—¡Hora de las medicinas!

Zetsu dejó la bandeja que contenía un platito con varias pastillas de diferentes formas y colores y un vaso grande de agua en la mesa junto a su asiento.

Obito no se inmutó. Después de un mes así, sabía que no lo iba a llevar a ninguna parte. Familiares que ni sabía que tenía iban a verlo. Madara lo mandaba llevar de un especialista a otro, intentando conseguirle una de las más modernas y mejores piernas ortopédicas. Obito detestaba todo el ajetreo al que lo estaban sometiendo, pero una vez que lo tomaba todo, quedaba anestesiado contra el dolor del horror que vivió. Su cerebro se ralentizaba y simplemente se dejaba hacer sin mucha protesta por su parte.

—Quiero volver con la abuela —dijo Obito—. La extraño.

—Tu abuela no puede cuidarte, ya te lo han dicho mil veces, bobo —respondió Zetsu—. Para algo me contrató Madara-sama. Para que ella no tenga que hacerlo.

Obito estaba a punto de mandar al traste muchos años de amistad. Quería gritarle, golpear esa maldita bandeja y exigir que dejasen de hacer con él lo que les viniera en gana.

—Quiero volver a mi casa —sentenció Obito, poniendo especial énfasis en el posesivo.

Zetsu chasqueó la lengua varias veces.

—Esta es tu casa ahora, no seas egoísta. Es el deseo de tu abuela que estés con la persona que mejor cuidado puede darte.

—¡Puedo valerme por mí mismo! —gritó.

—No, hasta que tu brazo se cure del todo, no. Y lo sabes.

Obito sentía la frustración hacerle hervir la sangre y cerrarle la garganta. Su único ojo se empañó.

—¿Tienes hambre? —Obito respondió negando con la cabeza—. ¿Sed? —Ni siquiera se molestó en volver a hacerlo esa vez—. ¿Necesitas ayuda para hacer pipí?

—Cállate.

Sus manos temblaban de la rabia. No. Él sabía muy bien que no podía valerse por sí mismo.

—Sólo intento hacerte reír. Necesitas que te animen.

—¡No quiero que me hagas reír! ¡Quiero que te calles y no vuelvas a abrir la boca! ¡Quiero que me dejen irme a mi casa!

Zetsu no se inmutó ante su desprecio. Obito no pudo sentir remordimientos. Después de todo él aún tenía sus dos piernas.

—Obito, lo sabes de sobra... Aún no estás bien. Pero aunque te sientas desconsolado ahora, el tiempo lo cura todo —no, no iba a crecerle otra pierna—... Y poco a poco te irás reponiendo y adaptando a tu nuevo yo.

Y eso menos aún. Rin no iba a resucitar. Una parte de él seguía creyendo que todo era un malentendido. Que ella iba a llamar a la puerta de un momento a otro a buscarlo. Ni siquiera lo avisaron para ir al funeral.

—Hasta entonces, abre la boca —prosiguió Zetsu.

Obito tardó unos segundos en reaccionar, después obedeció. Puso la primera pastilla bajo la lengua y tomó un trago de agua. A ese mismo lugar fue a parar la segunda y las otras tres. Respiró hondo.

—Quiero comer algo —musitó, sin mirar a Zetsu.

—Buena idea. Eso te subirá los ánimos —su amigo se levantó—. Voy a la cocina, vuelvo en un momentín.

Ni bien desapareció de su vista, Obito escupió las medicinas en la palma de su mano y las tiró al suelo.

—Rin.

Obito recordó el sonido de su risa, la calidez de su mano en la suya. Una lágrima bajó por su cara y ese dolor venenoso que nunca se había ido del todo desde que le dieron la noticia se hizo más fuerte. Empezaba en su garganta y se extendía a su vientre y Obito estaba harto de no poder comer, ni dormir, ni pensar por su culpa.

No lo creería hasta que no lo viera.

Agarró las muletas y con un gruñido se apoyó en el brazo bueno para levantarse del sofá. Zetsu no tardaría mucho en volver y debía tener cuidado de no ser visto por Guruguru que estaba afuera arreglando el jardín.

