Han pasado 84 años... y no sigo porque me sé el diálogo hasta el final, pero bueno, lo que venía a decir, que aquí estoy de nuevo. Koko ni aru!
En fin, siento la tardanza y aquí os dejo el nuevo capítulo ;) Espero que lo disfrutéis.
Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 9: Napoli
Los alrededores de la estación de Nápoles eran un auténtico hervidero de gente que iba de un lado para otro a pesar de que era sábado y apenas las diez de la mañana. Antonio y yo acabábamos de llegar a la ciudad después de tres horas de viaje en tren. Menos mal que habíamos aprovechado el largo trayecto para echarnos un buen sueñecito, porque nos habíamos levantado al amanecer, ¡con lo muchísimo que odio madrugar, joder!
Lo primero que hicimos en la ciudad fue ir a desayunar a una cafetería que estaba enfrente de la estación. El café que nos tomamos antes de salir de casa con mi abuelo, que nos llevó a Termini, parecía un lejano recuerdo, es decir, me moría de hambre.
Después de tomarnos un café con un par de sfogliatelle, nos colocamos las mochilas en el torso (Antonio se mostró reticente, pero era la mejor forma de evitar que manos ajenas hurgaran donde no debían) y emprendimos el camino hacia el hotel que mi novio había reservado.
Caminábamos cogidos de la mano, era lo mejor para ahorrarnos sustos. Habría sido muy fácil separarnos debido a que alguno de los dos se quedara rezagado mirando embobado los singulares edificios napolitanos: se veían antiguos, algunos incluso parecían a punto de venirse abajo; los había con flores adornando sus balcones o ropa tendida en ellos; y en la pared de las esquinas no era raro encontrar un altar con un santo. Además, era más fácil sortear el intenso tráfico cada vez que cruzábamos una calle si nos manteníamos juntos.
Tras media hora de caminata, llegamos al hotel. Bueno… hotel, más bien era un hostal. En fin, en la recepción fuimos atendidos por una simpática chica que nos habló en perfecto español y nos explicó que todavía era demasiado temprano para poder registrarnos y acceder a nuestra habitación, ¡maldita sea! Al menos pudimos dejar allí nuestras cosas e irnos tranquilamente a visitar la ciudad.
Nuestro primer destino fue el Castel Sant'Elmo, que estaba en lo alto de una colina. Para llegar tomamos el metro y después el funicular. A Antonio le encantó el vehículo colgante, se notaba no sólo por la enorme sonrisa que adornaba su cara, sino también porque hablaba al doble de velocidad de lo normal comentando todo lo que veía (joder, incluso me costaba seguir lo que estaba diciendo).
Antes de entrar al castillo nos acercamos al mirador que había un poco más abajo en la misma calle; desde allí se apreciaba una espléndida vista de la ciudad con el volcán al fondo. Mi novio sacó entonces su cámara y se dedicó a tomar fotos de todo lo que veía, también con nosotros incluidos en la escena. De hecho la cámara ya no abandonó su mano, como si la tuviera pegada. Parecía poseído por el espíritu de la húngara loca otra vez, igual que en Roma.
La visita al Castel Sant'Elmo duró algo más de una hora. Recorrimos la fortaleza de arriba abajo, aunque donde más nos entretuvimos fue en el patio de armas que estaba en la parte superior. Tenía un reloj muy llamativo con tres agujas en forma de espadas y las vistas eran increíbles, mucho mejores que desde el mirador, pues se veía toda la ciudad, el Vesubio y además la bahía de Nápoles. Nos pasamos un buen rato allí simplemente admirando el paisaje.
Al salir del castillo, en lugar de dirigirnos hacia el funicular para regresar a la ciudad, a mi novio se le ocurrió la "brillante" idea de que fuésemos a pie. Obviamente me opuse, ¡era un camino largo por más que fuera cuesta abajo, joder! Pero claro, Antonio es de ideas fijas e insistió hasta que acabó saliéndose con la suya.
Me condujo de nuevo hacia el mirador en el que habíamos estado antes. Desde allí bajamos unas escaleras que nos llevaron a una callejuela empedrada, escalonada, solitaria y zigzagueante que tenía su encanto, no voy a negarlo, pero su recorrido descendente me resultó demasiado largo y pesado.
―En serio, Antonio, ¿cómo demonios he dejado que me convenzas para que bajemos andando a la ciudad? ¡Esta puta calle no se acaba!
―Venga, Lovi, seguro que ya nos queda poco para llegar… abajo.
―Ni siquiera sabes a dónde nos lleva esta calle.
―¡Pero lo sabré en un momento! ―dijo sonriendo. Sacó el mapa y lo escrutó con detenimiento―. Eeh… Pues… No encuentro esta calle…
Bufé y le dediqué una mirada de odio que lo decía todo. Antonio se rascó nervioso la nuca mientras dejaba escapar una risilla.
―Piensa que ya debe quedarnos poco para salir a alguna parte. Y si no, a unas malas podríamos volver arriba…
―¡Ni de coña! ―grité exaltado―. Yo no vuelvo hasta allí arriba andando, ¡no lo digas ni en broma!
Reemprendí el camino cuesta abajo a paso rápido seguido por Antonio. En unos minutos salimos a una calle mucho más amplia, el corso Vittorio Emanuele. Cogí el mapa para ubicarnos, me ayudé con los indicadores de la calle, y pusimos rumbo a la estación de funicular más cercana.
Nos bajamos cerca de la vía Toledo, hacía donde nos dirigimos. Era una famosa calle napolitana llena de gente, con tráfico intenso y tiendas, ¡muchísimas tiendas! Era el jodido paraíso~… Lástima de estar de turismo y no disponer de tiempo suficiente para ir de compras, me habría faltado día. En fin, de todas formas tampoco disponía de dinero suficiente.
―¿Te apetece entrar en alguna tienda, Lovi? No me importa.
Sabía que lo decía por complacerme, a Antonio no le agradaba especialmente ir de tiendas (de ahí su pésimo estilo, aunque había mejorado considerablemente desde que estábamos juntos). No obstante, de vez en cuando hacía un esfuerzo y me acompañaba.
―Da igual ―negué con la cabeza y sonreí ligeramente―. Están a punto de cerrar y además no traigo dinero suficiente, así que paso de ponerme los dientes largos. Ya me escaparé una tarde con Feliciano o, mejor, con el viejo y me cobraré las casi dos semanas que me ha tenido esclavizado.
―Sí que le vas a costar caro ―se rio.
―Su cartera se va a quedar temblando.
Continuamos nuestro trayecto por la vía Toledo hasta que Antonio se detuvo de pronto delante de una bocacalle adornada de lado a lado por montones de banderitas de diferentes países y en la que, un poco más adelante, había un cartel que rezaba…
―Quartieri Spagnoli ―leyó Antonio―. Eso significa algo de "español", ¿verdad, Lovi?
―Pues… sí… Barrios Españoles…
―Eh, ¿en serio? ―se sorprendió―. Genial, vamos.
Me agarró de la mano y tiró de mí hacia allí. Me resistí con todas mis fuerzas.
―¿Qué pasa, Lovi?
―Que no vamos a entrar ahí, joder, es poco recomendable.
―Poco recomendable, ¿por qué?
―Porque lleva la palabra "español" en el nombre, no puede ser bueno.
―¡Oye! Pues tú bien que tienes un novio español.
―Por eso sé de lo que hablo ―le saqué la lengua en burla―. No, en serio, ¿nunca has oído nada de este sitio?
Antonio se encogió de hombros y negó con la cabeza. Lo agarré de la mano y seguimos caminando por la misma calle mientras le contaba todo lo que sabía del famoso barrio napolitano.
Al final de la vía Toledo nos desviamos y callejeamos durante un buen rato hasta que llegamos a un parque junto al mar. No muy lejos se divisaba el Castel dell'Ovo, una imponente fortaleza que se alzaba sobre las aguas, de modo que nos encaminamos hacia allí.
