Dáin llegó a Erebor tres días después de recibir el mensaje. Fue un viaje urgente, y apareció por tanto en Erebor él solo acompañado de su hijo mayor y de tres de sus consejeros más fieles. Aún no conocía la historia al completo, pero sabía que la acuciante llamada estaba relacionada con la visita de Glóin a Erebor, y algo en sus carnes le indicaba al señor de las Colinas de Hierro que los elfos les habían comunicado una noticia para nada buena.

Padre e hijo fueron conducidos junto con sus acompañantes nada más llegar a la habitación en la que se organizaría la reunión. Era una pequeña estancia situada en la planta de las estancias reales designada para tratar cuestiones a pétit comité, como la que los congregaba aquella tarde. Cuando llegaron, la habitación tan solo estaba ocupada por Thorin, Herena, Dwalin, Glóin y otros tres consejeros del Rey.

— Bueno, Thorin — habló Dáin nada más cerrarse la puerta tras él, aproximándose a su primo y tocándolo en el hombro. — Dime qué es lo que ocurre. Llevo todo este tiempo con la mosca detrás del culo, como quien dice.

— Siéntate, Dáin — le indicó el mayor, extendiendo su brazo hacia el sillón que iba destinado a él, justo delante del suyo propio. La habitación era cuadrada y más bien pequeña, así que ambos parientes estarían cerca el uno del otro. El foráneo tomó asiento junto a su primogénito, así como Herena quedaba sentada junto a Thorin. Dáin se fijó en que los rostros de los presentes se mostraban de un color ceniciento y que sus actitudes parecían nerviosas, y eso lo inquietó sobremanera.

— Thorin, ¿qué es lo que ocurre? — lo acució. — Ve al grano, por el amor de Dúrin.

El rey pareció detenerse un momento para tomar saliva, pero apenas unos segundos más tarde comenzó a hablar.

— Dáin, no son buenas noticias las que nos han llegado de Rivendell.

— Claro que no — bufó su primo. — Nada de lo que los shirumund puedan aportar implica buenas noticias. ¿De qué se trata?

Thorin frunció los labios antes de comunicar: — El Anillo Único no fue destruido. Sauron aún sigue vivo.

Un pesado silencio se abrió paso entonces en la habitación, apenas roto por el leve sonido del nervioso golpeteo de los pies de Glóin sobre la alfombra del suelo.

— ¿Cómo…? — inquirió Dáin, con la boca abierta, siendo incapaz de encontrar las palabras adecuadas para formular las miles de preguntas que tan repentinamente se habían agolpado en su mente. — ¿Qué quieres decir?

— El Anillo de las antiguas leyendas — explicó Thorin; pues los Señores Enanos estaban familiarizados con las historias de antaño y algo recordaban de las batallas que los padres de sus padres libraron por ellos, aunque las consideraban más como viejas epopeyas que como hechos reales. — Aquel capaz de dominar a los Siete de nuestra gente. Aquel contra el que algunos de los nuestros lucharon en la antigua alianza…

— ¿El Anillo capaz de gobernar a los Siete? — negó Dáin con la cabeza, como contestando a su propia pregunta. — No, no puede ser. Es imposible. Su Señor fue derrotado.

— No — contradijo Thorin de manera sombría. — No es así, primo. El Señor de los Anillos logró sobrevivir… ya que éste no fue destruido. — Y, volviéndose hacia Glóin, explicó: — Esa es la razón por la que Elrond nos llamó en concilio. Glóin y su hijo fueron espectadores de lo que en Rivendell ocurrió. Allí el Anillo fue presentado ante ellos, y allí se decidió que no había manera mortal de acabar con él. Gimli ahora parte hacia Mordor, hacia la tierra maldita… con el fin de destruirlo. Él y otros ocho compañeros más, incluido Gandalf.

El Señor de las Colinas de Hierro permaneció un largo rato sopesando las pesadas palabras pronunciadas por el Rey de Erebor, pero su rostro se mostraba rojo, probablemente debido a la ira y a la impotencia que le provocaban no haberse enterado de todo aquello antes, no haber sido invitado a la reunión como sí lo había sido su primo, sumado a la total certeza de que poco podría hacer él por hallar una solución ante un problema de tal envergadura.

— Pamplinas — acabó contestando. — Os han tomado el pelo, esos taragu. ¿Cómo sabéis que ese es el Anillo de las antiguas leyendas? ¿Cómo sabéis que no ha sido una elaborada argucia?

