Una familia
En la oscuridad de la cueva se escuchaba el eco resonar de los ronquidos de Ah-Un. Después de una noche pasada Rin abrió sus ojos. Pestañeó varias veces al sentir los rayos del sol que se introducían penetrantemente por la entrada de las rocas y miró a su alrededor. Kohaku dormitaba al otro extremo de la cueva, sentado, con la cabeza hacia abajo. Buscó a su amo y lo encontró para su sorpresa a muy pocos centímetros de ella. Tenía los ojos cerrados pero sabía que estaba despierto. Miró su rostro por algunos segundos, siendo iluminado ligeramente por la luz de la mañana, podía apreciar la superficie de sus facciones, sus pómulos, el puente de su nariz, y un poco de sus labios, el resto de su rostro estaba cubierto por penumbra. Removió la pesada piel de oso que le había brindado calor durante toda la noche y estiró sus brazos hacia arriba. De nuevo miró a su amo. Sesshomaru movió ligeramente su oreja y abrió los ojos con lentitud. Sin cambiar su expresión la miró como siempre. Rin le sonrió.
-Estuvo vigilándome toda la noche señor Sesshomaru-
-No- respondió el youkai mirando al lado opuesto de donde se encontraba la joven.
-No estoy preguntando, amo- contestó entre risas.
Como si nada hubiera pasado, la joven se puso de pie con facilidad y con brincos llegó hasta el otro lado de la cueva. Puso su mano sobre el hombro de su amigo y lo agitó suavemente. Kohaku se quejó un poco y se llevó las manos a los ojos como si intentara atrapar el sueño que se le escapaba con el movimiento. Rin reía y agitaba más fuerte provocando que sin querer la cabeza del joven se golpeara contra una roca. Al instante Kohaku abrió sus ojos ante la inmensidad y se quejó fuertemente provocando un gran eco y también un derrumbe. Inmediatamente el youkai quien había estado observando todo se levantó de un salto y no dudo ni un segundo en abalanzarse hacia donde se encontraba Rin. La tomó por la cintura y en pocos segundos salió de la cueva. Las rocas caían sobre la cabeza de Kohaku quien apenas estaba cayendo en cuenta de la situación. Tomó lo que pudo y comenzó a correr hacia la salida que se encontraba a varios metros. A poco de salir, entre el estruendo de las rocas cayendo escuchó los chillidos de Jaken quien se había quedado atrapado a causa de una roca que cayó sobre su túnica, haciéndole difícil zafarse para correr. Kohaku se acercó a él y lo liberó con rapidez. Lo puso bajo su brazo entre las demás cosas que llevaba y corrió lo más rápido que pudo. Segundos después de que el joven logró salir de la cueva, una gran roca cayó en medio de la entrada, bloqueándola por completo. Kohaku dejó caer todo el suelo, incluyendo a Jaken y se dejó caer de rodillas, intentando recuperar el aliento.
-¡¿Estás bien?!- exclamó Rin, dejándose caer frente a él. –Todo fue mi culpa- decía con coraje y con lágrimas a punto de desbordarse de sus ojos.
-Sí estoy bien. No te preocupes Rin, fue un accidente, además, fui yo quien gritó tan fuerte que las rocas se cayeron… son cosas que pasan… la naturaleza…-
Su frase fue interrumpida por el puño de Sesshomaru en su mejilla. El joven guardó silencio al instante y sobó su cachete adolorido. Miró hacia arriba y el youkai lo miraba de la misma manera indiferente pero basado en su lenguaje corporal podía ver que se encontraba furioso, más furioso de lo que antes lo hubiera visto. Sesshomaru le dio la espalda y se alejó del grupo, desapareciendo en el bosque. Rin observó la escena perpleja y aún tenía sus manos sobre su boca. Jaken por otro lado se sobaba la cabeza ya que Kohaku lo había dejado caer contra el suelo y además se golpeó con las demás cosas que el joven llevaba cargando. Rin se acercó a su amigo y colocó su mano sobre su mejilla. Kohaku no dejaba de mirar hacia el bosque, hacia la dirección que Sesshomaru había tomado, como si pudiera ver entre la sombras de los árboles.
