I remember you well in the Chelsea Hotel
You were talkin' so brave and so sweet

Leonard Cohen


La cena comenzó una vez se hubieron vuelto a sentar todos los asistentes, y las mesas se llenaron de platos repletos de manjares deliciosos. El menú principal se basaba en un codillo al horno tan tierno que se deshacía en la boca, pero también había trucha con cebolla caramelizada, y un sinfín de frutas jugosas, frescas y dulces que Herena apenas había probado a lo largo de su vida: naranjas, dátiles, nectarinas, melocotones...

— ¿De dónde provienen estos alimentos? — preguntó la princesa, mientras daba un considerado bocado a un pequeño albaricoque.

— Muchos de ellos se cultivan en el sureste — contestó Bofur, sentado unos asientos más a la derecha de ella, quien tras la reconquista de Erebor se había convertido en uno de los consejeros de su padre especializado en el comercio exterior. — En Dorwinion y en los alrededores. Allí el clima es cálido y húmedo por influencia del mar de Rhûn, y hay numerosos árboles y plantaciones frutales aparte de las vides.

— Y ¿por qué nosotros no comerciamos con ellos? — inquirió el pequeño Frerin, que acababa de zamparse una naranja entera. — Yo comería montones de estas cosas a diario.

— Lo intentamos una vez, pero no dio buen resultado. Nuestras gentes prefieren carne, mayoritariamente; y no se fían de los productos que llegan desde tan lejos.

Y mientras los platos iban vaciándose y las copas se llenaban y se rellenaban una y otra vez, las conversaciones mantenidas en la mesa principal, la ocupada por los reyes y sus consortes, se iban enfriando poco a poco, en contraste con el animado ambiente que abarrotaba el resto del salón. Dís y Graella tenían la suerte de conversar juntas, pero estaban sentadas cerca de Dáin y de Mír, y sentían que no podían charlar con total libertad. Además, a su otro lado se situaba la reina Nina, quien tampoco parecía saber cómo hacerse un hueco en la conversación con personas tan distintas a ella misma. Pero el que más tenso estaba de todos ellos era sin duda Brand, pues en su mente había creído que era una magnífica idea sentarse él entre Thorin y Thranduil, creyendo que podría sacar a relucir sus encantos y su elocuencia y así limar las asperezas existentes entre ambos reyes. Nada más lejos de la realidad, el monarca de Valle iba cambiando la dirección de sus conversaciones a izquierda y derecha, sintiendo en carne propia la tensión de la proximidad entre el elfo y el enano, que no sólo parecían molestos entre ellos sino también con Brand, por haber tenido la desfachatez de ubicarlos en aquella posición tan comprometedora.

Tal vez por eso, el rey decidió interrumpir el curso de la cena para ponerse en pie y dar una noticia que en un principio había decidido anunciar al final de la velada.

— ¡Pueblo de Valle! — exclamó, alzando una mano al aire y provocando que todos los asistentes callaran y se volvieran para dirigir sus miradas al rey. — Y pueblos de los enanos y de los elfos, mis amigos.

Herena tuvo que aguantar para sí una carcajada al escuchar la palabra "amigo", y vio con el rabillo del ojo que su primo, normalmente serio, luchaba por hacer lo mismo.

— Me alegra y me enorgullece el corazón aprovechar esta noche para daros una noticia de gran importancia — y, dicho aquello, extendió su brazo al frente y pronunció: — Bardo, Álica, venid aquí.

Herena vio entonces cómo el príncipe de Valle, así como la que debía ser su esposa, se levantaban de sus asientos situados en la mesa que había frente a la suya y subían el escalón que los separaba de la de los reyes. Álica se aproximó entonces a su suegro, y éste la agarró de la cintura y colocó una mano en su vientre; y a Herena no le pasó desapercibida la cara de incomodidad de la mujer.

— Mi nuera está encinta de nuevo — anunció Brand, con una henchida sonrisa en el rostro. — Mi hijo me dará nueva descendencia en unos meses, por gracia de Eru. ¡Valle dispondrá de un nuevo heredero!

Y los aplausos resonaron entonces en el salón, pues era en verdad una buena noticia, la de un nuevo nacimiento en el seno de la Familia Real; y Herena se levantó de su asiento para unirse a los aplausos y al jolgorio.

Pero una vez las palmadas hubieron cesado y los futuros padres hubieron vuelto a sus asientos, Dáin se levantó de un salto brusco, y habló:

— Pues yo también tengo una noticia que dar esta noche. ¡Náin!

El aludido se incorporó a su vez, y su mano estaba unida a la de la enana sentada a su lado.

— Mi hijo tomará por esposa a Nírri, hija de Glód, en unos meses. ¡Las Colinas de Hierro también gozarán de descendencia pronto!

Los enanos fueron entonces los que se levantaron a voz en grito, golpeando la mesa con sus manos y dando patadas en el suelo para demostrar su orgullo y su alegría; y Náin agarró de la cintura a la que era ya su prometida oficialmente, y la besó en los labios en un gesto poco fino y ceremonioso a ojos públicos, pero a la pareja pareció darle igual.

Cuando los ánimos se hubieron calmado, todos volvieron a sentarse, y la cena continuó con un renovado espíritu en las mesas de los humanos y de los enanos. Pero Thorin, sentado al lado de Herena, murmuró para sí:

— Parece que no ha podido aguantar ni dos segundos para llamar la atención — rodando los ojos hacia el cielo. — Mi padre ha cometido un error. Brand se molestará con él por esta intromisión.

Y Herena, aunque estaba de acuerdo con él, no añadió nada; y en su lugar dirigió su mirada hacia el rincón de la mesa en el que Náin y Nírri hablaban y reían muy cerca el uno de la otra, con las manos entrelazadas; y a pesar del dolor y la incomodidad que le producía aquella imagen, suspiró y dijo: — Me alegro por ellos. Parecen felices.

— Sí. Parecen.

La joven se dio la vuelta al escuchar las palabras cargadas de ironía de su primo mayor, que había vuelto a la carga con su tercer plato de codillo, y le preguntó: — ¿A qué te refieres? — pues ya hacía rato que habían pasado a tutearse.

— Me refiero a que mi hermano parece aburrirse a menudo — contestó el otro, encogiéndose de hombros. — Y la paga con los demás.

— ¿Quieres decir... que no ama a Nírri?

— Si la ama o no, lo ignoro. Al igual que ignoro si ha amado o no a la veintena de enanas con las que ha estado antes que con ella. Él es así: está con alguien, al poco se cansa y decide cortar la relación. Y ahora que es más mayor se ha cansado del juego y ha decidido que es un buen momento para casarse — y, dejando los cubiertos sobre la mesa, añadió: — Advertí a mi padre, pero no me hizo caso. Parece mentira que no conozca cómo se las gasta su hijo. Se ha creído el cuento y piensa que va a cambiar sólo porque decida tomar nupcias y pronunciar unos votos delante de él.

