Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 2: Cabos sueltos
Con la compra de los billetes de avión había dado el primer paso para celebrar mi aniversario con Antonio a lo grande, pero para tenerlo todo listo aún me quedaban por resolver un par de asuntos relacionados con los preparativos de la cena sorpresa y con nuestra estancia durante el viaje. ¡Casi nada! Bueno, no es que ello implicara realmente mucha dificultad, el problema estaba en que no dependía enteramente de mí.
Pero ya estaba decidido, ¡no había vuelta atrás!
Empezaría con lo que me parecía más fácil: la preparación de la cena sorpresa. La cena en sí no me suponía ninguna complicación, dado que cocino estupendamente, la cuestión era que debía mantener a Antonio alejado de su apartamento para poder hacer allí la comida y ambientar el lugar. Por ese motivo, necesitaba pedirles ayuda a los malditos mejores amigos de mi novio, un patatero y un francés pervertido llamados Gilbert y Francis respectivamente, un par de idiotas molestos a los que tenía la mala suerte de soportar mucho más de lo que me gustaría. Era lo malo de que, aparte de amigos de mi novio, fueran también mis vecinos.
En realidad, Antonio también era mi vecino.
Vivíamos en antiguo edificio reformado de tres plantas, sin un maldito ascensor y con un patio central. Mi hermano y yo nos mudamos aquí desde Italia con nuestro abuelo hacía tres años. El bloque entero era de su propiedad y, salvo su casa que ocupaba toda la tercera planta, tenía los pisos alquilados a gente de distintas nacionalidades, aquello parecía una maldita sede de la Unión Europea. En el bajo vivía Elizaveta, una chica húngara de pelo castaño, médico y loca como una cabra, más que nada porque estaba prometida con el idiota del macho albino, es decir Gilbert, que habitaba con su hermano, el macho patatas novio de Feliciano, en uno de los apartamentos de la primera planta. Frente a ellos vivía el gabacho pervertido, Francis, junto a su novio, Arthur, un inglés cejón con el que se pasaba el día peleando… y reconciliándose amorosamente (¡ugh!). En uno de los pisos de la segunda planta habitaban Emma, una chica belga de pelo rubio y sonrisa gatuna, y su novio danés, Mathias; antes vivía allí también Govert, el hermano de Emma, un tulipán gigante con cara de mala leche que se largó a ver mundo. Y, por último, en el otro piso de la segunda planta vivía Antonio, español, el único inquilino que se hallaba en su tierra y quien convenció a mi abuelo para alquilar los apartamentos.
En fin, volviendo al tema, bajaba por las escaleras hacia la primera planta para hablar con los amigos de mi novio y pedirles que me ayudaran. Realmente no estaba muy seguro de lo que iba a hacer, no me fiaba demasiado de esos dos idiotas. Me volví atrás un par de veces, inseguro, pero finalmente me armé de valor y me planté en el rellano.
Pasé mi vista de una puerta a la otra, necesitaba que estuvieran juntos para pedirles el favor a ambos. Lo que no tenía muy claro era en casa de quién plantearlo. Tras pensarlo unos minutos, decidí que sería mejor que se lo dijera en el apartamento del francés pues, aunque era del que menos me fiaba, seguramente el inglés cejón estaría presente para controlarlo un poco. Además en el piso de Gilbert cabía la posibilidad de que el macho patatas nos escuchara y fuera a contárselo a mi hermano, y entonces mi sorpresa dejaría de ser una sorpresa porque no tardaría en llegar a oídos de Antonio.
Llamé al timbre de casa de Gilbert. El macho patatas me recibió.
―Hola, Lo… ¿Lovino? ―saludó extrañado.
―Patatero.
―¿Qué…? ¿Qué se te ofrece?
―Busco a tu hermano, ¿anda por aquí?
El macho patatas levantó una ceja, mirándome inquisitivo.
―Necesito hablar con él, joder, que de todo te quieres enterar. ¡Serás cotilla!
El rubio alemán soltó un profundo suspiro y se echó a un lado abriendo más la puerta.
