Mei 2:
La ciudad de las flores
Hace poco más de cuatro horas que cruzamos la frontera de Jinten y Tarquia. Aunque las doncellas me aconsejaron volver al camarote y esperar nuestro arribo al castillo, decidí quedarme con Yuzu y las demás hasta entonces. Como era de esperarse, esto significó mucho para ella. Por razones obvias, no podía lanzarse sobre mí a abrazarme como sería su reacción natural en el mundo de dónde vengo. Esta Yuzu parece un poco más tranquila en ese aspecto, o quizá solo es la costumbre de suprimir sus impulsos al estar en público.
En cuanto me negué a la recomendación de las doncellas, se mostraron consternadas; he de suponer que no sería una respuesta que esperarían de mi parte. Para ser sincera, me pareció lo más adecuado en un inicio. La soledad en esa habitación serviría para acomodar mis pensamientos y darle un sentido a esta situación imposible. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no serviría de nada. Hasta donde tengo conocimiento, no existen precedentes de personas que pasaran por algo similar, ni de su solución… estoy atrapada en una realidad ajena a la mía y no puedo hacer nada al respecto. Solo me queda depender de Yuzu para aprender a vivir en este mundo mientras encuentro la manera de volver.
—El capitán dice que aún falta poco para llegar al palacio —dice Matsuri. Ella y Nomura acaban de volver de la cabina de navegación—. Espero que sea verdad, ya estoy aburrida de este barco.
—¡Dioses! —escucho a Taniguchi. Desde hace un tiempo ha estado haciendo leves estiramientos, incluso mientras hablaba con Yuzu—. Ya quiero llegar. Necesito un buen baño con jabón de shiruhana.
—Pensé que habías traído suficiente —comenta Yuzu. Debo suponer que se trata de alguna especie de jabón especial.
—Y lo traje, pero cierta diablilla tuvo la idea de robármelo.
—Yo también quiero una piel así de suave, maestra —le dice casi cantando. Estaba en lo cierto, ese jabón es un tratamiento cosmético—. Y ya sabes que no me gusta que me llamen de esa manera. Es un gran insulto a mi raza.
—Casualmente, esa era mi intensión.
—Ah, maestra, no deberías hacer esas caras, pareces más vieja de lo que ya eres.
—¡¿Qué dijiste?! ¡Ahora vas a ver quién es una vieja!
—¡Oigan, oigan! ¡No se peleen aquí! —escucho la voz de Yuzu a mi espalda—. ¡No, Matsuri! ¡Nada de magia pírica!
Me he dado la vuelta solo por curiosidad y el afán de aprender sobre los fenómenos de este mundo. Mis ojos se iluminan por una esfera incandescente que se formó sobre las manos de Matsuri quien amenazaba con arrojarla; frente ella estaba Taniguchi con los dientes apretados y la mirada fija en la que sería su víctima. Si no había saltado contra ella se debía a la intervención de Yuzu y Nomura; ambas la sostenían para evitar que arremetiera contra Matsuri y al parecer apenas les era posible detenerla.
—¡Basta! No hagan una escena aquí.
—Bien… entonces subamos a cubierta —responde Taniguchi dándose la vuelta. Comenzó a caminar hacía la entrada del comedor al mismo tiempo que hacía crujir los huesos de sus manos—; estirar un poco las piernas me vendrá bien antes de llegar a casa.
—¿Lo ves? Ya actúas como una anciana —le dice Matsuri con una voz que contiene una carcajada.
—¡Te arrancaré los cuernos de la cabeza!
—Antes debes alcanzarme, maestra —dicho esto, Matsuri chasquea los dedos y, al igual que ocurrió en el camarote cuando se llevó a Yuzu, desaparece en el acto. Taniguchi solo ahoga un grito de ira y se retira sin decir nada. Nomura, con una aparente preocupación la sigue.
—Esas dos… me gustaría que pudieran llevarse mejor, pero no logro hacerlo. Solo espero que uno de estos días no se lastimen de verdad —dice Yuzu con la mirada fija en la puerta.
