Deidara parpadeó. La línea que iba apareciendo en su brazo hizo que su corazón latiera muy rápido. Una sonrisa apareció en su cara por primera vez en todo el día, pero se volvió a ir cuando el mensaje terminó de formarse.

"¡HOLA!"

Y una carita sonriente. Todo con un trazo tembloroso e irregular. No concordaba con su teoría de que era un estudiante de instituto, pero por un momento temió que su alma gemela fuera algún mocoso o mocosa de cinco o seis años. Nadie podía escribir tan atroz pasada cierta edad. Puede que estar de bajón lo hubiera llevado a montarse películas. Alguna explicación debía tener.

Se dejó caer al colchón y miró al techo.

Aunque, alguna razón debía haber para que el destino lo hubiera unido a esa persona. Y además era posiblemente la única persona del mundo que no odiaba en ese momento. El picor de la curiosidad, las preguntas sin respuesta, todo era cada vez más difícil de ignorar.

Se cambió el bolígrafo de mano, por suerte era ambidextro. No tendría que ponerse a borrar aún.

"¿Cuántos años tienes?" Escribió en su mano derecha.


No era la respuesta que esperaba, pero al menos había hecho que se le olvidase un poco la humillación de antes. Se preguntó por qué su alma gemela estaba tan interesada en su edad.

"16"

Obito esperó paciente por la respuesta, la cual no tardó demasiado.

"Pues escribes como un mocoso"

Todo el mundo parecía querer meterse con él aquel día.

"Eso es porque voy en un autobús. Además no lo escribí yo. Yo ni siquiera quería. Lo escribió una amiga con la que estoy enojado"

Tuvo que hacer la letra pequeñita para que le cupiera en el antebrazo, pero consiguió meterla toda. Se preguntó si estaba bien decirle eso. Sonaba grosero y desinteresado y podría herir los sentimientos de su alma gemela. No dejó ni por un momento de revisar sus brazos, buscando cambios.

"Ya somos dos. También me enojé con mi amiga"

Obito pensó que era curioso que les hubiera sucedido lo mismo a la vez. Cientos de preguntas se agolpaban en su cabeza. ¿Quién era la persona al otro lado? ¿Dónde vivía? ¿Cuál era su nombre? ¿Cómo era? De repente quería saberlo todo a la vez, pero para eso debería escribirse un cuestionario de cien preguntas en todo su cuerpo.

Se obligó a calmarse e ir poco a poco. Podía empezar por algo que él ya le había preguntado.


"¿Y tú? ¿Cuántos años tienes?"

Deidara escribió el "13" en la palma de la mano izquierda. Intentó concentrarse en algo más, pero no lo logró. En cuanto sintió el cosquilleo en el anverso de su brazo observó cómo los trazos se formaban. Le pareció bonito, como si tuviera algo de artístico.

"Entonces aún estás en secundaria"

No era su forma de hablar. Su alma gemela ya se había referido a sí misma en masculino un par de veces. Enterarse que era un chico lo alivió, por alguna razón. Eso sí, la pequeña burla no se la iba a pasar por alto.

Alguien llamó a su puerta. Deidara lo ignoró.

"Obviamente"

Adornó el mensaje con un par de venitas marcadas.

—Deidara... ¿Estás ahí?

Era su madre.

—¡Déjame en paz, hm!

No quería hablar con nadie en ese momento. Estaba pasando tiempo de calidad con su alma gemela y el resto del mundo podía irse al infierno.

—Kurotsuchi ha venido... Quiere disculparse contigo.

"Ya no estoy tan enfadado con mi amiga"

Deidara tampoco con la suya, pero su orgullo se negaba a aceptarlo.

—Vale, ahora voy —dijo mientras escribía.

"¿Eres de Iwa? Podemos quedar ahora."

Si podía, iba a dejar a Kurotsuchi plantada y se iba a ir con su alma gemela que iba al instituto. La próxima vez podría ponerse de su parte, para variar.


"¿IWAGAKURE? Esto está en otro país!"

Obito nunca había estado en Iwa, de hecho eso era lo más cerca que había estado en su vida al País de la Tierra. Tanto que podía verlo con sólo echar un vistazo por la ventana al otro lado del río que lo separaba del País del Fuego. Pero Iwa estaba a unas cinco horas en auto de la frontera y ocho si salía desde Konoha.

