Disclaimer: Hetalia y sus personajes (que esta semana cumplieron 10 años, ¡felicidades!) no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.

Por cierto, antes de nada, agradecer a fallbluee el genial fanart que me hizo de "Una casa de locos".Para los que lo queráis ver lo podéis encontrar aquí (sin espacios): fallbluee . tumblr post / 145487955122

¡Y ahora al capi!


Capítulo 3: Sorpresa

Conforme se acercaba la fecha del aniversario me iba poniendo cada vez más nervioso. No era para menos. Por una parte me sentía ansioso por darle a Antonio la sorpresa que le había preparado, seguro que conseguiría dejarlo sin palabras (algo digno de mención dado que el bastardo no se calla ni debajo del agua); pero por otra parte temía que se me chafara el plan debido a que mi novio sospechara algo (lo cual resultaba poco probable dado el enorme despiste que suele acompañarlo) o de que sus amigotes se fueran de la lengua.

Sin duda, la posibilidad de que ese par de idiotas de Gilbert y Francis se lo contaran todo a Antonio era lo que me ponía más nervioso. No me terminaba de fiar de esos dos por mucho que me aseguraran que guardarían el secreto mientras me comportara más amablemente con ellos. Los muy cabrones se estaban aprovechando de la situación de lo lindo.

Como si no tuviera suficiente con soportarlos cada vez que me los cruzaba en las escaleras y rellanos de nuestro edificio, al macho albino y al gabacho pervertido no se les ocurrió otra cosa mejor que venir a molestarme al restaurante del abuelo durante mi turno de trabajo. Obviamente pidieron que les atendiera yo y se pasaron toda la velada llamándome para decirme chorradas que nada tenían que ver con sus respectivas cenas, estaban comenzando a cabrearme. Tuve que hacer un esfuerzo enorme por morderme la lengua.

Pero cuando no pude seguir conteniéndome más fue al llevarles la cuenta, ya que me hicieron una petición inverosímil.

―¿Que queréis que QUÉ?

―Lo que has oído, chaval, que nos invites a la cena. Qué menos como pago por el asombroso favor que te estamos haciendo, ¿no te parece?

―Me parece que sois unos malditos bastardos aprovechados.

―Oh, petit, esas son palabras muy feas para dirigirlas a un par de buenos amigos que te están brindando su ayuda y guardándote un secreto. ¿Qué crees que opinaría notre cher ami Antoine sobre esto?

―Estoy seguro de que compartiría nuestra opinión ―respondió el patatero―. Vamos a llamarlo y a contárselo todo para comprobarlo.

El macho albino se sacó el teléfono móvil del bolsillo del pantalón, toqueteó la pantalla y se lo llevó a la oreja. Una pérfida sonrisa se dibujó en sus labios. Tragué saliva nervioso, no me creía que ese maldito bastardo patatero estuviese llamando a Antonio, seguro que se estaba tirando un farol.

―¡Hey, Toño!

O quizás no era un farol.

―Verás, es que Fran y mi asombrosa persona necesitamos tu opinión sobre un pequeño asunto que estamos aquí discutiendo con tu queri…

Con un movimiento rápido y brusco le quité el móvil de la mano al macho albino. La imagen de Antonio aparecía en la pantalla del teléfono y su voz salía por el auricular diciendo el nombre del patatero con cierto toque de confusión. Corté la llamada inmediatamente.

―Vaya, petit, ¿eso significa que vas a concedernos lo que te hemos pedido?

―¡Por supuesto que…!

El móvil comenzó a sonar con una estridente música en mis manos. La imagen de mi novio aparecía de nuevo en la pantalla, así como su nombre. Me puse nervioso y no atinaba a cortar la llamada.

Al igual que hice yo minutos antes, el macho albino me arrebató el móvil de las manos. Descolgó y activó el manos libres, alejando lo máximo posible el teléfono y estirando el otro brazo hacia mí para impedir que me acercara.

―¿Gil? ¿Hola? ―decía mi novio con voz preocupada a través del teléfono―. ¿Estás ahí?

Oui, mon ami, está aquí. Y yo también.

―¡Hola, Francis! ―saludó alegremente Antonio―. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha cortado antes la llamada?

―Es que he tenido un pequeño problema con el móvil ―respondió el patatero―, nada importante.

―Aaam, vale ―se rio Antonio―. Joder, me habías asustado. ¿Y para qué me llamabas?

―Tenemos que hablar contigo, mon ami.

―¿De qué?

―Pues resulta que Francis y yo queríamos comentarte que…

―¡Vale! Vale, vale, vale ―cedí nervioso antes de que el macho albino continuara hablando―. La cena corre de mi cuenta.

El patatero y el gabacho sonrieron satisfechos.

―¿Ese que acabo de escuchar era Lovi? ―inquirió Antonio. Me tapé la boca con ambas manos, me entró el pánico―. ¿Está con vosotros?

―¿Qué demonios iba a estar haciendo el chaval con nosotros?

―Menudas ocurrencias tienes, mon ami.

