Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.


Capítulo 7: Visitas inesperadas

Me costó asimilar las palabras que acababan de salir de la boca de mi abuelo. De hecho, ni siquiera confiaba en haber escuchado correctamente lo que había dicho, no me lo creía.

―¡¿Qué?!

―Que tienes que venir a trabajar conmigo.

Pues sí que lo había escuchado bien.

―¡¿QUÉ?! Debes estar de coña ―dije incrédulo―. Quieres gastarme una broma, ¿verdad? ¡Pues no tiene ni puta gracia, joder!

El viejo frunció el ceño.

―Sabes de sobra que yo nunca bromeo con cuestiones de trabajo.

―¡Pero estoy de vacaciones, maldita sea!

―Soy consciente de ello, fui yo quien te las dio.

―¿Entonces a qué demonios viene ahora fastidiarme así, joder?

―No es por gusto, Lovino ―respondió tranquilo, pero serio―. Necesito que estés conmigo y que aprendas, es importante, de lo contrario no te pediría que hicieses este pequeño paréntesis en tus vacaciones.

―Es que no me lo estás pidiendo, joder, ¡me estás obligando!

―Te recuerdo que cuando accedí a dejar que te quedaras aquí lo hice con la condición de que no te negarías a nada que te pidiera relacionado con el trabajo, ¡y tú aceptaste! Así que no me vengas ahora con cuentos. Tenemos un trato y lo vas a cumplir te guste o no.

―¡Ya lo veremos!

Le di la espalda al viejo y me largué de su despacho a toda velocidad antes de que me reprendiera por mi negativa.

Maldita sea, si es que desde el principio me dio mala espina la condición que me impuso el abuelo para quedarme en su casa, pero ¿qué demonios podía hacer sino aceptar? La otra (y última) opción era pedir asilo a mis padres en su casa (sin duda una idea totalmente descabellada después de cómo fue nuestra visita durante el fin de semana). En cualquier caso, me daba igual lo que dijera el viejo, ¡no cedería a sus exigencias!

Cerré la puerta de mi habitación con fuerza. Antonio, que estaba tranquilamente echado sobre la cama mirando su móvil, pegó un bote del susto que casi se cae al suelo.

―¡Hey, Lovi! ¿Qué te pasa?

―¡Mi abuelo! ―gruñí furioso tirándome bocabajo sobre la cama―. Eso es lo que me pasa.

―¿Ya habéis vuelto a discutir? ―adivinó Antonio. No le respondí, lo que asumió como una afirmación por mi parte―. ¿Y por qué ha sido esta vez?

―El viejo pretende interrumpir nuestras vacaciones obligándome a ir a trabajar con él, ¿te lo puedes creer?

―Seguro que se trata de algún asunto importante para el que te necesita sí o sí, de lo contrario dudo que te molestara.

―Fastidiarme siempre es importante para él. No entiendo cómo se lleva tan mal con mi madre, si son tal para cual en ese aspecto.

―Sabes bien que eso no es así, lo dices sólo porque estás cabreado.

―¡Cabreado y con razón, joder! ―exclamé―. ¡Las vacaciones no se interrumpen! Son sagradas, maldita sea.

―Ay, Lovi, no es tan raro como parece. Si supieras la de veces que me ha tocado interrumpir mis vacaciones por trabajo…

―Eso tú, pero yo no estoy dispuesto a hacerlo. El viejo está muy equivocado si cree que se va a salir con la suya.

Antonio rodó los ojos y negó ligeramente con la cabeza, me conocía lo suficientemente bien como para saber que no cambiaría de parecer con respecto al asunto del trabajo. Le di la espalda, abrazándome a la almohada mientras maquinaba un plan para evitar al abuelo en la medida de lo posible durante los próximos días.

Mi plan era sencillo, consistía en estar en casa no más tiempo del estrictamente necesario. A Antonio le iba a encantar lo de pasar el día entero dando vueltas por la ciudad. Lo que no le hizo mucha gracia (y a mí tampoco realmente) fue el madrugón que nos dimos.

―Pero ¿qué hora es, Lovi? ―preguntó adormilado cuando lo desperté―. ¿No es muy temprano? ¿A qué viene tanta prisa? Seguro que ni siquiera ha amanecido todavía.

―Sí que ha amanecido, idiota ―le repliqué―. Así que déjate de preguntas estúpidas y levántate, joder. ¿No eras tú el que insistía con que teníamos que salir temprano de casa para visitar la ciudad?

―Sí, Lovi ―respondió desperezándose y bostezando―, pero temprano a una hora a la que los sitios estuvieran abiertos.

―Antes desayunaremos en una cafetería, así haremos tiempo para que abran.

Antonio se levantó y se vistió lentamente, aletargado por el sueño, ni mis gritos metiéndole prisa consiguieron espabilarlo. Me estaba sacando de quicio.

―¿Podemos tomar un café antes de irnos aunque luego vayamos a desayunar fuera? ―preguntó Antonio mientras bajábamos las escaleras―. Estoy que me caigo.

―¡No!

Teníamos que marcharnos cuanto antes para no encontrarnos con el abuelo por la casa, pero el bastardo de mi novio no cooperaba conmigo, se movía con lentitud arrastrando los pies mientras se frotaba los ojos medio cerrados. Me estaba cabreando.

―¡Buenos días, chicos! ―nos saludó el abuelo desde la cocina con una taza de café en una mano. Me quedé paralizado unos segundos. Maldición, justo precisamente lo que pretendía evitar era lo primero que ocurría.

―¡Hola, Ro-…!

Empujé a Antonio hacia la entrada antes de que acabara la frase, impidiéndole que iniciara una posible conversación con el abuelo que, conociéndolos a ambos, de seguro se alargaría, ocasión que sin duda el viejo aprovecharía para obligarme a ir a trabajar con él. Suerte que actué con rapidez.

Volvimos a casa después de cenar, ya bien entrada la noche. Estábamos agotados, sobre todo yo que iba apoyado en Antonio ya que los pies me dolían tanto que caminaba arrastrándolos. Nos habíamos dado una paliza de andar similar a la de los primeros días, aunque en esta ocasión promovida por mí, así que me abstuve de expresar cualquier tipo de queja en voz alta. Lo que sí expresé fueron mis deseos de darme una larga ducha y caer en la cama, madrugar iba a ser todo un reto a la mañana siguiente.

No obstante, conseguimos levantarnos temprano, aunque para ello el bastardo necesitó del apremiante sonido de mis gritos y que casi lo tirara de la cama a base de empujones.

En la casa reinaba un silencio sepulcral y, dado que no nos topamos con el abuelo en ningún momento, cabía la posibilidad de que el viejo no estuviera allí o bien que aún siguiera acostado. De ser así, prefería no llamar su atención innecesariamente, por lo que nos dirigimos hacia la puerta principal sin hacer ruido y nos marchamos.

Al igual que el día anterior, estuvimos por la ciudad hasta por la noche. La diferencia fue que por la tarde nos lo tomamos con más calma y, en lugar de andar de un lado para otro, fuimos a pasar el rato al parque que está en la colina Pincio (por encima de la plaza del Popolo) y después de compras a un centro comercial, de modo que la jornada resultó menos agotadora que la pasada.

Aun así el cansancio hizo mella en nosotros a la mañana siguiente, tanto que ni siquiera recuerdo haber apagado el despertador cuando sonó, me di media vuelta y seguí durmiendo plácidamente durante un par de horas más.

―¡Oh, mierda! ―grité incorporándome al ver el reloj cuando desperté. Antonio emitió un gruñido de protesta y se revolvió a mi lado. Lo zarandeé―. ¡Despierta, idiota!

