Diana 1:

Desayuno de contrabando

Es enorme. No hay otra palabra que pueda usar para describirla. La Academia de Magna Luna es inmensa. Si desde mi habitación lucia como un campus extenso, ahora que puedo recorrerlo a mi propio paso, noto que es aún más grande de lo que pude apreciar en las alturas y que las excentricidades de este lugar son incontables. A donde vea hay algo llamativo. Podría compararlo con... no sé... el colegio de la saga Harry Potter. Y me quedaría corta con semejante comparación. Para empezar, el colegio de magia y hechicería de Hogwarts, aunque sea ficción, se encuentra en mi natal Inglaterra, es decir, en mi mundo. Dentro de su misma esencia ficcional, los hechos ocurren en un entorno que me es familiar. En cambio, Magna Luna está en una realidad distinta donde, como puedo ver, la magia es real. Fui testigo de cómo mis amigas utilizaban habilidades mágicas para ayudarme a vestir lo más rápido posible, acercaron el uniforme con el movimiento de una varita, agruparon mis libros y cuadernos con otro movimiento, incluso hicieron flotar una taza frente a mi para que pudiera tomar agua. En teoría, yo también debería ser capaz de hacer eso e incluso más. No solo porque al llegar dijeron que soy la mejor estudiante de la academia, sino por el simple hecho de que la magia no puede limitarse a acciones tan insignificantes como esas.

Cuando salimos del edificio, un gigantesco complejo habitacional lleno de estudiantes de diferentes edades y razas, fuimos saludadas por un par de guardias en armadura que se mostraron muy amables con sus palabras. Sus caras apenas pude verlas, pues los cascos las cubrían por completo y solo podían notarse sus ojos, brillantes como un par de velas. Por razones obvias, no podían ser humanos. El peso acumulado de las armaduras y lanzas en sus manos, su altura que fácilmente superaba los dos metros, la manera tan tosca de hablar. No sé nada de este mundo, pero estoy casi segura que esos guardias eran producto de la magia. Un rápido recorrido visual del área me hizo notar a más guerreros armados, todos iguales a los que acababa de ver y parados en todas las puertas. Permanecían inmóviles, rígidos como estatuas, aunque ocasionalmente reaccionaban ante algún estudiante para saludarle. ¿A qué se deberá? Tal vez estos guardianes se muestran gentiles con aquellos destacados, por eso me hablaron al verme salir. Si tan solo supieran que no soy la misma Diana que ellos conocen.

Andamos por el jardín central rumbo a otro edificio. Hay una serie de estatuas en honor a diferentes personas. A pesar de nuestro rápido caminar, alcanzo a leer algunas de estas: Clow Reed. La placa está debajo de la estatua de un hombre con lentes y cabello largo. A su lado hay otra estatua de un tal Axel Grygera, un sujeto con un sombrero tipo tejano y un saco, muy similares a los que conozco en mi mundo. Grygera… en algún lugar he escuchado ese apellido. El grupo de estatuas se extiende por un largo pasillo que termina en la entrada al edificio central de la Academia. La última de las efigies, justo a la cabeza del resto. Representa a una mujer de cabello bastante largo, con un vestido del cual brotan hojas y en su cabeza, a cada lado, unas ramas con retoños. La placa a sus pies indica que su nombre es Woodward, fundadora de Magna Luna. A pesar de su rostro apacible, da una sensación imponente, como si su mirada pudiera ver lo más profundo de mi persona, a pesar de ser una estatua.

Los prodigios mágicos no dejan de sorprenderme. Antes de entrar al edificio, sobre nosotras pasaron volando un grupo de chicas montando escobas a gran velocidad. Una de ellas, curiosamente familiar, parecía ir parada sobre una patineta en vez de ir como sus compañeras. Sé que debería ocultar mi asombro por todo lo que veo, pero no puedo evitarlo, todo me resulta extraordinario sin importar que para el resto sea lo más común de este mundo. Objetos flotantes, un par de chicos practican al fondo con unas espadas cubiertas de llamas; entre tanta gente distingo a unos seres parecidos a los guardias, tienen forma humana y carecen de ropa, aunque no la necesitan sobre su cuerpo de roca. Deben ser golems. Algunos estudiantes llevan pequeños seres similares entre sus pertenencias, apenas con movimiento y modelados a mano hasta donde puede verse. Debe tratarse de un proyecto escolar… ¿entonces yo también debo hacer uno de esos?

