Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 8: Desencuentros
La carpeta que llevaba resbaló de mis manos y cayó a mis pies. Los documentos de su interior se desparramaron por el suelo, pero apenas si me percaté de ello. Estaba bloqueado. El miedo me había paralizado por completo. Me sentía incapaz de mover un solo músculo a pesar de que mi instinto me gritaba que lo hiciera, que saliera corriendo.
Mi reacción no era de extrañar puesto que tenía delante ni más ni menos que a Sadiq Adnan, aquel maldito turco enmascarado primo del griego durmiente que se encaprichó de mí y se pasó días molestándome (en la calle, en el restaurante) hasta que finalmente me tendió una trampa e intentó aprovecharse de mí. Tuve la gran suerte de que se encontraran cerca tanto Antonio como el matrimonio tenebroso con su perrito Hanatamago y pudieron intervenir a tiempo. Días después, enterado del incidente, el abuelo se ocupó (no sé cómo, ni quiero saberlo) de ponerle las cosas en claro al turco, que me pidió disculpas y me dejó en paz definitivamente. Bueno, por lo menos me dejó tranquilo hasta ahora que nos volvíamos a encontrar después de tres años.
―Vaya, muchacho, ¡qué agradable sorpresa! No esperaba encontrarte aquí.
El turco sonrió y me dio unas palmaditas en el hombro, dejando su mano allí posada. Abrí los ojos ampliamente, con terror. Joder, ¡me estaba tocando! Vale que sólo era su mano sobre mi hombro, pero era más contacto del que estaba dispuesto a permitirle.
―N-N-N…
¡Mierda! Como si no tuviera suficiente con no poder moverme a voluntad, ahora tampoco era capaz de articular ni una mísera palabra. Maldita sea, estaba jodido. El maldito enmascarado acentuó su sonrisa.
―Lovino, Lovino ―me zarandeó mi padre, cuya presencia había olvidado―. ¿Te encuentras bien, hijo? Te has puesto blanco.
―Y-Y-Yo…
Abrí y cerré la boca varias veces, pero las palabras seguían sin salir.
De todos modos, la intervención de mi padre consiguió hacerme reaccionar de nuevo. Aparté la mano del turco de un manotazo y, movido por el impulso, me di la vuelta y eché a correr por donde había venido.
Corría sin pensar, incluso me choqué con varias personas por el camino, pero no me detuve. De hecho, no me paré hasta que estuve en la estación de metro más cercana. Lo único que tenía en mente en ese momento era alejarme lo máximo posible del turco enmascarado.
Obviamente me fui a casa.
Un silencio sepulcral me recibió al llegar, no había nadie. Supuse que era lógico, seguramente Antonio y los demás se habrían marchado a hacer turismo por la ciudad como también hubiese hecho yo de no haber tenido que ir a trabajar con el abuelo.
Y hablando del abuelo, no quería ni imaginar el cabreo que se iba a pillar conmigo por haberme largado antes de asistir a la dichosa reunión para la que me había preparado los últimos días. Menuda bronca me esperaba.
Me eché en la cama tapándome los ojos con el brazo mientras pensaba en la que se me venía encima, ¡estaba jodido! Y para colmo estaba lo de mi encuentro con el turco, ¿a santo de qué se había presentado en la empresa del abuelo? Aunque, bueno, a decir verdad ese tipo y el viejo habían hecho algún que otro negocio juntos. ¿Significaba eso que, quisiera o no, me tocaría tratar con ese maldito enmascarado? Maldita sea, ¡estaba bien jodido!
Mientras me compadecía de mí mismo, los gatos del griego subieron a la cama. Sócrates se acurrucó contra mi costado y el pequeño Séneca se acomodó sobre mi barriga. Llevé las manos hacia ellos y los acaricié, ambos ronronearon complacidos.
―No sabéis la suerte que tenéis ―les dije a las bolas de pelo, que me miraron fijamente―. Vuestras únicas preocupaciones son comer y dormir. Joder, ojalá yo también fuera un gato.
Los felinos maullaron, uno detrás de otro, y continuaron con la vista fijada en mí. Parecía como si me hubiesen comprendido y me preguntaran las razones por las que me quejaba, así que me desahogué contándoles lo que había ocurrido y la situación en la que me encontraba.
Después de explayarme durante un largo rato, me di cuenta de que tanto Séneca como Sócrates estaban cada uno a su bola: el pequeñín se había quedado dormido sobre mi barriga y el otro se lamía tranquilamente… sus partes. Joder, ¡menudo cuadro! En fin, no sé qué esperaba, ni que los gatos pudieran darme algún consejo.
―No sé qué demonios hago contándoos mis problemas, ¡si no me hacéis ni puto caso!
Tratando de no hacer movimientos bruscos para no perturbar la tranquilidad de las bolas de pelo, saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón. Necesitaba hablar con alguien que me escuchara y me aconsejara como es debido, aunque estaba tardando en coger el teléfono.
―¡Hola, Lovino!
―¡Lilly! ¡Por fin contestas!
―No tenía el teléfono encima ni tampoco cerca ―se justificó―. ¿Qué te ocurre? Es extraño que llames.
―Es que…
―Lilly, ¿qué haces? ―se escuchó la voz de Roderich por detrás―. ¿No se suponía que ibas a cortar la llamada y apagar el teléfono para que no volviera a interrumpirnos durante el ensayo?
―¡No se te ocurra colgarme!
―Discúlpame, pero tenía que responder porque Lovino…
―¿Lovino? ―dijo Roderich―. ¿Lovino es con quien estás al teléfono? Entonces cuelga, porque no creo que lo que tenga que decirte sea tan importante que no pueda esperar hasta más tarde.
―¡No, no puede esperar! ―grité al auricular―. Lilly, necesito hablar contigo, así que no me cuelgues, por favor. Manda a tomar por saco a ese estirado si hace falta para que te deje tranquila.
―Lovino…
―Lilly, haz el favor de decirle a Lovino que estoy preparando los horarios para el próximo curso y que, independientemente de lo mal que le venga o lo ocupado que se encuentre con sus clases y tareas universitarias, no pienso hacer ni una sola modificación.
―¡Como si me importara! ―volví a gritar al auricular―. Lilly, recuérdale a tu querido novio que escuchar las conversaciones ajenas es de muy mala educación.
―¡Ya basta, los dos! ―dijo Lilly. Sonaba cabreada, algo poco común en ella. Luego suspiró―. Lo siento, Roderich, pero no puedo colgarle a Lovino porque, aunque lo que tenga que contarme no sea de importancia, ha conseguido despertar mi curiosidad y no voy a poder concentrarme en mi ensayo hasta que conozca la razón de su llamada.
Escuché al austriaco de fondo decir algo en su lengua natal, que obviamente no entendí, y el sonido de una puerta cerrándose. Lilly suspiró.
―Un día de estos me vas a costar un disgusto, Lovino.
―Espero no haberte causado un problema con el estirado de Roderich.
―Nada que no se pueda solucionar ―dijo con suficiencia―. Y ahora cuéntame qué te ocurre.
―Que no hay una maldita cosa que me salga a derechas, joder.
―¿Acaso van mal tus vacaciones?
―¿Mal? Ahora mismo ni siquiera "van".
―¿Cómo? ¿Qué quieres decir? No te entiendo.
―Que mi abuelo se presentó aquí el otro día y me ha obligado a ir a trabajar con él, así que mis vacaciones están en pausa. No veas qué fastidio.
―Oh, vaya, menudo contratiempo. ¿Y Antonio, qué? ¿Se ha quedado solo mientras tanto?