No obstante, por el camino paramos a almorzar, pues era bastante tarde y el hambre apretaba con fuerza. Entramos en un restaurante del paseo marítimo que servía platos típicos de la zona y nos sentamos en el interior delante de un enorme ventanal con vistas al mar. Unas riquísimas bruschette al pomodoro y un buen plato de pasta con ragú napolitano deleitaron nuestros paladares y saciaron nuestro apetito.
―¿Estás contento de que hayamos venido aquí a pasar el fin de semana? ―me preguntó Antonio mientras comíamos.
―Claro, has tenido una idea genial. Por lo que no estoy contento es por lo mucho que hemos andado hasta ahora… y lo que nos quedará hasta que acabe el día. ¡Y mañana también!
―No es para tanto, Lovi.
―¡Sí que lo es! El camino cuesta abajo desde el castillo tenía tela, joder. Ojalá tuviéramos mi vespa aquí para ahorrarnos tanto paseíto.
―Gracias a Dios que no ―comentó en voz baja.
―Te he oído, bastardo ―lo miré con los ojos entrecerrados.
―Es que el tráfico es horrible, mucho peor que en Roma ―se quejó―. Aun así, Nápoles me gusta. Me recuerda mucho a nuestra ciudad, ¿no te parece?
―Nápoles es como diez veces más grande. Y además tiene cuestas y montañas, ¡hasta un volcán, joder! No hay nada de eso en nuestra ciudad. En lo único que se parecen es que las dos tienen el mar al lado.
―¡Venga ya! No me negarás que las calles, los edificios, el bullicio, son muy similares a los de nuestra ciudad. ¡Incluso hay un castillo en mitad del agua también!
―Bueno, vale. Digamos que se dan un aire ―reconocí tras pensarlo unos segundos―, pero tampoco tanto como tú dices.
―¡Claro que sí!
―¿No será que sientes nostalgia y todo te recuerda a casa?
En lugar de rebatirme, Antonio se quedó callado, serio y pensativo. Maldita sea, algo no debía ir demasiado bien para que se quedara en silencio.
―¿A-Acaso te arrepientes de que hayamos venido de vacaciones tan lejos y durante tanto tiempo? ―pregunté preocupado.
―¡¿QUÉ?! ¡No! No se te ocurra pensar eso. Estas vacaciones están siendo geniales, a pesar incluso de los contratiempos de los últimos días.
―¿En serio?
―De verdad. Mira, puede que me haya entrado un poco de morriña porque llevamos varias semanas lejos y echo de menos algunas cosas, pero más me apena pensar que en una semana se acaban nuestras vacaciones y volvemos a casa. Tenemos que aprovechar estos días al máximo.
Sí, llevaba razón, en cuestión de una semana regresaríamos a la rutina de casa. Pero para eso aún faltaban muchos días, era mejor pensar simplemente en disfrutar de nuestro tiempo libre.
Después de almorzar reemprendimos la marcha y visitamos el Castel dell'Ovo. La fortaleza marina era impresionante y además en una de sus salas había una exposición de fotografía a la que se podía acceder libremente. Nos entretuvimos bastante.
La siguiente parada de nuestro recorrido fue la inmensa plaza del Plebiscito, donde nos refugiamos del ardiente sol mediterráneo bajo la columnata de la iglesia antes de partir hacia el Castel Nuovo, en el que no pasamos de la entrada principal, simplemente nos sacamos fotos delante de su fachada. Desde allí nos fuimos a la Galería Umberto I, otro sitio en el que no faltaron las fotos mientras la recorríamos, especialmente en el mosaico central del zodiaco. Luego nos sentamos en una pastelería del interior y tomamos café con unos deliciosos babà al ron. Pero no terminó ahí nuestro paseo aquel día, continuamos recorriendo las calles del casco antiguo y visitando todos los monumentos que encontrábamos al paso, como la plaza y la iglesia del Gesù Nuovo o la catedral de Nápoles, entre otros.
Estaba anocheciendo cuando regresamos al hotel.
Recogimos nuestras pertenencias y realizamos el registro. El recepcionista (un hombre en esta ocasión) nos entregó las llaves de la habitación y un par de vales por una bebida en el bar que teníamos que gastar esa misma noche.
Fuimos a la habitación. Para ello tuvimos que atravesar un enorme jardín (donde había algunas mesas repartidas en las que había gente tomando el fresco, y algunos también bebidas), subir varios tramos de escaleras hasta el tercer piso y recorrer un par de pasillos hasta dar con nuestra puerta.
La estancia no era gran cosa. Tenía un escritorio, dos literas de metal, cuatro taquillas pequeñas y una ventana que daba al jardín; lo que no tenía era baño propio. Aparte de eso había un par de maletas de viaje abiertas tiradas en el suelo y ropa encima de una de las literas, pero no había nadie allí. Me quedé descolocado. Maldita sea, ¡era una puta habitación compartida!
―Joder, Antonio, ¡¿se puede saber a qué clase de hotel me has traído?! ¡Tenemos que compartir el cuarto con más gente!
―Eeeh ―se rascó nervioso la nuca―. ¡Oh, vaya!
―¿En serio? ―lo miré enfadado cruzándome de brazos―. ¿Eso es todo lo que piensas decir?
―¿Lo siento? ―dijo y se sentó en la cama inferior de la litera libre―. Yo tampoco me esperaba esto. Eduard hizo la reserva por mí, él me recomendó el sitio ―se excusó―. Me dijo que se quedó aquí una vez que estuvo visitando la ciudad; que era un hotel cómodo, acogedor, limpio y bastante económico, ideal para pasar el fin de semana.
―Joder, me pregunto qué clase de sueldo de mierda le paga mi abuelo a su asistente para que considere esto "ideal". Eso o es un agarrado.
―Bueno, salvo por lo de compartir habitación y que el baño está fuera, no me parece que esté tan mal.
―El cabrón del estonio se está vengando de nosotros por molestarlo en su día libre para ir a recoger al patatero al aeropuerto y por dejarlo de niñero tuyo y tener que aguantarte todos estos días en la oficina.
―¡Cómo te gusta exagerar! ―se rio Antonio―. Si el hotel al fin y al cabo es lo de menos, para el tiempo que vamos a estar en él…
Me agarró del brazo y tiró de mí hacia sí, grité al caer temiendo golpearme la cabeza con la parte superior de la cama, me libré por escasos centímetros. Antonio me cogió entre sus brazos y me besó apasionadamente.
―Lo importante es que disfrutemos juntos allí donde estemos, ¿no crees?
Antonio estrechó su abrazo y nos besamos de nuevo.
―Nuestros compañeros de cuarto podrían entrar en cualquier momento ―dije apartando a Antonio de mí con cierta dificultad―. No me apetece que nos pillen dándonos el lote.
―Sí, sería un poco violento.
Me dio un beso rápido en los labios y se incorporó en la cama todo lo que pudo, su pelo rozaba con la parte superior.
―¿Qué te parece si bajamos al bar a tomar algo antes de cenar?
El bar del hostal (porque me niego a seguir llamándolo "hotel") no era demasiado grande, pero aun así había más gente de la que me esperaba: algunos charlaban tranquilamente sentados en sofás, otros veían un partido de fútbol de la liga italiana entre el Lazio y el Bolonia en una pantalla enorme, y otros pedían la bebida y se iban a las mesas del jardín.
Después de que el camarero nos sirviera las bebidas, Antonio y yo nos sentamos en unos taburetes altos que nos cedieron un par de chicos de pelo rubio muy parecidos, uno de los cuales hablaba a voces y se reía con fuertes carcajadas (resultaba un tanto molesto) mientras el otro sólo agachaba la cabeza y asentía (sentiría vergüenza ajena). Qué tipos tan raros.
Nos quedamos en el bar viendo el partido de fútbol hasta el final de la primera parte. Teníamos que buscar un lugar en el que cenar, ya que allí no servían ninguna comida aparte de asquerosas patatas fritas de bolsa que obviamente yo no pensaba ni probar.
―Creo que vi un restaurante al pasar cuando veníamos para acá ―dijo Antonio.
El restaurante en cuestión estaba bastante cerca, apenas a cinco minutos andando. Se trataba de una pizzería típica napolitana con un horno de piedra, pequeña y acogedora. Estaba bastante concurrida, pero por suerte quedaba una mesa libre.
