La noche anterior había abierto las puertas de lo que su corazón le había ocultado por tanto tiempo. La cercanía de su rostro con el suyo daba pie a que sus pensamientos se asentaran a una idea que se había estado escapando, que se guardaba detrás de un razonamiento que consideraba como algo natural, tan propio y tan arraigado que jamás lo había cuestionado. Había escuchado el palpitar de la joven, tan tierno, tan nuevo; agitado cual avecilla apenas intentando volar. El olor que había colmado cada espacio de su habitación lo conoció por vez primera, con un sentido distinto al de antes. Esa noche le pidió que se marchara de inmediato, después de haber tenido apenas un suspiro de distancia, un suspiro que ahora parecía tan efímero y que en cualquier momento perdería su poder. ¿Qué haría con esa cercanía de tener oportunidad? No lo sabía.

El sol apenas estaba entrando entre las telas que cubrían la ventana, dejando un hilo de luz sobre la madera que se mecía de a poquito, tentando el ámbar de sus ojos a mirarlo. Parpadeó pesado, dejando que sus pestañas se quedaran reposando sobre su piel un poco más de lo usual, mientras se llenaba el pecho del aire que aún se conservaba del día anterior. Tuvo un suave aroma a ella; al campo y a las flores que no abandonaban su esencia. Lo había llevado consigo siempre, incluso durante los años en los que pensó que no quería volverla a ver o era tal vez el recuerdo que se adhería a todo aquello que tenía el poder suficiente para sacarlo de sus pensamientos y traerle la imagen de la mujer cuya presencia ahora extrañaba. ¿Ya habría despertado?

Tomaba su lugar al pie de la ventana, observando entre las cortinas el jardín desde arriba. Vio movimiento por parte de los sirvientes quienes seguramente se levantaron más temprano para preparar los jardines principales para la Noche de las Luces. Respiró pesado de sólo recordar aquello. Las plantas parecían anhelar el suceso; rebosantes en su color, en su forma, esperando a que los pistilos y ramas de sus estructuras fueran bañados de agua e impuestos ante la vista de los visitantes para ser admiradas como representantes de las Tierras del Oeste; o al menos eso pensó el daiyoukai. No había interés de su parte por participar en tal ceremonia. Durante su infancia las fiestas de sus padres eran conocidas por el ostento y excesos para impresionar y mantener cómodos a los invitados. En esta ocasión sospechaba que no sería la excepción considerando lo que se tenía planeado.

La puerta se abrió, interrumpiendo las cavilaciones del youkai quien no se movió ni un centímetro para averiguar de quién se trataba. Con el puro olfato sabía que era Ryuunosuke. Dio un par de pasos, tomándose la libertad de hacerse camino en la habitación. En su aroma percibió algo muy particular, algo que tenía bastante tiempo haciéndolo sospechar pero que ahora, tal vez a raíz de un descuido, lograría confirmar.

-Mi señor buen día… he venido a recordarle sobre los eventos que se darán el día de hoy -. El sirviente se hallaba con las manos hacia atrás, observando a su amo mientras éste todavía le daba la espalda.

Lentamente, Sesshomaru se puso de pie, tomando los cordones que ataban su yukata para ajustarlos. No hizo contacto visual de inmediato, espero a que sus suposiciones tomaran cierta mayor credibilidad. -Estoy al tanto -. Al fin lo miró con sus ojos severos. Inspeccionó sus facciones y toda su imagen. Sus ropas inmaculadas al igual que su cabello pero… había un detalle, un insignificante detalle que seguramente le había pasado por descuido por muchas razones pero principalmente por las exigencias que ameritaba la rutina en esos días.

-¿Pasa algo, mi señor? - Ryuunosuke le observaba consternado, totalmente ajeno a lo que pudiese cruzar por la mente de Sesshomaru quien al fin, le dedicó una sonrisa que poseía un tinte ligeramente suspicaz. Ese gesto era uno que pocas veces le había visto en el rostro al amo, un gesto que no todos poseían la fortuna de poder presenciar y que en ese momento parecía más maldición que bendición por el misterio que envolvía la motivación de esa sonrisa.

-No es nada -. Se reservó el evidenciarlo… en hacerle saber que estaba enterado de lo que había entre él y su madre.

Le hormigueaba la lengua por decirlo pero antes de que el impulso por acotar la hipocresía de todos le ganara, cayó en cuenta que esa información bien podría usarla a su favor. Caminó hasta el escritorio donde se encontraban varios pergaminos; muchos en blanco y otros con rayones de tinta y bocetos de dibujos inconclusos. -Así que esta noche es… la más importante -. Pasó las yemas de sus dedos por los papeles de nueva cuenta privando al sirviente de su mirada.

-Así es señor… La señora del Oeste me pidió que fuera enfático en cuanto al código de vestimenta y de conducta… Esta noche es… determinante -. Apretó la mandíbula, girando sobre sus pies un poco para seguir el paso del daiyoukai.

-Hn -. Sus ojos se mantuvieron fijos sobre la madera, inexpresivos, como si de pronto nada de lo que fuera a suceder tuviera impacto sobre él. -Por supuesto… Y claro… por las condiciones de la luna esta noche también es muy esperada o de cuidado dependiendo de los planes que hayan -. Su voz era suave, tan suave como el terciopelo que con su roce lograba tentar el sueño y el descanso pero en Ryuunosuke poseía un efecto casi opuesto.