Mirando hacia atrás, Obito fue hasta el vestíbulo ayudándose de las muletas y se puso como bien pudo su abrigo. Un dolor fiero se extendió por su brazo malo después de varios pasos. Obito apretó los dientes y salió, descalzo y dejando abierta de par en par la puerta de la calle.

No importaba cuanto fuera a pagar después el haber llevado a su cuerpo al límite, iba a ver a Rin a como diera lugar.

Al pasar por la plaza adoquinada que había cerca del cementerio, su muleta se encalló entre dos de las piedras y Obito tuvo que apoyar todo el peso de su cuerpo en sus brazos para evitar caerse.

El excruciante dolor lo hizo gritar. Quedó ahí parado, jadeando y con ganas de vomitar lo poco que había comido ese día. El cementerio le parecía más inalcanzable que nunca. Menuda tontería había hecho, saliendo a la calle asícuando ni siquiera podía valerse por sí mismo. Su barbilla temblaba y las lágrimas no lo dejaban ver bien. Un músico callejero tocaba la guitarra mientras cantaba cerca del paso de peatones, la funda de su instrumento abierta en el suelo frente a él.

Obito buscó un lugar para descansar y decidió que se sentaría contra el muro de la fuente. Dio un paso y cuando se repuso del esfuerzo dio otro. Para cuando llegó al muro estaba jadeando con fuerza y pensando que ojalá fuera él bajo esa tumba y no Rin. Dejó las muletas a un lado, tiró su chaqueta al suelo y se sentó sobre ella. Ahí rompió a llorar. Pronto su cara quedó cubierta de lágrimas y mocosidad transparente que le dificultaba la respiración. Y de fondo, la canción del artista callejero como banda sonora.

Algo pequeño cayó en su chaqueta tendida. Hipando, Obito lo tomó. Era una moneda de diez ryo. Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando le cayó otra de cincuenta ryo, agujereada en el centro. Luego vino un billete de cien y varias monedas más. Obito dejó de llorar e hizo trizas el billete en su mano. Lo estaban tomando por un mendigo. El tipo de la guitarra lo miraba con mala cara y en lugar de sentirse mal por él, Obito le devolvió la mirada fulminante. No era su culpa.

—Hijo —Obito se quedó mirando los zapatos de la anciana parada a su lado—. ¿Te gustaría cenar hoy con nosotros?

Sus puños se apretaron.

—No soy su hijo —escupió—. ¡Y no soy un mendigo! ¡No quiero su asqueroso dinero!

Obito tomó todas las monedas y las arrojó lejos de él. Su llanto ahora atraía toda la atención.

—¡Malditos chismosos, dejen de mirarme!

—Obito. ¿Qué haces aquí así?

Obito se giró hacia la voz y vio a Gai en su silla de ruedas y a Kakashi detrás, manejándola.

—Yo...

Se esforzó por dejar de llorar, aunque los hipidos no cesaron. Kakashi le pasó un pañuelo de papel en cuanto lo vio limpiarse la cara y la nariz en la ropa.

—Ibas a ver la tumba de Rin. ¿Verdad? —dijo su amigo.

—Alguna vez podrías fingir que no lo sabes todo —replicó Obito.

Los transeúntes que se habían congregado a su alrededor comenzaron a dispersarse. Kakashi sacudió la cabeza.

—¿Cómo se te ocurrió salir así? ¿No ves que debes descansar? ¿Por qué no me pediste ayuda al menos? Podría haberte llevado —Obito no respondió porque si lo hacía, su voz se iría a quebrar de nuevo—. Tienes que volver a casa.

—¡Tengo una idea! —intervino Gai—. Kakashi, tú lleva a tu amigo a donde quiere ir. Yo esperaré aquí.

Obito observó su brillante sonrisa, dudando entre agradecerle o enojarse más.

—¿Estás seguro de que estarás bien? —preguntó Kakashi.

—¡No te preocupes por eso! Hace buen día, y tengo buena música para acompañar —con una agilidad pasmosa, Gai se maniobró a sí mismo hasta quedar sentado en el borde de la fuente—. Además, los amigos de mi eterno rival son mis amigos también.

Les mostró un pulgar hacia arriba. Obito miró al suelo.

—Gracias, Gai. Vamos, sube a la silla —Su amigo tiró de su brazo bueno. Obito no se quejó mientras lo acomodaba en la silla de ruedas—. Volveré en cuanto lo deje en casa.