―Qué va, si quedarse solo en esta casa es imposible, joder: aparte de mi abuelo, están Feliciano, su adorado macho patatas, el japonés silencioso y su maridito el griego durmiente con dos de sus gatos; ¿te parece poco? Al maldito bastardo de Antonio no le ha faltado compañía para andar de arriba abajo por la ciudad.
―Mejor entonces, al menos ha estado entretenido.
―Sí, mejor… él entretenido divirtiéndose por ahí y mientras yo encerrado en una maldita oficina trabajando sin parar como un esclavo.
―Venga ya, Lovino, dudo mucho que tu abuelo te tenga esclavizado precisamente.
―Casi, porque resulta que no puedo negarme a nada que el viejo me pida relacionado con el maldito trabajo, ya que fue la condición que me puso para dejar que Antonio y yo nos quedáramos aquí en su casa de Roma.
―Entonces no deberías quejarte, tú aceptaste esa condición.
―¡Porque no me quedó más remedio, joder! Pero el viejo no mencionó que trasladaría el trabajo a Roma.
―Yo diría que esa opción iba implícita en su condición.
―¡Fastidiarme las vacaciones es lo que iba implícito! ―exclamé molesto. Entonces suspiré apesadumbrado―. Y verás ahora la que me espera…
―¿Qué has hecho?
―Me he largado antes de que empezara una reunión a la que supuestamente no podía faltar.
―¿Y por qué te has marchado?
―Porque me tropecé de pronto con… ¡con el maldito turco enmascarado que me atosigó hace varios años! ―Lilly soltó un grito ahogado de sorpresa―. Maldita sea, ¡me quedé paralizado nada más verlo!
―¿Y él te vio a ti?
―¿Que si me vio? El tío tuvo toda la desfachatez de hablarme como si nada, ¿te lo puedes creer? ¡Y yo ni siquiera fui capaz de abrir la boca! De hecho, tardé muchísimo en reaccionar.
―No me extraña, el shock ha debido ser grande.
―Bastante.
―Y entonces fue cuando te marchaste, ¿no?
―Ni lo pensé, simplemente eché a correr y me largué ―suspiré con pesadez―. Joder, a saber qué demonios hace aquí ese tipo…
―Puede que tenga algo que tratar con tu abuelo, tenían negocios juntos, ¿no?
―Es posible, no sé… lo que sí sé es que el viejo me va a matar.
―No digas tonterías. Tu abuelo es muy comprensivo, simplemente explícale lo ocurrido y lo entenderá.
―Qué sencillo lo ves todo.
―Porque lo es, eres tú el que lo hace complicado.
―Qué haría yo sin tu apoyo ―dije sarcásticamente.
―Te digo las cosas como son, que no sea lo que quieres escuchar es un asunto totalmente distinto.
―¿Hay algo para lo que no tengas respuesta?
―Sabes que llevo razón aunque no lo quieras admitir ―gruñí por lo bajo, Lilly me conocía demasiado bien―. Así que procura hacer caso de lo que te digo.
―¿Acaso me queda otra opción?
Me despedí de mi amiga agradeciéndole su ayuda y prometiéndole que me pondría en contacto con ella esa misma noche para contarle cómo se desarrollaban los acontecimientos con mi abuelo.
Me eché un brazo sobre los ojos. Aunque me había calmado un poco al hablar con Lilly, eso no eliminaba el hecho de que mi abuelo, por muy comprensivo que fuera, estaría cabreado conmigo por haberme quitado de en medio. Suspiré con pesadez temiendo la bronca que se me avecinaba.
Escuché la puerta principal y me incorporé alarmado pensando que podría tratarse de mi abuelo. Los gatos se sobresaltaron y protestaron por mi repentino movimiento, pero se recolocaron al otro lado del colchón y volvieron a dormirse. Agucé el oído y me concentré en los sonidos provenientes del piso inferior: eran Antonio y los demás los que acababan de llegar, reconocí sus voces alegres y despreocupadas hablando sobre qué preparar de almuerzo.
Volví a tumbarme en la cama.
Lo último que me apetecía era bajar con los demás, sabía que me bombardearían a preguntas del tipo qué tal había ido el día, cómo es que había regresado tan temprano o dónde se encontraban el abuelo y el japonés silencioso. No tenía ganas de dar explicaciones, y menos de contarles lo de mi fortuito encuentro con el turco enmascarado, sobre todo a Antonio. Temía que mi novio reaccionara exageradamente al saber de la presencia de aquel tipo, era mejor preparar el terreno antes de decírselo.
No obstante, antes de que pudiera pensar en la forma de hacerlo, escuché otra vez la puerta principal, en esta ocasión cerrándose con violencia, y la voz de mi abuelo preguntando por mí a voz en grito.
―¡¿Dónde está Lovino?!
Joder, sonaba todavía más cabreado de lo que esperaba.
―Vee~… pero, nonno, ¿mi fratello no se fue contigo a trabajar? ―oí tenuemente que dijo Feliciano.
―Hace ya rato que llegamos y no lo hemos visto ―añadió Antonio.
―Eso no significa que no esté aquí ―el viejo acertó de pleno―. ¡LOVINO!
Los gritos enfadados del abuelo llamándome me provocaron escalofríos que recorrieron mi espalda de arriba abajo. Cada vez sonaba más cerca. Rezar todo lo que sabía no parecía mala opción.
De repente la puerta se abrió de par en par. Los gatos se despertaron sobresaltados y huyeron despavoridos de la habitación por entre las piernas de mi abuelo, que cerró de un fuerte portazo. Había llegado mi fin.
―Así que aquí estás ―habló calmado, pero había algo en su voz que seguía dándome escalofríos―. Llevo un rato llamándote, ¿acaso no me has escuchado?
Agaché la cabeza, prefería no responder a su pregunta.
―Lo interpretaré como un "sí". En fin, al menos tendrás la decencia de explicarme por qué te has marchado de la oficina cuando te dije claramente que requería de tu presencia en la reunión de hoy ―iba subiendo el tono con cada palabra que pronunciaba.
―Yo… lo... lo siento ―dije, todavía con la cabeza gacha y usando un hilito de voz casi inaudible―. No… no pretendía… No… no era… mi intención… marcharme…
―¡No, claro que no! ―gritó enfadado. Me encogí de miedo―. ¡Por eso estabas donde debías a la hora de la reunión! Pero estás muy equivocado si creías que así ibas a escaquearte de cumplir con tus obligaciones, la reunión se ha aplazado a la tarde.
―No… ¡No pretendía escaquearme de nada, joder! ―repliqué con dificultad, casi al borde del llanto. Tenía los ojos cargados de lágrimas, pero me estaba esforzando por no dejarlas salir.
―¡¿Entonces qué se supone que pretendías?! ¿Por qué demonios te fuiste?
―Po-Porque… porque me asusté…
―¿Por la reunión? ―se sorprendió―. Venga, Lovino, ni que fuera para tant…
―No, no fue por la maldita reunión, joder, sino porque me topé con… con ese maldito turco enmascarado con el que tenías negocios y que me atosigaba…
―¿Te refieres al señor Adnan? ―asentí―. Pero si no era hoy cuando teníamos que reunirnos…
La puerta se abrió de golpe y en el umbral apareció Antonio con gesto serio moviéndose con dificultad, ya que cuatro pares de manos lo sujetaban. Mi novio se deshizo de los numerosos agarres y pasó al interior de la habitación. Los otros permanecieron inmóviles y expectantes en el pasillo observando la escena, malditos cotillas.
