Cómplices
La culpa de haber dicho en voz alta lo que su corazón había negado por tanto tiempo le atormentó aquella noche. Podía sentir aún el calor del rostro del daiyoukai sobre el de ella; haciendo cálido el frío que su cuerpo sentía para llevarla a una añoranza hacia aquella cercanía. Recostada, apenas logrando vislumbrar el techo entre las sombras y la luz lunar que se introducía por las ventanas, repasaba sus sentimientos y las razones por las que aún permanecía en el castillo. Ayudarlo... esa era su razón; había pasado de pensar en tomar una decisión a enfocarse sólo en ver por su progreso y sus logros; unos que él no buscaba y no quería. Se dio la vuelta, dándole la espalda a la puerta corrediza. Sus ojos ahora frente a la pared chocaban contra un vacío visual que comenzó a llenar con recuerdos.
Inevitablemente pensó en Kohaku; en su calidez y la lealtad con la que había estado acompañándola por tantos años. Se sentía... tan culpable. Había alimentado una ilusión, una que no estaba indispuesta de sentir. Había abierto su corazón para él, tratando de cerrar al fin la puerta del gran lugar que Sesshomaru siempre había tenido. ¿Quién era él para ella? Un protector... un salvador... alguien a quien le debía la vida entera porque sin él no tendría una. Dobló las rodillas, acomodándose en una posición que la hizo sentir más segura y ajena al temor que en aquél momento la atormentó. Si era así... entonces... ¿por qué la idea de que se casaría la ponía tan triste? ¿Era egoísmo de su parte? Ya no vería por ella... no lo había hecho ya desde hace muchos años; no sería una prioridad. Se sintió disgustada con sus propios pensamientos. Injusta e ingrata porque aquello alguien estaba dispuesto a darlo por ella y estaba dándole la espalda.
El corazón le palpitaba fuertemente.
Eventualmente se quedó dormida, dejándose llevar a los sueños para recibir un nuevo día hasta que el Sol le besara las pestañas y la invitara a abrir los ojos. La luz se filtraba con menos amabilidad, trayéndose el polvo del cuarto en una danza tan suave que podría hipnotizar a cualquiera. Se sentó sobre la cama, tallando sus ojos, repasando cada rincón de su habitación como si le miraba por vez primera. Había tenido un sueño pesado, por momentos se había olvidado de dónde estaba y el por qué estaba ahí. Kohaku se manifestó en sus sueños; recordaba poco pero la sensación de nostalgia al pensar en él se presentaba al recordarlo. Un sueño que se le había escapado de las manos pero había dejado tintes de su color sobre su piel. Agachó la cabeza por un instante, volviendo a la realidad, admitiendo una verdad que no había querido susurrarle al viento.
No era su deseo casarse con él.
Las razones eran claras en un aspecto: no lo amaba, no como él a ella. Su cariño era profundo por su amigo y tenía cerca de su corazón todas aquellas cosas que había dado y hecho por ella... pero no era más que eso, amistad. Se llevó las manos al rostro, sometiendo las ganas de llorar. Apenas sentía que los cristales del dolor se desbordarían por sus mejillas cuando la puerta de su habitación se abrió, sacándola del refugio entre sus palmas. Alzó el rostro con los ojos enrojecidos, tentados por la tristeza. Ryuunosuke se encontraba frente a ella, serio, dándose cuenta de que había intervenido en mal momento. -Disculpa Rin, perdón por no haber tocado. Mi Señora está buscándote-. Se tomó la libertad de entrar en la habitación, dando unos pasos dentro mientras corría la puerta para volver a una privacidad que los alejó de la servidumbre del castillo. Se hincó frente a ella, asomando el rostro para verla mientras ella limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano. - ¿Qué sucede?-.
Negó suavemente con la cabeza, prohibiéndose llorar más. - Tuve un sueño que me hizo sentir un poco triste- respondió.