-Cada vez se torna más difícil…- dijo el joven sin dejar de mirar hacia el bosque.
-¿De qué hablas?- preguntó Rin quitando su mano del rostro de su amigo.
-No nada- contestó Kohaku negando con la cabeza mientras sonreía, intentando disipar la preocupación de la cabeza de Rin. –Estaba pensando en otras cosas… no tiene importancia. De seguro se molestó porque como te digo, fui yo quien provocó el derrumbe, pero bueno… ¿ya te sientes mejor?-
Rin asintió con la cabeza.
-Bien. Ven, vamos a hacer un campamento. De seguro no tardará en regresar, de todas formas debes descansar, no queremos que te enfermes otra vez-
Desde la sombra de los árboles Sesshomaru observaba a los jóvenes. Ellos no podían verlo y mejor así. Pensaba en el riesgo que había corrido Rin y no podía evitar culpar a Kohaku. El coraje que sentía dentro de sí era incontrolable; un puñetazo no era suficiente para calmar su enojo. Mientras los dos instalaban el campamento en su ausencia, Sesshomaru analizaba cada movimiento, especialmente los de Rin. Sabía que Kohaku tenía un interés profundo sobre Rin, pero el youkai quería asegurarse de que no fueran correspondidos por su protegida. Al acomodar las cosas, juntar los leños, distinguía en el lenguaje de Kohaku intentos en acercarse a la joven. Por la manera en la que entregaba las cosas, posicionaba sus pies, movía sus brazos, podía leer en todas esas acciones pequeñas intentos en llamar la atención, de mostrarle a la joven su fortaleza y sus deseos de hacerle sentir segura. Sesshomaru lo sabía, bien se lo habían enseñado en su manada cuando era joven, y bien lo había aprendido y usado en las ocasiones que fueron necesarias. Sintió desdén al notar similitudes en los procesos de apareamiento de los humanos pero seguía observando con atención.
Los movimientos de Rin como de costumbre eran atrabancados. La joven no cuidaba en lo más mínimo lo que hacía, no proyectaba gracia ni premeditación al caminar, al hablar o al gesticular. Su cabello se movía salvajemente con el viento, invadiendo partes de su rostro, obstruyendo la vista hacia su mirada, su boca y sus mejillas. Al ver los movimientos feroces de su cabello, Sesshomaru sintió un impulso de acercarse y removerlos de su rostro, pero se contuvo. Prestaba especial atención a la voz de los jóvenes. La mayor parte del tiempo la voz de Kohaku se tornaba ligeramente más grave; aunque imperceptible para un ser humano, Sesshomaru distinguía el cambio en la modulación de voz, sin embargo, el timbre de voz de la joven no cambiaba, se mantenía igual, incluso cuando reía. Sus carcajadas no se tornaban en chillidos agudos y fingidos como los de muchas perras que conoció en su pasado. Sabía perfectamente que cuando una hembra se interesaba por un macho, todo lo podía saber en la manera en reír. En Rin no distinguía tales características. El youkai experimentó una sensación desconocida; de pronto su enojo se había ido y las ganas de volver lo invadían.
Sin haberse dado cuenta ya había atardecido. Había pasado todo el día observando a los humanos y leyendo sus movimientos. Al caer el sol decidió hacer su aparición de entre la penumbra del bosque y avanzó hacia el campamento. La nieve caía lentamente y todos miraron hacia arriba. Rin extendió sus brazos y sacó la lengua, intentando atrapar los copos de nieve en su boca. Mientras tanto, Kohaku, quien lijaba una piel de conejo, miró a Sesshomaru quien se encontraba ya a pocos metros y lo saludó con la cabeza, ofreciendo paz. El youkai lo miró pero no le respondió. Volteó en dirección a Rin quien lentamente giró la cabeza hacia él y lo miró con preocupación.