Nos atendió una camarera joven y muy guapa que se mostró bastante interesada en Antonio. Le hizo todo tipo de preguntas, en italiano, que él respondió sonriente como buenamente pudo, aunque mucho mejor de lo que me esperaba; claro que llevábamos tres semanas en Italia y, por muy despistado que fuera Antonio, no era tonto, así que era normal que hubiese aprendido algo del idioma. En fin, lo que estaba claro era que la chica trataba de ligar con mi novio y él le seguía el rollo sin coscarse. Qué molesto.
―¿A qué viene esa cara tan larga, Lovi? ¿Acaso no te gusta el restaurante? Antes dijiste que estaba bien…
―Lo que no me gusta es ver cómo intentan ligar con mi novio en mi propia cara y él les sigue el juego.
―¿Lo dices por la camarera? ―preguntó como si no fuera obvio―. Simplemente está siendo amable…
―Te está tirando los tejos.
―Que no…
―¿Qué te apuestas?
Se lo pensó.
―¡Cinco euros!
―Que sean veinte. Y una copa en el bar del hostal.
―¡De acuerdo!
Nos estrechamos la mano para cerrar la apuesta.
Justo entonces la camarera se aproximó a nuestra mesa con las pizzas que habíamos pedido. Sirvió primero la mía y a continuación le guiñó un ojo a Antonio y le puso por delante la suya, que tenía forma de corazón. La cara de desconcierto de mi novio era tronchante. Sonreí satisfecho por mi inminente triunfo, aunque en el fondo seguía molesto.
―Ooooh, ¿qué es eso? ―pregunté en un tono cargado de ironía―. ¿Una pizza con forma de… corazón?
―Una vez me preparaste una con la misma forma.
―Lo recuerdo, pero la cuestión ahora mismo es otra ―extendí una mano hacia él―: suelta la pasta.
Antonio me entregó los veinte euros de mala gana. Que se jodiera, eso le pasaba por empeñarse en negar lo obvio.
La camarera regresó varias veces más a nuestra mesa y siguió con sus preguntitas, a las que Antonio respondió por educación, aunque no tan alegre y efusivamente como antes. De vez en cuando me miraba de reojo con cierta preocupación, pero me mantuve indiferente, tampoco es que él hubiera hecho algo para despertar el interés de la chica. Lo importante era que por fin se había percatado de sus intenciones.
Antes de marcharnos, la camarera dio muestra de su interés por Antonio de forma menos sutil que las anteriores: le entregó junto con la cuenta un papel en el que estaban su nombre, un número de teléfono y el mensaje "Llámame" con una carita sonriente al lado. Antonio se quedó con la boca abierta sin saber qué decir ni hacer. Solucioné el dilema dejándole una buena propina a la muchacha.
De vuelta en el hostal lo primero que hicimos fue ir al bar para cobrarme la copa que Antonio me debía. Había nada más que unas cinco personas, la mayoría viendo el fútbol, esta vez un partido de la liga española, pero todos se fueron marchando poco a poco hasta que sólo quedamos Antonio y yo, ¡y eso que apenas eran las once! La verdad es que nosotros tampoco duramos mucho allí, el tiempo de tomarnos una copa, pues estábamos bastante cansados después de aquel largo día.
Subimos a la habitación. Nuestros compañeros de cuarto ya estaban acostados y dormidos, así que apagamos las luces tan rápido como las encendimos para no molestarlos. En su lugar utilizamos los móviles para iluminarnos mientras nos desvestíamos hasta quedar con la ropa justa para andar por los pasillos. También cogimos de las mochilas lo que necesitábamos para ducharnos.
No sé si fue porque el cansancio empezaba a hacer mella en mí, por la decepción que me llevé al descubrir el tipo de alojamiento en el que pasaríamos la noche, o por una mezcla de ambas, que cuando entré en aquellos baños compartidos de tipo vestuario me deprimí. Como para no hacerlo, ¡quedarte en un sitio así es lo último que esperas cuando se supone que vas a pasar un fin de semana a solas con tu pareja! Joder, ¿es que no había una maldita cosa que pudiera ser perfecta por una sola vez durante estas vacaciones? Qué asco.
―¿Qué haces ahí parado, Lovi? Vente para la ducha.
Antonio me agarró del brazo y me metió con él en aquel cubículo que era la ducha. Le di la espalda, no quería que me viera decaído. Por suerte no se percató.
―No pensarás ducharte con los calzoncillos puestos, ¿no? Venga, quítatelos.
Antonio tiró hacia abajo de mi ropa interior, que aparté hacia un lado con los pies, y entonces accionó la ducha. Dejé que el agua cayera sobre mí unos segundos y comencé a enjabonarme lentamente mientras Antonio tarareaba una canción alegremente; su actitud era del todo contraria a la mía.
Mi novio posó una mano sobre mi hombro y dijo que iba a enjabonarme la espalda. Simplemente asentí y le dejé hacer. Resultaba bastante agradable y relajante sentir cómo me frotaba con suavidad de arriba abajo.
Su mano se deslizó, bajando más de la cuenta, y comenzó a toquetear mi entrada.
―A-Antonio, eso no es mi espalda.
―Lo sé ―respondió con voz profunda cerca de mi oreja, sin detener su labor.
Con su mano libre recorrió mi torso, deteniéndose en las zonas más sensibles de mi anatomía, mientras su boca me mordisqueaba y besaba mi cuello apasionadamente. Me estremecí sin poder evitarlo.
Noté algo duro rozando mi pierna por detrás, ¿cómo demonios había conseguido Antonio encenderse tanto así como así? Joder, me costaba entenderlo ya que estábamos dentro de un maldito vestuario metidos en un pequeño cubículo, totalmente desnudos y mojados, sí, pero con unas putas chanclas puestas que le quitaban morbo a la situación, ¡era del todo anti erótico! Y cutre además. Sin embargo, ahí estaba Antonio, excitado, y… consiguiendo excitarme a mí también.
―A-Antonio, pa-para…
―¿Por qué? ―preguntó, pero sin parar―. ¿Acaso no quieres…?
―N-No… No es eso… Ngh… E-Es que… nos p-pueden oír…
―La gente está acostada. Ya has visto que los pasillos estaban completamente vacíos.
―P-Pero… podría venir… alguien…
―Entonces tendremos que contener nuestras voces para que nadie nos descubra.
Y diciendo esto, me mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Me tapé la boca para ahogar el gemido que me provocó.
Antonio retiró la mano de mi entrada. Era la señal de que íbamos a pasar a la verdadera acción, de modo que me incliné ligeramente para permitirle un mejor acceso. Posicionó su miembro y lo introdujo despacio en mi interior, dejando escapar un profundo jadeo en mi oreja mientras lo hacía. Me encogí de gusto.
Tras varios segundos, comenzó a moverse rápido, a buen ritmo, provocándome oleadas de placer que no me dejaban pensar con claridad, especialmente cada vez que rozaba aquella zona que conseguía nublarme los sentidos. Joder, contener mis gemidos no resultaba nada fácil.
De pronto Antonio disminuyó el ritmo hasta detenerse, pero sin salir de mi interior. Jadeante y desconcertado, giré la cabeza hacia él, que aprovechó para atrapar mis labios con los suyos en un ardiente y húmedo beso al tiempo que iniciaba un lento y placentero vaivén.
Cuando separamos nuestras bocas, Antonio me agarró por las caderas y aumentó el ritmo de sus movimientos, embistiéndome con fuerza, profundamente, de manera brusca. Mis gritos y gemidos eran incontenibles, tuve que taparme la boca e incluso morderme la mano de vez en cuando para ahogarlos. El placer que recorría mi cuerpo era demasiado intenso, me impedía pensar, sólo podía sentir. Mi mente se quedó en blanco, estaba en éxtasis, finalmente había llegado a mi límite. Antonio me siguió casi de inmediato liberándose dentro de mí con una última, profunda y certera embestida.
