Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 4: Benvenuti a Roma
Revisé mi equipaje una última vez antes de partir. Había hecho y deshecho las maletas tantas veces a lo largo de la mañana que no me podía quitar esa maldita sensación de que se me olvidaba algo, daba igual lo mucho que lo hubiera repasado todo. Supongo que era por culpa de los nervios del viaje. De hecho, no era más que eso, una sensación, pues llevaba absolutamente todo lo que necesitaba.
―Por Dios, Lovino, ¿todavía no has terminado de hacer el equipaje? ―me reprochó el abuelo asomándose a la puerta de mi habitación―. Coge lo que sea que te falte por coger y vámonos ya, que el aeropuerto no está aquí al lado precisamente.
Era el abuelo quien nos iba a llevar al aeropuerto.
―No me falta nada, joder. Es lo que estaba comprobando.
―¡Pues date prisa! ―me apremió―. Cierra las maletas ya y vámonos.
―Sí, sí…
El abuelo se fue por el pasillo antes de que me diera tiempo a hacer lo que me dijo, ya podría haberse esperado un par de segundos para ayudarme a cargar con el equipaje, joder, pesaba bastante.
Al ir hacia el salón, Feliciano me salió al paso y le encasqueté la maleta más grande, al menos que fuera de ayuda ya que se había empeñado en acompañarnos para despedirse de nosotros, como si no pudiera hacerlo allí en el bloque antes de que nos marchásemos.
―¡Venga, vamos! ―nos metió prisa el viejo―. Seguro que Antonio lleva un buen rato esperándonos abajo en el patio.
No era en el patio precisamente donde se encontraba Antonio y tampoco se podía decir que nos esperara, el muy bastardo se había quedado en la primera planta y estaba abrazado al pervertido del francés, que le manoseaba sin pudor la espalda y donde ésta perdía su nombre. Lo peor era que el idiota de Antonio no parecía percatarse del toqueteo de su amigo, ¡qué molesto!
―¡ESAS MANOS! ―grité cabreado agarrando al gabacho del brazo con fuerza y apartando su maldita mano del culo de mi novio.
El francés profirió un grito asustado. Se liberó de mi agarre con un movimiento brusco al tiempo que se separaba de Antonio, que se quedó algo aturdido ante el repentino cambio.
―Mon Dieu, petit, ¡casi me arrancas el brazo!
―¡Pues aprende a mantener tus malditas manos quietas, pervertido!
―Hon hon hon… Pero no te pongas celoso, sólo nos estábamos despidiendo.
―¡Yo no estoy celoso! ―repliqué―. ¿Y acaso anoche no os despedisteis lo suficiente?
―Vaya, vaya, ¿nos estabas espiando, petit?
―¡POR SUPUESTO QUE NO, BASTARDO!
Resultó que la noche anterior Antonio, el gabacho y el macho albino se fueron por ahí de copas para despedirse apropiadamente, y cuando regresaron ya bien entrada la madrugada me despertaron con el ruido que hicieron al cerrar el portón, así que me asomé a la ventana y vi que los tres se quedaron un buen rato en el patio dándose abrazos y diciéndose lo mucho que se echarían de menos, ¡joder, ni que nos fuéramos durante tanto tiempo! Aunque a esos dos idiotas amigos de mi novio debía parecerles una eternidad, ya que desde que Antonio les contó que nos íbamos de viaje no habían parado de acusarme de que los engañé al no contarles en qué consistía la auténtica sorpresa e insistían en decir que no me ayudaron para que los dejase sin Antonio un mes entero, ¡menudos exagerados!
―¡Cómo te gusta negar lo evidente, petit!
―¡Evidente una mierda! Y quítate de en medio ―aparté al francés de un empujón―, que tenemos prisa por llegar al aeropuerto.
Bajé hasta el patio seguido por los demás, incluido el gabacho, que aprovechó que estaba distraído para cogerme por banda y me estrechó entre sus brazos pese a mi disgusto. Por suerte Antonio le paró los pies antes de que me toqueteara más de la cuenta, aunque ello implicó que volvieran a abrazarse, incluso se llenaron la cara de besos el uno al otro.
―¡Cortad el rollo de una vez, fucking bastards! ―se me adelantó el cejón desde la ventana interrumpiendo tan emotiva despedida―. ¡No es necesario tanto paripé! Sólo se van durante un mes, no es tanto tiempo. ¡Cómo te gusta hacer drama por cualquier cosa, frog!
―Se nota que te conoce bien, Francis ―comentó mi abuelo.
―Pero no te pongas celoso, mon amour.
―¡Yo no estoy celoso! Y mucho menos por ti, wine bastard.
―Tú sabes muy bien que las despedidas que te doy son muchísimo más intensas.
―Lies! ―gritó el inglés sonrojado y se metió para adentro.
―Cómo le gusta negar lo evidente, igual que a notre petit Lovino.
―Lo único evidente es que tenemos que irnos si es que estos dos quieren llegar a tiempo para el avión ―dijo el abuelo―. Así que basta de entretenimientos, ¡andando!
