Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.


Capítulo 6: Vacaciones en familia

Nuestra primera semana de vacaciones había sido sensacional, aunque algo movidita dado que no paramos de ir de un sitio a otro visitando monumentos y lugares emblemáticos de la ciudad. Resultó terriblemente agotador (al menos para mí), pero mereció la pena. Lo único que enturbió aquella estupenda semana fue la inesperada llamada telefónica de mi madre.

Maldición, lo último que quería era que ella se enterara de mi presencia en Roma. No era para menos ya que nos llevábamos fatal, no nos soportábamos y, por si fuera poco, encima me echó de casa tres años atrás obligándome a marcharme a España con mi hermano para vivir con el abuelo (sé que fue idea del viejo que me mudara allí, pero eso no quita que mi madre me obligara a ir en contra de mi voluntad). Por eso no quería que supiera de mí, pero el estúpido bocazas de mi hermano me delató durante una llamada al preguntarle si ya había ido a visitarla. Después de soportar durante media hora los gritos de mi madre y sus acusaciones sobre lo mal hijo que era, a ese idiota de mi hermano le cayó una buena bronca telefónica de mi parte.

En fin, pretendía hacer como si nada e ignorar todo lo referente a la llamada de mi madre, pero nada más soltar el móvil Antonio sacó el tema, ni tiempo me dio a dejar de pensar en ello.

―¿Tus padres están aquí?

―¿Cómo que si "están aquí"? ¿En Roma te refieres?

Antonio asintió.

―Pues claro, joder, ¿dónde demonios van a estar si no?

―No lo sé ―se encogió de hombros―. Como no los has mencionado ni tampoco has dicho nada sobre ir a visitarlos pensé que quizás estuvieran de vacaciones por ahí.

―¿Y no se te ocurrió pensar que no he dicho nada sobre eso por la simple y llana razón de que no entraba en mis planes? ¡Ni entra, maldita sea!

―Pero, Lovi, habrá que hacerles una visita, ¿no?

―¡¿Qué?! ―exclamé atónito―. ¿Y se puede saber a santo de qué tendríamos que hacer ESO?

―Porque son tus padres ―respondió recalcando lo más que pudo tal obviedad.

―¡No me digas! ―espeté con sarcasmo―. ¿Y qué?

―Que seguro que están deseando verte, ya hace mucho desde la última vez que estuvieron de visita en España.

Tomé aire profundamente para mantener la calma, me crucé de brazos y miré a Antonio levantando una ceja.

―Por si acaso lo has olvidado, bastardo, te recuerdo que mi madre y yo no nos llevamos bien. Joder, sabes que me odia. Aunque a ti te odia más todavía, ¡no te puede ni ver!

Antonio refunfuñó por lo bajo con cierta frustración sabiendo que no tenía argumentos para rebatir lo que le había dicho: mi madre le echó la cruz desde el momento en el que lo conoció, cuando se lo presenté como mi novio. Para él mi progenitora tampoco era santo de su devoción, sobre todo porque no le gustaba cómo se comportaba conmigo, pero al menos hacía el esfuerzo de dejar sus diferencias a un lado e intentar mejorar su relación con ella cada vez que se veían. No servía de nada.

―Aun así, Lovi…

―¡Olvídalo! ―lo interrumpí―. No vamos a hacerles ninguna visita a mis padres, así que deja el maldito tema de una puta vez, joder.

Con mi tono amenazador y mi dedo índice en ristre, conseguí que Antonio cerrara la boca y no volviera a mencionar aquel asunto, al menos hasta el día siguiente. Dado que hablar de una posible visita a mis padres era lo último que me apetecía, opté por ignorar al bastardo de mi novio cada vez insinuaba algo al respecto y largarme a otra habitación, o bien cambiaba de tema de inmediato.

No obstante, por mucho que yo tratara de evitar el tema sabía que el maldito bastardo de Antonio no se daría por vencido tan fácilmente, así que después de dos días me harté; su insistencia me tocó demasiado los cojones.

―En serio, bastardo, ¿qué maldito interés tienes en que vayamos a visitar a mis padres?

―Ninguno ―respondió Antonio encogiéndose de hombros.

―¡Venga ya! No me jodas. ¿Entonces por qué demonios no dejas de insistir con lo de ir a visitarlos?

―¡Porque no está bien! ―exclamó―. Me parece muy feo que llevemos una semana aquí y no te hayas ni dignado a avisarlos, son tus padres a pesar de todo.

Hinché molesto las mejillas y agaché la cabeza, en el fondo me sentía también un poco avergonzado por las palabras de Antonio. Maldita sea, es que no podía quitarle razón, ¡ni siquiera me vi capaz de replicarle!

―Además ―continuó Antonio―, no quiero que piensen que soy yo el que no quiere que vayamos a visitarlos.

―No seas idiota, no van a pensar eso.

―No veo por qué no.

―Porque me conocen lo bastante bien como para que den por hecho fácilmente que es cosa mía que no nos pasemos por casa a hacerles una visita.

―Pero a mí me conocen lo justo, y encima le caigo fatal a tu madre, así que podrían pensar que te he convencido para que no vayamos.

―¡Está bien, maldita sea! ―exclamé exasperado alzando los brazos―. No sé de dónde demonios has sacado esa idea, pero vale, de acuerdo, tú ganas: iremos a ver a mis padres. ¿Contento?

―Mucho ―sonrió ampliamente―. Ahora deberías llamarlos para avisarles de que mañana pasaremos a hacerles una visita.

―¡¿Mañana?! ¿Cómo que mañana?

―Cuanto antes mejor, ¿no te parece?

Gruñí y maldije entre dientes al bastardo manipulador de mi novio, una vez más había conseguido convencerme para que hiciera lo que se le había antojado. ¡Agh, me sacaba de quicio!

Cogí mi móvil y marqué el número de casa. La llamada no duró mucho, lo justo para decirle a mi padre, que fue quien respondió al teléfono, que nos pasaríamos por allí al día siguiente por la tarde. Sí, por la tarde, así lo decidí yo. No tenía intención ninguna de alargar nuestra visita más de lo necesario.

―Pero ¿nos quedaremos a cenar o no?

Rodé los ojos con hastío hasta dejarlos en blanco, era la quinta vez desde que telefoneé a mis padres el día anterior que Antonio me hacía la misma pregunta.

―Te lo repito otra vez, idiota, ¡no lo sé! Supongo.

―Esa respuesta no me aclara nada, ¿es un "sí" o un "no"?