El joven se hallaba incrédulo, podía verla entristecida como si de algo grave se tratara pero no insistió. Le dio su espacio para acomodar sus pensamientos y alistarse para servirle a la Señora del Oeste. Salió de la habitación sin decir más, dejándola nuevamente sola, entre los recuerdos, la culpa y la incertidumbre. Se levantó, retando a la inseguridad, poniéndose de nueva cuenta el uniforme, trenzando su cabello y preparando su mente y cuerpo para un nuevo día. Salió al pasillo, entre los sirvientes que ya estaban comenzando a resignarse a su presencia y al menos, no dirigían sus miradas de desdén hacia ella. Bien... al menos no llevaría esa carga por el resto de la mañana.
Llegó hasta las puertas de la Madre, se detuvo frente a ellas, palpando la madera, como si así pudiera darse mayor firmeza y voluntad para entrar. Pero las puertas se abrieron, impulsándola hacia adentro sin piedad. Su cuerpo topó con suavidad sobre un pecho ajeno y un aroma tan distintivo que la acompañó durante las tardes de nostalgia. Alzó el rostro, sabiendo bien que se toparía con el de él. Le miraba con los párpados entrecerrados, con el par de pestañas tan blancas como la nieve recién caída. Fue un silencio corto que para ambos detuvo el tiempo, aislándolos del resto del mundo, como si existieran suspendidos en tal momento. Sesshomaru separó los labios, como si las palabras se le fueran a escapar, sus palmas abiertas, liberándose del sometimiento de su constante presión, como si actuaran solas, queriendo posarse en el momento.
La cabecilla de la Señora del Oeste se asomó por detrás del hombro de su hijo, quebrando el momento para la joven quien de inmediato dio un paso atrás, separándose de un acto inconcluso. - ¡Ah! ¡Tardaste menos de lo que esperaba!- exclamó totalmente ingenua al momento compartido entre ambos. Tan fugaz que para el resto no había sido más que un simple encuentro. Rin bajó la cabeza, con las mejillas sonrosadas por haber dejado viajar su mente y ojos hacia terrenos confusos e inciertos. - Lo siento, ya estoy aquí- respondió, dando un paso hacia el frente mientras que pasaba por el lado del daiyoukai quien sólo se limitó a dejar pasar la esencia a su costado. Se dio la vuelta con lentitud, de momento indiscreto, sin permitir privacidad a su madre para sus asuntos.
- Se acerca la noche de luces- comentó de pronto, tomando asiento sobre sus cojines, quedando a menor altura que la chica quien se mantuvo de pie, atenta a sus palabras. - Será mañana cuando la luna bese el centro del estanque... Las mujeres vestirán sus mejores prendas para benerar a la Luna y danzar bajo su brillo- decía esto en un tono poético pero a la vez parecía ensayado. Rin se quedó callada mientras que Sesshomaru tomaba su distancia, atento pero ya irritado por lo que aquello representaba. - Se cree que es noche óptima para enlazarse, encontrar a un compañero de vida. El amor no está propiamente en juego- alzó la mirada para encontrarse con la del daiyoukai. Las cejas del otro encajadas en su ceño, manifestaban el profundo disgusto que experimentaba. Apretó la mandíbula y sin decir nada, salió de los aposentos de su madre, cerrando tras de sí, la puerta con violencia. Kimiho suspiró, ante la mirada de Rin con frustración.
- No se preocupe, trataré de ayudar al señor- intentó aminorar la tensión del ambiente, muy a su pesar de que las noticias del evento le tenían perturbada e incómoda. Salió de la habitación con un peso en el pecho. Recargó la espalda sobre la puerta, antes de permitirse continuar, de subir los escalones hasta la torre del youkai, para intentar dialogar con él, convencerlo de que el deber y el compromiso con sus tierras era primordial. Pero... ¿creía en esas palabras? Comenzaba a sentir el conflicto de hablar por algo en lo que no estaba segura de creer. Él merecía felicidad, una que no estaba segura de haberle visto antes, al menos no recientemente. Lo que veía en él era disgusto, molestia, total indiferencia por lo que estaba ocurriendo. ¿Podría con su consciencia? ¿De llevarlo a un punto en donde su felicidad se viera comprometida... por ella? Le debía todo y, ¿así se lo pagaba?.