Ni de broma iban a dejarlo hacer ese viaje. Menos para encontrarse con alguien de secundaria a quien no había visto en su vida. Aunque fuera su alma gemela.

La respuesta tardó un poco, y el dragón comenzó a borrarse. Obito pensó en escribirle que no lo hiciera, le gustaba aquel dragón. Pero ya era tarde. Se emborronó y unos segundos después su mano estaba limpia otra vez.

"Pensé que las almas gemelas vivían cerca"

"Y yo. Soy de Konoha en el País del Fuego."

Lo escribió en su antebrazo derecho, con trazo tembloroso. Obito negó con la cabeza, escribir con la izquierda no estaba funcionando. Las inexplicables ganas de estar junto a la persona al otro lado iban en aumento.

"Eso está lejos" se tuvo que acercar mucho a su mano, para leer unas palabras cada vez más pequeñas, que salían de cada hueco aún disponible. "Mi madre no va a dejarme ir. Me puedo escapar."

"Estamos volviendo de una excursión al Valle del Fin. Piensa que no estamos tan lejos como lo estaríamos normalmente."

Era mejor si iba él. ¿Y cómo iba a montar en tren tan joven y sin ir con un adulto? ¿Y si se perdía? Obito ya se estaba preocupando.

"Decidido, iré en vacaciones."

—Vamos a hacer un pequeño descanso en una estación de servicio cercana -les informó Minato.

Perfecto. Así podría lavarse los brazos para poder seguir hablando con su alma gemela. Mientras el autobús salía de la autopista hacia una carretera secundaria, Obito buscó algún hueco en sus brazos donde seguir escribiendo. Pero otro mensaje apareció antes.

"¿Cómo te llamas?"

Varios compañeros suyos señalaron afuera de la ventana. Obito alcanzó a ver el cartel "Puente Kannabi - 500 metros". El famoso puente de piedra que conectaba ambas orillas.

Se subió la manga, dejando toda la tela prensada cerca del hombro en el que una mano se posó un par de segundos después. El susto lo hizo encogerse, invadiendo el espacio personal de Zetsu, quien le dio un empujón para seguir en su mundo.

—Obito... Siento tanto lo de antes —la voz de Rin sonaba triste—. No quería hacerte sentir mal.

La miró y ella miró sus brazos llenos de palabras y garabatos. Se los ocultó en un intento por evitar que leyera lo que le había contado de ella.

—Estoy ocupado ahora —le dijo a la defensiva—. Hablamos en un rato.

Primero debía lavarse los brazos y borrar la evidencia. Rin asintió y a Obito le pareció que aún intentaba leer sus brazos, a pesar de que se estaba cubriendo.

—Está bien. Búscame cuando bajemos.

Se volteó y se alejó. Obito no le respondió. Le dolía estar mal con ella, pero la emoción de estar hablando con su alma gemela por fin lo atraía más. ¿Por qué no lo había pensado antes? Nervioso pero emocionado por intercambiar información sobre las identidades de ambos, Obito dibujó un círculo. Iba a escribirlo bien grande, que se pudiera ver bien.

Ese fue su último pensamiento antes de la violenta sacudida que volcó el vehículo, de los gritos de sus compañeros, del miedo y de la adrenalina recorriendo su cuerpo mientras se precipitaba en caída libre junto a varios fragmentos de puente.


La cama tembló un poco durante unos diez segundos, también las figuras en su estantería. Una de ellas, situada al borde de la misma, se estrelló contra el suelo.

Deidara dio un bote de la cama y recogió los fragmentos uno a uno. Afuera en la calle varias alarmas de autos aparcados habían saltado a la vez. La cacofonía de pitidos le impedía oír lo que decía su madre afuera.

Todos ahí estaban acostumbrados a la actividad sísmica de baja intensidad, en Iwagakure era frecuente.

Dejó la figura rota sobre la mesa y abrió la puerta. Su alma gemela aún no le contestaba, a parte de esa "O" que había escrito un poco más arriba del codo. Esperó que no se estuviera haciendo el interesante.

—Deidara, ¿puedes traer la escoba y el recogedor del cuarto de la lavadora? Una de las plantas se cayó con el temblor.

Cuando llegó a la sala de estar con todo en la mano, vio uno de los ficus tirado en el suelo con toda la tierra desperdigada por la tarima y el tiesto partido en dos.

—¿Qué es todo eso que llevas ahí escrito?