―Desde luego, tío, estás obsesionado con tu amorcito. No puedes dejar de pensar en él ni cinco minutos.

―Es que me ha parecido escucharlo…

―Imaginaciones tuyas, cher.

―Si vosotros lo decís ―Antonio sonó conforme. Increíble, ese par de bastardos lo habían convencido de que no me había escuchado. Suspiré aliviado―. Por cierto, ¿de qué se suponía que teníais que hablar conmigo?

―De ir a tomar unas copas a ese nuevo bar que han abierto cerca del ayuntamiento ―respondió rápidamente Gilbert.

―¿Y para eso hacía falta tanto misterio?

Hon hon hon… así hacemos que parezca más interesante.

―Bueno, queremos conocer tu opinión, ¿qué te parece el sitio?

―Supongo que está bien.

―Genial. Pues allí te esperamos. No tardes.

El macho albino cortó la llamada y se metió el móvil en el bolsillo mientras se ponía en pie. El francés también se levantó de la silla.

Merci beaucoup por la cena, petit. Estaba todo delicioso.

―Sí, chaval, un detalle increíblemente amable de tu parte al invitarnos ―dijo el patatero dándome unas palmaditas en el hombro. Gruñí, encima me venía con cachondeo―. Y felicita a mi asombroso cuñadito por la estupenda cena que nos ha preparado.

―Y quédate tranquilo, mon petit, seguiremos guardando tu secreto.

El francés me guiñó un ojo y me dio una palmadita en el culo al pasar por mi lado mientras se dirigía con el patatero hacia la salida.

Me fui a la cocina a grandes zancadas y estampé mi bandeja de metal contra una de las encimeras, descargando parte del cabreo que me habían provocado aquellos dos bastardos idiotas amigos de mi novio y haciendo que todos los allí presentes dieran un bote del susto.

F-Fratello? ―me llamó mi hermano temeroso acercándose a mí despacio―. ¿Q-Qué ha ocurrido?

―N-Nada, Feliciano ―respondí tratando de recuperar la calma. No podía contarle lo de mi acuerdo con esos dos imbéciles―. Sólo un par de clientes molestos que me han sacado de quicio, pero ya se han ido.

Por desgracia para mí, aquella no sería la única noche que tendría que soportar al patatero y al gabacho en el restaurante, se presentaron de nuevo al día siguiente para cenar, sólo que en dicha ocasión vinieron acompañados por mi novio.

Me quedé totalmente petrificado al encontrármelos a los tres allí sentados. Antonio me saludaba animadamente con una mano mientras los otros dos sonreían maliciosamente.

―Joder, ¿es que no hay más restaurantes en toda la ciudad a los que podáis ir?

―Montones, pero en ninguno nos dan un trato tan genial como el que recibimos aquí.

―Sobre todo en nuestras últimas visitas, petit.

Sutil la forma de ambos de referirse a su cena gratuita a mi costa del día anterior. Los miré con odio.

―Además tú no estás en ninguno de esos otros restaurantes, Lovi ―dijo Antonio envolviendo mi cintura con su brazo―. Y yo tenía ganas de verte un rato.

―Hemos pasado la tarde juntos, bastardo.

―¿Y qué? No por eso tenía menos ganas de verte.

Antonio me apretó contra él. Le dejé que lo hiciera durante unos segundos, luego me aparté ligeramente y saqué la libreta para tomarles nota de su cena.

―Dile a mi asombroso cuñadito que me prepare…

―Tu cuñadito tiene la noche libre ―informé al patatero―. Está de celebración con el patat… con tu queridísimo hermano por su aniversario.

―Ah, sí… West lleva todo el día como un flan. Cualquiera diría que iba a pedirle salir a Feliciano por primera vez en lugar de celebrar su aniversario.

Mon Dieu, me resulta difícil de imaginar teniendo en cuenta lo intimidante que parece…

―Desde luego… Por cierto, hablando de aniversarios, ¿os he comentado que dentro de dos días es el mío con Lovi?

El gabacho y el patatero rodaron los ojos con hastío.

Oui, mon ami, algo nos has dicho.

―Lo has repetido tantas veces que ya he perdido la cuenta, y eso que el asombroso yo nunca se pierde con los números.

―Es que me hace mucha ilusión ―replicó Antonio sonriendo ampliamente―. Lovi se encarga de la celebración este año, pero no quiere decirme ni una sola palabra de lo que está preparando.

―Ya te enterarás el lunes ―respondí. El francés y el macho albino estaban demasiado sonrientes para mi gusto. Debía cambiar de tema cuanto antes―. Y ahora, si sois tan amables, ¿me decís ya lo que vais a pedir? Tengo otras mesas que atender.

Por increíble que parezca, a pesar de la presencia de mi novio y sus dos amigos en el restaurante, la noche transcurrió con bastante tranquilidad, ya que no me llamaron para molestarme con sus estupideces como en otras ocasiones. No obstante, seguían sin gustarme las malditas sonrisitas que me dedicaban el macho albino y el francés cada vez que pasaba cerca de su mesa, sospechaba que tramaban algo.