Se llenó de determinación. Alzó los hombros. No... estaba del lado incorrecto. Con un nuevo paso caminó hasta la torre, subiendo escalón por escalón con una ligereza que parecía haberla abandonado. Abrió la puerta, mostrando el interior de aquella habitación donde se encontraba él, de pie en medio del cuarto, esperándola. La había escuchado. Se acercó a ella, estirando el brazo para cerrar la puerta de tal forma que el cuerpo de la joven quedara rodeado por el suyo. La chica respiró pesado, teniendo la sombra del youkai sobre ella y la intensidad del ámbar queriéndole sacar las palabras de la boca. - Señor Sesshomaru... creo que... sé cómo ayudarlo- dijo al fin. Lo que causó con sus palabras fue que él se hiciera hacia atrás, como si deseara verla mejor para comprender lo que decía.
- Habla- ordenó con la profundidad de su voz que por un instante comandó un silencio.
- Usted no es feliz- declaró, tomando lugar en la habitación, dando pasos más seguros, como si poco a poco volviera a ser la misma de antes. El demonio la observaba tomar autonomía de sus aposentos, como si fuese ella dueña de todo aquello que pisaba y hubiese a la vista; no la detuvo. Había una naturalidad en aquello que ni siquiera por orgullo estaba dispuesto a interrumpir. - Quiero ayudarlo a llevar a cabo su plan... lo que me dijo bajo la lluvia la otra vez-. Se detuvo, le miró a los ojos desde la lejanía.
Dio unos pasos hasta llegar a ella, deteniéndose a muy corta distancia. Su mirada tranquila... mas no fría. Reflajaba algo distinto, como si quisiera atravesarle los pensamientos. La joven tragó saliva, esperando a recibir una respuesta, alguna pista de lo que habían hablado aquella vez. - No puedo hacerlo solo- hablo quedito, su voz apenas audible para ella.
- Lo que sea necesario- insistió.
Dio un paso, forzando a la chica a que se hiciera hacia atrás, topando con la pared. No estaba asustada mas la cercanía la hacía sentir ansiosa y con una anticipación que era extraña para ella. Su respiración se hacía más rápida, teniéndolo así, casi robándole el aire a su alrededor. - Tu cercanía es lo que va a alejarlas a ellas- dijo al fin, tomando entre sus delgados dedos uno de los cabellos que rebeldemente se aferraban al rostro de la chica.
Rin negó con el rostro, sin safarse del tacto de Sesshomaru quien no le despegaba los ojos. - Eso sólo traerá problemas- repuso incrédula, no negándose totalmente a su declaración. - Pero... si eso es lo que usted desea- respondió, fijando la mirada con la de él, teniendo en consciencia que iría hasta donde él le pidiese.
- Es todo lo que deseo-. Bajó la mano, dejando caer los cabellos de la joven que suavemente volvieron sobre sus mejillas y hombro. No traspasó sus límites, se mantuvo quieto frente a ella, sin derrumbar las murallas que marcaban una distancia entre ambos a pesar de tener sus corazón tan cercanos. Aún no había convicción, no había un nombre para los acelerados palpitares de sus corazones ni tampoco para la sensación de plenitud que llenaban los abismos en sus vientres. El concepto se escurría entre los impulsos y los prejuicios que se anteponían a ponerle un nombre a lo que estaba ocurriendo. Sin saber a lo que se comprometía se había hecho a la idea de llevar a cabo el plan, aquél que lograra librar al daiyoukai de un destino indeseado.
Nota: ¿VOLVÍ?