Kurotsuchi agarró su antebrazo y acercó la vista. Deidara se soltó.

—¡Hey! ¡Eso es una conversación privada!

Deidara se agachó a pasar el cepillo por el suelo.

—Calma, me da igual. Seguro me has criticado por lo de hoy, eres tan predecible.

—Sí. ¿Y? —escupió, llenando el recogedor de tierra.

Su madre pasó al salón con un tiesto nuevo e indicó a Deidara que echara la tierra ahí.

—Acuérdate de que yo ayudé a que lo contactaras, aunque fuera para eso. ¿Quién es tu alma gemela? ¿Lo conocemos?

—Es un chico de instituto y vive en Konoha, hm —dijo con orgullo—. Mamá, ¿puedo ir a visitarlo en vacaciones?

—¿Crees que lo mereces después de cómo me has hablado antes? —respondió ella.

Deidara frunció los labios y miró su brazo de reojo. La "O" seguía ahí sin tocar. Con todo el lío se había dejado el bolígrafo en la habitación, pero pronto le pediría explicaciones.

—Entonces me escaparé.

—Hay otra manera más sencilla, puedes pedirme perdón y si estudias y te portas bien en la escuela yo puedo acompañarte.

Kurotsuchi ahogó una carcajada.

—Deidara-nii nunca hace las cosas de la manera más lógica.

—¿¡Y tú cuándo vas a pedirme perdón, hm!? Te quejas porque yo no lo hago, pero tú tampoco lo haces.

—Perdón —Deidara la miró y ella se encogió de hombros—. ¿Ves? No me he muerto. Hidan es un imbécil de todos modos.

Ahora él no tenía ninguna excusa. Pero la idea de ver a "O" lo atraía de una manera extraña, distinta a cualquier cosa que le hubiera interesado antes.

—Está bien, siento haberte gritado, mamá —masculló.

—Y te portarás mejor.

—Vale.

—Y estudiarás más o no hay viaje —intervino su amiga.

—¡Esto no va contigo!

—Sí que estás impaciente por besarte en la boca con tu alma gemela —canturreó, dándole un codazo.

Maldita. Y lo decía delante de su madre. Esa sí que se la guardaba. Seguro en algún momento surgía la oportunidad de decir algo delante de sus padres y avergonzarla.

—Deidara no hay que ir tan deprisa —dijo su madre.

Y él no supo decir si lo decía en broma o en serio. Tal vez un poco de ambos.

—¿Y cómo se llama el chico? —preguntó Kurotsuchi.

—No lo sé, hm. Aún no me lo ha dicho. Un momento.

Deidara dejó todo para ir a por el bolígrafo y escribir un nuevo mensaje.

"¡Hey! ¿Es para hoy o para mañana?"

Lo miró impaciente, buscando algún cambio, pero en seguida tuvo que seguir ayudando a su madre y Kurotsuchi a colocar la planta en el nuevo tiesto y recoger el resto de la tierra. Seguro para cuando terminara ya le habría contestado.

—Tienes que traer a tu alma gemela a Iwa. Quiero conocerlo —dijo Kurotsuchi.

—Eres el primero en la familia con un alma gemela, Deidara. Dile que las puertas de esta casa están abiertas para él.

Una sonrisa pícara apreció en sus labios. Se sentía bien recibir ese apoyo. Todo el drama anterior quedó olvidado. Deidara se siguió mirando el brazo.

—Y ahora a lavarse las manos —dijo su madre una vez terminaron de limpiar—. ¿Tienes deberes, Deidara?

—Sí —dijo su amiga.

Él la miró de reojo.

—¿Crees que iba a mentir y quedarme sin viaje?

—Sólo por si acaso —ella le sacó la lengua.

Deidara decidió hacer espacio en sus brazos y notó que en el derecho, lleno de garabatos escritos con una zurda desentrenada, algunas zonas se habían borrado. "O" debía haberlas limpiado.

"¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? ¡RESPONDE!"

Se gastó buena parte del nuevo espacio en escribir eso, pero la impaciencia lo había llevado a hacerlo. Gruñó sin apartar la vista de la solitaria letra mientras iba a por su cartera, se instalaba en el salón y prestaba una hoja y un bolígrafo a Kurotsuchi para hacer los deberes juntos.

