Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 5: Los caminos de Roma
Después de tomar un desayuno en condiciones con café de verdad y vestirme (porque Antonio estaba preparado para salir desde mucho antes de que yo me levantara), nos dispusimos a emprender el camino hacia la ciudad. Bueno, hacia el centro mejor dicho.
―Oye, Lovi, ¿queda muy lejos el centro?
―Como a varios kilómetros.
―¿En serio? ¿Tan lejos? ―preguntó Antonio sorprendido―. ¿Y cómo vamos a ir hasta allí? ¿En autobús? ¿En metro?
Simplemente sonreí con suficiencia y me dirigí en silencio hacia el garaje seguido por Antonio, que continuó con sus preguntitas sobre el medio de transporte que utilizaríamos. Pero, en lugar de contestarle, preferí que viera la respuesta con sus propios ojos, porque se encontraba allí mismo tapada por una lona verde cubierta de polvo que retiré con cuidado: ¡mi querida y añorada vespa!
La contemplé embelesado con los ojos ligeramente llorosos de la emoción, estaba exactamente tal y como la dejé tres años atrás, suerte que mi abuelo se ocupó de guardarla.
―Así que esta es la famosa vespa de la que siempre hablas ―dijo Antonio sacándome del trance.
―La misma ―afirmé con orgullo―. ¡Fíjate bien! Esta preciosidad que tienes delante es una auténtica maravilla ―acaricié el asiento―, ¡lo mejor que hay para moverse rápido por la ciudad! La de veces que la he recorrido con ella de punta a punta sin que me diera nunca ningún problema, ¡si es que es perfecta!
―Joder, Lovi, con tantos halagos voy a acabar poniéndome celoso.
―Quizá deberías.
Le saqué la lengua con burla y me puse a revisar el motor de la vespa, pues el abuelo me informó de que le había desconectado la batería para que no se descargara por el poco uso. Tras conectar los cables donde correspondía, metí la llave en el contacto y arranqué el motor, aquel sonido mecánico me pareció celestial.
―Joder, cómo te he echado de menos.
―Venga ya, Lovi, sólo es una moto ―comentó Antonio―. En casa tienes otra que tu abuelo te regaló por tu cumpleaños hace dos años.
―Pero no es lo mismo, maldita sea. Tú no lo entiendes: esta es MI vespa, la compré yo con todos los ahorros que tenía y el dinero que saqué por vender mi antiguo violín. No te haces ni una mínima idea de lo jodidamente genial que fue no tener que depender de nadie que me llevara de un sitio a otro de la ciudad ni de tener que ir andando. Lo único malo fue el broncazo que me echó mi madre por comprar la moto sin su permiso y encima me encasquetó la tarea de llevar y traer al idiota de Feliciano a todas partes, anda que no se aprovechó bien… pero me daba igual porque la vespa era MÍA, sólo YO la conducía y…
―Vale, Lovi, ya me doy cuenta de lo importante que es para ti la vespita.
―No te haces una idea. Fue, y sigue siendo, mi primer gran amor.
―Oooh ―se llevó una mano al pecho fingiendo sentirse dolido en un gesto muy teatral como los que solía hacer el gabacho pervertido―, y yo que pensaba que era tu único amor.
―¡Ja! Más quisieras.
―Al menos cuento con la ventaja de poder darte ciertos placeres que tu querida vespa no puede satisfacer.
Levantó las cejas de manera sugerente, me guiñó un ojo y sonrió provocativamente. Maldita sea, noté que mi cara se encendió por culpa de sus malditas insinuaciones, ante lo que él se rio con disimulo. Gruñí y le lancé uno de los cascos de la moto, lo cogió al vuelo.
―¿Adónde quieres que vayamos?
―¿Cómo que "adónde", Lovi? ¡A todas partes!
―Ya ―dije secamente―. Pero obviamente primero tendremos que empezar por algún sitio, ¿no te parece?
―Es verdad ―dijo rascándose la nuca. Entonces adoptó un gesto pensativo y se quedó en silencio por un momento hasta que finalmente se llevó las manos a la cabeza con desesperación―. ¡Agh! Hay tantos sitios que visitar que no sé por cuál decidirme: la Fontana di Trevi, el Coliseo, la Plaza de España, la Boca de la Verdad…
―Maldita sea, no sé ni para qué demonios me molesto en preguntarte. Luego no me vengas con quejas, bastardo.
―No voy a quejarme, Lovi ―aseguró con una enorme sonrisa―. ¿A dónde vamos a ir primero?
―Ya lo verás cuando lleguemos.
Realmente no tenía ni puñetera idea de dónde llevar a Antonio primero, pero tal y como él había dicho había muchos sitios que visitar, así que supuse que daría igual por dónde empezáramos. Lo decidiría sobre la marcha.
Nos pusimos nuestros respectivos cascos y subimos a la vespa. Antonio ni se lo pensó, se montó como un rayo a mi espalda, rodeándome la cintura con los brazos, y me plantó un beso en el cuello por debajo de la oreja que hizo que me estremeciera. No le di un buen golpe por temor a tirarlo de la moto y que me arrastrara al suelo con él. En cambio, arranqué el motor de la vespa y nos pusimos en marcha a toda velocidad.
El tráfico era abundante e intenso (lo normal en Roma). Los malditos coches aparecían por todas partes, como si salieran de la nada, pero los fui sorteando con gran habilidad e incluso intercambié insultos con algunos conductores imbéciles a los que parecía que les habían dado el carnet en una puta tómbola.
No obstante, a pesar de mi gran destreza en la conducción, el bastardo de Antonio no parecía mostrarse demasiado confiado con ello, ya que fue apretando cada vez más su agarre, tanto que llegó al punto en el que me estaba resultando ligeramente difícil respirar. Tuve que echarme a un lado y parar.
―¿Eh? ¿Ya hemos llegado al sitio, Lovi? ―preguntó confuso sin bajarse de la vespa, aunque sí aligerando la presión sobre mi vientre.
―¿A ti te parece que esté aparcando? ¡Por supuesto que no, bastardo!
―Entonces, ¿por qué nos paramos?
―¡Porque me estabas cortando la maldita respiración, joder! No me agarres tan fuerte, maldita sea.
―¿Y qué quieres que haga? ―replicó―. Aquí conducen todos como locos y a ti no se te ocurre otra cosa que ir metiéndote entre los coches como si nada, ¡a lo loco también!
―¡Yo no iba a lo loco, joder!