Agarré a Antonio de la camiseta y tiré de él mientras caminábamos para que no volviera a entretenerse con el gabacho, que nos despidió deseándonos unas buenas vacaciones y agitando un pañuelo blanco conforme salíamos del edificio.
En cuestión de tres cuartos de hora más o menos llegamos al aeropuerto. El lugar estaba abarrotado de gente que iba y venía por todas partes, incluso en el mostrador de facturación al que debíamos dirigirnos había una fila enorme de gente, ¡qué agobio, joder!
Tras hacer cola durante unos veinte minutos y facturar el equipaje, llegó el momento de las despedidas. Feliciano se lanzó sobre mí y se me enganchó al cuello.
―Me estás asfixiando, idiota ―dije apartándolo un poco.
―Veee… Fratello, voy a echarte mucho de menos…
―No te pongas a exagerar igual que el pervertido del gabacho, Feliciano. Que sólo me voy un mes, no toda la vida.
―Ya, pero… te voy a extrañar. Nunca hemos estado tanto tiempo separados sin vernos…
―Siempre hay una primera vez para todo. Además, no es como si te fueras a quedar solo, joder, tienes a tu querido macho patatas para que te dé amor y compaña.
Me arrepentí de haber dicho esas palabras en el momento que salieron de mi boca, aquella imagen mental me provocaba náuseas. Feliciano puso una cara muy rara.
―S-Sí… ¡Tienes razón, fratello! ―cambió el gesto y sonrió ampliamente, lanzándose de nuevo sobre mí―. ¡Disfruta mucho de tu viaje!
Feliciano se separó de mí para ir a despedirse de Antonio, al que también le saltó encima, con la diferencia de que mi novio no lo apartó, sino que lo levantó en peso para devolverle el abrazo… ¡cómo odio que se peguen tanto!
Por su parte, el abuelo me atrapó entre sus enormes brazos mientras me encontraba distraído y me plantó un par de sonoros besos en las mejillas. Me revolví un poco tratando de aflojar su agarre, me moría de la vergüenza porque nos miraba todo el mundo, pero cualquiera despega al viejo.
―Joder, abuelo, suéltame ya, que nos está mirando medio aeropuerto.
―Qué aburrido me voy a quedar estos días sin tenerte en casa protestando por todo.
―¡Yo no protesto por todo!
―Poco te falta ―se rio el viejo―. En cualquier caso, pásatelo muy bien y procura no meterte en líos, ni meter en líos a Antonio, que te conozco.
―Joder, lo dices como si yo fuera buscando problemas allá donde voy.
―Sólo digo que tengas cuidado. Y no me destroces la casa.
―Haré lo que esté en mi mano para evitarlo.
El viejo se rio de mi sarcasmo y apretó su abrazo, al que correspondí sin protestar. Después de unos minutos abrazados, mi abuelo me dio un beso en la frente y se apartó de mí revolviéndome el pelo mientras me deseaba un feliz viaje.
Feliciano se me volvió a echar encima una última vez antes de irme con Antonio al control de seguridad, donde no sé de qué me vieron cara los policías, pero me cachearon de arriba abajo… joder, ¿por qué demonios es siempre a mí al que le ocurren estas cosas? Al bastardo de Antonio lo dejaron pasar sin más, aunque no pareció hacerle mucha gracia que me toquetearan tanto, ¡pues a joderse! ¡Para mí tampoco fue divertido, maldita sea!
Una vez en el avión, dejé que Antonio se sentara en el asiento de la ventanilla, más que nada porque sabía que de lo contrario se pasaría todo el viaje molestándome y echándose sobre mí para mirar al exterior, aunque lo único que se viese la mayoría del tiempo fuera agua.
―¡Mira, mira, Lovi! ―me dijo emocionado Antonio después de un rato de vuelo―. Ya se acaba España, estamos a punto de volar sobre el mar.
Me eché ligeramente sobre él para mirar al exterior como me pedía: a cientos de kilómetros por debajo de nosotros, la tierra oscura daba paso a la inmensidad azul del Mediterráneo, era una vista espectacular. No obstante, después de un rato contemplando el paisaje azul, los ojos se me fueron cerrando y me quedé dormido sobre el hombro de Antonio.
―Lovi… Lovi~ ―me llamó Antonio con voz cantarina mientras me zarandeaba ligeramente―. Despierta~.
―¿Q-Qué? ―abrí los ojos sintiéndome algo descolocado―. ¿Qué demonios pasa?
―Estamos a punto de aterrizar.
―¡¿Ya?! ―me sorprendí―. Joder, ¿cuánto tiempo he dormido?
―Un par de horas. Vamos, lo que viene a ser prácticamente todo el viaje. No te quería despertar porque estabas tan mono y tranquilo dormidito encima de mí…
―Cá-Cállate, joder ―dije sonrojado y le di un golpe en el brazo―. Nos está mirando todo el mundo.
Antonio se rio, ignorando mi queja y cambiando de tema.
―Mira, ya estamos sobre Italia… Abróchate el cinturón.