De hecho, al poco de que terminaran de comer, el patatero se levantó de la mesa y vino hacia mí con esa sonrisilla que no me hacía presagiar nada bueno, me puso una mano en el hombro y me condujo hacia la barra.

―Bueno, chaval, se supone que mi asombrosa persona ha venido a pedirte la cuenta y pagarte, pero tanto Francis como yo sabemos que nos harás el favor de encargarte de ello igual que hiciste ayer, así que…

―¿QUÉ? ―sabía que algo se traían entre manos esos dos―. ¿Pero qué demonios os creéis vosotros que soy?

―¿El novio del amigo al que le estamos ocultando un secreto que se moriría por saber? Pero si lo que quieres es que le contemos a Antonio lo que estás preparando no tienes más que decirlo, no nos gusta esconderle nada a nuestro querido amigo ―se dio la vuelta hacia la mesa―. ¡Oye, Toño! Escucha lo que el asombroso yo tiene que contarte.

Me los puso de corbata.

Agarré al patatero del brazo antes de que se acercara más a los otros dos.

―¡Vale! ―dije entre dientes y en voz baja para que sólo él pudiera oírlo―. Pagaré vuestra maldita cena.

―Pero qué asombrosamente amable eres, chaval.

―¿Qué pasa, Gil? ―preguntó Antonio.

―Que tu amorcito dice que nos invita a unos chupitos de limoncello ―se inventó el patatero. Ahora encima tenía que invitarles a chupitos―. Qué buen novio te has buscado.

Después de llevarles los chupitos y negarme varias veces a tomarme uno con ellos, me refugié en la cocina para hacer tiempo hasta que Antonio y sus dos malditos amigos se marcharan.

―Oye, Lovi ―me llamó Antonio a través de la salida lateral hacia el oscuro callejón. Caminé hacia allí―. Gil, Fran y yo vamos a ir a tomarnos unas copas a un pub en el centro, ¿te apuntas cuando termines aquí?

―No, hoy paso.

En una situación normal me habría ido con ellos al salir, pero pasaba de aguantar al patatero y al gabacho extorsionándome y amenazándome con contarle a Antonio lo que estaba preparando para nuestro aniversario. Prefería ahorrarme el mal rato, aunque no dejara de pensar que esos dos podrían irse de la lengua. Ya les haría pagar por todo a los muy cabrones.

Antonio hizo un pucherito.

―Venga, Lovi, anímate y vente con nosotros luego.

―Te he dicho que no, Antonio. No me apetece, así que no insistas, pesado.

Sabiendo que mi novio no dejaría de insistir, me di media vuelta dispuesto a regresar al trabajo. Antonio me agarró del brazo y me atrajo hacia él.

―Por lo menos vamos a darnos un besito de buenas noches, ¿no? ―dijo con voz profunda y sensual sonriendo un poco de lado―. Que ya no nos vemos hasta mañana.

Gruñí y rodé los ojos con hastío, pero llevé mis labios hacia los suyos y le planté un buen beso. Antonio aprovechó para intensificarlo, impidiendo que me separara por mucho que quisiera, aunque sólo lo intenté una vez antes de rendirme y dejarme llevar.

―¡Venga, Toño! ―gritó el bastardo patatero desde la calle―. Deja los arrumacos para luego, que ya tendréis tiempo más tarde para besuquearos y poneros bien a tono todo lo que os dé la gana.

Antonio y yo rompimos el beso, él riéndose, yo cabreado.

―Mira que llegas a ser corta puntos, mon ami ―escuché decir al francés.

―Ambos sabemos que como Toño se enganche con su amorcito cualquiera lo despega para irnos ―le respondió el alemán―. ¡Venga ya, coño! Dale un magreo rapidito y vámonos de una vez.

―¡Maldito patatero del demonio!

―No te sulfures, Lovi, ya sabes cómo son.

―Sí, idiotas.

Me crucé de brazos, molesto. Antonio se rio de nuevo y me besó suavemente en los labios.

―Mañana nos vemos, mi amor.

Antonio se separó de mí y se reunió con sus estúpidos amigos, que me hicieron guiños y me tiraron besos a espaldas de mi novio conforme se alejaban. Mucho cachondeito se traían esos dos imbéciles, suerte que me quedaba poco tiempo que soportar esa situación antes del aniversario. Sólo un maldito día.

Era precisamente en ese día cuando iba a concretar con ellos cuándo y cómo tendrían que actuar para mantener a Antonio alejado al día siguiente. Pretendía discutir el asunto antes del almuerzo semanal con los inquilinos del bloque, el patatero albino y el gabacho pervertido solían ser de los primeros en llegar.

No obstante, aquel día ya nos encontrábamos todos los comensales sentados a la mesa excepto ellos dos y Antonio, que era a quien le tocaba preparar el almuerzo y llegaba tarde como siempre.