Conforme pasaba el tiempo, su mal humor iba en aumento y concentrarse en la tarea se volvía más complicado. Sentía algo ahí más allá de la impaciencia. Como un mal presentimiento que no entendía de donde había salido.

—¿Por qué no se callan? —murmuró Deidara, harto de personajes llorando y gritándose los unos a los otros.

—¿Y por qué no cambias de canal? —contestó Kurotsuchi—. A mí también me está dando dolor de cabeza.

—Eso haré, hm.

Deidara tomó el mando a distancia y presionó un botón al azar.

"...cerca de ochocientos efectivos, incluyendo la unidad ANBU trabajan sobre el terreno. Se encuentran en estos momentos rescatando a quienes han quedado atrapados en los escombros, atendiendo a los heridos y a esos miles de personas que han tenido que salir de sus casas por miedo a que se les cayera encima…"

—Jooder... —murmuró Kurotsuchi.

—¡Mamá! ¡Mira esto! —gritó Deidara.

Del taller salió ella, limpiándose la arcilla de las manos con un paño. La presentadora continuaba hablando.

"...este es el segundo terremoto devastador en el sureste del País de la Tierra en lo que va de año. Se prevé que las réplicas sean frecuentes durante los siguientes días..."

—Dios mío... A esta pobre gente le está pasando de todo este año —dijo su madre.

La presentadora conectó con un corresponsal en directo. Los tres miraban la televisión en silencio. Kurotsuchi se cubrió la boca al ver el puente caído. El mal presentimiento que llevaba sintiendo desde hace rato se intensificó.

"... desde el puente Kannabi en la frontera con el País del Fuego donde un tramo de unos noventa metros se ha derrumbado. Séis vehículos incluyendo dos camiones y un autobús han caído al vacío..."

En un gesto involuntario, Deidara se puso en pie. Podía sentir el palpitar de su propio corazón golpeando su caja torácica.

—Mamá, ¿dónde está el Valle del Fin?

—¿El Valle del Fin...? ¿El de las estatuas gigantes? Eso está en el País del Fuego. Ahora que lo pienso seguro lo han sentido con fuerza ahí también.

No tenía por qué ser eso. No tenía por qué haberle pasado nada. Eso era lo que Deidara se repetía en su cabeza, y aún así, sus puños se apretaron, sus brazos temblaban.

Tal vez sí habían sentido ese temblor. Tal vez, habían tenido que detenerse y el caos fuera demasiado como para pensar en escribirle. Porque los tiempos coincidían. Sus mensajes habían cesado a la misma vez que el temblor.

Volvió a escribir en su brazo, su letra desigual, desesperada.

"CONTESTA EN CUANTO PUEDAS"

Su respiración se aceleró, volviéndose superficial. En la televisión volvió a salir el puente derrumbado. Los miembros de la unidad ANBU limpiando escombros, intentando sacar a la gente atrapada en aquella maraña de metal y asfalto. Y ese autobús con matrícula del País del Fuego.

No podía ser.

Símplemente no podía ser.

Todo le daba vueltas. Las palabras de aquel tipo ya no tenían sentido en su cabeza. Decían que cuando algo muy malo le pasaba al alma gemela de uno, el otro lo sentía.

¿Era eso? ¿Su alma gemela estaba ahí bajo todo eso?

¿Muerta?

¿La acababa de conocer y ya la había perdido?

—Deidara-nii... ¿Por qué estás llorando?

Giró el cuello hacia su amiga que lo miraba desconcertada.

—¡No estoy llorando!

Se llevó una mano a la mejilla. Estaba húmeda. Sí que estaba llorando. Ese desconocido no era nada para él. Nada. No tenía sentido aquella tristeza ni aquella angustia. No era natural. No era él. Él no lloraba. Era aquel vínculo con el que lo había cargado el destino.

La opresión, la rabia lo llevaron a salir corriendo de la sala de estar y volver a su cuarto. Ahora jadeaba, le costaba respirar y las lágrimas que no cesaban emborronaban el mundo. Sus piernas cedieron, a la vez que su espalda resbalaba poco a poco por la puerta llena de pósters de obras de sus artistas favoritos hasta quedar sentado en el suelo. Su puño estrujó con violencia desesperada la tela de su camiseta justo sobre el corazón.

Quería deshacerse de aquel dolor inhumano que envenenaba todo su ser, pero no sabía como. Lo único que podía hacer era gruñir, gritar y sollozar mientras deseaba no haber escrito nunca ese mensaje.