―¿Eh? ¿Qué? ―preguntó alarmado―. ¿Qué pasa?

―Nos hemos quedado dormidos, joder ―le expliqué mientras se desperezaba―. Seguro que el viejo ya se ha levantado.

―Y que se ha ido a trabajar.

Eso era lo que yo hubiese querido, pero no, para mi desgracia se encontraba en casa. Concretamente esperándome. En cuanto puse un maldito pie fuera de mi habitación, mi abuelo, al que ni siquiera vi, me agarró con firmeza del hombro y me acercó a él, ¡maldición!

―Buenos días, Lovino ―dijo utilizando un tono frío de voz y sonriendo de lado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo―. Qué bien que ya te hayas levantado, tú y yo tenemos unos asuntillos de los que ocuparnos sin demora.

―¡No pienso…!

―No te estoy dando opción.

―¡Hola, Romu! ―saludó Antonio alegremente.

―¡Buenos días, Antonio! ―respondió el abuelo―. Parece que hoy se os han pegado un poco las sábanas.

―Y que lo diga ―Antonio se frotó los ojos―. Si por mí fuera me habría quedado durmiendo un rato más, pero cualquiera le lleva la contraria a Lovi.

―Sí, sé que es difícil, pero deberías aprender a no ceder ante todas las exigencias de mi nieto. A él le vendría bastante bien que lo hicieras, a ver si así consigue meterse en la mollera que no siempre puede salirse con la suya. Está muy malacostumbrado.

Fulminé al viejo con la mirada. Aquellas indirectas tan directas que me había lanzado eran tan innecesarias como molestas, pero no le daría el gusto de entrar en su juego y responderle por más que su maldita sonrisa desafiante me incitara a ello.

―Quizás un poco, pero tampoco creo que tanto, Romu.

―En cualquier caso, Antonio, toma en consideración lo que te he dicho.

El idiota de mi novio asintió sonriente, se ganó la colleja que le propiné. El abuelo dio una sonora palmada con la que recuperó nuestra atención.

―Será mejor que nos marchemos. Va siendo hora de ir a trabajar.

―Te repito que no voy a ir, ¡maldita sea! ―me revolví tratando de liberar mi brazo nuevamente sujeto―. No puedo dejar a Antonio aquí solo.

―Oh, ¡no te preocupes! Antonio también se viene con nosotros.

―¡Estupendo!

―Pero… pero ―pasamos por delante de la cocina―… ¡no hemos desayunado!

―No he visto que te importara irte sin desayunar estos últimos días ―maldita sea, ¿cómo demonios era posible que el viejo estuviera al tanto de aquel detalle? No se le escapaba una―. Pero tranquilos, jamás permitiría que os murierais hambre, podréis tomar algo en cuanto lleguemos a la oficina. Ahora ¡andando!

Acabé enfurruñado en el asiento de atrás del coche de mi abuelo mientras éste y Antonio charlaban animadamente de… chorradas. No les presté atención, escucharlos lo único que provocaba era un aumento de mi enfado: con el abuelo por obligarme a trabajar, y con el bastardo de Antonio por aceptarlo de tan buen grado sin oponerse. Maldita sea, ¡era desquiciante!

Una vez en la empresa, el abuelo le encomendó a su fiel asistente estonio la tarea de atender a mi novio (hacer de niñera básicamente) mientras él se ocupaba de tratar ciertos asuntos importantes conmigo en su oficina. No me gustó ni una pizca cómo sonó aquello, la sombra de una inevitable y enorme bronca se cernía sobre mí.

Tomé asiento delante del escritorio de mi abuelo, que permaneció de pie frente a mí mirándome en silencio, lo ideal para ponerme nervioso. Era la calma que precedía a la tormenta que se me venía encima, lo presentía.

Una enorme carpeta llena de papeles golpeó la mesa produciendo un ruido seco que me sobresaltó. Joder, casi me caigo de la silla. Mi abuelo permaneció impasible mirándome con los brazos cruzados.

―¿Has terminado con el teatro? ―preguntó levantando una ceja.

―¡Me has asustado, maldita sea! ―espeté―. ¿Qué demonios es eso?

―Tu trabajo ―levanté una ceja extrañado―. Tienes que leer estos documentos, estudiarlos, ser capaz de extraer los datos importantes y utilizarlos apropiadamente en la reunión que celebraremos este lunes.

―¡¿Para el lunes?!

―¿A que ahora te arrepientes de haberte escaqueado estos dos últimos días?

Joder, el maldito viejo me estaba castigando, se estaba vengando de mí por haberlo desafiado. Al menos tuvo el detalle de traerme un café y un dulce para desayunar mientras me empapaba de la información y los datos necesarios para la reunión.

Tras algo más de dos horas torturando mi cerebro con la insulsa lectura, mi abuelo me obligó a parar, pero no para darme un descanso sino para encasquetarme una nueva tarea: acompañar a su asistente al aeropuerto. En principio me acojoné pensando que me iba a mandar de vuelta a España y algo debió de notárseme en la cara porque inmediatamente me aclaró que era para recoger a unos clientes. No me dio más explicaciones, prácticamente me echó de su despacho.

Eduard ya me estaba esperando para marcharnos. Junto a él se encontraba Antonio, que también vendría con nosotros. Se mostraba contento y emocionado, igual que un niño pequeño que va por primera vez de excursión con el colegio, ¡ni que fuera para tanto!

―¿A qué demonios viene tanto entusiasmo, bastardo? Sólo vamos al jodido aeropuerto para recoger a vete tú a saber quién.

―No puedo evitarlo, Lovi. Me parece muy interesante acompañarte y ver cómo es tu trabajo.

―¿Mi trabajo? ―dije riendo―. A esto no se le puede llamar trabajo, joder.

―¿Ah, no? ―se extrañó―. ¿Entonces? ¿Prácticas quizás?

―Ni eso, maldita sea. Explotación es la palabra, joder, mi abuelo se está aprovechando de mí como quiere.

―Cómo te gusta exagerar, Lovi.

―Ya, claro, exagero ―ironicé―. Por eso me he pasado la mañana leyendo un tochazo de documentos infumables cuando podría haber estado en cualquier otra parte de la jodida ciudad disfrutando de mis malditas vacaciones con mi novio. Igual que ahora, que en vez de estar haciendo lo que me diera la gana me he pegado un viajecito de casi una hora al aeropuerto para recoger a Dios sabe quién.

―Es un cliente muy…

―¡Me importa una mierda quién sea, joder!

―No te sulfures, Lovi ―dijo Antonio con calma sujetándome de los hombros―. Sé que estás molesto por haber tenido que hacer un paréntesis en nuestras vacaciones por culpa del trabajo, pero no lo pagues con el pobre Eduard, él también es un mandado.

―Ha sido por culpa del viejo ―lo corregí hinchando las mejillas y desviando la mirada al suelo con frustración―. ¿Y cuánto demonios falta para que llegue el jodido cliente? Ya llevamos un rato aquí y no aparece nadie por esa jodida salida.

―Según el panel, el avión aterrizó hace unos quince minutos ―respondió Eduard―. No debe tardar en salir.

―¿Y por qué no traes un cartel con el nombre del tipo como cuando viniste a esperarnos a nosotros?

―Porque no es necesario.

Su respuesta me resultó un tanto enigmática, claro que entonces se me ocurrió pensar que el tipo al que esperábamos y Eduard se conocían de antes, de ahí que no necesitara cartel para que lo encontrara.