Aparecieron los tres juntos cargados con la comida. Nos íbamos a poner las botas: Antonio venía con una enorme paella en las manos, Francis traía varias tortillas de patatas apiladas y Gilbert dos fuentes, una con gazpacho fresquito y otra con picadillo andaluz; menos mal que habíamos dejado la puerta de casa abierta, si no les habría sido casi imposible llamar.

―¡Menudo festín que nos has preparado, Toño! ―dijo el abuelo.

―No quiero que nadie se quede con hambre.

―Vee~… Tiene todo una pinta deliciosa.

―Especialmente la tortilla de patatas, ¿verdad, Lovinito? ―me picó el macho albino.

―No ―respondí echándole una mirada asesina―. Tiene patatas.

―¡Pero si a ti te encanta, Lovi! ―saltó Antonio―. Desde que la probaste siempre te la has comido sin quejarte...

―¿Te quieres ca-…?

―¿Eso significa que te vas a comer las patatas que West y yo cocinemos la próxima vez que nos toque preparar el almuerzo semanal?

―Ni loco pruebo yo esa porqu-… ―me callé porque el macho albino estaba sonriendo de esa forma que no me inspiraba nada bueno y decidí rectificar―… ¡esa comida! La tortilla es… diferente, no solamente lleva esos malditos... tubérculos, tiene más cosas. ¡Y no intentéis convencerme de que no es así porque no lo conseguiréis!

Ahí finalizó la conversación para mí, ya que dejé de prestarle atención. Me serví un buen vaso de gazpacho fresquito y me aparté en mi plato un poco de todo (sí, también un trozo de tortilla porque la que prepara Antonio está deliciosa a pesar de las patatas) y me centré en comer ignorándolo todo a mi alrededor, especialmente a los dos bastardos que trataban de provocarme todo el rato.

No obstante, cuando terminamos de almorzar y la mayoría de los vecinos se marcharon, aproveché que mi hermano, su patatero novio y Antonio se metieron en la cocina mientras recogían la mesa para salir detrás del macho albino y el francés. Iban por la mitad del primer tramo de escaleras cuando los llamé. Eli y el cejas también se detuvieron, pero retomaron su camino escaleras abajo (aunque Eli se mostró reticente) por petición de sus parejas, que se dieron la vuelta y subieron hasta el rellano donde yo me encontraba.

―¿Qué te ocurre, petit? ¿Te has quedado con hambre y vienes a pedirnos que te preparemos algo de postre?

―Sabéis bien para lo que os quiero. Tenemos que hablar de lo de mañana y acordar…

―Para, petit ―me cortó el francés―. Ahora estamos un poco aletargados por el festín que nos ha dado notre cher Toni, no nos vamos a enterar bien.

―Yo sí porque soy asombroso, pero eso es cosa de los dos, así que mejor nos lo cuentas todo esta noche después de la cena a la que tan amablemente nos vas a invitar.

El patatero albino me dio unas palmaditas en la espalda y se largó escaleras abajo junto al gabacho pervertido, ¡cómo odiaba a esos dos malditos bastardos! Encima también me tocaría soportarlos e invitarlos una maldita noche más.

Gruñendo de frustración, me metí en casa cabreado y cerré de un sonoro portazo.

―¡Te pillé!

―¡CHIGIIIIIII! ―grité del susto.

Antonio se encontraba a mi espalda con los brazos en jarras y cara seria. ¿Me… Me había descubierto? ¿Acaso se había enterado de lo que le estaba preparando a pesar de los dolores de cabeza y todos mis esfuerzos por mantenerlo en secreto?

―¿Q-Qué…? ―pregunté inseguro y nervioso―. ¿D-De… De qué hablas?

―No intentes disimular, Lovi, te he pillado ―tragué saliva con dificultad―. Querías escaquearte de ayudar a recoger la mesa y limpiar los platos, ¿eh?

Me quedé sin palabras. Joder, por un momento pensé que mi novio había descubierto que iba a darle una sorpresa por nuestro aniversario. En cambio, me hablaba de un intento de escaqueo, ¡qué alivio sentí! Era mejor seguirle la corriente, tenía que pensar en algo rápido.

―E-Es que… es que está a punto de empezar en la tele una nueva serie que quiero ver ―dije acordándome de un anuncio que vi días atrás―. Es italiana.

―No te inventes excusas, Lovi, que ya nos conocemos.

―¡N-No es una excusa, bastado! ―repliqué―. Mi abuelo y mi hermano también la quieren ver. ¡Feliciano!

Mi hermano acudió a mi llamada rápidamente, con el delantal puesto y secándose las manos con un trapo de cocina. El macho patatas, también con un delantal, lo siguió como un perrito faldero.

―Vee~… ¿Qué pasa, fratello?

―¿A que hoy empieza esa nueva serie italiana en la tele?

Feliciano abrió mucho los ojos dejando caer el trapo al suelo.

―¡¿La de la señorita Leone?! ¡¿Es hoy?! ―gritó emocionado, era muy fan de la protagonista―. Oddio! ¡No me acordaba! Espero que aún no haya empezado.

Echó a correr hacia el salón, pero el patatero lo agarró por la parte de atrás del delantal y lo detuvo.