No haber averiguado más de ese chico al otro lado cuyo paso por su vida había sido tan fugaz como destructivo.


Obito se sentía débil, como si todo su cuerpo pesara. Al abrir los ojos, notó que el izquierdo estaba tapado. Toda su cara estaba tapada de hecho, menos su ojo derecho y su boca de la que salía un tubo.

Emitió un leve quejido y levantó la cabeza. Su brazo derecho estaba escayolado y el izquierdo, lleno de letras que no conseguía enfocarse en leer, conectado a un gotero y a una bolsa de sangre y de su camisa verde salían varios cables conectados a una máquina.

Lo último que recordaba era haber hablado con Rin y que su alma gemela le preguntó su nombre. ¿Había tenido el autobús un accidente? Se preguntó dónde estaban los demás, y dónde estaba él.

Se dejó caer otra vez, no sentía dolor pero todo le daba vueltas. Debía estar sedado. Un hombre con una mascarilla se acercó a hablar con él, su voz sonaba lejana y a penas la entendía.

—... en la unidad de cuidados intensivos —algo que no entendió—... Más tarde te trasladaremos a planta por fin —más sinsentido—... Sigue descansando. Estarás bien.

Su ojo se cerró de nuevo y cuando lo volvió a abrir, notó que habían pasado varias horas. Estaba en otro lugar y ya no estaba entubado, aunque sí seguía conectado al suero.

—Estás vivo —Kakashi estaba sentado en la cama de al lado. También tenía media cara vendada, aunque en el ojo contrario. Un brazo escayolado en un cabestrillo y la mirada más triste que jamás le había visto antes, aún no siendo él el alma de la fiesta—. Tu familia vino a verte esta mañana. Te dejaron cosas. Estuvieron hablando de trasladarte a un hospital privado en cuanto se pudiera.

A los pies de su cama, Obito vio un ramo de margaritas de diferentes colores, cajas de chocolates y varios sobres, de seguro eran esas tarjetas de "recupérate pronto". No era como si estuvieran tan unidos, pero su familia era demasiado extensa. Estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando recordó que Kakashi era huérfano y vivía solo y nadie le había traído nada.

Pero se olvidó de eso de golpe, cuando intentó moverse y un dolor sordo lo dejó paralizado.

—¿¡Qué ha pasado!? ¿¡Estás tú bien!?

—Sí. Sólo perdí un ojo y me rompí el brazo. Sólo —contestó con voz apagada y monótona—. Tú también. Hemos sido de los afortunados, o eso dicen.

—Me he roto... También las piernas... ¿Verdad? —Las seguía sintiendo pesadas, como si estuvieran escayoladas así como su brazo—. ¿Y Rin? ¿Sabes algo de ella? ¿Y los demás?

—A Zetsu le dan hoy el alta —siguió relatando con voz de autómata—. Sólo tenía quemaduras de poca importancia y algunos rasguños. Gai perdió la movilidad en las piernas. Iruka sigue en cuidados intensivos, también Genma y Kurenai.

—¿¡Y Rin!? —Obito comenzaba a perder la compostura de nuevo.

No iba a quedarse tranquilo hasta que no se lo dijera. Ignorando el dolor, se irguió.

—No deberías alterarte así. Aún estás débil.

—¡Kakashi, hablo en serio! ¿¡Dónde está Rin!? —su compañero de clase se recostó sobre su cama—. ¿¡Por qué no quieres decírmelo!?

Él miraba al techo.

—Si no te calmas van a sedarte otra vez.

Obito se sintió de repente con un poco más de fuerzas. Se irguió y se agarró al portasueros, dispuesto a ir él mismo a buscar a su amiga si hacía falta.

—¿Todo está bien por aquí?

Dos enfermeros entraron a la habitación. Obito se arrancó la sábana sólo para descubrir que una de sus piernas acababa ahora en su muslo.

El grito que dio se oyó en el hospital entero. Obito sólo tomaba aire para volver a chillar a pleno pulmón, su vista fija en el muñón vendado. Al siguiente segundo ya tenía a los enfermeros ahí, y un tercero entraba corriendo para sujetarlo y volver a recostarlo en la cama.

—¿¡Qué ha pasado!? ¿¡Qué mierda ha pasado!? ¿¡Por qué...!? —repetía entre sollozos.