Dentro del aula, las cosas no cambian ni un poco. Para empezar, el lugar no es un simple salón de clases como podría encontrarse en cualquier escuela. No, esto es comparable con un auditorio. Sin temor a exagerar, somos cerca de cien personas esperando a que dé inicio la clase que, sobra decirlo, no tengo idea de cuál sea. Algunos chicos se arrojan pequeñas palomas de papel que vuelan de un extremo a otro del aula; hay quienes tienen a su lado varios libros abiertos por completo y anotan a un ritmo veloz algo que, obvio, olvidaron hacer antes y aprovechan hasta el último momento para cumplir con la tarea. Hay alguien entre ese grupo de irresponsables que me llama mucho la atención. Quizá demasiado. Cabello castaño largo, una coleta que sobresale de su cabeza y, a pesar de las presiones de última hora, una sonrisa feliz y algo tonta. Hanna y Barbara me lo dijeron, por un momento me alegró saberlo, pero no sé porque pensé que su presencia cambiaria algo a mi presencia en este mundo extraño. Akko es la misma en Tibitha que en la Tierra.

—¡Sucy! ¿Por qué tenías que escribir tanto? No alcanzaré a copiar la tarea a tiempo.

—Te dije que fueras responsable por primera vez en la vida —le contesta sin darle mayor importancia al reclamo de Akko. Así que Sucy Manbavaran existe en esta realidad y, a juzgar por la cabellera rubia que se esconde detrás de un libro, Lotte también tiene presencia en este mundo.

—Estaba trabajando en algo muy importante y lo sabes.

—Esa no es excusa para dejar a un lado tus responsabilidades escolares —responde con una sonrisa malintencionada. Curioso, la Sucy de esta realidad tiene todos los dientes afilados—. Yo también tengo mis proyectos personales y no por eso dejo de lado los deberes.

—La próxima vez le pediré ayuda a alguien más amable, como a Lotte o… —se quedó callada. Pude sentir como sus ojos se fijaban en mí y con suma emoción comenzó a sacudir su mano—. ¡Diana! Por aquí. Vamos a sentarnos juntas.

Sí, es la misma Akko que conozco. Creo que por inercia sonreí al verla tan entusiasmada. Estoy consciente, no es la misma chica inquieta que conocí en Londres, no tengo idea de cuál sea nuestra verdadera relación aquí. A juzgar por sus ánimos y como Lotte y Sucy me reciben, asumo que es una muy buena amistad. Akko se hace a un lado, liberando el asiento que ocupaba y me lo ofrece sin dejar de sonreír. Espero no equivocarme en mis palabras.

—Justo al centro de la hilera, ¡como debe ser para la hechicera más hábil de toda Magna Luna! —la más hábil. Sí supieran que la estudiante más admirada de la institución ha sido sustituida por su versión de otro mundo en el cual la magia es cosa de ficción… o eso creía hasta esta mañana. Este hecho me ha replanteado la realidad en la que vivo.

—Buenos días, Akko. Y muchas gracias por el asiento—respondo, sentándome a su lado. Ella parece feliz, en cambio, Hanna y Barbara lucen inconformes con mi decisión, pero igual ocupan los asientos libres a mi costado. Espero que esto no sea muy extraño para la Diana a la que están acostumbradas. Tal vez debería comentar algo respecto al incidente que acabo de escuchar—. Akko, ¿puedo saber qué estás haciendo?

La sonrisa desaparece en el acto y veo como su rostro se vuelve tan pálido como una hoja de papel en un abrir y cerrar de ojos. Se ha puesto nerviosa por eso y es incapaz de ocultarlo. No cabe duda, actúa igual que la Akko de mi mundo.

—No es nada, Diana, no tienes de que preocuparte —se excusa. Ella debe creer que no veo como esconde su tarea de mi vista, pero es muy evidente como lo hace. Que torpe… y eso siempre me causó gracia—. Es una cosita sin importancia.

—Akko olvidó hacer su tarea de nuevo —le interrumpió Sucy sin el menor remordimiento. Era evidente que lo hizo con toda la intención de ver a su amiga amonestada.

—¡Sucy!

—Atsuko Kagari —le hablo. En el instante se queda callada y voltea a verme con un rostro de espanto. Con esto puedo armar un poco la vida que mi yo de este mundo ha llevado hasta el momento. Aparentemente, la irresponsabilidad de Akko es algo habitual y ya le he sermoneado en más de una ocasión. ¿Cómo debería actuar ante esta situación? Tal vez deba dejar que ella me guie un poco más. Endurezco mi expresión y con la voz más estricta que puedo hacer, sigo hablando—: ¿Qué te he dicho sobre no cumplir con las tareas?