―Es un "depende de lo mucho que me toquen los cojones hasta la hora de la cena". ¿Te parece más aclaratoria esta respuesta?

―Sigue siendo algo ambigua…

―¡No me toques los cojones, bastardo!

―De todas formas, creo que deberíamos comprar una botella de vino ―cambió de tema―. ¿Qué vino les gusta a tus padres?

―¡No lo sé! Tampoco hace falta que les llevemos nada.

―Pero sería un buen detalle.

Pasamos por un supermercado de camino a casa de mis padres para comprar el dichoso vino. Antonio observó con detenimiento las diferentes botellas colocadas en los estantes, pero no se decidía por ninguno concreto.

Yo no presté atención, estaba demasiado nervioso por nuestra visita, ya que me preocupaba el comportamiento que mostrarían mis padres. ¿A quién demonios pretendía engañar? Era mi madre la que me preocupaba. Con mi padre no había problema, de hecho incluso se llevaba bastante bien con Antonio, pero ella… ella era harina de otro costal, podía esperar cualquier cosa de su parte, entre otras una interminable lista de reproches hacia mi persona, como siempre.

Maldita sea, sentía que iba a necesitar una pequeña ayuda para soportar aquella jodida tarde, así que sin pensarlo mucho agarré un par de botellas de un vino tinto que me encantaba, aunque no tenía la menor idea de si a mis padres les gustaría. Tampoco me importaba.

Tras pagar el vino y una caja de bombones que a Antonio se le ocurrió coger en el último momento, nos pusimos en marcha con la vespa hacia mi antiguo hogar. Varias veces durante el trayecto estuve tentado de dar la vuelta, ganas no me faltaban, pero no me eché atrás y finalmente me planté delante de la puerta principal con Antonio.

Llevé el dedo hacia el timbre y lo dejé estático frente al botón sin llegar a tocarlo, no me decidía a hacerlo. Antonio me ahorró el trabajo pulsándolo él.

La puerta se abrió y tras ella apareció mi padre, que nos saludó a voz en grito alzando los brazos para, a continuación, estrecharme entre ellos al más puro estilo de mi abuelo. Joder, no me esperaba un recibimiento tan afectivo por su parte. Al soltarme, se fue para Antonio y le dio una bienvenida similar, yo entré en la casa.

―¡Por fin te dignas a aparecer por aquí!

Menuda manera de recibirme tan cariñosa tenía mi madre, que se hallaba frente a mí de pie con los brazos cruzados y mirándome con desaprobación, nada fuera de lo común, vamos.

―Yo también me alegro de verte, mamá.

―Déjate de réplicas y ven aquí a darle un beso a tu madre, descastado.

Rodé los ojos con hastío y resoplé sonoramente para mostrar mi fastidio, mi madre acentuó el gesto de desaprobación. Joder, no sé por qué demonios se empeñaba en hacer ese paripé si no me soportaba. De todas formas, preferí ceder a su exigencia antes que escuchar sus protestas y reproches, así que me acerqué a ella y nos dimos un par de besos en las mejillas. Sonrió con satisfacción.

En ese momento, entraron mi padre y Antonio. Al ver a mi novio, el gesto de mi madre cambió de inmediato a uno de desagrado. Él no pareció darse cuenta, la saludó alegremente y le entregó la caja de bombones que había comprado.

―¿Cómo está, señora? ―preguntó Antonio casi a gritos y hablando muy despacio. Me llevé una mano a la frente y negué con la cabeza, en cambio mi padre se echó a reír mientras que mi madre acentuó más todavía la expresión de disgusto de su cara.

Benissimo! ―respondió mi madre de mala gana y se metió en la cocina.

―Eso significa que está bien, ¿verdad?

―Sí, estupendamente ―dijo mi padre todavía desternillándose―. No te preocupes.

―Lo que no está es sorda para que le hables de esa forma, bastardo.

―Sólo quería que me entendiera, ¡y me ha entendido!

―Por la similitud de los idiomas, idiota.

―Lo importante es que se ha hecho entender ―intervino mi padre limpiándose las lagrimillas de la risa. Antonio sonrió orgulloso―. No le quites mérito, Lovino.

―¡Y tú no le sigas el rollo!

―Hay que ver lo que le gusta discutir a este chico ―comentó mi padre para Antonio―. Aunque tú lo sabrás bien.

El bastardo asintió ante aquella afirmación, se ganó un buen golpe en el brazo por ello. Mi padre y él intercambiaron una mirada significativa y ambos se echaron a reír, ¡qué molesto! Gruñí y los fulminé con la mirada, pero les dio completamente igual.

Ignorando a ese par de idiotas con los que estaba compartiendo espacio, me senté en mi rinconcito preferido del sofá del salón. Antonio se acomodó junto a mí, y mi padre en el sillón de al lado; todavía soltaban alguna que otra carcajada mal disimulada.

Mi madre apareció entonces haciendo gala de lo buena anfitriona que era, aunque la expresión de disgusto no se borraba de su cara. Traía algo de comida para picar y cuatro copas que mi padre se ocupó de llenar con el vino que habíamos llevado. Me bebí la mía casi entera de un solo trago.

―¿Tenías sed, hijo?

―Estaba seco, joder.

―En la cocina sigue habiendo un grifo del que sale agua potable, por si tienes más sed ―intervino mi madre con una nota de falsa amabilidad en la voz.

―No necesitaba que me lo recordaras ―respondí mientras rellenaba mi copa―. Por el momento me apaño con esto.

Alcé mi copa hacia ella y bebí un sorbo de vino. Me miró enfadada, frunciendo el ceño profundamente, pero no dijo ni una palabra.

Quien sí que habló fue Antonio. Mi padre se interesó por cómo estaba yendo nuestra estancia en Roma, lo que dio pie a que mi novio le respondiera no sólo a eso, sino que le contara qué lugares habíamos visitado y las impresiones que se había llevado de la ciudad. Mi madre no aguantó mucho escuchando la conversación y se fue a la cocina dejándonos solos.

―¡Lovino!

Joder, no habían pasado ni diez minutos y mi madre ya me estaba llamando a gritos. Hice como si no la hubiera oído (cosa difícil con las voces que estaba pegando) y me acomodé más todavía en el sofá. Ella insistió.

―Lovi, tu madre te está llamando.

―No me digas ―dije irónicamente―. ¿En serio?

―Más vale que vayas a ver qué quiere ―me advirtió mi padre―. Ya sabes cómo se pone.

