╰─►Recomendación musical: Matt Elliot- How to Kill a Rose.

Siluetas blasfemas y sombrías se tuercen alrededor de los incautos. Revolotean, cuchichean, se amontonan. Te gobiernan con sus fatuas miradas. Con su pútrido aliento. Te aprisionan. Te toman como suyo. Una vez que lo eres, emerges de sus entrañas como otra pobre imitación de la vida.

El bosque alberga secretos. Oraciones inexplicables, desconocidas, olvidadas. Parloteos innecesarios que involucran parafernalia sepultada. Apócrifos deteriorados, salvados por insensatos vesánicos.

Inmaculadas esencias se asoman bajo los ojos delirantes. Aquellas convocadas por los insanos. Seres capaces de negociar con la remota energía proveniente de otro plano. Hereditarios rituales, sólo accesibles para el más apto.

Orochimaru. Ese era su nauseabundo nombre. Un perturbado infame que reclamaba algo más perverso que inalcanzable poder... Insaciable diversión.

La naturaleza era un testigo sin lengua. Él era un desequilibrado juglar omnisciente. Resucitó mórbidas enseñanzas, pasos que debieron fenecer. Inmortalizó cada una de sus perfidias en su repulsivo diario. Profanas páginas que jamás me arrepentiré de ver arder. Insto para que su remitente comparta la misma fortuna.

Se obcecaba como un artista nato; empático con las tinieblas y nocivos saberes. Como todo maníaco devoto a su arte, vanagloriaba sus enfermizos crímenes. Su técnica, tan obscena como parca, producía teratológicas creaciones. No escatimó en otorgar minucias.

Hambriento, merodeaba por los alrededores. Escogía sin reparo al desdichado que tuviese la desgracia de ser de su agrado. Éstos eran apartados para su eterno cautiverio, como cándidos polluelos. Enjaulados, los quebrantaba; vil ignominia jamás retornada. Ni siquiera extintos encontrarían sosiego.

Sus tétricos párrafos carecían de vergüenza. Indecorosos, repugnantes y explícitos. Dignos de ser vituperados. No se halla otra definición. Es por ello, espero entiendas, que lo elidiré.

Su cacería jamás cesaba. Transitoriamente, satisfacía sus sanguinarios instintos. Cuando el infante era «roto» en su totalidad, se desligaba cruelmente de él. Los desamparaba en el espeso bosque. Desahuciados, enajenados, condenados a una «vida» de sempiterna incuria. Incorpóreos cadáveres faltos de consciencia; destinados a vagar hasta que el codiciado óbito los tomase.

Los fantasmagóricos vendavales transmiten su canto. Aullidos, quejidos, súplicas. Su coro crepitaba al unísono. Lamentos de masas frías que colisionan con los vestigios de su restante humanidad.

Sus ausencias pasaban desapercibidas mucho antes de su transición. Era una generalidad, como si se tratase de efectos secundarios del hechizo. Cuando Orochimaru confesó sus crímenes aunado a la supuesta identidad de sus víctimas, fue reputado por esquizofrénico. Jamás hallaron registros de los afectados.

Ni una sola alma los buscaría. Nadie rogaría por su eterno descanso.

El Otro Lado los reclamaba. Llamaba a los suyos, obtenía lo que le pertenecía. Aquellos evangelizadores, difusores de sus males, eran sus primogénitos. Nefasta epistemología congénita.

Al menos algo de amnistía podría regalarle al demente bribón. En las últimas páginas, reveló cómo revertir la magia que te ataba al Otro Lado.

A hurtadillas, a tus espaldas, concediéndote una infidelidad benigna, me atreví a liberarte.

Conocimiento, tan glorioso como aberrante. Finalmente era mío. Y ahora que lo tenía, para serte sincera, no lo quería. Pero como si se tratase de un sucio amante, lo escondí con recelo de ti. Hasta este momento.

Tenías derecho a saber la verdad, Sakura.