―¿Dices que te has encontrado a ese enmascarado que te molestaba? ―preguntó Antonio conforme venía hacia mí―. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
―N-No… Si-Simplemente me… me puse nervioso a… al verlo…
―¿Y qué está haciendo ese tipo aquí?
―Tenemos asuntos que tratar ―intervino el abuelo―. Pero por lo visto ha adelantado su visita sin ponerme en conocimiento de ello.
―¿Y cree que sea necesario que Lovi esté presente mientras el turco y usted tratan esos asuntos?
―Totalmente. Es importante que esté para que aprenda.
―Pero, ¿incluso después de lo que intentó? No me parece buena idea que ese tipo ande cerca de Lovino…
El semblante de mi abuelo se tornó sombrío. Juraría que incluso la temperatura de la habitación descendió un par de grados.
―Antonio, me ofende que pienses que yo expondría deliberadamente a mi nieto a una situación que pudiera resultar de riesgo para él ―dijo el abuelo seriamente, su voz denotaba que estaba realmente dolido por las palabras de mi novio.
―¡¿Q-QUÉ?! ―se alarmó Antonio, cuyo rostro perdió todo el color de repente―. ¡N-No, Romu! ¡Yo no he dicho eso! No lo he dicho, ¿verdad? ―preguntó volviéndose hacia mí y hacia los otros cuatro de la puerta, aunque ninguno respondimos―. Ni siquiera pretendía insinuarlo, ¡lo juro! Simplemente me preocupan las intenciones de ese tipo ―se defendió Antonio elevando la voz―, ¿y si trata de propasarse con Lovi como la última vez?
―Ya en su momento me ocupé personalmente de ponerle al señor Adnan las cosas en claro sobre este asunto, así que dudo que se produzca ningún problema al respecto.
―Pero, Romu, ¿y si…?
―"Y si" ¡nada! ―lo interrumpió mi abuelo de forma cortante―. Es un tema zanjado. A Lovino no le ocurrirá nada.
―¿Cómo puede estar tan seguro?
―Porque, como he dicho, me ocupé de este asunto en su momento; no hay de qué preocuparse. De modo que, por mucho que a Lovino le disguste y le moleste, debe cumplir con su responsabilidad y venir a trabajar conmigo aunque el señor Adnan esté presente. Fin de la discusión.
Antonio agachó la cabeza y apretó los puños con fuerza, frustrado.
El abuelo no dejó lugar a más réplicas. Salió de la habitación con paso firme, pero no sin antes dedicarle a Antonio una mirada cargada de reproche de la que éste no se percató. Joder, nunca antes los había visto de esa guisa entre ellos.
Los cuatro cotillas de la puerta entraron en tropel, todos con cara de circunstancias. Estaban tan anonadados como yo por la escena que acababan de presenciar. Sólo el griego durmiente se atrevió a tomar la palabra.
―Se ve… que mi primo… siembra la discordia… allá por donde… pasa.
―Anata, no es momento para bromas.
―Sí, Heracles, tienes razón con respecto a ese tipo… tu primo ―dijo Antonio ya más calmado, ignorando el comentario del japonés―, pero no hay que darle mayor importancia a este pequeño desencuentro.
―¡¿Pequeño desencuentro?! ―exclamamos a la vez el patatero y yo. Ambos nos sorprendimos por nuestra reacción similar.
―Lo que de verdad importa, y me preocupa, es lo que le pueda ocurrir a Lovi si vuelve a encontrarse con ese tipo.
―Creo que puedes quedarte tranquilo, Antonio-san ―intervino el japonés―. El señor Adnan no se atreverá a hacerle nada a Lovino-kun.
―¿Cómo estás tan seguro, Kiku?
―Porque mi madre… nos puso al corriente… de lo ocurrido… y nos contó que… Romu tuvo… algo más que palabras… con mi querido primo.
―De hecho, parece ser que Rómulo-san puso al señor Adnan en una situación bastante complicada que le trajo consecuencias posteriores.
―Vee~… ¿Qué consecuencias?
Tanto el griego durmiente como el japonés silencioso se encogieron de hombros.
―Me llevo… demasiado mal… con mi primo… como para interesarme… por ese tipo de detalles… de su vida.
―En cualquier caso, el señor Adnan no salió bien parado de aquella situación, así que es poco probable que se atreva a repetir la experiencia.
―Pero no imposible.
―Lo más… que puede ocurrir… es que mi primo… le insista… en caso de que siga… interesado en él.
Antonio gruñó molesto.
―A pesado… no le gana… nadie.
―¡Pues lo mandaré a la mierda una y mil veces si hace falta, joder! ―grité.
―Esto también lo hiciste la otra vez y mira lo que ocurrió.
Tomé a Antonio de la mano y le dediqué una pequeña sonrisa que pretendía resultar tranquilizadora.
―Estaré bien ―dije con seguridad, tratando de creer yo mismo mis propias palabras―. No me pasará nada.
―Arde Roma si te pasa.
―Roma… no sé, pero… hay algo aquí que… se está quemando…
Cierto, olía a quemado. Feliciano abrió los ojos con pavor y echó a correr seguido de patatero musculoso.
―¡He olvidado la pasta en el fuego!
La hora de regresar a la oficina y asistir a la dichosa reunión que requería de mi presencia se aproximaba. Mientras esperaba al abuelo para irnos, me tomaba un café con Antonio en la cocina, donde todavía se apreciaba cierto tufillo a quemado provocado por el despiste culinario de Feliciano.
Removí varias veces lo que me quedaba de café, apenas media taza, haciendo mucho ruido. Estaba nervioso por tener que hablar en la reunión, aunque también por la posibilidad de reencontrarme con el turco enmascarado.
―¡Lovino! ―me llamó el abuelo desde fuera de la cocina―. Es hora de irnos.
Terminé de beberme el café, que se había quedado helado, y salí al pasillo acompañado de Antonio. El viejo estaba delante de la puerta principal con los brazos cruzados y expresión ceñuda, todavía parecía disgustado, aunque se dirigió a Antonio como si nada, hablándole con la misma cordialidad y amabilidad que de costumbre.
―¿Quieres venir con nosotros, Antonio?
―¡Claro! ―respondió de inmediato con una sonrisa.
El trayecto hasta la oficina no fue nada agradable. Apenas iniciamos la marcha, el típico comportamiento afable entre mi abuelo y mi novio dio paso a un silencio sepulcral que invadió el coche. Se notaba que el ambiente estaba tenso. Joder, si es que mi abuelo y Antonio siempre tienen algo de lo que hablar y parece que les den cuerda, pero estaban en silencio, ¡EN SILENCIO! Sin duda, aún seguían molestos el uno con el otro por su "pequeño desencuentro" de mediodía.
Maldita sea, como si no tuviera suficiente con los nervios por la reunión, ahora también me tocaba lidiar con la culpa de que el viejo y Antonio estuvieran así… aunque realmente el culpable fuera ese maldito bastardo enmascarado.
También era culpa del turco que la mayoría de los asistentes a la reunión estuvieran cabreados conmigo por hacerles perder su tarde libre al posponerla, el público ideal delante del que hablar. Los únicos que no parecían enfadados eran Eduard, que nos recibió en la entrada, y mi padre, que se quedó preocupado por mi repentina huida de aquella mañana y me devolvió la carpeta que dejé olvidada en el suelo.
En cualquier caso, la reunión salió mejor de lo esperado y todo el mundo quedó satisfecho tras ella, a pesar del enfado generalizado inicial. Menudo peso me quitaba de encima.
―¿Qué tal ha ido? ―me preguntó Antonio cuando dejé la sala de reuniones. Me esperaba sentado en la mesa de Eduard.
