El valor para marcharse,

el miedo a llegar.

Vetusta Morla


Gimli entró en la habitación que se le había asignado de manera pronta e imperiosa, cerrando de un portazo detrás de él. Sin embargo, su padre penetró en la alcoba apenas cinco segundos más tarde, con el rostro rojo que contrastaba con el gris de su cabello y de su barba.

— ¡Gimli! — exclamaba el viejo, parándose frente a él y cortándole el paso. — Haz el favor de escucharme cuando te hablo.

— Ya hemos hablado, khagam — contestó su vástago de manera airada, evitando su mirada y rodeándole mientras se dirigía al amplio armario que quedaba al fondo de la habitación, en el que había dejado las pocas pertenencias que habían constituido su zurrón de viaje.

— ¡Hijo! — gritó Glóin, agarrando con fuerza el brazo del menor y obligándolo a mirarlo fijamente. Los ojos del consejero de Thorin lucían iracundos, pero en el fondo de su brillo se escondía también una honda desesperación. — No vas a ir.

— No me lo puedes impedir — se zafó Gimli del agarre. — Ya lo hiciste cuando os embarcásteis en la misión para recuperar la Montaña Solitaria. Entonces era aún un enano joven, pero ahora soy un adulto más que formado, y estoy en mi derecho de decidir por mi cuenta.

— Pero Gimli, ¡haz el favor de pensar! — juntó Glóin ambas manos bajo la altura de la barbilla. — Esa misión es suicida. Piensas ir a... — tragó saliva, incapaz de pronunciar aquel nombre nefasto, — ¡es imposible! No hay piernas capaces de cruzar esa frontera maldita. Y además, ¡sois nueve! ¡Nueve compañeros! Cuatro medianos... ¡Un elfo! ¡Un Gundu Khalam del bosque!

— Tú mismo dijiste que los elfos eran de fiar — frunció el ceño Gimli, — y que los medianos son gente honrada y valiente.

— No, dije que Elrond era un elfo de fiar, no el hijo del floripondio del Bosque. Y sí, los hobbits son gente honorable, pero ¡no lo suficiente como para cruzar la Tierra Media... para llegar a Mordor! — soltó al fin la última palabra, con un escalofrío recorriendo su cuerpo. — Gimli, nadie es lo suficientemente apto para esa tarea, ¿entiendes?

— Yo mismo hubiera ido a solas con el Anillo a cuestas — se vanaglorió el enano, cruzando los brazos sobre el pecho.

— Y me hubiera sentido orgulloso, Gimli. Pero soy tu padre, y he de interceder por ti. Eres joven e inexperto. Pocas veces has salido de la Montaña anteriormente. ¡Deja que vaya yo en tu lugar! Soy viejo, y llevo una aventura de similar calibre sobre mi historia.

— Eres viejo, khagam — contestó Gimli. — Has sido un enano valeroso y una honra para nuestra casa, pero no puedes enfrentarte a esta misión, al igual que tampoco puede el señor Bilbo. Ahora me toca a mí. Y sí que tengo experiencia: de joven, muchas veces defendí nuestra tierra en las Montañas Azules de ataques externos, ¿recuerdas?

— Nada comparado con lo que te depara — negó Glóin con la cabeza. — Ya de por sí, cruzar la Tierra Media hoy en día es peligroso. ¡Vais directos a la boca del lobo! ¿Qué le diré a Thorin? ¿Qué le diré a tu madre?

El corazón de Gimli estuvo a punto de darse a torcer al escuchar la mención a su khagan, pero meneó la cabeza y reiteró: — Voy a ir, khagam. No hay más que hablar. Alguien debe hacerse cargo de esta misión, y no pienso permitir que nuestra gente no se una a la misma, y menos aún que un khalam del bosque se atreva a participar y yo no. He de hacerlo.

Glóin bajó entonces los brazos, sintiéndose rendido, y tomó asiento sobre la cama de manera sumisa.

— Santo Aulë — susurró para sí, — ¿por qué nos ha tocado vivir estos días?


Mientras tanto, en otra habitación del recinto, un joven elfo de cabellos rubios preparaba asimismo sus pocas pertenencias, las que tenía pensado llevar a la expedición consigo. No cargaría con mucho, solo con lo imprescindible, pues la comida y los enseres serían compartidos por toda la compañía, y si podían permitírselo elegirían cazar y recolectar por el camino. Pero su arco y sus flechas siempre debían acompañarlo. Se aseguró de llevar consigo un buen puñado, todas las que pudiera acarrear.

Tan ensimismado estaba en sus preparativos, y tan excitado por la pronta marcha, que no escuchó los leves golpes que resonaron contra la puerta de la habitación.

— Espero no importunar — se sobresaltó entonces al escuchar tras de sí una voz grave, y se sorprendió más al ver a quién pertenecía; pues al persona en cuestión se había decidido a entrar al no recibir respuesta del interior.

— Lord Elrond — se inclinó Legolas, llevándose una mano al pecho de manera respetuosa. — Lo lamento. No os había oído.

— No me extraña — sonrió de medio lado el habitualmente serio elfo. — Debes de estar con los nervios a flor de piel.

Ambos permanecieron en silencio durante un largo rato, mirándose sin saber bien qué decir; pues Legolas había conocido al señor de Imladris hacía unos cuantos años, cuando había abandonado el bosque por su cuenta y había llegado a Rivendell en busca de nuevas sobre Trancos. El príncipe sindar lucía verdaderamente entusiasmado, como si no temiera los peligros a los que se vería enfrentado a lo largo del camino. Era un joven elfo que llevaba toda su vida buscando una aventura que vivir, y ahora, al fin, se había topado con su oportunidad. Pero los ojos de Elrond escondían un triste brillo, y su voz sonó apagada al decir: — Legolas, has sido muy valiente. Pero no va a ser una expedición fácil.