Refunfuñando, solté mi vino sobre la mesa y me levanté del sofá con desgana.

―¡LOVINO!

―¿Qué? ―dije al entrar en la cocina. Mi madre, que estaba de espaldas a mí, pegó un respingo y se dio la vuelta para encararme.

―¡Te estaba llamando!

―Te he oído perfectamente todas las veces.

―¿Y entonces por qué demonios has tardado tanto en venir?

―¿Qué más da? ―decirle que estaba pasando de ella no era una buena opción―. Ya me tienes aquí, ¿no? ¿Qué demonios quieres?

―Que dejes de hacer el vago y me ayudes con la cena, maldita sea. Corta esos tomates y la mozzarella para la ensalada caprese.

―Pero…

―¿Pero qué?

Iba a responderle que aún no había decidido si nos quedaríamos a cenar, pero viendo que tenía bastante comida medio preparada, decirle que no contara con nosotros podría desatar su furia de manera desorbitada. Así que no había otro remedio, nos quedaríamos a cenar. Iba a necesitar algo más de vino para soportar la velada.

―Nada ―suspiré.

―¡Pues entonces déjate de réplicas y tonterías y ponte a hacer lo que te he dicho!

La obedecí a regañadientes sólo con tal de evitar los gritos y reproches que vendrían de no hacerlo.

El silencio se impuso en la cocina mientras preparábamos la comida. Me percaté entonces de que mi madre respiraba cada vez más fuerte, mala señal, implicaba que estaba dándole vueltas a algo que la molestaba, ¡y mucho!

―¿Por qué has tenido que traer a ese… ese… "amigo tuyo"? ―soltó de buenas a primeras. Eso era lo que la estaba molestando―. ¿No podrías haber venido con Feliciano?

Detuve mi labor con el cuchillo y me giré hacia ella despacio, pensando detenidamente en lo que le iba a responder.

―Mira, mamá, para empezar y por mucho que te moleste, Antonio ES mi NOVIO ―gruñó cuando pronuncié la palabra "novio"―. Y si no he traído Feliciano conmigo es porque no pintaba nada aquí, estoy de vacaciones con Antonio celebrando nuestro tercer aniversario.

―Oh, qué importante ―espetó sarcásticamente.

―Lo es.

―¡Hay cosas mucho más importantes! ―replicó enfadada―. Como visitar a tu familia, por ejemplo. Debería darte vergüenza llevar una semana en la ciudad y no haberte pasado a vernos hasta ahora, ¿por qué demonios has tardado tanto en venir? Seguro que ha sido cosa de… de ese… de ese maldito novio tuyo ―dijo con desprecio― que no querría que vinieras a visitarnos.

Me quedé totalmente descolocado. Joder, si al final resultaba que iba a tener razón Antonio cuando dijo que lo culparían de que no hubiéramos pasado antes a hacerles una visita a mis padres.

―Mira, mamá, que sepas que si no he venido hasta hoy ha sido porque YO no he querido, Antonio no ha tenido nada que ver. De hecho, de no ser porque él insistió y me convenció ni siquiera estaría aquí ahora mismo.

―¡Pues debería darte vergüenza ser tan mal hijo!

―Soy el peor, ¿no lo sabes ya de sobra? Fíjate que ni siquiera tenía registrado tu número de teléfono en mi móvil, quizás sea por lo mucho que me llamas ―espeté con sarcasmo―. Pero bueno, tienes a tu queridísimo, perfecto y adorado Feliciano, al que sí llamas, para que te dé los caprichos que quieras.

Le di la espalda y retomé mi tarea de cortar los tomates y la mozzarella para la ensalada. Mi madre gruñó y protestó por lo bajo. Sonreí con satisfacción por haberla hecho enfadar, no me importaba lo más mínimo que se cabreara, de hecho incluso me resultaba gracioso. Genial, el vino estaba empezando a hacer efecto en mí.

Terminé de preparar la ensalada y, como no, mi madre me encomendó una nueva tarea: poner la mesa. Llevé el mantel y los platos a la mesa de comedor del salón y, mientras los colocaba, me percaté de que mi padre y Antonio estaban en silencio (cosa rara); los únicos sonidos que se escuchaban provenían de la televisión, ambos estaban absortos mirando la pantalla.

―Hey, bastardi, ¿se puede saber por qué estáis tan callados?

―¡Shhhh! ―me chistó mi padre llevándose un dedo delante de los labios, pero sin apartar los ojos de la televisión―. ¡Calla!

―¿Qué demonios…?

―Es la serie que vimos en casa ―me informó Antonio en voz baja. Miré la tele y reconocí de qué serie se trataba en cuanto vi a la protagonista, la señorita Leone―. Por lo visto aquí también la ponen, pero en italiano.

―Normal, idiota, es una serie italiana. ¿Pero qué hacéis viéndola?

―¡Shhhh!

―Íbamos a ver un partido de fútbol que supuestamente era en esta cadena, pero estaba la serie, y nos hemos quedado viéndola.

―¿Y entiendes lo que dicen?

―Más o menos. Tu padre me traduce cuando no.

―¡Sssshhhhhhh!

Negando con la cabeza, cogí mi abandonada copa de vino de la mesa y me senté a ver la serie también. Me enganché tanto a la trama como mi padre y Antonio.

―¿Se puede saber qué hace la mesa todavía a medio poner? ―gritó mi madre provocando que los tres diéramos un bote del susto. Joder, me había olvidado completamente de la mesa―. ¡Lovino! ¡Te dije que…!

―¡Ssssssssshhhhh!

La cara de mi madre se contorsionó en una horrible mueca de enfado, las aletas de su nariz se abrían y cerraban como las de un toro enfurecido, daba miedo. Se notaba que no le había hecho mucha gracia que mi padre le chistara. Vino hacia nosotros con los puños cerrados y apretados con fuerza contra las caderas. Agarré el brazo de Antonio de manera instintiva y me hundí a su lado tratando de ocultarme cuanto pude.

―¡¿Qué demonios hay tan interesante en esa maldita televisión para que me mandes callar?!

Mi padre pareció percatarse del inminente peligro y apagó la tele de inmediato.

―Nada, cariño ―le respondió mi padre con una temerosa sonrisa―. ¿Qué decías?

―¡LOVINO! ―gritó mi madre sin apartar los ojos de su marido―. ¡La mesa!

Corrí a terminar de colocar los platos y cubiertos, arrastrando a Antonio conmigo.