—Estarán bien. No hay ningún resentimiento entre ambas; Matsuri solo hace esos comentarios para divertirse y Taniguchi… es muy susceptible. Esa debe ser su manera de convivir.
—Supongo que tienes razón. Aun así, me gustaría que no se gritaran tanto.
—Cierto. Son muy escandalosas.
—Te prometo que haré algo con Matsuri. Ya encontraré la manera de hacer que se comporte mejor. Después de todo, ella es mi responsabilidad.
Su responsabilidad… ¿qué quiere decir eso? Lo que sé de este mundo es nada comparado con todo lo que hay afuera de esta habitación. Hasta ahora solo entiendo que Yuzu y las demás son mi guardia personal, que Matsuri es de una raza distinta a los humanos, que soy la princesa de un reino llamado Jinten y… por eso Yuzu y yo mantenemos una relación a escondidas de todos. Fue tan difícil aceptarlo y comunicarlo en la realidad de la que vengo, nos llevó mucho tiempo establecer algo formal entre ambas para volver a lo mismo. Lo sé… en la tierra aún son pocas las personas que lo saben, pero esas personas son las más importantes en nuestra vida.
—¿Estas bien, Mei? —me pregunta. Cómo si sus palabras me hubiesen despertado, volteo a verla. Quisiera decirle lo que ha pasado, que no soy la persona que cree y no tengo idea de cómo es que he llegado a este mundo. Quisiera… pero no puedo. Las palabras no solo se quedan atrapadas en mi mente, no encuentro la manera de que el relato suene creíble. Aun cuando se trate de Yuzu, aunque sé que ella me apoyaría en cualquier cosa, no puedo solo decirle que vengo de otra realidad. Ni siquiera yo, que lo he vivido, estoy segura del cómo o porqué ocurrió—. Desde que despertaste te he notado algo distraída. ¿Acaso pasó algo en Daera?
—No es eso… todo está bien con ese país.
—Es por el abuelo, ¿verdad?
—¿Qué dijiste? —eso me toma por sorpresa. ¿Qué ocurre con mi abuelo en este mundo?—. Mi abuelo…
—Je, es la primera vez que no me corriges por llamarlo abuelo. Siempre dices que debo llamarlo su alteza o rey —me dirige una sonrisa, esa sonrisa que brilla tan intensa como sus ojos—. Es que, ya sabes, siempre que volvemos a casa o cada vez que realizas algún acto diplomático, te pones muy seria antes de hablar con él. Pero ahora te noto más distante de lo normal. Me pregunto si tiene que ver con volver al palacio…
Entonces Yuzu sospecha que algo anda mal conmigo. He intentado actuar lo más serena posible, pero en algún momento he debido descuidarme al grado que Yuzu se dio cuenta. Quisiera decirle lo que ha pasado, pero no es posible ahora; no existe forma en que ella pueda creer mis palabras por más confianza que me tenga y más amor que pueda sentir por mí. Simplemente es inverosímil creer en un suceso como ese, sin importar la realidad en la que se encuentre. Sus ojos, tan brillantes como siempre, se fijan en mí y por dentro siento como un cosquilleo me recorre todo el cuerpo. Podrá ser la Yuzu de otro mundo, pero no deja de ser Yuzu… puedo sentirlo.
—No digas eso —le respondo. Es lo que, creo, diría mi yo de Tibitha—. El palacio es nuestro hogar, no hay manera de que pueda sentirme incomoda por volver. Y en cuanto a su alteza… solo necesito un momento para poner las cosas en orden. Él espera perfección en las labores que me ha encomendado y es lo único que puedo entregarle.
—Admiro el gran empeño que pones en tus labores, en especial con Daera. Tomar la responsabilidad de algo que dejaron a medias… pero tampoco debes trabajar hasta quedar exhausta.
—Eso no volverá a pasar.
—¡Eso espero! O tendré que dejar de actuar como tu guardiana para actuar como tu hermana mayor —dice con una risa divertida.
