la Montaña.

Frerin agachó la cabeza algo enrojecido y se hizo a un lado.

Y Brand giró entonces la cabeza hacia Herena, y entrecerrando un poco los ojos, comentó: — Y... vos debéis ser la famosa princesa.

— ¿Cómo decís? — preguntó la joven, visiblemente sorprendida.

— Nos llegan muchas historias sobre vos, Alteza. Dicen que estáis revolucionando Erebor — y, aunque en el rostro de Brand lucía una sonrisa, había algo en sus ojos al decir esto que a Herena no le gustó.

— Mi hija se compromete mucho con nuestro reino — contestó Thorin por ella. — Un orgullo para mí, si me pedís opinión.

— Por supuesto. ¿Vamos entrando? Vuestros parientes están a la mesa ya.

— Claro que sí — asintió Thorin, no sin antes dirigir una rápida mirada a su hija: acababa de salvarla de una conversación probablemente no muy halagüeña. — Y, por cierto, Majestad: ¿el rey Thranduil...?

— No ha llegado aún. Esperamos aún con los entrantes... aunque lo cierto es que no me ha devuelto ninguna respuesta a la invitación. Se le habrá pasado.

Herena ahogó una risa para sí. Thranduil podía ser muchas cosas, pero desde luego había sido más inteligente que ellos.

Entraron en el salón del trono, que era, con mucho, la habitación más grande de todo el palacete. Ocupaba casi toda la planta inferior, y ahora estaba repleto de mesas alargadas que se disponían en vertical por la sala; y, al frente de ellas, una mesa más corta pero dispuesta en horizontal.

— Es la mesa destinada a los reyes y los señores — explicó la reina Nina, mientras Brand continuaba hablando con Thorin. — Los príncipes y princesas tienen sus mesas asignadas en vertical, cada uno con sus propias gentes. La de los enanos es aquella — señaló con la cabeza a una tabla que descansaba justo frente al extremo de la mesa principal. — Los hijos de los Señores de las Colinas de Hierro están ya sentados.

Herena divisó a su tío Dáin y a su tía Mír de pie en la mesa horizontal, y se alegró de poder alejarse de ellos durante la cena. Aproveccharía para disfrutar con sus primos a solas.

Una vez hubo agradecido la indicación a la reina Nina, agarró con disimulo la mano de su hermano y lo llevó al lugar. El resto de la habitación estaba abarrotada de gente, y muchos de ellos no eran conscientes aún de la llegada de los enanos.

— ¡Herena! — la llamó a una voz desde la lejanía, y la princesa vio abrirse entre la gente los cabellos rubios de su primo.

— ¡Náin! — lo saludó a la vez con una mano, aproximándose para abrazarlo; pero el enano la agarró de los hombros y le dijo de forma rápida:

— Ven, te tengo que presentar a alguien.

Y la arrastró hacia la mesa que compartían, donde los esperaba de pie una enana de cabellos dorados y espesa barba del mismo color, piel aceitunada y ojos azules.

— Esta es Nírri — le guiñó un ojo su primo; y a Herena le costó un tanto identificar aquel nombre en su memoria, pero cuando finalmente lo hizo abrió mucho los ojos y contestó:

— Oh, claro, ¡Nírri! — y alargó la mano para saludarla. — Un placer conocerte. Mi primo me habló de ti.

— Y a mí de vos también, Alteza — inclinó la aludida la cabeza en señal de respeto. — Náin solo habla maravillas de vos.

— Por favor, Nírri, ¡háblale de "tú"! Es mi prima.

A Herena le molestó un poco que él contestara por ella, y de hecho le dirigió una mirada de reproche; pero preguntó: — No sabía que ya estuviérais...

— No lo estamos — negó Náin. — No oficialmente, claro. Mi padre va a dar la noticia de nuestro compromiso esta misma noche.

— ¿Esta noche? ¿No crees que a Brand puede... sentarle mal que le quiten protagonismo?