— Y ¿no has probado a hablar con tu hermano?

— ¿Yo? — alzó las cejas Thorin. — Dejé de intentarlo hace mucho. — Y, devolviendo una triste mirada hacia la pareja, comentó: — Pero sí que he pensado alguna vez en hablar con la muchacha. No sabe dónde se mete.

Y Herena frunció el ceño, y pensó para sí, mirando también a los recién prometidos y fijándose en la felicidad que empañaba el rostro de la enana: — Es cierto que no lo sabe. Y sin embargo la entiendo.


La cena acabó formalmente unas dos horas después de comenzar, aunque las conversaciones de sobremesa se alargaron largo rato; y cuando la noche fue totalmente cerrada y ya no se veía nada a través de las ventanas, el rey Brand volvió a levantarse y dio unas palmadas al aire, y pronunció:

— ¡Que despejen las mesas! Ha llegado el momento del baile.

Y los comensales se levantaron de sus asientos, y una gran multitud de lacayos apareció de repente desde distintos puntos del salón, y agarraron entre todos los tablones y los fueron dejando a un lado, así como los soportes de los mismos y las sillas. Y cuando el centro de la sala quedó a descubierto, un sinfín de músicos penetraron entonces desde una puerta situada en la pared anterior, acarreando violines y arpas y flautas y demás instrumentos.

— Parece que será un baile de verdad — comentó Bofur, que se sujetaba el cinturón con ambas manos. — Les voy a enseñar a estos buram (humanos) lo que es una fiesta.

— Ten cuidado — lo advirtió su hermano Bifur, muy anciano ya y sentado sobre una silla. — La última vez te dislocaste el tobillo al saltar de la mesa.

— Bofur, por favor, no saltes desde ninguna mesa esta vez — le pidió Herena, temiendo que Dáin ya había llamado lo suficiente la atención del rey Brand aquella noche.

— No me voy a tirar de ningún sitio — alzó una mano Bofur en señal apaciguadora. — Sólo les voy a enseñar cómo se mueve el esqueleto. ¿¡Quién se apunta!? — exclamó, girando en derredor; pero el resto de sus compañeros se hizo a un lado entre murmullos, pues ellos preferían seguir bebiendo y hablando de sus cosas.

— Menudos aguafiestas — se quejó Bofur, devolviendo su mirada a la princesa Herena. — Vos me guardáis un baile, ¿verdad, Alteza?

— Claro que sí — sonrió ella de manera divertida. — Pero espera a que la gente se vaya animando, si no te importa.

Aquello no tardó mucho en suceder, pues los invitados habían bebido bastante ya, y los ánimos estaban encendidos y las inhibiciones ciertamente derrumbadas, y los hombres y las mujeres comenzaron a danzar al son de la música animada. Algunos enanos también se unieron a la fiesta pronto, e incluso unos pocos elfos comenzaron a remover sus manos y sus caderas de manera disimulada.

Y mientras tanto, Herena decidió acercarse a su primo Náin para felicitarlo formalmente por el compromiso; así que agarró otra copa de vino, tomó un hondo suspiro y se dispuso a hacer de tripas corazón. Sin embargo, una mano la agarró de manera imprevista por el hombro desnudo, sobresaltándola, y dio un giro de manera rápida. Frente a ella se encontraba un hombre de mediana estatura, con el cabello castaño y el mentón prominente. Ella lo reconoció al instante.

— Alteza — suspiró de manera aliviada, haciendo una reverencia ante el príncipe Bardo. — Lo lamento, me habéis sobresaltado.

— Disculpadme a mí — se llevó él una mano al pecho, y Herena se maravilló al escuchar su voz, pues era grave pero clara; y sus gestos eran agradables tras sus facciones serias. — Os estaba llamando, pero me temo que con este ruido es difícil escuchar bien.

— Sí, yo también lo temo — asintió ella.

— Mi intención era presentarme formalmente — se inclinó él de manera ceremoniosa, llevándose una mano al pecho. — Creo que no hemos hablado antes.

— No, creo que no — sonrió la joven. — No hemos dispuesto de mucho tiempo.

— Bueno... — extendió una mano el otro, de manera amistosa. — Bardo, a vuestro servicio.

— Herena — estrechó ella la suya, asombrada ante aquel gesto tan cercano. — Un placer conoceros.

— Por favor, tuteadme — solicitó él; y, dirigiendo su mirada por encima del hombro de la enana, preguntó. — ¿Os he interrumpido? ¿O disponéis de algo de tiempo para hablar?

— Oh, no — negó ella, verdaderamente aliviada de tener una excusa para no acercarse a su primo por el momento. — Nada importante, no os preocupéis. ¿De qué queréis hablar?

— Bueno... — murmuró el hombro, posando una mano sobre la espalda de la princesa y empujándola con disimulo. — Si no os importa, me gustaría hacerlo en un rincón algo alejado.

Herena siguió a su acompañante sintiéndose desconcertada, hasta que ambos se situaron al lado de una ventana abierta. Allí, el sonido de los grillos y de la suave brisa amortiguaba el escándalo de la fiesta.

— Veréis... hace no mucho os envié un cerdo fallecido. Para que lo diseccionárais.

Herena se quedó muda un momento, hasta que su mente cayó en lo que el príncipe quería decirle.

— Un momento, ¿fuisteis vos? Creía que el cerdo provenía de una granja.

— Así es — asintió el humano. — El ganadero en cuestión estaba preocupado porque ha perdido varios ejemplares de su piara en poco tiempo y... nos temíamos que pudiera ser algo infeccioso.

Herena seguía sin entender muy bien la situación, pero contestó: — Hasta donde yo entiendo, no lo es. El cerdo tenía un tumor en el intestino; y mi tutor, Khrenin, me dijo que era consecuencia de una enfermedad común por la que muchos de nosotros morimos. Pero no me dijo nada de que fuera infecciosa. De todas maneras, puedo preguntarle mañana mismo y enviaros un mensaje, si así os quedáis... perdón, te quedas más tranquilo.

Y Bardo, que verdaderamente lucía ahora más aliviado, suspiró y dijo: — Os lo agradecería sobremanera, princesa. Lo último que necesitamos es una nueva plaga entre nuestros ganados.

— Así lo haré, pues — asintió Herena. — Pero, Alteza, sin ánimo de ofender... ¿por qué me enviásteis el cerdo a mí?

Y Bardo ensanchó su sonrisa entonces, y contestó: — Bueno, nos llegan muchas noticias de vos. Dicen que se os dan bien... los temas de la ciencia. Disculpadme, pero yo no entiendo mucho al respecto.