No tardamos en aterrizar.
Tras esperar y recoger nuestro equipaje de la cinta, nos dirigimos hacia la salida del aeropuerto. Se notaba que Antonio estaba muy emocionado, más incluso que cuando le di la sorpresa, iba comentando todo lo que veía a una velocidad pasmosa.
―Fíjate, Lovi ―dijo deteniéndose a pocos metros de la puerta de salida y señalando hacia un lado―, ese tipo de allí tiene un cartel con nuestros apellidos.
Volví la vista hacia donde me señalaba. Tal y como Antonio había dicho, había un tipo sujetando un cartel con nuestros apellidos escritos; era un muchacho joven, de pelo rubio y corto, y ojos de color verde agua a los que adornaban unas gafas rectangulares. Nos acercamos a él.
―Ci-Ciao? ―saludé al tipo de forma insegura.
―Ah, ¡hola! ―nos saludó en español, aunque su acento era algo extraño―. Los señores Vargas y Fernández, ¿verdad? ―ambos asentimos―. Estaba intentando localizarlos entre la multitud, pero veo que no ha sido necesario.
―¿Cómo intentaba localizarnos? ―preguntó Antonio―. ¿Acaso nos conocemos de algo?
―Oh, no, no. Pero conocía el aspecto del joven Vargas, lo he visto en fotos.
―¿Y a santo de qué ha visto USTED fotos de Lovi?
El tono alterado y amenazador que utilizó Antonio me puso los vellos de punta, se estaba precipitando al interpretar las palabras del rubio de las gafas.
―El señor Rómulo Vargas tiene una foto con sus nietos en su despacho.
―Ah, vale…
Respiré tranquilo, Antonio se había calmado.
―¿Y quién se supone que eres tú? ―pregunté.
―Oh, discúlpenme. Mi nombre es Eduard von Bock, soy el asistente personal del señor Rómulo Vargas aquí en Italia ―nos entregó una tarjeta de la empresa de mi abuelo con su nombre y su cargo, corroborando lo que había dicho―. Encantado.
Nos estrechamos las manos.
―¿Y por qué ha venido aquí al aeropuerto?
―Porque su abuelo me pidió que viniera a recogerlos para llevarlos hasta su casa.
―El viejo no me ha dicho nada ―comenté. Me giré hacia Antonio―. ¿Tú sabías algo?
―No tenía la más remota idea―respondió a la vez que negaba con la cabeza y se encogía de hombros―, pero ya sabes lo mucho que le gusta a tu abuelo dar sorpresas.
Por un momento temí que el viejo apareciera de repente por detrás de alguna columna.
―Mi coche está aparcado en el parking. Acompáñenme.
Seguimos al tal Eduard al parking del aeropuerto hasta su coche, un Fiat Punto color crema. Guardamos nuestro equipaje de mano y mi maleta grande en el maletero, la grande de Antonio iba junto a él en el asiento trasero. Yo me senté delante.
―¿Qué les parece si les llevo a cenar antes de dejarlos en la casa del señor Vargas? ―dijo el rubio cuando arrancó el coche―. Conozco un buen sitio e imagino que tendrán hambre después del viaje.
―¡Y tanto! ―respondió Antonio―. ¡Es una idea estupenda!
Me sonaron las tripas, estaba totalmente de acuerdo con Antonio.
El trayecto desde el aeropuerto hasta la ciudad duraba algo más de media hora. Poco le importó a Antonio que hubiese anochecido, no dejó de observar el paisaje por la ventanilla del coche, aunque lo único que se vieran fueran las luces de los otros coches que pasaban por la carretera.
―¡Mira, Lovi, mira! ―exclamó Antonio nada más entrar en la ciudad―. ¡Ya estamos! ¡Ya estamos!
―Su amigo parece muy emocionado ―me comentó Eduard en italiano.
―Suele ponerse así ―le aclaré utilizando también el italiano―. Y no es mi amigo, es mi novio.
―Estamos celebrando nuestro tercer aniversario ―se metió Antonio (hablando en español por supuesto), obviamente había entendido lo que le dije a Eduard―. Mi Lovi me sorprendió con este viaje.
―V-Vaya, pues… ¡qué bien!
No tardamos en detenernos. El rubio nos llevó a una pequeña y acogedora trattoria cuyas paredes estaban adornadas por fotos antiguas de la ciudad y una figurita de San Pancracio por encima de la barra, como apuntó Antonio nada más entrar. Nos sentamos en una mesa bajo una ventana y en seguida vinieron a tomarnos nota de lo que íbamos a cenar.
Mientras esperábamos a que nos sirvieran nuestros platos, Antonio se interesó por el empleado de mi abuelo.
―Oye, Eduard, tú no eres de aquí, ¿verdad?
―Veo que se ha dado cuenta, señor.
―No ha sido muy difícil ―se enorgulleció Antonio―. Tu nombre no parece muy italiano que digamos y tu acento al hablar… suena algo extraño. Y, por cierto, no me llames "señor", hombre ―mi novio le dio unas palmaditas amistosas en el hombro al rubio―, mi nombre es Antonio.