―No, qué va ―dijo con sarcasmo, ¡Antonio había usado un puto SARCASMO! Yo alucinaba―. ¡Incluso has estado a punto de llevarte a una pobre anciana por delante!
―¡Eso te lo estás inventando, bastardo! ¡Yo no he visto a ninguna vieja por ninguna parte! ―o puede que la hubiera visto de refilón en el paso de peatones que me había saltado, ¡pero estaba como a tres metros de distancia!―. A-Además aquí todo el mundo conduce así, así que más vale que pares de quejarte si no quieres que te deje aquí y tengas que hacer el resto del maldito camino andando.
―Pero, Lovi, es que…
Gruñí y cerró el pico de inmediato. A continuación dejó escapar un profundo suspiro.
―Vale, no diré nada más ―dijo rindiéndose. No podía verlo, pero juraría que me estaba mirando con esos ojillos de perrito apaleado que solía poner y que siempre conseguían darme tanta pena que terminaba cediendo a las malditas peticiones del bastardo―. Simplemente ve con más cuidado, por fa…
―¡Agh! ¡Maldita sea! ―exclamé molesto―. Está bien, conduciré "a lo español" para que estés contento.
―¿A lo español? ¿Cómo es eso, Lovi?
―Como si fuera una maldita vieja con el carnet recién sacado, joder.
―¡Oye! ―protestó―. Los españoles no conducimos así.
―Tu opinión no es válida, bastardo. Y ahora agárrate que nos vamos.
Me hizo caso rápidamente y rodeó mi cintura con sus brazos, aunque no tan fuerte como antes.
Nos metimos de nuevo entre el intenso tráfico y traté de conducir de una manera no tan "alocada" para satisfacer la maldita petición de mi novio. Algunos imbéciles nos pitaron e insultaron por ir "demasiado lentos", obviamente les devolví los insultos y no me importó soltar una mano para dedicarles un gesto la mar de "amistoso" con mi dedo corazón levantado. Antonio se agarraba a mí con más fuerza en esos momentos, luego se relajaba.
Salimos de la vía principal y empecé a callejear, no tardé en encontrar un aparcamiento para la moto. Guardamos los cascos debajo del asiento y echamos a andar hacia la avenida por la que habíamos venido.
Maldita sea, moverse por la acera resultaba bastante difícil debido a la cantidad de gente que había yendo de un lado para otro, ¡menudo agobio! Iba a quejarme de ello con Antonio, pero en cuanto volví la vista hacia atrás me di cuenta de que no estaba. Joder, lo había perdido.
Me detuve de inmediato y giré sobre mí mismo esperando encontrarlo, pero no lo veía por ninguna parte, sólo rostros de desconocidos que pasaban por mi lado con prisa o me empujaban para que me apartara de su camino. Joder, ¿dónde demonios se había metido el bastardo? Si es que no tenía sentido, maldita sea, sólo lo había perdido de vista un puto minuto, ¡lo suficiente para que desapareciera!
Pensé en llamarlo por teléfono para localizarlo, sería lo más rápido y eficaz, pero entonces al rebuscar en los bolsillos del pantalón me di cuenta de que no llevaba mi móvil encima, lo había dejado en la habitación, ¡menuda mala suerte!
Me estaba poniendo nervioso, ¿qué demonios iba a hacer Antonio si no nos encontrábamos? ¿Sería capaz de regresar por sí mismo a casa del abuelo? Si no hablaba italiano (aunque eso no era realmente un problema dada la similitud de los idiomas, que mucha gente en Roma habla o chapurrea español, y que Antonio es capaz de hacerse entender allá donde vaya), y más importante todavía, ¿acaso sabía él la dirección a la que tenía que ir?
Mierda, empezaba a preocuparme de verdad. Pero entonces, de repente, alguien me agarró el brazo. Me di la vuelta rápidamente encontrándome frente a frente con la sonriente cara del bastardo de Antonio. Suspiré aliviado.
―¡Menos mal que te has parado, Lovi! ―exclamó el bastardo casi gritando, algunos que pasaban por allí se giraron para mirarnos―. Me arrastró una marea de gente y casi te pierdo de vista mientras seguías para adelante, ni siquiera me oíste cuando te llamé a voces. Suerte que te he encontrado rápido, por un momento me he llegado a asustar.
―¡I-I-Idiota! ―le asesté un cabezazo en la barbilla―. ¿"Que te has llegado a asustar"? ¡¿TÚ?! ¡Yo sí que me he asustado al no verte por ninguna parte, bastardo!
―Lo… ¡Lo siento, Lovi! No ha sido culpa mía.
―Ya, ya… ¡pero me has asustado igual, joder! ―hinché las mejillas y giré molesto la cara hacia un lado―. En fin, sigamos y quitémonos de aquí en medio.
Antonio asintió y me tomó de la mano.
―Creo que será mejor que no nos soltemos de las manos para evitar sustos como el que acabamos de pasar, ¿no te parece?
―¡V-Vale! P-Pero sólo para que no vuelvas a separarte de mí y a desaparecer de pronto.
Echamos a andar de nuevo. Caminamos despacio y con cierta dificultad, más que nada porque teníamos que ir abriéndonos paso entre el centenar de gente que iba y venía de un lado a otro y que abarrotaba la maldita acera, no sé ni cómo conseguimos aguantar agarrados de la mano hasta que salimos de aquella calle.
Y entonces llegamos a la Via dei Fori Imperiali. Antonio se quedó con la boca abierta, miraba pasmado todo lo que nos rodeaba, que no era precisamente poco: la plaza Venecia y el gigantesco monumento a Vittorio Emmanuele a un lado, el Coliseo al otro, y los restos romanos de los distintos Foros por los alrededores; un auténtico espectáculo para la vista. Los ojos del bastardo hacían chiribitas de la emoción.
Echó a correr hacia una de las barandillas que rodeaban los restos arqueológicos y me arrastró con él, ya que seguíamos cogidos de la mano. Al detenernos, sacó una cámara de fotos de la mochila que llevaba a la espalda y comenzó a tomar fotos a diestro y siniestro como un poseso, a mí incluido, parecía dominado por el espíritu de la húngara loca.
―¿Piensas terminar con ese maldito reportaje en algún momento? ―pregunté ligeramente molesto―. Pareces un jodido turista.
―Somos turistas, Lovi ―dijo entre risas.
―No, joder. Tú eres el turista, yo he vivido en esta ciudad prácticamente toda mi vida.
―Sí, pero ya hace años que no.
―¿Y qué demonios tiene que ver? No por eso dejo de ser de aquí, idiota.