―Espera, Feliciano. Hay que terminar de recoger y limpiar los platos.

―Vee~… Luddy, los platos pueden esperar. Esto no.

Joder, mi hermano se había puesto serio, ¡qué raro!

Dando un suspiro de resignación, el patatero dejó ir a Feliciano, que de nuevo echó a correr hacia el salón. Lo escuchamos dar un grito de júbilo y nos llamó a los tres y al abuelo para que viésemos la serie con él. El macho patatas se nos adelantó mientras negaba con la cabeza.

―¿Ves como no era una excusa, bastardo?

―Lo parecía ―replicó Antonio sonriendo, lo miré mal―. Anda, vamos antes de que te pierdas el comienzo de la serie.

Me echó el brazo por encima de los hombros y nos dispusimos a pasar una tranquila tarde.


Desperté el lunes por la mañana envuelto por el tostado brazo de Antonio, que me abrazaba por la espalda y me daba suaves besos en la nuca que me hacían cosquillas. Me giré hacia él, sorprendiéndome al ver que estaba completamente vestido. Me dirigió una sonrisa a la que siguió un beso en los labios.

―Feliz aniversario, mi amor.

Antes de que pudiera responderle, se incorporó y cogió de encima de su mesilla de noche una bandeja con café, tostadas untadas de mermelada de fresa, galletas y un clavel rojo que reposaba sobre la servilleta.

―¡Te he preparado el desayuno!

―Ya lo veo ―dije mientras me incorporaba sobre el respaldo de la cama para quedar sentado. Antonio colocó la bandeja sobre mis piernas―. Pero te dije que yo me encargaría de…

―De preparar la celebración ―me interrumpió―. Esto sólo es un detallito, ¿acaso no te gusta?

―C-Claro que sí, idiota ―me sonrojé ligeramente y traté de disimularlo llevándome una tostada a la boca―. G-Gracias.

―Me alegro de que te guste ―sonrió ampliamente―. Vaya, tengo que irme prácticamente ya ―se quejó mirando la hora en el reloj de su mesilla―. Podrías venirte a pasar la mañana conmigo en la guarde ahora que hay pocos niños.

―Aunque quisiera, que no es el caso, tengo clase con Roderich, así que no vayas a ponerte pesado insistiendo y lárgate ya con tus monstruitos.

―¡No los llames monstruitos, Lovi!

Rodé los ojos e ignoré su reproche cambiando de tema.

―Vas a llegar tarde, bastardo.

―No pasa nada, soy el jefe.

―Eso no es excusa ―repliqué―. Seguro que a las mamaitas de los criajos les hace mucha gracia quedarse esperando en la puerta a que tú llegues.

―Vaaale, tienes razón.

―Ah, por cierto, procura ser puntual esta tarde ―le advertí―. Te recuerdo que tienes que pasar por casa a recogerme a las ocho y media. Como no vengas me largo, capisci?

Capito, capito ―se burló―. Seré puntual como un reloj.

―Más te vale.

Asintió repetidas veces y acercó su cara a la mía.

―Me muero por descubrir lo que tienes preparado ―me dijo cerca del oído.

Me dio un beso como despedida y se marchó al trabajo.

Yo no tardé en marcharme también. Tenía que acudir a clase de violín con el estirado de Roderich, un estricto músico austriaco de pelo oscuro y ojos violetas adornados por unas gafas cuadradas, que aquel día me echó un buen broncazo por estar distraído durante la lección, le daban igual los motivos. Joder, ¡no pude evitarlo! Estaba nervioso porque mi plan para mantener a Antonio alejado de casa durante toda la tarde no tardaría en iniciarse.

Lilly sería quien lo pondría en marcha (gran ventaja el hecho de que tu mejor amiga trabaje con tu novio): se encargaría de mantener a Antonio entretenido en la guardería hasta que los idiotas del macho albino y el gabacho pervertido se pasaran por allí.

Confiaba plenamente en que Lilly haría su parte sin problemas, me había comentado que pensaba montar un pequeño caos a última hora, aunque no concretó en qué consistiría.

Por otra parte, de los amigos de mi novio no me fiaba ni un pelo. Su tarea consistía en entretener a Antonio y mantenerlo alejado de casa hasta pasadas las ocho y media de la tarde (precisamente la hora a la que había quedado con él, era parte del plan que Antonio llegara tarde a nuestra cita), pero no quisieron escuchar sugerencias de mi parte y se negaron a darme detalles sobre lo que pensaban hacer.

Maldita sea, no podía quedarme sin saber lo que se les había ocurrido y si todo iba bien, así que a media tarde llamé por teléfono al macho albino para que me informara.

―¡Hey, marimacho! ―respondió Gilbert. Me quedé un tanto descolocado hasta que me di cuenta de que lo dijo para disimular―. ¿Tan temprano y ya echas de menos al asombroso yo? ¿Qué ocurre?

―¿Cómo va todo, patat-... Gilbert? ¿Habéis conseguido mantener a Antonio ocupado con algo?