Las coincidencias entre ambas realidades son lo que más llama mi atención en este momento. No solo está mi relación con Yuzu o que también aquí sea amiga de Matsuri, Taniguchi y Nomura. Como he entendido sus palabras, también somos hermanastras en este mundo y me veo en la necesidad de cumplir con tareas diplomáticas que en un inicio no deberían ser mi responsabilidad. ¿Cuál será la historia de mi familia en Tibitha? Hay tantas cosas que debo averiguar…
—Pero pasa algo más, ¿no? También estabas distante cuando dejamos Jinten —vuelve a hablar, aumentando mis dudas sobre mi otra yo—. No fue hasta que nos recibió la reina Flammina que cambiaste de humor.
—No hay nada de qué preocuparte.
—Mei… ¿estas así por eso?
La expresión de Yuzu ha cambiado de pronto. Su sonrisa ha desaparecido y el brillo de sus ojos pareciera apagarse; incluso su voz se nota más seria. No puedo saber a qué se refiere solo con esa pregunta, pero debe ser algo importante para provocar ese cambio en su expresión. Tal vez sea muy pronto para decirle la verdad, por más extraña que suene. Sin embargo, debo hacerlo…
—Yuzu… yo…
—¡Señorita Yuzu! ¡Venga rápido! —las puertas se abrieron de golpe y una doncella entró a la sala sin previo aviso. La noto muy alterada y con gritos apenas comprensibles se acerca a Yuzu—. Perdone la interrupción, princesa. Señorita Yuzu, es urgente.
—Tranquila, ¿qué pasa?
—Son Matsuri y Harumi, están peleando y cada vez se tornan más agresivas.
—¡Ah! Esas dos no pueden darme un momento… —se lamenta Yuzu, llevándose ambas manos a la cabeza. Hablé antes de tiempo… puede que ellas dos no se toleren tanto en esta realidad—. Mei, lo siento.
—No te preocupes. Mejor ve a detenerlas antes de que se lastimen —doy un paso hacia atrás, acercándome de nuevo a la gran ventana—. Yo estaré aquí un tiempo más.
—Bien. Te avisaré cuando sea seguro subir a cubierta.
—Yuzu… —no quisiera despedirme de esta manera, pero debo decírselo, es urgente que lo sepa—. Date prisa, huele como si algo se estuviese quemando.
—¿Eh? ¡Es cierto! Maldición… ¡Harumi! ¡Matsuri! —se da la vuelta y la veo alejarse por el pasillo acompañada por la doncella. Creo que vi algo de humo en el pasillo—. ¡Ya les dije que se calmen!
Espero que Yuzu pueda detenerlas antes de que causen algún daño importante en este vehículo. De pasar algo así, no sé qué haría. Fijo la mirada en la ventana. Sé que ella podrá detener la pelea entre Matsuri y Taniguchi; es algo que la Yuzu de la Tierra haría con facilidad, seguro que aquí será lo mismo. Y eso solo me hace tener más dudas sobre esta realidad. No solo las personalidades son iguales a como en mi mundo, las situaciones en las cuales vivimos son iguales o muy parecidas. Pero ¿por qué? Y lo más importante de todo, ¿por qué estoy aquí? Las cosas no solo pueden pasar porque sí, debe existir algún motivo para que pudiera cruzar de una realidad a otra. No puede ser que este fenómeno me ocurriera solo a mí y sin ninguna razón. Pongo mi mano sobre el cristal. Está frio. Me pregunto si hay más casos como este allá afuera, otras personas que lograron pasar de la Tierra a Tibitha, ya fuera por accidente como me ocurrió o de una manera consciente. ¿Qué debo hacer en este caso? Es imposible que yo sea la única excepción… estoy segura de que hay más personas que han pasado por eso.