El semblante de Legolas se oscureció entonces, y su luz se opacó un tanto; pero no dijo nada, y permitió a lord Elrond continuar.

— Sé que no hemos tenido una relación muy cercana — se aproximó el mayor a él con lentitud y prudencia, — y de hecho nuestros pueblos no han estado en contacto desde hace mucho tiempo. Pero creo que le debo responsabilidad a tu adar con respecto a tu decisión.

El príncipe sintió entonces como si una corriente de aire frío le golpeara sobre el rostro. Su adar... no había pensado siquiera en él.

Dándose la vuelta, se dirigió a un escritorio que había en la alcoba, y agarró un trozo de papel y la pluma que quedaba encima del mismo. Se detuvo un momento a pensar, pero acto seguido comenzó a escribir con prisa, como si no quisiera darle tiempo a su cerebro a recapacitar sobre las palabras que la tinta vertía sobre la hoja. Apenas unos minutos más tarde, se levantó de su asiento y le entregó la carta, ya doblada, al señor de la casa.

— Por favor, hacédsela llegar a mi aran (rey) — le pidió.

— Así lo haré — contestó Elrond, asintiendo con la cabeza de manera comedida. Permaneció mirándolo unos cuantos segundos más, antes de decirle: — Mucha suerte, Legolas. La necesitaréis.


Era una mañana de principios de noviembre cuando Glóin y su pequeña compañía cruzó el Lago Largo y llegó a las inmediaciones de Valle. El calor que había acompañado a aquel otoño en esa zona de la Tierra Media había llegado a su fin, y el tiempo era nuboso y fresco, con rápidas ráfagas de aire helado que les cortaban la circulación del rostro al golpearlos de lleno. La mayoría de los árboles del camino aún conservaban sus hojas, pero algunos montones de las arrancadas por el viento se amontonaban ya sobre la hierba reseca, a la espera aún de las primeras lluvias copiosas de la temporada. El viaje había sido largo y fatigoso, más que el primero de ida a Rivendell, y no sólo debido al cambio de tiempo sino también a la pesadumbre que se abatía sobre los corazones de los emisarios; y mayor aún era este pesar sobre el jefe de ellos.

Así pues, aunque por un lado les hubiera gustado detenerse en Valle para recuperar algunas fuerzas y tomar un leve descanso en alguna taberna, al lado de un fuego avivado y engullendo un desayuno copioso, los enanos que volvían de más allá de las Montañas Nubladas decidieron que sería mejor volver cuanto antes a su hogar y transmitir las funestas nuevas a su rey. Aunque no sabían muy bien cómo iban a hacerlo.

Thorin los recibió ante las Puertas del Río, las principales del reino, y junto a él estaba su propia familia, así como los familiares de los enanos que habían acudido a la llamada de Elrond, esperándolos con expectación. Las puertas fueron abiertas al divisarlos ya cercanos, y las esposas y los hijos de los expedicionarios se abalanzaron sobre ellos entre besos y abrazos.

— ¡Oh, Glóin! — exclamó Khâla, la esposa de éste, echándole los brazos alrededor del cuello y besando su rostro. — Te he echado de menos. No me fiaba un pelo de esos Taragu Khalamdul (medio elfos), por mucho que me quisieran tranquilizar Graella y Dís — pues la familia de Glóin era muy cercana a la de Thorin, y las tres enanas eran estrechas amigas. — Y os habéis retrasado tanto... Menos mal que estás ya aquí.

Khâla se alejó entonces de su lado, observándolo con detenimiento, y dirigió una mirada en derredor. — ¿Dónde está Gimli? — preguntó, inquieta.

Glóin no respondió al instante, sino que tragó saliva en su lugar, y su rostro se tornó blanco. Esa fue la señal que hizo al resto darse cuenta de que las cosas no iban bien.

— Glóin — repitió Khâla, esta vez con un tono de voz cortante, — ¿dónde está Gimli? ¿Dónde está mi rukhsul (hijo)? No me dirás que se ha quedado en la casa de los khalamdul, ¿verdad?

Pero el enano agachó la cabeza con vergüenza, y murmuró: — No, Khâla. Lo siento. Es peor que eso.

— ¿A qué te refieres? Glóin, ¿¡qué ha hecho Gimli!?

— Glóin — escuchó la voz del rey llamándolo. El aludido se giró hacia Thorin, quien lo miraba con una honda expresión de preocupación en el rostro. Lo había guardado en secreto durante aquellas largas semanas, pero una profunda oscuridad se había abatido en el corazón del monarca desde que le llegó la carta de Rivendell, y la actitud de su emisario parecía al fin confirmarle sus más profundos temores. — ¿Qué ha pasado? ¿Tan grave ha sido?

— Oh, Thorin, mucho peor que grave. Es peor de lo que nos imaginábamos.

El rey se aproximó a su consejero y amigo, y, colocando una mano sobre su hombro, le pidió: — Cuéntamelo todo.