— Ay, Dáin — suspiró Thorin. — Lo sé, porque he tenido ese mismo anillo delante de mis propias narices en más de una ocasión.

«Ese era el anillo de Bilbo, el que lo ayudó a rescatarnos de las mazmorras de los elfos hace ya tantos años. Su propio sobrino fue el encargado de llevarlo a Rivendell. Ese es el motivo por el que nos acudían los emisarios de Mordor preguntándonos por él. Lo hemos tenido delante todo este tiempo, y no nos hemos dado cuenta.

Y el rostro de Dáin ahora sí que se enrojeció del todo, y exclamó a los cuatro vientos:

— ¡Maldita sea, Thorin! ¿Qué te he dicho durante todos estos años? ¡Nunca debiste confiar en ese mediano! Sabía que no nos traería más que problemas.

— Nuestro amigo Bilbo siempre nos ha sido leal — se irguió entonces Dwalin, y su voz sonó seria, pues amaba a su antiguo compañero de aventuras y no permitiría que se le faltara al respeto. — Y fue una bendición, bien pensado, que el Anillo cayera en sus manos y no en otras menos honorables o sensatas. Ahora el Anillo está de camino al sur, donde será destruido. El hijo de Glóin ha actuado con honor al representarnos en tan noble misión. Ahora todo depende de su tino y de su suerte.

Dáin cerró la boca, pero dirigió una larga e insondable mirada en derredor a todos los asistentes a la reunión, como si ellos fueran los culpables de la situación, o como si él hubiera sido capaz de hacer las cosas de otro modo si hubiera tenido la oportunidad.

— Bueno — habló al fin, — entonces ya está, ¿no? Es su problema ahora. Nada más podemos hacer nosotros. No se esperará que enviemos un ejército a Mordor, ¿no es así?

— Las cosas no son tan sencillas, Dáin — corrigió Thorin. — Esa es la segunda parte de la historia: la que nos concierne a nosotros.

«Gandalf comentó a Glóin esto: nos llegarán ataques desde el sur, cada vez con más frecuencia. El fin del Enemigo será traspasar nuestro territorio para dirigirse al norte, hacia las Montañas Grises. No sabemos qué criaturas pueden poblar aún esas tierras inhóspitas; pero la experiencia de nuestro pueblo allí no fue buena, y tú lo sabes tan bien como yo. Ignoramos si hay trasgos, orcos, murciélagos… incluso dragones. Puede que Smaug no fuese el último de su especie, a fin de cuentas. Y aunque así fuera, muchas son las alimañas que puedan estar dispuestas a servir al Enemigo. Y nosotros estamos de por medio. Somos la única barrera existente.

— ¿Y qué? — se encogió Dáin de hombros. — No es nuestro problema lo que ocurra al norte de nuestras tierras.

— Será nuestro problema — habló entonces Herena desde su silla, pero con la voz seria — lo queramos o no, en cuanto las huestes enemigas lleguen a nosotros.

El Señor de las Colinas de Hierro dirigió entonces una mirada llena de rencor hacia su sobrina, como si el solo hecho de haber abierto la boca, y más con aquella osadía, hubiera sido una afrenta para él. No obstante, el Rey se puso de su lado:

— Herena tiene razón. Sólo disponemos de la protección de las Tierras Pardas del sur, vacías y desamparadas, y del Bosque Negro más al norte, que lleva ya años soportando ataque tras ataque.

— Los Elfos son buenos en lo que hacen, según dicen — se encogió Dáin de hombros. — Se les da bien cantar y bailar rodeados de flores, pero también son buenos matando orcos y alimañas, hay que reconocerlo. Ellos nos allanarán el camino. Y si algún orco se le escapa, estaremos preparados. Los Hijos de Dúrin no temen al Enemigo.

— No se trata de temer o no al Enemigo, Dáin — alzó un brazo Thorin, mandando paciencia no solo a su primo, sino también a su propia hija, que ya comenzaba a revolverse en su propio asiento a sus espaldas ante la falta de sensatez de su tío. — Se trata de que esperamos un ejército. Esto no es un simple ataque: Sauron se ha fortalecido. Los continuos ataques al Bosque Negro solo han sido una pequeña muestra de lo que Mordor esconde tras sus muros. Tal vez tú hayas olvidado las historias de nuestro pueblo, pero yo no. Oí a mi abuelo hablar de las viejas leyendas sobre la Antigua Alianza: Elfos, Hombres y Enanos, todos unidos contra un enemigo común, y aún así sus fuerzas hubieran podido resultar insuficientes. Necesitamos estar preparados, Dáin, a todo cuanto nos pueda llegar.