El barco… ¡el barco! Había más personas ahí, puedo recordar a más siluetas frente al capitán di Piero. No vi sus rostros, pero durante su discurso estaba acompañada por otras personas a mi lado. Es posible que ellas se encuentren en algún punto de este mundo, pasando por la misma situación. Debería buscarlas, a ellas y a ese capitán. Tal vez quienes estaban conmigo no sepan cómo solucionar esto, pero ese hombre, quien nos trajo, él debe saber cómo puedo volver a mi mundo. Tengo que buscarlo. Por suerte conozco su nombre, la pista más importante para dar con él. Es una suerte que mi yo de este mundo sea una princesa; podré disponer de los recursos necesarios para encontrar a Leo di Piero. Sin embargo, no puedo pensar que eso lo solucionará todo. Desconozco por completo como funciona este mundo, que tan grande es y tampoco tengo noción de mis labores como miembro de la familia real. Quisiera saber cómo ha sido la vida de la Mei Aihara de esta realidad.
Eso fue una bola de fuego. Parece que Yuzu sigue teniendo complicaciones con esas dos chicas. Una realidad donde la magia existe y habitan otras especies además de los humanos es algo en lo que nadie podría creer, una fantasía imposible que existe solo en los libros. Sin embargo, aquí estoy. Admirando un mundo distinto. A medida que la nave avanza, las nubes se alejan de mi vista y el cielo se torna más limpio. Puedo ver unas montañas a lo lejos y lo que parece una serie de edificios; en dirección contraria a la que viajamos, se distinguen unas aves con picos alargados. Deben ser muy grandes para que pueda distinguirles con tanta facilidad. Dirijo la mirada al suelo; desde aquí todo se ve tan pequeño y alejado, los límites del pueblo se terminan y el paisaje de casas es remplazado por un amplio campo separado en dos por un camino al cual no se le ve fin. Seguimos avanzando. El suelo, todo verde, de pronto cambia de color; se miran grandes bloques rosados y violetas extenderse sin fin. Debemos estar pasando sobre un campo de flores. A medida que nos movemos, las flores cambian de color; pasan a ser amarillas y blancas, de nuevo rosas y algunas partes se llenan de flores azules. Por un momento da la impresión de que el arcoíris ha bajado a la tierra. El campo de flores sigue debajo, se extiende hasta donde alcanzo a ver; da la impresión de no tener fin.
Yuzu no volvía y decidí regresar al camarote para leer los reportes que debo entregar a mi abuelo. Al carecer de conocimiento alguno sobre las tareas diplomáticas de mi otra yo y de las conversaciones que tuvo con la reina de Daera, dependo por completo de los documentos que dejó listos para su entrega. En un principio pensé en acompañar a Yuzu, pero al asomarme la vi junto al resto de mi guardia practicando con sus armas. No quise interrumpirles ni sumarme a su entrenamiento; no me parece correcto que una princesa se entretenga con algo así y ese debe ser el pensamiento general en este mundo, es lo más lógico. Además, tampoco tengo conocimiento alguno sobre el manejo de armamento o de magia, en caso de enfrentar a Matsuri. Sí, seguramente carezco de alguna habilidad especial para el combate y no debo necesitarla. Además, mi prioridad en este momento es aprender todo lo posible de este mundo para continuar las labores de mi otra yo.
He pasado un tiempo leyendo todo lo que encontré, aunque no sea mucho. Lo más interesante es una propuesta de mi país a Daera mediante la cual se buscan estancias de habitantes de una nación en otra. La presencia de Matsuri en Jinten es parte de este proyecto que busca una alianza entre ambos países. Según mis escritos, la reina Flammina está complacida con la experiencia que ha vivido Matsuri y se muestra dispuesta a abrir las fronteras a visitantes de Jinten. Me parece un movimiento lógico y seguro, aunque no sé cuál sea la situación de Daera. Solo tengo certeza de su pequeño tamaño. Comparados son las otras dos naciones que he visto en el mapa, Jinten y Daera son diminutos; una alianza entre ambos países es un movimiento más que necesario. Solo no comprendo por qué ambas naciones son tan cuidadosas.