―Lovino lo ha hecho francamente bien ―dijo el estonio detrás de mí.
―Como cabía esperar de mi Lovi.
―Pero no conviene que te relajes, Lovino ―intervino el abuelo poniéndome una mano sobre el hombro―. Todavía nos queda trabajo por hacer esta semana y, aunque no sea de tu agrado, te quiero al cien por cien como esta tarde.
Me sonrojé por su halago, aunque sabía que el trabajo al que se refería tenía que ver con el turco enmascarado.
―Por cierto, Eduard, ¿te importaría ocuparte de llevar a Antonio y a mi nieto de vuelta a casa? Tengo un asunto que atender.
Qué excusa tan mala se acababa de inventar mi abuelo. Estaba seguro de que el viejo le había encargado al estonio la tarea de llevarnos a casa debido a su enfado con Antonio, evitando así otro viaje en coche en el más absoluto e incómodo de los silencios. Maldita sea, aunque no fuera mi culpa que su relación estuviera tan tensa, me sentí mal por ello.
Por el contrario, Antonio estaba tan alegre como siempre y fue todo el tiempo charlando animadamente con Eduard, aunque no sé de qué porque no les presté atención; lo que sí sé es que el ambiente era totalmente diferente al del viaje de ida con mi abuelo.
―Hey, hey, Lovi ―Antonio llamó mi atención chasqueando los dedos delante de mí. Estábamos detenidos en un semáforo y, cuando le miré, señaló por la ventanilla―. ¿Esa no es la heladería donde estuvimos el otro día?
―Sí ―respondí con desgana.
De repente, como movido por un impulso, Antonio salió del coche y, antes de que pudiera preguntarle qué demonios estaba haciendo, me tomó del brazo y me hizo bajar también. El asistente de mi abuelo se quedó con la boca abierta por aquel acto tan inesperado, estaba flipando.
―Nos quedamos aquí, Eduard. Gracias por traernos.
―Pe-Pero…
―Vete tranquilo, haremos el resto del camino andando. ¡Adiós!
Antonio echó a correr y me arrastró con él por entre los coches en marcha, ¡el tráfico se había reanudado! A mis gritos de pánico y protesta se unieron los insultos y pitadas de los conductores, nos faltó el canto de un duro para que nos llevaran por delante.
―¡Me cago en la puta, bastardo! ―grité cuando estuvimos a salvo en la acera. Mi corazón latía desbocado―. ¡¿Te has vuelto loco o qué?! ¡Casi nos atropellan! ¿En qué demonios estabas pensando?
―En que me apetece un helado ―me respondió despreocupadamente sin perder la sonrisa―. ¡Vamos!
Me calmé mientras esperaba sentado en una mesa a que Antonio trajera los helados. Dejé que se las apañara él solo para entenderse con el heladero y el tipo de la caja, así escarmentaría un poco por hacer que casi nos atropellen a cuenta de su estúpido capricho (vale, es Antonio, no captaría el mensaje).
Una enorme tarrina de helado de mis sabores favoritos apareció delante de mis ojos, así como el bastardo sonriente que me la ofrecía y que tomó asiento frente a mí.
―¿Estás más tranquilo ya, Lovi? ―lo miré con odio mientras saboreaba mi delicia helada―. Como no me estás gritando, supondré que sí.
―Idiota.
―Bueno, y ahora ¿vas a contarme por qué llevas toda la tarde tan decaído?
Me sorprendí bastante. Increíblemente mi pésimo estado de ánimo no había pasado desapercibido para el despistado de mi novio, que tamborileaba los dedos en la mesa esperando mi respuesta.
―Yo… no… no me gusta que mi abuelo y tú estéis enfadados ―dije agachando la cabeza―. Y menos por mi culpa, maldita sea ―añadí en voz baja.
―Pero ¿qué…? ¿De qué estás hablando, Lovi? Tu abuelo y yo no estamos enfadados.
―Sí, y yo me lo creo ―dije irónicamente―. Por eso no habéis parado de hablar en el coche de camino a la oficina.
―Si no hemos hablado de nada…
―¡Precisamente, joder! Estaba siendo sarcástico.
―¡No me líes, Lovi! ―se quejó de forma infantil―. Mira, vale que me molestó que se tomara tan a la ligera el asunto del turco, pero eso no significa que esté enfadado con él. Y tampoco me ha parecido que él lo estuviera conmigo. Si no hemos hablado de nada por el camino es porque no teníamos nada de lo que hablar, simplemente. No te montes películas.
No me estaba montando ninguna película, me basaba en la situación de la que había sido testigo: el viejo y él estaban enfadados el uno con el otro. No logró convencerme de lo contrario. Sin embargo, quien sí lo consiguió fue el abuelo cuando le saqué el tema al día siguiente.
―No me gusta que Antonio y tú estéis enfadados.
―¿Antonio y yo enfadados? ―se extrañó―. ¿De dónde has sacado eso?
―¿Acaso no es obvio? De vuestro comportamiento de ayer.
―¿Te refieres a la discusión que tuvimos a mediodía? Me decepcionó un poco por lo que dijo, pero tampoco fue para tanto…
―Claro, por eso ni siquiera os dirigisteis la palabra en el coche.
―No teníamos nada de lo que hablar ―se encogió de hombros―. Antonio es inteligente, sabe cuándo es mejor mantener la boca cerrada.
―No intentes convencerme de lo que no es, viejo. Estabais enfadados, se notaba ―mi abuelo rodó los ojos―. ¿Por qué si no le encasquetaste a tu asistente la tarea de llevarnos a casa? Obviamente para no tener que soportar otro incómodo viaje en silencio, porque la excusa que te inventaste era malísima.
―No me inventé ninguna excusa.
―¿Y cuáles eran esos asuntos de los que tenías que ocuparte si se puede saber?
―Tenía una cita con la madre de Heracles ―respondió con una sonrisa pícara. Me sonrojé, siempre me incomodaba hablar de esos temas con el viejo―. De hecho, regresé a casa esta mañana sólo para recogerte y traerte al trabajo, aunque también aproveché para cambiarme…
―¡Para! ―lo interrumpí―. Ya me has aclarado lo que quería. No sigas.
―Asumo entonces que te he convencido de lo que supuestamente no era.
Me crucé de brazos e hinché las mejillas, molesto. El viejo sonrió con satisfacción.
Eduard acabó con el momento de gloria de mi abuelo al entrar en el despacho para avisarnos de que el turco enmascarado había llegado y esperaba para vernos. Contuve la respiración unos segundos, me había puesto muy tenso y nervioso. El abuelo me apretó el hombro y me dedicó una sonrisa tranquilizadora: él estaba allí conmigo, así que no había nada que temer.
El estonio hizo pasar al señor Adnan al despacho, mi abuelo lo recibió con un saludo cordial y un apretón de manos. Me mantuve alejado de ambos hasta que el turco reparó en mi presencia y vino hacia mí con aire imponente y una sonrisa torcida adornando su rostro. Me quede medio bloqueado por los nervios.
―¡Hola, muchacho! ―me saludó―. ¿Qué tal?
Me tendió la mano. La miré desconfiado y pasé la vista a las rendijas de su máscara, daba miedo. Tragué saliva con dificultad y volví la vista de nuevo a su mano, que estreché con la mía en un gesto rápido, soltándola casi de inmediato, como si quemara.
―Hoy por lo menos no has salido corriendo ―comentó con sorna el turco, no le vi la gracia―. Lo cierto es que me ha sorprendido encontrarte aquí, cuando nos vimos ayer pensé que simplemente estabas de visita, no trabajando.