―Vale, ahí te doy la razón. Pero no es excusa para que no te saques una foto conmigo. ¡Ven aquí!
No me dejó tiempo para protestar, me echó un brazo sobre los hombros pegándome a él lo máximo posible (joder, con el calor que hacía), y estiró el otro con la cámara. Creo que nos sacamos fotos en todos los ángulos y hacia todas las direcciones posibles.
―¡Basta ya de fotitos, joder! ―exclamé apartándome de él―. Me estoy asando con este calor, así que o nos movemos o nos largamos a casa.
―¡Nos movemos, por supuesto! ―respondió de inmediato―. Quiero que me lleves a una oficina de turismo antes que nada.
―¿Eh? ¿Para qué?
―¿Cómo que "para qué"? Soy un turista, ¿no? ―bromeó. Lo miré mal, sacó la lengua y sonrió―. Quiero un mapa, por si de casualidad nos volvemos a separar, así podré saber dónde estoy y a dónde ir para reencontrarnos, claro que para eso deberíamos tener previsto un punto de encuentro, ¿no te parece?
Me dejó con la boca abierta, no estaba acostumbrado a que Antonio tuviera ideas tan sensatas. Habría sido más propio de él que se le ocurriera ponerse una camiseta que llevara escrito en italiano "si me pierdo, devolver a Lovi" y a mí me obligara a llevar una camiseta con mi nombre… prefería no pensarlo siquiera.
―Vale, te llevo a una oficina de turismo ―accedí―. Creo recordar que había una por aquí cerca, aunque no estoy seguro de dónde.
―¡Preguntemos a alguien!
―¿A quién? La mayoría de la gente que ves por aquí son turistas.
―Entonces seguro que saben dónde está.
―Tú eres un turista y no lo sabes ―repliqué con mi lógica aplastante―. Preguntémosles mejor a esos carabinieri de ahí.
La oficina de turismo no se encontraba lejos, apenas a cinco minutos andando y en la misma calle en la que estábamos. Antonio fue embobado todo el trayecto, no dejó de tomar fotos ni un momento, si no llego a llevarlo agarrado del brazo lo habría vuelto a perder.
En la maldita oficina de turismo tardaron un buen rato en atendernos, más que nada porque aquello estaba a rebosar de gente. Por si fuera poco, allí dentro hacía un calor agobiante que, unido al olor a sudor que desprendían algunos, estaba consiguiendo hacerme sentir mareado. En cuanto nos dieron el puñetero mapita de la ciudad, salí corriendo hacia la calle para respirar una buena bocanada de aire "fresco", o mejor dicho "no viciado", porque lo que menos hacía en la calle era fresco precisamente.
―¿Qué te pasa, Lovi? ―me preguntó Antonio saliendo tranquilamente de la oficina―. ¿Por qué te has venido corriendo para afuera?
―Porque me estaba asfixiando ahí dentro entre el maldito calor y la gente. Joder, qué agobio.
―Toma ―dijo ofreciéndome una botella que acababa de sacar de su mochila―, bebe un poco de agua.
Cogí la botella y tomé un buen trago de agua. Lo escupí de inmediato.
―¡Agh! ¡Qué asco! Está caliente.
―Es que llené la botella antes de que saliéramos de casa, debe haberse calentado en todo este rato ―le eché una mirada mortífera por decir tremenda obviedad―. Iré a comprar otra botella, he visto una máquina allí…
―No te molestes ―lo detuve agarrándolo del brazo antes de que se moviera―. Aquí hay una fuente a cada dos pasos. ¡Movámonos!
―¿Y a dónde vamos? ―le brillaban los ojos de la emoción―. ¿Al Coliseo que lo tenemos justo aquí enfrente?
―¿Al Coliseo? ¿Hoy? ¡Ni de coña!
―¿Eh? ¿Por qué no? ―dijo con tono de pena alargando la "o" más de lo necesario―. Me hace mucha ilusión.
―Por mucha ilusión que te haga, no vamos a ir hoy, ¡es sábado! ¿Sabes la cantidad de gente que debe haber? No pienso pasarme horas haciendo cola, así que olvídalo. Ya iremos cualquier otro día entre semana.
―Pero, Lovi, ¡estamos en agosto! Habrá muchísima gente sea el día que sea.
―¡En fin de semana siempre hay más! Así que no me discutas, maldita sea. Visitaremos el Coliseo cualquier día de la semana que viene, no seas impaciente, joder, que lleva ahí casi dos mil años, no se va a mover de donde está.
―Vale ―aceptó apesadumbrado.
Antonio se quedó en silencio y con cara mustia mientras nos alejábamos del Coliseo. No soportaba verlo de ese modo, así que me detuve frente a él y le prometí que visitaríamos no sólo el anfiteatro sino también todo el foro sin falta la semana entrante, concretamente el martes, porque si no le decía un día específico no se quedaba satisfecho. En cuando mencioné que se lo prometía, una enorme sonrisa de felicidad se extendió por su cara. Contento de haber logrado animarlo, lo agarré de la mano y proseguimos nuestro camino.
Entré en casa arrastrando los pies, me dolían tanto las piernas que era incapaz de dar un maldito paso de forma normal, ¡no podía! Obviamente la culpa de aquello la tenía el bastardo de Antonio, que me había hecho andar como nunca de un lado a otro, ¡jamás en toda mi puñetera vida había caminado tanto!
Tras alejarnos del Coliseo, lo primero que visitamos fue el "Altare della Patria", también conocido como el monumento a Vittorio Emmanuele, un enorme y majestuoso edificio de color blanco que se alzaba junto al foro romano. Lo recorrimos entero, lo que implicó subir (y después bajar) innumerables tramos de escaleras, algunos con el sol de agosto a mediodía dándonos de lleno. Lo mejor era que en el interior se estaba fresco y las vistas de la ciudad desde la terraza eran increíbles.
Al salir del monumento era ya la hora del almuerzo, así que callejeamos durante un largo rato hasta encontrar un lugar en el que comer ligeramente apartado del meollo turístico.
Tras recargar energías con el almuerzo, nos pusimos de nuevo en marcha y visitamos la plaza Navona, una plaza de forma alargada (como un estadio romano, que es lo que era antiguamente), adornada por tres grandes fuentes con esculturas, estando la central (Fuente de los Cuatro Ríos) coronada por un obelisco. Desde allí fuimos al Panteón, un antiguo templo romano convertido en iglesia donde descansan los restos de los dos primeros reyes de Italia; cabe destacar que el lugar estaba repleto de gente, tanta que volví a perder al bastardo en un par de ocasiones, aunque por suerte en ambas lo encontré embobado mirando el agujero circular que coronaba la cúpula.