―Pasa y acomódate si quieres mientras voy a por mein bruder ―me dio la espalda y se alejó hacia el interior―. Enseguida vuelvo.
Ignoré el ofrecimiento del macho patatas y me quedé apoyado en el marco de la puerta esperando que regresara con su hermano.
―¿Para qué se requiere mi asombrosa presencia? ―preguntó Gilbert a voz en grito apareciendo en el salón. Vino hacia mí sonriendo y me echó un brazo por encima de los hombros, no se lo aparté sólo porque necesitaba su ayuda―. Dime, Lovinito, ¿qué puede hacer por ti mi genial persona?
―Venir conmigo. Tengo que hablarte de algo importante.
―¿Y no me lo puedes decir aquí?
―No, tengo que hablar contigo en privado ―recalqué echándole una miradita al macho patatas, que rodó los ojos y negó con la cabeza―, así que vamos.
Agarré al patatero por el brazo que me había echado por encima y tiré de él fuera de su piso, cerrando al salir. Fui hacia el otro lado del rellano arrastrando a Gilbert y toqué al timbre de casa del gabacho (dejé el botón pulsado para que no parara de sonar).
―¿Quieres hablar conmigo "en privado" en casa de Francis? ―preguntó extrañado el macho albino―. No tiene sentido.
―Tengo que deciros lo mismo a los dos. Así ahorro saliva.
―¡No hace falta dejar el dedito ahí pegado para que suene el maldito timbre! ―exclamó molesto el francés al abrir la puerta, me quitó el dedo del botón de un manotazo―. ¿Qué pasa? ―cambió el tono a uno de esos pervertidos que solía usar, acompañándolo por una sonrisa de lado―. ¿Habéis venido para que el hermanito Francis os dé un poco d'amour?
―Kesese… Más quisieras. El chaval, que quiere hablar con nosotros "en privado".
―Très bien ―se apartó a un lado de la puerta―. Pasad.
―¿Está por ahí tu novio el cejón? ―pregunté sin moverme.
―¿A quién demonios llamas "cejón", maldito niñato? ―se escuchó la voz de Arthur proveniente del interior del piso. Confirmada su presencia, entré al apartamento.
―A nadie, idiota ―le repliqué―. He dicho "tu novio el anglosajón", pedazo de sordo, a ver si te limpias los oídos.
―¡Yo no soy el novio de nadie!
―¡Ooog! ―exclamó el francés poniendo cara de pena y llevándose una mano al pecho. Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y lo mordió mientras negaba con la cabeza―. ¡Cómo te gusta hacerme sufrir, mon amour!
―Te jodes, stupid frog.
El gabacho se acercó disimuladamente a Arthur y lo abrazó por detrás, rozando su barba contra la mejilla de su novio y dándole algún que otro beso por donde le pillaba.
―¡Con lo mucho que yo te quiero~!
―¡Suéltame, maldito wine bastard!
El inglés se revolvió entre los brazos del gabacho hasta darse la vuelta, momento que Francis aprovechó para apretar su abrazo y besarlo en la boca. Arthur se resistió al principio, pero finalmente cedió y correspondió al beso muy fervientemente. Joder, esos dos se estaban animando. Aparté incómodo la mirada, prefería no seguir viendo aquel espectáculo que iba subiendo de tono por momentos.
―Hey, tíos, ya sabemos que tenéis ganas de marcha, pero dejad la sesión amorosa para más tarde ―interrumpió el patatero―. Os recuerdo que estamos aquí.
Arthur se separó del gabacho de un empujón y desapareció por el pasillo, totalmente sonrojado y murmurando cosas incomprensibles por lo bajo. Mierda, yo no quería que se marchara. Esperaba que el inglés no se fuera muy lejos, no me fiaba demasiado de quedarme a solas con el pervertido del francés y el patatero.
―Disculpad, mes amis ―dijo Francis volviéndose hacia nosotros sonriendo de lado, satisfecho―. Es que llamasteis a la puerta justo cuando nos estábamos poniendo cariñosos, nos debíamos ese beso.
―Kesese… Ya me imagino lo que venía detrás del beso ―comentó el macho albino entre risas.