—No hay problema. ¡Hasta luego!

Gai los saludó con la mano. Después Kakashi dio un giro a la silla y lo perdió de vista. Esperó hasta haberse alejado unos metros para hablar.

—"Tu amigo"... Veo que tampoco merecía la pena dignarse a aprenderse al menos mi nombre —Obito trató de morderse la lengua, pero fracasó.

—Gai sufre amnesia —respondió Kakashi—. Ha olvidado algunas cosas y algunas personas. Su memoria no va a volver a ser la misma tampoco.

La sensación pesada en su pecho no se hizo de esperar. Se había pasado de insensible.

—Lo siento —murmuró Obito.

Cruzaron un paso de cebra y por un buen trecho del camino fueron en silencio. Ahora que estaban a varios minutos del cementerio, Obito no sabía si en realidad quería ver la tumba de Rin. Si aún tuviera sus dos piernas, saldría corriendo y no pararía hasta llegar a casa. Había tenido esa idea en la cabeza por semanas y en ese momento, fue consciente del golpe que se iba a dar contra la realidad.

Obito ya no quería saber.

—Hay algo que quiero contarte —Kakashi rompió el silencio—. Gai es mi alma gemela. Lo sospechaba, pero lo que pasó me hizo decidirme a dar el paso. Cuando nos dieron el alta hablamos de ello.

Por supuesto. Por supuesto que el alma gemela de Kakashi iba a estar en la puerta de su casa y la suya en otro país. Por supuesto que iba a ser uno de sus amigos más cercanos mientras que él sólo había conocido a la suya por diez minutos. Obito no tenía ni idea de por qué eso lo cabreaba. Debería alegrarse por Kakashi y en su lugar, lo único que quería hacer en ese momento era recordarle lo rápido que parecía estar olvidándose de la chica que estaba enamorada de él, maldita sea.

La tumba de Rin no era diferente o especial a las otras. Tan sólo un pequeño bloque de mármol negro idéntico al resto. Cuanto más miraba la tumba, más ingrávido se volvía su cuerpo, más sentía el hormigueo en sus extremidades. Pensó que ir al cementerio lo volvería loco, pero poco a poco lo iba envolviendo una extraña calma. Como si aquello no le estuviera pasando a él o fuera un sueño del que iba a despertar en cualquier momento. No supo exactamente cuanto tiempo estuvo así, sin poder interpretar lo que escuchaba o veía a través de su único ojo.

—¿Estás bien?

Incluso había olvidado que Kakashi estaba ahí.

—No... No lo sé —Obito estiró el brazo y acarició el frío mármol—. Creo que no.

—Obito —Kakashi esperó por una respuesta que nunca llegó—. Todo va a estar bien.

Una llamarada de indignación se encendió de repente dentro de él.

—¿¡Todo va a estar bien!? —Obito se volteó a mirar a su amigo—. Tal vez para ti, que pareces haber pasado página tan rápido, va a estar todo bien. Pero no. Nada va a estar bien. ¡Rin está muerta! ¡Mi ojo ya no está, ni tampoco mi pie! ¡Nada va a estar bien!

—No grites. Este es un lugar sagrado —Obito apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes—. Aceptar el vínculo de alma con Gai me ha ayudado. Nos ha ayudado a ambos.

Obito negó con la cabeza.

—Tú también tienes un alma gemela —prosiguió Kakashi—. Créeme, te va a dar mucho consuelo si-

—Te equivocas. Yo no tengo nada —lo cortó Obito. Su mano resbaló por el suave mármol, en ella aún quedaban restos de un dibujo semi borrado—. No voy a aceptar nada de un destino que me ha quitado tantas cosas de golpe. Rin era mi amiga. Ella siempre estuvo ahí para mí. Eso era un vínculo real. Este pseudo afecto que siento cada vez que pienso en mi alma gemela no lo es. Y no lo quiero.

Esa vez fue Kakashi quien guardó silencio. La mano de Obito no se despegó de la lápida hasta que su amigo no dio marcha atrás.


...


Lo despertó un dolor insoportable en la espalda, como si alguien le estuviera clavando en la piel cientos de agujas.