Pronto empezó a salir gente por la puerta de llegadas. Un par de rostros familiares aparecieron en medio de la multitud. A Antonio se le iluminó la cara al reconocerlos y no dudó en correr hacia ellos, lanzándose sobre uno para abrazarlo estrechamente y darle besos en las mejillas y palmaditas en la espalda, siendo correspondido al instante, ¡cómo odiaba que ese bastardo se tomara esas confianzas!

El tipo al que mi novio estaba enganchado cual koala a un eucalipto era Heracles, un griego alto, musculoso, de ojos verdes y pelo castaño con dos mechones más largos que el resto, que adoraba dormir y los gatos, y era muy buen amigo de Antonio, con el que compartió piso años atrás. El otro era Kiku, un japonés de pelo corto y negro, muy silencioso y reservado, y marido del mencionado griego; formaban una pareja muy rara que no pegaba ni con cola, pero aun así llevaban infinidad de años juntos.

El japonés silencioso se aproximó a Eduard y a mí. Llevaba un maletín en una mano y un trasportín en la otra con una pequeña bola de pelo al fondo, o eso era lo único que se podía distinguir. Por su parte, el griego (que seguía abrazado a mi novio) empujaba un carro cargado de grandes maletas encima de las que había otro trasportín, en cuyo interior pude ver que había un gato, un gato al que reconocí de inmediato como Sócrates, un bicho blanco peludo que se divirtió un tiempo robándome la cama y arañándome, pero que después se encariñó conmigo.

Konnichiwa, Eduard-san ―saludó el japonés inclinando la cabeza―, siempre es un placer verle.

―Igualmente, señor Honda ―respondió el estonio haciendo una pequeña reverencia.

―Lovino-kun, es una alegría y toda una sorpresa encontrarte aquí ―volvió a inclinar la cabeza.

―Lo mismo digo. Joder, así que tú eres el misterioso cliente de mi abuelo.

―¿Misterioso?

―Oh, vaya ―comento Eduard―. De modo que ustedes ya se conocían de antes…

―¡KIKU!

Antonio, que por fin se había desenganchado de su querido amigo griego, atrapó al japonés entre sus brazos. El oriental negaba con la cabeza y no se mostraba demasiado cómodo en aquella situación. Eduard se quedó con la boca abierta contemplando la escena, el pobre alucinaba.

―Sigo sin acostumbrarme a estas muestras de afecto europeas ―comentó Kiku cuando mi novio lo liberó―. Pero también me alegro de volver a verle, Antonio-san, ¿cómo se encuentra?

―Kiku, por Dios, ¿todavía sigues en esas? Deja de tratarme de usted, hombre, que hace un porrón de años que nos conocemos y además fui testigo de tu boda. ¡Hay confianza!

―Pues sí que se conocen… y bastante por lo que veo.

―Deja de alucinar, Eduard. No es para tanto, joder.

―Veo que… no has… cambiado, Lovino. Me… alegra… verte.

Un sonoro maullido me distrajo de saludar a Heracles apropiadamente. El griego sonrió y levantó el trasportín, acercándomelo. El gato maulló de nuevo.

Sócrates… también… se alegra… de volver… a verte.

―Esta vez no me robarás la cama, bola de pelo.

El gato maulló y a continuación se puso a ronronear tranquilamente.

―A Sócrates… le gusta… estar… contigo.

Y diciendo eso, Heracles me pasó el trasportín. Buena forma de encasquetarme al bicho.

Terminada la obligada ronda de saludos, nos dirigimos al coche de Eduard.

Colocar todo el equipaje en el maletero fue un auténtico reto, pero más lo fue no desmayarme durante el viaje de camino a la ciudad puesto que hacía un calor horrible, el aire acondicionado apenas se notaba, y estaba en el asiento trasero con el trasportín de Sócrates encima y apretujado entre el bastardo de Antonio y el griego durmiente, que se pusieron al día de sus respectivas vidas (y yo con ellos). Decir que el trayecto se me hizo eterno es quedarse corto.

Me faltó tiempo para echar a Antonio a empujones y salir de aquella agobiante lata de sardinas ambulante cuando se detuvo delante de casa, necesitaba aire. Los demás se ocuparon de sacar el equipaje y entrar en casa, me escaqueé de cargar con las maletas sin ni siquiera proponérmelo.

En el recibidor de casa, el abuelo les dio una calurosa bienvenida a sus invitados. Llamado por el jaleo, mi hermano apareció por la puerta de la cocina con un delantal puesto. Abrió la boca sorprendido al ver al griego y al japonés, hacia el que corrió gritando su nombre para acabar abrazándolo a pesar de las reticencias que mostraba el oriental por el contacto humano. El abuelo se encargó de liberarlo. Heracles fue el siguiente en ser abrazado, no pareció importarle demasiado y correspondió a Feliciano con unas lentas palmaditas en el hombro.

El abuelo llevó a Heracles y Kiku a su habitación en el piso de arriba para que dejaran allí sus cosas, Eduard y Antonio les ayudaron a subir el equipaje. Yo me quedé abajo con Feliciano, no era necesario que les subiera al gato. De hecho, el bicho podría moverse a su antojo por donde quisiera en cuanto lo liberara de su jaula. Así que abrí la portezuela del trasportín y dejé salir a Sócrates, que se lanzó contra mi pecho utilizándolo de trampolín para huir escaleras arriba tras sus dueños.

―¡Maldito gato del demonio!

―El pobrecito se habrá pasado muchas horas ahí encerrado, tendría ganas de estirar las patas. Ya podrás acariciarlo más tarde.

―¡Como si yo quisiera acariciar a esa maldita bola de pelo!

Feliciano se rio. Gruñí y le dediqué una fulminante mirada de odio que detuvo las carcajadas.

―Vee~… ¿Tú sabías que Kiku y Heracles iban a venir de visita?

―No tenía ni puñetera idea. El viejo no me lo mencionó y eso que me ha hecho ir al aeropuerto a recogerlos.

―Ha sido toda una sorpresa.

―Más sorpresa es que tú estés aquí, creí que mamá te habría encadenado a la pata de la cama.

―¿Veee? ―me miró confuso, normal tratándose de Feliciano y su idiotez crónica―. ¿Y por qué iba mamá a hacer eso?

―Para que tú, su niño adorado, no volvieras a despegarte de sus faldas. ¿Acaso no te ha insistido ni ha intentado convencerte de que te quedes allí?

―Sí, por eso no he vuelto hasta hoy. Si vieras cómo se ha puesto cuando me he marchado…

―Hecha un basilisco. Me lo puedo imaginar perfectamente.

Tembló de pies a cabeza.

―Veee… ¡Daba auténtico miedo!

―Pues igual que siempre ―le resté importancia―. Lo que pasa es que tú no estás acostumbrado a que la tome contigo.

―¿Y crees que le durará mucho el enfado?

―Nah… Eres su jodido ojito derecho, en cuanto te vea entrar por la puerta de casa se le pasará el cabreo.

Feliciano sonrió aliviado.

―Aunque luego cuando vuelvas a largarte se cabreará otra vez ―añadí. Su sonrisa desapareció―. Pero además entonces se acordará del enfado de antes y se cabreará el doble o el triple de lo que estaba, así que prepárate para la ronda de gritos infernales que te tocará soportar…

La cara de mi hermano se contrajo en una mueca de miedo mientras dejaba escapar un gritito ahogado de terror. Era divertido acojonarlo con la idea de mi madre encolerizada, me costaba aguantar la risa.