Y de un lugar repleto de gente, a otro: la Fontana di Trevi, donde tuvimos que abrirnos paso para llegar hasta ella; obviamente hicimos la típica chorrada de lanzar la monedita a la fuente sacándonos la correspondiente foto (yo lo hice obligado por Antonio, que se puso pesado como siempre).
Por último, nos dirigimos a la plaza de España y subimos su enorme escalinata hasta arriba del todo, momento en el que me di cuenta de lo muchísimo que nos habíamos alejado del lugar en el que aparcamos la vespa y maldije mi maldita suerte, ya que teníamos que regresar hasta allí caminando y, aunque el recorrido fuera más corto que el que habíamos hecho para llegar a donde nos encontrábamos, nos quedaba por delante un largo trecho que andar.
Me dejé caer bocabajo sobre el sofá del salón, exhausto. Antonio se sentó en el sillón de al lado mirándome divertido, parecía que el muy bastardo ni siquiera estaba cansado.
―Que sepas que de la cena de esta noche te encargas tú, bastardo.
―¿En serio estás tan cansado, Lovi?
―¿Acaso no se me nota? ―dije levantando la cabeza del cojín en el que la tenía hundida y echándole una mirada mordaz a Antonio―. Menuda paliza de caminar nos hemos metido a lo tonto, joder.
―No ha sido para tanto.
―¡¿Que no ha sido para tanto?! ―exclamé incorporándome sobre las rodillas―. Nunca, jamás en toda mi puta vida he andado tanto. ¡Los pies me arden, maldita sea!
―Debe ser por falta de costumbre.
―¡Lo que sea! ―me dejé caer de nuevo bocabajo―. Mañana nos lo tomaremos con más calma.
Unir en una misma frase a Antonio y la expresión "tomárselo con calma" era casi un sinsentido, más que nada porque el bastardo rara vez se tomaba las cosas tranquilidad, sobre todo si se trataba de algo que le gustara. Y hacer turismo le encantaba.
No obstante, pareció que mis palabras surtieron efecto y al día siguiente se redujeron considerablemente nuestras caminatas.
Visitamos el Vaticano, bueno, realmente no, sólo fuimos a la plaza de San Pedro para escuchar el ángelus, Antonio se empeñó. No llegamos a entrar en la basílica ya que había una cola enorme que iba desde una fila de columnas a la del lado contrario. La plaza entera estaba hasta arriba de gente.
Tras la bendición, nos marchamos por la via della Consolazione y caminamos junto al río hasta la plaza del Popolo. En uno de los bares cercanos compramos unos bocadillos y nos los comimos sentados a la sombra en el césped del parque que hay por encima de la plaza, uno de mis sitios preferidos de la ciudad. Estábamos tan a gusto allí que después de almorzar nos estiramos sobre la hierba y nos echamos una buena siesta. Al despertarnos, decidimos ir a tomar un helado y regresar a casa.
Sin duda nos tomamos el día con bastante tranquilidad, todo lo contrario de lo que hicimos al día siguiente, que de nuevo fuimos sin parar de un sitio a otro y caminamos hasta la extenuación sin reparar en el sol abrasador y el calor que hacía.
―En serio, bastardo, ¿para qué demonios te crees que sirve la vespa? ―dije enfadado mientras me tiraba sobre el sofá―. Se supone que es para movernos de un sitio a otro, no para dejarla aparcada todo el puto día e ir andando.
―Pero andando es como se ven bien los sitios.
―Y como más cansado acabas, joder.
―Es que hay mucho que ver y visitar.
―Pero tenemos un maldito mes para hacer eso, y tú parece que quieres patearte la ciudad entera en un solo día. No podemos seguir así, maldita sea, ¡hay que bajar el ritmo! Me duelen tanto los pies y las piernas que dudo que pueda levantarme de aquí, joder. ¿Cómo demonios es posible que tú no estés cansado?
―¿Quién dice que no estoy cansado? ―dijo Antonio como si nada levantándome las piernas y sentándose en el sofá con ellas encima―. Aunque quizás no lo esté tanto como tú.
―Ya lo veo ―respondí de mala gana echándole una mirada asesina―. Maldita sea, ¿por qué demonios tienes que estar tan en forma?
―Pues ―se quedó pensativo, no se dio cuenta de que era una jodida pregunta retórica―… Supongo que es lo que tiene ir al gimnasio con Gil, que nos picamos a ver quién…
―¡Lo que sea! ―lo corté molesto―. Creo que lo mejor será que mañana nos pasemos el día descansando.
―¡¿Eeeeeh?! ―se sobresaltó―. Pero, Lovi, me prometiste que mañana sin falta visitaríamos el Coliseo.
―Ya sé que te lo prometí, joder, ¡pero estoy reventado de tanto andar! ¿De quién demonios crees que es la culpa?
―Pero mañana seguro que cuando te despiertes no te sentirás tan cansado ―dijo Antonio echándose encima de mí. Me miró con cara triste, poniendo ojitos y con un pucherito tembloroso en los labios. Giré la cabeza para no verlo, siempre que ponía esa cara conseguía que cediera a sus malditas peticiones―. Por favor, Lovi, haré lo que haga falta para que mañana estés más descansado: te prepararé un baño de burbujas, haré la cena, te daré un masaje en los pies, y también en la espalda, ¡lo que tú quieras!
―¡Vale! ―gruñí―. Mañana iremos a visitar el maldito Coliseo…
Antonio dio un grito de júbilo y se lanzó a mi boca mientras me atrapaba en un fuerte y asfixiante abrazo. Necesité emplear casi todas las energías que me quedaban para apartarlo y que me dejara respirar.
―¡Eres el mejor, Lovi! ―exclamó Antonio emocionado.
―¡No me has dejado terminar, bastardo! ―me quejé y, por increíble que parezca, Antonio se quedó quieto, callado y mirándome atentamente―. Mañana iremos al Coliseo SÓLO si me prometes que en cuanto acabemos la visita regresaremos a casa para descansar.
―¡Pues claro que te lo prometo, mi amor!
―Genial. Y ahora… ¿qué hay de ese masaje que me ibas a dar?
El Coliseo se alzaba imponente y majestuoso justo delante de nosotros. Antonio lo contemplaba embelesado, con la boca abierta y sin pestañear, parecía increíble que se mostrara de repente tan tranquilo cuando momentos atrás, mientras nos acercábamos, iba dando saltos de la emoción.