— Y ¿qué quieres qué haga? — se encogió Dáin de hombros, blanco como la cera, pues sus fuerzas estaban menguando y su fuerte temperamento se iba enfriando poco a poco, presa del pánico y de la impotencia. — Me sueltas todo esto… así, de sopetón. No nos queda otra que aguardar, ¿no es así? Hagamos lo que hagamos, solo somos nosotros: no podemos pedir ayuda a las demás casas. No llegarían a tiempo, y ellas necesitarán a sus propios guerreros para defender sus hogares.

— No, no podemos — confirmó Thorin. — El Enemigo tiene ojos por todos lados actualmente. No pretendemos llamar la atención más de lo necesario con movilizaciones externas: eso sólo conseguiría precipitar el movimiento por parte de Mordor.

— Pues tú me dirás — corroboró Dáin. — Aun así, Thorin, tu ejército y el mío son dos de los más grandes y preparados de la Tierra Media. Esperaremos a que llegue ese ataque, y resistiremos. No nos queda otra opción.

— ¿Puedo hablar?

Las miradas de los asistentes se dirigieron entonces hacia la princesa, que aguardaba en su asiento con los puños cerrados sobre las rodillas y las mejillas coloradas.

— Claro — asintió Thorin. — Adelante, hija.

Herena se levantó entonces, y tras tomar una breve bocanada de aire, comenzó a exponer:

— Os voy a proponer una idea que no os va a gustar en absoluto, pero me veo obligada a compartírosla. Sólo os pido que me escuchéis.

Thorin frunció levemente el ceño, pues conocía de la naturaleza poco ortodoxa de las ideas de su hija, mientras que Dáin se revolvía en su asiento; pero su hijo, que había permanecido en silencio durante toda la reunión, se limitó a observar a su prima y a abrir bien los oídos, expectante.

— Decís que estamos solos ante esta misión — comenzó Herena a exponer; — una misión de la que, siendo realistas, no podemos escapar. Las huestes de Mordor llegarán a nosotros tarde o temprano. Los caminos llevan siendo peligrosos desde hace mucho tiempo; sabemos que el Señor Oscuro ha estado enviando emisarios en busca del Anillo; y, a lo sumo, cada vez son más numerosas las partidas de caza que llegan al Bosque Negro. Bajo mi humilde criterio, creo que es solo cuestión de tiempo que algunas de esas huestes se les escapen a los Elfos y nos lleguen a nosotros. Pero a lo que debemos temer no es una simple hueste, sino a un ejército.

«Conocemos a Gandalf — continuó, — y sabemos que él nunca habla por hablar. Si nos ha pedido que cuidemos el acceso al norte, lo habrá hecho por una razón con peso. Nos guste o no, debemos hacer frente a esa realidad. Pero creo que no debemos temer solamente a los frentes enemigos, que ya de por sí es una cuestión de peso: creo que debemos preocuparnos por nuestro propio abastecimiento.

— ¿A qué te refieres? — inquirió el rey, alzando las cejas.

— En Valle estuve intercambiando información con la princesa Álica, de Valle. Si no me equivoco, el Reino Unido de Valle y Esgaroth nos proporciona los víveres necesarios para vivir: los alimentos, la bebida, las telas… Todo nos llega de allí. Pero es que Valle en sí misma tampoco está aislada: los hombres y las mujeres del lugar comercian a su vez con Dorwinion, una tierra lejana que podría abastecernos en caso de necesidad. Si Valle cae, o si Dorwinion cayese, toda nuestra red de supervivencia lo haría a su vez.

Thorin y Dáin callaron. Cuando Herena estuvo hablando con su prima en Valle acerca de las relaciones comerciales que mantenían con los territorios vecinos, no se había llegado a imaginar lo vulnerables que podían llegar a ser verdaderamente los enanos en momentos de necesidad. Dependían totalmente del mundo exterior. Ellos tenían joyas, oro y plata, pero no servía de nada si no podían intercambiarlos por comida.

— ¡Es eso cierto, Thorin? — inquirió Dáin. — Nosotros tenemos suficientes víveres para soportar el invierno.