―No asustes a tu hermano, Lovino ―intervino mi abuelo bajando las escaleras con los otros cuatro detrás. Cómo no, tenía que venir a cortarme la diversión―. Es cierto que vuestra madre se enfadará, cuándo no lo hace ―añadió en voz más baja―, pero de ninguna manera será tan exagerado como lo describes. Tu hermano sólo te estaba tomando el pelo, Feliciano.

―Veee… ¿De verdad? ―dijo esperanzado con unas lagrimillas a punto de escapar por las comisuras de sus ojos.

―Pfff… Mira que eres tonto ―refunfuñé cruzándome de brazos, qué poco me había durado la maldita broma―. ¿Acaso no te he dicho antes que eres el ojito derecho de mamá? Lo sabes de sobra, joder. Contigo nunca se enfadaría tanto, idiota.

La sonrisa y el alivio volvieron a adornar el rostro de Feliciano, que de inmediato regresó a sus quehaceres en la cocina. A mí me tocó ayudarlo, obviamente obligado por mi abuelo, que se sentó con sus invitados y con Eduard y Antonio en el comedor. Mi hermano y yo tomamos asiento con ellos después de servir el almuerzo.

―Por cierto, ya que hablábamos de madres, ¿cómo se encuentra la tuya, Heracles?

Se me olvidó comentarlo: el abuelo mantenía una especie de relación medio amorosa con la madre del griego durmiente. Se conocieron en la boda de este último con el japonés silencioso y desde entonces quedaban de vez en cuando, pasaban días juntos, se dedicaban exclusivamente el uno al otro… vamos, se comportaban como una pareja de enamorados normal y corriente, con la diferencia de que luego cada uno se iba por su lado como si nada hubiese ocurrido, es decir, que mi abuelo volvía a comportarse como el mujeriego empedernido que era.

―Pues… supongo que… bien ―respondió Heracles―. Hace tiempo… que no… nos vemos, pero… hablamos… antes de ayer… y… le envía… afectuosos saludos.

―Qué amable por acordarse de mí.

―¿Acaso no hablas por teléfono con ella cada dos por tres? ―inquirí con malicia―. Nos obligas a dejarte solo y luego vienes con una estúpida cara de felicidad al estilo de Feliciano a seguir con lo que estabas haciendo.

―Mejor no te digo yo con qué cara apareces cuando vuelves de estar con Antonio.

Mis mejillas se colorearon instantáneamente.

―¿Qué cara es esa? ―se interesó Antonio.

―¡NINGUNA!

Me sonrojé todavía más que antes, mi cara ardía. Joder, ya podría el maldito viejo replicar de forma menos vergonzosa para mí, maldita sea. Menos mal que el griego durmiente retomó el tema de conversación anterior.

―Ah, sí… acabo de recordar… que mi madre… también me dijo… que… probablemente… vendría por aquí… de visita.

Los ojos del abuelo centellearon de emoción y una enorme sonrisa se extendió por su cara, se notaba la ilusión que le hacía reencontrarse con su amante griega. Sin duda, esa mujer lo traía loco como ninguna otra; tan sólo la noticia de su posible visita lo mantuvo en una nube durante el resto del día. Y también al siguiente.

No obstante, por mucho que tuviera la cabeza en su propio mundo, el viejo no se olvidó de fastidiarme desde primera hora de la mañana. Me obligó a madrugar más de la cuenta (¡prácticamente acababa de amanecer!), me arrastró al trabajo otra vez, y me tuvo horas leyendo aburridos documentos y anotando datos bajo su estricta supervisión. No me dejó parar hasta que nos marchamos a mediodía.

Y mientras yo me mataba trabajando, el bastardo de Antonio se divertía con Feliciano y el matrimonio greco-japonés visitando monumentos y museos, como relataron durante el almuerzo. Escucharlos me puso de peor humor de lo que ya estaba, pues hasta el momento mi día había sido una auténtica mierda. Aunque más me cabreó encontrarme a mi novio y al griego durmiente abrazados en el sofá echándose un sueñecito cuando llegué; me hirvió la sangre al verlos de esa guisa.

No me apetecía continuar con la charla acerca de los entretenidos paseítos por la ciudad de Antonio y compañía, de modo que comí a toda prisa, sin apenas saborear la deliciosa comida que prepararon mi hermano y el japonés silencioso, y me largué a mi habitación.

Los dos gatos del griego y el japonés ocupaban mi cama, igual que la noche anterior. Sócrates permaneció estirado sobre el colchón casi sin inmutarse, se limitó a levantar la cabeza y maulló a modo de saludo. En cambio el otro, una gato pequeño de apenas unos meses de edad, color blanco y anaranjado, de nombre Séneca, saltó al suelo y correteó como loco por entre mis piernas.

Atrapé a la mini bola de pelo cuando me clavó las uñas en la espinilla intentando escalar por mi pantalón. Al contrario de lo que cabría esperar, el bicho se quedó tranquilo entre mis manos mirándome fijamente, luego maulló y me lamió los dedos con su áspera lengua; el cabrón era una monada.

Descarté la idea de echar a los gatos del cuarto para dormir la siesta, estaba muy cansado y sabía que me costaría más tiempo del que estaba dispuesto a invertir en dicha tarea (tardamos más de media hora en conseguirlo la noche anterior y éramos dos), esos bichos eran demasiado listos. Además, su compañía era la única que no me molestaba en ese momento. Sólo esperaba que no se movieran mucho y me dejasen dormir tranquilo.


Me estaba asando. Tenía a los dos gatos recostados contra mi torso y a Antonio pegado a mi espalda, todos transmitiendo calor. Me incorporé contra el respaldo de la cama apartándome de las tres estufas que me rodeaban, que se revolvieron entre gruñidos hasta que abrieron los ojos lentamente y se desperezaron. Todos a la vez, increíble.

―Hola, Lovi.

―¿Has dormido bien?

―Bastante ―se giró a mirar el reloj―. ¡Qué buena siesta!

―Vaya, y yo que pensaba que no te quedarían ganas de dormir después del sueñecito que te echaste a mediodía con tu amiguito griego.

―¿Con Heracles? Bah, si no fueron ni diez minutos ―le quitó importancia―. Estábamos charlando y se puso a divagar sobre… ¿filosofía? No lo recuerdo exactamente, me quedé frito ―se rascó la nuca sonriendo ligeramente avergonzado―. Y él también. Siempre nos pasa lo mismo.

―Ese griego es capaz de aburrirse a sí mismo, menudo idiota.

―Simplemente se pierde en sus propios pensamientos. Por cierto, ahora que hablamos de Heracles, se le ha ocurrido la idea de que salgamos por ahí esta noche, y Feli ha propuesto que primero vayamos a tomar un aperitivo…

―"Un aperitivo" no, idiota, el aperitivo ―lo corregí―. Es una costumbre de aquí.

―¿Como una especie de tapeo?

―Más o menos.

―Sí… creo que lo he visto en la tele alguna vez ―dijo recordando―. Será divertido, ¿no te parece?

¿Divertido salir a tomar el aperitivo nosotros dos, el griego durmiente, el japonés silencioso y mi hermano? Y seguramente el abuelo también se apuntaría… Vaya juerga nos íbamos a correr.

―Menudo planazo…

―¡Genial!

Como en tantas otras ocasiones, Antonio no captó el tono sarcástico que utilicé. Me tocaba aguantarme y ser partícipe de aquel "divertido" plan, pues sabía que por mucho que me negara al final acabarían convenciéndome de que los acompañara, prefería no malgastar mis energías en tareas inútiles. Al menos podía consolarme con que durante el aperitivo no me faltaría una buena copa de Campari con la que alegrar la noche.