Glóin se detuvo a tomarse un baño de agua caliente para recuperarse del frío y del cansancio del viaje, pero acto seguido acudió al despacho privado del rey. Allí estaba Thorin acompañado de su más fiel consejero, Dwalin, que había ocupado el lugar de su hermano mayor cuando éste había partido a Moria, y también estaba su hija Herena. Nadie más debería conocer las noticias que Glóin debería comunicarles por el momento. Frerin era demasiado pequeño para conocer nuevas tan importantes y oscuras, y había decidido, como de costumbre, que Herena ocupara su lugar. Pero no era solo una razón de heredabilidad a la corona la que había decidido al rey a llamar a su hija: la princesa era joven e inexperta en temas de tal calumnia, pero si había alguien preparado para conocer y deliberar sobre noticias provenientes de tierras élficas, aquélla era Herena.

Glóin les contó la historia completa entonces. Intentó ser breve, pero se explayó al describir su llegada al Valle Escondido (aunque se guardó para sí la llamativa curiosidad que Elrond había mostrado con respecto a la princesa de Erebor), así como la razón de tan larga estancia en el lugar. Les comunicó la accidentada llegada de los hobbits y de Gandalf hasta donde él sabía, y finalmente les narró todo lo acontecido durante el Concilio de Elrond. Al principio, Herena se maravilló ante la diversidad de gentes que habían asistido a aquel encuentro: Elfos Noldor y Sindar, provenientes incluso de los puertos próximos a la tierra natural de su madre; Hombres de Gondor; Hobbits de la Comarca. Deseó con todas sus fuerzas haber podido asistir, y se sintió decepcionada consigo misma por no haber insistido más a su padre; pero mientras Glóin continuaba con la historia, su atención dejó de focalizarse en sí misma.

El enano les contó lo que se había hablado en aquel concilio, la razón por la que habían sido llamadas gentes de distintas procedencias y razas. Y cuando llegó el momento de explicar lo concerniente al Anillo Único, todos los presentes sintieron cómo un helado terror los envolvía en un halo gélido y oscuro.

— Ese era el anillo de Bilbo — explicó Glóin a Thorin, — el anillo mágico con el que consiguió eludir a las arañas en el Bosque Negro, con el que nos rescató de las mazmorras de los elfos. Todo lo hizo gracias a ese anillo. Pero él no sabía que era...

Calló, sintiéndose incapaz de repetir aquel nombre. Thorin devolvió la mirada a Dwalin y a su hija, pero Herena se sentía aterrorizada, incapaz de moverse o de pensar. Ella conocía vagamente la historia del Anillo de Sauron; la había escuchado como historia pasajera, y también había leído algo sobre él en el libro que Gandalf le había entregado en secreto. No obstante, siempre la había mirado con otros ojos, como un suceso antiguo y remoto, casi legendario, del que no valía la pena volver a preocuparse. Pero ahí estaban, hablando del regreso de Sauron, del Señor Oscuro al que todos habían dado por acabado hacía ya una Edad; antes de que las Minas de Moria, el principal referente del que disponía su gente para contabilizar años y sucesos, cayeran en la ruina. Y al oír hablar del Anillo en boca de Glóin, todos sintieron un terror que nunca habían experimentado antes, como si todos los peligros a los que se hubieran enfrentado en vida las resultaran ahora superfluos y nimios.

Y una vez el emisario les describió la fundación de la Compañía del Anillo, y cómo aquella pequeña hueste llevaba ahora en sus manos el destino de la Tierra Media, calló, a la espera de que su rey diera su propio veredicto.

Pero Thorin permaneció largo rato en silencio, sus ojos abiertos como platos, hasta que finalmente exclamó: — Pero, ¿¡me estás tomando el pelo!? ¿Cuatro hobbits, un elfos, dos hombres, un enano... ¡para acabar con ese anillo!?

Glóin bajó la cabeza con pesar, pero el rey se levantó de su asiento y continuó vociferando. Herena nunca lo había visto así: Thorin nunca perdía la calma.

— Pero ¿¡se puede saber en qué diablos piensan esos malditos Khalandul!? ¿Por qué no envían un ejército? ¡Cualquier cosa que sirva para abatir las huestes de Mordor! Pero ¡no! ¡Ellos envían una compañía que va a atravesar la Tierra Media... con cualquier tipo de artilugio, una capa mágica, o una bebida que nunca quita la sed, o con cualquiera de esas mierdas que se sacan de la manga los malditos elfos en momentos de necesidad! ¡Y mientras tanto, nosotros aquí, expuestos a los ataques del sur y...!

Thorin calló de repente. Se giró sobre sí mismo y dirigió la mirada hacia su hija, que estaba aún más pálida que él. Su mente retrocedió a la última reunión de los Señores, cuando Herena había hablado en contra de recuperar Moria, y recordó lo que dijo: «Los reinos más peligrosos no son los de los Hombres ni los de los Elfos, sino el que se encuentra más al Sur.» El que se encuentra más al sur...

Las mentes de Thorin y Herena trabajaban a gran velocidad, casi al unísono, y ambos fueron uniendo conceptos a la vez. El sur... todas las criaturas que acechaban el Bosque Negro provenían del sur. Todos los ataques de los orcos provenían del sur. El emisario que les había exigido desvelar el paradero del Señor Bolsón... todos provenían del sur. El paradero del Señor Bolsón...

De repente, todo tenía sentido. Todos los peligros procedían de Mordor; todos los ataques, todas las amenazas provenían de Mordor. El Señor Oscuro debía saber que los enanos de Erebor habían mantenido relación con Bilbo Bolsón, y a la vez sabía que éste era el portador de su Anillo de Poder, que lo había sido durante largos años. Y Mordor quedaba al sur. Al sur de todos ellos. Estaban desprotegidos ante la amenaza de Sauron. Llevaban estándolo largos años, pero ahora eran conscientes.