―Todavía está aprendiendo.
―Lo está preparando para que le suceda, ¿eh?
―Se hace lo que se puede ―rio el abuelo. Tampoco le vi la gracia―. En fin, vamos a lo que vamos.
Me esforcé al máximo por concentrarme en el trabajo, pero me resultó muy difícil ya que tenía la mirada del enmascarado clavada en mí cada dos por tres, lo notaba a pesar de no verle los ojos. La hora que pasamos reunidos se me hizo eterna. En cuanto tuve la oportunidad nada más terminar, me escabullí del despacho.
Como tenía que esperar al abuelo para volver a casa, recorrí toda la oficina buscando un lugar donde evitar un nuevo posible encuentro con el turco, suficiente lo había visto en lo que iba de día. Finalmente me escondí en el baño durante un cuarto de hora, esperaba que en ese tiempo ese tipo se hubiera marchado.
―¿Estás huyendo de mí, muchacho?
Me quedé helado al oír la voz del turco detrás de mí. Tragué saliva con dificultad, maldije para mis adentros y me di la vuelta lentamente.
―No me mires con esa cara, chico, que parece que has visto un fantasma. ¿Tanto miedo te doy?
Apreté los puños y gruñí, el muy cabrón se estaba burlando de mí.
―No me digas que estás así por lo que ocurrió hace… ¿dos? ¿Tres años? Sé que me excedí más de la cuenta aquella noche, iba muy borracho y no pensaba en lo que hacía.
―¡E-Eso no es excusa! ―grité. Por fin conseguí plantarle cara, mi cabreo era mayor que el miedo que me causaba.
―Lo sé, lo sé, actué mal y no me siento orgulloso de ello, pero no puedo cambiar lo que hice ―se encogió de hombros―. Venga, chico, ya te pedí disculpas en su momento.
―¿Y qué?
―Que te olvides de miedos y de tanta hostilidad hacia mí, y seamos amigos ―dijo sonriendo mientras me daba unas palmaditas en el hombro, donde dejó reposada la mano; yo alucinaba. Joder, menuda pesadilla―. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo?
―T-Tengo mejores cosas que hacer ―respondí apartando su mano de mí.
―¿Como qué?
―No es de su incumbencia.
―Muy bien ―se encogió de hombros―. Quizás mañana consiga convencerte de que me acompañes ―dijo mientras se daba la vuelta y echaba a andar―. Nos vemos.
Como era de esperar, al día siguiente el turco me pidió que fuera con él a tomar algo cuando finalizamos la reunión que mantuvimos con él y con el japonés silencioso. Insistió varias veces, pero obviamente sólo recibió respuestas negativas de mi parte.
―Se ve que no hay manera de convencerte, chico ―se resignó el enmascarado finalmente―. ¡Qué se le va a hacer! Supongo que tendré que conformarme con la cena de mañana.
―¿Cena? ¿Qué cena?
El turco sonrió de lado, pero no respondió. Cogió por banda al japonés silencioso, que no supo cómo negarse a su invitación de ir a tomar algo, se limitó a hacer aspavientos con las manos y tartamudeó mientras el enmascarado se reía y, con un brazo echado sobre sus hombros, lo guiaba. El pobre Kiku prácticamente se vio obligado a acompañarlo.
―Oye, abuelo ―dije cuando nos quedamos solos―, el pesado del turco me ha dicho algo de una cena, ¿a qué diablos se refería?
―A la que tenemos mañana con él y Kiku.
―¡¿Qué?! Joder, ¿y cuándo demonios pensabas decírmelo?
―Te lo estoy diciendo ahora.
Rodé los ojos y refunfuñé con hastío.
―En serio, viejo, ¿hasta cuándo va a durar este maldito castigo?
―Hasta el viernes ―respondió divertido―. Y es trabajo, no un castigo.
Para mí como si lo fuera, y encima todavía faltaban dos días para que se acabara esa maldita tortura. ¡Qué fastidio!
A Antonio no le hizo ninguna gracia enterarse de que al día siguiente tendría que cenar con el turco enmascarado, se le notó a la legua por mucho que intentara disimularlo. Al menos mantuvo la calma, supongo que porque sabía que el abuelo y el japonés silencioso estarían presentes.
―No hace falta que disimules ―le dije―, sé que lo de la cena te molesta.
―Para qué mentir, no me gusta.
―Pues menos me gusta a mí que soy el que tengo que ir, maldita sea.
―Me imagino. Pero es trabajo, no queda otra que aguantarse.
―Vaya mierda. A ver si se acaba de una puta vez esta maldita semana, ¡se me está haciendo eterna!
―Ya queda menos ―me animó Antonio poniéndose a mi espalda y masajeándome los hombros―. Relájate.
Al menos podía contentarme con la suerte de tener a Antonio, que durante el resto del día se comportó de forma mucho más cariñosa y pegajosa que de costumbre. De hecho, por la noche fuimos a ver una obra de teatro al aire libre con Feliciano y el macho patatas y la actitud de mi novio superaba con creces a la de los dos tortolitos, que incluso parecían distantes el uno con el otro en comparación, y eso que normalmente se mostraban tan acaramelados que provocaban diabetes con sólo mirarlos.
Por la mañana Antonio seguía en el mismo plan. El muy pesado se empeñó en llevarme a desayunar fuera y de paso acompañarme a la oficina, no entendía su interés por pasarse varias horas allí encerrado, ¡si en ese tiempo ni siquiera iba a estar conmigo! Aun así no pude decirle que no, ¡me puso ojitos!
Como nos marchábamos temprano, el abuelo pensó que estaba intentando escaquearme del trabajo otra vez. Tras explicarle un par de veces nuestras auténticas intenciones, dejó que nos fuéramos, pero creo que no se convenció realmente de que lo que le dijimos era cierto hasta que nos vio aparecer en la oficina.
Trabajé sin descanso con mi abuelo en su despacho durante toda la mañana, mientras que Antonio se quedó en la oficina con Eduard. A saber a qué se dedicó en ese tiempo porque cuando terminé me estaba esperando sentado en una mesa con una enigmática sonrisa adornando su cara. Sospechoso. Algo se traía entre manos.
No obstante, fuese lo que fuese lo que planeaba, no lo llevó a cabo ese día. Maldita sea, yo que esperaba algún típico acto absurdo de los suyos que me librara de la jodida cena a la que estaba obligado a asistir.
Pero no.
Me contenté con retrasar al máximo el momento de irnos con la excusa de estar arreglándome. El viejo no se lo tragó (sabe bien que no suelo tardar apenas) y me llamó la atención varias veces para que me diera prisa. Cuando terminé, él y el japonés silencioso me esperaban en el salón con Antonio y Heracles, que estaban tirados cómodamente en el sofá el uno junto al otro mirando la tele, ¡que molesto!
―¿Seguro que no queréis venir con nosotros, chicos? ―les preguntó el abuelo a los bultos yacientes del sofá.
―Segurísimo―respondió Antonio. Ya me había dicho que se sentiría muy incómodo si asistía a la cena.
―Tuve suficiente… con aguantar… a mi primo… ayer… durante toda la tarde ―el día anterior Heracles recibió una llamada del turco enmascarado informándole de que estaba con Kiku, así que el griego fue raudo a reunirse con ellos y no regresó a casa con su maridito hasta bien entrada la noche―. No… soportaría… otro día… con él.
El abuelo se encogió de hombros y no insistió.
Nos despedimos de Antonio y Heracles, que siguieron viendo la tele, y nos encaminamos hacia el garaje.