— Oh, conoces a mi khagam — le quitó importancia su primo al asunto con un gesto de la mano. — Sólo tiene ideas desternillantes. Pero para mí lo importante es que dentro de unos meses estaré unido a esta maravilla.

La pareja compartió una mirada mutua llena de afecto mientras Náin apretujaba a su pronta prometida entre sus brazos, y Herena sintió un agudo dolor en el estómago ante aquella imagen. De repente la idea de cenar junto a su primo no le parecía tan agradable.

— Me alegro mucho por vosotros, de verdad — les dijo, torciendo una sonrisa y cogiéndolos de las manos. — Y no deseo entrometerme entre vosotros. Es vuestra noche.

— Pero ¿qué dices? — exclamó Náin. — No te entrometes: te invitamos a que te sientes con nosotros.

— No, en serio — negó Herena, que ya iba echándose hacia atrás para dar más énfasis a su decisión. — Os dejo a solas mejor. Además, tu hermano quiere hablar conmigo de algo.

— ¿De qué?

— Cosas — contestó la princesa escuetamente, agarrando de nuevo la mano de su hermano. — Aplaudiré como la que más cuando tu padre dé la noticia, lo prometo. Venga, Frerin; vamos con el primo Thorin.

— Pero ¿por qué con el primo Thorin? — preguntó el niño cuando estuvieron algo más alejados. — Es serio y aburrido.

— Pues siéntate con Bofur o con otra persona. He oído que han venido también de escolta. Por mucho que Náin diga que no, no pintábamos mucho en su noche de pedida.

Y la princesa llegó con su hermano pequeño al lado de su primo mayor, que bebía ya sentado a la mesa, absorto aparentemente en sus propios pensamientos.

— Disculpad, primo — lo llamó ella, carraspeando. Éste se dio cuenta entonces de la presencia de los recién llegados y se levantó para saludarlos.

— Herena, Frerin, bienvenidos. Creo que Náin os buscaba.

— Sí, pero... creo que sobramos un poco en la situación. ¿Os importa si nos sentamos junto a vos? Yo, al menos.

— Claro que no — negó él, haciéndose a un lado. — Pero ¿seguro que no deseáis sentaros con mi hermano?

Y Herena volvió de nuevo la cabeza hacia la pareja, y vio que Náin seguía buscándola con la mirada; y ella agachó los ojos y contestó: — Segurísimo. ¿Os importa además si hago como si hablo con vos?

Y Thorin, comprendiendo entonces la situación, simplemente sonrió con afabilidad y dijo: — Claro que no. Y, de hecho, podríamos hablar en serio, para simular mejor. Hay temas que me gustaría tratar con vos, prima.

Herena sonrió a su vez con halago: — Por supuesto. Soy toda oídos.


Tal vez, la noche no fuera a ir del todo mal.

Varios minutos más tarde, ambos parientes se encontraban enfrascados en una ferviente discusión de la que parecían no ser capaces de salir. La cena aún no había comenzado, y los entrantes de comida y la bebida corrían de mesa en mesa con fulgor. Frente a Thorin y Herena quedaban las copas que habían sido rellenadas ya varias veces: las de él de cerveza, y las de ella de vino.

— Sigo sin entenderlo — comentaba en aquellos momentos el mayor, mesándose la barba con aquel ademán serio y meditabundo que lo caracterizaba. — ¿Para qué íbamos a necesitar relacionarnos con los reinos de los Hombres?

— No es una necesidad — intentaba convencerlo Herena, con la cabeza apoyada en la barbilla y la lengua más suelta gracias al efecto de la bebida. — Es una ventaja.

— Pero ¿por qué? Nuestro pueblo es fuerte por sí mismo. Los Enanos de las Colinas de Hierro llevamos años subsistiendo por nuestros propios medios, y nos va bien.