―Lo que vendrá ―puntualizó el francés y guiñó el ojo―. Después de todo, lo bueno se hace esperar, hon hon hon… En fin, ¿a qué debo el placer de vuestra visita?
―Aquí el chaval, que quería hablarnos de algo importante "en privado".
―Oh, très bien. ¿De qué se trata, mon petit?
―Pues… a ver… supongo que ya sabréis que mi aniversario con Antonio es dentro de un par de semanas…
―Como para no saberlo ―me interrumpió el macho albino.
―Notre cher Antoine no ha dejado de mencionarlo.
―Lleva repitiéndolo todo el maldito mes.
―Il est très excité.
―Sobre todo después de que le dijeras que tú te ibas a encargar de prepararlo.
―¡Ese es el punto! ―exclamé―.Yo lo voy a preparar, pero quiero que sea una sorpresa.
―¿Y cómo pretendes que sea una sorpresa si ya se lo has dicho? ―preguntó el macho albino.
―¡No le he dicho nada! ―repliqué―. Simplemente que yo me encargaría de la celebración. Por eso estoy aquí, quiero pediros ―fui bajando la voz y desvié la mirada al suelo―… necesito que… que me ayudéis…
―QUOI?!
―"Cua" es lo que dicen los patos, Fran. Si mis asombrosos oídos no me fallan, lo que el chaval ha dicho es que necesita nuestra ayuda.
―Oui, eso me pareció haber escuchado, de ahí mi sorpresa.
El francés vino hacia mí y me echó un brazo sobre los hombros. Me puse tenso, no me gustaba tener a ese pervertido tan cerca de mí, pero no podía apartarlo si quería que me ayudara, así que cerré los ojos y tomé aire para relajarme.
―Y dinos, mon petit, ¿qué es lo que tienes pensado hacer? Porque tendremos que saberlo y saber también en qué se supone que quieres que te ayudemos.
―P-Pues… quiero preparar una cena en casa de Antonio para celebrar nuestro aniversario ―me sonrojé―. P-Pero él no sabrá nada, le haré creer que lo celebraremos de otra forma. P-Por eso necesito que lo distraigáis y lo mantengáis ocupado todo el día para que no aparezca por aquí.
Francis y Gilbert me miraron con los ojos desorbitados y cara de terror.
―¿Q-QUÉ? ―pregunté.
―¿Pretendes que Francis y el asombroso yo mantengamos a Antonio alejado de ti el día de vuestro aniversario? ―asentí como respuesta―. ¡¿Tú te has vuelto loco?!
―¿Acaso quieres que notre cher Antoine nos mate?
―Joder, Antonio no os va a matar. Quedaré con él por la noche haciéndole creer que no podremos vernos durante el día. Vosotros sólo tendríais que aseguraros de que no se acerca por aquí hasta que llegue la hora a la que hayamos quedado.
―Tú lo ves muy fácil, mon petit, pero impedir que Antonio vaya a buscarte el día de vuestro aniversario es una misión casi imposible.
―Sí. Además, ¿qué obtenemos nosotros por brindarte nuestra magnífica ayuda?
Mierda, no tenía respuesta para eso.
―¿L-La satisfacción de ayudar a que vuestro amigo esté feliz y contento?
―No veo dónde está el beneficio, al final el que conseguirá una mayor satisfacción será Toño.
―Y nosotros pondríamos en riesgo nuestras vidas, mon petit.
―¡Iros a la mierda, joder! ―exclamé enfadado y harto de escucharlos―. No hace falta que sigáis poniendo excusas estúpidas, me queda claro que no vais a ayudarme. ¡Ya me las apañaré yo por mi cuenta!
Me dirigí a grandes zancadas hacia la puerta, muy cabreado, pero un par de manos me agarraron por los hombros y me detuvieron.
―¡Quieto ahí, chaval! ―dijo el macho albino sonriendo.
―No te hemos dicho que no, mon petit.
―¿Cómo podría alguien tan increíble y magnánimo como yo negarse a una petición como la tuya? ¡Eso no sería nada asombroso por mi parte!