De hecho, el vino no faltó para ninguno durante el aperitivo, mínimo cayeron un par de copas por cabeza. Estaba resultando mucho más divertido de lo esperado. Joder, creo que nunca antes había escuchado hablar tanto al japonés silencioso, incluso se le ocurrió proponer que fuéramos a un karaoke a seguir la juerga.

El abuelo, que obviamente se había apuntado a la salida, prefirió abstenerse del karaoke alegando que estaba cansado y que su garganta no estaba en condiciones para cantar (la tendría castigada de pasarse el día dándome órdenes), aunque yo creo que más bien era una mera excusa para quitarse de en medio y… hacer Dios sabe qué sin nadie a quien dar explicaciones.

Los demás nos dejamos guiar por Feliciano, ya que era el único que conocía un local de karaoke, pues iba con sus amigos cuando todavía vivíamos en Roma. Era una suerte que el sitio siguiera abierto después de tres años.

El lugar no se diferenciaba mucho de un bar cualquiera, salvo por el hecho de que tenía un pequeño escenario al fondo. No había mucha gente, apenas un par de personas en la barra y un grupito de unos cinco que coreaban a un tipo que destrozaba una canción de Umberto Tozzi.

Nos sentamos e inmediatamente se acercó un camarero que nos dejó un par de libretos con las canciones disponibles para cantar y tomó nota de nuestras bebidas. Excepto de la de Antonio, que llevaba rato absorto y muy entretenido con su móvil, al parecer chateando con alguien. Le di un codazo para que prestara atención.

―Eh, idiota, bájate de la nube, que el camarero está esperando que le digas lo que quieres de beber.

―Uy, no me había dado cuenta ―dijo con una sonrisilla de disculpa mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo―. Perdón.

Tras pedir su bebida permitiendo que el camarero se marchara, Antonio cogió uno de los libretos y lo abrió delante de mí para que lo ojeara con él, del mismo modo que estaba haciendo el griego con su marido y mi hermano.

―¿Con quién hablabas antes por el móvil que te tenía tan entusiasmado, bastardo?

―¿Eh? ―Antonio apartó la vista del libreto y la volvió hacia mí―. Ah, pues… con Gilbert ―de pronto Antonio parecía nervioso. Miró fugazmente hacia mi hermano, luego a mí otra vez y sonrió―. Me había escrito y ya sabes lo pesado que se pone como no le hagan caso, habría acabado llamándome si no le respondía.

―¿Y qué demonios quería ese maldito patatero?

―Poca cosa, nada importante ―dijo sonriendo y volvió al libreto―. ¿Sabéis ya lo que vais a cantar?

Me dejó extrañado ese modo de zanjar la conversación. Había algo que Antonio me estaba ocultando, de eso no me cabía ninguna duda. Pero ya me encargaría de sonsacarle a ese maldito bastardo de mi novio lo que fuera que me estuviera escondiendo, con varias copas en el cuerpo como la que había pedido conseguiría que se le soltara la lengua.

―¡Cantemos una canción juntos, fratello! ―dijo Feliciano sacándome de mis pensamientos.

―¿Qué? Ni de coña, yo no canto.

―Venga, Lovi, no se puede venir a un karaoke e irse sin cantar nada.

―Y tanto que se puede.

―Vee… Entonces, ¿para qué has venido?

―¿Acaso no es obvio? Para reírme viéndoos hacer el ridículo.

―Lovino-kun, te aseguro que a hacer el ridículo no hemos venido ninguno ―dijo el japonés silencioso, que se puso en pie y caminó hacia el escenario.

―Kiku… se toma… muy en serio… el karaoke ―intervino el griego―. Cuando estamos… en Japón… vamos de vez en cuando… a uno. Y en casa… nos divertimos… cantando… con el juego… de la Play…

Joder, sabía que el japonés silencioso era un tipo que se tomaba las cosas en serio, pero jamás imaginé que una de esas cosas fuera algo tan banal como cantar en un karaoke. Sin embargo, allí estaba, montado encima del escenario con el micrófono en la mano interpretando una canción de Ricky Martin. He de reconocer que no lo hacía nada mal, desde luego demostró que no había ido a hacer el ridículo de ninguna manera.

Kiku recibió un enorme aplauso, no sólo de nuestra parte, sino de todos los presentes en el local. El japonés se inclinó haciendo una reverencia y regresó a la mesa.

El siguiente en salir al escenario fue Antonio, que interpretó uno de los éxitos de Raffaella Carrà, pero en versión española. A los del grupito de la otra mesa no pareció importarles mucho el idioma de la canción, ya que se levantaron para bailarla y la corearon a voz en grito. Genial, espectadores entregados, lo único que necesitaba mi novio para no bajar del escenario en toda la noche. De hecho, inmediatamente después de terminar su canción, se atrevió con otra de la diva italiana en español.

Entonces a mi hermano se le ocurrió la brillante idea de acompañar a Antonio en su actuación, arrastrándome con él al escenario. Apenas opuse resistencia, pues me había animado al ver cantar al japonés y luego a Antonio, aunque puede que el alcohol de mi bebida también hubiera influido un poco.

Realizamos nuestra interpretación en dos idiomas simultáneamente, es decir, Antonio cantaba una frase en español y Feliciano y yo la siguiente en italiano, y así sucesivamente, aunque hubo partes que cantamos a la vez en las dos lenguas. A los del grupito les dio igual nuevamente, bailaron y corearon sin descanso durante la actuación, y al finalizar nos aplaudieron y vitorearon hasta que bajamos del escenario (sí, obligué a mi novio a bajar).

―¡Antonio, amigo!

El tipo cubano antiguo amigo de Antonio que nos encontramos en el Coliseo apareció delante de nosotros mientras regresábamos a nuestra mesa. Mi novio lo reconoció de inmediato y se saludaron con un apretón de manos que derivó en un abrazo, un largo abrazo.

Un carraspeo provocó que Antonio y su amigo se separaran. Detrás del cubano se encontraba una hermosa chica morena de pelo negro y largo recogido en dos coletas que estaba cruzada de brazos como si esperase algo.

―¿No me presentas, cariño, o tengo que hacerlo yo misma?

―Perdona, mi amor ―respondió el cubano―. Esta preciosa muchacha es mi novia, Michelle. Él es mi amigo Antonio, estudiamos juntos en España ―Antonio y la chica se besaron en las mejillas como saludo―. Y éste de aquí es su noviecito ―dijo acercándose a mí y dándome unas palmaditas en la espalda―, ¿qué tal, muchacho? Me alegra verte ―antes de que pudiera responderle, se fue hacia Feliciano―. A este jovencito no lo conozco, pero por la pinta juraría que es pariente suyo.

―Es Feliciano, el hermano de Lovino ―dijo Antonio―. Mi cuñado, vamos.

―Ya decía yo que se parecían ―le estrechó la mano a Feliciano―. Encantado, chico.

―¡Yo también estoy encantadísima de conoceros!

La tal Michelle se lanzó de un salto hacia donde estábamos mi hermano y yo, nos echó un brazo por encima a cada uno y nos besó en las mejillas. Desde luego la chica era muy extrovertida y enérgica. A Feliciano le entró una risilla tonta que no paró hasta que la muchacha se despegó de nosotros.

Antonio invitó a la pareja a que nos acompañara en nuestra mesa, a lo que accedieron de inmediato, y les presentó al griego durmiente y al japonés antes silencioso, al que elogiaron por su magnífica actuación.