Hay otra cosa que no comprendo. Por más que he buscado documentos, solo encontré los referentes a la propuesta de mi país, un listado de mercancías para intercambiar entre ambos reinos y un par de cartas dirigidas a mi abuelo. Una visita entera de dos semanas solo para eso. Me parece mucho tiempo para tratar solo dos temas y recoger una carta. Debe haber otro motivo detrás de esto, ya sea por parte de Jinten o de Daera; de no ser así, esta visita carece de sentido. ¿Por qué gastar recursos en algo tan sencillo?
—¡Mei! ¡Mei! —de pronto escucho la voz de Yuzu. Me acerco a la puerta y la abro. Sin entrar al camarote, me toma de la mano y me hace salir—. Menos mal, pensé que estabas dormida. Llamé varias veces y no me respondías.
—No te escuché. Estaba concentrada en los reportes.
—Bien, estoy segura que dejarás sorprendido al abuelo —dice sin soltarme. Ambas caminamos a lo largo del pasillo, siguiendo un paso acelerado debido a su emoción—, pero por ahora date un descanso.
—Yuzu… ¿A dónde vamos?
—Je, sí que estás concentrada en tu trabajo. Vamos a ver el palacio, como siempre que volvemos.
—Entonces…
—¡Sí! ¡Llegamos a casa!
Llegamos hasta las escaleras que suben a la cubierta del barco y las subimos. Yuzu puede hacerlo sin ningún problema, pero para mí es un tanto complicado por el tipo de ropa que uso. Sin detenernos un solo momento, llegamos hasta la punta de la nave. Ya lo había dicho Matsuri, estamos en un barco capaz de surcar los cielos. Cerca de mí, decorando el extremo de la proa, se distingue la figura de una mujer con los brazos suplicantes y la cabeza apuntando en dirección al cielo, el cabello se ondula hacia atrás hasta unirse al resto del barco y en su espalda hay un par de alas que no llegan a sobresalir del resto de la nave. Las velas, a mi espalda, se sacuden suavemente con una brisa fría que también llega a mi cara. El barco se estremece con delicadeza antes de descender y a medida que bajamos, la figura del palacio se vuelve más impresionante.
Pareciera que el palacio de Jinten surge del agua. La ciudad está construida a la orilla del mar y cerca esta sobre sale una enorme roca blanca sobre la cual está construido el palacio. Su arquitectura es muy parecida a la tradicional japonesa que he visto en mi mundo. Los muros son tan blancos como la roca sobre la cual fueron erigidos y se extienden a lo alto de lo que calculo son cuatro pisos. Después de eso, en vez de muros se nota una serie de columnas que sostienen los niveles superiores del palacio, dejando al descubierto sus pasillos. Serán otros dos niveles así hasta volver a los muros solidos que delimitan el resto del palacio. Pero lo más impresionante es la cantidad de flores que pueden verse en el palacio. Ya sea sobre las rocas, en algunos pasillos o escapando de los techos triangulares, montones de flores crecen por todo el lugar y sus pétalos salen volando a medida que el viento sopla sobre estos. Las flores no solo se encuentran en el palacio; al mirar la ciudad puedo distinguir que las plantas crecen en todos lados; ya sean grandes arboles repletos o pequeños puntos coloridos en la calle, no hay un solo lugar, hasta donde puedo ver, en el cual no crezcan flores. El barco continúa su descenso, a este punto comienza a rodear el palacio revelando una zona que no logré ver al inicio. Entre los muros blancos hay una zona sin techo en la cual se ve una gran cantidad de árboles rodeando un pequeño claro conformado por una fuente.
—No importa cuantas veces lo vea, no deja de impresionarme. ¿Y a ti, Mei?
La voz de Yuzu me regresa a la realidad. Por un momento me perdí en lo que mis ojos contemplaban; una construcción imposible en medio del mar. Tan impresionante que me ha dejado sin palabras. La brisa sopla con fuerza, desprendiendo numerosos pétalos de las flores del palacio y dirigiéndolas hacia nosotras. Con delicadeza, caen en mi ropa y en la de Yuzu. De nuevo soy incapaz de hablarle, solo puedo mirarla, con esos pétalos rosados en su traje y cabello.