―Sólo queríamos ver cuánto nos ibas a insistir, petit, pero se ve que eso no es lo tuyo. Pierdes la paciencia muy rápido.
―E-Entonces… ¿vais a ayudarme?
―Ja.
―Oui, pero vas a tener que ser un poquito más amable con nosotros si no quieres que se nos escape algo sin querer delante de Antonio.
―¿Y ser más amable con vosotros implica dejar que me toques el culo como lo estás haciendo ahora?
Una de sus típicas risas fue lo único que el maldito gabacho me dio como respuesta a mi pregunta mientras seguía manoseándome el culo a placer, el muy cabrón lo estaba disfrutando. Cerré los ojos y tomé aire profundamente tratando de ignorar la sensación de su mano toqueteándome, algo imposible. Tenía ganas de gritar y asestarle un buen golpe al francés por su descaro, pero debía controlarme.
―No te pases, Fran ―advirtió el macho albino.
El gabacho retiró la mano por fin.
―Sólo estaba picándole un poco ―se justificó el francés―. Nada más.
―¡Me estabas metiendo mano!
―¡Qué exagerado eres, mon petit! Si apenas te he rozado.
―Tú apenas si te rozas con todo el que se te pone por delante, frog ―intervino el cejón con aire enfadado, ¡a buena hora se le ocurría aparecer!―. Te gusta más refregarte que al gato de una venta.
―Sobre todo si es contigo, mon amour.
El francés se echó encima de su novio atrapándolo entre sus brazos. Arthur se revolvió tratando de zafarse inútilmente del agarre de pulpo del francés, que lo besó por donde pudo.
―Venga, chaval, vámonos ―me dijo el patatero―, que lo de estos dos va para largo.
―V-Vale, pero ¡recordad! Ni una palabra de esto a Antonio ―les advertí―. ¡También va por ti, Arthur!
―Como si a mí me importara ―respondió el cejón sin detener su lucha contra el francés―. ¡Suéltame, wine bastard!
―Ya os iré diciendo lo que tenéis que hacer.
―Que sí, que sí ―dijo el macho albino empujándome ligeramente hacia la puerta―. Vámonos ya y dejemos que los tortolitos desfoguen a gusto.
El patatero y yo nos marchamos del apartamento del francés y, nada más salir al rellano y cerrar la puerta detrás de nosotros, nos encontramos cara a cara con Antonio, que iba subiendo, ¡maldita casualidad! Traté de actuar con la máxima normalidad posible, pero después de saludar y darme mi correspondiente beso, mi novio frunció el ceño y fue pasando su mirada verde del patatero a mí repetidas veces.
―¿Venís de casa de Francis? ―preguntó extrañado.
No pude responder, el nerviosismo se apoderó de mí. Antonio me conocía muy bien como para saber que en una situación normal a mí ni se me ocurriría poner un maldito pie en casa del gabacho. ¡Iba a descubrirme, maldita sea!
―Pues claro, tío ―respondió el patatero―. Es de donde hemos salido, ¿no?
―Aaam. ¿Y qué hacíais?
―Poca cosa. Es que le pedí consejo a Fran para impresionar a la marimacho en nuestro aniversario. No que yo lo necesite, por supuesto, pero no está de más que te aporten ideas para luego convertirlas en asombrosas ―añadió hinchando el pecho―. Por eso llamamos a tu amorcito aquí presente, para pedirle que colabore tocando el violín.
―¿Y Lovi ha consentido entrar así como así en casa de Francis? ―preguntó Antonio todavía más extrañado.
―Pues claro. Ha venido voluntariamente e incluso ha dejado que Fran le manosee el culo a su antojo.
Abrí los ojos con horror, mientras que la mirada de Antonio se oscurecía y gritaba:
―¡¿QUÉ?!
Los celos de mi novio salieron a relucir, como siempre ocurría cuando se me acercaba alguien con intenciones que iban más allá de las amistosas.
―Kesese… Estoy de broma, tío, que te lo crees todo ―dijo el macho albino dándole una sonora palmada en la espalda a Antonio, consiguiendo que se tranquilizara―. Tu amorcito no quería venir, así que prácticamente me lo llevé a rastras hasta casa de Fran. Costó un buen rato hacerle ver que no le iba a pasar nada, pero dado lo increíble que soy, finalmente lo conseguí.