Durante un largo rato sólo bebimos y charlamos, aunque quien más habló fue Michelle, que conseguía ganarse fácilmente la atención de todo el mundo. Nos contó que venía de las Seychelles, que llevaba varios años en la ciudad trabajando como bióloga marina en el acuario, que conoció a Carlos de casualidad durante una ola de frío al caer desmayada prácticamente en sus brazos…

―¡Así nos conocimos Lovi y yo! ―exclamó Antonio interrumpiendo la historia de la africana―. Aunque él se desmayó en la playa por una lipotimia debida al calor…

―¡No cuentes eso, bastardo! ―grité sonrojado.

―Seguro que tú te asustaste más que él, ¿cierto, amigo? ―le dijo el cubano a Antonio―. Yo entré en pánico.

―Como para no. No todos los días se le desmaya a uno alguien en los brazos.

―¿Queréis dejar el maldito tema, joder?

Me ignoraron.

―Aun así actué lo más rápido que pude y lo llevé corriendo al puesto de enfermería de la playa ―Antonio hinchó el pecho con orgullo―. No me quedé tranquilo hasta que recuperó la consciencia. Luego lo invité a comer y, como yo tenía que regresar al trabajo, lo envié a su casa en un taxi.

―Michelle no llegó a perder el conocimiento, pero balbuceaba cosas sin sentido mientras estaba entre mis brazos. Sabía que la tenía que quitar del frío a la pobre.

―Me llevó a tomar cacao caliente para que me repusiera ―dijo Michelle― y nos pasamos hablando la noche entera.

Carlos y Michelle siguieron narrando cómo fueron los inicios de su relación hasta que comenzó a sonar una canción de salsa (cortesía de uno que cantaba fatal) y dejaron la conversación para bailar.

Cuando por fin terminó la tortura auditiva, los isleños subieron a cantar, dando pie a que los demás nos animáramos también a salir de nuevo, tanto de uno en uno como juntos, aunque conforme avanzaba la noche nuestras dotes de cantantes fueron mermando a causa del alcohol.

No obstante, el que más afectado estaba por el alcohol era Feliciano, que en cierto momento de la noche, mientras Carlos y Antonio cantaban, acompañó a Michelle a la barra para pedir otra bebida e intentó descaradamente ligar con ella con técnicas de seducción inútiles que a la morena le provocaron risa. Al darme cuenta, corrí hacia él y lo aparté de la chica.

―¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, idiota?

―Veee…

―No me vengas con tus "ves", imbécil.

―Sólo intentaba…

―Ya sé lo que intentabas, ¡te he visto! Esperemos que su novio no ―ambos miramos hacia el escenario, el cubano seguía cantando despreocupadamente con Antonio―. Joder, ¿acaso te has vuelto loco? ¿No te das cuenta de que ese tipo es como el doble de ancho que tú? Que sí, que es muy simpático y todo lo que tú quieras, pero a saber cómo se pone si se enfada. Aparte, ¿qué pasa con el macho patatas?

Feliciano agachó la cabeza.

―¡Oh, Dios, no me lo puedo creer! Has hecho que me preocupe de lo que pase con el patatero, ¡como si a mí me importara!

―Pero, fratello, si yo…

Levanté una mano delante de su cara y se calló, justo lo que pretendía.

Regresamos a nuestra mesa, donde se encontraban de vuelta tanto Michelle con su bebida como Antonio y Carlos tras su actuación. El cubano parecía no haberse percatado del coqueteo de mi hermano con su novia, pues se mostraba igual de dicharachero que antes, ¡incluso nos invitó a todos a una ronda!

A partir de entonces mis recuerdos se vuelven muy difusos, aunque creo que nuestra juerga se alargó hasta bien entrada la madrugada. De lo que sí estoy seguro es de que me pegué a Feliciano para evitar que cometiera alguna otra estupidez y no me separé de él en lo que restó de noche, lo sé porque cuando desperté al día siguiente estaba acostado a su lado en la cama de su habitación.

Realmente no tuve un despertar agradable, pues sentía la boca seca, acartonada, y tenía un dolor de cabeza terrible, ¡puta resaca! Necesitaba agua, mucha agua, el cuerpo me la pedía; pero lo que me hacía falta sobre todo era una maldita pastilla que me quitara ese asqueroso malestar, así que bajé a la cocina a buscar una… o una caja entera.

―Menuda cara que traes, Lovino ―dijo a modo de saludo el abuelo, que estaba fregando platos. Escuchar su voz me provocaba punzadas de dolor en el cerebro―. ¿Tan mal te ha sentado la juerga de anoche?

―Haz el favor de callarte ―dije con voz ronca. Genial, también estaba afónico―. Me duele la cabeza.

―Así que estás de resaca, ¿eh?

Dado que era obvio, no respondí. De hecho, le miré mal.

―Vamos, Lovino, no te enfades ―me echó un brazo sobre los hombros y me condujo hacia la mesa―. Conozco perfectamente las consecuencias de una buena juerga y, teniendo en cuenta lo alegres que veníais y el escándalo que armasteis al llegar, poco te pasa.

Por poco que fuera, resultaba muy molesto, especialmente con mi abuelo al lado dándome la tabarra.

Me dejé caer en una silla y hundí la cabeza entre mis brazos mientras el abuelo trasteaba en los muebles que se encontraban a mi espalda armando más ruido de la cuenta. Entonces me colocó por delante un vaso de agua, que me bebí de un trago, y un humeante plato de sopa.

―Gracias, pero lo que me hace falta ahora mismo es…

Sostuvo una pastilla delante de mis ojos. Casi se la arranqué de entre los dedos, incluso me la tomé sin agua.

―Impaciente ―me revolvió el pelo y rellenó mi vaso, que de inmediato volví a vaciar. Estaba seco―. Anda, cómete la sopa. Te sentará bien.

―Espera, ¿qué pasa? ―pregunté extrañado―. ¿Nadie más come?

―Lovino, son casi las cuatro, hace más de una hora que comimos todos menos Feliciano y tú.

Joder, no pensé que hubiera dormido hasta tan tarde.

―¿Y dónde se han metido los demás?

―¿No los has visto? Creo que están descansando ahí en el salón, la juerga de anoche los ha dejado baldados.

No me fijé al pasar debido a mi malestar, pero efectivamente en el salón se encontraban el griego durmiente, que dormía profundamente tirado bocabajo en el sofá con Sócrates y Séneca recostados sobre su espalda, y el japonés silencioso, que miraba distraídamente la televisión y de vez en cuando suspiraba y murmuraba que era demasiado viejo para fiestas. Joder, qué mal le había sentado nuestra juerguecita al oriental, peor que a mí.

Por su parte, Antonio estaba en nuestra habitación, echado en la cama muy entretenido con su móvil, igual que la noche anterior. El muy idiota ni siquiera se percató de que había entrado. A saber qué se traía entre manos, en el karaoke no pude averiguarlo, pero ahora se lo sonsacaría sí o sí.

―Debe ser muy interesante la conversación para que ni te inmutes, ¿no, bastardo?

―¡Hola, Lovi! ―soltó el teléfono sobre la colcha y vino hacia mí―. ¡Por fin te has despertado!

―Tenía falta de sueño ―me justifiqué―. ¡Pero no intentes desviar la conversación! ¿Con quién demonios te escribes tanto?

―Con Gilbert ―respondió tranquilamente.

―¿Con el macho albino otra vez? Venga ya, no me jodas.

―Te lo digo en serio. Puedes mirar mi móvil si quieres.

―No, no hace falta ―dije cruzándome de brazos y desviando la mirada. No quería que creyera que desconfiaba de él―. Pero ya me puedes estar contando qué demonios quiere ese maldito patatero.

―Pues…

―¡Y no se te ocurra irte por las ramas como anoche en el karaoke!

―Es que entonces no te lo podía contar porque estaba Feli delante.