―M-Muy bien, se… A-Antonio ―dijo Eduard con cierta duda.
―¿Y de dónde eres?
―De Estonia.
―Vaya, pues sí que vienes de lejos. ¿Y cómo has acabado aquí en Italia trabajando para Romu?
―¿Romu? ―se extrañó el rubio.
―Se refiere a mi abuelo ―le expliqué―. Es que este bastardo se toma demasiadas confianzas, con todo el mundo, y además lo hace bastante rápido, ¿no se ha dado cuenta?
―Ah, ya… ya veo…
Nos sirvieron la comida, pero eso no distrajo a Antonio de saciar su curiosidad sobre el rubio.
―¿Entonces? ―insistió―. ¿Cómo has acabado trabajando en Italia?
―P-Pues… es una historia un poco larga…
―¡No importa! ¡Cuenta, cuenta!
―Te insistirá hasta que le hagas caso ―le advertí al estonio―. Te lo puedo asegurar.
―Bu-bueno… si tanto interés tiene en saberlo, se lo contaré ―accedió Eduard. Antonio alzó los puños en señal de victoria―. Hace unos dos años y medio que me mudé a Italia. La verdad es que nunca pensé en venir a trabajar aquí, fue algo que surgió de casualidad gracias a unos amigos. Por aquel entonces yo no me sentía a gusto con el trabajo que tenía, sobre todo con mi jefe, y estaba buscando uno nuevo, así que le pedí ayuda a un buen amigo mío de Finlandia…
―¡Nosotros también tenemos un amigo de Finlandia! ―interrumpió Antonio.
―Tenemos amigos y conocidos de prácticamente toda Europa, joder. Mi abuelo alquiló los apartamentos del bloque en el que vivimos a extranjeros haciendo caso de una idea que le dio este bastardo ―le expliqué a Eduard, Antonio se mostró orgulloso―. De hecho, a pesar de vivir en España, Antonio es el único español del edificio.
―Vaya, qué interesante…
―Pero sigue contándonos ―se quejó Antonio.
―¿Y para qué lo interrumpes, bastardo? ―le reproché―. Ya puedes seguir.
―P-Pues… como iba diciendo, le pedí ayuda a un amigo de Finlandia. ―se rascó la nuca con cierta vergüenza y desvió la mirada―. Bueno… realmente lo que le pedí fue que me buscara un puesto en la empresa para la que él trabajaba. Le insistí muchísimo, no lo dejaba en paz… creo que su marido malinterpretó mis intenciones, aunque no me dijo nada ―se quedó pensativo―, pero de todos modos le expliqué lo que pretendía porque… ese hombre da miedo, casi tanto como mi ex jefe ―Eduard se estremeció―. En fin, insistí e insistí hasta que un día mi amigo me invitó a cenar a su casa para contarme que había encontrado algo para mí.
―Era lo del trabajo con Romu, ¿verdad?
―¿Quieres dejar de interrumpir, bastardo?
―Sí, era lo del trabajo ―respondió Eduard―. Mi amigo y su marido conocían al señor Vargas, se habían puesto en contacto con él y le hablaron de mí, le comentaron que estaba buscando trabajo y por lo visto mostró interés.
―Se querían deshacer de ti ―dije―. Sobre todo el marido de tu amigo, estaría celoso.
―¡Lovi! No digas esas cosas ―me reprochó Antonio―. Seguro que sus amigos lo hicieron de buena fe.
―¡Ja! Y yo me lo creo.
―Según me dijeron, hacía no mucho que el señor Vargas había contratado en España a un amigo suyo danés y pensaron que quizás podría tener un puesto para mí…
De pronto su historia activó algún tipo de resorte en mi cerebro.
―¡Espera! ―lo interrumpí―. Ese matrimonio del que hablas no será el de Tino y el rubio tenebroso, ¿verdad?
―¿Rubio teneb…?
―Lovi, no llames a Berwy así.
―¿Berwy?
―No me digas que pusiste celoso al rubio tenebroso ―me reí―. Joder, menudas agallas tienes, ese tipo mata con la mirada.
―No me imagino a Berwy celoso.
―¿Acaso conocen ustedes a Tino Väinämöinen y a su marido el señor Berwald Oxenstierna?
―¡Pues claro que sí! ―exclamó felizmente Antonio―. Berwy es muy buen amigo mío desde hace mucho tiempo y a Tino lo conocimos hace unos años en una boda, son una pareja estupenda. Siempre nos mandan una foto de ellos vestidos de Papá Noel con su perrito Hanatamago para felicitarnos las navidades.
―Vaya, menuda casualidad.
―El mundo es un jodido pañuelo.
―No me extraña que Romu te contratara viniendo recomendado por ellos dos.
―Bueno… es cierto que ellos me recomendaron, pero aun así el señor Vargas me hizo una entrevista por vídeo conferencia y dijo que sólo me contrataría si aprendía a hablar italiano en un mes.