Mi madre le cantó las cuarenta a mi padre por su desfachatez al chistarle, y más delante de un "extraño" como Antonio. Él se limitó a agachar la cabeza, asentir ante todo lo que ella decía y pedirle perdón. Resultaba un tanto bochornoso.

―¿Qué es lo que están discutiendo tus padres, Lovi? ―me preguntó Antonio en voz baja.

―No discuten. Mi madre le está recordando quién manda aquí.

―Oh, vaya.

―Obviamente es ella la que manda, por si no te quedaba claro.

―Eso me parecía.

Terminada la casi infinita ronda de reproches, mi padre vino hacia la mesa con la cabeza gacha, nos dedicó una sonrisa avergonzada y se sentó, mientras que mi madre fue a la cocina y regresó con los entremeses.

Antonio alabó el buen aspecto de la comida acompañando sus palabras con una enorme sonrisa hacia mi madre y un gesto con el pulgar levantado, para hacerse entender mejor. Ella ni siquiera le dio las gracias, simplemente rodó los ojos. Estuve a punto de reprocharle su comportamiento, pero mi padre distrajo mi atención antes de hacerlo.

―¿Y qué tal todo por España? ¿Terminaste bien el curso, Lovino?

―Sí, las aprobé todas, aunque me agobié un montón entre los exámenes y los ensayos para un concierto que dimos a final de junio. Sólo al idiota estirado de Roderich se le ocurre poner un jodido concierto en una fecha tan mala.

―¿Aún sigues tocando el violín? ―preguntó mi madre con cierta incredulidad.

―¿Acaso lo dudabas?

―Pues sí. Sabiendo cómo eres me extraña que no lo hayas dejado.

―Cómo se nota lo mucho que me conoces ―ironicé.

―Tampoco sería la primera vez que lo hicieras.

―Ya, pero no ha sido el caso. Te has equivocado. Sigo con el violín, y también sigo trabajando en el restaurante a pesar de que mi jefe es un auténtico gilipollas que me saca de mis casillas.

―¡Lovino! ―me llamó la atención mi padre, que golpeó la mesa con el puño―. ¡No te consiento que hables así de tu abuelo!

―¡No me refería al viejo, joder! ―repliqué molesto hinchando las mejillas―. Tengo otro jefe aparte de él: el maldito encargado del restaurante, que es un idiota insoportable. Por mucho que el abuelo me fastidie a veces, jamás en la vida se me ocurriría hablar de él así, maldita sea.

―Más vale que así sea. ¿Y a ti qué tal te va con tu guardería, Antonio?

―¡Muy bien! ―respondió sonriente mi novio―. Este año se matricularon muchos más niños que el año pasado, casi no dábamos abasto.

E le mamme si fidano di lui? ―dijo mi madre en tono despectivo―. Pazze!

―¿Qué? ―quiso saber Antonio―. Non capisco.

―L-Las madres ―intervino rápidamente mi padre―, que si están contentas.

―Oh sí, están encantadísimas ―respondí yo recordando a las dichosas mujeres que babeaban por Antonio cada vez que iban a recoger a sus retoños. Le di un buen trago a mi vino―, mucho más que los propios críos. Sobre todo con el profe, a veces les falta ponerse un maldito babero cuando lo tienen delante.

―Lovi… ¿otra vez con eso?

―Así que las traes locas, ¿eh? ―se rio mi padre dándole un par de palmaditas en la espalda al bastardo, los fulminé a ambos con la mirada―. Esto… ¿y qué tenéis pensado hacer en los próximos días?

Con lo sencilla que era la pregunta Antonio no se pudo limitar a responder diciendo simplemente que haríamos turismo, sino que habló ilusionado de todos y cada uno de los lugares que teníamos previsto visitar. Mi padre, que lo escuchó con atención, señaló que hacía mucho tiempo que no iba por algunos de esos sitios y entonces se le ocurrió la brillantísima idea (nótese el sarcasmo) de proponer que al día siguiente fuéramos los cuatro juntos de turismo. Quise negarme, pero antes de abrir siquiera la boca el idiota de Antonio se me adelantó:

―¡Me parece estupendo!

―¡¿QUÉ?!

―¡Decidido entonces! ―exclamó mi padre―. Mañana haremos turismo.

Maldita sea, íbamos a pasar otro día en compañía de mis padres, ¡menuda pesadilla! Apreté los puños por debajo de la mesa, frustrado, aguantándome las ganas de gritarles una sarta de insultos a ese par de idiotas de mi novio y mi padre, que lo habían decidido todo por su cuenta sin ni siquiera darme un asqueroso segundo para opinar, ¡qué molesto!

―Deberíamos acordar un lugar y una hora para encontrarnos.

―O podrían quedarse aquí a pasar la noche y así salimos todos juntos por la mañana ―propuso mi madre.

―Qué buena idea, querida.

―¡Y una mierda!

―¡Esa lengua, Lovino!

―No nos vamos a quedar ni de coña, joder. Hemos venido a haceros una visita e irnos, maldita sea. Mañana ya nos veremos otra vez como habéis decidido ―hice énfasis en lo último―. Pero esta noche volveremos a casa del abuelo.

―¿Y cómo pensáis regresar? ―inquirió mi madre―. ¿En taxi? ¿Autobús?

―Igual que hemos venido, en mi vespa.

―¿En tu vespa? ―se sorprendió y volvió la vista hacia mi padre, al que miró enfadada―. Creí que te habías deshecho de ese cacharro infernal hacía tiempo.

―Y… Y lo hice, c-cariño ―respondió nervioso mi padre, que tragó saliva. Una gota de sudor recorrió su sien mientras mi madre lo perforaba con los ojos―. L-La quité de en medio como querías, simplemente no… no la llevé a ningún desguace sino que se… se la di a mi padre para que se ocupara él de guardarla. Al fin y al cabo es lo mismo… ¿no?

Mi madre no respondió, se limitó a entrecerrar los ojos intensificando la mirada de enfado que le estaba dedicando a mi padre. Joder, la tensión era palpable.

―V-Voy… Voy a traer el plato principal.

Mi padre aprovechó esa excusa para huir.

Cuando regresó de la cocina, mi madre prácticamente le arrancó de las manos la fuente que traía y nos sirvió la comida, excepto a él, que llenó su propio plato sin rechistar, bastante la había cabreado ya con lo de la vespa.