Nos mantuvimos pegados mientras recuperábamos el aliento. Nuestra inesperada sesión de sexo había sido tan intensa que incluso me temblaban las piernas. También había conseguido que me olvidara de que me sentía deprimido y el porqué. De hecho, al pensar en ello en ese momento, estando tan extenuado, me pareció absurdo. Supongo que me había dejado llevar por las circunstancias y lo había exagerado todo.
Antonio me devolvió a la realidad saliendo de mi interior y repartiendo besos por mi cuello y mi hombro. Me giré entre sus brazos y le besé con pasión, pillándolo por sorpresa.
―Más vale que terminemos de ducharnos ―dije―. O que empecemos otra vez.
―¿Tienes ganas de más?
Una sonrisa traviesa se dibujó en su cara. Le di una colleja.
―Me refería a ducharnos, bastardo pervertido. Nada más.
Antonio se encogió de hombros, resignándose, pero sin dejar de sonreír.
Regresamos a la habitación tras la ducha. Entramos a oscuras, iluminándonos únicamente con los móviles al igual que antes, y procurando hacer el menor ruido posible para no despertar a nuestros compañeros de cuarto.
―Espera, Lovi ―me llamó Antonio en voz baja, agarrándome del brazo cuando me disponía a subir a mi litera―. Acuéstate aquí conmigo.
―¿Te has vuelto loco? Te recuerdo que tenemos compañía…
―Hero!
Casi se me sale el corazón con el repentino grito de nuestro compañero de cuarto que, increíblemente, no se había despertado con ello. Y tampoco el otro chico.
―No parece que se vayan a inmutar. Además no creo que les importe mucho que nos acostemos en la misma cama, no les vamos a molestar por dormir juntos.
―Joder ―me metí en la cama―. Con el calor que hace, no sé ni cómo me dejo convencer.
―Porque en realidad te encanta dormir conmigo.
―Creo que mejor me subo a mi litera.
Me incorporé para salir de la cama, pero el brazo de Antonio me retuvo agarrándome por la cintura.
―No te hagas de rogar, Lovi. Duerme conmigo.
―Vale ―refunfuñé―. Pero no te me eches encima, joder, que hace mucho calor.
―¡Muy bien! ―me soltó de inmediato y se recostó pegado a la pared.
Me eché sobre la almohada con la intención de esperar a que Antonio se durmiera para escabullirme y subir a la litera de arriba. Sin embargo, el cansancio pudo conmigo y me dormí profundamente en cuestión de segundos.
Me desperté temprano por la claridad de la mañana y con la molesta y desagradable sensación de que me estaban mirando. Menuda sorpresa al descubrir que no se trataba de una simple sensación: tenía un par de ojos celestes clavados en mí.
―¡AAAAAAH!
―Ugh, Lovi, armando jaleo desde tan temprano ―refunfuñó Antonio a mi lado y se tapó los ojos con el brazo.
―¡Este tío me ha asustado! ―me justifiqué―. ¿Y tú qué demonios estás mirando?
El chaval seguía con la mirada clavada en mí. Era un tipo alto, de piel clara, cabello rubio con una especie de antena que le salía del flequillo, ojos celestes adornados por unas gafas rectangulares, y vestía una camiseta con una enorme bandera estadounidense, lo que me llevó a pensar que debía de ser de allí, de hecho tenía toda la pinta.
―En serio, ¿qué miras, bastardo?
―Are you gay?
Así que eso era lo que le llamaba tanto la atención. El bastado de Antonio dejó escapar una risilla mal disimulada.
―No, joder, es que tenía frío.
―¿Frío? ―seguro que no había entendido ni una sola palabra―. Pero si hace mucho calor aquí.
Joder, pues sí que me había entendido, ¡hablaba español perfectamente! Me quedé boquiabierto.
―Alfred, please, stop disturbing these boys ―dijo una voz suave por detrás del rubio, ¡¿quién demonios había hablado?! No veía a nadie.
El chaval se dio la vuelta y se puso a hablar en inglés con… otro chico de cuya presencia acababa de percatarme, ¿acaso llevaba todo el rato en la habitación? Se trataba de un muchacho muy parecido al mirón: de piel clara, pelo rubio (pero en lugar de antena le salía un largo rizo del flequillo), y gafas, aunque sus ojos tenían un ligero tono violáceo. No cabía duda de que ambos chavales eran familia, aunque uno era muchísimo más escandaloso que el otro.
―Sorry for the inconvenience my brother may have caused to you ―dijo el recién aparecido. Dado que mi conocimiento de inglés era y es muy limitado, no me enteré de casi nada de lo que había dicho, salvo de que eran hermanos.
―Don't worry, there's no problem ―dijo Antonio.
―¡¿Desde cuándo hablas tú inglés?! ―le pregunté sorprendido.
―Siempre se me ha dado bien. Además cuando trabajaba en la playa con los niños solía utilizarlo porque había algunos que eran extranjeros, así que algo entiendo.
―See? They speak Spanish!
―¡Eh, tú! El "Spanish" aquí es éste ―repliqué―. Yo soy italiano.
―Ha dicho que hablamos español, no que tú lo seas ―se rio Antonio.
―Gracias por la información, señor sabelotodo.
―Disculpen si mi hermano molestó ―dijo el rubio no escandaloso.
―Nah, no es nada ―respondió Antonio levantándose de la cama. Le tendió la mano al chico―. Me llamo Antonio y él es Lovino. Encantado.
―Oh, mi nombre es Matthew y él es mi hermano…
―Alfred F. Jones. Nice to meet you two!
El rubio escandaloso apartó a su hermano de un empujón y estrechó la mano de Antonio. Seguidamente vino hacia mí de un salto y repitió el gesto conmigo, el muy cabrón casi me deja sin mano de lo fuerte que la apretó.
―¡Auch! ¡Suelta, idiota!
―Sorry, dude ―se retiró hacia atrás con un nuevo salto y adoptó una pose con los brazos en jarras―. A veces no controlo mi fuerza.
El tal Matthew negó con la cabeza conforme bajaba la mirada, se notaba que sentía vergüenza ajena por las acciones de su hermano. Me recordó a mí con Feliciano.
―Hey, guys, íbamos a bajar al comedor a desayunar, ¿queréis venir con nosotros?
―¡Sí, acompañadnos! ―dijo Matthew levantando la cabeza y sonriendo. Joder, el chaval no era escandaloso ni emocionándose.
―¡Claro! ―respondió Antonio efusivamente―. Pero id vosotros primero y coged sitio, nosotros nos vestimos y bajamos enseguida.
―Sure! Let's go, Mattie!
Sonriendo y charlando alegremente, los hermanos nos dejaron a solas.
―Como de costumbre, haciendo amigos allá por donde vas, bastardo. Y encima raritos.
―Has sido tú el primero en entablar conversación con ellos, Lovi.
―No tenía más remedio, joder, ese idiota me estaba mirando mientras dormía…
―Creo que despertaste su curiosidad.
―Culpa tuya por hacerme dormir contigo.
―Ni que fuera algo malo, Lovi. De todas formas, los chavales parecen simpáticos.
―Y raros. Además de que son completamente opuestos el uno al otro.
―Pues como tú y Feli.
―Estos dos lo son todavía más.
―No te lo discuto ―dijo riendo―. En fin, démonos prisa y no hagamos esperar mucho a nuestros nuevos amigos.
Los hermanos nos estaban esperando en el comedor. Nada más vernos aparecer, Alfred, el escandaloso, se levantó y agitó el brazo llamándonos a voz en grito para captar nuestra atención. Los habíamos localizado sin problemas desde la puerta, el sitio no era tan grande, joder, no hacía falta montar aquel escándalo. Matthew se tapó la cara con vergüenza, yo agaché la cabeza conforme me acercaba con Antonio.
La mesa donde se encontraban estaba repleta de comida: dulces, tostadas, cereales, zumo, yogures de diferentes sabores… prácticamente tenían allí todo el maldito surtido del buffet, sólo faltaba el café.
―¿Os parece poca comida, chicos? ―preguntó Alfred.
―¿Qué dices?
―Ahí hay comida como para alimentar a medio hostal, joder.
―Really? Pues a mí no me parece tanta…
―Lo único que no habéis traído es café.
―Pensamos que se podía enfriar mientras veníais ―se excusó Matthew.