El malestar hizo a Obito gruñir. ¿Qué mierda estaba pasándole ahora? Aquello era nuevo. Otro achaque más a los muchos que ya tenía. Perfecto.

De pronto, todo se detuvo y una sensación de alivio y relax se extendió por su cuerpo. Obito se sentó en el sofá en el que se había quedado dormido. Desde que empezó con aquellos analgésicos se sentía somnoliento todo el rato.

El dolor volvió unos momentos después, penetrante y vibrante. Esa vez le pareció como si esas agujas se estuviesen arrastrando por su piel, pinchándola a su paso.

Preso en su desesperación, se quitó la camiseta con torpeza y dobló el brazo hacía atrás para palpar su espalda. No notó nada, pero el dolor se detuvo de forma súbita de nuevo. Obito respiró hondo.

—Que no pase otra vez... Otra vez no...

Pero volvió. Obito se puso en pie de golpe. Siseó cuando el muñón protestó al caer sobre la prótesis todo el peso de su cuerpo. Fue cojeando al baño y se miró al espejo. Un dragón de color azul claro había aparecido entre sus omoplatos. El mismo que su alma gemela dibujó en su mano como mensaje de despedida. La línea negra subrayaba lo azul. Eso era lo que Obito sentía, la aguja tatuadora.

—¡Maldita sea! —masculló, dando un puñetazo a la pared.

Al voltearse sin prestar atención Obito perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse al lavabo para no resbalarse. Estiró el brazo para bajar la tapa del inodoro y sentarse en él con un quejido. Iba a tener ese dibujo para siempre en su espalda sólo porque su maldita alma gemela no podía dejar el pasado atrás. ¿Cuántos años habían pasado ya? ¿Seis? ¿Siete? Obito estaba muerto y un estúpido tatuaje no iba cambiar nada.

Algo dolía en su pecho cada vez que pensaba así pero él sabía que todo era falso. No tenía lógica que sintiera cualquier tipo de afecto por una persona que nunca había visto.

Y el dolor paraba. Y seguía. Y paraba. Y Obito pensaba que ya quedaba menos para acabar con esa maldición que el destino les había echado a ambos. Menos de un año, no dependía de él pero tenía fe en que Orochimaru consiguiera dar con el interruptor correcto que apagaría ese vínculo para siempre.

Después, ambos podrían ser libres.


Apoyada en el marco de la puerta, su madre miraba la maleta.

—No te pongas sentimental, hm —dijo Deidara.

—Aún puedo hablar con mis contactos en la Universidad de Iwagakure. Sé que el curso está a punto de empezar pero seguro te admitirán en Bellas Artes si yo se lo pido —dijo su madre.

Deidara miró las figuras que él mismo había hecho sobre su escritorio. Luego frunció los labios.

—Hoy en día en Internet tienes toda la información que necesitas, la clave está en saber buscar y llevar una rutina. Puedo hacer ambas cosas —le respondió Deidara.

Metió su e-reader en la mochila junto con su tableta mientras la oía suspirar.

—No sé si te apoyé lo suficiente.

Otra vez la misma historia de siempre. Deidara se volteó.

—Nadie ha dicho que vaya a dejar el arte de lado, hm. Sólo lo compaginaré con otras cosas —últimamente su madre sólo tenía para él miradas de lástima—. Necesito hacer esto. Ya lo sabes.

—Cada vez que me acuerdo que vas a ser su sujeto de experimentos, pienso que esto está terriblemente mal.

Deidara tomó el panfleto sobre el Instituto Senju del Destino y el Karma y examinó una vez más las fotografías e ilustraciones que acompañaban el texto informativo.

—Voy a aprender. Y resulta que estudiar mi caso les ayuda a ellos a progresar, hm —Deidara dobló el papel y lo metió en la mochila—. Todo está bien.

Al mirar la hora en su teléfono, vio que aún quedaba una media hora para que su madre lo llevase al aeropuerto.

—Iré a dar un paseo antes de irnos —dijo.

—Recuerda no retrasarte —respondió su madre.

No se llevó la bolsa ni el celular. Tan sólo las llaves y una chaqueta fina. Esa sería la última vez que vería las calles de su vecindario en a saber cuanto tiempo. Si todo iba bien, Deidara se quedaría en Konoha. Pensó en ir a saludar a Kurotsuchi pero ya que habían hecho la quedada de despedida la noche anterior, Deidara tampoco quería acordarse de que iba a estar lejos de su gente y prefería no ver ningún rostro conocido en ese momento.