―Bien, ¿entonces qué? ―inquirió mi madre rompiendo el silencio que se había instaurado en el comedor―. Pasaréis aquí la noche, ¿verdad?

―Ya te he dicho que no, maldita sea.

Ya era bastante jodido que me hubieran impuesto pasar otro día en compañía de mis padres sin venir a cuento como para encima quedarnos a pasar la noche allí con lo que ello implicaba. Sabía que mi madre lo había propuesto únicamente para fastidiarme.

―No veo por qué no. Es lo mejor para que salgamos todos juntos mañana ―se metió mi padre poniéndose de parte de su querida esposa. Normal, ahora debía hacer todo lo posible por contentarla para que se le pasara el cabreo con él―, la idea es buenísima.

―No, porque… porque ―tenía que inventarme una buena excusa―… porque todas nuestras cosas están en casa del abuelo, ni siquiera tenemos pijamas…

―¿Desde cuándo eso es un problema para ti? ―preguntó mi madre alzando una ceja―. Pocas veces en tu vida habrás usado pijama, y en verano menos.

―Una noche se pasa de cualquier forma, Lovino.

―Además, ¿cómo diablos vas a conducir con la cantidad de vino que has bebido?

―¡No he bebido tanto, joder!

―¿Ah, no? Si os habéis tomado las dos botellas de vino que habéis traído y otra que va por la mitad prácticamente entre los tres, y he visto que no has parado de rellenarte la copa. ¿Cuántas llevas?

Realmente no podía responder a esa pregunta, pues perdí la cuenta de las copas que bebí después de la segunda.

―¿Y eso qué más da? Estaré bien para cuando nos vayamos.

―¡Lo dudo mucho! Sobre todo teniendo en cuenta todo el vino que has bebido, ¡sería una irresponsabilidad!

―Creo que tu madre tiene razón, Lovi ―dijo Antonio después de que mi padre le contara de qué estábamos hablando. Me volví hacia él totalmente atónito―. Has bebido mucho para conducir, lo mejor es que pasemos la noche aquí.

Maldita sea, lo último que necesitaba era que el bastardo de Antonio se pusiera de parte de mi madre. Mi asombro cambió rápidamente a enfado, pero él no se amilanó por eso y me sostuvo la mirada hasta que aparté la mía con un gruñido de frustración.

―¡Está bien, maldita sea! ―acepté―. ¡Nos quedamos!

El bastardo sonrió complacido, al igual que mis padres.

―¿Y dónde se supone que dormiremos?

―Pues tu amig-… Antonio ―se corrigió mi madre― en tu habitación y tú en la de Feliciano.

―¡¿Vamos a dormir cada uno en un cuarto?!

―¡Por supuesto! ―replicó muy seria frunciendo el ceño―. No sé lo que te deja hacer tu abuelo en su casa, ni me interesa saberlo, pero aquí no pienso permitir ningún tipo de indecencia.

―¿Qué indecencia ni qué…? ¡Vamos a dormir simplemente!

Discutí con mi madre hasta que acabamos de cenar, pero no sirvió para nada. Su voluntad era la única válida en la casa.

Resignado y cabreado, acompañé al bastardo a mi antigua habitación. Cerré la puerta con un fuerte portazo y me dejé caer en la que una vez fue mi cama. Nadie podía impedirme estar allí, ya me largaría a la habitación de Feliciano más tarde.

―Así que éste es tu cuarto ―comentó Antonio mirando alrededor.

―Era ―puntualicé de mala gana―. Te recuerdo que no vivo aquí desde hace tres años, mi madre me echó.

―No exageres, Lovi ―dijo riendo.

―¡Vete a la mierda, bastardo!

―¿Estás enfadado conmigo? ―inquirió enarcando una ceja, confuso.

―¿A ti qué te parece?

―¿Y puedo saber por qué?

―¿De verdad necesitas que te lo diga? ¿No eres capaz de deducirlo por ti mismo, bastardo? ―grité enfurecido―. ¡Te has puesto de parte de mi madre, joder!

Le di la espalda al bastardo girándome hacia la pared. Él se sentó en la cama, noté que el colchón se hundía. Me rodeó por la cintura y echó su torso sobre mí, le di un codazo para apartarlo, pero no se despegó.

―Lovi, lo siento, no quería que te enfadaras ―me dijo cerca de la oreja con voz suplicante―. Te juro que no pretendía ponerme de parte de tu madre. Lo que pasa es que no hemos parado de beber desde que llegamos, lo que no es precisamente lo más indicado para conducir, y menos en esta ciudad que van como locos; así que lo de quedarnos aquí me pareció una buena idea. Además, es lo más cómodo para ir mañana con tus padres.

―¡Esa es otra! ―dije resentido girándome un poco para encararle―. Lo de mañana lo habéis decidido mi padre y tú por vuestra maldita cuenta, ni siquiera me dejasteis que abriera la puta boca para opinar, bastardo.

―Ay, lo siento~ ―hundió la nariz en mi cuello―. Respondí sin pensar cuando tu padre lo sugirió. Culpa del vino.

―Del vino y de tu bocaza ―le espeté incorporándome contra la pared―, que no sabes mantenerla cerrada.

El bastardo se quedó donde estaba mirándome con cara de pena… ¡Agh! Sus malditos ojos implorantes siempre conseguían que me ablandara, y esta vez no fue diferente. Se sentó a mi lado de inmediato sonriendo felizmente en cuanto relajé el gesto, aunque aún seguía molesto por la situación.

―Joder, ¿no bastaba con venir a visitarlos?

―Supongo que deben querer pasar más tiempo contigo.

―O fastidiarme. Por eso esta noche tú duermes aquí y yo en la habitación de al lado.

―Habrá que aguant…

―¡Esta puerta la quiero abierta! ―gritó mi madre irrumpiendo de repente en la habitación. Nos echó un vistazo rápido y se largó.

―¡No estamos haciendo nada, maldita sea! ―grité enfadado―. ¿Ves como sí era para fastidiar?

Antonio se estaba riendo. Me dejó totalmente descolocado.

―¿De qué demonios te ríes, bastardo?

―Es que es como si hubiera vuelto hacia atrás en el tiempo hasta mi adolescencia, o casi ―explicó entre risas―. No me ocurría una cosa así desde que iba al instituto, cuando empecé a salir con Emma.

―¿Su madre también entraba de pronto y sin avisar en la habitación en la que estabais?

―No, era más sutil.

―¿Sutil en qué sentido?