—Parece que el palacio también está feliz de nuestro regreso —dice con alegría. No para de sonreír. Y yo soy incapaz de decirle algo. Solo extiendo mi mano hacia ella. Tal como es natural en Yuzu, se queda paralizada por mi acercamiento, sus mejillas se tornan rosadas y empieza a balbucear sin sentidos—. Espera... ¿Me-Mei? ¿Qué haces?
—Solo te quito un pétalo del cabello —respondo. En cierto modo, me tranquiliza saber que tanto la Yuzu de este mundo como la del mío son iguales. Me doy la vuelta para mirar de nuevo el palacio—. Si... es hermoso.
Después de rodear el palacio, el barco amerizó junto a un puerto al pie de las rocas. La tripulación dejó caer las anclas al mar y los motores que nos impulsaban por el cielo se apagaron por completo después de haber descendido. Un par de hombres en el puerto acercaron un puente que llegó hasta el acceso del barco al cual lo ajustaron otros dos hombres que viajaban con nosotras. Ellos mismos fueron los primeros en bajar, hablaron con el grupo de guardias que nos esperaban y regresaron para indicarnos que podíamos salir. Matsuri y Nene van al frente, detrás suyo hay un par de doncellas a las que sigo con otras dos a mi costado y un par más a mis espaldas. Al final, Yuzu y Taniguchi nos siguen el paso muy de cerca. A medida que avanzamos por el puerto, nos acercamos al grupo de personas que nos esperan; en su mayoría son guardias del palacio, pero al centro distingo un rostro familiar. Las cejas pobladas, el cabello rizado... son rasgos inconfundibles.
—Bienvenida a casa, su alteza —me saluda y enseguida hace una reverencia—. Espero que tuviera un buen viaje de regreso.
—Gracias. Todo ha ido bien, Himeko.
—Antes que nada, debo ofrecerle una disculpa por parte de su majestad el rey por no venir a recibirla. Está ocupado atendiendo unos negocios personales.
—Entiendo. Quisiera descansar un poco antes de hablar con él.
—Por supuesto, no le quitaré su tiempo. ¿Verdad, Yuzu Aihara?
—Yo solo hago mi trabajo, señorita Momokino.
Las tensiones entre ellas dos también existen en este mundo. No debería ser un motivo de alegría, pero que nuestras vidas tengan tantas similitudes hacen que mi entorno resulte más familiar. Tal como esperaba de Himeko, se unió al grupo y todo el recorrido que hicimos por el puerto lo realizó a mi lado. No podía ver la cara de Yuzu desde aquí, pero es seguro que se mostró molesta todo el camino, así como Himeko lucía una sonrisa de victoria. Subimos por unas escaleras que fueron tallas sobre la roca hasta llegar a un largo pasillo con piso de madera y estandartes con el apellido Aihara colgados en los muros. Dimos unos pasos más, internándonos en el palacio. Nuestros pasos resonaban en el solitario pasillo que, además de sus paredes blancas, llama la atención por su decoración sencilla. No veo los grandes lujos que se esperan de un palacio, solo estandartes nacionalistas intercalados con árboles llenos de flores. Lo más destacado son las armaduras que custodian las puertas de algunas habitaciones que, supongo, deben ser salones importantes.
—Quisiera estar a solas con Himeko un momento —les digo a mis acompañantes. No puedo asegurar que la yo de esta realidad llegue a pedir algo así, pero me será más fácil tratar con una sola persona a hacerlo con un grupo tan grande como este—. Pueden retirarse y gracias por acompañarme en este viaje.
—Como ordene, su alteza —responden al unísono antes de romper la formación. Solo me falta dar una indicación más, una que a Himeko no podría agradarle.
—Yuzu, tú quédate con nosotras.
—¿Uh? Como ordene su alteza —contesta fingiendo seriedad, cosa que no se le da muy bien. Aunque intente ocultarla, su sonrisa de victoria es más que evidente.