Unos minutos más tarde y muy a su pesar, vio uno. Miró a Hidan de reojo caminando en dirección contraria. Deidara torció el labio. Su antiguo compañero de clase fruncía el ceño. Cuando iba buscando problemas solía poner esa sonrisa altanera y estúpida y se preguntó qué se traía entre manos.

Hidan se detuvo cuando llegó a su altura y lo siguió con la mirada conforme pasaba. Deidara le dedicó otra hostil mirada de reojo al darse cuenta que además de eso había empezado a caminar detrás de él.

—Así que al final te vas con ese atajo de blasfemos.

Deidara lo ignoró a pesar de la creciente irritación que le provocaba su presencia. Al llegar al final de la calle, no pudo más. Se detuvo y Hidan también lo hizo.

—Vine a despejarme un poco y tuve que encontrarme contigo —dijo Deidara, alzando la voz.

Hidan lo adelantó y se puso frente a él.

—De hecho iba para tu casa ahora mismo. Pero la voluntad de Jashin porque nos encontremos ha actuado y te ha traído a mí.

—Vete a la mierda, Hidan. Tú y tu dios, hm —Deidara fue a rodearlo pero Hidan volvió a cortarle el paso—. No estoy de humor para aguantarte.

Deidara cambió de dirección después de intentar pasar varias veces.

—Deidarita siempre obsesionado con que querías ser artista para acabar en ese asqueroso sitio. ¿Qué pasó con tu sueño?

—Si lo tengo que explicar una vez más voy a romper algo —espetó Deidara—. Además, no tengo por qué justificarte mis decisiones. Me alegra no tener que ver más la cara de idiota que tienes.

Hidan dio un paso al frente, invadiendo con descaro su espacio personal.

—Tú no has decidido una mierda —dijo empujándolo. Deidara le devolvió el empujón con tanta fuerza que lo derribó al suelo. Hidan rió a carcajadas—. ¡Te has endadado...! No eres más que un viudo de alma desesperado por librarse de su dolor en lugar de aceptarlo en su vida.

Unos cuantos curiosos se detuvieron a mirar.

—¡Cierra el pico! —gritó Deidara entre dientes.

Pateó a Hidan en el costado. Éste le agarró la pierna y lo derribó. Deidara detuvo su caída con los brazos, gruñendo al golpearse con la fría losa.

—Sólo vine a intentar salvarte del infierno eterno, pecador retrasado.

Él y Hidan forcejearon. Deidara se llevó un puñetazo en el labio y a cambio le propinó a Hidan uno en la nariz y otro en el ojo. Después, varias personas intervinieron para separarlos.

—Métete tu infierno eterno por el culo, hm.

Con ambos brazos sujetos, Deidara intentó soltarse sin conseguirlo. Le dedicó una mirada cargada de desprecio que su antiguo compañero le devolvió. Un hilo de sangre salía de una de las fosas nasales de Hidan y no podía esperar a hacerlo sangrar por la otra también. El dolor palpitante de su labio y el sabor alcalino en su boca se lo pedían a gritos.

—El destino no es una ciencia —ambos se negaban a romper el contacto visual antes que el otro—. Hay cosas con las que no se debe jugar.

Hidan se agitó para soltarse de quienes lo agarraban y se alejó. La sangre de Deidara hervía por ir tras él y partirle la cara.

—¡Vuelve aquí payaso! ¡Y suéltenme esto no va con ustedes! —Deidara se retorció en vano en vano, haciendo que más gente tuviera que sujetarlo para contener su fuerza—. ¡Te voy a dejar hecho un trapo cuando consiga engancharte! ¡Te voy a moler! ¡No te va a reconocer ni tu madre, hm!

Al final Hidan se fue y Deidara, aún con la adrenalina y el cabreo en el cuerpo, acabó haciéndole caso a los que le pedían que se calmase y se fue a su casa. A ver como le explicaba a su madre lo del labio partido.


Esperando a que su maleta pasara por la cinta transportadora, Deidara consultó su teléfono. Tenía un mensaje de su madre y otro de su operadora de telefonía.