―Pues... tú sabes, puede que tarde un poco en volver hoy. Es que resulta que Francis ha tenido una bronca enorme con su querido cejitas del alma, que por lo visto se ha largado, así que Toño y yo, como los increíbles amigos que somos, estamos en un bar consolándolo.

―¡No contesta al teléfono! ―escuché al gabacho sollozar―. Seguro que está montado en un avión de camino a esa sombría y lluviosa Inglaterra.

―O simplemente tiene el móvil apagado, Francis ―habló Antonio―. Ya verás que está en casa cuando volvamos o que no tarda en aparecer. Sus cosas están allí.

Y el inglés también estaba, me lo crucé en las escaleras al volver de clase de música. Me daba cuenta perfectamente del teatro que habían montado esos dos.

―¡Nooo! ―sollozó de nuevo el francés―. Quedarme en casa esperando a que aparezca es muy deprimente.

―Vale ―le dije al patatero―, ya he pillado lo que estáis haciendo.

―Es que a ti no se te escapa una, marimacho.

―Sí, sí, buen trabajo. Avísame cuando Antonio venga de camino.

Finalizada la llamada, me dispuse a preparar la celebración.

Cogí prestada disimuladamente la copia de las llaves del piso de Antonio que mi abuelo guardaba y bajé al apartamento cargado de bolsas con todo lo que necesitaba para hacer la cena y ambientar el lugar.

Primero me ocupé de dejar lista la cena, dado que era lo que más tiempo requería. A continuación me dediqué a colocar velas por todo el salón, y por último puse la mesa y la adorné en el centro con un pequeño jarrón con una rosa roja. No podría haberme quedado más perfecto.

Subí a casa para arreglarme y regresé al apartamento de Antonio a esperar que apareciera. No tardé en recibir un mensaje de parte del patatero informándome de que mi novio estaba de camino y que decía: "Chaval, no hemos podido retener más tiempo a tu amorcito, estaba desesperado por irse contigo. ¡Que paséis una noche tan asombrosa como yo!".

De pronto me sentí nervioso. Joder, me daba la impresión de que me había dejado algo por hacer. Miré alrededor ligeramente preocupado de que me faltaba algo, pero no me di cuenta de lo que era hasta que fijé la vista en la mesa puesta: las velas no estaban encendidas.

Corrí a la cocina en busca de un mechero. Había utilizado uno para encender los fogones al cocinar, así que no podía andar muy lejos. La música de mi móvil me distrajo, Antonio me estaba llamando, pero no respondí sino que lo dejé sonar. Llamó de nuevo y lo ignoré, tenía que centrarme en encontrar el maldito mechero. Tardé varios minutos en dar con él y eso que estaba bien a la vista sobre la encimera, malditos nervios.

La iluminación de las velas consiguió darle el toque que le faltaba al salón creando un ambiente romántico y acogedor. ¡Ya estaba todo listo!

El sonido del enorme portón del edificio cerrándose me distrajo. Me asomé con disimulo a la ventana y vi a Antonio atravesar corriendo el patio con un ramo de flores rojas en la mano. Se notaba que iba con prisa, tanto que incluso pasó de largo por delante de la puerta de su apartamento y subió directamente a mi casa, obviamente sin saber que yo no me encontraba allí.

Unos minutos después mi móvil comenzó a sonar, era Antonio de nuevo. Corté la llamada de inmediato.

―¡Aaagh! ―escuché a mi novio gritar de frustración en el rellano―. ¡No me cuelgues, maldita sea!

Llamó otra vez y volví a cortar su llamada. Una nueva maldición resonó en el rellano, me costaba mantener la risa.

Al escuchar el sonido de las llaves metiéndose en la cerradura, me acerqué a la puerta y la abrí con brusquedad, tratando de mantener un gesto serio.

―¡Llegas tarde, bastardo!

Antonio se quedó inmóvil con un brazo estirado hacia adelante, un ramo de rosas en el otro y un claro gesto de desconcierto dibujado en la cara.

―¿L-Lovi…? ―preguntó extrañado, sin moverse.

Dado que Antonio no atinaba a reaccionar, lo agarré de la camiseta y tiré de él hacia adentro, dándole un buen beso que lo hizo salir del trance.

―Feliz aniversario, bastardo.

―Igualmente, mi amor ―respondió sonriendo―. ¿Por qué no me dijiste que estarías aquí? ―la pregunta estúpida del día―. Creí que querías que pasara a recogerte para ir a algún sitio a cenar. Casi me da algo cuando he subido a tu casa y Feli me ha dicho que no estabas. Y encima no respondías y me cortabas las llamadas. Pensaba que te habías cabreado conmigo por llegar tarde y me habías dejado plantado. ¡Menudo susto me he llevado!

―Todo era parte del plan para darte una sorpresa, idiota. Incluso que te pasaras el día por ahí y llegaras tarde.

―Entonces los chicos…

―Sí, estaban metidos en el ajo. Y Lilly también ―abrió la boca con sorpresa―. Eso sí, por mucho que me hayan ayudado con esto, tus amigos son unos cabrones.