Thorin tuvo que sentarse, pues se vio presa de un mareo que por pocas le cuesta un desmayo, y Dwalin y Herena se acercaron a él para ayudarlo.

— Estoy bien, estoy bien — alzó la mano el rey, aunque no parecía muy convincente. Su rostro estaba blanco como la cera, y Herena se preocupó de verdad: su padre era un buen rey, un magnífico líder, y siempre sabía qué hacer en caso de necesidad o de crisis. Nunca se había permitido mostrarse vulnerable delante de sus compatriotas, de sus súbditos, de la gente que lo necesitaba. Por primera vez en su vida, Thorin sentía miedo; un miedo real.

Tuvieron que transcurrir unos largos minutos hasta que fue capaz de recomponerse un poco, y volvió a ponerse en pie.

— Glóin, ¿por qué no nos avisaste antes de enviar a tu hijo en esa expedición? — preguntó.

— Intenté impedírselo, Thorin — se explicó el otro. — De veras que lo hice; pero no hubo manera. Había algo en ese lugar... no sé cómo explicarlo, ciertamente, pero durante el concilio, la misión parecía sensata. Más que sensata, esperanzadora. Ahora, al intentar explicarlo a posteriori, suena a locura, pero...

Es una locura — sentenció Thorin. — No hay manera de que eso tenga éxito. Que nueve personas se internen en Mordor... no hay manera. Ni con un ejército se podría.

La mente de Herena comenzó a ver algo de luz entre tanta tiniebla y confusión. Pensó con lucidez, y creyó que Elrond habría enviado a nueve personas precisamente por esa razón. Un ejército jamás podría con la fuerza de Mordor, eso debía estar claro. Dúrin sabría el horror que se escondería en aquella tierra maldita. Pero nueve compañeros... tal vez hubiera esperanza. No obstante, decidió guardarse sus cavilaciones para sí, pues pensó que no era un buen momento para compartirlas en voz alta.

— Glóin, actuaste mal — continuó hablando Thorin, de una manera demasiado severa incluso viniendo de él. — No es Elrond de Rivendell el que decide sobre el destino de nuestra gente, sino yo. Y en todo caso, una decisión de tal calibre no debería siquiera ser tomada por mí únicamente, sino que debería haber sido compartida con el resto de Casas. No me esperaba esto de ti, ni tampoco de tu hijo. Ha sido un acto innoble y deshonroso para nuestra gente.

Glóin parecía terriblemente avergonzado, pero no era capaz de explicar a Thorin todo lo que había sucedido en Rivendell con palabras. No sabía describir la sensación de esperanza y de premura que se había abierto paso en los corazones de los presentes cuando la Compañía fue forjada. No supo explicar el sentimiento de desamparo, pero a la vez de orgullo, que había experimentado al ver cómo su hijo abandonaba los recintos del Valle Escondido. Nada de eso podía ser entendido por oídos ajenos. No había tenido tiempo para pedirle consejo, ni a él ni a ninguno de los otros Señores Enanos. El destino de aquella misión iba más allá de razas, de reinos o de linajes. Era algo que había que hacer de inmediato, sin pararse a pensar ni a cavilar. Era algo para lo que las espadas y los sermones no servían.

Pero Thorin no podía entender aquello, al menos de momento. Era demasiada información en tan poco tiempo, y ahora solo se sentía iracundo y temeroso.

— Y también ha sido una total falta de respeto por parte de Elrond — añadió a su discurso. — No volveré a fiarme de elfo alguno, lo prometo aquí mismo.

Khagam, no digas eso — habló, aquella vez sí, Herena. Las miradas fogosas de su padre y de Dwalin se fijaron en ella, y sintió cómo la sangre se le subía a las orejas.

— Yo siento el mismo miedo que vosotros — se explicó, — pero Elrond es una persona sabia. No creo que haya mandado a su propia gente a lo desconocido sin creer que la misión pueda resultar en éxito.

— ¿Su gente? — inquirió Thorin, rechinando los dientes. — ¿Qué gente, Herena? ¿Acaso ha enviado a alguien de los suyos? — y se giró hacia Glóin para preguntarle: — ¿Quién es ese elfo que los acompaña, has dicho? ¿Un elfo de Rivendell?

— No, Majestad. De hecho, es el hijo de Thranduil. El que nos apresó en el Bosque hace años y nos llevó ante su padre para que nos encarcelaran.

Thorin calló entonces. Aquella nueva información daba un giro distinto a los acontecimientos. No le hacía ni pizca de gracia que el vástago de Thranduil acompañara a Gimli en la misión, pero visto de otro modo... Si uno de esos gundu khalamdul podía unirse a la expedición... ¿por qué Gimli no?

El monarca asintió para sí y volvió a sentarse. Su voz fue muy grave cuando habló:

— Todo esto es demasiado para mí, y para cualquiera que escuche esta historia. Por ahora necesito reflexionar, pero enviaré un mensaje a Dáin de manera inmediata. No hay tiempo para organizar otra reunión de los Señores, pero con él he de hablar. Necesito su opinión ante este tema.