"Está asustada porque he vuelto" pensó el youkai.
La joven se puso de pie y caminó hacia él. Sesshomaru no se movió y la miraba conforme Rin se acercaba más y más. La mirada de la joven penetraba sus ojos con intensidad y segundos después sintió el dolor y el ardor de un golpe en la mejilla. Con la palma abierta la joven le propinó una cachetada. Las mandíbulas de Jaken y Kohaku amenazaban con chocar contra el suelo mientras que los ojos del youkai se abrieron más de lo normal. Por un buen rato no hubo palabra alguna. Antes de quitar su mano de la mejilla de Sesshomaru, Rin movió ligeramente las yemas de sus dedos y después bajó la mano lentamente. Con la cabeza abajo caminó de vuelta a su lugar y se recostó dándoles la espalda a todos.
Kohaku en seguida miró a Sesshomaru quien permanecía de pie. Su expresión neutral no se borraba de su rostro. Sus ojos fueron cerrándose poco a poco hasta quedar a su diámetro usual. Lentamente el youkai caminó hacia un árbol cercano, se sentó y reposó su espalda sobre su tronco. Jaken corrió hacia él lloriqueando, preguntándole sobre su bienestar, pero no tardó mucho en ser pateado hacia los arbustos. El joven continuó lijando la piel de conejo aún sorprendido por lo que había pasado. De vez en vez miraba en dirección a su amiga quien no se movía.
En esa situación no sabía qué hacer. Lo que Rin había hecho bien podría entenderse como otra cosa y basado en las actitudes que recientemente Sesshomaru tomaba, Kohaku no quería provocar una disyuntiva en el grupo más que nada por no incomodar a su amiga. El joven sabía que Sesshomaru estaba al tanto de, no sus intenciones, sino de sus sentimientos por Rin, pero no quería que ella los descubriera todavía. No sabía si ir a intentar disipar malos entendidos de la cabeza de Sesshomaru o si dejar las cosas como estaban y continuar como si el suceso no hubiera pasado. Sabía que su amiga lo había hecho para darle una lección al demonio, no tanto porque el demonio lo agraviara esa mañana, sino porque tal vez Rin no deseaba que precisamente existieran discusiones y peleas. Al haber visto el golpe propinado por Sesshomaru a Kohaku ese día temprano, la joven sólo quiso dejarle en claro al youkai que no deseaba que algo así sucediera de nuevo; al menos eso suponía Kohaku. La cabeza de Kohaku daba vueltas. No sabía si lo más sabio era continuar viajando con Sesshomaru. No quería distanciarse de Rin y sabía que si se iba la joven se quedaría al lado del youkai; pedirle que se fuera con él era inútil porque de antemano conocía la respuesta.
La noche ya había caído; el cielo se veía oscuro sobre ellos y las estrellas brillaban en grupo con intensidad. Kohaku las observaba acompañado del ruido de la fogata y de los animales del bosque pero nada más. Jaken dormitaba a pocos metros de Sesshomaru bocabajo; no se movió después de la patada de su amo y Rin aún seguía en la misma posición desde que se acostó. Kohaku observaba la figura de la joven. Su postura había cambiado. Rin tenía sus piernas dobladas y sus brazos hacia dentro; tenía frío. En seguida Kohaku tomó la piel de oso que se encontraba cerca y cubrió el cuerpo de su amiga cuyo cuerpo se relajó al sentir el calor al ser cubierta. El joven volvió a su lugar, sabía que Sesshomaru tenía un ojo abierto sólo para vigilarlo y ya no quería más problemas, había sido suficiente en esos días.