―Es muchísimo más impresionante de lo que parecía.
Me abstuve de comentar nada ante lo evidente de su afirmación, porque sí, el Coliseo es una jodida obra maestra de la antigua Roma y la palabra "impresionante" se queda corta para describirlo apropiadamente.
Lo que también resultaba impresionante (aunque de forma diferente y a un nivel muchísimo menor) era la cantidad de gente que había por los alrededores del anfiteatro, mirándolo embobados como Antonio o sacando las típicas fotos, por no hablar de la infinidad de personas que estaban haciendo cola, ¡y eso que sólo eran las diez y media de la mañana!
―Maldita sea, ¡no vamos a entrar en la vida!
―Te dije que habría mucha gente.
Gruñí y miré mal a Antonio.
―Deberíamos largarnos si no queremos perder todo el puto día aquí…
―¡No vamos a perder el día, Lovi! ―exclamó Antonio―. Seguro que no tardamos en entrar, la cola no parece demasiado larga.
―La maldita fila no empieza ahí ―dije agarrándole la cara y girándosela para que mirara hacia el interior del monumento, donde se podía ver la continuación y el inicio de la cola para entrar―, ¡sino ahí dentro, bastardo!
―¡Hostia! ―exclamó sorprendido y me agarró de la muñeca―. Pues más vale que vayamos a…
―¡Hey, muchachos!
Nos giramos al escuchar que hablaban en español tratando de llamar nuestra atención. Un tipo corpulento, muy moreno, con el pelo negro lleno de rastas recogidas en una cola, y vestido con calzonas y una camisa hawaiana, se acercaba a nosotros sonriendo de forma amigable. Llevaba un distintivo colgado del cuello y en la camisa una placa con banderas de diferentes países, concretamente los de habla hispana. Era de una empresa turística.
―Hablan ustedes español, ¿verdad? ―nos dijo. Asentimos―. ¿Quieren entrar al Coliseo sin necesidad de hacer cola?
―Eh, ¡¿en serio?! ―se emocionó Antonio―. ¡Eso sería fantástico!
―Desde luego, amigo. Les ofrecemos una visita guiada por el anfiteatro y el Palatino, teniendo también acceso a los foros, por supuesto. Irán en grupo acompañados por un arqueólogo y…
El tipo fue bajando la voz hasta callarse y observó detenidamente a Antonio.
―Disculpe, amigo ―dijo de nuevo dirigiéndose al bastardo―, de casualidad no se llamará usted Antonio Fernández, ¿verdad?
No sé quién se quedó más sorprendido de los dos, si Antonio o yo. ¿Cómo demonios sabía ese tipo salido de Dios-sabe-dónde cómo se llamaba mi novio? ¿Acaso era un puto vidente o algo así?
―¿C-Cómo sabes mi nombre? ―inquirió Antonio―. ¿Nos conocemos de algo?
―¿No te acuerdas? Fuimos compañeros de clase en la facultad, al menos durante un año.
Mi mandíbula inferior debía estar próxima al suelo. Joder, ¡estaba alucinando! Normalmente en nuestra ciudad no resultaba extraño que Antonio se encontrase con algún conocido, ya que el bastardo es míster sociable y lo conoce un montón de gente, pero que ocurriera exactamente lo mismo en Roma, donde se supone que prácticamente nadie sabe quién es, resultaba muy chocante.
Por su parte, Antonio permaneció pensativo sin apartar la vista del moreno.
―¡Carlos! ―exclamó de pronto el bastardo―. ¡Carlos Machado!
―Al fin te acordaste, muchacho.
Antonio y su antiguo "amigo" se acercaron el uno al otro y se abrazaron estrechamente.
―Joder, Carlos, me ha costado reconocerte ―dijo Antonio al separarse―. Estás diferente a como te recordaba, mucho más corpulento y además te has dejado el pelo largo.
―Pues tú sigues igualito, chico, no has cambiado nada.
―No te creas…
―Por cierto, ¿cómo es que estás en Roma? ¿Has venido a hacer turismo?
―Sí, he venido de vacaciones con Lovi ―me señaló. El tal Carlos vino hacia mí y me estrechó la mano en un gesto amistoso―. Es mi novio.
―Ah, tu nov… ¡¿tu novio?! ―se sorprendió el moreno. Pasó varias veces la mirada alternativamente de Antonio a mí con la boca abierta, luego recuperó la compostura y sonrió―. Wow, chico, menuda sorpresa. Y pensar que la última vez que te vi estabas loquito por tu ex y totalmente decidido a reconquistarla.
Vaya, el fantasma de la relación de Antonio y Emma hizo su aparición después de estar mucho tiempo desaparecido en el olvido.
―Ah, Emma. Sí, pero eso fue hace muchísimo ―dijo Antonio quitándole importancia―. El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces, ahora estoy muy feliz con mi Lovi.
Antonio me abrazó, yo le aparté de un empujón (joder, hacía demasiado calor como para que se me echara encima).
―Se os ve ―dijo el amigo de mi novio con cierto toque sarcástico, lo miré mal. A continuación dio una palmada para hacernos pasar a otra cosa―. Bueno, muchachos, os llevaré con el resto del grupo para la visita guiada. Acompañadme.
No recuerdo que hubiéramos aceptado su oferta de la visita guiada, pero aun así seguimos al moreno, que nos llevó junto a un grupo de gente, todos de habla hispana, y nos pegó una pegatina rosa en las camisetas.
Durante ese rato, Antonio y él no dejaron de darle a la lengua y se fueron poniendo al día de la vida del otro, obviamente yo me iba enterando de todo lo que hablaban, me interesara o no. Resultó que el tal Carlos era de origen cubano, pero había pasado la mitad de su vida viviendo en España hasta que poco después de acabar sus estudios se mudó con su novia de entonces a Roma, donde llevaba ya viviendo varios años. Joder, me había empapado de su vida entera sin pretenderlo.
La charla de esos dos se alargó hasta que llegó la arqueóloga que nos haría de guía, ya que el cubano tuvo que ir a por las entradas mientras ella nos explicaba cómo se desarrollaría la visita. A continuación, nos condujo hacia una de las entradas del Coliseo y comenzó a contarnos la historia del monumento.
―Aquí están los tickets ―dijo Carlos, que acababa de salir del interior, dirigiéndose a la guía y entregándole un sobre―. Ya pueden ir pasando.