Nos encontramos con el turco en la puerta del restaurante, habíamos llegado prácticamente a la vez. Después de los saludos oficiales (el mío duró más de la cuenta) los tres pasaron al interior mientras que yo me quedé fuera mirando estupefacto el lugar al que habíamos ido, pues acababa de percatarme de que el sitio me resultaba familiar. Maldita sea, menudo tino tenía mi abuelo para, de entre todos los restaurantes de Roma, ir a escoger precisamente uno de aquellos en los que trabajé.
―¿Lovino? ―me llamó el abuelo desde la puerta―. ¿Se puede saber qué haces ahí parado? Entra, te estamos esperando.
Suspiré con resignación, agaché la cabeza y me acerqué a él. El viejo, sonriente, me echó un brazo sobre los hombros mientras entrábamos. Un camarero nos condujo a la mesa y, cómo no, el turco se las apañó para sentarse a mi lado. De nuevo suspiré con resignación.
―Al final me he salido con la mía ―me dijo el enmascarado― y he conseguido que vengas a cenar conmigo.
―Por si no se ha dado cuenta, le recuerdo que hay dos personas más sentadas a la mesa, así que no piense que esto es una cita ni nada por el estilo.
―Tienes respuestas para todo, chico.
―Me limito a señalar lo evidente.
El turco sonrió con suficiencia. Chasqueé la lengua y desvié la mirada molesto.
El encargado del restaurante, que seguía siendo el mismo que cuando trabajé allí, se aproximó a nuestra mesa; lo que faltaba, otro idiota con el que lidiar. Agaché la cabeza y me tapé la cara para que no me reconociera. No obstante, mi ex jefe se dirigió únicamente a mi abuelo, al que le hizo la pelota descaradamente durante un buen rato, ¿no podía limitarse a saludar?
―Disfruten de la cena ―nos deseó el encargado al terminar su sesión de peloteo. Yo seguía tapándome―. Y si necesitan algo, no duden en llamarme.
Y diciendo esto, el lameculos de mi ex jefe se alejó orgulloso y satisfecho de la mesa, como si hubiera hecho algo muy importante. Joder, cómo me fastidiaba. Seguro que si me hubiese visto se le habría cambiado la cara de un plumazo… una malévola idea cruzó mi mente.
Urdí un fantástico plan para fastidiar a mi ex jefe mientras esperábamos la comida y hablábamos de los asuntos de trabajo que habíamos ido a tratar.
―Lovino, se supone que estás aquí para aprender, así que más vale que dejes de pensar en las musarañas y atiendas a la conversación.
Era la segunda vez que el abuelo me llamaba la atención por estar distraído. Más valía que le hiciera caso si no quería que se cabreara.
La "interesante" conversación de trabajo se interrumpió momentáneamente cuando nos sirvieron la cena, que ocurrió con bastante rapidez (seguro que por obra del servicial encargado). A mí me vino de perlas la pronta llegada de la comida, pues me sirvió para poner en marcha mi plan con la excusa perfecta: le pedí al camarero que se llevara mi plato de vuelta a la cocina por estar poco hecho.
Mandé el plato de vuelta a la cocina dos veces más: la segunda alegando que estaba muy hecho, y la tercera salado.
―Vaya, muchacho, ¿eres siempre igual de exigente con todo? ―me preguntó el enmascarado sonriendo de lado―. Tenerte contento no debe ser tarea fácil, ¿eh?
―No se hace una idea ―respondí con indiferencia.
―Aunque con perseverancia se consigue todo.
―Principalmente que te califiquen de pesado.
Mi respuesta le borró la sonrisa al turco. Si pensaba que iba a entrar al trapo de sus insinuaciones, estaba muy equivocado.
No obstante, las insinuaciones de ese pesado continuaron de forma disimulada, incluso cuando retomamos la aburrida conversación de trabajo. No sé cómo pretendía mi abuelo que estuviera atento a ella si tenía a mi lado a esa maldita mosca cojonera enmascarada dándome el coñazo constantemente.
―Aquí tiene, señor ―me distrajo el camarero sirviéndome la cena por cuarta vez―. Espero que el plato por fin ―recalcó― se encuentre a su gusto. Que disfrute.
Se alejó hacia otra mesa.
Pero no, la comida no estaba a mi gusto, ¡para nada! Levanté la mano para llamar al camarero, pero mi abuelo me sujetó el brazo tratando de que lo bajara.
―No vas a pedir que se lleven la comida otra vez ―dijo en voz baja, pero con una clara nota de enfado en su tono―. Está perfecta.
―¿Quieres probarla?
―¿Hay algún problema, señores? ―preguntó con una sonrisa forzada el servicial encargado, que por fin se había dignado a honrarnos con su presencia. Justo lo que yo quería, aunque sólo miraba y se dirigía a mi abuelo―. ¿Necesitan algo?
―No.
―Lo cierto es que sí ―respondí yo contrariando a mi abuelo. El encargado desvió su mirada hacia mí y su cara, además de perder todo el color, se contorsionó en un gesto de terror al verme. Me regodeé internamente―. Parece que el cocinero no tiene un buen día porque ya he tenido que devolver mi plato varias veces, la última porque se habían pasado con la sal. Pero es que ahora resulta que ni siquiera le han echado. ¿Le importaría traerme un salero?
―E-E-Enseguida, señor.
En menos de un minuto tenía en la mano lo que había pedido.
―Qué rápido ha sido, muchas gracias. Para que luego digan que el servicio en este sitio es una mierda…
―¿Q-Quién d-dice eso?
―No sé ―me encogí de hombros―, alguna vez lo he escuchado por ahí.
―S-Sin duda sería un comentario desafortunado sacado de contexto.
―Es posible. Quizás de algún ex trabajador mal pagado y cabreado con la empresa, seguro que han tenido a más de uno.
Sudores fríos recorrían la frente de mi ex jefe, que titubeaba y desviaba nervioso la mirada hacia mi abuelo sin saber cómo salir del paso; resultaba muy cómico a la vez que satisfactorio. Solucionó su dilema deseándonos buen provecho y retirándose a atender a otros clientes. Ganas de echarme a reír por su comportamiento no me faltaron.
Contento por cómo se había desarrollado mi plan, me dispuse a devorar mi cena (joder, con lo de la broma se había hecho tarde, estaba hambriento y a los demás les quedaba poco para terminar). Sin embargo, cuando apenas me había llevado el segundo bocado a la boca, mi abuelo se levantó con la excusa de ir al baño y me agarró por la parte de atrás del cuello de la camisa, obligándome a acompañarlo.
―Joder, abuelo, ¿qué haces? ―me quejé mientras me ponía el cuello de la camisa bien―. Ahora que por fin iba a comer… ¡tengo hambre!
―¡Haber comido cuando te sirvieron la primera vez! ―dijo enfadado―. Apuesto a que la comida estaba perfecta desde el principio, y todas las veces, por más que tú te empeñes en afirmar lo contrario.
Preferí no decir nada. Agaché la cabeza e hinché las mejillas mientras refunfuñaba.
―¿Y bien? ¿A qué estás esperando para contarme lo que ocurre? Porque aparte de tu numerito devolviendo platos a la cocina, también me he percatado de la cara que ha puesto el encargado cuando te ha visto.
Joder, al viejo no se le escapaba una.
―¿Qué es lo que pasa, Lovino? Quiero una explicación.
―Simplemente quería fastidiar un poco a ese encargado lameculos ―dije todavía con la cabeza gacha.
―Te das cuenta de que eso no explica nada, ¿verdad?