La joven se quedó entonces en silencio, recordando las palabras que le había dirigido el rey Brand antes de entrar en el salón; y preguntó: — ¿Qué es lo que se dice de mí?

— Que estáis revolucionando Erebor — contestó el hombre. — Y que cada vez hay más enanos que dejan las rocas para pasarse por nuestra ciudad a comerciar y a interesarse por nuestros productos y por la manera en que los conseguimos.

— ¿De veras? — inquirió ella, con los ojos muy abiertos.

— ¿No lo sabíais?

— Bueno, Erebor es un reino muy hermético — se encogió la joven de hombros, de una manera un tanto incómoda. — No solemos recibir muchas noticias del exterior. Y pensaba que el resto de reinos tampoco las recibían de nosotros.

— Bueno, no del todo. Nosotros estamos muy en contacto con vuestro reino. De hecho, os debemos el sustento, podría decirse, gracias al comercio que hacéis con nosotros.

— Lo cierto es que me he quedado asombrada esta noche. No me imaginaba la riqueza de esta ciudad. Los alimentos, las bebidas... las ropas — rodeó Herena con los ojos los vestidos y los trajes de las mujeres y de los hombres, coloridos y diversos, — sois un pueblo pequeño, pero muy prolífico.

— Hemos tenido que adaptarnos con el paso del tiempo. Mantenemos contacto con Erebor, con el reino del Bosque y con Dorwinion; y también disponemos de nuestro enclave en Esgaroth, una ciudad pesquera y fluvial. Aprovechamos lo que el suelo nos da y los caminos que nos llevan a otros suelos, a su vez.

Herena se maravilló ante la manera de hablar de aquel hombre. Sus palabras y su tono, tranquilo y sosegado, reflejaban que era una persona abierta, práctica y flexible; y se fascinó por las múltiples oportunidades que una ciudad tan pequeña había sabido aprovechar.

— Si dispusiérais de tiempo esta noche — se atrevió a decir Herena, viendo una oportunidad única ante sus ojos, — yo también podría hablaros de los recursos de mi reino. Estoy segura de que hay más caminos que podemos forjar mutuamente, aparte de la compraventa de joyas y telas.

Y Bardo dejó escapar una carcajada llena de simpatía, y contestó: — Os aseguro que me gustaría, pero mucho me temo que esta noche mis deberes son otros. He de ayudar a mi padre a... simpatizar con el vuestro y con el rey Thranduil. Se cree un hombre carismático, pero me temo que va a necesitar refuerzos de otro tipo.

— Lo entiendo — asintió Herena, sintiéndose, no obstante, algo decepcionada, pues deseaba seguir hablando con aquel hombre.

— Pero mi esposa, Álica, deseaba conoceros a su vez. Os la puedo presentar en un momento, si así lo deseáis.

— ¡Por supuesto! Me encantaría.

— Venid, creo que debe estar por aquí — la dirigió Bardo de nuevo, volviendo a aproximarse al gentío.

Ambos se dirigieron a una mesa pequeña sobre la cual quedaban varias bebidas, y allí estaban erguidas dos mujeres: una de cabellos castaños y otra de cabellos entre marrones y rojizos.

— ¡Ella, Álica! — las saludó Bardo con la mano, y Herena se detuvo al lado de él, cogiéndose sus propias manos con timidez. — Os presento a la princesa Herena, de Erebor.

La primera que se volvió hacia ella fue la mujer castaña. Herena se asombró al verla, pues era increíblemente alta, y sus ojos eran grandes y de un azul profundo. Vestía una túnica de aquel mismo color, y llevaba engarzados varios anillos de bronce en los dedos. A Herena le pareció increíblemente hermosa y enigmática.

No obstante, la mujer en cuestión le dirigió a ella una mirada de arriba a abajo llena de condescendencia, y su voz sonó aburrida y lenta al decir: — Un placer conoceros, princesa. Lamento no poder haceros compañía, pero voy a seguir embriagándome. Es la única manera de continuar con esta velada y no morir en el intento. — Y, dicho aquello, se alejó del lugar y se introdujo entre el gentío, quedando Herena muy confundida.

— Disculpad a mi hermana — chasqueó la lengua Bardo. — Es poco amiga de las fiestas. Pero mi esposa os hará buena compañía.

Herena dirigió su mirada a la otra mujer, y vio que en el rostro de ésta brillaba una enorme sonrisa. Sus ojos eran castaños y simpáticos, y pequeñas pecas manchaban su piel de manera graciosa.

— Vos debéis ser la princesa de Erebor — ensanchó su sonrisa la esposa de Bardo, agarrando las manos de la morena entre las suyas y estrechándolas. — Mi nombre es Álica. Es un placer conoceros.

— Lo mismo digo — le devolvió el saludo la otra. — Y, por cierto, felicidades a ambos. La noticia ha sido una sorpresa.

— ¿Qué noticia? — inquirió Álica de manera curiosa; pero unos segundos más tarde se llevó las manos al vientre y exclamó: — ¡Ah, esto! Tengo tan pocas molestias por el momento que a veces se me olvida que ando preñada.

— Ah — sonrió de manera tímida Herena ante la simpática honestidad de la mujer.

— Bueno — se despidió Bardo, posando una mano sobre un hombro de cada princesa, — yo he de ausentarme, sintiéndolo mucho. Pero entre vos y yo — se volvió hacia Herena, guiñándole un ojo, — aquí mi esposa le habla hasta a la pared. Si veis que os cansáis de su soliloquio, con un toquecito en el pie suele bastar para que pille la indirecta.

— Ya, Bardo — rodó los ojos la aludida hacia arriba, — no todos somos como tú, que necesitas que la gente te saque conversación con tenazas.

El príncipe de Valle rió ante el comentario de su esposa, pues era evidente que la pareja se lanzaba ese tipo de comentarios a modo de broma. — En fin, espero que lo paséis bien, vosotras que podéis.

Y, dicho aquello, se alejó esquivando a la multitud hacia el extremo anterior del salón, donde se podía ver a Brand intentando mantener una conversación no muy fructuosa con el rey de Erebor.

— Espero que tenga suerte — murmuró Herena para sí; pero, al darse cuenta del comentario que acababa de soltar delante de la presencia de Álica, se llevó una mano a la boca y se apresuró a decir: — Disculpadme, Alteza. Me refería a que mi padre no es muy... abierto a las fiestas ajenas.

— Oh, por favor, no os disculpéis — echó una mano al aire la humana a modo despreocupado. — A ojos de todos, es evidente que mi suegro ha tenido las luces justas al sentar a vuestro padre tan cerca del Rey Thranduil. Mi esposo lo tiene difícil si pretende aligerar la situación, la verdad.