Mientras el resto del grupo iba entrado al anfiteatro, Antonio y yo nos quedamos rezagados con el cubano, que se despidió de nosotros.
―Bueno, muchachos, me alegro de haberlos visto.
―¿Tú no vienes con nosotros a la visita? ―preguntó Antonio.
―Ya quisiera, pero debo seguir trabajando. De todas formas te doy mi teléfono ―apuntó su número en un papel y se lo dio a Antonio― y quedamos otro día, les enseñaré muchos lugares de la ciudad y no los tomarán por turistas.
―Yo no soy turista, bastardo ―aclaré―, soy de aquí.
―¿Eres romano, chico? ―asentí ligeramente molesto―. Así que sei un italiano vero, ¡y yo pensando que también eras español! ―se rio escandalosamente y me dio unas fuertes palmaditas en la espalda―. Ay, muchacho, discúlpame si te ofendí. Y ahora deberían entrar, seguro los están esperando. ¡Pásenlo bien!
―¡Muchas gracias, Carlos! ¡Nos vemos pronto!
Antonio se despidió agitando el brazo mientras el cubano se alejaba y desaparecía entre la gente.
―En serio, bastardo, ¿existe algún lugar en el mundo donde no conozcas a nadie?
―Vete tú a saber ―me respondió encogiéndose de hombros.
―Anda, vamos dentro de una vez.
Agarré a Antonio del brazo y nos metimos dentro del Coliseo, donde nos reunimos con el resto del grupo, a los que estaban organizando en dos filas para pasar los controles de seguridad y entrar definitivamente en el monumento propiamente dicho.
Era increíble. Puede que sólo quedara una quinta parte de lo que una vez fue, pero si ya de por sí el edificio resultaba impresionante visto desde fuera, desde el interior no había palabras para describir su inmensidad. Al menos a mí no se me ocurrían. No obstante, no se podía decir lo mismo en el caso de Antonio.
―¡Qué pedazo de plaza de toros!
Me giré despacio hacia el idiota de mi novio, mirándolo con incredulidad y vergüenza ajena por lo que le había oído.
―Por favor, dime que la barbaridad que acabo de escuchar no ha salido de tu boca.
Antonio se rio.
―Estoy de coña, Lovi, aunque…
―No me gusta cómo suena ese "aunque", me imagino cualquier cosa.
―Hace años, cuando estuve de viaje con Fran y Gil visitando París, fuimos a ver el anfiteatro y ―se rascó la nuca y sonrió con cierta vergüenza―… se me ocurrió preguntar si allí celebraban muchas corridas de toros. Todavía se ríen cada vez que lo recuerdan.
―No me extraña. Si es que sólo a ti se te ocurre soltar una bestialidad así.
Nuestra visita al Coliseo duró alrededor de dos horas, la última media fuimos por nuestra cuenta. Luego, en el exterior, nos reunimos otra vez con el grupo y, acompañados por un nuevo guía, nos dirigimos al Palatino, colina en la que supuestamente se fundó la ciudad y donde habitaron los reyes y un gran número de emperadores romanos, aunque de sus fabulosos palacios sólo quedaran apenas restos. Eso fue lo que nos explicó el guía, que nos dejó tras llevarnos a la terraza de la Villa Farnese (mucho más moderna, aunque también en el Palatino), a cuyos pies se podía apreciar el Foro Imperial y su inmensidad.
Antonio y yo bajamos al Foro, donde las ruinas y restos de templos, basílicas, columnas y arcos del triunfo se levantaban resistiendo el paso del tiempo. Como era de esperar, al bastardo de mi novio no le bastaba con tener una visión general del lugar, así que lo recorrimos de una maldita punta a la otra bajo el abrasador sol de mediodía.
Eran más de las tres de la tarde cuando finalizamos nuestra visita. El maldito idiota de Antonio iba feliz de la vida silbando una melodía mientras que yo estaba asado de calor además de muy, muy hambriento y, por tanto, cabreado. Quería comer cuanto antes, así que no nos molestamos en buscar un restaurante, sino que compramos unos bocadillos y refrescos en el primer quiosco que encontramos, me dio igual que el cabrón del vendedor nos sangrara con el precio porque pagó el bastardo (me lo debía por hacerme pasar calor y hambre).
No ocurrió lo mismo al día siguiente, ya que no permití que la situación se repitiera, pues eso de esperar para comer hasta estar medio muerto de hambre no me hacía ni puta gracia. En cuanto empecé a notar que me rugían las tripas, le insistí al bastardo para que fuéramos a almorzar.
―Tengo hambre, joder. Busquemos algún maldito sitio donde comer en condiciones, no como ayer.
―Los bocatas de ayer estaban buenos.
―Debe de haber como un millón de sitios mejores que ese para comer en Roma ―repliqué molesto―. Y a mucho mejor precio.
―¿Cómo aquel restaurante de allí? ―Antonio señaló hacia el fondo de la calle. Me quedé estupefacto, el sitio no era precisamente desconocido para mí. Dios, menuda puntería―. Tiene buena pinta. ¿Qué te parece si almorzamos…?
―No, ahí no.
―¿Por qué no? ―preguntó extrañado―. No veo qué tiene de malo.
―Pues yo sí, así que busquemos otro restaurante.
―¿Pero no decías que tenías hambre?
―Sí, pero no quiero comer aquí.
―¿Qué es lo que pasa con ese sitio, Lovi?
―Es… Es uno de los malditos restaurantes en los que trabajé.
―¿Trabajaste ahí? ¿Quieres decir que es uno de los "famosos" restaurantes de los que te despidieron?
―¡Sí, joder!
―Ya veo, con razón no quieres comer ahí.
―Pues si ya lo entiendes, larguémonos y busquemos otro maldito restaurante.
Agarré a Antonio del brazo y tiré de él, pero no se movió.
―¿Y por qué te echaron?
―¿Por qué demonios te interesa saberlo? ―pregunté ofuscado.
―¡No me respondas a la gallega, Lovi! ―replicó el muy bastardo. Gruñí molesto y volví la cara hacia un lado―. Jooo, es que me pica la curiosidad. Te he visto trabajar y sé que lo haces bien, así que entonces ¿qué razones podían tener para echarte?
―Que eran todos unos imbéciles rematados.
―Esa no es una razón. Venga, no te hagas de rogar ―me suplicó haciendo pucheritos―. ¿Qué fue lo que pasó? ¡Cuéntamelo~!
Rodé los ojos con hastío y dejé escapar un bufido de molestia, sabía que el pesado de Antonio no pararía de darme el coñazo.