―Está bien, maldita sea ―levanté la vista y me crucé de brazos―. ¿Te acuerdas de que cuando me diste el trabajo en el restaurante me dijiste que nunca estaba de más tener referencias? Pues no pidas las mías aquí.
―¿Trabajaste en este restaurante?
―Casi un mes.
―¿Y por qué te despidieron?
―Porque… porque le puse un plato de espagueti de sombrero a un cliente idiota.
―¿Y cómo demonios se te ocurrió hacer eso?
―¡Porque me tocó mucho los huevos! ―exclamé―. Era un antiguo compañero del instituto que no tuvo nada mejor que hacer que molestarme y mofarse de mí cada vez que atendía su mesa, y la atendí mucho porque el muy bastardo no paró de llamarme en toda la noche, hasta que me harté y le puse de sombrero el plato que acababa de pedirme que devolviera a la cocina.
―Tú siempre tan impulsivo…
―Obviamente el encargado acudió rápidamente al jaleo, me echó la bronca y me despidió allí mismo delante de todos los clientes, ¡el muy cabrón ni siquiera me pagó! Joder, me pasé casi un mes trabajando por nada. Y encima, cuando le reclamé, me sacó a patadas del restaurante y me amenazó diciendo que sufriría las consecuencias si se me ocurría volver por aquí.
―Y hoy has hecho que se trague sus propias palabras.
―¡Exacto! Se ha tenido que joder ―me reí―. Es que con todo lo que te ha hecho la pelota como para echarme de aquí. De hecho, creo que temía que te contara lo que pasó, por eso se puso tan nervioso al verme.
―Sin duda. En fin, espero que la broma ya haya llegado a su fin y podamos continuar con nuestra cena tranquilamente.
―Sí. Seguiré aguantando al turco y sus insinuaciones un rato más.
―Ignóralo como llevas haciendo toda la noche.
―¿También te has dado cuenta de eso?
―Intenta ser discreto, pero se le ven las intenciones de lejos. No le eches cuenta ―me echó un brazo sobre los hombros sonriendo―. Vamos, que ahora tendrás que mandar el plato de vuelta a la cocina para que te lo calienten.
La cena se alargó casi una hora más. Lo más entretenido de ese tiempo fue ver a mi ex jefe con sus nervios y titubeos cada vez que se acercaba a nuestra mesa (incluso el abuelo se rio disimuladamente de su comportamiento) porque las conversaciones de negocios eran un auténtico muermo por mucho que tuviera que aprender de ellas.
Y eso por no hablar del pesado del turco, que continuó con sus mal disimuladas insinuaciones. Ignorarlo no servía, él no se daba por vencido.
―¿Sabes? Conozco un bar que no está nada mal ―me dijo en voz baja cuando salimos del restaurante. Se notaba que había bebido más de la cuenta porque arrastraba las palabras un poco, pero eso no era excusa para estar tan excesivamente cerca de mí como se encontraba―. ¿Qué tal si vamos a tomarnos unas copitas antes de irnos a dormir?
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, especialmente por el énfasis que puso en lo de "irnos a dormir", obviamente cargado de doble sentido, ¡agh!
―Estoy seguro de que Lovino te agradece la tentadora oferta, Sadiq ―intervino el abuelo colocándose entre el turco y yo (¡gracias!)―, pero lo necesito bien fresco para mañana. Y además todavía tengo que discutir con él algunos asuntos de trabajo de los que hemos tratado en la cena, así que… tendrá que ser para otra ocasión.
El turco gruñó por lo bajo, pero no protestó ni dijo nada más. Se despidió de nosotros con un apretón de manos y se marchó en un taxi, ¡por fin me libraba de ese pesado!
―Ha hecho usted bien en intervenir, Rómulo-san ―dijo el japonés silencioso―. El señor Adnan no es un mal tipo, pero en ocasiones no se da cuenta de dónde están los límites, sobre todo cuando bebe tanto como esta noche.
―Es un maldito pesado, con bebida o sin ella ―repliqué yo―. Menos mal que ya se ha largado. Por cierto, abuelo, buena excusa ésa de que tenemos asuntos de trabajo que discutir…
―¿Excusa? ―dijo ceñudo, enarcando una ceja―. ¿Cómo que excusa?
―No… ¡¿No lo era?!
El abuelo me sostuvo la mirada, muy serio.
―¡Por supuesto que sí! ―se echó a reír mientras me revolvía los cabellos con una mano y me echaba el otro brazo por encima de los hombros―. Sólo te estaba tomando el pelo. Menuda cara que has puesto…
―Muy gracioso, viejo ―dije sarcásticamente.
―No eres el único que sabe gastar bromas.
Era bastante tarde cuando llegamos a casa, así que procuramos ser sigilosos al entrar y cerrar la puerta, pero aun así había quien todavía continuaba levantado, pues el televisor estaba encendido. Sentados en el sofá del salón nos encontramos a Antonio, que daba cabezadas cada dos por tres; el griego durmiente, que dormía plácidamente utilizando de almohada el hombro de... ¡del macho patatas!, que sorprendentemente estaba entre ambos con gesto muy serio, los brazos cruzados y la mirada clavada en el televisor. Era raro que mi hermano no anduviese por allí también.
El abuelo nos deseó buenas noches y se marchó escaleras arriba mientras que el japonés silencioso y yo nos agachamos junto a nuestras respectivas parejas para despertarlos. Con su última cabezadita Antonio había caído en un sueño profundo, tanto así que el griego durmiente reaccionó antes que él por increíble que parezca. Tuve que zarandearlo un poco para que despertara.
―¡Hola, Lovi! ―me saludó Antonio adormilado, pero sonriente―. Por fin has vuelto, ¡te estaba esperando!
―Ya veo. Y estos dos decidieron hacerte compañía, ¿no?
―Más o menos.
―Yo iba… a quedarme… esperando a… Kiku… de todas… formas…
―¿Y Feliciano dónde está? ―pregunté extrañado por la ausencia de mi hermano―. ¿Cómo es que no se os unió?
―Tenía sueño y prefirió acostarse ―respondió el macho patatas―. A mí, en cambio, me apetecía quedarme viendo esta película.
―No me interesaba saber lo que te apetecía, patatero, ni siquiera te he preguntado.
El alemán suspiró cansado y rodó los ojos.
―Deberíamos subir a acostarnos ―sugirió el japonés silencioso―, es bastante tarde.
―Tienes razón, Kiku ―dijo Antonio levantándose del sofá―. ¿Tú no vienes, Ludwig?
―No, voy a quedarme viendo la televisión un rato más.
Le deseamos buenas noches al patatero (yo no en realidad) y nos marchamos a nuestras habitaciones.
Me dejé caer en la cama junto a Antonio, que pasó un brazo por debajo de mi cuerpo y me echó sobre él. Nos besamos y me acomodé sobre su pecho.
―¿Te has divertido hoy con tu amiguito el durmiente? ―pregunté.
―Bastante. Salimos a cenar, nos tomamos unas copas, recordamos batallitas…
―Joder, hablas como un viejo.
Antonio se echó a reír.
―¿Y tú qué? ¿Cómo ha ido la cena?
―Pues… digamos que bien, aunque el abuelo se enfadó conmigo.
―¿Qué has hecho?
―¡Nada!
―Por nada no se enfada tu abuelo.
Refunfuñé molesto ante tal afirmación y, después de hacerme de rogar un poco, lo puse en antecedentes sobre el restaurante en el que habíamos cenado y la venganza que perpetré aquella noche. Al principio Antonio se indignó al saber cómo me trató mi ex jefe en su día, pero acabó partiéndose de la risa al oír cómo se desarrolló mi plan para desquitarme con él.