Herena volvió a dirigir su mirada hacia el lugar en el que los dos reyes se situaban aún, justo donde había estado la mesa de la cena, y vio a Bardo llegar en auxilio de su progenitor. Aunque solo había hablado con él durante unos minutos, la princesa de Erebor pensó que si había alguien capaz de salvar el error cometido era él, pues el príncipe le había parecido cortés y amable sin caer en la pedantería, y puede que su padre se sintiera cómodo en su compañía. Ahora que lo pensaba, si había sido capaz de arrancar una media sonrisa al Rey Thranduil, podría sonsacársela a cualquiera.

— Bueno — volvió a girarse Herena en dirección a la mujer de cabellos cobrizos. — Espero no haber interrumpido nada. Vuestra cuñada se ha alejado muy precipitadamente.

— Oh, no — negó Álica. — Es que Ella es así. Al principio parece ruda... y en cierto modo lo es, no os voy a engañar — admitió llevándose una mano a la boca para disimular su risa. — Pero es buena persona. Os lo digo yo, que llevo conociéndola desde hace varios años ya.

La princesa enana simplemente sonrió, pues Bardo no era el único que (según su esposa) tenía problemas para las conversaciones espontáneas. Herena podía hablar durante horas seguidas de un tema que le resultara interesante incluso con un desconocido, pero su timidez le dificultaba mucho iniciar una charla desenvuelta al natural con una persona a la que conocía de poco o incluso de nada.

Sin embargo, y para su propia suerte, todo lo que ella tenía de tímida lo poseía Álica de desenvuelta, y la mujer continuó hablando como si nada, aunque no le hubieran pedido explicaciones:

— Verás, conocí a Ella hará... no recuerdo los años exactos, pero si llevo casada con Bardo ocho años, debió ser hace diez, aproximadamente.

— ¿La conocísteis antes que a vuestro esposo?

— ¡Claro! De hecho, me encontré con Bardo gracias a ella. No fue que me lo presentara oficialmente; ya sabes, no es que los dos se lleven muy bien... — continuó hablando la mujer, sin percatarse de que tal vez estaba desvelando demasiado de la intimidad de la familia de Valle. En la ciudad era por todos sabidos que hermano y hermana se llevaban como el perro y el gato, y por eso a Álica le costaba medir sus palabras con una extranjera, — pero bueno, una cosa llevó a la otra y acabamos coincidiendo los tres en una taberna de Esgaroth.

— ¿Esgaroth? ¿No sois de Valle?

— Oh, yo no — se llevó Álica una mano al pecho. — Mi familia es natural de la Ciudad del Lago. Mi padre era pescador, de hecho; y mi madre es boticaria.

— Ah — asintió Herena, ya más metida en la conversación. — Y ¿cómo conocísteis a la princesa Ella? Si no es indiscreción.

— ¡En absoluto! — exclamó la humana, agarrando a la enana del brazo como si fueran amigas de siempre. — Veréis... Ah, y por cierto, no me llaméis de vos, os lo pido por favor; se me hace muy raro. Aún no me he acostumbrado, después de todos estos años. Pero en fin, volviendo al tema, conocí a Ella cuando... Oíd un momento, ¿no es ese vuestro hermano?

Herena dirigió la mirada hacia la pista de baile, confundida por la interrupción de la mujer, y vio en el centro de la misma a dos personitas, un niño y una niña, danzando de las manos; ambos poseían la misma estatura, aunque la niña parecía ser mayor, sin que eso resultase un impedimento a la increíble soltura de sus movimientos, que contrastaban con los más enlentecidos retraídos del infante.

— Oh, ¡Frerin! — rió Herena. — ¿Esa es vuestra hija?

— Ajá — asintió Álica. — Espero que no os moleste... Mi pequeña Aenin es simpática como ninguna, pero puede ser un tanto... explosiva, digamos, para alguien que no esté acostumbrada a ella.

— No, en absoluto. Es bueno que Frerin haga amigos. En Erebor no hay muchos niños.

— Bueno, en ese caso, volvamos al tema — palmeó la mujer la mano de la joven enana. — Veréis, conocí a Ella hace años, cuando me uní a su grupo de expediciones.

— ¿Cómo? — inquirió Herena, quedando pasmada en el suelo y con ojos como platos al escuchar la palabra "expediciones".

— Ella fundó una congregación de ciudadanos que viajan hacia tierras lejanas. O, bueno, más que "fundar", digamos que fue la pionera en hacerlo. Los demás simplemente nos unimos a ella. Yo amo mi ciudad y mis raíces, pero el Lago se me quedaba pequeño; así que oí hablar de ella, me presenté una vez que acudió a Esgaroth para hospedarse antes de uno de sus viajes, y al día siguiente cabalgábamos juntas hacia el oeste.

— ¿Hacia el oeste? — inquirió Herena. — Y ¿a dónde fuisteis?

— Ese fue mi primer viaje, así que lo recuerdo a la perfección. En aquella ocasión solamente llegamos hasta los bordes del Bosque Negro. Lo rodeamos hacia el sur, pues por aquella época aún buscábamos el antiguo Camino Viejo, creyendo que ya sería viable transitarlo; sabíamos que el Bosque ya estaba limpio de criaturas, y... — Álica calló entonces, como dándose cuenta de que necesitaba parar para tomar aire, y comentó: — Pero ¡cuánto hablo! Lo lamento, Alteza. Puede que no os interese toda esta historia.

— ¡No! — exclamó Herena, asiendo esta vez ella los brazos de su acompañante; y, con un brillo en los ojos, le suplicó: — Por favor, contádmelo todo. Deseo saberlo.

Y Álica sonrió con cierto halago, y respondió: — Está bien. Pero vayamos a un lugar más apartado, si os parece.


Ambas princesas acudieron entonces a una de las puertas que daban al jardín del palacete, y se sentaron sobre el escalón que quedaba bajo la misma. La noche era fresca y agradable, y el olor de las innumerables plantas del vergel inundaban sus fosas nasales; y el alboroto proveniente del interior del salón retumbaba y quedaba amortiguado contra la quietud del exterior.

Bajo los pies de las dos mujeres, en el suelo de tierra, Álica había dibujado un rudimentario y básico mapa del norte de Rhovanion, con el gran Bosque Negro ocupando la mayor parte del mismo y dividiendo el territorio de los Beórnidas a un lado y el de los Hombres y los Enanos al otro; y con un palo le había ido señalando los lugares que Ella y ella habían visitado en sus múltiples expediciones. Básicamente se limitaban a bordear el Bosque hacia el sur (aunque había tenido la buena ventura de acallar sus visitas al centro del mismo, donde residían sus parientes lejanos), y eventualmente a atravesarlo por el camino del norte, el que cruzaba por el territorio de los Elfos, y llegar hasta el otro lado.