―Da igual, iré a por él.
Matthew me acompañó y llevamos cafés para los cuatro.
En la mesa, Antonio y Alfred mantenían una animada charla en la que el rubio le contaba a mi novio cómo es que hablaba tan bien el idioma castellano. Resultaba que los hermanos, de procedencia norteamericana, habían pasado algunas temporadas en España visitando a su padre, marine de profesión, que en varias ocasiones fue destinado a una de las bases militares de allí, y su madre los obligó a ambos a aprender el idioma.
―Hace al menos cinco años desde la última vez que estuvimos en España, ¡qué bien lo pasábamos!
―¿Y qué os trajo a Italia?
―¡Un barco! ―respondió Alfred entre risas.
―Un viejo amigo vive aquí, así que pensamos que sería una buena forma de terminar nuestro viaje viniendo al país y yendo a visitarle.
―¿A qué te refieres con eso de "terminar vuestro viaje"?
―Oh, es que hemos hecho un tour por Europa...
―A Eurotrip ―intervino Alfred―, igual que la peli… Pero no visitamos England, ni conocimos hooligans, ni fuimos a una playa nudista en Francia, ni nos montamos en un camión y acabamos en un país de la antigua URSS…
―Hicimos cosas diferentes a las que salen en la película, Alfred.
―Vaya, qué interesante, pero ¿por qué decidisteis hacer el tour por Europa?
―Las ideas de Mattie.
―Pensé que era un broche final estupendo para mi año sabático ―Matthew sonrió ligeramente―. Después de pasarme casi todo el año trabajando en nuestra ciudad quería hacer algo diferente y atrevido antes de marcharme a la universidad.
―¡Y yo decidí acompañarle! ―Alfred hinchó el pecho con orgullo―. Quién mejor que yo para protegerle durante el viaje.
Matthew rodó los ojos, no parecía muy conforme con las palabras de su hermano, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Durante el resto del desayuno la conversación se enfocó en Antonio y en mí (cómo nos conocimos, dónde vivíamos, a qué nos dedicábamos…), los hermanos se mostraron muy interesados en conocernos y saber más de nosotros. De alguna forma acabamos decidiendo pasar el día todos juntos visitando la ciudad.
Pero antes de irnos de turismo, Antonio y yo subimos a la habitación para recoger nuestras pertenencias, ya que debíamos dejar la estancia libre antes de las diez de la mañana. Alfred y Matthew nos acompañaron, se nos habían pegado como lapas, aunque realmente fueron a por sus mochilas para echar el día.
En recepción nos atendieron un par de muchachos jóvenes: uno rubio con media melena y ojos rojizos y otro con pelo negro y corto, ambos de piel muy clara, no tenían pinta de italianos. De hecho, cuando me dirigí a ellos en mi idioma para hacer el check-out, me respondieron en español con un fuerte y marcado acento del este de Europa.
―En serio, ¿por qué demonios no me hablan en italiano? ―me quejé en voz baja hacia Antonio―. Igual que ayer al llegar.
―Te habrán oído hablar en español con nosotros.
―¿Y qué tendrá eso que ver para que me respondan en otro idioma…?
―Disculpe, señor ―me dijo el recepcionista rubio―, le estábamos escuchando y… ¿acaso no es usted español?
―Bravo por daros cuenta, ¿es que no se nota?
―Pensábamos que lo era por el nombre al que estaba la reserva de la habitación…
―Ese soy yo ―dijo Antonio.
―Además de por su acento al hablar en italiano ―añadió el otro recepcionista―, nos sonaba un poco extraño.
Aquello me tocó la moral.
―¡¿QUÉ DEMONIOS?! ¡¿Acaso vosotros os habéis escuchado al hablar?!
Antonio me sujetó por los hombros y me alejó del mostrador mientras yo refunfuñaba y gritaba enfadado. ¿Cómo demonios se puede tener un acento raro en tu propio idioma? Esos dos idiotas me habían ofendido, joder.
―Dude, you are so funny ―dijo el rubio escandaloso riéndose.
―Venga, Lovi, tranquilo.
―¡Yo hablo italiano perfectamente! ¡Soy italiano, joder!
―Y llevas tres años viviendo en España, se te habrá pegado algo de nuestra forma de hablar ―trató de justificarlos Antonio―. Ahora tranquilízate, yo me ocupo del resto.
Antonio se acercó al mostrador y se disculpó por mi comportamiento (¡no tenía por qué!).
Terminó con el check-out y, como no podía ser de otra manera por parte de mi novio, entabló conversación con los recepcionistas, con lo que nos enteramos de su procedencia (Rumanía el rubio y Bulgaria el moreno) y de que sabían español porque ambos pasaron un año de erasmus en el país (uno en Valencia y el otro en Granada).
―¡Genial! ―me metí yo bastante cabreado―. Y si hubieran ido a estudiar a nuestra ciudad, mi abuelo los habría acogido en su flamante edificio. Joder, Antonio, ¿quieres terminar ya con la maldita charla y preguntar si podemos dejar nuestras cosas aquí mientras visitamos la ciudad? Porque hemos venido a eso, joder, a visitar la ciudad.
No hizo falta que Antonio preguntara, los dos recepcionistas me habían oído, así que nos indicaron dónde podíamos dejar nuestras mochilas y nos entregaron un resguardo para recogerlas a la vuelta.
Por fin nos marchamos.
Nuestro primer destino de aquel día fue la "Napoli Sotterranea". Los hermanos, que sabían del lugar por un programa de televisión, estaban deseando visitarlo. Antonio también, Eduard se lo había recomendado encarecidamente. A mí habían conseguido despertarme la curiosidad por el sitio.
Según el mapa no estaba lejos, así que emprendimos el camino hacia allí a pie.
Recorrimos varias calles estrechas y desvencijadas, una de ellas escalonada de arriba abajo. Los altares de santos con flores no faltaban (algunos eran tan grandes que ocupaban todo el ancho de la acera) y también encontramos alguno que otro dedicado a una de las grandes leyendas del Napoli, Maradona. Sin duda, las calles eran bastante pintorescas.
Salimos a Vía Toledo y cruzamos hacia la plaza Dante, donde nos detuvimos para admirar su belleza. Era una plaza de enormes dimensiones, con un monumento al poeta que le daba nombre y un gran y hermoso edificio que le daba forma y acogía un colegio, varios bares y otros negocios.
Antonio, que no había parado de sacar fotos durante todo el recorrido hasta allí, quiso captar cuantos detalles pudiera del lugar, con nosotros cuatro incluidos. Después de dejar que se deleitara un rato, tiré de él hacia el extremo izquierdo de la plaza, donde una gran puerta nos daba acceso a una calle llena de puestos de venta de libros y que acababa en otra puerta.
Continuamos recto por un par de calles más. Se iban estrechando conforme avanzábamos y cada vez había más gente deambulando por ellas, turistas principalmente.
También había muchos turistas en el callejón por el que se accedía a la "Napoli Sotterranea". Compramos las entradas y esperamos en la puerta, igual que toda la gente que estaba allí. Se suponía que estaba a punto de empezar un tour.
Varias personas con etiquetas oficiales en sus camisetas comenzaron a organizar a la gente allí reunida según el idioma que hablaban. Como los hermanos no querían separarse de nosotros, los cuatro nos juntamos con el resto del grupo de español. Éramos diez en total.
Cuando los otros grupos, algo más numerosos, se marcharon con sus respectivos guías, la nuestra nos contó un poco de la historia de Nápoles en general y del lugar, situándonos en la época greco-romana a la que pertenecían los restos. Terminada su introducción, nos hizo pasar al interior.
Y comenzó la visita.
Bajamos por unas largas escaleras hasta una profundidad de casi doscientos metros. Hacía frío allí abajo. Recorrimos los túneles y galerías excavadas en el subsuelo siguiendo a la guía y escuchando fascinados la historia del lugar, que durante cientos de años sirvió de abastecimiento de agua a la ciudad y también fue utilizado como refugio durante la Segunda Guerra Mundial. Alfred, con lo escandaloso que era, escuchaba embelesado cada palabra y le preguntaba cuando no entendía alguna palabra (que ella le aclaraba en inglés) o cuando sentía la necesidad de saber alguna curiosidad más.