Los tres asistentes asintieron, y Thorin añadió, a modo de finalización: — Glóin, vuelve a tu casa. Me consta que Graella y Dís están con tu esposa, pero necesitará ahora que le expliques todo. No le ocultes ningún detalle: no serviría de nada. Pronto todo Erebor sabrá a lo que nos atenemos. No te sientas deshonrado, amigo: sigo pensando que tu forma de actuar fue totalmente inadecuada, pero creo que hiciste lo que pudiste en el momento. El juicio me ha nublado por un momento, pero ahora no te guardo ningún rencor. Eso sí, prometo que esto no quedará en balde. Ya hablaré cuando tenga ocasión con Elrond de lo sucedido, y prometo que ningún elfo volverá a tomarnos por estúpidos.

«En cuanto a vosotros dos — se dirigió ahora a su hija y a Dwalin, — no habléis de esto con nadie hasta nuevo aviso. Incluida tu madre, Herena — fijó su mirada en la joven. — Yo mismo decidiré cómo transmitirle esta noticia.

La princesa asintió. En aquellos momentos lo único que deseaba era volver a su habitación y encerrarse allí.

— Bien. La sesión ha concluido. Os avisaré ante nuevas noticias.

Los tres asintieron y salieron de la habitación. Herena fue más rápida que ninguno, y atravesó el pasillo con rapidez hasta llegar a su alcoba. Una vez allí, cerró la puerta con pestillo y se dirigió hacia su estancia que servía de baño. Cogió la escupidera y devolvió el desayuno que había ingerido a media mañana, incapaz de retenerlo. Cuando acabó, se sentía débil, pero algo mejor de ánimo.

Se dejó caer en la cama, exhausta como estaba. Su cuerpo temblaba aún, y se hizo un ovillo sobre sí misma mientras se agarraba a la almohada. Cuando hubieron transcurrido unos largos minutos, la joven se levantó, se agachó contra el suelo, y sacó de debajo de la cama el baúl que escondía. Extrajo de él el tomo que guardaba en secreto y lo abrió de nuevo. Paseó los ojos por las gastadas páginas como ya lo había hecho en muchas ocasiones anteriores, pero los nombres que había escritos no le resultaban ya tan emocionantes y enigmáticos. Había pasado la vida entera leyendo sobre aventuras pasadas, y ahora estaba por vivir una muy oscura en sus propias carnes.

"No — pensó, — yo no quería vivir una aventura como las antiguas. Sólo quería conocer a los protagonistas de las mismas, nada más. No creo que nadie desee verse envuelto en lo que nos depara a partir de ahora."

Se quedó agarrada al libro y mirando al vacío. Tal vez, si fuera una guerrera se sentiría honrada de poder dar la cara por su reino y por su gente. Pensó que Gimli debería haberse sentido así al aceptar formar parte de la misión. Pero ella no era una guerrera, ni una luchadora; ni siquiera poseía ese espíritu, al contrario que su madre y su tía, y que la mayoría de mujeres enanas, que no habían tomado un arma jamás salvo en caso de necesidad, pero no dudarían en hacerlo si se les presentara la oportunidad. Ella era una chiquilla joven encaramada a los libros que solo veía un abismo inconmensurable abrirse a sus pies.

En aquel instante, deseó con todas sus fuerzas ser más valiente de lo que realmente era.


Tan rápido se había alejado Herena del despacho de su padre, que no se percató de que Glóin volvía sobre sus pasos, y, con la mirada fija en el suelo, volvía a presentarse ante Thorin pidiéndole permiso para entrar de nuevo.

— Mi Señor, hay una cosa más que no os he dicho... pero he pensado que es mejor comentároslo a solas.

— Está bien, Glóin — suspiró Thorin, dándole permiso para cerrar la puerta tras de sí. El propio rey no se sentía mucho mejor que su hija, aunque ésta no lo supiera, y deseaba sentirse a solas para poder descargar su miedo y su frustración.

El enano se acercó a su monarca de manera lenta, y le comunicó: — Gandalf me pidió que os dijera algo.

Los oídos de Thorin se abrieron al escuchar el nombre del mago en quien siempre confiaba, y se echó hacia adelante para oír mejor las palabras de su amigo: — Dime de qué se trata.

— Gandalf me dijo... que no solo debemos preocuparnos por el sur, sino también por el norte.

— ¿El norte? — inquirió Thorin, alzando una ceja. — ¿Qué tiene que ver el norte con todo esto?

La voz de Gloin sonó como un susurro al decir: — Dragones.

El rey permaneció callado durante un largo rato, hasta que tuvo la fuerza para replicar: — Los dragones del norte se extinguieron hace ya muchos años. Smaug fue el último de todos.

— No estamos seguros — se encogió Glóin de hombros. — Al menos, eso me ha dicho Gandalf: que no sabemos qué puede haber al norte, en las Montañas Grises.

Thorin se mantuvo en silencio, recordando las historias que su abuelo les contaba sobre las múltiples batallas que tuvieron que librar contra las criaturas de aquella temible cordillera muchos años atrás, antes de que se reinstalaran en la Montaña Solitaria. Y recordó también en sus propias carnes, como reviviendo un trauma que llevaba reprimido dentro de él mucho tiempo, el calor y el humo y el olor a carne quemada proveniente de los salones de su propio reino.

— Gandalf dice — continuó Glóin — que debemos de guardar la frontera. Dice que el Enemigo puede tener acceso al norte... y que las consecuencias podrían ser catastróficas. Dice que no debemos permitirle pasar.

Thorin asintió para sí. Aquella nueva información sí que suponía demasiado para él. ¿Cómo esperaba el mago que controlaran el acceso al norte? El ejército de Erebor y de las Montañas de Hierro juntos era uno de los mayores y mejor adiestrados de toda la Tierra Media, pero no podían hacerlo ellos solos.