— Bueno, eso no es del todo cierto — se atrevió a contradecirlo Herena, frunciendo el ceño. — Las telas y los cereales que adquirís, lo alimentos... incluso el trigo para la cerveza — observó, girando los ojos hacia la copa vacía de su primo, — todo proviene de Valle y de las regiones del sureste.

— Bueno, eso es cierto — asintió el hijo de Dáin. — Pero con vuestras razones solo reforzáis mi argumento. Comprar productos de primera necesidad a otros pueblos nos abarata el coste que nos supondría elaborarlos nosotros mismos. Y para comprarlos necesitamos dinero, joyas y oro. Y esa es nuestra especialidad: encontrar y labrar joyas y oro.

— ¿Y cuando las joyas y el oro se acaben? ¿Qué ocurrirá entonces?

— Eso no ocurrirá hasta dentro de muchos años — se encogió Thorin de hombros. — Puede que nunca. Y en el caso de que suceda, sería tan sencillo como buscar otro yacimiento.

— ¿Y no es más fácil — colocó Herena las manos sobre la mesa, — o al menos más práctico, establecer lazos con otras culturas, aprender de sus costumbres y asimilarlas para nosotros, para así no depender tanto de sus productos ni de la necesidad de encontrar oro?

Y Thorin se la quedó mirando como embobado, y contestó, como si fuera lo más obvio del mundo: — Pero eso de asimilar costumbres ajenas nos quitaría tiempo para buscar oro, precisamente.

— Oh, Dúrin — se quejó la princesa, mirando al cielo. — ¿Qué os pasa a todos con el oro? De verdad que no lo entiendo.

— Lo que yo no entiendo es vuestra visión — contestó su pariente, pidiendo con la mano a uno de los lacayos que le rellenara la copa. — Somos enanos: es lo que hacemos. Extraer oro de las profundidades. No es sólo el valor del mineral en sí: es nuestra forma de vida. ¿Por qué deberíamos perder el tiempo... cultivando y esas cosas?

— ¿De veras no creéis que hay otras cosas en la vida aparte de cavar y cavar en una montaña? — alzó las cejas Herena.

— No para mí, desde luego — bebió Thorin; y, tras contenerse un eructo y limpiarse la boca con la propia barba de manera disimulada, añadió: — La que no es normal es vuestra postura. No entiendo qué de interesante tiene... bueno, esto.

Y al decir "esto", barrió con los ojos el salón en derredor, repleto de mujeres y hombres engalanados y joviales, riendo y hablando en voz muy alta.

— No es por faltar al respeto a nuestros anfitriones, pero los humanos son seres... poco firmes, digamos. Cuando hemos llegado a la ciudad las gentes nos seguían como si nunca hubieran visto una cosa igual.

— Bueno, puede que muchos de ellos efectivamente no hayan visto nunca nada igual — los defendió Herena. — Los humanos tienen vidas muy cortas, y muchas de estas personas nunca han conocido a un enano de cerca. Y mucho menos a los famosos enanos de la Montaña Solitaria, el reino del Señor de las Fuentes de Plata.

— Y muchos de los míos tampoco han visto nunca a un humano, y no se maravillan al conocer a uno de esos buramdul (humanos).

— Puede que ellos sean más curiosos. La curiosidad no es ningún delito, ni tampoco una ofensa. Nosotros, en cambio... — suspiró Herena, — vamos por la vida como si fuésemos los más poderosos, los más resistentes y los más importantes. Creemos que toda otra forma de vida es inferior, que todo lo externo es un recurso para ganarnos el sustento. Tú mismo lo has dicho antes: ¿para qué aprender a faenar si puedes comprar la carne fresca?

— Bueno, pues si es esa la imagen que tienes de nosotros mismos — rió Thorin, volviendo a llevarse la copa a la boca, — no quiero ni imaginar lo que pensarías de los shirumund si los conocieras.

— ¿Tú has conocido a alguno? — inquirió la princesa de manera curiosa.