―God, this is so wonderful. Me siento como Indiana Jones cuando baja a las catacumbas de la iglesia en Venecia, ¿vosotros no?
Muchos nos reímos con su ocurrencia, aunque la verdad que estar visitando las entrañas de Nápoles hacía que sí me sintiera un poco como el famoso arqueólogo, claro que de forma menos exagerada que el americano.
―Señorita, ¿hay en algún túnel un cementerio o restos humanos amontonados? Or maybe ¿alguna señal que indique el camino hacia un legendario tesoro?
La guía se quedó perpleja y durante unos segundos no supo dar ninguna respuesta.
―Co-Como dije antes ―dijo finalmente la chica―, todo este lugar estaba lleno de agua y el único acceso eran los pozos.
―¡Entonces cerca de los pozos puede que haya alguna pista!
―Alfred, please…
―¿Qué demonios va a haber? ―espeté―. ¡Deja de imaginar idioteces!
―Deben estar tratando de ocultarlo ―dijo entrecerrando los ojos con sospecha.
―Claro que sí, joder, y por eso abren al público.
Terminamos aquella parte del recorrido subiendo los doscientos metros de escaleras y saliendo a una sala dedicada a la Segunda Guerra Mundial, que contaba con uniformes, petates, armas y otros abalorios de algunos de los ejércitos que participaron, entre ellos el americano. Ambos hermanos se cuadraron delante de la bandera de Estados Unidos.
―Nuestro bisabuelo luchó en esa guerra.
―¡Le pateó el culo a Hitler!
―De eso nada, Alfred. Luchó en Francia.
―Pero ganamos, así que lo hizo metafóricamente.
Matthew rodó los ojos sabiendo que, por mucho que le dijera, su hermano tenía su propia versión de la Historia y nada le haría cambiarla.
La siguiente parte del recorrido fue por las calles de alrededor. Íbamos en busca de los restos del teatro greco-romano y, para encontrarlos, nos metimos en una de las casas. Era una estancia pequeña, de una sola pieza, algo antigua pero no como para considerarla de la época romana.
La guía nos sorprendió a todos al desvelarnos la entrada al sótano de aquella casa, que resultó no ser un sótano, sino parte de los corredores interiores del teatro. Prácticamente todo aquel barrio estaba encima de lo que en su día fue el teatro. Alucinante.
―I knew it! ―gritó Alfred cuando nos descubrieron la entrada―. Sabía que tenía que haber algo oculto.
En uno de los corredores había un enorme cartel del programa de televisión del que los hermanos habían hablado. Antonio reconoció que alguna vez lo había visto también, pero no recordaba si el capítulo de Nápoles fue uno de los que vio.
―Estaré atento la próxima vez.
Y con el recorrido por las diferentes partes del interior del teatro que estaban habilitadas finalizó nuestra visita. Había sido de lo más interesante.
Como nos encontrábamos en pleno casco histórico, decidimos recorrer la zona. Había infinidad de lugares y rincones que ver por allí.
Paseamos por la Vía dei Presepi Napolitani, un callejón lleno de tiendas de belenes (típicos de la ciudad) y de recuerdos. Antonio compró montones de llaveros y colgantes con curnicielli (unos cuernos rojos que parecen pimientos) para el bloque entero y más gente, sobre todo después de que uno de los vendedores nos informara de traían suerte a la persona a la que se lo regalaras. Alfred y Matthew siguieron el ejemplo de mi novio y se llevaron muchos. Yo compré también algunos, para Lilly, Feliks, Feliciano (porque adora esas mierdas) y...
―Para ti, bastardo ―le entregué uno de los recuerdos a Antonio, pero sin mirarlo a la cara―. No vas a ir repartiendo suerte por ahí y no te vas a llevar ninguna…
―Gracias, Lovi ―dijo emocionado y me abrazó. Entonces me dio uno de los recuerdos que le ayudé a elegir―. Este para ti, que no te falte la suerte tampoco.
Alfred nos miraba con una sonrisa traviesa. Me guiñó un ojo y levantó los pulgares en un gesto de aprobación (¡será idiota!). Matthew, en cambio, nos miraba de reojo ligeramente sonrojado (joder, ni que fuera para tanto).
Eché a andar. Los demás me siguieron.
De pronto, fuimos testigos de un acto vil: un tipo apareció corriendo y le robó lo que parecía un maletín a una chica que caminaba varios metros por delante de nosotros. Del tirón que le dio, la muchacha, que iba bastante cargada con una mochila a la espalda y una guitarra en su funda en la mano, cayó al suelo.
Sin pensarlo, Alfred salió corriendo detrás del ladrón mientras que Matthew, Antonio y yo nos acercamos a socorrer a la pobre chica, que profería todo tipo de insultos al cabrón que la había asaltado.
―¿Se encuentra bien, señorita? ―preguntó Antonio―. Digo… eeh…
―Sí, sí, estoy bien ―respondió la chica en español sin apartar la vista del sitio por el que había desaparecido el ladrón―. Pero ese cabrón… ¡AGH! ¿Es que no hay turistas bastantes a los que robar?
―Se ve que no ―respondí acercándole mi mano.
Entre Antonio y yo la ayudamos a ponerse de pie. Matthew recogió su guitarra del suelo.
―Muchas gracias ―sonrió―. ¿También sois españoles todos vosotros?
Rodé los ojos, ¿nuevamente me tomaban como natural del país ibérico? O simplemente lo había deducido por haberle hablado en castellano, aunque la procedencia de Antonio se veía bastante clara. Y también la de la muchacha, de nombre Carmen, que era morena, de pelo rizado y ojos oscuros.
―Y dinos, Carmen, ¿era muy valioso lo que te han robado?
―Para mí sí. Para ese tipo sólo valdrá lo que pueda sacar por él si lo vende o lo empeña…
―Tranquila, no sacará nada…
Matthew empleó un tono un tanto enigmático mientras sonreía y miraba fijamente hacia el fondo de la calle.
El eco de una risa escandalosa resonó a lo lejos y, de pronto, por entre la gente que ocupaba la estrecha calle apareció Alfred a toda prisa con un estuche negro y alargado en los brazos.
―The hero is back! ―gritó felizmente deteniéndose delante de nosotros―. Here you are!
El escandaloso rubio había salido triunfante de su persecución al ladrón logrando recuperar el estuche robado, que devolvió a su legítima dueña, quien no salía de su asombro por dicha hazaña.
―¡No me lo puedo creer! ―exclamó―. ¡Lo has recuperado! ¡Un millón de gracias!
Lo besó en la mejilla.
―You are welcome! ―respondió henchido de orgullo―. Me costó pillarlo, el tipo era muy rápido, ¡pero yo no me doy por vencido así como así! Cuando lo atrapé, forcejeamos un poco en el suelo y se lo quité, aunque por desgracia el ladrón se escabulló y consiguió escapar, fuck!
Tras el relato de Alfred, Carmen abrió el estuche para comprobar que su contenido no había sufrido ningún daño en el forcejeo descrito. Por suerte, el violín que se hallaba en el interior del estuche estaba en perfecto estado. Dejó escapar un suspiro de tranquilidad.
―Un violín, una guitarra, pero ¿cuántos instrumentos llevas encima? ―preguntó Antonio.
―Dos más: el oboe y la flauta travesera.
Carmen nos explicó por qué llevaba tantos instrumentos encima. Resultaba que vivía en Nápoles con su novio y estudiaba música en el conservatorio, pero los fines de semana solía tocar en la calle para sacarse un dinerillo extra, a veces sola y otras quedaba con algunos amigos también músicos y, dependiendo de quiénes la acompañaran, tocaba un instrumento u otro.
―Hoy también he quedado, pero más tarde ―dijo―. Así que en principio pensaba empezar con el espectáculo yo sola.
―¿Y qué te parece si Lovi y yo tocamos contigo? ―propuso Antonio con una enorme sonrisa.
―¡¿QUÉ?!
Antonio y sus ocurrencias, y claro, yo incluido en ellas sin ser consultado previamente.