Bajo las ramas del árbol, Sesshomaru cavilaba con los ojos cerrados. Aún podía sentir la calidez de la mano de la joven sobre su mejilla y aún sentía el cosquilleo que sintió cuando las yemas de los dedos de Rin se movieron fugazmente sobre su rostro. Lo que la joven hizo no se lo esperaba, confundió su mirada y no prestó atención a su olor, por esa razón no estaba seguro de cuáles fueron las intenciones y los sentimientos que llevaron a Rin a hacer lo que hizo. Durante horas repitió el momento en su cabeza; los ojos feroces de la joven no abandonaban su mente y calculaba en cada repetición sus movimientos. Se preguntaba el porqué del golpe pero aún más el porqué de esa última caricia. Su frustración lo enfuriaba. Le resultaba increíble no poder leer a una humana quien había vivido a su lado por años. La complejidad no imaginó en algún momento de su pasado verla en un ser humano y aún era sorprendente para él tal característica encontrarla particularmente en Rin, en una humana que no calculaba sus movimientos ni sus palabras, una criatura que no tenía ni el mínimo interés por cuidar la manera en que se proyectara ante los demás. No sabía si el golpe que recibió fue por venganza. No podía evitar recordar las ocasiones en las que su madre salía en defensa de su padre después de un ataque, una batalla, u otra perra intentando meterse en su territorio; sin pensarlo sacaba las garras, gruñía y mostraba los colmillos imponiéndose ante la criatura que intentara entrometerse. ¿Sería posible que Rin haya hecho igual? ¿Sería Kohaku tan preciado para ella como para marcar su territorio e imponer su poder? Sesshomaru no pudo evitar soltar un chasquido; de pronto sus cuestionamientos les parecían absurdos. Sabía que los humanos diferentes, de haber sido como supuso por unos segundos, la joven le habría dado la espalda y se hubiera marchado en ese momento.
Abrió los ojos y miró en dirección al campamento. Kohaku se encontraba dormido por fin y Rin aún seguía en la misma posición. Sesshomaru podía percibir el aroma de la joven y sabía que no estaba dormida; nunca lo había estado. Observaba los movimientos de su respiración y escuchaba con atención. No estaba llorando pero tampoco estaba tranquila, definitivamente estaba algo alterada. Cerró los ojos de nuevo y se concentró en el sonido de las ramas de los árboles chocando unas con otras y comenzó a sentir un sueño muy pesado. En pocos segundos cayó en un profundo sueño.
Como si supiera lo que pasaba, Rin se dio la vuelta y permaneció recostada. Observaba las flamas de la fogata que se encontraban apunto de apagarse. Se enfocó en las pequeñas chispitas que intentaban aferrarse a la corta vida que les quedaba y se hipnotizó por un rato con ellas hasta que la fogata por fin se apagó. El frío acarició su rostro y la nieve, que se había detenido, dejó una capa que reflejaba la luz plateada de la luna. Se acostó bocarriba para mirar hacia el cielo. Suspiró profundamente. Sentía arrepentimiento y al mismo tiempo no. Giró ligeramente la cabeza para ver en dirección a Sesshomaru. Podía ver su perfil acomodado en el árbol; su cabeza ligeramente hacia el frente indicando que se encontraba dormido. Rin sonrió ligeramente. Quería pedirle una disculpa pero decidió que lo mejor era que su amo llegara a una respuesta por sí solo. Sabía que lo que le hizo a Kohaku por la mañana fue por su preocupación ante el derrumbe pero no estuvo bien. Ellos eran la única familia que Rin tenía a su lado y no quería sentirse que esa alegría se quebrara; quería darle una lección. Durante la tarde sintió coraje pero más que nada, sintió temor. El pensar que Kohaku o Sesshomaru abandonaran el grupo por diferencias le aterraba y no supo cómo reaccionar. El golpe fue instantáneo y también su arrepentimiento. El movimiento de sus yemas fue un intento involuntario de anular lo que había hecho pero sabía que eso era imposible. Desde ese momento se sintió avergonzada y no sabía ni cómo empezar a pedir una disculpa.
Después de varias horas de pensar su mente por fin se cansó y de una buena vez pudo descansar.