―¿De verdad ha pasado eso? ―preguntó Antonio incrédulo.
―Y… ¡Y tanto, joder! ―intervine―. Luego que estos dos no se quejen si les salen moratones, ellos se lo han buscado.
―Seguro que no ha sido para tanto, Lovi.
―Pues claro que no ―dijo el patatero―. A tu novio le gusta exagerar.
Preferí callarme y terminar con aquella conversación tomando a Antonio de la mano y subiendo el primer escalón hacia el segundo piso. Mi novio captó el mensaje y me adelantó mientras se despedía de su amigo.
Me volví hacia el patatero sin que Antonio se percatara y levanté el dedo pulgar en un gesto de agradecimiento por salvarme el culo con lo que se había inventado. El macho albino sonrió de lado y se metió en su casa riéndose y exclamando lo asombroso que era.
Por una vez tenía que darle la razón.
Solucionada la cuestión de mantener entretenido y alejado de su apartamento a Antonio el día de nuestro aniversario, había llegado la hora de ocuparme de resolver el asunto de nuestra estancia durante el viaje. Dado que mi intención era alojarnos en la casa que mi abuelo tenía en Roma, resultaba imprescindible hablar con él. No obstante, llevaba un par de días posponiendo el momento, principalmente porque no estaba seguro de cómo plantearle lo que quería al viejo y temía una respuesta negativa por su parte.
De cualquier modo, ya no podía seguir retrasando más aquella charla, el tiempo se me echaba encima.
Sintiéndome algo nervioso, fui a su despacho y entré despacio, sin llamar. Mi abuelo, que estaba enfrascado en la lectura de unos documentos, levantó la cabeza de los papeles que tenía entre las manos y me sonrió.
―¡Hola, Lovino!
―Hola, abuelo. ¿Estás muy ocupado? Tengo que hablar contigo.
―Sabes que siempre tengo un momento para ti. Ven ―me hizo gestos con la mano para que me acercara. Le hice caso y caminé hacia él―. Dime, ¿qué ocurre?
―Eeeh… N-Necesito p-pedirte un favor.
―Miedo me das.
―Joder, ni que yo te pidiera muchas cosas.
―Precisamente. Normalmente lo que tú haces es exigir ―afirmó como quien no quiere la cosa. Gruñí e hinché las mejillas molesto por esa acusación gratuita (¡yo no exigía nada!) y lo miré con los ojos entrecerrados. Me ignoró―. Cuando vienes a pedirme favores de esta forma es porque se trata de algo gordo, de ahí mi temor. Aun así cuéntame, ¿qué es lo que quieres?
―P-Pues… e-es que voy a ir a Roma con Antonio y… y me gustaría que nos dejaras quedarnos en tu casa de allí.
―Espera, espera, espera ―dijo enarcando una ceja y levantándose―. ¿Cómo es eso de que vas a ir a Roma con Antonio? Será más bien que quieres ir, ¿no?
―No ―respondí despacio―. A ver, sí, sí que quiero ir, es obvio, pero me refiero a que voy… vamos a irnos a Roma, es un hecho. A final de mes.
―Qué raro ―se extrañó el abuelo―. Antonio no me ha comentado nada al respecto cuando he hablado con él.
―Claro, porque todavía no lo sabe.
―¡¿Cómo es posible que no lo sepa?!
―P-Porque soy yo el que lo está preparando y no le he dicho nada. Voy a darle una sorpresa por nuestro aniversario.
―Oh, así que una sorpresa, ¡qué bien! ―dijo mientras asentía ligeramente―. ¿Y cuánto tiempo pretendes que dure vuestra estancia en Roma?
―Pues… un mes, hasta finales de agosto.
―Vaya, ¡menudas vacaciones que os vais a pegar! ―exclamó el abuelo y sonrió de lado, me dio muy mala espina―. Y, sólo por curiosidad, ¿me puedes explicar qué pasa con tu trabajo? Que yo sepa no te he dado permiso para que faltes o te cojas unas vacaciones.