Las cejas del otro youkai descendieron hasta tensar su ceño. No comprendía. -¿Señor? ¿Habla acaso de apareamiento? Bueno… no es algo que esté en contemplación para usted por el momento pero estoy seguro de que su madre estaría más que satisfecha si esto se añadiera a los logros que se tienen en espera para usted, señor -.

Sesshomaru se dio la vuelta para encarar al otro; le miró con seriedad antes de suspirar profundamente y caminar hacia la salida de la habitación. -Me imagino que tengo libertad de observar los preparativos -. Se detuvo en el umbral como si estuviera pidiendo permiso.

Ryuunosuke se quedó de pie en medio de la habitación, observando con cuidado. No era ingenuo, sabía que algo cruzaba por la mente del daiyoukai, lo conocía bien, pero no tenía el atrevimiento de quebrar su rol para hacérselo saber. Una suave sonrisa se dibujó en su rostro; era gentil pero poseía una dureza que sólo los años lograban marcar de tal forma. -Por supuesto, usted es amo y señor de este lugar -.

Sin esperar más de parte del sirviente, Sesshomaru descendió por la escalinata de la torre. Ryuunosuke lo seguía pero para ese punto ya no le era de interés, no por ahora. Había confirmado una pieza de información que planeaba utilizar en el momento preciso, pero por ahora, su propósito era uno distinto.

Las demás familias habían salido de sus aposentos; ya se habían plantado en los espacios dispuestos en los jardines para crear esos rincones aislados que les brindaban privacidad. Atravesó los pasillos que espontáneamente se habían hecho entre las tiendas que resguardaban a los demás youkais del sol, cruzando frente a telas casi transparentes que revelaban las siluetas de quienes se hallaban detrás de ellas. Estaba despertando el interés de las jovencitas; algunas se asomaban entre las cortinas para mirarlo pasar, otras se esmeraron por despedir los perfumes que se echaban encima más de la cuenta para que el youkai se grabara bien los aromas. Caminó hasta la habitación de su madre. No tocó la puerta. Sorprendió a la mujer apenas peinándose, aún con sus prendas de noche. Una media sonrisa se dibujó en el rostro del hombre.

-No puedes entrar así a mi habitación, no sin antes tocar al menos – tartamudeó. Se levantó de sus cojines mientras las telas que la cubrían y su cabello se movían cual cascadas ligeras que la adornaban. -¿Qué sucede? ¿Hablaste con Ryuunosuke? -. Se acercó a una de las mesas donde varias de sus joyas se encontraban extendidas junto con varias peinetas y cepillos. Tomó uno de ellos para comenzar a arreglar su largo cabello mientras se sentaba frente a un espejo.

-Dime madre, ¿qué es lo que realmente esperas de mí? - su pregunta vino con un tono de voz serio pero que poseía una curiosidad genuina que no le había escuchado desde que era un niño.

Kimiho se detuvo, dejando las manos al aire al costado de su cabeza hasta que las bajó lentamente, dejando el cepillo de marfil a un lado. Volteó a verlo. Ese gesto siempre ocupado por el pensamiento; algo le cruzaba por la mente, algo más que esa rebeldía que se había apoderado de él después de los asuntos de su padre con la madre de InuYasha. -Espero lo mejor, por supuesto; una vida al lado de una mujer que traiga con la herencia de su reino las herramientas para construir un mejor territorio y hacerte un mejor hombre– su respuesta se acompañó de una sonrisa muy sutil; parecía fingida.

No le creyó en lo absoluto… Podía ver cómo su mirada estaba fija en un punto muerto, ausente de sentimiento y sus palabras eran acertadas con un tono suave en su voz. Su madre era una mujer pasional, alguien que expresaba su sentir de diversas maneras y con esa respuesta podía darse cuenta que se sometió de decirle lo que realmente deseaba contestarle. Había sido una respuesta a medias, ensayada, casi.

Los dos se sostuvieron la mirada, aumentando la tensión en la habitación. No había nadie más pero podía sentirse la pesadez; el sofoco en el aire. Un ruido proveniente de la puerta los interrumpió; ambos miraron hacia el umbral. -Pase – dijo la Señora del Oeste. En seguida, Ryuunosuke apareció en la habitación con un gesto complejo… incrédulo. -¿Qué sucede? -. Kimiho se puso de pie mostrando preocupación al verlo así. Sesshomaru de igual forma, esperaba la respuesta del hombre quien parecía estar encontrando conciliación a lo que estaría a punto de decir.

-Hay… unas personas que vinieron a buscar a Rin, señor, mi señora -.

La mujer se acercó a su hijo, enroscando su brazo con el de él. -¿Sabes de quiénes se trata, hijo? -.

La noticia le cayó de sorpresa al youkai… ¿cómo habían dado con el lugar?

"Shippo...".

Salió de la habitación sin decir nada. Podía olerlos. ¿Qué hacían ahí? El aroma provenía fuerte desde la habitación de Rin, estaban ahí. Sus pasos eran ligeros por lo que no lo escucharían llegar. Deslizó las puertas de la entrada para confirmar lo que su olfato ya le había dicho: Shippo, InuYasha y Kohaku se encontraban en la habitación en compañía de la joven quien se veía igual de sorprendida que Ryuunosuke al entrar al cuarto de su madre.