—¡Lo siento, Diana! No es que no quisiera hacerla, en verdad tenía en mente ocupar toda la noche para no llegar a esto, pero fue imposible. Llegue muy tarde de… bueno, tú sabes —no. En verdad no tengo idea de que hablas—. Las practicas con la maestra Callistis a veces se extienden un poco. Y eso pasó anoche. Me quedé dormida en cuanto llegué al dormitorio.

—Entiendo —o eso creo. ¿Es una actividad extracurricular? Tengo tanto que aprender sobre este nuevo entorno que no sé ni por dónde empezar. Con suerte esta clase me dará un poco de panorama general, o eso espero. Solo espero que no sea una clase práctica, estaré en muchos problemas al no saber cómo usar magia—. Akko, entiendo que sea muy importante tu compromiso con la maestra Callistis, pero no es motivo para descuidar tus otras responsabilidades. Debes poner orden a tus prioridades, ¿entendido? Estoy segura de que, organizando un poco tu día, encontrarás el momento para cumplir con todos los pendientes.

Se mira más tranquila. Creo que esto ha salido bien.

—¿Crees que podrías ayudarme con eso? —pregunta ya con calma. Me cuesta creer que eso funcionara. Y también me cuesta creer que me pidiera ayuda sin pensarlo mucho.

—Por supuesto —y acabo de cometer un error, uno tal vez muy grande. Era un riesgo que debía tomar. Además, solo debo ayudarle a ajustar sus horarios, eso no podría ser muy complicado, ¿verdad?

Las se abrieron y los murmullos se detuvieron en el acto. Una mujer con un esmerado maquillaje y cabellera rubia, vestida con una túnica por completo azul y un sombrero puntiagudo que solo puedo describir como de bruja entró acompañada por una chica que debería tener mi edad. Ambas se notaban molestas, pero de diferentes maneras. Al instante reconocí a la estudiante, era la misma chica que vi hace un momento montando su escoba como si fuera una patineta voladora. Ahora que puedo verla con más claridad, puedo confirmar que también conozco a esa chica. ¡Es Amanda! La maestra indica que ocupe el único asiento disponible en el aula. A regañadientes, Amanda le hace caso. Me parece sorprendente como las personalidades de quienes conozco son idénticas a sus versiones de la Tierra. Aunque esto podría significar que no soy la única que pasó por este fenómeno de viaje entre realidades, me temo que no es el caso con mis amigas y conocidas. Ellas están acostumbradas a la vida en este mundo, por lo tanto, es imposible que viajaran conmigo durante la misma noche y a quienes veo aquí son sus homólogos de esta dimensión. Suena muy extraño por más vueltas que le dé al asunto.

—¡Buenos días, mis aprendices! —nos saluda la profesora con una amplia y feliz sonrisa. Ni rastros de la molestia causada por Amanda hacía unos segundos. Su voz resonó en todo el auditorio con suma claridad. Ante la ausencia de bocinas y micrófonos, asumí que utilizó magia para aumentar el volumen de su voz.

—Buenos días, maestra Clío —respondieron a su saludo. Espero que nadie notara que guardé silencio.

—Me da mucho gusto ver que no falta nadie en esta ocasión. Eso debe significar que están tan emocionados como yo por la clase del día de hoy. ¿Y cómo no estarlo? Hoy comenzamos con uno de mis pasajes favoritos de la historia mágica: ¡La gran guerra del Continente Sur! Y lo mejor de todo es que ocurrió hace 200 años. ¡Solo 200!

La maestra Clío realizó un sutil movimiento de su mano y al momento varias barras de tiza volaron desde el escritorio hasta el pizarrón; ambas comenzaron a dibujar un mapa tan detallado que incluye nombres, división política y diversos puntos en cada país trazado. En tanto, la maestra sigue hablando con mucho entusiasmo. Nunca había escuchado a alguien hablar con tanto gusto sobre un conflicto armado.