―¿Qué tiene Feliciano que ver en esto?

―Pues resulta que Ludwig ha decidido darle una sorpresa, así que se pilló un vuelo para hoy y…

―Espera, ¡¿QUÉ?!

Juraría que no había escuchado bien.

―Que Ludwig ha decidido darle una sorpresa a Feli y se ha pillado un vuelo…

Mierda, había escuchado correctamente.

―¡¿Me estás diciendo que el macho patatas viene hoy para acá?!

―¡Shhh! ―se puso el índice delante de los labios―. No grites, que te va a escuchar Feli y se chafará la sorpresa.

Hinché las mejillas gruñendo y desvié la mirada muy molesto. Joder, como si no me bastara con el abuelo, mi hermano y el matrimonio greco-japonés metidos en casa para encima tener que soportar al maldito patatero musculoso. Ya podría haberse esperado a que el idiota de mi hermano regresara a España para darle una sorpresa en vez de venir a fastidiar con su presencia.

―¿Y para eso te escribía tanto el macho albino? ¿Para decirte que su querido hermanito viene de camino?

―Sí. Bueno, en realidad no ―se rascó la nuca―. Lo que quería Gilbert era que le hiciéramos el favor de ir a recoger a Ludwig al aeropuerto o a la estación porque, aunque es casi tan asombroso como él, el pobre no conoce la ciudad ni sabe la dirección de la casa, y le preocupa que se pueda perder.

―Pues que se pierda, ¿a mí qué me importa? No pienso ir a por ese patatero a ninguna parte.

―Vamos, Lovi, Gilbert confía en que le hagamos ese favor. Tampoco nos supone mucho.

―No pienso ir ―dije lentamente remarcando cada palabra―. Díselo a tu amiguito el patatero albino. No, espera ―fui hacia la cama y cogí el móvil de Antonio―, se lo diré yo mismo.

Abrí la conversación con el macho albino, donde pude leer lo que mi novio me había contado, y le escribí al alemán diciéndole que no iríamos a recoger a su adorado hermanito. Mientras tecleaba el final de la frase, Antonio salió al pasillo.

―¿A dónde demonios se supone que vas?

―A hacerle a mi amigo el favor que me ha pedido ―respondió desde el otro lado del umbral―. No hace falta que me acompañes, ya me las apañaré.

Se marchó por el pasillo.

―No, oye, ¡espera!

Tiré el móvil sobre el colchón y me dirigí a la puerta dispuesto a seguir a Antonio para acompañarlo, pero entonces, de repente, sonó el teléfono. Me di la vuelta y respondí sin fijarme en quién llamaba.

Pronto!

―¡Qué pronto ni qué hostias! ―era el macho albino―. Bueno, da lo mismo. Chaval, contigo precisamente quería yo hablar.

―¿Ah, sí? ¿Qué demonios quieres?

―A mi asombrosa persona le gustaría saber por qué me has escrito desde el móvil de Toño diciendo que espere sentado si creo que iréis a recoger a mi genial hermano a alguna parte. ¿A qué viene eso? ¿Por qué no vais a ir a por él?

―Porque no me da la gana, patatero. ¿Y cómo demonios sabes que he sido yo el que te ha escrito?

―Porque tengo una asombrosa capacidad deductiva, chaval. La clave estaba en que Toño no se dirige a mí utilizando el apelativo "patatero" ―tampoco pretendía ocultar mi identidad al escribirle, aunque eso lo metí por costumbre―. Pero volviendo al tema que nos concierne, no puedes negarte a ir a por West, ¡me lo debes, chaval!

―¿Qué mierda dices, bastardo? ¡Yo no te debo nada!

―Claro que sí. ¿Ya se te ha olvidado el favorcito que te hicimos Francis y mi asombrosa persona cuando le preparaste a Toño la fiestecita sorpresa de aniversario? Qué mala memoria tienes.

―No se me ha olvidado, bastardo. Bastante os aprovechasteis de mí a cuenta de ello.

―Nah, eso fue por guardarte el secreto, no por jugarnos la vida distrayendo a tu querido novio durante todo el día para que pudieras prepararle su sorpresa. Así que me lo debes. ¡Y no me vale ninguna de tus poco asombrosas excusas! Además, piensa que en el futuro puedes volver a necesitar la ayuda del asombroso yo o bien que te guarde algún secretillo, porque con lo genial que soy me entero de todo, y entonces te aseguro que me acordaré de si me hiciste o no este favor.

Esperaba no tener que volver a recurrir al macho albino para que me prestara su ayuda, pero, sólo por si acaso, era preferible no arriesgarse. Además Antonio ya se había puesto en marcha y no lo iba a abandonar a su suerte por mucho que me jodiera facilitarle las cosas al macho patatas.

―¡Muy bien! ―grité al teléfono―. Pero escúchame bien, bastardo patatero, que te quede bien clarito que si hago esto es porque el bastado de Antonio ha insistido sin parar, no porque tú me hayas convencido.

Corté la llamada.

Esperaba que Antonio no hubiese salido de casa todavía, de modo que fui en su busca. Corrí hasta el piso de abajo gritando su nombre, pero el muy bastardo no me respondía.

―Vee… por favor, fratello, no grites ―pidió Feliciano en tono lastimero asomando la cabeza por encima del sofá del salón. Tenía muy mala cara. A su lado el griego seguía durmiendo, sólo que ahora estaba sentado. No parecía que le molestaran mucho mis gritos. Al japonés, que nos miraba con curiosidad desde el sillón, tampoco.

―Tienes una buena resaca, ¿eh?

―Vee… me duele mucho la cabeza y eso que el abuelo me ha dado una pastilla para que se me quite, pero está tardando en hacer efecto ―dijo al borde del llanto.

―No seas llorica, idiota. Verás que dentro de un rato te encuentras mejor ―dije para consolarlo―. Por cierto, ¿habéis visto a Antonio?

Feliciano negó con la cabeza.

―Sí, Lovino-kun ―respondió Kiku―. Pasó hace rato hacia el despacho de tu abuelo.

Me dirigí hacia donde me indicó el japonés, pero Antonio no estaba allí. Continué buscándolo hasta que di con él en la cocina.

―¡Por fin te encuentro, joder! ―suspiré aliviado―. Por un momento pensé que te habías largado. ¿No me has escuchado llamándote?

―No ―dijo rascándose la nuca―. ¿Me estabas buscando? ¿Para qué?

―He decidido acompañarte, maldita sea.

―Eh, ¿en serio? ―se emocionó―. ¡Genial!

―¿Acaso creías que iba a dejarte tirado, bastardo?

―Tenía mis dudas, no se te veía muy dispuesto a…

―Simplemente me fastidia ayudar al patate…

―¡Shhh! ―me chistó Antonio poniéndose un dedo en los labios―. No lo nombres, Feli te podría escuchar.

―Ese idiota está demasiado resacoso como para enterarse de nada ahora mismo.

―Por si acaso, es mejor no arriesgarse ―rodé los ojos―. Por cierto, ¿sabes dónde está tu abuelo? Llevo rato buscándolo.

―¿Para qué quieres al viejo?

―Quería pedirle que me llevara a… ya sabes dónde. Es una buena idea, ¿no te parece?

Tenía que darle la razón. Sin duda era lo más fácil, rápido y cómo para llegar al aeropuerto sin complicaciones. Pero para hacerlo primero había que dar con el abuelo, así que les preguntamos a los ocupantes del salón si conocían su paradero.

―Rómulo-san se marchó hace bastante rato ―nos informó el japonés silencioso.