Le dijeron algo sobre un terremoto mientras pasaban por el puente Kannabi. Entendió algo sobre un derrumbe, algo sobre de que era afortunado.

—Obito, escucha. Al menos estás vivo. ¿Sabes que muchos de tus compañeros ya no lo están?

Una inyección después, la angustia se había disipado de forma artificial.

—¿Cómo... Está Rin...? —repitió con voz débil, mientras sus ojos se llenaban otra vez de lágrimas.

No iba a preguntar más. Lo sabía. Rin estaba en ese grupo. Rin estaba muerta. Estaba muerta y lo último que le había dicho era que no le hablase. Rompió a llorar, ruidosa y amargamente mientras visualizaba los últimos momentos de su vida. El peso de la mano en su hombro, su expresión arrepentida, la presión en su brazo mientras escribía en él con aquel bolígrafo. Ella poniéndose de pie en el asiento. El sabor de sus galletas. ¿Cómo pudo pensar que no estaban tan buenas sólo porque no las había hecho para él?

¿Por qué no la valoró más mientras estaba ahí?

En un segundo le habían arrebatado a una clase entera todos los sueños de golpe. Y los bastardos se atrevían a decir que era afortunado.


—Tienes que ir a la escuela.

—Vete —escupió.

—Te permití quedarte el viernes, pero tienes que volver.

Deidara no tenía ganas. Apenas había comido, apenas había salido de su cuarto en esos días. Su cabello estaba grasiento y enredado, su ropa era la misma que el jueves.

En un intento por consolarlo, su madre había buscado en internet. Tras leer a su lado páginas y páginas descubrió que un vínculo de alma gemela roto por fallecimiento provocaba un trastorno depresivo en el superviviente.

Había leído casos de gente que se había quedado en él para siempre. Conforme habían pasado los días, su miedo por quedarse así aumentaba. Pero luego miraba en su brazo todos los mensajes sin respuesta y volvía a caer. O miraba en su teléfono noticias sobre el accidente, buscando entre las víctimas alguien cuyo nombre empezase por "O". Sólo un tal Osamu del País de la Tierra lo hacía, pero había varios desaparecidos, cuerpos arrastrados por la corriente del río y que aún no habían encontrado.

O tal vez, ni siquiera fuese su intención decir su nombre. Tal vez estaba escribiendo otra cosa, como "Odio que me pregunten mi nombre". Tal vez no era una "O" sino una "Q", una "D" mal hecha. Para Deidara ya no había nada seguro.

Abumi, Zaku

Gekko, Hayate

Kato, Dan, un profesor

Kinuta, Dosu

Namikaze, Minato, otro profesor

Nohara, Rin

Sarutobi, Asuma

Senju, Nawaki

Tsuchi, Kin

No sabía qué hacer para dejar de ver esa lista, o buscar información sobre las víctimas en redes sociales. O sobre los funerales. Si no era ninguno de los desaparecidos, era uno de ellos.

Sintió la cama ceder cuando su madre se sentó.

—¿Sabes a quién perjudica más que te dejes hundir así? —Deidara guardó silencio—. A ti mismo.

Él sabía que tenía razón. La vida era corta y no podía malgastarla ahí tirado. Pensar lo contrario iba en contra de todo lo que siempre había creído, pero era más fácil decirlo que liberarse de ese estado de ánimo.

—No perjudiques tu presente o tu futuro por algo que no puedes cambiar. Es saludable tomarse unos días, pero existe un límite entre eso y caer aún más y no voy a dejar que lo cruces.

—Mamá —no quería, él no quería dejarse hundir, era esa pena la que lo estaba arrastrando, sofocando todos sus intentos por plantarle cara. Jamás se había sentido así antes—... ¿Cómo lo hago?

—Empieza por darte un baño —respondió ella—. Ya lo tienes preparado. Pensaremos en lo siguiente cuando salgas.

Así, con planes cortos, Deidara consiguió alejarse de ese abismo sin fondo.

Pensaba mucho en el funeral de su alma gemela. Dibujó en una hoja un ataúd rodeado de ramos de crisantemos y en él, un chico sin rostro. Puede que ya estuviera incinerado y enterrado pero Deidara se escribió en el brazo un último mensaje más. Aunque fuera en vano. Le había prometido a su madre que no volvería a pintarse en el brazo, pero no pudo evitarlo.

"Nos vemos algún día"

Y a su lado, un dragón cruzando bajo un arcoíris.