―Oye, Lovi, ¿y el turco, qué? ―dijo serio después del rato de risas―. ¿Te molestó mucho?
―No dejó de insinuarse e insistir en toda la noche el muy pesado. Al final fue mi abuelo el que le paró los pies.
―Se hartaría de ver cómo te atosigaba.
―Por lo que fuera, sólo así me dejó en paz.
―Ese tío no se rinde, ¿eh?
Dejé escapar un profundo suspiro en respuesta.
―No te preocupes, mi amor. Piensa que mañana es el último día que tendrás que aguantarlo.
Sí, por fin se acababa mi particular tortura y recuperaba mis anheladas vacaciones.
Sin embargo, tan deseado momento no llegó hasta después de una larga y aburridísima mañana de trabajo en la que resolvimos los negocios con el turco y el japonés. Por suerte, el enmascarado se centró en su trabajo y no me distrajo ni me dio la lata con sus insinuaciones, aunque volvió a las andadas en cuanto lo dimos todo por finalizado.
Se acercó a mí mientras estaba recogiendo unos papeles y me pidió en voz baja, cerca de mi oreja, que lo acompañara a tomar algo para celebrar el trato que acabábamos de cerrar. Su proximidad me puso los vellos de punta. Respondí negativamente a su petición, pero el muy pesado insistió varias veces más.
―Mire, bastar… señor Adnan ―me corregí―, no insista más porque no voy a acompañarlo a ninguna parte, capisci? Me están esperando en casa.
―Una hora o dos de espera más que menos tampoco supondrá mucho.
―La respuesta sigue siendo no.
―¡Festejemos nuestro trato con un buen almuerzo! ―propuso el abuelo de repente―. Voy a llevarlos al restaurante donde hacen el mejor risotto de toda Roma.
El turco me miró y sonrió de lado, sin duda dando por hecho que se había salido con la suya. Gruñí y maldije por lo bajo.
―Oye, abuelo, ¿es necesario que os acompañe o puedo ser libre ya?
―Has cumplido, eres libre.
―¡Genial! ―lo abracé―. ¡Gracias!
Estuve tentado de largarme corriendo, pero reprimí el impulso y, en su lugar, me dirigí al turco y le estreché la mano sonriendo con suficiencia.
―Hasta… Adiós, señor Adnan.
Solté la mano del turco, le di la espalda y caminé hacia la puerta, desde donde me despedí de los demás antes de salir. ¡Por fin volvía a ser libre!
―¡Hola, Lovi!
Menuda sorpresa. Lo último que esperaba era encontrarme a Antonio en la oficina, pero allí estaba sentado tan tranquilamente al borde de la mesa de Eduard mientras éste tecleaba frenéticamente en su ordenador.
Mi novio se levantó de su particular asiento y acercó su cara a la mía para besarme, pero se detuvo a escasos centímetros de mis labios. Se había quedado muy serio y tenía la vista clavada en un punto por detrás de mí. Giré la cabeza y miré hacia donde él lo hacía: el abuelo había salido con el japonés y el turco del despacho, y Antonio mantenía una especie de batalla visual con el enmascarado (aunque no se le vieran los ojos).
―Deja de mirar a ese idiota, bastardo ―dije agarrándole la barbilla para encararlo―. Estabas con algo más interesante entre manos.
Le planté en los labios el beso que había dejado en el aire. Sin dudarlo, Antonio respondió al gesto apasionadamente. Esperaba que el maldito turco nos estuviese viendo, que se jodiera con el espectáculo mientras nosotros nos deleitábamos.
Al separarnos, eché un rápido vistazo hacia atrás y no había ni rastro del abuelo y sus dos acompañantes.
―¿Qué estás haciendo aquí, Antonio? ―pregunté.
―He venido a buscarte para que vayamos a comer.
―Estupendo. Pero… ¿quién te ha traído?
―Nadie, he venido yo solo en el metro.
―¿Y has sabido llegar bien?
―Sólo hay dos líneas, Lovi, ni que fuera tan complicado.
―¿Y llevabas mucho tiempo aquí esperándome?
―Un rato, no sé cuánto. Me he entretenido charlando con Eduard.
―Te has entretenido tú y lo habrás distraído a él, porque parece que está bastante ocupado.
―No se preocupe, Lovino ―dijo Eduard levantando la vista hacia mí, pero sin dejar de teclear―, su compañía ha sido muy agradable y no me ha distraído en lo absoluto. Más bien ha amenizado el rato.
―Joder, debes aburrirte muchísimo…
―No, ¿por qué?
―Por nada… En fin, vámonos a comer. ¡Pero el sitio lo elijo yo!
Fuimos a un restaurante cercano y pequeñito, donde ni hacían el mejor risotto de Roma ni tampoco había trabajado yo antes. En definitiva, un sitio en el que evitar encuentros indeseables.
―Me alegra verte contento de nuevo, Lovi ―dijo Antonio de repente, acariciándome la cara y sonriendo con ternura.
―¿Eh? ¿De qué hablas? ―pregunté desconcertado.
―Es que parecías muy decaído estos últimos días.
―¿Decaído?
―Supongo que estabas agobiado por el trabajo, el asunto del turco… El caso es que no te veía del todo bien.
―No se puede decir que haya sido mi mejor semana…
―Por eso se me ocurrió una idea genial para levantarte el ánimo: ¡nos vamos a pasar el fin de semana a Nápoles!
―¡¿Qué?! ―me había pillado por sorpresa totalmente.
―Que mañana por la mañana nos vamos a Nápoles, tú y yo solos, a pasar el fin de semana ―dijo despacio, pero con una enorme y resplandeciente sonrisa de felicidad―. Como no sabía a qué hora terminarías hoy, preferí no arriesgar. Eduard me ha ayudado a prepararlo todo: comprar los billetes de tren, encontrar un sitio donde quedarnos, recomendarme qué visitar…
―¡Así que eso era lo que te traías entre manos ayer! ―deduje―. Por eso te empeñaste en acompañarme a la oficina y te quedaste allí toda la mañana.
―No se te escapa una, cariño.
―¿Y por qué Nápoles?
―Porque recuerdo que me dijiste que fue allí donde naciste y viviste tus primeros años, así que me apetecía ir contigo y conocerlo.
―Apenas tengo recuerdos de esa época…
La sonrisa de Antonio se desvaneció y me miró preocupado.
―Entonces… ¿no te apetece?
―Joder, no digas tonterías, ¡por supuesto que me apetece! ―sonreí ampliamente. Antonio suspiró aliviado y recuperó su radiante sonrisa de felicidad―. ¡Has tenido una idea estupenda!
¿Acaso había mejor forma de retomar nuestras vacaciones que una escapadita los dos solos? Ya estaba deseando que llegara el día siguiente para emprender ese fantástico e improvisado viaje con Antonio.
¡Nos íbamos a Nápoles!
.
¡Muchas gracias por leer! Espero que os haya gustado el capítulo.
Bueno, esta es la parte en la que me disculpo por haber tardado infinito (aka 1 año) en publicar este capi. Lo cierto es que a mí misma me molesta mi propia tardanza, pero entre que se me estropeó el pc, la falta de tiempo y los bloqueos continuos (porque he tenido varios y muy gordos a lo largo de la redacción del capítulo) no podía avanzar más rápido. Supongo que más de uno pensó que había abandonado la historia, pero no es el caso: no es mi estilo dejar historias a medias, sobre todo cuando las estoy publicando. En fin, os ruego que me disculpéis.
¡Hasta la próxima!