"Bienvenido al País del Fuego. Realizar llamadas: 3 ryo por minuto. Recibir llamadas: 1 ryo por minuto. SMS: 2 ryo. Internet 6 ryo por Mb. IVA incluido."

Soltó un bufido. Acababa de llegar y ya lo estaban intentando estafar. Lo primero que haría sería comprar una SIM local.

Luego miró el mensaje de su madre.

"Si no te sientes cómodo en Konoha siempre puedes regresar. Te quiero."

Deidara ya había perdido la cuenta de cuantas veces había oido una frase parecida. Pero a pesar de que nadie de su entorno creía que el Instituto Senju del Destino y el Karma pudiera solucionar su problema, Deidara no pensaba irse de allí hasta que no le quedase bien claro el funcionamiento de los vínculos de alma entre dos personas. No iba a poder vivir tranquilo si no lo hacía.

Reconoció su maleta negra con nubes rojas en cuanto apareció tras la cortina. Harto de estar ahí plantado, Deidara se abrió camino entre el resto de viajeros para llegar a donde estaba. Se llevó alguna que otra mala cara pero no se disculpó. Siguió a paso ligero las flechas que indicaban la ubicación de la salida y a través de una gran puerta automática.

En lo primero que se fijó fue en la máquina expendedora y en lo mucho que su boca reseca le pedía que sacase de ahí una botella aunque fueran tres veces más caras que en una tienda ordinaria. De camino ahí un cartel con su nombre llamó su atención. Un cartel sostenido por un chico con gafas y pelo color ceniza. Ese debía ser el tipo con el que habló el día anterior. Deidara cambió de dirección para dirigirse a él.

—¿Señor Yakushi? —preguntó Deidara.

El tipo bajó el cartel.

—Bienvenido a bordo Deidara. Un gusto conocerte al fin. Puedes llamarme Kabuto, nos gusta mantener un ambiente desenfadado -dijo con un leve asentimiento-. ¿Qué te ha pasado en el labio, si no es mucho preguntar?

A Deidara no le gustaba la gente cuya sonrisa no subía hasta sus ojos, pero no fue a Konoha a hacer amigos.

—Es mucho preguntar.

Encogiéndose de hombros, el tipo dobló el cartel varias veces y lo metió en la papelera.

—Un taxi nos está esperando. Mejor te voy contando por el camino. ¿Qué te parece? —dijo Kabuto dando media vuelta para dirigirse a la salida.

Deidara caminó deprisa para ponerse a su altura.

—Me parece bien. Estoy harto de andar arrastrando la maleta, hm.

Los taxis en Konoha eran negros con una línea horizontal amarilla. Deidara echó su equipaje en el maletero, se sentó junto a Kabuto y cerró la puerta. Su acompañante y el chófer conversaron por un rato. Deidara los ignoró, mirando el aburrido y nada estético paisaje de la autopista. Sin conexión poco más podía hacer de todos modos.

—Teníamos muchas ganas de conocerte por fin, Deidara —dijo Kabuto—. Orochimaru ya ha hecho un cuestionario de preguntas que quiere hacerte. Ha estado toda la mañana hablando de ti.

Deidara se dignó a mirarlo, nada halagado pero cuidando de no demostrarlo.

—Bien, porque yo también tengo muchas preguntas para él, hm.

—Mmm —su acompañante asintió—. He trabajado para Orochimaru desde hace muchos años y he visto muchos, muchos casos extraordinarios. Pero es la primera vez que vemos a un viudo de alma que ha superado el trastorno depresivo por vínculo roto.

—Puede que no lo hubiera hecho de no ser por mi madre, hm —Deidara recordó el día que volvió a casa con una pila de libros del doctor Senju Tobirama—. Pero hoy en día, incluso con TDVR se puede hacer una vida normal.

Quería demostrar a Kabuto que después de todos esos años leyendo los libros del doctor Senju sabía de lo que estaba hablando.

—Con medicación —apostilló Kabuto—. Y algunos de sus efectos secundarios no son demasiado deseables. Me dijiste que no estás tomando nada.

Deidara sacudió la cabeza, orgulloso de sí mismo.

—Nunca me hizo falta tomar nada.

