╰─►Recomendación musical: Poppy - Stagger.
Las flores se mecían al son del tenue viento. Bailaban, cediendo ante el cansancio únicamente cuando tocaban el suelo. Ellas nos acompañaban todas las tardes primaverales.
—¡Las traes! —anunciabas, dándome un leve empujón en la espalda cuando me encontraba despistada.
Corrías inmersa en júbilo. Te alejabas, desvaneciéndote entre el frondoso paisaje. Reías, mientras me llamabas por mi nombre. Y no había cosa en el mundo que me gustase más que eso.
Aprovechabas cualquier momento de vulnerabilidad para aventajarte. Te jactabas de tu astucia, aunque... He de confesarte un secreto que prometí llevarme a la tumba: en realidad, renunciaba a la victoria mucho antes de que tan siquiera me fuese concebida.
—¡Te tengo!
Te alcanzaba, como siempre lo hacía. Me abalanzaba contra ti, provocando que ambas cayéramos al áspero pasto. Te hacía cosquillas hasta que de tus cuencas brotaban lágrimas. Y una vez que te tenía, jamás te soltaba.
Rodábamos por los vastos campos de flores. Nos acunaba su comodidad. Recuerdo, con inmensa añoranza, aquella tarde en la que finalmente me reclamaste como tuya.
Tu espalda descansaba sobre tulipanes. Yo te admiraba, desde encima. Mi brazo izquierdo resguardaba tu nuca, mientras mi mano derecha acariciaba tu pálido rostro. Tan primoroso y grácil, digno de ser preservado.
El ocaso se proclamaba sobre las colinas. Colores cálidos nos envolvían, oscureciendo todo a su paso. Tu indulgente mirada me atrapaba, imposibilitándome centrarme en algo más.
Para mi sorpresa, tus delgados dedos se posaron sobre mi nuca. Incrementando mi estupor, me atrajiste hacia ti. Unos escasos centímetros apenas separaban nuestras bocas.
—Sabes, Ino... Desearía no haberte conocido nunca.
Me petrifiqué. Tu gélido parlar inmovilizó cada célula que me componía. Mi entumecida lengua demandaba defenderse. Aun así, acallé mi impetuosa perplejidad en cuanto vislumbré tus designios.
Como si estuviesen reprimidos, tus guturales sollozos emergieron. Al unísono, tus mejillas se empaparon. Pese a ello, la dulzura en tus ojos jamás se profanó.
—Porque de esa forma...
Arrugaste tu semblante. Empezabas a quebrarte. Cerraste los ojos abnegación, como si aquello te otorgase mayor valentía. Te observaba, apaciguada.
—No tendría nada que perder ni lamentar —musitaste. De no ser por la cercanía, jamás lo habría sabido.
Furiosos mares se deslizaron por tu rostro. Tu ronco hablar te delataba; estabas obsequiándome tu vulnerabilidad. Carecías de elocuencia, pero tu sinceridad me era facundia suficiente.
—¡Debiste haberme dejado sola, porque entraste a mi vida solo para arruinarla! ¡Por tu culpa, ahora...!
Rompí nuestro distanciamiento. Y tú no te rehusaste. No hacía falta continuar; aquella era la peor declaración de amor que me habían hecho. Pero la atesoro, únicamente porque la hiciste tú.
Hipnotizantes ojos verdes. Embriagante aroma dulzón. Marchita flor, ahora mía. Como me hubiese gustado tenerte hasta el último de mis días entre mis brazos. Pero la rigurosa vida me abofeteó hasta el último instante.
Mi vocación era rescatarte. Y estaba dispuesta a cumplirlo.
Cuando el frío abandonó tu tacto y el cariño en tu mirada cedió ante la ofuscación, supe que tus males habían culminado. Ahora empezaban los míos.
Quizá nunca fuiste consciente de lo mucho que te amé, hasta este momento. Mi corazón vibraba cuando tu figura se reflejaba a mi lado; mis sordos oídos sólo respondían ante tu canto. Merecías ser amada, tuve la intención de demostrártelo.
Poco a poco, la familiaridad abandonó tus ojos. Los vestigios de reconocimiento implosionaron en ellos, abriendo paso a tu nueva vida.
Me aparté. Poco o nulo fue de relevancia. Sea como sea, ya no estaba aquí.
No quiero que nunca más vuelvas a tener esa aura fúnebre, Sakura.