―¿Me lo dices o me lo cuentas?

Nos echamos a reír, por lo menos mi novio era consciente del tipo de amigos que tenía.

―Por cierto, Lovi, esto es para ti.

Me entregó el ramo de rosas que increíblemente, a pesar de haberlo traído mientras corría, no mostraba ningún desperfecto.

―G-Gracias ―cogí el ramo con sumo cuidado―. S-Siéntate, voy a servir la cena.

―¿Te importa si antes me doy una duchita rápida? Es que vengo hecho un asco.

No podía negarlo, el aspecto de Antonio no era precisamente el mejor: estaba empapado en sudor y tenía manchas de pintura de colores por toda la ropa e incluso por los brazos.

―Vale, te doy diez minutos. Pero procura vestirte decentemente y no como de costumbre.

―Para el tiempo que me va a durar la ropa puesta…

El tono provocativo con el que habló y sus malditas insinuaciones me hicieron sonrojar. Le di un tortazo en el culo para meterle prisa. Antonio se rio, me dio un beso en la mejilla y salió corriendo felizmente hacia el pasillo.

Mientras se duchaba, puse las flores en un jarrón con agua, calenté el plato principal y serví la comida: ensalada caprese y bucatini all'amatriciana. Estaba llenando de vino un par de copas cuando Antonio me abrazó por detrás de improviso.

―Así que lambrusco, ¿eh? ―se refería al vino―. Sabes que me encanta y también que se me sube muy rápido, ¿acaso pretendes emborracharme?

―No lo descarto.

―Qué sinvergüenza ―se rio en mi cuello haciéndome cosquillas―. Mmm… Eso que has preparado huele que alimenta. Estoy deseando probarlo.

―Pues no te quedes ahí. Siéntate.

―Brindemos primero.

Se quitó de mi espalda y cogió las dos copas de vino de la mesa, entregándome una.

―Por nosotros ―elevamos las copas― y por muchos más años igual de maravillosos a tu lado, Lovi.

Me sonrojé por culpa de sus palabras y traté de disimularlo desviando la mirada hacia el suelo y acercando mi copa a la suya, las chocamos y bebimos un sorbo de vino.

Durante la cena, Antonio no paró de elogiar la comida que le había preparado y me contó cómo había transcurrido su día tanto con sus amigos como en la guardería (el follón que Lilly montó consistió en hacer que los críos derramaran témperas de colores y pintaran por todas partes, Antonio incluido; luego les tocó limpiarlo todo a ellos dos… le debía un favor enorme a mi amiga).

Con el postre, aparte del tiramisú, llegaba el plato fuerte de la noche. Tenía los billetes de avión metidos en un sobre que llevé a la mesa junto con el dulce sin que Antonio se diera cuenta y que escondí disimuladamente debajo de mi servilleta. Era el momento de darle la gran sorpresa. Joder, me estaba poniendo nervioso.

―O-oye, Antonio, ¿q-qué te ha parecido la celebración que he preparado?

―Fantástica, mi amor ―me tomó la mano y la besó―. Muchísimo mejor de lo que me esperaba.

―¿Y qué me dirías si te dijera que nuestra celebración no ha hecho más que comenzar?

―Ay, Lovi ―sonrió de lado y guiñó un ojo―, eso ya me lo imaginaba, picarón.

―¡No me refería a eso, bastardo pervertido! Sino a que la celebración de nuestro aniversario no se limite a hoy.

―¿E-Eh? ―me miró confuso―. ¿Quieres…? ¿Quieres que mañana volvamos a celebrarlo?

―No, no quiero que volvamos a celebrarlo.

―¿Entonces?

―Quiero que SIGAMOS celebrándolo ―le entregué el sobre con los billetes de avión, los sacó intrigado―… ¡yéndonos de viaje a Roma!

Antonio se quedó unos segundos con la vista clavada en los billetes que tenía entre las manos. Luego me miró a mí y a continuación otra vez a los billetes, y así varias veces mientras abría y cerraba la boca, incapaz de articular palabra. Sin duda había conseguido sorprender a mi novio dejándolo incluso sin habla, era todo un logro.

―Salimos este viernes por la tarde ―le expliqué―. Nos quedaremos allí todo el mes de agosto, mi abuelo nos ha dejado su casa ―sonreí orgulloso―. ¿Qué te parece?

―Lo-Lovi… E-Esto… Esto es… ¡MARAVILLOSO! ―gritó emocionado poniéndose de pie y sonriendo ampliamente, hasta los ojos le brillaban de ilusión―. Nos vamos de viaje juntos, ¡a Roma ni más ni menos! ¡Dios, no me lo esperaba para nada! ¿Cómo se te ha ocurrido? ¡Es fantástico!

―Sabía que te gustaría.

―¿Gustarme? No, qué va… ¡Me encanta! Y pensar que yo sólo te he comprado un simple ramo de flores ―su ánimo decayó un poco y tomó asiento―. ¡Soy un novio pésimo!