―Solía llamar antes de entrar, aunque la puerta como mucho estaba entornada. No nos dejaba tenerla cerrada. Reglas de la casa.

―Querría evitar cualquier tipo de "indecencia", igual que mi madre. Aunque realmente el principal motivo de lo que ella haga es fastidiar.

―No nos queda de otra que aguantarnos ―se encogió de hombros―, al menos por esta noche. Se me va a hacer muy raro no tenerte a mi lado en la cama.

―Te jodes ―repliqué poniéndome de pie―. No haber aceptado quedarnos.

―Me arrepentiré toda la noche.

―Mejor, así aprenderás ―dije resentido―. En fin, me largo a mi habitación… bueno, a la de Feliciano.

Antonio me sujetó la mano antes de que me moviera.

―¿No me das un besito de buenas noches?

―No has hecho nada para ganártelo, bastardo.

Agité el brazo consiguiendo que me soltara, pero de inmediato volvió a agarrarme y tiró de mí haciéndome caer sobre la cama. Se me echó encima y clavó su penetrante mirada verde en la mía mientras sonreía de forma traviesa. Consiguió ponerme nervioso.

―Ya que no me das un beso, tendré que robártelo.

Juntó su boca con la mía de manera algo brusca. Traté de apartarlo al principio, pero finalmente cedí, me abracé a su cuello y correspondí al pasional beso intensificándolo, acompañando los movimientos de su lengua con los de la mía. Joder, qué manera de dejarme llevar. Le mordí el labio conforme nos separábamos y sonreí de lado.

―Ya conseguiste lo que querías, bastardo, ¿estás contento?

―Mucho ―sonrió y me dio un beso rápido en los labios―. Ahora podré dormir tranquilo.

Antonio bajó la cabeza para volver a besarme, pero se lo impedí poniéndole la mano en la cara, si le permitía seguir no me dejaría marchar (o lo haría cuando apareciera mi madre con sus gritos). Tras apartarlo un poco con un ligero empujoncito, me escabullí rápidamente de debajo de su cuerpo y, despidiéndome con un simple "hasta mañana", salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí.

Dejando escapar un profundo suspiro, me tiré sobre la cama de Feliciano, cansado. Aquel maldito día había sido largo y agotador, al menos para mí, y para colmo la siguiente jornada se presentaba similar… casi prefería no pensarlo. No veía la hora de regresar a casa del abuelo estar tranquilo y a solas con Antonio.

En fin, ya quedaba menos. Por el momento, lo mejor era dormir.


A primerísima hora de la mañana, mi madre se coló en mi habitación (la de Feliciano) llamándome a voz en grito y dando fuertes palmadas para que me levantara. Por si eso no fuera lo suficiente fastidioso, también abrió hasta arriba la persiana, permitiendo que entrara la intensa luz de la mañana.

Refunfuñando molesto, me cubrí la cabeza con la almohada para protegerme de la luz y de sus gritos y seguir durmiendo.

―¡Deja de remolonear! ―gritó quitándome la almohada de un tirón―. ¡Ya es hora de levantarse!

―¡Déjame dormir en paz, joder! ―me encogí sobre mí mismo―. Todavía es muy temprano.

―De temprano nada, ¡ARRIBA!

No me quedó más remedio que obedecer y levantarme, sabía que no me dejaría tranquilo hasta hacerle caso. De hecho, en cuanto me incorporé se largó.

Maldiciendo por lo bajo, me vestí y fui cabreado a la cocina. Mi madre ya se encontraba allí, al igual que mi padre, que preparaba tostadas, y Antonio, sentado a la mesa.

―¡Buenos días, Lovi! ―me saludó alegremente Antonio, que se levantó para darme un rápido beso en los labios. Mi madre nos echó una mirada de desaprobación―. ¡Qué madrugador has sido hoy! ¿Has dormido bien?

―Perfectamente hasta que cierta persona ha venido a despertarme.

―Es mejor salir temprano ―intervino mi padre―, luego hace mucho calor.

―Ya, pero…

Quanto dello zucchero vuoi? ―interrumpió mi madre dirigiéndose a Antonio, que la miró sin comprender. Ella levantó la taza de café que tenía en la mano―. Zucchero! Per il caffè!

―Azúcar, Antonio, que cuánta quieres.

―Ah, vale ―se rio y enseñó la mano levantando los dedos índice y corazón formando una uve―. Due!

Mi madre nos dio la espalda y se volvió unos segundos después con una taza de café en la mano. La colocó sobre la mesa delante de Antonio sin mirarlo y, por un momento, pensé que la derramaría sobre mi novio con tal de putear, pero no, se dio la vuelta y fue hacia la encimera para echar el resto de los cafés. Quizás estaba siendo demasiado malpensado.

―E-El café tiene un sabor raro, ¿no? ―dijo Antonio haciendo muecas después de beber un sorbo―. ¿O es cosa mía?

Levanté una ceja, extrañado, mi café sabía normal. Mi padre se encogió de hombros, y mi madre… mi madre puso cara de póker. Quizás no iba desencaminado pensando mal de ella.

Intrigado, probé un trago de la bebida de mi novio. No es que supiera raro, es que estaba asqueroso. Lo escupí inmediatamente.

―¡MAMÁ! ―grité enfadado―. ¡Lo has hecho a propósito!

―¿A propósito? ¿El qué? ―se hizo la inocente―. ¿De qué hablas?

―Lo sabes bien, ¡le has puesto sal al café de Antonio!

―¿Sal? ―se tapó la boca fingiendo sorpresa―. ¡No me digas que me he confundido de tarro! Estaban los dos juntos y…

―No te has confundido, maldita sea ―dije mientras llevaba la taza de Antonio al fregadero y vertía su contenido en él. Le serví otro café―. Ha sido a propósito.

―¡No lo ha sido!

―Lovino, cualquiera se puede equivocar…

―Pero ella no…

―¿Qué pasa, Lovi? ―preguntó Antonio, que no se enteraba de nada porque hablábamos en italiano.

―Que mi madre te quiso putear poniéndote sal en el café.

―¡Lovino! ―me regañó mi padre―. Ha dicho que se ha equivocado.

―Claro, y yo me lo creo ―dije irónicamente.

―Seguro que tu madre simplemente se ha confundido de bote, Lovi ―le restó importancia Antonio―. No le des más vueltas.

Decidí dejar el tema sólo porque no quería dar comienzo a una discusión interminable, no porque creyera que mi madre se había confundido. Nadie me convencería de que no lo había hecho a propósito únicamente para fastidiar, yo no era tan inocente como el idiota de Antonio.

