14 La voz de la prudencia

—Sakurako... en serio, no deberíamos estar aquí. Si nos descubren vamos a estar en problemas.

—Si sigues hablando nos meterás en problemas —me responde al mismo tiempo que se lleva un dedo a los labios. Es difícil razonar con Sakurako, pero es aún más complicado hacerlo cuando algo capta su atención, entonces hablar con ella es tan útil como hacerlo con una pared. Al menos las paredes se quedan calladas—. No me sorprende que no seas capaz de ver la gran oportunidad que tenemos ante nosotras. Esos pechos gigantes te están cegando.

—Tch… —tuve que morderme el labio para no gritarle. Esta niña tiene una facilidad enorme para hacerme enojar.

No es la primera vez que pasamos por algo así. Diría que, desde la infancia, mi vida ha consistido en una serie interminable de incidentes provocados por la imprudencia de Sakurako. No importa si se trata de algo tan sencillo como ir a comprar una canasta de huevos o devolver un libro a la biblioteca, los dioses le han regalado el cuestionable don de meterse en problemas donde sea y cuando sea. Como ya debes suponer, esto no solo le afecta a ella. No importa cuantas veces intente evitarlo, siempre me veo arrastrada a esas situaciones problemáticas que Sakurako provoca.

Desde hace mucho tiempo me prometí una cosa: no volver a apoyarla cuando se meta en problemas. Soy una persona que siempre cumple con su palabra sin ninguna excepción… pero esta promesa que me hice a mí misma, he sido incapaz de cumplirla. Sin importar cuantas veces me lo proponga, siempre termino detrás de Sakurako para hacerle entrar en razón o, aún peor, ayudarla en sus improvisadas aventuras, aunque eso signifique arriesgar mi físico y exponerme a alguna reprimenda por parte de mis superiores.

Lo peor de todo esto es que ni siquiera sé por qué me esfuerzo en tratar con ella. Tal vez se debe a que nos conocemos desde niñas y crecimos juntas. Desde siempre hemos sido vecinas y por esa cercanía pasábamos gran parte del día juntas… cosa que no ha cambiado; es inevitable vernos todos los días, incluso cuando no tenemos inspecciones. Por supuesto que no me molesta la presencia de Sakurako, a pesar de los hartarte que pueda llegar a ser, también es una buena amiga dispuesta a apoyar cuando se le pide… especialmente cuando hay comida como recompensa o puede romper cosas.

—¿Oíste eso?

—No. Estoy más ocupada vigilando que nadie se acerque —bien podría no hacerlo. No me cuesta nada llamar a algún guardia para que venga y amoneste a Sakurako. Solo que, por alguna razón, nunca he reunido el valor suficiente para denunciar estas actitudes tan deplorables—. Vámonos ya, nos descubrirán.

—Claro que nos iremos, pero directo al corazón del bosque.

—Ya era hora… espera, ¿qué? ¿Para qué quieres ir ahí?

—Para capturar al invasor del bosque —dice con gran emoción. Ahí está de nuevo ese brillo en sus ojos y eso solo puede significar una cosa: los problemas se acercan.

No tengo tiempo de reclamarle nada, detenerla en este momento ya es imposible. Me toma de la mano con fuerza y juntas salimos de las oficinas del cuerpo de inspectores. Aquí viene otra aventura improvisada de Sakurako, tal y como se ha vuelto una costumbre entre nosotras. En algún momento tendrá que calmarse un poco o le dará hambre. Aprovechare para convencerla de posponer esta expedición sin sentido, al menos hasta que reunamos al resto de nuestro equipo. Aunque… si dejo que las cosas sigan como si nada, no creo que la situación se complique, ¿verdad?