―Mi abuelo es así, sólo se fía de su propio criterio. Aunque las recomendaciones ayudan.
―¿Y qué hiciste, Eduard?
―¿Acaso no es obvio? ―señalé―. Aprendió italiano.
―Efectivamente ―se rio Eduard―. Me apunté a un curso intensivo y aprendí en dos semanas.
Antonio y yo nos quedamos con la boca abierta.
―No jodas, ¿en serio?
―Puede preguntarle a su abuelo si no me cree. El señor Vargas también se quedó muy impresionado cuando me puse en contacto con él dos semanas antes de lo que acordamos y entonces no dudó en contratarme. La verdad es que le estoy muy agradecido por haberme brindado la oportunidad de trabajar con él.
―Como para no haberlo hecho, se nota que eres un tío eficiente ―lo aduló Antonio―. ¿Y cuándo aprendiste español? Porque lo hablas muy bien.
―Me defiendo ―bromeó Eduard―. Me pareció útil aprenderlo ya que una parte de la compañía está en España.
―Joder, ¡menudo máquina estás hecho! ―Antonio le dio al rubio una sonora y fuerte palmadita en la espalda que casi le tira las gafas―. Romu debe estar más que contento contigo.
El empleado de mi abuelo se recompuso y sonrió satisfecho.
Continuamos con una charla menos inquisitiva, aunque Eduard se interesó por saber de nosotros y conocernos, pero no mostrando tanta curiosidad como Antonio antes, claro que tampoco le hacía falta preguntar mucho ya que el bastardo de mi novio habla y cuenta siempre más de lo necesario.
Terminada la cena, Eduard nos llevó a casa del abuelo.
Me bajé del coche en cuanto se detuvo delante de la casa del viejo y observé el lugar, la calle, las casas, nada había cambiado desde la última vez que estuve por allí. De alguna manera me resultó tranquilizador.
Abrí la verja y corrí hacia la puerta principal, le habían echado un montón de vueltas a la llave.
―Lovi, no te escaquees ―me dijo Antonio―. Ayúdanos con el equipaje.
Protestando por lo bajo, volví al coche y saqué mi maleta pequeña del maletero, del resto dejé que se ocuparan Antonio y Eduard. Soltamos el equipaje en el recibidor y el rubio fue al coche de nuevo para regresar un par de minutos después cargado con varias bolsas de la compra.
―¿Eso es para nosotros? ―preguntó Antonio.
―El señor Vargas me pidió que les comprara algunas cosas de comer para que pudieran desayunar mañana por la mañana y cenar esta noche ―le tendió las bolsas a Antonio―, aunque lo de la cena ya está resuelto.
―Y ha sido mejor que ponernos a cocinar después del viaje.
―Me alegro. Bien, pues ya he terminado mi trabajo, de modo que me marcho. Si necesitan cualquier cosa no duden en llamarme.
Antes de que saliera por la puerta, le dimos las gracias a Eduard por recogernos en el aeropuerto y llevarnos a cenar, aunque se lo hubiera pedido el abuelo. Nos había ahorrado un montón de molestias como coger autobuses y taxis para llegar a casa o buscar un sitio para cenar.
También nos había ahorrado una visita al supermercado. Las bolsas que nos dio estaban cargadas de comida: café, leche, azúcar, cereales, galletas, mantequilla, mermelada, pan, ¡incluso orzo! (ni de coña pensaba tomar esa bebida, la odiaba. Mi madre nos la daba cuando se había acabado el cacao y éramos demasiado pequeños todavía para que nos dejaran beber café. A Feliciano le encantaba, apostaba a que Antonio tampoco le haría ascos). También había pasta, arroz, salsa de tomate y algunas verduras. En definitiva, estábamos bien surtidos de comida para un par de días al menos.
Dejamos las bolsas en la cocina y subimos con el equipaje al segundo piso, donde se encontraban las habitaciones.
Mi cuarto estaba exactamente igual que la última vez que estuve allí (cuando ayudamos al abuelo con la mudanza). Solté las maletas y corrí a tirarme de un salto encima de la cama, seguía siendo tan cómoda como la recordaba. Antonio me miró divertido y no dudó en venir a tumbarse a mi lado.
―¡Con qué ganas has cogido la cama por banda!
―No he podido evitarlo, bastardo. Es lo que siempre hacía cuando venía a dormir o a pasar unos días.
―¿Te gustaba quedarte aquí?
―No me disgustaba, al menos me libraba de mi madre. A quien no me podía quitar de encima era al pesado de Feliciano, que se empeñaba en dormir conmigo y no me dejaba en paz hasta que se lo permitía, como siempre. Aunque no sé para qué me daba tanto por saco, joder, si luego la mayoría de las veces se le ocurría que fuéramos a la habitación del abuelo para que nos contara un cuento y acabábamos durmiendo con él.
―Se nota que os lo pasabais bien.
―Sí…
―Igual que nos lo vamos a pasar nosotros.
―¿Acaso lo dudas, bastardo?
―Ni por un momento.
―Más te vale ―le advertí apuntándole con un dedo acusador.