Maldita sea, ya sabía yo que el viejo me tenía que poner alguna pega.
El abuelo era mi jefe, o más bien el jefe de mi jefe, ya que el restaurante en el que trabajaba como camarero era de su propiedad. Realmente no me gustaba ese trabajo (servir a la gente con una sonrisa en la cara no es lo mío), pero me permitía ganar un dinerillo para mis gastos y lo podía compaginar sin problemas con mis estudios.
Joder, en ningún maldito momento se me pasó por la cabeza que mi trabajo supusiera un impedimento para largarme a Roma con mi novio, de hecho ni siquiera pensé en ello. Después de todo tampoco era un trabajo tan importante, en el restaurante podían pasar perfectamente sin mí.
Mi abuelo, en cambio, no parecía pensar igual que yo. Tenía el ceño fruncido y se mostraba muy serio, enfadado incluso. Tragué saliva con dificultad. Maldita sea, conseguir lo que quería me iba a costar mucho más de lo que esperaba en un principio, pero no por ello podía no intentarlo.
―B-Bueno, abuelo, t-tampoco es para tanto ―dije. Frunció el ceño todavía más―. P-Puedes darme permiso ahora ―sonreí nerviosamente, me estaba arriesgando mucho diciendo eso. Al viejo no pareció hacerle gracia―. D-De todas formas, e-en… en el restaurante se las pueden apañar bien sin mí, u-un camarero más que menos no supone mucho.
―¡Supone un desbarajuste!
―P-Pero de poca importancia…
―La importancia que tenga la decidiré yo ―declaró enfadado―. Además, dejando aparte lo del restaurante, hay otros asuntos para los que te necesito aquí.
―¡Oh, venga ya! ―dije molesto, estaba empezando a cabrearme―. Seguro que esos asuntos se pueden retrasar hasta que vuelva del viaje si es que de verdad es tan necesaria mi presencia.
―Sí, tienes que estar aquí. Y no, esos asuntos no se pueden retrasar.
―¡Pues entonces no cuentes conmigo!
―Te recuerdo que fuiste tú quien decidió por sí mismo que quería aprender y trabajar conmigo. ¡No trates de eludir tus responsabilidades, Lovino!
―¡Me importan una mierda mis malditas responsabilidades! ―grité―. Me da igual lo que digas, te guste o no, me voy a Roma con Antonio, así que ¡despídeme si quieres!
Salí del despacho de mi abuelo hecho una furia y me metí en mi habitación cerrando la puerta tras de mí con un buen y sonoro portazo que seguro resonó en todo el bloque.
Me dejé caer sobre la cama y descargué mi frustración a golpes contra la almohada, después hundí la cabeza en ella y la abracé con brazos y piernas. La había cagado de forma monumental con mi abuelo, mandando a la mierda cualquier posibilidad de que me dejara su casa y encima quedándome sin trabajo… ¡malditos sean mis malditos arrebatos!
En fin, no podía quedarme ahí tirado lamentando lo ocurrido, tenía que encontrar una alternativa para lo del alojamiento. Me llevé mi ordenador portátil a la cama y comencé a buscar por internet apartamentos de alquiler (los hoteles se salían desorbitadamente de mi presupuesto y los hostales y albergues no me parecían apropiados para hacer que nuestra estancia en la Ciudad Eterna resultara algo tan especial como yo quería).
Pasé media hora mirando páginas y páginas sin encontrar nada que me convenciera. Me estaba desesperando, ya me veía recurriendo a la última y más terrible opción de alojamiento que me quedaba… Cerré los ojos con fuerza y negué con la cabeza, ni siquiera quería pensar en ello.
Unos golpecitos en la puerta de mi habitación me distrajeron. No respondí, no estaba de humor para hablar con nadie. Mi abuelo entró igualmente.
―¿Qué quieres ahora? ―pregunté molesto sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador―. Si vienes para seguir dándome la tabarra con lo del trabajo, mejor ahórratelo porque no vas a conseguir que cambie de opinión.