―¡Vale, joder! Te lo contaré, maldita sea ―accedí. Antonio hizo un gesto de victoria―. Me echaron porque el idiota del dueño, mi jefe, se cabreó conmigo cuando descubrió que estaba liado con su hija. Nos pilló enrollándonos en el almacén.
La expresión de la cara de Antonio cambió de inmediato adoptando un gesto serio nada propio de él.
―Creo que tienes razón, Lovi, busquemos otro sitio donde comer.
Miré incrédulo a Antonio, que se alejó un par de pasos del restaurante. Lo agarré por la parte de atrás de su camiseta, haciendo que se detuviera y se diera la vuelta.
―Espera, espera, ¡no me jodas! ―dije―. Te… ¡Te has puesto celoso!
―¡¿Qué?! Por supuesto que no, Lovi ―dijo fingiendo una sonrisa―. ¿A santo de qué iba a ponerme celoso?
―Venga ya, no intentes negarlo. Si te ha cambiado hasta la cara, joder.
―Estás exagerando.
―¡Exagerando una mierda! ―le espeté―. Ha sido mencionar que me lie con la hija del jefe y se te ha borrado la sonrisa de la cara.
―Bueno, vale, puede que no me haya hecho mucha gracia.
―¡No me digas! ―dije con sarcasmo―. Pues déjame que te recuerde que antes de mudarme a España y conocerte yo tenía una vida, al igual que tú, joder. Es como si yo me pusiera celoso cada vez que te veo cerca de Emma.
―¿Emma? ―preguntó extrañado―. ¿Qué tiene que ver Emma con esto?
―Que fue tu novia, joder ―empezaba a enfadarme―. No te hagas el tonto conmigo, bastardo.
―No me hago el tonto, Lovi ―se defendió―, es que no es lo mismo.
―¡Claro que sí!
―No. A ver, sí, Emma fue mi novia, ¿y? Hace ya muchísimos años de eso. Además tú la conoces, es amiga tuya, y sabes que está feliz con Mathias y que no tiene el mínimo interés en mí.
―Ya. Así que lo que pasa es que temes es un posible reencuentro, ¿no?
―Pfff, no ―dijo medio riéndose. Estaba mintiendo.
―¿Sabes qué? He cambiado de opinión, ahora me apetece muchísimo comer aquí.
―¡¿Qué?! No, Lovi, espera…
Entré en el restaurante ignorando por completo a Antonio, que me siguió al interior de inmediato. Ya que el muy bastardo se había puesto celoso al menos le daría un buen motivo para ello.
Una camarera se acercó para atendernos, precisamente la hija del dueño del local, se lo hice saber a Antonio. La chica me reconoció enseguida y se echó sobre mí para darme un par de besos, el primero de los cuales casi acaba en pico debido a que me había acostumbrado al orden español (primero izquierda, luego derecha) y en Italia se hace al contrario. La cara de Antonio era un poema.
La verdad es que no me esperaba una actitud tan amable por parte de mi antigua compañera, más que nada porque cuando su padre me echó la bronca por liarnos y me despidió le recriminé a voces delante de todo el personal que no hizo nada por defenderme (estaba muy cabreado y mi actitud cortés y galante con las mujeres se fue a la porra).
La chica nos llevó a una mesa y nos atendió durante todo el almuerzo. Cada vez que se acercaba, Antonio le lanzaba puñales con la mirada. Joder, se notaba que estaba molesto y celoso, muy celoso.
―Eh, bastardo ―dije dándole una patadita para que me prestara atención―, deja de comportarte así, maldita sea. Esa chica está más interesada en ti que en mí.
Hablaba en serio. Como Antonio no sabía italiano no se había enterado, pero mi antigua compañera le había echado el ojo (supongo que no se había percatado de las miradas asesinas que le dedicaba o no las interpretó bien) y no tuvo reparos en preguntarme acerca de él, aunque no le mencioné el detalle de que éramos pareja.
Mi novio no pareció muy dispuesto a creer lo que le decía y me respondió con un escueto y seco "seguro". De hecho, durante todo el almuerzo se mostró serio y distante, y apenas abrió la boca para decir más de dos palabras seguidas. Ni siquiera cuando por fin nos marchamos del restaurante modificó su actitud, continuó en absoluto silencio. Maldita sea, no esperaba que se comportara así, aunque yo mismo lo hubiera provocado poniéndolo celoso…
¡Vale, joder! Quizás me había pasado con la bromita.
―O-Oye, Antonio…
No me dio tiempo a pronunciar una disculpa, de improviso y sin decir una sola palabra, Antonio se echó encima de mí, me aprisionó contra la pared y capturó mis labios posesivamente en un brusco, fiero y ardiente beso. Como estábamos en plena calle y me daba vergüenza mostrarme así en público, mi primera reacción fue resistirme y tratar de apartarlo, pero no tuve éxito y pronto sucumbí al pasional beso correspondiéndolo con la misma intensidad. Mis brazos rodearon su cuello, apegándolo más a mí, mientras él metía una de sus manos por debajo de mi camisa y me acariciaba el torso. Aquello iba subiendo de tono por momentos.
Algunos de los transeúntes que pasaban por allí se quejaron en voz alta del espectáculo que estábamos dando y nos gritaron cosas del tipo "¡Id a un hotel!", pero a ambos nos dio igual, nos encontrábamos demasiado enfrascados en devorarnos el uno al otro como para que nos importara nada más.
Nos separamos lentamente, con la respiración agitada y un hilo de saliva conectando nuestras bocas. Una sonrisa de lado se dibujó en la cara de Antonio, que me dedicó una intensa mirada. Todavía se distinguía un atisbo de celos en sus ojos, pero sobre todo se veían cargados de lujuria y deseo. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad ante su mirada, mis mejillas se sonrojaron y tragué saliva con dificultad. Joder, no podía resistirlo, había conseguido encenderme.
―Va-Vámonos a casa ya.
Nos dejamos caer sobre el colchón el uno junto al otro, respirando de forma entrecortada, extenuados. Habíamos disfrutado de unas cuantas horas de intensa actividad amorosa y sexual, me temblaba el cuerpo entero, ya no daba para más.
―E-Espero que te hayas quedado satisfecho, bastardo.
―Sí, bastante ―dijo sonriendo de lado. Se colocó sobre mí y acercó su boca a la mía para morderme el labio suavemente y luego besarme―. ¿Acaso quieres más?
―Uff… no ―resoplé―. He tenido más que suficiente por hoy. Será una suerte si luego soy capaz de ponerme de pie.