— ¿En persona? No — negó Thorin, mirando de manera distraída por encima del hombro de su prima. — Pero... puede ser que salgamos de dudas pronto.

— ¿A qué te r...?

El imprevisto sonido de una trompeta interrumpió su pregunta, sobresaltándola sobremanera, y se puso en pie junto con la mayoría de asistentes. Todas las miradas se dirigieron entonces a la entrada del salón, pues uno de los lacayos del rey Brand acababa de penetrar por el pasillo.

— ¡El Rey del Bosque acaba de llegar! — anunció el hombre con porte firme y voz sonora, justo antes de hacerse a un lado.

En aquel momento, las pocas personas que aún quedaban sentadas se apresuraron a ponerse en pie; y Herena presenció uno de los momentos más extraños y solemnes que jamás había vivido en su joven vida.

Por la puerta principal comenzaron a entrar varios individuos: unos altos y rubios, otros más esbeltos y de cabellos rojizos. Aunque ninguno iba armado, varios de ellos llevaban ropajes de color verde y marrón, y llevaban botas altas y mallas flexibles, y unas cotas tan finas y brillantes que Herena las confundió al principio como parte de su atuendo. Otros, en cambio, iban elegantemente vestidos, con largas túnicas de colores entre el azul y el gris, y sus rostros eran serios y elegantes. Y, entre todas aquellas figuras, emergió una más alta que ninguna otra, de cabellos tan claros que parecían hechos de plata. Vestía un traje púrpura, con un manto del mismo color cayendo sobre sus hombros, y sobre la cabeza portaba una tiara plateada con un diamante coronando su frente.

— ¡Rey Thranduil! — exclamó desde lo alto de su asiento el rey Brand, antes de levantarse y dirigirse al encuentro del recién llegado. Acto seguido, toda la familia del rey hizo lo mismo, e incluso Thorin se puso en pie para aproximarse. Sabiendo que ella también debería hacerlo, Herena llamó a Frerin por lo bajini y lo llevó consigo al encuentro del rey.

Sin embargo, el recibidor de toda aquella atención no parecía muy agradecido por los favores recibidos, y simplemente esbozó una torcida sonrisa al ver que el monarca de los humanos se acercaba hacia él.

— Rey Brand — lo saludó a su vez, con un leve asentimiento de cabeza. — Lamento la tardanza. En la invitación no se especificaba hora.

— Oh, la cena aún no se ha servido — quitó importancia el otro con la palma de la mano. Brand era lo suficientemente orgulloso como para sentirse herido y avergonzado por la tardanza de uno de sus invitados, pero a la vez era lo suficientemente soberbio como para sentirse importante al sentirse merecedor de la visita del Rey Thranduil; así que se lo dejó pasar. — Por favor, os esperábamos, mi Señor. Dejad que os presente a mis hijos: — extendió el brazo hacia las dos figuras que quedaban a sus espaldas: — Bardo y Ella. Probablemente no os acordéis de ellos... eran muy pequeños la última vez que los visteis.

El Rey Elfo asintió con lentitud, y musitó un quedo: — Un placer.

El príncipe y la princesa de Valle se inclinaron a su vez a modo de respeto, y Herena se fijó por primera vez en ambos: pudo ver que eran castaños, como la mayoría de la gente de Valle, pero también observó que la mujer era bastante más alta que el hombre... y también observó que su reverencia no había sido tan forzada, sino más bien rápida e incluso desganada.

— Mi Señor — habló el príncipe Bardo, con una voz suave pero clara, — esperamos en nombre de nuestro pueblo que vuestra estancia sea agradable.

Thranduil amplió un tanto su sonrisa ante las amables palabras del hijo del rey, y agachó la cabeza a modo de agradecimiento.

