Convivencia
Por la mañana Sesshomaru permanecía sentado bajo la sombra de un árbol, esperando a que Rin despertara para partir pero por más que sus ojos se posaban con insistencia sobre la puerta, los achocolatados ojos de la joven no salían para encontrarse con los suyos. Una pelinegra apareció en el espacio vacío que había estado mirando por tanto tiempo pero no se trataba de quien esperaba, en cambio, vio a Kagome acercarse hacia él con el gesto amable que siempre dibujaba en la cara sosteniendo varios bultos de ropa que caían conforme caminaba. El youkai se levantó y recogió el que cayó sobre sus pies cuando su cuñada llegó.
-Gracias- respondió con una amplia sonrisa mientras tomaba la manta favorita de su pequeño Taiyo.
-Hnn-
Kagome recogía las demás prendas que se encontraban a su alrededor mientras que Sesshomaru se preguntaba por qué había caminado hasta allá si bien sabía que no tenía interés de tener una conversación con ella. Cuando por fin se incorporó, secándose algunas gotas de sudor, volvió a sonreírle al frío demonio quien permanecía estático frente a ella sin manifestar alguna emoción.
-Vamos Sesshomaru, acompáñame, Rin aún duerme y seguramente querrán desayunar antes de irse, yo tengo que lavar esta ropa- concluyó levantando ligeramente los trapos.
La joven caminó hacia el bosque y Sesshomaru la acompañaba tomando cierta distancia. Sí, era cierto, no tenía interés de conversar con ella, con nadie más bien, pero después de un tiempo logró tenerle cierto respeto a la sacerdotisa, no totalmente ya que se había emparentado con su medio hermano que tanto le molestaba pero aún así, consciente de sus poderes, sabía que no era una humana común y corriente. Al llegar a un pequeño arroyo, Kagome se puso de cuclillas y comenzó a tallar las telas contra las piedras que se encontraban en el fondo, Sesshomaru observaba con atención, pensando en que jamás había visto a Rin hacer aquello, seguramente porque siempre que lo hacía era antes de tomar sus baños.
-Sesshomaru- la voz de la joven lo sacó de sus cavilaciones y arqueó ligeramente las cejas al volver a la realidad –Rin es una joven muy buena y bastante inteligente; estaba muy feliz cuando llegaste ayer-
Sesshomaru no respondía. Se dio la vuelta y se sentó sobre una roca mientras el viento corría con una brisa algo particular. El sonido del arroyo se escuchaba con cierta melodía mientras los chapoteos de la ropa mojada convertían las arritmias del sonido en jocosos acompañamientos musicales. Por varios minutos la humana permaneció callada cosa que el youkai apreció pero una vez que el sonido de su voz se escuchó se sintió algo irritado.
-A veces me preocupa…-
-Su bienestar no te concierne- interrumpió con voz ronca.
-Claro que lo es, la aprecio, además, es como si fuera mi sobrina- indicó sonrojándose mientras exprimía uno de los trapos húmedos –
-Hnn. No seas ridícula-
Kagome se levantó mientras llevaba con esfuerzo los trapos bastante mojados y los colgaba sobre las ramas de los árboles, dándole varios a Sesshomaru quien no tuvo tiempo de oponerse. No sentía ganas de rechazar su súbita confianza ya que estaba acostumbrado a la misma intromisión que Rin a cada momento hacía. ¿Qué tenían ciertos humanos que al parecer cada momento lo hacían ver como si fuera suyo? Era extraño ya que sin saber bien por qué, se sentía con bastante curiosidad. La joven se percató de que su cuñado se encontraba de pie observándola de una manera que le resultó totalmente desconocida y sonrió arqueando una ceja con cierto desconcierto.
-¿Pasa algo?- preguntó colgando la última prenda que quedaba.
Sesshomaru no respondió.
-Es por Rin, lo sé-
Finalmente la paciencia del youkai llegó a su límite y se dio la vuelta para dirigirse de nuevo a la aldea pero como Kagome no tenía motivos para quedarse ahí lo siguió parloteando sobre cosas insignificantes. Al volver a la aldea todos se encontraban ya fuera de la cabaña y al ver a Kagome caminar al lado de su medio hermano, los ojos de InuYasha se abrieron tanto que amenazaban con salirse a ahorcar a Sesshomaru. Rin corrió hacia Kagome con Taiyo en brazos y se lo entregó con un gesto desesperado.
-No sé cómo hacer para que dejé de llorar- dijo mientras presionaba sus manos contra sus cachetes en señal de consternación.
-Está bien Rin- contestó Kagome presionando el cuerpo del pequeño bebé contra su pecho y haciéndolo rebotar ligeramente para arrullarlo –Sesshomaru gracias por ayudarme. Voy a preparar un desayuno por si desean quedarse- esto dirigiéndose a ambos, Rin y su señor.
-Sí, nos encantaría- respondió la joven tomando a su amo del brazo y saltando con alegría, totalmente discordante ante el pasivo andar del youkai quien, como siempre, se mostraba inexpresivo ante las situaciones más absurdas.
Mientras los platos se servían, Rin esperaba con ansias ya que esa sería su última comida hecha en casa ya que mientras viajaba, todo constaba de pequeños peces, yerbas, hongos y uno que otro animal grande que ocasionalmente encontraban en las montañas, especialmente los jabalíes. De tan sólo pensar en lo poco que comería le daba más hambre pero no podía borrar su sonrisa mientras absorbía los olores de la sopa de codorniz que Kagome había preparado. Como era de esperarse, Kagome colocó un plato también para Sesshomaru a pesar de los refunfuñados de InuYasha, quien infantilmente se negaba a compartir comida con él pero como siempre, la que al final tenía la palabra era su esposa porque la porcelana caliente tocó las frías manos del youkai quien deseaba negar aquel menjunje.
Después de varias rabietas y platos rotos, Rin y Kohaku empacaron lo poco que llevaban para marcharse. Con lágrimas y risas agridulces, Sango se despidió de su hermano quien seguramente se vería muy diferente la próxima vez que la visitara. Con afectividad, la joven se despidió de Kagome e InuYasha, quienes siempre la recibían con mucha alegría, a pesar del malhumor del hanyou y finalmente de Shippo, quien prometió buscarlos si los detectaba cerca de sus entrenamientos. Con muchas promesas y ganas de regresar algún día, tal vez no muy lejano. Se alejaron de la aldea dejando atrás las pequeñas marchas de quienes solían llamar amigos y familia, aunque a algunos les costara admitir.