―¿No te parece divertido, Lovi? Hace ya tiempo que no tocamos…
―Casi un mes, desde que vinimos a Italia de vacaciones.
―¿Vosotros tocáis? ―preguntó Alfred emocionado. Asentí―. So cool!
―Me encantaría escucharos ―comentó Matthew.
―¡Estupendo! Tenemos un público entregado incluso antes de empezar ―rio Carmen―. Venid conmigo.
¡Pero si yo no había aceptado tocar! Aun así, no me quejé ni mostré mi desacuerdo mientras era conducido con los demás a una plaza cercana. Vale, para qué negarlo, en el fondo me apetecía tocar.
Nos colocamos en una de las esquinas de la plaza con la calle, para que la gente que pasaba por allí nos viera (y, con suerte, se quedara a escuchar). La española nos dio los instrumentos y también partituras de canciones para que decidiéramos cuáles interpretaríamos. Nos decantamos por algunas bastante famosas y que conocíamos muy bien, no nos hacían falta las partituras.
―¡Un momento!
―¿Qué demonios haces?
Justo cuando estábamos a punto de empezar con la actuación, Antonio soltó la guitarra y fue hacia los hermanos. Sacó su móvil del bolsillo y se lo dio a Matthew.
―Grábanos mientras tocamos, por favor.
―De acuerdo. ¿Quieres toda la actuación o un vídeo de cada canción?
―Hum ―Antonio se mesó la barbilla―. ¿Qué pensáis?
―¿Qué más dará? ―dije yo.
―Mejor por separado ―comentó Carmen―. Así será más fácil para que me los paséis después.
―Por separado entonces ―sentenció Antonio―. Tienes que darle aquí.
―Ok!
―Yo también os grabaré con mi móvil ―dijo Alfred―. Es mejor tener dos versiones… así podré vender mi propia copia a buen precio si os hacéis famosos.
Y se rio escandalosamente.
Matthew rodó los ojos y negó ligeramente con la cabeza. No me extrañaba su reacción, de hecho hice los mismos gestos que él.
Antonio volvió a mi lado. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro y, mientras se colgaba la guitarra y se preparaba para tocar, me dijo:
―Seguro que a tu madre le encantará nuestro vídeo.
Sabiendo que a mi madre le horrorizaba la idea que acabara tocando en la calle, que viera un vídeo donde precisamente estaría haciéndolo la pondría histérica.
―Así que buscas venganza por lo del café, ¿eh? ―Antonio acentuó su sonrisa―. Vaya, parece que en el fondo "don sonrisas" tiene un lado perverso.
―Más no me va a odiar.
―Me gusta ese punto rencoroso tuyo… siempre y cuando no vaya dirigido a mí.
Antonio simplemente se rio como respuesta.
Les indicamos a los hermanos que grabaran y dimos comienzo a nuestro improvisado concierto en mitad de la calle.
Al principio sólo Alfred y Matthew nos escuchaban, pero poco a poco el número de espectadores se fue incrementando hasta que no quedó espacio libre a nuestro alrededor, ¡menudo éxito! Alfred incluso dejó su grabación, cogió el bote de propinas que Carmen tenía en el suelo (también estaba la funda de la guitarra abierta) y se paseó por entre la gente pidiendo su "colaboración".
La gente nos aplaudió completamente entregada cuando terminamos la actuación. Carmen estaba eufórica, pues decía no haber tenido nunca tanto público en la calle. Lo cierto es que yo tampoco había visto antes a tantas personas reunidas escuchando a unos músicos callejeros, había sido un auténtico éxito.
Y quedó aún más demostrado dicho éxito cuando Alfred le entregó a la española el bote de las propinas lleno a rebosar de monedas y billetes. La funda de su guitarra también tenía una buena cantidad. La chica no salía de su asombro.
―En mi vida había conseguido tanto dinero tocando en la calle, ¿podéis volver mañana?
―Ya nos gustaría ―rio Antonio―, pero nos marchamos esta tarde.
―¡Qué pena! Repartámoslo entonces…
―¡Anda ya! ―le dije―. A ti te hará más falta, a nosotros nos basta con el buen rato que hemos echado, ¿verdad, Antonio?
―Ajá.
―Pero recuperasteis mi violín y me habéis ayudado tocando conmigo…
―Heroes do it for free!
―Pero…
―Mira, ya han aparecido tus amigos. ¿No son esos?
Señalé a unos muchachos que acababan de aparecer en la plaza llevando instrumentos musicales y llamaban por su nombre a la española tratando de reclamar su atención. Ella los saludó con la mano.
Tras intercambiar nuestros números de teléfono para seguir en contacto y enviarle los vídeos de la actuación, nos despedimos de Carmen. Nos colmó de besos y abrazos mientras nos agradecía repetidamente la ayuda y colaboración que le habíamos prestado. Se alejó ondeando el brazo.
Los hermanos, Antonio y yo reemprendimos la marcha.
Era la hora del almuerzo, de modo que conforme caminábamos nos íbamos fijando en los menús y platos que ofrecían los diferentes restaurantes de la zona. Finalmente nos decidimos por una pizzería típica y antigua cuyo plato estrella era, como no podía ser otro, la pizza margarita. De hecho, fue lo que pedimos los cuatro.
―¿Cómo es posible que la pizza italiana y la americana sean tan diferentes cuando son la misma comida? ―preguntó Alfred mirando fijamente un trozo de pizza que estaba a punto de llevarse a la boca―. Me parece increíble.
―Puede que la receta no sea la misma… o la forma de hacerla ―sugirió Matthew.
―¡Eso por supuesto! ―dije―. Además de que parece que le echáis todo lo que tenéis a mano en la despensa, ¡la pizza no necesita de tantos ingredientes por encima! Y el mejor ejemplo de ello os lo estáis comiendo ahora mismo.
―Ok, you have a point there, pero nuestras mezclas de ingredientes nos han llevado a descubrir combinaciones deliciosas para la pizza.
―Sí, como esa aberración de añadirle piña. Seguro que la ocurrencia fue vuestra.
―Hey! La pizza con piña es…
No escuché la opinión de Alfred sobre ese error culinario, ya que mi teléfono sonó en mi bolsillo. Descolgué sin fijarme en quién llamaba.
―Pront…
―¡¿DESDE CUÁNDO RESULTA QUE TE HAS VUELTO UN MALDITO MÚSICO CALLEJERO?!
―¡AAAAH!
Solté el móvil sobre la mesa como si quemara y cortando la llamada en el proceso. Joder, el corazón me iba a mil por hora del susto. Me volví hacia mi novio.
―¡Antonio! Me cago en la puta, ¿le has mandado A MI MADRE algún vídeo de los que hemos grabado tocando en la calle?
El muy bastardo se echó a reír como loco, incluso se le saltaban las lágrimas, y no podía parar. Me estaba cabreando mucho.
―¡Pensé que decías en broma lo de mandárselo, bastardo!
―Para nada ―respondió entre carcajadas―. Pero… pero no se lo envié a ella, sino a tu padre.
―Tanto monta, monta tanto, joder. ¡Serás idiota!
El bastardo de mi novio seguía descojonándose de la risa, incluso se agarraba la barriga. Matthew y Alfred lo miraban con cierto desconcierto, pero sonriendo divertidos ante la escena. No sé cómo no se estaban desternillando también, la risa del bastardo era contagiosa.
Entonces caí en la cuenta de un detalle:
―¿Y cómo demonios le has enviado el vídeo a mi padre? ¿Acaso tienes su número?
―Pues claro ―se limpió unas lagrimillas―. Menuda pregunta.
―¿Desde cuándo?
―Desde el finde que pasamos en su casa.
―Maldita sea ―me llevé una mano a la cara y negué con la cabeza―. ¿Y cómo demonios se te ha ocurrido…?
Me callé al escuchar mi móvil sonar de nuevo. Esa vez me fijé en quién llamaba, se trataba de mi abuelo.
―Ciao, nonno! ¿Qué pasa?
―Hola, Lovino. ¿Dónde estás?