—Tu caso puede ayudarnos a descubrir nuevos tratamientos para viudos de alma y ver todo desde otro ángulo —Kabuto abrió la cremallera de su bolsa y sacó de ella un libro bastante delgado—. Y a cambio tú obtendrás las respuestas que buscas.

Deidara lo tomó y miró la portada. Eran los contenidos de los módulos del curso mas fotos de las instalaciones donde se iría a alojar. Abajo del todo venía el exorbitante precio, que gracias a la beca no tendría que pagar.

—¿Algún módulo que te interese en particular? —preguntó Kabuto.

—Destinología —respondió Deidara—. De hecho, sólo vine por esa.

Kabuto pasó unas cuantas hojas y colocó el dedo sobre la página.

—Neuropsicología te gustará también, estoy convencido. Es mi favorita —Deidara le pasó de nuevo el libro. Kabuto agitó las manos—. Es para ti. Si tienes alguna duda siempre puedes consultarlo. Y si la duda no está ahí, pregúntame a mí.

Deidara se entretuvo repasando el librito con más detenimiento. Kabuto no intentó seguir con la conversación, lo cual era de agradecer. El viaje no lo había dejado con ganas de hablar.

El sol ya se había puesto cuando llegaron a Konoha. Justo ese momento en que las farolas comienzan a encenderse. Deidara dejó la lectura a un lado para mirar por la ventana. Estaba en la ciudad natal de su alma gemela. En algún lugar de esa metrópolis, había una tumba donde descansaban sus cenizas.

—Viniendo de Iwa seguro Konoha te va a sorprender.

Deidara hizo contacto visual con el taxista a través del espejo retrovisor. Kabuto murmuró algo.

—Casi ocho millones de almas comparado con... ¿Cuál era la población de Iwa? ¿Cinco millones?

—Cuatro y medio —dijo Deidara, suprimiendo una sonrisa altanera.

No sabía por qué le satisfacía tanto que el tipo con pinta de sabelotodo hubiera fallado.

—Uy, casi —dijo Kabuto—. Imagino que no puedes esperar a ir a ver el monumento de los cinco fundadores, o el parque Otsutsuki, o el árbol de Kaguya.

—Y los museos —agregó el conductor con un deje de orgullo en su voz—. Y el Bosque de la Muerte, que nunca es tan fatídico como suena.

Deidara ya había hecho planes sobre lo que hacer en cuanto tuviera día libre. Primero iría a buscar el monumento conmemorativo de la tragedia del puente Kannabi. Después visitaría cementerio tras cementerio hasta encontrarla. La tumba de "O".

—Si no es tan fatídico como suena me va a decepcionar mucho, hm —respondió Deidara.

El tipo soltó una carcajada y comenzó a hablar de extraños críptidos mitad planta mitad humanos que se alimentaban de incautos que pasaban por ahí de noche y otras tonterías. Poco después, al llegar a una avenida llena de cerezos en flor, el taxi se detuvo. Deidara salió afuera mientras Kabuto pagaba para sacar su equipaje del maletero.

Pétalos blancos se desprendían de la rama sobre su cabeza y caían con suavidad alrededor de él hasta la acera. Deidara observó su hipnotizante descenso a la luz de la farola y no se despegó de ahí ni cuando escuchó el taxi arrancar.

—Una pena que hayas llegado de noche. La calle en esta época es como mejor se ve, y no va a durar mucho —dijo Kabuto parado junto a él—. Al menos mañana por podrás disfrutar de la vista si no sopla mucho viento esta noche.

—Mm —Deidara estaba ocupado viendo aquello, no le apetecía ser elocuente.

—Apuesto a que en Iwa a penas están empezando a florecer ahora. Quiero decir, ustedes tienen un clima más frío y eso —Deidara ni siquiera se molestó en responder esa vez—. Te espero adentro. No te quedes aquí toda la noche.

La nevada de pétalos continuó cayendo a su alrededor. Primavera. Un nuevo comienzo. Una nueva etapa de su vida. Puede que los suyos no lo hubieran apoyado tanto como a él le habría gustado pero Deidara sabía que estaba en el camino correcto. Podía sentirlo en los huesos.