Antonio se rio, agarró mi dedo y se lo acercó a los labios para besarlo. Lo retiré ligeramente sonrojado. Antonio volvió a reírse y se incorporó.
―Voy a darme una ducha. ¿Vienes?
Me guiñó un ojo y sonrió de lado, seductoramente.
―No, bastardo pervertido.
Se encogió de hombros y fue hacia la maleta para sacar una toalla. Se la echó al hombro, me guiñó el ojo otra vez y me lanzó un beso antes de salir hacia el pasillo contoneándose y meneando el culo de un lado a otro, provocándome… maldito bastardo seductor.
Lo escuché abrir una puerta tras otra, ¡ya podría haberme preguntado el muy idiota dónde demonios estaba el cuarto de baño! Pareció encontrarlo por fin, no tardé en oír el agua de la ducha correr.
Aproveché entonces para llamar a mi abuelo y avisarle de que habíamos llegado, aunque sospechaba que el viejo ya lo sabía.
―Pronto?
―Ciao, nonno.
―¡Lovino! ¡Qué alegría me da escucharte! ―exclamó emocionado―. No pensé que fueses a llamarme. ¿Qué tal el viaje? ¿Todo bien?
―Sí, todo bien. Hemos llegado a casa hace un rato, pero imagino que eso ya lo sabías, ¿acaso no te lo ha contado tu esbirro?
―¿Mi esbirro? ―el abuelo se rio―. Eduard no es mi esbirro.
―Como si lo fuera, mira lo rápido que has sabido a quién me refería.
―No era difícil de averiguar ―pude visualizar perfectamente en mi mente la sonrisa de suficiencia que estaría adornando la cara de mi abuelo en ese preciso instante―. Así que deduzco que mi empleado ha hecho correctamente el trabajo que le encargué, ¿no es así?
―Como si no lo supieras ya ―respondí―. Aunque no esperaba que mandaras a alguien a recogernos, podrías haberme avisado.
―Se me ocurrió justo después de que os marcharais. Pensé que os haría más fácil la llegada, ¿no ha sido así?
―Sí, no… no ha sido mala idea…
―Me alegra oírtelo decir ―se rio―. En fin, Lovino, te dejo, que me has pillado en mitad de la cena ―escuché una voz femenina de fondo. El viejo lo que estaba era en mitad de una cita, joder. No me explico cómo demonios ligaba tanto―. Pasadlo bien y disfrutad todo lo que podáis.
―Sí… lo mismo te digo. Ciao!
Corté la llamada y puse el móvil sobre la mesilla de noche.
―¿Con quién estabas hablando, Lovi?
Me sobresalté al escuchar la voz de Antonio, dado que me encontraba de espaldas a la puerta no lo había visto ni tampoco lo había escuchado entrar. Me giré para mirarlo y me quedé medio bloqueado por culpa de lo que veía… Joder, si es que tenía a Antonio frente a mí, empapado y sólo tapado de cintura para abajo con una toalla, ¡menuda visión! El sonrojo no tardó en acudir a mis mejillas, sólo faltaba que se me cayera la baba.
―¿Lovi?
―C-Con mi a-abuelo ―atiné a decir.
Joder, joder, ¡joder! Estaba tan embobado contemplando el sensual cuerpo mojado de Antonio que ni siquiera escuché lo siguiente que me dijo. Maldita sea, ¿cómo demonios era posible que después de tres años juntos ese maldito bastardo siguiera provocándome ese tipo de reacción? Como si no lo hubiera visto nunca con tan pocas prendas encima, ¡e incluso menos!
―Lovi, ¿te pasa algo? ―me sacó del trance.
―¡N-Nada!
Le di la espalda, sonrojado y algo nervioso. Obviamente no pensaba alimentar su ego respondiéndole sinceramente, cualquiera lo aguantaba luego.
Noté el colchón hundirse. Los brazos húmedos de Antonio me rodearon desde atrás y me besó suavemente el cuello, mojándome el hombro con su pelo que chorreaba agua. Protesté un poco porque me estaba empapando, pero al mismo tiempo me recargué sobre él.
Sin esperarlo, Antonio me tiró hacia atrás sobre la cama montándose encima de mis piernas (no sé cómo demonios lo hizo para que la maldita toalla no se le cayera). Sonrió de forma traviesa y se lanzó a mi boca, juntándola con la suya en un intenso y apasionado beso al que correspondí con el mismo fervor.
―Vamos a celebrar nuestra llegada como bien se merece ―me dijo al separarse, devorándome con la mirada―. Es a lo que hemos venido, ¿no? A celebrar.
Volvió a besarme.
Lentamente inició un camino de besos que iba bajando desde mi boca, recorriendo mi cuello hacia el pecho, donde me fue desabotonando la camisa conforme se acercaba y acariciándome. Yo también le acariciaba y le agarraba la cara obligándolo a volver para besarlo con fiereza. Después regresaba otra vez para abajo recorriendo de nuevo el camino trazado.