―Qué exagerado eres, Lovi ―se rio el bastardo.
―¡Exagerado una mierda! ―repliqué―. Si hasta he perdido la cuenta de las veces que…
―Mejor ―me interrumpió―, señal de que lo has disfrutado.
Me sonrojé por ese comentario. Antonio se rio y volvió a pegar su boca a la mía para besarme suavemente. A continuación, se echó a mi lado sobre la cama y se quedó mirándome con una boba sonrisa en los labios. Me giré hacia él y sonreí también, había vuelto a comportarse como el bastardo amable, alegre y complaciente de siempre.
―Me alegro de que se te pasara el enfado de antes ―dije algo avergonzado―. Sólo pretendía molestarte un poco, nada más.
―Pues lo conseguiste, sin duda ―dijo poniéndose serio. Mierda, esperaba que no volviera a cabrearse―. Tu "amiguita" venía a nuestra mesa más de lo necesario.
―Ya te dije que le interesabas y quería saber de ti, bastardo ―Antonio me miró no muy convencido de mis palabras―. Por lo visto le parecías muy guapo y atractivo ―rodé los ojos con hastío―, debería ponerse gafas…
―¡Oye! ¿Acaso no te parezco guapo y atractivo?
Ni de coña pensaba responderle a eso. Para mi desgracia un intenso sonrojo adornó mis mejillas, las hinché molesto. Antonio recuperó su carácter alegre, se rio y me dio un beso rápido en los labios.
―El caso ―continué―, que debería haber sido yo el que se pusiera celoso, no tú. Además, era imposible que esa chica tuviera el más mínimo interés en mí, joder.
―No veo por qué no.
―Porque la última vez que nos vimos, justo después de que nos pillaran y me despidieran, le grité cosas no muy agradables delante de toda la plantilla del restaurante, su padre prácticamente me sacó de allí a patadas.
―Vaya, ¿en serio? Pues no parecía muy molesta de verte otra vez.
―Ya. La verdad es que me sorprendió que fuera tan amable ―me quedé pensativo―. Espero que no nos hayan escupido en la comida.
Antonio puso cara de asco e inmediatamente después ambos nos echamos a reír.
―Ay, Lovi ―dijo tras recuperar el aliento mientras se limpiaba unas lagrimillas de la risa―, algún día tienes que contarme por qué te echaron de todos esos restaurantes en los que trabajaste.
―Porque mis jefes eran rematadamente idiotas, ¿no te lo había dicho ya?
―¡Eso no vale! ―protestó hinchando los cachetes―. Quiero los detalles de todos y cada uno de los sitios en los que estuviste.
―De acuerdo, bastardo, algún día te los contaré ―acepté―. Pero hoy no.
Antonio pareció contentarse con eso.
―En fin, creo que voy a darme una ducha ―dije incorporándome sobre el respaldo de la cama―, estoy todo pringoso y sudado.
―¿Quieres que te frote la espalda? ―preguntó con un tono sugerente.
―No, bastardo pervertido. ¿No te parece que ya nos hemos "frotado" suficiente por hoy? Creí que te habías quedado satisfecho.
―Siempre puedo hacer un pequeño esfuerzo.
―Como si te costara mucho trabajo ―comenté irónicamente en voz baja.
―¿Qué?
―Nada. Mejor reserva las energías para otra cosa, bastardo, como por ejemplo para ayudarme a ponerme de pie.
Como activado por un resorte, Antonio se levantó de la cama y en apenas unos segundos lo tenía delante de mí para ayudarme. Claro que él, en lugar de simplemente echarme una mano, optó por cargarme como a una jodida princesita y llevarme en brazos hasta el baño a pesar de mis quejas y protestas en contra, ¡podía andar perfectamente, joder!
―Sólo quería que me ayudaras a levantarme, bastardo ―dije cuando me soltó―, no hacía falta que me trajeras hasta aquí.
―Ibas a venir de todas formas, te he ahorrado el camino ―replicó encogiéndose de hombros, sonriente―. ¿Necesitas algo más?
―Que te vayas para que pueda ducharme tranquilo.
―¿Y qué te parece si mejor llenamos la bañera y nos bañamos juntos?
Antes de que pudiera contestarle, Antonio ya estaba llenando la bañera. Rodé los ojos, no sé para qué demonios preguntaba nada si al final acabábamos haciendo lo que a él se le antojaba. Aunque su idea no estuvo para nada mal, nos dimos un largo y relajante baño de espuma que me sentó de escándalo.
Tras ponernos algo de ropa cómoda, bajamos a la cocina para merendar. Era media tarde y tanta actividad física nos había abierto el apetito. Preparé café y sacamos de la nevera unos dulces que compramos el día anterior. Estaba a punto de hincarle el diente a un delicioso cannolo cuando mi móvil empezó a sonar desde el salón, donde lo había dejado cargando. Joder, no se podía ser más inoportuno.
―¿No vas a cogerlo? ―me preguntó Antonio.
―No, para cuando vaya ya se habrá cortado. Si es algo importante seguro que vuelven a llamar.
Y efectivamente, volvieron a llamar. No tardaron ni un minuto en hacerlo después de que se cortara la primera llamada, quizás fuese algo urgente.
Dejé mi dulce a medias y fui lo más rápido posible al salón. Cogí el móvil de encima de la mesa de la tele y le desconecté el cargador. No conocía el número que aparecía en la pantalla, pero aun así contesté.
―Pronto?
―¡¿ESTÁS EN ROMA?!
―¡WAAAAAH!
Grité del susto al reconocer la voz de quien me había llamado y, por acto reflejo, tiré mi teléfono al sofá que tenía enfrente. De inmediato, Antonio apareció corriendo en el salón con cara de preocupación.
―¿Qué te pasa, Lovi? ―me preguntó alarmado―. Te he escuchado gritar, ¿estás bien?
No le respondí. Con una mano ligeramente temblorosa señalé el sofá sobre el que yacía mi móvil. Antonio miró hacia allí y luego volvió la vista hacia mí, confuso.
―Eeeeh, no lo pillo. ¿Qué pasa?
Miré el móvil. La llamada no se había cortado, podía oír perfectamente la voz que salía por el auricular, una voz femenina muy familiar e inconfundible que me gritaba enfadada.
―E-Es… ¡Es mi madre!
Hasta aquí el capi. Espero que os haya gustado :)
Como siempre, muchas gracias a todos por leer, y por vuestros comentarios, favs y follows.
¡Nos leemos!