— Llegamos hasta aquí — señaló la mujer con la punta del dedo, haciendo un círculo sobre el lugar en el que se situaba el enorme promontorio de piedra conocida por los beórnidas como La Carroca. — E incluso descendimos más al sur, siguiendo el curso de las Montañas Nubladas. Allí las tierras van haciéndose llanas, pero están muy desprotegidas; y el sur no es un buen territorio en estos días.

— Y ¿qué visteis allí? — inquirió Herena, que continuaba el trayecto de su compañera con la cabeza posada sobre sus nudillos, en expresión concentrada.

— Poca cosa; pero no muy lejos quedaban unas tierras pantanosas. Podíamos oler el hedor desde leguas de distancia. Decidimos dar media vuelta y volver. Nunca volvimos a cruzar el Bosque.

— Y ¿no os decidisteis a atravesar las Montañas Nubladas?

— Oh, no — negó Álica, como si la sola idea le resultara inconcebible incluso para ella, que tantas millas había horadado. — Me encantaría, como es natural; pero hay gigantes de piedra, y trasgos... No es seguro. Si quisiéramos llegar a Eriador, lo haríamos por el sur, no por el norte. — Y, tras un instante de silencio, añadió: — Y de hecho, eso fue lo que intentamos.

— ¿De veras? — preguntó Herena, con una luz especial en los ojos, como si la que hubiera vivido la aventura hubiera sido ella misma.

— Sí. Deseábamos llegar al sur de las Montañas. Habíamos oído que había varios pasos por allí que daban al Oeste; y que uno de ellos atravesaba un antiguo reino de vuestra gente. Pero no llegamos más lejos de las ciénagas. — Álica calló, y en su rostro se reflejaba la frustración de un sueño irrealizado. — Los humanos de Valle somos distintos: estamos alejados y aislados de nuestros parientes de los reinos del Oeste. Deseábamos llegar al sur, donde habitan los Hombres de los Caballos; y más lejos aún, a la ciudadela de Gondor. Pero los caminos no son seguros hoy día, y menos aún los que quedan justo debajo del Bosque Negro. No hay manera de cruzar por nuestro pie.

— Y ¿por qué vuestro rey no envía una solicitud de reunión a Rohan o a Gondor? Podría ser una buena oportunidad para restablecer lazos.

— ¿Restablecer? — bufó Álica. — Nosotros ni siquiera restablecemos. No existe pasado que nos ate a esa gente honorable; y si lo hay, hace mucho que se perdió en el olvido. Los humanos de Valle somos... en fin, ni siquiera nosotros sabemos de dónde venimos. Hay quienes dicen que del norte, de los límites de las Montañas Grises, y que nos asentamos aquí hace muchísimos años. Hay quienes dicen que pasamos primero por el Bosque... Y muchos de nosotros afirman provenir de las tierras de Dorwinion, entre los años que han estado habitadas por los gondorianos y por los Hombres del Este, sucesivamente. Pero aquí no hay gente noble ni de alta alcurnia. Y no es que eso me entristezca — alzó las manos Álica al aire, — pero los Hombres del Oeste jamás se fijarían en nosotros. Dudo incluso que sepan de nuestra existencia.

— Bueno — comentó Herena, intentando quitar hierro al asunto, — pero en cambio vosotros habéis tenido contacto con enanos y elfos por igual. Vuestra cultura es increíblemente rica.

— Claro que sí — sonrió Álica. — No es que no me enorgullezca... pero Valle y Esgaroth son ciudades pequeñas, al fin y al cabo. Las miras no son muy ambiciosas aquí. Y el sentimiento de soledad nos acompaña siempre. Tal vez vosotros no lo sintáis porque los enanos sois... distintos. Aunque viváis alejados los unos de los otros, existe entre vuestros pueblos un sentimiento de unidad y de fraternidad casi irrompible. Pero nosotros... no tenemos a nadie.

Herena calló entonces, pues sabía que nada de lo que pudiera decir podría aligerar la molestia de la mujer. Lo cierto es que nunca se había parado a pensar en lo alejadas que se situaban Valle y Esgaroth del resto de emplazamientos humanos, así como del resto de reinos y territorios en general. Los enanos eran un pueblo acostumbrado a la autonomía, pero como bien decía Álica existía entre las distintas familias un sentimiento de hermandad irrompible, no importaba cuán lejos estuvieran los unos de los otros. Pero la raza de los humanos era mucho más predilecta a establecer lazos entre ellos mismos y ocasionalmente con los elfos; vivir tan separados del resto de sus hermanos podría parecer, a voz en pronto, incluso contra natura. Y Herena pensó que la pequeña ciudad de Esgaroth había estado sobreviviendo durante un larguísimo tiempo a base de las relaciones meramente comerciales establecidas con el Reino del Bosque, en aquel período de tiempo que transcurrió entre la llegada del Dragón a Erebor y su futura muerte. Nunca se había parado a ver a los humanos de Valle con aquellos ojos: solos y aparentemente desprotegidos, pero resilientes a pesar de todo. Y creyó que, aunque sus orígenes no fueran nobles como los de los hombres del Oeste, la historia que se habían labrado por su cuenta era no menos valiosa.

— Bueno, pero no hace falta recrearse en la pena — quitó importancia Álica al asunto con un movimiento de mano, retornando la sonrisa a su rostro en menos de dos segundos. — Al margen de todo este asunto, nos sentimos afortunados. Somos un pueblo próspero, como bien decís; vivimos más que holgadamente y en paz. La aventura es necesaria de vez en cuando para corazones como el mío, pero sé apreciar la seguridad de la que disfrutamos. En gran parte os lo agradecemos a vuestro pueblo y al del rey Thranduil, por supuesto.

— Bueno, vosotros sois los que comerciáis — respondió de manera honesta Herena. — Nosotros solamente os pagamos lo debido por vuestros productos y elaboraciones; que por cierto, son de muy alta calidad. Me he maravillado a la entrada en la ciudad ante la gran cantidad de olores que me han llegado.

— Sí, en Valle tenemos una gran cantidad de flora muy rica. Algunas especies de plantas son autóctonas, propias de estas tierras cálidas, como la encina y los cipreses, y muchas flores y hierbas como el hinojo, el tomillo, el romero... y el azafrán, por supuesto.

Herena asintió con lentitud, pues conocía muy bien aquellas pequeñas hebras coloradas que resultaban tan preciadas y tan caras a los suyos. El azafrán y el aceite, elaborado con el fruto del olivo, eran los dos productos más codiciados por parte de los extranjeros, pues su elaboración era más dificultosa y sus plantaciones dentro de los límites de Valle eran escasas.

— Pero tengo entendido que en Valle el clima es muy frío en invierno — comentó la princesa de Erebor, casi tan interesada en la nueva conversación como en la concerniente a las expediciones a tierras lejanas.