―Sabes que lo de la sal en el café no ha sido una confusión, ¿verdad, bastardo? ―le dije después de desayunar mientras esperábamos en la puerta de casa a que mis padres se prepararan para salir―. Ha sido a posta.

―Por supuesto que lo sé, Lovi, no soy tonto. Que me lo haga es distinto ―rio. Vale, quizás había subestimado a Antonio, no siempre era tan crédulo y despistado como parecía―. Además, ponerme de malas con tu madre por esa jugarreta no me iba a servir de nada, ya me detesta suficiente como para encima empeorarlo, ¿no te parece?

En eso tenía que darle la razón.

―¡Ya estamos listos! ―anunció mi padre―. ¡Vamos al coche!

Desplazarnos en coche de un sitio a otro, por mucho que Antonio prefiriera ir andando, fue lo único bueno de aquel interminable día de turismo con mis padres.

Mi madre no dejó de interponerse entre Antonio y yo cada vez que tenía oportunidad, ni caminar cogidos de la mano podíamos. Lejos de molestarse como yo, mi novio aprovechó dichas ocasiones para tratar de entablar conversación con ella, hablando lentamente en una extraña mezcla de chapurreos en español e italiano (a la que denominaré "itañol"). Por los gestos de disgusto que hacía mi madre, parecía que no le agradaba mucho el parloteo del español, ¡pues que se fastidiara!

Ni siquiera el almuerzo sirvió para poner un paréntesis a aquella tortura de día. Y es que, como si no hubiera más restaurantes en toda la maldita Roma, a mis padres no se les ocurrió una mejor idea que ir a comer precisamente a uno de los tantos en los que trabajé; concretamente a uno cuyo dueño era un conocido suyo, pero que no por ello tuvo ningún tipo de consideración conmigo, más bien al contrario: el muy cabrón me tuvo prácticamente como su criado mangoneándome a su antojo durante un mes hasta que lo mandé a la mierda, mucho tardé. Así que encima, por si no fuera suficiente de por sí, me tocó soportar alguna que otra indirecta por parte de mi ex jefe, al que fulminé con la mirada en más de una ocasión.

Me pareció mentira cuando por fin, al final de la tarde, regresamos a casa de mis padres. Ni siquiera pretendía despedirme de ellos, me dirigí raudo hacia mi vespa para largarme cuanto antes, y lo habría hecho de no haber sido por los airados reproches de mi madre sobre lo descastado que era. Un pequeño regaño más y un par de besos la satisficieron; de Antonio pasó olímpicamente.

―Discúlpala, por favor ―pidió mi padre, que se rascó la nuca algo avergonzado―, ella es…

―¡No trates de excusarla!

―No pasa nada ―sonrió Antonio―. No le des más importancia de la que tiene, Lovi.

―Pero es que… ¡Arg! ―mascullé―. ¡Vámonos ya de una vez!

Nos despedimos de mi padre con un abrazo.

―¿Volveréis por aquí antes de regresar a España?

Antonio y yo respondimos a la vez:

―¡Por supuesto que sí!

―¡Ni de coña!

Miré incrédulo al bastardo, que me devolvió una amplia sonrisa. Joder, ¿cómo demonios era posible, después de aquellos dos horribles días, que pensara siquiera en volver por allí? No me entraba en la cabeza.

Tras despedirnos una última vez de mi padre, emprendimos el camino hacia casa del abuelo.

Ya había anochecido cuando llegamos. Metí la vespa detrás de la verja de entrada al garaje y entonces me percaté de algo que llamó mi atención desde el interior de la casa.

―Joder, no me digas que ayer nos largamos y nos dejamos las luces encendidas.

―Todavía era de día cuando nos fuimos ―recordó Antonio, que de inmediato abrió mucho los ojos en un claro gesto de alarma―. No habrá entrado alguien a robar, ¿verdad?

―¡¿QUÉ?! ―me acojoné ante tal posibilidad―. E-Espera, ¿adónde demonios vas?

Antonio se acercó con sigilo a la puerta principal y la abrió apenas empujándola un poco, lo que implicaba que no estaba cerrada y que probablemente habría alguien en el interior. Mi novio me miró serio y se llevó un dedo delante de los labios indicándome que permaneciera en silencio, tragué saliva con dificultad y asentí despacio. Él asintió también, pero con seguridad, se irguió e hizo gala de su valentía adentrándose en la casa a toda velocidad.

Un grito desgarrador resonó desde el interior. Temí asomarme por lo que pudiera encontrar, aunque la voz que sonó no era la de Antonio, por lo que me decidí a entrar.

Había un tipo tirado en el suelo revolviéndose y pidiendo ayuda, ya que Antonio se encontraba encima suyo y le sujetaba un brazo a la espalda manteniéndolo inmovilizado.

―¿Qué está pasando aquí?

Di un bote del susto al escuchar la voz proveniente de las escaleras, hacia donde desvié la vista quedándome estupefacto.

―¡¿Romu?!

Mi abuelo sonreía mientras bajaba lentamente las escaleras.

―¡Hola, Antonio! ―saludó―. ¡Hola, Lovino!

No fui capaz de responder al saludo, ¡no salía de mi asombro! ¿Por qué demonios se encontraba el abuelo allí?

Fratello!

De pronto Feliciano, que salió de a saber dónde (porque ni siquiera lo vi aparecer), se me tiró encima envolviéndome en uno de sus típicos y asfixiantes abrazos. Después de que me repitiera cuatro o cinco veces lo mucho que se alegraba de verme y cuánto me había extrañado, conseguí liberarme de su agarre, pero me atrapó la otra lapa de mi familia, es decir, mi abuelo.

―¡Suéltame, maldita sea!

―¡Ay, Lovino! ―suspiró el viejo―. Una semana sin verme y no eres ni para venir a darle un abrazo a tu pobre y viejo abuelo, tengo que venir yo a dártelo a ti.

―¡Nadie te lo ha pedido!

El viejo se rio y me apretó más todavía contra sí, era imposible quitármelo de encima.

―Por cierto, Antonio, creo que deberías liberar a Eduard. Lo necesito en plenas facultades y de una pieza para mañana.

Antonio se sobresaltó al recordar que tenía a un tipo inmovilizado y atrapado bajo su propio peso. Se quitó de encima y ayudó al pobre estonio a ponerse en pie y sacudirse un poco del polvo que había barrido del suelo con su vestimenta.