—Y antes de que pregunten: pero maestra Clío, ¿qué tiene que ver esa guerra con la historia de la magia? Déjenme decirles que mucho. ¡No solo fue un suceso que cambió el orden judicial de todo un continente y dictó las bases para la sociedad de nuestra parte de Tibitha! El conflicto también tuvo influencias sobre las vidas de cualquiera que practicara magia, pues comenzó con una cacería de magos. Si revisan la página 327 de su libro, notarán que los primeros reportes de conflictos entre usuarios de magia y el gobierno de Tarcia tiene dos años de diferencia respecto a las actas de Montesco. Pero nuestros registros académicos indican que el flujo migratorio de usuarios de magia comenzó cuatro años y once meses antes del inicio del conflicto, lo que quiere decir…

Esto es imposible. Quiero prestar atención a las palabras de la maestra, en verdad quiero aprender sobre este mundo para saber a qué me estaré enfrentando al salir de esta aula. También tengo que encontrar la manera de volver a mi propio mundo lo más pronto posible y, por una afortunada decisión del destino, terminé en una academia de magia donde la investigación tendría que volverse más sencilla. Incluso podría buscar ayuda entre el cuerpo docente y el resto del alumnado. Espero que la buena fama de la otra Diana me resulte beneficiosa en esta situación. Si tan solo pudiera prestar atención. Concentrarme en las palabras de la entusiasta maestra Clío se vuelve cada vez más complicado a causa de una necesidad bastante humana: tengo hambre.

Ya que salí corriendo de mi dormitorio con Hanna y Barbara, no tuve oportunidad de desayunar. Al principio no le presté atención, creí que sería sencillo lidiar con esto debido al malestar que sentía cuando desperté. Pero eso fue un error de mi parte, en poco tiempo las molestias se esfumaron y fueron reemplazadas por un hambre terrible. No puedo ni comprender las palabras de la maestra que explica con sumo entusiasmo su tema, por más interesantes o importantes que sean… me es imposible. Siento un vacío terrible en el estómago y la cabeza ya está molestándome. Tal vez si pudiera salir un momento a conseguir algo de comer… pero ¿dónde? No tengo idea de la distribución en esta Academia. Buscar la cafetería podría llevarme horas, considerando el gran tamaño del lugar. Para hacer el martirio aún peor, esta es la primera clase. Aun cuando el sistema sea parecido al que conozco, aun faltarían entr horas para el receso. Será una mañana difícil…

Oh no. Mi estomago acaba de… acaba de rugir con fuerza. Por todos los cielos, ¡qué vergüenza! Espero que nadie lograra escuchar tan penoso sonido. Con disimulo miro a mis alrededores, manteniendo la firme esperanza de no haber sido descubierta. Por suerte, la voz de la maestra es muy potente y fácilmente pudo esconder el sonido de mi estomago para la mayoría de quienes me rodean. Parece que Hanna y Barbara no lo notaron, es un alivio. Al otro lado, Lotte y Sucy están concentradas en las palabras de la maestra Clío. Solo hay una estudiante entre el amplio grupo que escuchó tan vergonzoso incidente. Sí, tenía que ser Akko…

—Diana —me dice en un susurro.

—Discúlpame por lo que acabas de escuchar —le digo antes de que pueda hablar. Esto en verdad fue un momento sumamente vergonzoso y tenía que escucharlo ella—. Sé que fue incomodo…

—Eso no importa. Ahora que recuerdo, no te vi en el comedor esta mañana. ¿No desayunaste?

—No. Me desperté tarde y… no tuve tiempo de ir.

—¡Jum!

Deja de mirarme y se gira hacia su otro costado. Me intriga semejante reacción. ¿Se molestó conmigo porque no fui a desayunar? Veo que busca algo entre su mochila con la precaución de no hacer ruido alguno. Se voltea hacia mí y por debajo de la mesa me deja un par de frutas en las manos. Son redondas y fácilmente caben dos en mi mano, ambas de un intenso verde, pero con la forma de una mazana. Akko me mira alegre y guiñando un ojo me dice:

—Tengo más de donde salieron esas.

Se voltea de nuevo para prestar atención a las palabras de la maestra, quien sigue concentrada en su clase y apenas nos dirige la mirada por leer una pila de documentos que no tengo claro de donde salieron.

—Gracias —es lo único que puedo decirle por ahora. En verdad, este fue un acto muy amable de su parte. Miro de nuevo a la maestra, sigue distraída para mi buena suerte. Acerco la fruta a mi boca y le doy una mordida. Es suave y tiene un gusto similar al de un durazno. Ahora mi única preocupación es manchar la buena reputación de la Diana de Tibitha.