— Sí, pero en parte es porque la ciudad está construida sobre un promontorio alto; la altitud acusa la frigidez, y creedme que se nota bastante. Pero la mayoría de la vegetación está situada fuera de las murallas de la ciudad, sobre suelos más llanos. Algunas hibernan hasta la primavera, y otras, como el olivo, son duras y aguantan bien incluso las nevadas. De todas formas, el invierno se nota para mal; normalmente nos dedicamos durante los últimos meses estivales a recolectar matas y especias y a deshecarlas para la estación fría. Una llega a aburrirse de comer estofado y pescado durante cinco meses sin condimentar.

— La cena hoy estaba deliciosa — sonrió Herena, recordando la multitud de ricos olores que desprendían los platos en el comedor del salón, así como los aromas que impregnaban las calles a su llegada desde los puestos ambulantes. — En Erebor cocinamos también con vuestras especias de vez en cuando, pero nos gusta más la carne... a lo natural. — Y lo decía por ella misma, pues no había alimento que le gustara más a la princesa que un buen chuletón medio hecho.

Álica le dirigió entonces una mirada entre endulzada y condescendiente, como una madre que observa a su hija pequeña hacerse mayor; y le preguntó: — No habéis salido mucho de la montaña, ¿verdad?

Herena se quedó muda durante un momento, pues no sabía muy bien cómo había inferido la humana aquel hecho. Muy probablemente fue debido a la emoción que se reflejaba en sus ojos, sin ser ella consciente, al hablar de tierras en las que no había estado nunca.

— No... — admitió, intentando no enrojecer. — Lo cierto es que solo he salido alguna que otra vez para venir a Valle, y en contadas ocasiones. Los khazâd somos... muy nuestros.

— ¿Khazâd? — preguntó Álica, alzando una ceja.

— Así es como nos llamamos a nosotros mismos.

— Ahhh — abrió la otra mucho los ojos. — Siempre pensé que érais... ¿Cómo se dice? ¿Nagrim?

Naugrim — la corrigió la otra. — Así es como nos llaman los Elfos. Significa "menguados", y por razones evidentes no nos suele gustar ese adjetivo; así que os aconsejo que no lo pronunciéis nunca delante de un enano.

— Uy — se llevó Álica una mano a la boca. — Perdón. No volverá a pasar. Pero en fin, volviendo al tema... ¿os gustaría acudir como invitada a nuestra humilde morada en alguna que otra ocasión? Los muros del palacete pueden quedarse estrechos, y aquí en Valle nos conocemos casi todos. No está mal tener a una persona nueva con quien conversar de vez en cuando.

— Me encantaría — sonrió Herena, agradecida ante la invitación. — De veras que sí.

— Pues no se hable más — sentenció Álica, dando una palmada al aire. — Seréis mi nueva amiga. Adoro a mi esposo y a mi hija, pero llega un momento que me canso de verlos todo el día. Me vendría bien una nueva persona con quien charlar de temas animados. Además, seguro que hacéis unas tremendas migas con Bardo. Os parecéis mucho en temperamento.

La joven enana se sintió feliz entonces; de hecho, no recordaba la última vez que había notado una sensación de plenitud tan agradable. Era estimulante hacer nuevos amigos, y que estos fueran personas tan abiertas, simpáticas y con las que poder hablar de cualquier tema sin pelos en la lengua. De hecho, le había deleitado la natural honestidad y espontaneidad de Álica, tan alejadas de la tirantez con la que normalmente sentía que debía hablar en su casa, incluso en los círculos más íntimos de su familia.

— Álica, tengo una pregunta para vos, si no os importa...

— ¿Vos? — alzó una ceja la mujer, fingiendo sentirse ofendida.

— Para ti — corrigió Herena. — Y por favor, llámame a mí también de . El caso es que antes has comentado que conseguísteis llegar a las Montañas Nubladas atravesando el Bosque Negro... pero me parece que has dicho que el viejo camino sigue sin poder transitarse.

— Los orcos continúan haciendo incursiones en el bosque — asintió la aludida, — a pesar de que las criaturas feroces ya apenas son inexistentes. No es una senda segura — y volvió a callarse para sí la información concerniente a los Hombres del Bosque, que habitaban alrededor de aquellas zonas y que seguían luchando por su superviviencia.

— Y ¿por dónde lo atravesásteis, entonces? Quiero decir, ¿pasastéis por el camino del norte, el que pasa por la morada de los elfos?

— ¿Por cuál si no? — se encogió Álica de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

— Bueno, pero... ¿no tuvisteis ningún problema?

La princesa de Valle se quedó un momento en silencio, y finalmente estalló en una sonora carcajada: — Ay, se me había olvidado la rivalidad que existe entre vuestros dos pueblos. Bueno, he de deciros que los Elfos del Bosque no son tan temibles como parece. O, al menos, no con nosotros. Son... reservados y misteriosos, eso sí. Y he de admitir que pueden resultar bastante inquietantes — añadió al recordar el efecto que había ocasionado sobre todos la llegada de Thranduil y sus gentes al salón, hacía ya varias horas. — Pero no son peligrosos; no al menos si no les das una razón para serlo. Nosotras pedimos permiso para atravesar sus tierras de manera anticipada y no hubo problema. Incluso el Rey nos concedió escolta para parte del camino.

— ¿De veras? — preguntó Herena, sin poder creerse aquello último.

— Sí. No tanto por generosidad: supongo que Thranduil pensó que sería mejor que fuéramos acompañadas y vigiladas por, digamos, motivos de seguridad. Para no llamar la atención de ojos indeseados, siendo francas.

— Eso tiene más sentido — rió la enana.

— ¿Vos nunca habéis tenido relación con los Elfos? — inquirió Álica, de manera curiosa.

— Qué va — se encogió Herena de hombros. — Nunca he estado cerca de uno hasta esta noche. No nos llevamos muy bien... desde nunca, de hecho.

La mujer asintió y no añadió nada más porque sabía que aquel era un tema tremendamente delicado en el que ni quería ni debía meterse; bien pensado, tal vez había hablado más de la cuenta aquella noche. Pero le siguió sorprendiendo la idea de que la princesa de uno de los reinos más poderosos de la Tierra Media hubiera tenido tan poco contacto con el exterior.

— En fin, será mejor que entre — se levantó entonces la humana, atizándose la parte trasera del vestido para desprenderse la tierra que le quedaba tras haberse sentado. — Mi marido debe haber desistido de sus intentos por mediar hace rato, y mi hija debe haber acabado con las energías de vuestro hermano casi de seguro. Además, los fuegos artificiales serán lanzados ya mismo. ¿Quieres venir?

— Oh, ahora entro. Me gustaría quedarme un rato aquí fuera. De hecho — añadió tímidamente, — he estado observando el jardín desde que hemos salido, y me gustaría recorrerlo, si no hay problema.