―Lo siento, Eduard, no te había reconocido.

―No se preocupe, Antonio ―respondió el rubio estirándose―. Cosas que pasan… supongo.

―Es que no esperábamos a nadie en casa, y como vimos las luces encendidas pues… pensamos que habían entrado a robar.

―¿Dónde estabais? ―preguntó mi abuelo.

―En el infierno.

―Tampoco ha sido para tanto, Lovi.

―No me jodas, Antonio. ¿Cómo puedes decir que no ha sido para tanto? Joder, parece que no hubieras estado en el mismo sitio que yo estos dos días.

―Quizás es que exageras un poco, Lovino ―intervino el abuelo. Por fin pude zafarme de su agarre de pulpo―. No creo que lo hayáis pasado tan mal con tus padres.

―¿Cómo demonios…? ¿Hay alguna maldita cosa de la que no te enteres?

―Sé leer entre líneas, Lovino. Sobre todo a ti, te conozco demasiado bien.

―Lo que sea ―gruñí―. ¿Y qué se supone que estáis haciendo vosotros aquí?

―Hasta donde yo recuerdo esta casa es mía.

―¡Sabes que no me refiero a eso! ―me estaba cabreando―. ¿A qué demonios habéis venido?

―Asuntos de trabajo.

―Eso tú, pero ¿y Feliciano?

―Le informé de que tenía que marcharme y lo invité a que me acompañara.

―No quería quedarme solo en casa, fratello.

―Ya, claro ―me crucé de brazos―. Como si te fueras a quedar en casa pudiendo largarte del tirón a casa de tu querido patatero ―Feliciano desvió la mirada al suelo―. Que, por cierto, ¿dónde se ha metido?

―Vee… Ludwig no ha venido.

Joder, resultaba toda una sorpresa que mi hermano se separara así de su querido macho patatas.

―Tenía que trabajar, todavía no le han dado las vacaciones ―explicó Feliciano―. Por eso no me he quedado allí, habría estado prácticamente solo de todas formas. Además Ludwig me ha dicho que lo más seguro es que venga para acá en cuanto pueda.

Genial, tarde o temprano también disfrutaría de la compañía del macho patatas.

Maldita sea, si es que entre la horrible visita a mis padres y con la presencia de mi abuelo y mi hermano en la casa, sentía que mis perfectas vacaciones a solas con Antonio se estaban yendo a la mierda por momentos.

Por el contrario, a Antonio no parecía importarle la compañía. De hecho, se pasó la noche relatando muy entusiasmado nuestras largas jornadas de paseos por la capital a mi abuelo, mi hermano y Eduard (que se quedó a cenar). ¡Incluso invitó a Feliciano a que nos acompañara! Y claro, cómo no, el otro idiota aceptó alegremente.

Así que al día siguiente los tres recorrimos diferentes lugares de la ciudad. Lo bueno de ir acompañados por Feliciano era que nos ilustraba con respecto a las obras de arte que veíamos, lo cual a Antonio le encantaba. Lo malo era que no cabíamos los tres en la vespa y la dejé en casa, de modo que la manera de desplazarnos de un sitio a otro fue a pie bajo el sol abrasador, aunque el abuelo nos acercó en su coche por la mañana y luego nos recogió a la hora del almuerzo, invitándonos a comer en un restaurante junto a la Plaza de España.

―¿Qué tal ha ido vuestra mañana de turismo, chicos?

―Vee~… ¡Muy bien!

―Feli es un guía estupendo ―comentó Antonio. Como no, ya llegaban los elogios para el perfecto de mi hermano―. Nos ha contado muchas curiosidades sobre las obras que veíamos.

―Tu nieto es una maldita enciclopedia ambulante.

―Sería preocupante que no lo fuera ―rio el abuelo―. ¿Y qué pensáis hacer esta tarde?

―Dormir la siesta.

―Vee~… A mí me gustaría visitar a nuestros padres después de la siesta.

―Conmigo no cuentes ―atajé antes de que me preguntara―. Suficiente tortura tuve estos dos últimos días como para repetir. ¡Ja! Ni de coña.

Con la ausencia de mi hermano y mi abuelo tras la siesta, Antonio y yo pudimos compartir finalmente un rato a solas. No nos quedamos mucho tiempo en casa, el bastardo se empeñó en que diéramos un paseo, como si no hubiéramos caminado suficiente aquella mañana.

Acabé cediendo, como siempre.

Paseamos tranquilamente y sin rumbo fijo hasta que de casualidad encontramos una heladería, bastante antigua por cierto. Como compensación por la caminata, Antonio me invitó al helado más grande que había.

Sentados a una mesa en el interior de la heladería, nos pasamos la tarde charlando de todo un poco, especialmente de cómo estaban yendo nuestras vacaciones. Para Antonio todo iba perfecto, todo le encantaba, lo que nos quedaba por ver lo ilusionaba, e incluso deseaba volver a algunos de los lugares que ya habíamos visitado. Aquello me alegró, quizás los últimos acontecimientos no estaban fastidiando tanto como pensaba.

Ya se había hecho de noche cuando regresamos a casa.

―¡Hola, chicos! ―nos saludó el abuelo al entrar―. Justo ahora mismo me estaba preguntando dónde os encontraríais, menuda casualidad.

―Venimos de tomar unos helados, Romu.

―¡Qué delicia!

―¿Dónde está mi hermano?

―Llamó hace un rato para avisar de que se quedaría a dormir en casa de vuestros padres, Lovino. Por lo visto tu madre no lo dejaba, no quería apartarse de él.

―Nada fuera de lo común ―me encogí de hombros―. En fin…

Me dispuse a subir a mi habitación con Antonio, pero el viejo me detuvo antes de poder dar el primer paso.

―¡Espera, Lovino! Necesito hablar contigo.

―¿Qué quieres?

El abuelo me obligó a acompañarlo a su despacho.

―¿Y bien? ―me impacienté―. ¿Qué quieres?

―Tú y tu poca paciencia, Lovino ―suspiró el abuelo―. A ver, lo que te voy a decir no va a hacerte ninguna gracia, lo sé. De hecho, no me cabe ninguna duda de que te vas a enfadar bastante, pero no queda de otra: te necesito.

―¿M-Me necesitas? ―inquirí ligeramente confuso y algo preocupado por el misterio que se traía―. ¿P-Para qué?

―Tienes que venir a trabajar conmigo.


¡Muchas gracias por leer!