―¿Qué? ¿Cómo que "dónde estoy"? ―su pregunta me descolocó―. Pues en Nápoles, ¿no recuerdas que ayer por la mañana nos llevaste a Antonio y a mí a Termini para que cogiéramos el tren?
―Todavía no tengo problemas de memoria.
―¿Entonces a qué viene esa pregunta?
―Viene a que me acaba de llamar tu madre histérica perdida contándome no sé qué barbaridad de que te habías vuelto músico callejero, que te había visto, que te dedicabas a tocar mientras mendigabas limosna…
―Joder…
Suspiré profundamente. Volví la cara hacia el bastardo de mi novio, mirándolo con odio y muy enfadado, y lo llamé "idiota" en voz baja, pero a un volumen suficiente para que me oyera. El muy cabrón se echó a reír de nuevo, prácticamente se tiró sobre la mesa y le daba golpes con el puño sin poder contenerse.
―¿Ese que escucho reírse es Antonio? ―preguntó el abuelo.
―Sí, el muy bastardo se está descojonando con lo de haber sacado a mi madre de sus casillas.
―Entonces, ¿me explicas lo que ocurre?
―¡Nada, joder! Simplemente hemos ayudado a una muchacha tocando con ella en la calle, sí, eso es cierto, pero ya está. Lo que pasa es que lo hemos grabado y al bastardo de Antonio no se le ha ocurrido nada mejor que mandarle el vídeo a mi padre, mi madre lo ha visto y se ha puesto como una loca, exagerándolo todo sin saber nada, maldita sea.
―Ah, bueno, si sólo ha sido eso… deberías explicárselo a tu madre.
―Como si me fuese a escuchar…
―Lo dudo ―corroboró el viejo―. En fin, volvéis esta noche, ¿no? ¿Necesitáis que vaya a buscaros a la estación?
―Tienes una cita con una mujer, ¿verdad? ―el abuelo dejó escapar una risilla culpable confirmando mis palabras―. Da igual, pillaremos un taxi, no te preocupes.
―¡Estupendo entonces! Pasadlo bien. ¡Hasta mañana!
―Adiós, viejo.
Corté la llamada y me giré hacia Antonio, que todavía seguía riéndose. Lo golpeé un par de veces en el brazo, cabreado.
―Maldito bastardo, ¡la que has liado! ―volvió a reírse―. ¿Por qué demonios se te ocurrió enviarle ese vídeo a mi padre?
―Porque me escribió preguntando cómo nos estaba yendo por Nápoles. Le respondí y le envié el vídeo también.
―Espera, espera, ¿mi padre sabe que hemos venido a Nápoles? ―estaba sorprendido―. ¿Cuándo se ha enterado?
―Se lo dije yo. Hemos hablado un montón de veces esta semana en la oficina mientras te esperaba. Nos llevamos bien, ¿sabes?
Mi mandíbula debía estar próxima al suelo. Alucinaba con las cosas de Antonio.
Una risilla mal disimulada proveniente del rubio escandaloso me devolvió al presente.
―¿De qué demonios te ríes tú? ―le espeté.
―Es que sois raros. Me hace gracia veros.
―¿No te has mirado a un puto espejo?
―¿Qué es lo raro, Alfred? ―intervino Matthew, quizás buscando la oportunidad para que su hermano se explicara antes de que se llevara una hostia de mi parte.
―You know, siempre pensé que las parejas gay se pasaban todo el tiempo en plan lovey-dovey, ¡pero vosotros no! Es raro.
―¿Qué mierda es "lovi-dovi"? ¿Se está cachondeando de mi nombre o algo así?
―No, no ―respondió Matthew nervioso moviendo las manos rápidamente―. Lovey-dovey se refiere a… ¡comportarse amorosamente! Ya sabes, hacerse carantoñas, darse besos… E-Es decir, mostrarse en actitud cariñosa…
―También lo hacemos ―respondió Antonio, que me abrazó por la cintura y me plantó un beso en la mejilla. Lo empujé un poco con el brazo. Él se rio y volvió a besarme antes de apartarse―, pero no todo el tiempo. No lo necesitamos para demostrar que nos queremos, ni tampoco tenemos que demostrárselo a nadie.
―¡Somos como cualquier otra pareja normal, idiota!
―Por eso sois divertidos.
La tarde pasó volando mientras pateábamos el casco histórico napolitano. Visitamos todos aquellos monumentos y lugares que nos fueron posibles con el limitado tiempo del que disponíamos. Aun así pudimos deleitarnos también con unos deliciosos helados, que tanto a Alfred como a Matthew los volvían locos, y café con dulces típicos napolitanos mientras nos parábamos a descansar un rato.
A eso de las siete y media emprendimos el camino de vuelta hacia el hostal para recoger nuestras pertenencias.
En recepción ya no se encontraban los dos muchachos de por la mañana, sino la chica que nos atendió el día anterior cuando llegamos. Le dimos los resguardos y nos entregó nuestras mochilas.
Alfred y Matthew nos acompañaron a la estación.
Había tanta gente en el interior y en los alrededores como cuando llegamos el día anterior. Nos dirigimos al andén que indicaban los paneles de salidas, faltaban pocos minutos para que saliera nuestro tren.
―Es una pena que no os podáis quedar más días ―lamentó Alfred con cara triste―. ¡Nos hemos divertido mucho con vosotros!
―Sí, habéis hecho que el día fuera mucho más entretenido ―corroboró Matthew con una sonrisa triste.
―¡El sentimiento es mutuo! Lo hemos pasado genial con vosotros, ¿verdad, Lovi?
Asentí sonriendo y les dije:
―No os olvidéis de avisar cuando estéis por Roma.
―Sure!
―Contad con ello.
Con un apretón de manos y un abrazo (el cabrón de Alfred me levantó del suelo y casi me parte las costillas) nos despedimos de los hermanos.
Al sentarnos en el vagón y verlos por la ventanilla, Matthew y Alfred agitaron el brazo (Alfred vigorosamente) y mantuvieron el gesto mientras desaparecían de nuestra vista conforme el tren se alejaba.
El viaje hasta Roma duró varias horas, pero parecieron más debido al cansancio que llevábamos acumulado por los dos días de caminatas sin parar y a que los incómodos asientos de aquel tren del año de la pera no nos ayudaron precisamente a descansar. Era casi media noche cuando llegamos a Termini.
Tal y como le dije al abuelo por teléfono, cogimos un taxi para ir a casa.
Las luces estaban encendidas cuando entramos, pero no había nadie en la planta de abajo y todo estaba bastante silencioso. Antonio saludó y anunció nuestra llegada, pero nada, no obtuvo respuesta. Era raro, me estaba empezando a acojonar.
―Se habrán dejado la luz encendida sin darse cuenta al salir o al irse a dormir ―trató de tranquilizarme Antonio―. No te preocupes.
―¿Tú crees?
―La puerta no estaba abierta ni forzada ―señaló―. Y ya sabes lo que pasó la última vez, que casi me cargo a Eduard.
Ciertamente su razonamiento me dejó más tranquilo.
Subimos a la segunda planta con nuestro equipaje para ir a nuestra habitación, pero no llegamos a ella. En mitad del pasillo nos encontramos a Heracles y Kiku, muy serios y concentrados, apoyados contra la pared y con las orejas pegadas a la puerta del cuarto de Feliciano. Podía imaginar lo que estaban escuchando ese par de cotillas, se me revolvió el estómago.
―¡¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo, pedazo de pervertidos?!
Ambos se llevaron un dedo delante de los labios y me chistaron para que me callara, pero sin apartarse de la puerta.
―Joder ―dije en voz más baja por… ni sé por qué hablé más bajo, el caso es que lo hice―, ¿tan jodidamente pobre es vuestra vida sexual que tenéis que divertiros escuchando a Feliciano follar con el maldito patatero?
―Nuestra… vida sexual es rica... entretenida... y está muy bien.
El japonés silencioso se sonrojó.
―No es eso, Lovino-kun.
―¿Entonces? ―se metió Antonio―. ¿Qué pasa?
―Feliciano-kun y Ludwig-san están…
―Han tenido… una bronca enorme. Todavía siguen peleando.
¡Muchas gracias por leer!