— ¡Claro que no! — contestó Álica. — Te acompañaría con gusto, pero por ahora será mejor que vuelva. Mi familia política deber de estar preguntándose dónde ando. Pero mientras tanto, esta es tu casa.

— Muchas gracias, Alteza — asintió Herena con agradecimiento, y la otra le guiñó un ojo de manera cómplice antes de desaparecer por la puerta.

Herena se la quedó mirando largo rato hasta que se entremezcló con el gentío de la fiesta, y después volvió su cabeza hacia la floresta que se alzaba ante sus ojos en la negrura de la noche. Había hecho muy buenas migas con Álica, y hubiera estado charlando con ella toda la velada; pero deseaba investigar a fondo aquel jardín, y de hecho agradecía la oportunidad de poder hacerlo a solas.

Tomando un buen suspiro, la joven enana se levantó de su improvisado asiento, y tras echar una última ojeada al rudimentario mapa elaborado en el suelo, comenzó a caminar hacia delante, alejándose del todo del ruido de la celebración. Un estrecho camino pavimentado se abría paso bajo sus pies, subiendo una empinada colina, y a un lado y a otro se abrían paso multitud de matorrales silvestres coronados con flores y capullos aromáticos. Las pequeñas tuberosas, las hermosas orquídeas, y los aparentemente insignificantes galanes de noche impregnaban el aire de un aroma dulzón y fresco que la suave y fresca brisa removía. La luz de la luna era su única compañera; no había más ruidos ni más acompañantes en la senda. Y Herena sintió una tremenda sensación de quietud y de libertad al caminar por aquel camino, con las estrellas brillando sobre su cabeza y las sombras de los dispersos árboles plantados proyectándose sobre el suelo. Aquella era una felicidad que a algunas personas les costaba comprender: la de la soledad.

Y Herena continuó ascendiendo, mirando a un lado y a otro con curiosidad, acariciando con las yemas de los dedos las grandes hojas de los arbustos que se quedaban al lado del camino; aunque de vez en cuando echaba la cabeza atrás para cerciorarse de que nadie la seguía ni requería aún de su presencia. Y cuando llegó al final del promontorio, la vio frente a ella: la enrevesada y sinuosa silueta del olivo, iluminada por la tenue luz de la luna, recortada contra el oscuro cielo estrellado.

La enana se detuvo por un instante, pues una fuerte emoción la sacudió en aquel momento. Recordó haber visto aquel árbol en otra ocasión, hacía muchos años ya, cuando era aún una niña y había acudido al entierro del viejo Rey Bardo. Ella sabía que él había sido sepultado allí, bajo los pies de aquel árbol; pero no se trataba solo de eso. No era únicamente la reverencia y el respeto sentidos a una persona honorable que ya no estaba entre ellos: había algo más en el aire.

La joven se aproximó al árbol de manera cuidadosa, como si estuviera adentrándose en terreno santo. Pensó, de hecho, que si hubiera irrumpido en un Panteón Real no hubiera sentido ni la mitad de aquella devoción que le recorría el cuerpo de pies a cabeza en aquel momento. Pero a pesar del recelo propio de la situación, había en el aire una especie de benevolencia que la invitaba a aproximarse a aquella planta, como si fuera una amiga bienvenida.

Herena se detuvo frente al olivo, y se maravilló ante él, pues era una planta extraña y hermosa. Su tronco estaba anudado y retorcido, y había multitud de huecos y hoyos en él, y sus hojas eran muy pequeñas y afiladas; pero era un árbol noble, y ella lo supo desde el primer momento. Y siguiendo un impulso que le venía no tanto desde dentro sino desde fuera, como una invitación tangente que rodeara el ambiente, aproximó su mano hacia la corteza y posó su palma sobre ella. Le resultó dura y muy áspera bajo su tacto, pero también cálida y reconfortante; y alzó la mirada hacia las numerosas ramas que se abrían paso no muy encima de su cabeza.

— Era un buen hombre.

La joven se sobresaltó entonces al escuchar cómo una voz hablaba a sus espaldas, y giró la cabeza para encontrarse con que, para su sorpresa, no había estado sola. Pues detrás del árbol, bajo la sombra de sus hojas, la observaba una figura muy alta, con el cabello reluciente bajo la luz de la luna, y ojos brillantes como la plata. Herena reconoció su rostro al instante, pero el aludido simplemente sonrió de medio lado, y comentó:

— Lo lamento. No era mi intención importunaros — pues Thranduil había acudido al olivo mucho antes que ella, huyendo de las insistencias del rey Brand y en busca de su viejo amigo, que descansaba bajo aquel suelo; y, rodando de manera lenta sus ojos hacia el camino que descendía hasta el palacete, añadió: — A mí tampoco me gustan las multitudes.

Y Herena no añadió nada más, pues aquella situación no le pareció tan rara e incómodo como podría haber sido. De alguna manera, entendió que el rey había acudido al lugar porque buscaba lo mismo que ella: la quietud y la soledad. Y también entendió que el mismo árbol los había llamado a ambos por separado, y que nada debía alterar la paz que allí imperaba siempre.

Así que la joven devolvió su mirada al tronco del árbol, y fue paseando su mano por la corteza, arrastrándola sobre la madera tosca, con un agradable cosquilleo recorriendo su piel. Y Thranduil hizo lo mismo después de unos instantes: posó su propia mano sobre las ramas, y siguió su sinuosa senda, con el recuerdo del humano inflamando su corazón. Y cuando llegó el momento en que ambas manos se aproximaron la una a la otra, los dos individuos dejaron sus fantasías de soledad a un lado, y no tuvieron más remedio que mirarse el uno a la otra, no pudiendo ignorar su presencia mutua por más tiempo.

¿Cuál fue su primera impresión? Nada especialmente llamativo, dada la situación ya extraña de por sí: Herena se maravilló ante el rostro del elfo, tan distinto a los de su gente, con aquellas facciones tan angulosas y bien definidas; pero se estremeció ligeramente ante la profundidad de su mirada, que ahondaba en ella siglos y siglos de vida. Y Thranduil se sorprendió ante los grandes y azules ojos de la muchacha, tan similares a los de su padre, pero a la vez tan distintos, llenos de la peculiaridad y de la inocencia propios de la juventud.

Y permanecieron así largo rato, observándose el uno a la otra con una pequeña pizca de curiosidad y otra mucho mayor de recelo: dos personas de dos mundos tan distintos, de dos épocas lejanas en el tiempo, de dos naturalezas totalmente opuestas. Pero no dijeron nada, y el silencio fue el único testigo de aquel casual encuentro.

Y no supieron cuánto tiempo llevaban ya así, cuando una voz proveniente de la colina los sobresaltó:

— ¡Thranduil! — exclamaba un elfo alto y fornido, de cabellos medio cobrizos que ascendía con prisa el camino; quien, al percatarse de la singular escena expuesta ante sus ojos, quedó por un momento paralizado y acallado.