―Tú siempre tan cabezota ―comentó en voz alta. Gruñí―. Desde luego, con esa actitud no me extraña que te echaran de esos quince restaurantes en los que trabajaste en Roma.
Permanecí callado, no respondería a sus malditas provocaciones.
―¿Qué estás haciendo?
―¿Tú qué crees? Busco un maldito alojamiento en Roma para mi viaje, ya que tú no vas a dejar que nos quedemos en tu casa de allí.
―¿Cuándo he dicho yo eso? Porque no recuerdo que haya salido de mi boca.
Aparté la mirada del ordenador y la dirigí a mi abuelo, que estaba apoyado contra el marco de la puerta, sonriendo y con un manojo de llaves tintineantes colgando de uno de sus dedos. Abrí los ojos ampliamente, sorprendido, y me puse de pie.
―¿Q-Quieres decir que... que me dejas… que nos dejas tu casa? ―pregunté nervioso.
―¿Tú qué crees? ―sonrió de lado.
Creo que mis ojos hicieron chiribitas de la ilusión mientras que una enorme sonrisa se me dibujó en la cara. Me acerqué al abuelo despacio y algo nervioso con la mano ligeramente extendida para coger las llaves, pero cuando me faltaban apenas un par de centímetros para tocarlas, el viejo las retiró hacia sí.
―Con una condición ―dijo recuperando la seriedad.
―¿Q-Qué…? ¿Qué condición?
―Que no podrás negarte a nada que te pida relacionado con el trabajo ―acercó las llaves y las retiró de nuevo en un movimiento rápido―. Absolutamente a nada, por más que te moleste o que no te guste. ¿Entendido?
Tragué saliva, había algo en su propuesta que me daba mala espina, pero... ¿cómo demonios podía no aceptar cuando me estaba ofreciendo lo que quería?
―Sí, abuelo. De acuerdo.
El abuelo sonrió y acercó el manojo de llaves hacia mí. Lo agarré, pero me detuve antes de quitárselo de la mano.
―Pero no me irás a pedir que me vuelva en mitad del mes a cuenta de esos asuntos que supuestamente no se pueden retrasar, ¿verdad?
―Tranquilo, no te pediré que interrumpas tu estancia en Roma por ninguna razón.
―Y… ¿sigo conservando mi trabajo en el restaurante?
―En ningún momento he dicho que te fuera a despedir. Pero tendrás que ir a trabajar todos los días hasta que te marches, sin excusas.
―Excepto el lunes de mi aniversario ―intervine rápidamente. El abuelo frunció el ceño―. Ya me lo diste libre.
Le aguanté la mirada durante unos segundos hasta que finalmente relajó el gesto.
―Sólo por eso te vas a escapar.
―Grazie mille, nonno! ―exclamé mientras me lanzaba a abrazar a mi abuelo, que me estrechó con fuerza entre sus brazos.
Al separarnos, me hizo entrega en mano de las llaves de su casa de Roma y me revolvió el pelo con cariño antes de marcharse de mi habitación.
No pude reprimir un grito de júbilo. Tenía alojamiento en Roma, ¡lo había conseguido!
A partir de ese momento lo único que me quedaba era esperar a que llegara el día de mi aniversario con Antonio para sorprenderlo con lo de la cena y el viaje. Estaba deseando ver la cara que pondría.
No podía ocultarlo, estaba impaciente.
Hasta aquí el capi. Espero que os haya gustado :D
Muchas gracias a todos por leer, por vuestros favs, follows y reviews, ¡menuda acogida le habéis dado a esta historia! Un millón de gracias por ello.
Y lamento haber tardado en actualizar, tengo muy poco tiempo, pero siempre trato de sacar un ratito para escribir y hacerlo lo más rápido posible.
Respondiendo a reviews sin cuenta:
-Cheeto: Me alegro de que te diera tanta emoción encontrarte con esta historia en cuanto te arreglaron el internet :D Sí, hay una peli que se llama "Vacaciones en Roma", pero salvo por la localización, esta historia no tiene nada que ver con la peli, ninguno es una princesa o un periodista XD ¡Muchísimas gracias por tu review!
¡Hasta pronto!