— Vosotros sí, y nosotros también — asintió Thorin. — En Erebor estamos más acostumbrados a adquirir productos frescos, debido a nuestra proximidad con Valle y Esgaroth… pero podemos hacer como nuestros padres hacían: comprar y cazar todo lo necesario, y aguantar hasta que llegue el fin. Eso se hacía en Moria, me contaba mi abuelo. Allí las gigantescas despensas estaban siempre llenas para sobrellevar los meses más inhóspitos.

— Pero esto no es Moria — negó Herena. — No estamos preparados para tal calibre. Estamos ya a noviembre, el frío se ha echado encima. Podríamos encerrarnos hasta esperar que llegara la tormenta… pero ¿cuándo llegará? ¿El año que viene, el siguiente…? Creo que debemos abastecernos, sí; pero también creo que debemos perpetuar nuestra unión con los reinos de los Hombres.

— ¿Y depender de ellos? — bufó Dáin. — Nuestros antepasados eran totalmente autosuficientes en Moria. Tú recuerdas las historias, ¿verdad, Thorin? Durante la última gran guerra, los khazad permanecieron encerrados en sus salones durante años y años.

— Sí, y también sabemos que su mismo reino cayó no mucho después — objetó Herena, que comenzaba ya a sentirse bastante nerviosa. — No creo que hacer alianzas en momentos de necesidad sea signo de debilidad, sino de fortaleza. Nos necesitamos.

— ¿Y qué nos pueden otorgar los Hombres que no tengamos nosotros?

— Una red estable de víveres — contestó la princesa a su tío. — Un plan más seguro que encerrarnos a cal y canto. Sí, podríamos sobrevivir a base de carne sazonada y seca, pero ¿es eso lo que nos conviene?

— Los Hombres no saben defenderse. El ejército de Valle, si puede llamarse siquiera ejército, se compone de unos cuantos guardias de la ciudad. De Esgaroth ni hablemos… Ellos, según tu plan, nos proporcionarán comida; pero ¿y nosotros? ¿Se supone que debemos defenderlos a ellos? ¿No tenemos suficiente con defender nuestras tierras?

Las mejillas de Herena se colorearon entonces, pero su padre habló:

— Tiene razón, Herena. No es un trato que nos salga a cuenta. Tendremos comida, sí; pero seguimos en las mismas. Nuestros ejércitos no puede enfrentarse a los del Enemigo. Nuestras tropas son numerosas y están bien preparadas; pero he visto la maldad de los orcos en demasiadas ocasiones, y ahora soy viejo y tengo más experiencia a mis hombros. Los khazad somos guerreros fieros y valerosos, pero aún recuerdo el horror de la batalla por recuperar Moria, y la crueldad de la de los Cinco Ejércitos. No me quiero ni imaginar el potencial que Mordor debe esconder tras sus muros… Temo por nuestro porvenir, la verdad. La ayuda de los Hombres de poco nos servirá en este caso, ya venga del sur, del oeste o del este.

Pero Herena no había terminado aún de hablar. Tomando una buena bocanada de aire, continuó:

Cinco ejércitos. Fueron cinco los de aquel día, tres de ellos luchando por nuestro bando: enanos, humanos y elfos. ¿No es así? Si solo hubiéramos sido nosotros, jamás habríamos ganado.

— ¿A qué te refieres? — preguntó Dáin de modo reticente, pues ya se estaba oliendo por dónde iba su sobrina; pero no fue hasta que la joven pronunció en voz alta su ofrecimiento que pudieron creer sus palabras.

— Habéis dicho que los elfos están más que acostumbrados a lidiar con los orcos. Están experimentados: conocen sus tácticas. Llevan luchando contra la oscuridad largo tiempo. Pidámosles ayuda. Alíémonos con ellos también.

Un abrupto y pesado silencio se abrió paso en la habitación, hasta que Dáin volvió a romperlo, esta vez a voz en grito:

— Pero ¿¡de qué diablos hablas!? — exclamó, con la cara roja de ira. — ¡Pedirles ayuda…! ¿¡Acaso sabes, niña insolente, que aquellos con los que te pretendes aliar fueron los responsables de tu propia gente!? ¿¡Sabes todo por lo que nos hicieron pasar!?

Herena calló, pues ella poseía una cualidad que a Dáin le faltaba: decencia. Fue la decencia la que la animó a corregir las palabras de su tío, pues ellos no habían tenido que pasar por ninguna situación difícil. De hecho, los enanos de las Colinas de Hierro hicieron exactamente lo mismo que los elfos llegado el momento de necesidad: quedarse de brazos cruzados.