Pero Thranduil reaccionó de manera pronta, y recuperando la compostura con total naturalidad, lo llamó a su vez: — Berion.

Y el elfo removió la cabeza de forma rápida, recordando el motivo por el que había acudido al lugar, y se apresuró a decir: — Tienes que venir. Aprisa.

El rey se dirigió entonces con paso firme en dirección a su camarada, y ambos descendieron de manera ligera el camino que descendía de vuelta al palacete.

Herena los siguió a su vez, sintiéndose tremendamente desubicada tras la ruptura de aquel momento tan íntimo y singular que acababa de vivir, pero fue incapaz de darles alcance, pues los elfos eran bastante más rápidos que ella aún sin necesidad de correr; y para cuando vio de nuevo las luces de la fiesta filtrándose por las ventanas y hubo atravesado la puerta abierta del palacete, vio una escena que distaba mucho del onirismo en el que se había visto envuelta. No supo muy bien qué había ocurrido, pero en el centro del salón había un elfo con la nariz rota y chorreando de sangre, y dos enanos frente a él, uno de ellos con magulladuras en la mandíbula, que estaban sujetos a su vez por otros tantos de sus compañeros. Al rey Brand se le veía por detrás muy sorprendido, casi en shock ante la escena, y el rey Thorin luchaba a voz en grito exigiendo a sus dos súbditos que se detuvieran y se estuvieran quietos en su empeño por zafarse de los brazos de sus compatriotas, sin mucho éxito. Había fiereza en los ojos de los enanos, una fiereza antigua y salvaje, casi instintiva, dirigida contra el elfo de cabellos anaranjados; quien a su vez luchaba por contenerse y no volver a caer en las provocaciones de los otros dos.

— ¡Fêrdor! — se escuchó resonar, en aquel momento, la voz fuerte y clara del Rey del Bosque; y todos en la sala quedaron inmóviles y en silencio, incluidos los dos enanos y el elfo en cuestión, quien se volvió de manera inmediata hacia su monarca. Thranduil lucía ahora incluso más alto que antes, y en su mirada destellaba una ira y una vergüenza capaces de acallar incluso a los corazones más fieros.

El elfo aludido bajó la cabeza con bochorno ante su rey, y el líder de los elfos del bosque alzó su orgullosa mirada para enfrentarla con la de los enanos que habían tomado parte en la trifulca, para comenzar; y después la desvió hacia la del propio Rey Bajo la Montaña. Thorin también lucía terriblemente avergonzado, pues había presenciado el espectáculo desde el principio y sabía qué era lo que había pasado: que aquellos dos enanos, bastante bebidos, se habían dedicado a molestar al elfo en cuestión durante gran parte de la velada, sin razón aparente. Al principio el silvano los había ignorado sin ningún tipo de problema, pero al parecer las burlas habían ido subiendo de tono, y debieron soltar algún comentario demasiado fuera de lugar que provocó que la víctima de las burlas se hubiera girado en actitud furiosa y hubiera golpeado a uno de los enanos en la mandíbula. Después de aquello, todo se había salido de madre.

Herena giró la mirada en derredor: ya no se escuchaba música, ni risas ni jolgorio, pues todo había quedado derrumbado por la espontánea pelea. Los enanos se mostraban iracundos porque sabían que ellos habían sido los responsables y que deberían pagar la afrenta, pero los elfos parecían más molestos aún.

— Bueno, bueno — se inmiscuyó entonces Brand, que parecía haber vuelto en sí; — por favor, amigos, no estropeemos la velada por un malentendido sin importancia. No vale la...

Una fría mirada proveniente del Rey Elfo provocó que al hombre se le atascaran las palabras en la garganta. No había sido "un malentendido sin importancia", sino una muestra del odio ancestral que existía entre aquellos dos pueblos.

— Nos vamos — sentenció Thranduil, sin dar tiempo a la posibilidad de poder enmendar la situación de cualquier manera; y, ante su mandato, todos los suyos se movilizaron de manera presta para abandonar el lugar; incluido el elfo que había tomado partida en la pelea, que de seguro debería pagar las consecuencias de sus actos, pues el Rey no estaba dispuesto a pasar por alto una falta de autocontrol tan poco propia de su gente, aunque hubiera sido acosado y provocado.

Y mientras los elfos se iban agrupando para marcharse, Herena se dirigió de manera disimulada al lugar donde permanecía su familia; y vio a su hermano pequeño con lágrimas en los ojos, asustado por la fugaz pelea.

— Herena — la llamó al verla llegar, extendiéndole sus brazos; y ella lo tomó en los suyos, acariciándole el cabello.

— ¿Qué ha pasado? — le preguntó Herena a su padre, con el ceño fruncido.

Y Thorin, rojo de vergüenza, contestó: — Los elfos. Eso es lo que ha pasado — pues sería incapaz de admitir en voz alta que la responsabilidad primera había sido de su propia gente al meterse con los otros.

Y Herena calló, pero pensó para sí que tal vez era cierto lo que siempre había escuchado: que lo mejor era que unos y otros permaneciesen siempre separados.


"I remember you well in Chelsea Hotel.
That's all, I don't even think of you that often"


¡Holaaaa!

Antes de nada, quisiera pedir disculpas, pues aunque en un principio comuniqué mi intención de dividir este capítulo en dos por la extensión de ambos, resultó que el primero me salió más bien "cortito" y este último me ha salido muyyyy extenso.

Aun así, tenía unas ganas tremendas de plasmarlo en el teclado, y lo cierto es que estoy muy contenta con el resultado. He disfrutado muchísimo escribiendo, por un lado, la larga conversación entre Herena y Álica, en la que conocemos más de la geografía y de las costumbres de Valle, una ciudad que siempre me ha llamado mucho la atención. Y por otro lado, hemos tenido el primer encuentro entre Herena y Thranduil. He de admitir que esta escena la tenía pensada desde hacía bastante tiempo, pero aun así me dio una neura y pensé en cambiarla y escribirla de otro modo, desde otro enfoque muy distinto; pero al final eliminé la idea y volví a esta original, el escueto encuentro bajo el olivo, sin palabras y sin emociones más allá de la curiosidad y del recelo que pueda existir de manera natural entre una enana y un elfo. Creo que así ha quedado perfecto, sin forzar la situación, y con un atisbo de misterio y de posibilidades abiertas para los próximos capítulos.

Y bien, ¿qué os ha parecido el capítulo? ¿Lo habéis disfrutado? ¿Os ha emocionado? ¿Os ha abierto la curiosidad por saber qué pasará después?

Como siempre, muchísimas gracias por leer, votar y comentar. Así hacéis que todo resulte mucho más enriquecedor y bonito ^^.

Así que, ¡hasta la próxima! Espero que nos leamos pronto.