Sacó la billetera en su bolsillo y extrajo de ella un papel con el dibujo del dragón que diseñó para que se lo tatuaran. Mirarlo le subió el ánimo. En cuanto tuviera la contraseña del wifi, le mandaría un mensaje a su madre para decirle que había llegado bien. Deidara dejó el dibujo en su sitio, agarró la maleta y tras subir los tres peldaños, se adentró en el edificio.


Hola y disculpas por tardar tanto en actualizar este fic. Estuve con otros muchos T_T digamos que hay demasiada angst de la que a veces puedo soportar. Y siempre me tienta tirar mis planes al traste y hacer algo más bonito. Va a ser un fic triste en general, aunque tendrá también momentos bonitos. Este en concreto también me costó escribir porque no hay escenas de ellos juntos. Además, creo que Kabuto es el segundo o el personaje que más detesto de todos en Naruto y no me motiva escribirlo (a veces no tengo muy claro en si darle el primer puesto o el segundo). Lo necesitaba aquí y lo tuve que sacar, no será tan importante, pero hará sus apariciones.

Por otro lado, por fin podré usar headcanons sobre Orochimaru de los que siempre he querido hablar y nunca he podido, porque no es un personaje del que escriba mucho jajaja.

Obito ha sido malo con sus amigos en este capítulo, pero lo está pasando muy mal y no tiene fuerzas para ver todo lo que están haciendo por él. La escena de las monedas está basada en un hecho real. No me ha pasado a mí, pero le pasó a una chica que conozco un verano que hacía muchísimo calor y se sentó a descansar contra la fachada de una iglesia...

El fic lo escribo con una canción de Joshua Radin en la cabeza, se llama "Someone else's life." Creo que se podría aplicar tanto a la vida de Obito como a la de Deidara. De hecho el título del fic está inspirado por una de las estrofas. Hay una ciencia que estudia el destino y de ahí lo de cortar las estrellas. Ver lo que hay dentro. Si quieren, se pueden imaginar al músico callejero tocando eso mientras Obito llora.

Arekusa, sí conozco el omegaverse, y después de ojear alguna que otra historia, llegué a la conclusión de que no es lo mío. Siento que la mayoría de esas historias se centran excesivamente en información sobre la jerarquía en sí, quien es alfa y quien es omega, y quien puede hacer esto porque es más dominante y etc. Y feromonas feromonas feromonas de tal cosa mezclada con un poco de tal otra y una pizca de esto, que me gustan mucho las descripciones de olores, pero cuando una parte de la narración se basa en la descripción del olor y la consistencia de una feromona no me agrada. No obstante, alguna que otra vez he pensado en un omegaverse donde Deidara sería un alfa y Obito otro alfa, y fornicasen como alfas. :D (No me trago a un Deidara omega, lo siento. No me lo trago. Él desprende una energía alfa muy clara para mí.). Creo que sería sexy y muy hot y no descarto el escribirlo, aunque en un futuro cercano eso no ocurrirá por falta de tiempo para otros fics.

Sobre el fic, fue lindo escribir cuando todo era bonito. Y sí, Kakashi y Gai son almas gemelas, aunque ya lo habrás visto en el capítulo. Kakashi lo intuía, pero no se decidía a hablar del tema y al final lo hizo. Tal vez por no querer herir los sentimientos de Rin, aunque yo creo que Rin lo habría asimilado bien. La verdad da para spinoff kakagai por si alguien quiere la idea xD Siento haber provocado ese pequeño accidente. También es muy duro para mí escribir esto. (Por qué me hago esto xd? Y con Dei me pasa exactamente lo mismooo, es mi niño consentido y pelearé con todo aquel que le haga daño. Me hace feliz que te haya gustado tanto ^^

Lybra, yo también me parto el mío en dos y me quejo a mí misma. Estoy convencida que estos giros me salen de mi imposibilidad de (en el fondo) aceptar tan mansamente que se pueda tener una conexión espiritual con una persona que tú no has elegido, y por tanto no es cercana a ti y no tiene por qué serlo. En el fondo soy yo quien no acepta eso del todo y le estoy pasando el lastre a los personajes. Había cosas menos complicadas que escribir con esta premisa. Pero haciéndolo de esta manera puedo llegar al centro de las cosas. Pobre mi Dei. Me emociona volver a escribir y que se encuentren ya. Espero que pronto el angst se vaya suavizando. ;_;

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!