En lugar de eso, la joven prosiguió, mirando directamente a su padre:

— Creo que es nuestra única opción. Nos guste o no, el ejército de los elfos es el mejor preparado de la Tierra Media, junto a los nuestros. Están acostumbrados a la lucha, al enemigo. No pido que vayamos a rogarles ayuda de rodillas, sino que les propongamos un pacto.

— ¿¡Un pacto!? — siguió vociferando Dáin, sin poder creer lo que escuchaban sus oídos. — Pero Thorin, ¿puedes estar…?

El rey alzó una mano para acallar a su primo. Quería escuchar a su hija, pero su mirada se mostraba muy seria. No le hacía más gracia que a su pariente el planteamiento de Herena.

— Dáin tiene razón — habló el monarca. — Los elfos nos abandonaron en el pasado. Y si participaron en la batalla que se libró a nuestras puertas, no fue sino porque tenían planeado atacarnos antes. Dime, Herena, ¿crees que debemos confiar en aquellos que nos dejaron tirados, que nos capturaron y que nos encarcelaron, y que estuvieron dispuestos a comenzar otra lucha solo por un puñado de joyas?

Herena solo conocía aquella parte de la historia. No era consciente de que los enanos se habían comportado de manera igualmente indigna con anterioridad. Pero, aunque lo hubiera sabido, eso a ella le daba igual. Sólo miraba por el futuro de su pueblo, y no pensaba en el pasado. No se fiaba de los elfos, pero algo en su interior le decía que, ante momentos de necesidad, tanto a ellos como a sus vecinos no les quedaba más opción que cooperar por la supervivencia.

Y había algo más, algo que ni siquiera ella estaba dispuesta a aceptar para sí misma. había conocido el esplendor y la majestuosidad de los elfos; no sólo ante la fastuosa entrada de los mismos al salón de Valle, sino por la intimidad que había compartido con el rey de aquella gente tan distinta a la suya. Aún recordaba, de manera onírica, el encuentro que había sucedido entre ambos, y de alguna manera había sentido que podía confiar en él; que, aunque eran dos personas de dos mundos totalmente distintos, ambos podían mirarse y pactar, hablar incluso, si era necesario. Ninguno de los dos había roto el silencio ni la quietud que imperaban en el jardín de Valle, a los pies del tumba del rey Brand, y aquella pequeña tregua le hacía creer que podía conseguirse algo más.

— Dejadme hablar con él — solicitó.

— ¿Con quién?

— Con Thranduil. Creo que puedo intentar convencerlo…

— ¿Convencerle de qué, si puede saberse? — bufó Dáin, que seguía sin creer que aquella conversación fuera real. — Mira, niña, no es por bajarte del arco iris en el que pareces vivir desde hace mucho tiempo, pero ese elfo te engañaría nada más pusieras un pie en su territorio. Ya nos la ha jugado en el pasado.

— Dáin, te exijo que al dirigirte a mi hija la trates con el respeto debido — aseveró el rey, que ya llevaba mucho tiempo sintiéndose cansado de las formas con las que se dirigía la princesa. Pero se volvió de nuevo hacia su hija, y lo hizo con la misma seriedad: — Pero tu tío tiene razón. Jamás permitiría que te presentaras a solas en los salones de ese gundu khalam.

— ¿No confías en mí? — inquirió Herena, molesta más por la reticencia de su propio padre que por las palabras de su tío.

— Sí que confío en ti, pero no en ese shirumund. Y Dáin tiene razón en una cosa: creo que no eres consciente de lo peligroso que puede llegar a ser.

— Pues si esa es tu preocupación — frunció ella el ceño, — envíame acompañada. Pero ni intención es mediar, khagam, y llegar a un acuerdo. Sé que puedo hacerlo, o al menos intentarlo. Si se tratara de Frerin…

— Si se tratara de Frerin se lo prohibiría lo mismo que a ti — sentenció Thorin; aunque en su fuero interno sabía que era mentira. — No pienso permitir que ninguno de mis hijos pise los salones de ese elfo.

— Pues invítalo a venir aquí — manifestó Herena. — Si no te fias de él, dile que venga y deja que hable con él en tu presencia.