Ambos estábamos bastante excitados cuando llegó a los pantalones (era difícil no apreciar el bulto que sobresalía de la toalla de mi novio, por no hablar de lo mucho que me oprimían mis prendas). Antonio los desabrochó rápidamente, aliviando un poco la presión que sentía, y comenzó a bajarlos. Entonces recordé algo.
―¡Oh, mierda! ―exclamé, incorporándome de pronto―. Se me olvidó meter en la maleta el maldito lubric…
Me callé de inmediato al ver a Antonio sonreír de lado mientras sostenía una botellita de lubricante en la mano. Joder, ¿de dónde demonios la había sacado? No le pregunté, me recosté de nuevo para dejarle que siguiera con lo que estaba haciendo.
Me quitó los pantalones y la ropa interior, tirándolos al suelo sin miramientos, y se deshizo (por fin) de la maldita toalla que lo cubría de cintura para abajo, mostrándose en toda su plenitud.
Se colocó entre mis piernas y echó su cuerpo sobre el mío. Nos besamos mientras un par de dedos se deslizaban en mi interior. Gemí en la boca de Antonio, sin romper el beso que nos unía, más bien profundizándolo, y me encogí un poco por la intrusión pegándome más a él.
Antonio no tardó mucho en prepararme, pero se fue introduciendo dentro de mí despacio, soltando ligeros gemidos que acompañaban a los míos, y comenzó a moverse a un ritmo lento. Eché la cabeza hacia atrás y apreté las sábanas entre mis dedos, disfrutando del placer que recorría mi cuerpo, pero quería… no, necesitaba más, así que moví la cadera acompañando los movimientos de Antonio, que pareció entender lo que quería y aumentó el ritmo, embistiendo con fuerza contra mí. Golpeó aquella zona de mi interior que conseguía nublarme los sentidos y me abracé a su cuello mientras gritaba su nombre entre gemidos de placer. El orgasmo no se hizo esperar y me liberé sobre mi vientre, notando que los músculos de mi interior contraían sobre Antonio, que cerró los ojos y continuó moviéndose hasta que, con una certera y profunda embestida, se liberó diciendo mi nombre entre jadeos.
Con el corazón a cien y la respiración agitada, nos fundimos en un apasionado beso conforme Antonio iba reduciendo sus movimientos hasta salir completamente de mi interior y tumbarse a mi lado.
―¡Uuuff! ―suspiró Antonio―. Creo que no hay mejor manera de celebrar nuestra llegada que ésta.
―Sí… no ha estado nada mal ―sonreí satisfecho―. Y eso que últimamente estás desentrenado ―le piqué con cierta malicia.
―¿Desentre...? ¡¿Qué?!
Se irguió y se quedó mirándome estupefacto.
―Ya sabes, como últimamente soy yo el que se encarga de esto…
―Mira, Lovi, sabes que me encanta tenerte dentro, pero esto es algo que NO se olvida ―dijo sonando ligeramente ofendido―. Y ahora mismo te voy a demostrar lo desentrenado que estoy… ¡otra vez!
Se tiró sobre mí y se lanzó sobre mis labios para besarme mientras sus manos comenzaban a vagar por todo mi cuerpo. Joder, había liberado a la bestia. La noche no había hecho más que empezar.
Un ligero zarandeo y la voz de Antonio llamándome me sacaron del maravilloso sueño en el que estaba inmerso. No quería despertarme todavía, sabía que era demasiado temprano aunque no tuviera ni la más remota idea de la hora que era. Gruñendo molesto, abrí los ojos lentamente y vislumbré delante de mí la sonriente e ilusionada cara de mi novio.
―¡Venga, Lovi! ―me apremió―. ¡Despiértate ya!
―Mmm… ¿Qué maldita hora es?
―Las ocho y media, ¡hora de levantarse!
―Joder, es muy temprano todavía… ¡Déjame dormir, bastardo!
Me di la vuelta y me tapé la cabeza con la almohada dispuesto a volver a dormirme. Antonio se montó en la cama y me retiró la almohada.
―Pero, Lovi ―lloriqueó―… tenemos que ir a ver la ciudad…
―Antonio, tenemos todo un maldito mes para ver la ciudad, ¡no hay que darse tanta prisa! Ahora déjame dormir, ¡joder!
―¡Ya sé! ―exclamó―. Iré a preparar el desayuno y te lo traeré a la cama, seguro que eso te ayuda a levantarte.
―Haz lo que te dé la gana ―balbuceé―, pero déjame dormir en paz.
Noté que se aligeraba el peso que hundía el colchón, Antonio se había largado. Me acomodé abrazando la almohada y volví a dormirme.
No fue mucho tiempo el que dormí, Antonio no tardó en venir a molestarme de nuevo.
―Lovi, despierta ―me dijo con una enorme sonrisa en la cara―. Te he traído el desayuno.
Refunfuñando entre dientes y frotándome los ojos, me incorporé para quedar sentado en la cama. Por mucho que quisiera seguir durmiendo, el pesado bastardo de mi novio no me dejaría, así que era mejor rendirse.