— Está bien, Glóin — contestó, de manera escueta, despidiendo a su amigo. — Gracias por contármelo. Te mantendré informado.


El mismo mensaje había llegado a la morada de los Elfos del Bosque unos días atrás, no obstante.

Como la noticia de la formación de la Compañía del Anillo y de la misión de ésta era demasiado valiosas como para ser confiadas a un ave de vuelo, había sido un propio emisario de lord Elrond el encargado de hacérsela llegar al Rey de la floresta. El elfo de Rivendell le había contado todo lo que Glóin compartiría con su monarca unos días después, pero con un tangible orgullo y una bella esperanza en su discurso; y también se encargó de transmitir a Thranduil la nobleza y la valentía del acto de su hijo.

Y Thranduil se sentía a su vez más que honrado por la decisión tomada por Legolas, pero nada de esa dignidad podía borrar el dolor y el temor que empañaban su corazón. Y tal era su congoja, que no había sido capaz de abrir la carta que el emisario le había entregado, escrita por el puño y letra de su propio hijo.

Dejó la carta postrada sobre su escritorio durante largos días, hasta que la sombra de la misma resultó más pesada que la que anidaba en sus entrañas, y se decidió a abrirla la misma tarde en la que el pequeño consejo de Thorin deliberaba sobre las nuevas llegadas del oeste. Era una tarde nubosa, fría y húmeda, y el aire proveniente del norte prometía traer lluvias en las jornadas venideras. Así pues, sentado en el pequeño mirador que quedaba situado encima de sus estancias privadas, y en el cual solía pasar mucho tiempo a solas, con los vientos que parecían haber amainado por el momento hasta quedar en una ligera brisa, el rey se armó de valor y abrió el sobre con los dedos. Extendió la carta ante sí y le dio una primera y rápida barrida visual: no era muy extensa.

Con el corazón en un puño, comenzó a leer:

«Mell adar (querido padre),

Para cuando leáis esta carta, yo ya estaré bastante lejos de Rivendell. No me detendré a explicaros las nuevas que de seguro ya os habrán contado al haceros llegar este mensaje, ni os haré revivir la angustia que habréis sentido al escucharlo. Además, creo que será lo más prudente, en el caso de que fuera interceptado por las manos inadecuadas, ofrecer demasiada información al respecto.

Sé que probablemente no existan palabras que puedan haceros sentir mejor, salvo las que ya sabéis: soy un elfo joven aún, y poseo de las fuerzas y del coraje necesarios para embarcarme en esta misión. Soy vuestro único hijo y heredero, príncipe de los Elfos del Bosque, y me siento incapaz de quedarme inactivo ante una situación tan crítica y ante una tarea de tal envergadura. Deseo formar parte de esto, y deseo honrar a nuestro pueblo y a mi Aran (Rey). ¿Recordáis la última vez que hablamos cara a cara? Vos me abrísteis vuestro corazón, y me alegro de que eso ocurriera antes de separarnos. Ahora me toca a mí abrirlo ante vos, aunque tal vez debí hacerlo hace mucho: mi único deseo en esta vida ha sido haceros sentir digno y orgulloso de mí.

Pero ahora he de seguir mi propio camino, y he de hacer lo que considero correcto. Lamento no haberos podido comentar mi decisión de manera propia, pero espero que comprendáis la impulsividad y la presteza de mis actos. Es algo que quiero y que tengo que hacer, aunque no sepa cuál será el desenlace de toda esta situación. No puedo quedarme de brazos cruzados ante la situación que nos ha tocado vivir. Vos tuvisteis vuestros momentos para mostrar vuestra capacidad y valentía en el pasado, y ahora me toca a mí. Sólo espero volver a veros pronto, en otras circunstancias, y que para cuando todo esto acabe, podamos reunirnos y reconocer la satisfacción en vuestros ojos.

Siempre leal a vos,

vuestro hijo,

Legolas.

Thranduil alzó la mirada con los ojos resecos una vez hubo terminado de leer la carta. El papel seguía en sus manos, inerte sobre sus piernas, mientras ante sus ojos el cielo se encapotaba y se arremolinaban nubes de tormenta. El rey intentaba digerir las palabras que acababa de leer, incapaz de hacerlo de nuevo.

Así que ahí estaba: su hijo se había ido. Ya se había marchado hacía setenta años, pero no lo había sentido como una despedida definitiva. Esta sí que lo era.

El aire comenzó a tornarse más frío, y el sonido de un trueno se oyó a lo lejos; pero Thranduil no fue a resguardarse en las cavernas. En lugar de ello, se puso en pie y colocó ambas manos sobre la baranda erigida en piedra natural. Sus ojos miraban al este, y hacia allí divagaban sus pensamientos, de una manera o de otra. Su hijo había decidido emprender el camino al sur, y él nada podía hacer por detenerlo ahora. No se sentía enfadado: simplemente desolado, e impotente. Pero también existía una inquietud que acababa de reavivarse en sus entrañas, reprimida durante demasiado tiempo.

Él ya había intuido desde hacía tiempo lo que estaba ocurriendo. El antaño Bosque Verde llevaba demasiado tiempo luchando contra la enfermedad que asolaba en el sur. Thranduil ya había descubierto por sí mismo hacía muchos años, cuando Naimë fue arrebatada de sus brazos, cuán oscura era la fuerza que se había asentado en el extremo meridional del bosque, en el mismo lugar en el que su padre antes que él había reinado. Él y sus tropas habían cabalgado hacia el sur sin descanso nada más enterarse de la noticia del secuestro de la comitiva en la que su esposa estaba incluida, pero sus incursiones fueron del todo vanas. En cuanto hallaron los restos de los cadáveres incinerados, Thranduil se prometió a sí mismo que buscaría venganza contra aquellos que habían osado traer la muerte a su reino y a su propia casa.