Thorin volvió a callar, pues aquella última idea no le parecía tan descabellada. Aunque no quisiera admitirlo, no se negaba del todo a la propuesta de su hija. Él era enano, pero también era rey, y debía mirar por el bien de su pueblo; y no podía ignorar el hecho de que el ejército de Thranduil era de los mejores preparados que había conocido jamás. Una muy pequeña parte de él mismo sentía un ligero aprecio a la idea de contar con una tropa tan experimentada a su lado.

— Si me disculpáis — se escuchó una nueva voz en el salón, — me gustaría dar mi opinión.

Todas las miradas se posaron ahora sobre el hijo de Dáin, que acababa de ponerse en pie.

— Majestad — comenzó a hablar el joven Thorin, — lo cierto es que no veo con malos ojos la idea de mi prima.

— ¿¡Cómo!? — exclamó Dáin, ojiplático.

— Creo que la princesa tiene razón: no podemos luchar contra el enemigo nosotros solos. Ni tampoco creo que podáis subsistir de manera decente durante mucho tiempo, tío. No os lo toméis a mal: los Enanos de las Colinas de Hierro vivimos más aislados y estamos más acostumbrados a equipararnos de víveres para el invierno, pero vosotros no. Y lo cierto es que su planteamiento me parece interesante.

«Pero me gustaría añadir un matiz — continuó hablando. — Vuestra idea es forjar una red de ayuda, ¿no es así, prima? Una coalición, por así decirlo.

La joven asintió de manera escueta.

— Bueno, creo que en ese caso deberíamos programar una reunión formal: llamar aquí al rey de Valle y al del Bosque para llegar a un acuerdo común. Creo que sería lo más sensato.

— Y ¿créeis que aceptarán así como así? — preguntó Thorin. — Sois verdaderamente optimistas ambos.

— No creo que acepten. De hecho, dudo incluso que quieran venir si los llamamos — se llevó el sobrino ambas manos a la espalda, mientras comenzaba a deambular por la habitación. — Por eso propongo esto: que Herena sea la encargada de mediar entre todos nuestros reinos. Conozco poco a mi prima, pero sé que es una joven abierta y flexible, la más capacitada de todos nosotros para cumplir esa obcecada misión. Que ella sea la encargada de hacer llegar la propuesta inicial en persona a Brand y a Thranduil, que se ponga en contacto con el gobernador de Dorwinion si procediera. Y que los invite a venir a la reunión donde nos pondremos de acuerdo entre todos. Y que ella sea la encargada de solventar las dudas que puedan surgir: de hacer que todo sea justo y que todos intentemos salir bien parados, por así decirlo. Y yo me comprometo a seguirla a donde vaya, a ser su ayudante y escolta y a protegerla, si es necesario. Soy mayor, y reconozco una treta cuando la tengo delante. Si no os fiáis del rey Thranduil, permitid que la acompañe y que vigile la conversación, que intervenga si es necesario… y de paso, así aprenderé de sus dotes.

Herena calló. No sabía si alegrarse o no por el ofrecimiento de su primo. Lo cierto es que agradecía su apoyo, y agradecía la posibilidad de ir acompañada al exterior; pero no le había hecho gracia eso de "protegerla", y mucho menos lo de "vigilarla".

Pero Dáin parecía bastante más contrariado aún. No estaba acostumbrado a que ninguno de sus hijos le llevara la contraria en público, y menos aún con el fin de defender a aquella chiquilla que tan poco en gracia le caía.

Pero Thorin, siendo consciente del estado de su padre, pidió permiso al rey para salir de la habitación y hablar con él a solas.

— Me gustaría discutir este tema con mi progenitor — comentó. — Es una cuestión delicada.

El rey otorgó su beneplácito, pero él mismo no sabía aún qué pensar. Por una parte quería pensar que la idea de su hija era buena, pero por otra se negaba a admitirlo. ¿Cómo iban a hacer pactos con los elfos?


— Maldita sea, Thorin — exclamó Dáin nada más salir de la habitación, agarrando a su primogénito del brazo. — Me he tenido que aguantar las ganas de meterte un mamporro de los buenos. ¿¡Pero se puede saber en qué diablos pi…!?

Khagam, déjame hablar — alzó la mano el hijo, interrumpiendo al mayor. — Deja que te explique.

— ¿¡Qué hay que explicar!?

— Pensadlo bien: ¿qué probabilidad real hay de que el shirumund acepte aliarse con nosotros?

Dáin calló un momento, como reconsiderando la opción. — Mmmhhh… no muchas, diría.