Sin embargo, su sonrisa pareció desvanecerse de su rostro al continuar su camino y posarse justo delante del rey Thorin. Ambos monarcas permanecieron uno frente a otro largo rato en silencio, mirándose con fijeza. Herena pudo jurar después que la tensión existente entre ambos no podría haber sido cortada ni con las tijeras más afiladas del mundo.

— Thranduil — habló, finalmente, el enano, con voz grave y sin disimular un deje de repulsa en ella.

Pero el elfo sonrió de medio lado, y contestó a su vez: — Thorin. Cuánto tiempo.

No había simpatía en su tono, sino más bien una divertida altivez.

— Tal vez recordéis a mi esposa — continuó hablando Thorin, posando la mirada hacia su derecha, donde la reina se había colocado: — Graella.

— Por supuesto que sí — asintió el elfo, pero no hizo además de acercarse a la enana, quien lo observaba con una obvia antipatía en los ojos. Graella no había conocido por propia mano el desprecio de los elfos a su pueblo, pero conocía de sobra las historias que sus gentes contaban sobre aquel individuo, y no estaba dispuesta a mostrarle una mínima simpatía ceremoniosa. En cuanto a Dís, ésta ni siquiera se había molestado en aproximarse hacia el recién llegado, y había permanecido sentada en su sitio con fuego en la mirada; pero Thranduil no pareció siquiera darse cuenta de aquel detalle.

En lugar de eso, continuó caminando hacia adelante, hasta que quedó postrado justo frente a los príncipes de Erebor.

— Y estos son mis dos hijos — los presentó Thorin, haciendo mucho hincapié en la palabra hijos, como dando a entender que, pesara lo que pesara al elfo, la línea de Dúrin estaba asegurada, y los khazâd permanecerían en Erebor durante mucho tiempo: — Herena y Frerin.

Pero Thranduil no pareció hacer caso de la provocación del enano, y dirigió a ambos, príncipe y princesa, una aletargada mirada, como si a sus ojos fueran igual de insignificantes que el resto de la habitación. Herena pudo notar entonces cómo de alto era verdaderamente, pues ella le llegaba a la altura del pecho. Sus facciones eran perfiladas y delicadas, pero sus ojos grises parecían punzar bajo sus espesas cejas. A Herena le pareció que era viejo; o, más que viejo, antiguo, reverente y trascendental. Y cuando los ojos de él se posaron, durante un instante, sobre los de ella, sintió como si pudiera penetrar a través de ellos y conocer los secretos más profundos de su joven alma.

El Señor Elfo volvió a esbozar una aburrida sonrisa, y repitió lo que le había dicho a los príncipes de Valle: — Un placer.

Y sólo cuando continuó su camino y Herena se vio liberada de la pesadez de su mirada, pudo sentir que volvía a respirar y que su cuerpo se destensaba.

— Bueno, ahora que estamos todos, ¡comencemos con la cena! — exclamó el rey Brand, ajeno al extraño ambiente que se había creado bajo sus salones; y con una palmada de manos la música volvió a sonar y los lacayos retomaron su idas y venidas a través del salón con las jarras en mano.

— ¿Qué acaba de pasar, Herena? — inquirió Frerin, tirando de las faldas de su hermana, pues él también lo había sentido.

Y la muchacha se encogió de hombros, y contestó: — Creo que hemos conocido un mundo muy distinto al nuestro, Frerin.


¡Aiya a todas!

Os dejo aquí la primera parte de este capítulo, el cual he disfrutado tanto escribiendo. Por lo general estoy muy contenta con el resultado: creo que es divertido e informal, y hemos podido comenzar a comprobar de primera mano las diferencias entre la cultura de los Enanos, de los Humanos y de los Elfos (aunque sobre todo de estos dos primeros). En el siguiente capítulo las familias de Valle y de Erebor comenzarán a interactuar, y Herena charlará por primera vez con Bardo y con Álica... y puede que con alguien más.

¿Qué os ha parecido este capítulo? ¡Dejádmelo saber! Y como siempre, ¡muchas gracias por leer!