Pero Thranduil había visto el horror de Mordor con sus propios ojos, y jamás podría deshacerse de aquella sombra que lo perseguía en sus más oscuras pesadillas. Y en cuanto hubieron avanzado más hacia el sur, buscando el origen de aquel mal que ya por entonces había comenzado a amenazar su tan preciado bosque… Supo que no podría enfrentarse a él ni con cien mil de sus elfos. Cerró los ojos y se agarró con fuerza a la baranda al recordar aquella fortaleza en ruinas, el frío y el terror que escondían sus altos muros, la enfermedad acuciaba a la floresta del derredor; la misma que se extendería al resto del bosque durante los siguientes años. Y, con un tremendo dolor y una vergüenza y una impotencia que nunca había sido capaz de quitarse de encima, Thranduil no tuvo más remedio que dar media vuelta, sin ser capaz de hacer justicia a la muerte de la madre de su hijo.

Pero no se quedó de brazos cruzados. Se juró a sí mismo que jamás descansaría en su intento por librar al bosque de su enfermedad, por acabar con cada alimaña proveniente del sur. Nunca cejó en su lucha contra el mal que tanto le había arrebatado en vida. Pero prohibió expresamente a sus gentes que se internaran más allá de los límites de su reino, cada vez más pequeño y cercado. No iba a poner en peligro la vida de los suyos de una manera tan inconsciente.

Pero él ya adivinaba desde hacía tiempo que la fuerza que se situaba al sur del bosque no era una cualquiera. Se hablaba de magos oscuros y de nigromantes, pero Thranduil creía saber que tras los muros de aquella fortaleza se escondía un poder aún mayor, más oscuro y más destructivo. Y cuando la fortaleza fue destruida y el bosque comenzó a recuperar la salud, pero aún así los orcos comenzaron a llegar cada vez en más número desde la misma dirección, el rey comenzó a entender que el enemigo al que creían haber destruido hacía más de tres mil años tal vez no hubiera desaparecido del todo.

Y ahora, su hijo iba en su búsqueda. De algún modo, Legolas estaba mostrando el coraje que él había guardado reticentemente para sí y para su pueblo. Temía por su iôn, pero en cierta manera, aquella misión le transmitía esperanza. Puede que aquel sí que fuera el fin definitivo de aquella sombra contra la que llevaban luchando de manera infructuosa desde el inicio de los días.

Pero había otro temor que no podía deshacer de su mente; un temor de una índole muy distinta. Mientras oteaba hacia el este, penetrando su aguda mirada más allá de los árboles, llegando a los confines del Lago Largo, su mente se desplazó hacia aquella conversación que había mantenido con Mithrandir hacía más de sesenta años, en aquella reunión entre los reyes…

Girando un poco la cabeza hacia el norte, dirigió sus ojos hacia la dirección en la que debía encontrarse la Montaña Solitaria. ¿Qué sabría Thorin? Tarde o temprano se enteraría de la formación de la Compañía del Anillo, pero ¿sabría algo más? ¿Poseería más información que la que él le había sonsacado al mago, o viviría en una completa ignorancia al respecto?

Meneando la cabeza para sí, intentó eliminar aquellos pensamientos de su mente. Las primeras gotas de agua caían de las nubes, y él se giró para resguardarse bajo los muros de su hogar. «Quédate al margen de esto», le había dicho Gandalf; y eso era lo que pensaba hacer.


Era ya por la noche cuando Thorin decidió visitar a su hija. Herena llevaba ya puesto el camisón y estaba haciendo hora para irse a la cama, sabiendo que no podría dormir bien aquella noche. No había salido en toda la tarde, en parte porque deseaba estar sola, y en parte porque temía que si alguien le viera el rostro adivinara las oscuras noticias que guardaba.

El rey llamó a la puerta, y la princesa le dio permiso para entrar. Estaba sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas y las manos nerviosas.

— Perdona — se disculpó Thorin, — no sabía si ibas a estar durmiendo.

— No, qué va — se encogió Herena de hombros, como si fuera lo más evidente del mundo.

— Ya — suspiró Thorin, cerrando la puerta tras de sí. — Yo tampoco creo que pueda descansar mucho hoy, la verdad.

El rey se aproximó a la cama de su hija y tomó asiento al lado de ella. Le agarró las manos con delicadeza, y le dijo: — Tu madre se ha sorprendido de que no hayas aparecido para cenar.

— He dicho que estaba indispuesta, pero khagan no es estúpida. — Y, alzando los ojos hacia su padre, le preguntó: — ¿Se lo has dicho ya?

— No aún — negó él. — Estaba Frerin delante. Se lo diré esta noche... aunque no sé cómo. Ella ya sabe que algo malo ha pasado, pero no creo que se imagine la magnitud.

Herena asintió. ¿Quién podría imaginarse la magnitud?

Thorin observó con detenimiento el rostro de su primogénita, y le preguntó: — Y tú, ¿cómo estás?

— ¿Cómo quieres que esté? — se encogió de hombros ella. — Estoy muerta de miedo. Y me siento inútil e impotente... no sé qué hacer.