―¡No seas idiota, bastardo! Lo único pésimo es tu maldito estilo para vestir. Co-Como novio eres… estupendo, joder ―me sonrojé y giré avergonzado la cara hacia un lado―, habría que ser tonto para no darse cuenta, maldita sea… C-Cualquiera te querría a su lado…

―¡Oh, Lovi! ―prácticamente se tiró sobre la mesa, me agarró la cara obligándome a mirarlo y me besó apasionadamente. Había recuperado su entusiasmo―. Tú sí que eres un novio estupendo y el único al lado del que quiero estar.

―Bastardo sentimental ―dije con una sonrisilla y nos besamos de nuevo―. ¡Y que sepas que me han encantado las flores!

―¡Mejor! Pero no se pueden comparar ni de lejos con el viaje que has preparado.

―Es que no hay nada que comparar, bastardo, son cosas completamente distintas. Así que deja de darle vueltas.

―Vaaaale…

Antonio volvió a su silla y le echó un vistazo a los billetes de avión con una enorme sonrisa adornando su cara, parecía un crío al que le acababan de regalar el juguete que llevaba semanas pidiendo. Joder, su felicidad era contagiosa.

―¡Ay, Dios! Lo último que habría imaginado esta mañana al levantarme era que celebraríamos nuestro aniversario yéndonos de viaje a Roma ―comentó ilusionado dando botes en la silla―. ¡Es que estoy que casi no me lo creo, Lovi! Dentro de cuatro días a esta hora estaremos allí y…

De pronto, su sonrisa y la alegría que mostraba se desvanecieron.

―¿A-Antonio? ―dije inseguro―. ¿Qué te pasa?

―M-Me temo que… no... no puedo ir…

Mi gozo en un pozo.

―¡¿QUÉ?! ¡¿Q-Qué demonios es esa maldita mierda de que no puedes?!

―Es que hay un problema...

―¿Q-Qué problema?

―Verás, es que… No te enfades, por fa… ―me miró con ojos de cachorrito y un pucherito en los labios―. Ya sé que me vas a decir que soy un idiota despistado o que si no tuviera la cabeza pegada al cuello me la habría dejado en cualquier parte, pero es que… te juro que no tengo ni idea de lo que ha pasado… lo he buscado por todas partes… y no recuerdo que me hayan robado ni nada… y no hay citas…

―¡Antonio! ―lo interrumpí alzando la voz ligeramente cabreado―. No me estoy enterando de nada. ¿Quieres decirme de una puta vez cuál es el maldito problema tranquilamente y sin irte por las ramas?

―He… He perdido mi carnet de identidad ―dijo triste y con cara de culpabilidad, como si hubiera hecho algo malo―. No sé cómo lo he perdido, ni siquiera recuerdo haberlo sacado de mi cartera en los últimos meses, pero el otro día miré y no estaba, así que me puse a buscarlo por toda la casa, pero no di con él ¡y eso que lo revolví absolutamente todo! En fin, viendo que no lo encontraba decidí que lo mejor sería pedir una cita para renovarlo, ¡pero resulta que no hay números hasta mediados de agosto! Así que no puedo salir del país hasta entonces. Bueno, podría con el pasaporte, pero lo tengo caducado desde el año pasado…

Me dio la risa.

―¡Lovi! ¡Yo no le veo la gracia! ―se ofendió―. ¿Se puede saber de qué te ríes?

―De ti, que eres idiota ―respondí, Antonio frunció el ceño enfadado. Me puse en pie y bordeé la mesa acercándome a él mientras sacaba mi cartera del bolsillo y de ella su DNI. Me senté en su regazo―. Tu carnet lo tengo yo ―se lo devolví y se quedó con la boca abierta―. Te lo quité hace semanas para poder comprar los billetes de avión, idiota.

―Pues no me di ni cuenta.

―Ha quedado demostrado. No hace falta que lo jures.

―¡Entonces ya no hay ningún problema! ―exclamó entusiasmado―. ¡Nos vamos a Roma!

Antonio me apretó contra sí mientras me llenaba la cara de besos. No hice nada por apartarlo, estaba muy a gusto entre sus brazos, además de que me sentía exactamente igual de emocionado que él. Estaba deseando que llegara el viernes para que diera comienzo nuestro viaje, no me cabía la menor duda de que resultaría inolvidable. Pero bueno, aquel no era el momento de pensar en eso, Antonio y yo teníamos por delante una larga noche de celebración.


¡Espero que os haya gustado el capi!

¡Muchas gracias por vuestros reviews, favs y follows!

Y perdón por tardar en actualizar T_T.

Y ahora, respondiendo a los reviews sin cuenta:

-falbluee: gracias por tu review. Es una peli bastante entretenida. Muchas gracias por recomendar mi fic y por tu fantástico dibujo :D (eternamente agradecida). El abuelo es genial, es de mis personajes favoritos, en algo se tendrán que parecer ¿no? Pero sí, el abuelo sabe controlarse :P

-Hiika: Muchas gracias por tu review. Siento haberte hecho esperar tanto con este capi.

¡Hasta pronto!