Antonio me colocó una bandeja con tostadas y café sobre las piernas y me miró sonriendo felizmente mientras se llevaba su propia taza de café a la boca. Le lancé una mirada asesina.
Murmurando insultos y maldiciendo al bastardo de mi novio por lo bajo, cogí la taza de café y bebí un sorbo... sorbo que en cuanto noté su sabor escupí de vuelta a la taza, ¡estaba asqueroso!
―¿Qué pasa, Lovi? ¿Te has quemado con el café? ¿Está amargo? Le he puesto dos cucharadas de azúcar como a ti te gusta…
―¡Me cago en la puta, Antonio! ―exclamé―. Esto no es café, joder, es un maldito y asqueroso orzo.
―¿Un qué?
―Orzo!
―¿Entonces no es café instantáneo? En la etiqueta ponía "caffè".
―No, joder, no es un jodido café instantáneo ni de ninguna otra clase, ¡es un maldito orzo! ¿Quieres que te lo repita otra vez? ¡Un orzo! Pero no me preguntes cómo demonios se llama en español porque no tengo ni puta idea.
―Ya decía yo que no me sabía mucho a café el… lo que sea esto.
Se encogió de hombros y le dio un trago a su bebida, puse cara de asco.
―No sabe tan mal, Lovi.
―¡Vete a la mierda!
Cogí la bandeja de mis piernas y la puse sobre la mesilla de noche con un golpe seco que hizo que se derramara la mitad del maldito orzo de la taza. Me levanté, me puse una camiseta y caminé hacia la puerta, lanzándole una mirada de odio a Antonio, que se había quedado algo descolocado.
―¿Lo-Lovi?
―Ya has conseguido lo que te habías propuesto, bastardo: que me levantara. Ahora déjame en paz, voy a prepararme un maldito café de verdad.
Salí de la habitación ignorando a Antonio y bajé a la cocina.
Preparé la cafetera y la puse al fuego mientras maldecía y murmuraba insultos contra el idiota de mi novio. Estaba muy cabreado, joder, ese maldito bastardo me había obligado a madrugar y encima me había hecho beber aquella asquerosa bebida, ¡dos de las cosas que más odiaba en este mundo junto con las patatas!
Aunque… pensándolo bien… Antonio me había hecho madrugar porque le hacía tanta ilusión que fuéramos a visitar la ciudad que estaba impaciente, y encima se había tomado la molestia de preparar el desayuno y traérmelo a la cama, darme a beber orzo era lo de menos, ¡él ni siquiera sabía que el orzo no me gustaba! Además, se suponía que mi maldita intención era que nuestra estancia en Roma fuera perfecta y especial y ahí iba yo, a la primera de cambio el primer día de estar allí, y me pillaba un cabreo la mar de absurdo. Maldita sea, ¿por qué demonios siempre me dejaba llevar por aquellos malditos e impulsivos arrebatos? Si es que a veces soy idiota…
Me dispuse a regresar a la habitación y reconocer que la había cagado con mi comportamiento, por mucho que me doliera en mi orgullo, pero no llegué a moverme, Antonio me lo impidió al abrazarme de pronto por la espalda.
―Siento haber hecho que te enfadaras, Lovi ―me dijo con voz triste, lo que me hizo sentir más culpable e idiota todavía―. Lo único que quería era…
―Ya sé lo que querías ―lo interrumpí dándome la vuelta entre sus brazos para encararlo―, así que no tienes que disculparte por nada.
―¿Ya no estás enfadado?
Negué con la cabeza, Antonio sonrió ampliamente.
―Me ha fastidiado un montón lo de madrugar, sabes que lo odio ―expliqué, su sonrisa decayó un poco―, pero supongo que tenemos que aprovechar el día. Y lo del orzo no ha sido culpa tuya, ni siquiera sabías lo que era y mucho menos que no me gustaba...
―¿Entonces me perdonas?
Rodé los ojos, el bastardo parecía no haberse enterado de que no tenía nada que perdonarle. Aun así, le besé como respuesta.
―Sí ―dije, por si no había entendido lo del beso―. Pero lávate los dientes, joder, la boca te sabe a esa maldita bebida infernal.
Antonio se rio.
―Creo que primero me tomaré una taza de café, a ver si me espabila algo más que el orzo ese.
―El orzo no tiene cafeína, normal que no te haya hecho ningún efecto. Aun así, a ti es imposible espabilarte de ninguna forma.
―¡Oye!
Me reí y le saqué la lengua con burla mientras me apartaba de él.
Apagué el fuego que calentaba la cafetera y serví dos buenas tazas de café recién hecho. Le di una a Antonio.
―Venga, vamos a desayunar ―dije―. ¡La ciudad nos espera!
Espero que os haya gustado.
Por cierto, por si os interesa, el "orzo" o "caffè d'orzo" es una bebida de cebada parecida al café que se toma en Italia. No es tan horrible como dice Lovi, con galletas mojadas en ella no está mal XD
En fin, muchísimas gracias por leer. ¡Y por vuestros comentarios, favs y follows!
¡Hasta pronto!