— Ninguno lo sabemos, hija — suspiró su padre. — No sé cómo le voy a explicar a tu madre... ni a ella ni a los demás. No sé cómo comunicar esta noticia.

— ¿Vas a hacerlo todo público?

Los ojos de Thorin lucieron con un brillo de seriedad. — ¿Tú qué harías?

Herena calló un momento, pero después contestó: — Diría la verdad. De nada sirve callarnos. Nuestro pueblo merece saber la verdad. Además, somos gente fuerte y dura. Sabrán encajar la noticia... más o menos.

Thorin asintió, sintiéndose orgulloso de la honradez de su hija. — No lo haré aún. Esperaré a que Dáin llegue. Tengo que hablarlo con él.

— ¿Cuándo vendrá? — inquirió Herena.

— En un par de días. Le he dicho que era urgente.

Herena frunció el ceño, y agarró las manos de su padre con más fuerza que antes al preguntarle: — Khagam, no pretendo agobiarte, pero ¿tienes una mínima idea de qué hacer a partir de ahora?

El enano negó de manera compungida. Por primera vez en su vida, se sentía total y completamente perdido. No sabía qué opción era la más adecuada. De hecho, no se le ocurría ninguna acción. Todo le venía demasiado grande.

— De hecho, venía a disculparme contigo, hija — se explicó él. — Puede que toda esta reunión haya sido demasiado para ti. He perdido los papeles, y me avergüenza que me hayas visto de esa manera.

— Oh, no, Khagam. Ha sido la reacción más natural. Dwalin y yo estábamos también... en fin, no ha sido fácil de encajar para ninguno. Y en cuanto a lo de la reunión, prefiero haberme enterado así que de otra forma.

Thorin asintió, y continuó hablando: — También venía a decirte que no es necesario que acudas a la reunión con Dáin si no te apetece. Entiendo que supere tus fuerzas.

— No, khagam, no las supera. Asistiré. Es mi deber. — Y es que Thorin no entendía que, por mucho que él deseara proteger a su hija en aquellos momentos, ella necesitaba justo lo contrario: una acción, un propósito, algo que no la hiciera sentir tan torpe e indefensa. Si en aquella reunión podía ayudar a sacar algo en claro, lo haría.

— Está bien, hija mía. Como lo prefieras — aceptó Thorin. Y, tras un momento de silencio, añadió: — ¿Recuerdas cuando me pediste permiso para acudir a Rivendell?

Herena asintió, y dijo: — Tal vez hubiera sido mejor por mi parte haber ido. Ni loca me hubiera unido a la compañía, pero supongo que podría haber sacado algo en claro de todo aquello.

Thorin calló, pero siguió cavilando en su mente. Pensó que tal vez debiera haberla dejado ir. Visto así, puede que los peligros que él temía que se pudieran encontrar por el camino no fueran nada comparados con los que les deparaba el futuro. Y tal vez tuviera razón en que ella podría haberle sonsacado más información a Gandalf y a los Elfos. Pero, sobre todo, pensó que Herena podría haberse quedado en Rivendell, quizá, alejada de todo el peligro que les esperaba por llegar.

"Tal vez te debería haber enviado allí — pensó para sí, — pero también te dije que se avecinaban días oscuros, y que en tal caso deberías estar aquí, con tu rey. Bien, pues los días oscuros han llegado, y desearía que estuvieras lejos de aquí, a salvo. Pero una parte de mí se siente reconfortado con tu compañía, hija mía. No sé por qué, pero me alegra tenerte a mi lado en estos momentos de incertidumbre".

Thorin aún no lo sabía a nivel consciente, pero en su fuero interno ya intuía que Herena debería cumplir su propio papel en toda aquella historia que acababa de comenzar. Su papel para con su reino... y para consigo misma.


¡Hola! ¿Qué tal vais todas por allá?

Esta vez he tardado un poco más en actualizar, y he de reconocer que en un principio este capítulo iba a extenderse más, ya que tenía pensado incluir otras escenas que finalmente he decidido dejar para el siguiente. La razón es que tengo la manía de escribir capítulos muy largos, y a esto le veo lados buenos y malos a la vez. Lo bueno es que se ve todo de una manera mucho más completa, pero lo malo es que sé (por experiencia propia) que los capítulos largos pueden llegar a cansar e incluso a abrumar a la hora de leer. De todas formas, ¡dadme vuestras opiniones al respecto! Sobre esta cuestión sí que me gustaría recibir feedback.

Por otro lado, he disfrutado mucho con la escritura de este capítulo. En un principio pensaba que iba a resultar un poco "capítulo cadena", de estos en los que no pasa mucho y sirven para encadenar unos acontecimientos importantes con otros; pero finalmente he conseguido plasmar bastantes detalles que quería compartir, como las emociones que comienzan a despertar los acontecimientos referidos al Anillo en Erebor y en el Bosque Negro, y cómo esto influirá en los que ocurrirá en la siguiente parte. Y, por otra parte, se nos comienzan a presentar otras incógnitas… ¿Qué será lo que Thranduil sabe con respecto a Erebor? ¿Cuál es el secreto que esconde? Y ¿qué tiene que ver con la guerra que se avecina?

Como siempre, ¡muchas gracias por vuestras lecturas, votos y comentarios! Sobre todo estos últimos me animan y me ayudan a progresar muchísimo. Y, como ya compartí en mi muro hará unos días, mil gracias por las 1K lecturas de la historia. Os lo agradezco de corazón.

Así pues, ¡hasta la próxima!