—¡¿Qué?! —grita Himeko. De inmediato se lleva las manos a la cara para sofocar su voz y guardar algo de compostura—. Mi princesa, disculpe ese grito, yo…
—Himeko, Yuzu… no hace falta fingir ahora que estamos solas.
—De acuerdo, mientras nadie más nos escuche no hay problema —comenta Yuzu—. No quiero ser regañada otra vez por ser irrespetuosa.
—Hay ciertas reglas de cortesía que ignoras por completo, Yuzu Aihara. Pero no es momento para amonestarte por eso. Me basta con que recuerdes cuál es tu posición en este lugar.
—Lo tengo muy presente, no te preocupes.
Ellas siguen hablando a medida que seguimos adelante; Himeko continua con sus reclamos y Yuzu parece no darles importancia a sus palabras. Llegamos a la parte delimitada por columnas; a la derecha podía ver el mar que rodea la roca sobre la cual estamos y a la izquierda estaba el jardín que vi cuando estábamos en el aire. De cerca da una sensación más apacible; debajo de los árboles se extiende un campo todo verde con numerosas flores de varios colores. Me detengo para contemplarlo con calma. Por el tipo de suelo sobre el cual está edificado el palacio, este jardín no debería ser posible; quizá mi percepción me ha engañado y esto no se trata de una roca. Doy unos pasos al frente, pero un ruido me detiene de inmediato. Se escucha un gruñido proveniente de los árboles, sus hojas se sacuden sin que soplara la brisa. Al instante veo una figura enorme aparecer entre las plantas; un oso enorme, tan grande que debe doblarme en estatura, me mira directo a los ojos. Me he quedado inmóvil ante la impresión de ver a semejante animal frente a mí. Sus gruñidos resuenan en mi cabeza, volviendo incomprensibles las palabras de Yuzu y Himeko; sé que me gritan, pero no logro comprenderles. Cómo si le hubiese incitado, el oso arremete contra mí en una repentina carrera. No puedo moverme, no puedo hacer nada. Tengo miedo de lo que pueda pasar, pero estoy paralizada. Cada vez se acerca más. Veo el tamaño de sus garras, de sus patas, del hocico. El menor ataque podría ser letal para cualquiera.
"Detente". Escucho una voz en mi cabeza… ¿es mi voz? Solo repite esa orden. No sé si lo hago por instinto o cual sea el motivo; mi brazo se mueve solo y queda extendido hacia el oso. Abro la mano y cuando el impacto es inevitable, de mis labios sale una sola palabra, dicha con autoridad.
—¡Detente!
El oso detiene su carrera, quedando justo a unos centímetros de mi mano. De su hocico sale un gruñido leve y da un paso más hacia delante, baja su cabeza y la acerca a mi mano, pidiendo a señas que lo acaricie. Sin otra opción, con sumo cuidado de no molestarle, acaricio su cabeza. Su pelaje es suave y muy cálido, agradable al tacto y me produce la necesidad de querer abrazarlo. Pero… ¿abrazar a un animal de este tamaño? Y más importante aún… ¿Qué hace un ser como este en el palacio? Ahora se ha echado sobre el césped, girando su cuerpo para dejar al descubierto parte de su barriga. Es extraño, pese a su hostilidad inicial, ahora se comporta muy dócil; lo único que parece exigir son caricias de mi parte.
—¡Kumagoro! —le grita Yuzu—. Nos metiste un buen susto. No vuelvas a hacer eso.
—No tiene caso que se lo digas. Kumagoro es igual que tú, solo escucha lo que Mei le dice.
—Cierto… Espera, ¡¿qué quisiste decir con eso?!
Kumagoro… ¿Este oso es mi Kumagoro? El mismo oso de felpa que mi padre me regaló hace tiempo. Este es un paralelismo absurdo y después de despertar en este mundo, el que Kumagoro sea en Tibitha un oso gigante es lo más extraño que me ha ocurrido hoy.
Shiruhana: Del japones shiruku (seda) y hana (flor). Literalmente: flor de seda.