— Seguro que le hace tan poca gracia como a nosotros el ofrecimiento; puede que incluso menos.

«Así lo veo yo — continuó. — Creo que hay dos opciones: o bien que el elfo rechace la propuesta de mi prima, o bien que la acepte. Si la rechaza no hay problema: cuestión solucionada. Pero si la acepta… será porque no tendrá más opción. Sería señal de que está verdaderamente desesperado por encontrar ayuda. Y eso significaría una cosa: que lo tendríamos en el bote.

— Comprendo… — asintió Dáin, que ya veía el plan con nuevos ojos.

— Pensadlo bien, padre: mi prima será la mediadora, pero seguirá estando bajo el influjo de su padre, ¿no es así? De una forma u otra, el elfo se verá obligado a adecuarse a nuestros requisitos… Tendrá que aceptarlos.

Padre e hijo se miraron el uno al otro durante largo rato. Lo cierto era que los planteamientos de Thorin no eran tan egoístas, sino más bien pragmáticos: él pensaba que era una buena idea aliarse con otros territorios vecinos en aquellos oscuros momentos, pero también creía que un poco de ventaja no les vendría mal. Él veía al rey Thorin como veía a su padre: un líder que haría lo que fuera por sacar adelante a su gente… incluso si para eso debía usar como títere a su propia hija. No podía pensar por sí mismo que el rey de Erebor poseía una nobleza de distinta índole en su corazón.

Pero los pensamientos y las intenciones de Dáin eran de una índole bien distinta. Ya ni siquiera pensaba en Mordor, en el norte ni en la batalla, ni en su propia gente: la sola idea de tener una oportunidad para acorralar contra la pared al rey de los elfos, de poder coaccionarlo y hacerle devolver todo el sufrimiento que había traído a los de su propia estirpe, bastó para que una amplia y renovada sonrisa se abriera paso en su rostro.

Mientras tanto, en el interior de la estancia, la relación entre el rey y su hija se mostraba bastante menos fluida. La joven, visiblemente molesta, miraba con evidente enojo a su padre; quien, finalmente, dejó escapar un suspiro y comenzó a hablar:

— Herena, por favor, no me mires así. Sabes que lo que pides es demasiado.

— Entiendo que pueda resultar una idea difícil, pero no es eso lo que me molesta. Me cabrea lo poco que confías en mí.

— ¿Perdona? — inquirió el rey, alzando una ceja. — ¿Lo poco que confío en ti? Formas parte de esta reunión, si no me equivoco.

— Oh, muchas gracias, khagam — soltó ella con ironía, frunciendo el ceño. — Hace unas semanas me prohibiste acudir a Rivendell porque decías que era peligroso. Ahora te solicito tu permiso para entablar relaciones con nuestros vecinos y también te parece mal. Dime, ¿hay algo que pueda llegar a hacer aparte de hablar en tus reuniones… para que se me falte al respeto de esta manera? — señaló con el brazo a la puerta por la que había salido Dáin para dar más énfasis a su discurso. — Quiero hacer algo, khagam. Algo útil. Yo no soy una guerrera, pero creo que puedo ayudar de otras maneras bien distintas. Por favor, dejadme hacer esto.

Thorin observó a su hija desde su asiento de manera grave. No le preocupaba que los demás pudieran oírlos hablar, pues Herena y él estaban muy próximos y hablaban en voz baja; pero las palabras de su hija le dolían y le molestaban a partes iguales.

— Herena, no te tomes a mal lo que estoy a punto de decirte, pero parece que más que intentar ayudar lo que buscas es protagonismo.

El rostro de la princesa se volvió ceniciento por un momento, como si la observación de su padre la hubiera calado muy hondo. Sin embargo, aquello no sirvió para amilanarla; en lugar de eso, se agachó y posó las manos sobre los reposabrazos del sillón de su padre.

— Sí — asintió, — quiero protagonismo, y no me avergüenzo por ello. Quiero protagonismo al igual que cualquier príncipe desearía protagonismo en primera fila de batalla, junto a su monarca. Yo deseo una función, algo que poder hacer como hija del rey; me da igual si soy heredera o no. Y creo que estoy más que dotada para lo que te pido. Es una buena idea, la única idea; ¿por qué te cuesta tanto aceptarla?

Thorin alzó las cejas y fue a responder algo más, pero en aquel momento Dáin y su hijo entraron de nuevo a la habitación.