―¿Que QUÉ? ―me sorprendí.

―Vee… se fue poco antes de que vinieras buscando a Antonio a gritos.

―Con razón no conseguí encontrarlo ―se rio Antonio.

―¡Maldita sea!

―¿Para qué necesitáis al abuelo?

―¡Para nada que te importe!

Agarré del brazo a Antonio y lo llevé hasta nuestra habitación antes de que nos preguntaran algo más.

Me senté con las piernas cruzadas en la cama mientras Antonio daba paseos por la habitación. Teníamos que pensar en un medio para ir al aeropuerto y volver luego con el patatero. Mi vespa quedaba totalmente descartada por sus limitadas plazas y reducido espacio; coger un taxi era una opción demasiado cara; y el autobús quedaba lejos de casa, lo que implicaba mucho tiempo en el trayecto.

―¿Y si le enviamos un mensaje con la dirección y que se busque las papas él solito?

Antonio detuvo su paseo y me echó una mirada reprobatoria, no le gustó mi propuesta. Rodé los ojos refunfuñando.

―Tenemos que ir a por él, Lovi. A nosotros también…

Se quedó en silencio mirando a la nada durante unos segundos.

―¡Ya sé! ―gritó emocionado dando un salto―. ¡Llamemos a Eduard!

―¿A Eduard el ayudante de mi abuelo? ―Antonio asintió en respuesta―. No lo molestes, joder, seguro que está muy tranquilo disfrutando de su tiempo libre.

―Pero dijo que lo llamásemos en caso de que necesitáramos algo, ¡y es el caso!

Antonio buscó en su cartera la tarjeta que el asistente de mi abuelo nos entregó cuando nos conocimos y le telefoneó.

En cuestión de media hora el estonio se hallaba delante de casa. Antonio y yo, que esperábamos su llegada tomando un café en la cocina, corrimos hacia la puerta al escuchar el timbre antes de que a los otros les diera tiempo a levantarse del sofá. Grité que nos marchábamos conforme salíamos y nos llevamos por delante a Eduard empujándolo hacia su coche, el pobre ni siquiera pudo reaccionar.

Pusimos rumbo al aeropuerto a toda pastilla, íbamos con el tiempo justo. De hecho, según indicaban los paneles informativos, llegamos poco después de que aterrizara el avión del patatero.

No tardó mucho en aparecer el macho patatas arrastrando una maleta por la puerta de llegadas destacando entre un montón de gente que salía. Antonio corrió hacia él y lo recibió con un abrazo, las personas de alrededor los miraban. El patatero se mostró algo incómodo ante tal recibimiento, se le notaba en la cara, y respondió dándole unas palmaditas en el hombro hasta que se apartó.

Eduard fue más discreto a la hora de saludarlo. El estonio, que había oído hablar largo y tendido del patatero durante el trayecto en coche hasta el aeropuerto por gentileza de mi novio (qué coñazo de conversación), se acercó al recién llegado, dejó que Antonio los presentara y se estrecharon la mano de forma educada.

Entonces el macho patatas reparó en mi presencia. Me encontraba de brazos cruzados más alejado del grupo, pues no iba a ir voluntariamente a saludar a esa patata humana, suficiente tenía con haber perdido la tarde yendo a recogerlo. El alemán vino hacia mí seguido por los otros dos.

―Hola, Lovino.

―Patatero.

―Mi hermano me dijo que vendrías a recogerme, pero sinceramente no esperaba que lo hicieras. Ha sido toda una sorpresa.

―¡No creas que he venido por gusto, patatero! ―repliqué.

―Te lo agradezco igualmente.

―No, bastardo ―le señalé con el dedo―. Que sepas que esta me la debes. Me da igual lo que diga el imbécil de tu hermano, ¡me la debes!

―Sí, como quieras―dijo con resignación el patatero rodando los ojos―. Te la debo.

―Que no se te olvide.

Mi hermano se llevó una enorme sorpresa cuando aparecimos en casa acompañados por su adorado macho patatas. Durante unos segundos se quedó pasmado con la boca y los ojos muy abiertos hasta que, de pronto, reaccionó lanzándose a los brazos de su musculoso novio y se besaron como si no hubiera un mañana. Ugh, qué escena tan desagradable, ¿no podían esperar a estar solos para demostrarse su amor mutuamente?

Mantuvieron aquella actitud tan pegajosamente amorosa también al día siguiente y nos tocó a Antonio y a mí ser testigos de ello, aunque a él le daba igual. Yo en cambio les llamé la atención en repetidas ocasiones provocando que se despegaran el uno del otro, pero luego los tortolitos volvían a las andadas. Quizás si el japonés silencioso y el griego durmiente nos hubieran acompañado mi hermano y el patatero se habrían cortado un poco, pero tenían planes con mi abuelo. Así que estuvimos los cuatro solos todo el maldito día.

Casi agradecí que el abuelo me arrastrara al trabajo el lunes por la mañana. Y digo casi porque, aunque me librara de la acaramelada parejita, seguía resultándome un fastidio que el viejo me obligara a hacer un paréntesis en mis vacaciones para ir a trabajar.

El japonés silencioso vino con nosotros, el abuelo y él tenían asuntos de negocios que tratar. Los dejé a solas y, cargado con una carpeta llena de documentos, fui a buscar un lugar tranquilo donde repasar algunos datos para la reunión que celebraríamos esa mañana, como me sugirió (ordenó) el viejo.

―Hombre, Lovino ―me habló mi padre, con el que me topé por el pasillo―, ¿cómo tú por aquí?

―De visita turística ―respondí irónico―. Joder, ¿a ti qué te parece? Estoy trabajando.

―¿Trabajando? ―preguntó desconcertado poniendo la misma cara de idiota que ponía Feliciano―. Creía que estabas en Roma de vacaciones con Antonio.

―Así era, al menos hasta que apareció el abuelo y me obligó a interrumpirlas arrastrándome con él al trabajo en contra de mi voluntad. ¡Joder, ni siquiera me dio la maldita opción de negarme!

―Fuiste tú mismo quien tomó la decisión de trabajar con tu abuelo, asume las consecuencias.

―¿Crees que no lo hago? No estoy aquí por gusto precisamente ―comenté molesto―. Maldita sea, ahora mismo tendría que estar por ahí con el idiota de Antonio disfrutando de mis vacaciones, no aquí encerrado. Joder, si éste ni siquiera es mi trabajo todavía, se supone que estoy aprendiendo… El viejo se está aprovechando de mí, ¡esto es explotación!

Tan inmerso me encontraba quejándome del abuelo con mi padre mientras caminábamos por los pasillos que me choqué con un tipo enorme que estaba allí en medio de espaldas a mí, ni lo había visto.

―Joder, ¿qué demonios haces ahí parado? ―le espeté―. ¿Acaso no ves que molestas e interrumpes el paso?

El tipo se dio la vuelta lentamente.

―Hola, muchacho.

Me quedé paralizado. Delante de mí, sonriendo de lado con aires de superioridad, se hallaba una persona a la que preferiría no haber conocido jamás: alto, de piel morena, ligera barba, y con un antifaz blanco tras el que se ocultaban sus ojos; se trataba de Sadiq Adnan.

.


He vuelto.

¡Hola a todos! Hacía muchísimo que no actualizaba y ya me estaba pesando. No ha sido a propósito, lo juro, he tenido una racha de falta de tiempo e hiatus discontinuados que me han entorpecido la redacción del capítulo. Siento haberos hecho esperar, así que en este punto sólo puedo deciros que...

¡Muchas gracias por leer! ¡Y espero que os haya gustado!

¡Hasta la próxima!