— Thorin me ha hecho recapacitar — comentó el mayor, cuyo humor parecía tan distinto ahora que casi podría decirse que lucía como una nueva persona. — Y creo que tiene razón. No existe otra alternativa: queramos o no, creo que debemos pactar con los elfos.

Thorin entrecerró ligeramente los ojos, pues conocía a su primo, y sabía de sobra que él no cambiaba de idea así como así. Pero después giró sus ojos hacia su sobrino, y de nuevo hacia su hija, y supo que la deliberación había llegado a su fin.

— Que Aulë nos acoja — murmuró al aire. — No me creo lo que estoy a punto de hacer.


Los asistentes a la reunión salieron de uno en uno de la habitación, todos con una sensación rara en el cuerpo. Mientras Thorin y Dáin se quedaban a deliberar sobre la decisión recién tomada, Herena se encaminó pasillo abajo, deseando llegar a su habitación para así poder digerir en paz todo el cúmulo de emociones que se agolpaban en su pecho: la euforia y la alegría por haber sido escuchada y aceptada su idea, aunque fuera a regañadientes; el orgullo y los nervios por la misión que se le ponía por delante; y, a todo ello, el profundo enfado que sentía, cada vez más intenso, hacia su tío, así como la decepción que había experimentado con respecto a su padre. Y es que Herena llevaba ya bastante tiempo sintiéndose bastante harta de tener que contentar siempre a su progenitor, de sentir que debía ser la hija perfecta y honorable en la justa medida para que su padre se sintiera orgulloso de ella pero sobrepasarse a sus expectativas, para que a la hora de la verdad se mostrara tan inflexible con respecto a su propia valía.

Todo esto iba pensando la joven de camino a sus estancias, cuando una voz que la llamaba desde atrás la interrumpió. La muchacha se dio la vuelta y vio ante sí a su primo, que caminaba a paso ligero para alcanzarla.

— ¡Herena! — exclamó, con una expresión seria en el rostro. —Espera. Quería hablar contigo antes de nada.

— ¿Para qué? — preguntó ella, cruzándose de brazos de manera espontánea. No tenía muchas ganas de ser simpática en aquellos momentos.

Thorin le dirigió una larga y honda mirada, y su voz sonó honesta al contestar: — Mira, te voy a ser totalmente sincero: no me gusta tu propuesta, pero creo que es necesaria llevarla a cabo. Tampoco me gustan los shirumund, y mi intención ha sido totalmente generosa al ofrecerme a acompañarte para protegerte.

— No necesito que me protejan.

— Lo necesitarás — asintió él en su lugar. — Los elfos son peligrosos, Herena; y tu padre tiene razón: intentarán engañarte a la primera que pongas el pie en sus salones. Yo tengo cierta experiencia sobre la vida; soy mayor que tú, al fin y al cabo. Y creo que tienes buenas dotes para la misión que te propones, pero también opino que eres demasiado optimista con respecto a las intenciones de los demás. No te vendrá nada mal un poco de compañía por si las conversaciones se tuercen allá afuera.

Herena permaneció seria, y tras unos instantes se aproximó con un paso hacia su primo, mirándolo desde lo alto, con los brazos aún en jarras.

— Aprecio tu ayuda, Thorin — le dijo, — pero la misión es mía. Yo soy la mediadora, y debo ser lo más imparcial posible. Creeme que voy a intentar serlo con toda mi voluntad. Así que te lo pido desde ya: no te inmiscuyas. No si no es necesario. Y no te apropies de mi trabajo.

Ante estas palabras tan adustas, Thorin se quedó inmóvil al principio, pero después sonrió de manera sincera.

— No es mi intención — contestó. — Te lo prometo. Sólo quiero echar una mano, comprobar que todo se haga como es debido… y aprender de ti, si me lo permites.

Herena frunció el ceño, se dio la vuelta, y continuó su camino hacia su habitación.


¡Aiya a todo el mundo!

He de reconocer que este capítulo me ha costado algo más de la cuenta acabarlo, porque al final ha salido más largo de lo que esperaba y han entrado en acción elementos que no tenía planeados en un inicio pero que quería dejar bien plasmados. ¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Qué pensáis de la actitud de Herena, de Thorin, de Dáin… de todos en general? ¿Os producen buena espina?

Los próximos capítulos serán bastante más dinámicos y nos reencontraremos con personajes anteriores… y los veremos desde otro punto de vista. ¿Preparadas?

¡Nos leemos pronto!