15 La señorita que observaba las estrellas
Trabajar en una cafetería puede ser muy interesante. Me permite ver a muchas personas todos los días y en algunas ocasiones puedo charlar un poco con los clientes. Esto no es parte de mi trabajo y, para ser sincera, no comprendo por qué lo hacen. Tal vez simpatizan conmigo porque soy la empleada más joven del establecimiento o porque no hablo mucho mientras ellos me cuentan sus asuntos. Por supuesto, esto solo puedo hacerlo cuando no hay mucha gente, regularmente poco antes del cierre. En un inicio, esto molestaba al dueño y comenzó a llamarme la atención por ello, pero cambió de opinión cuando notó cuantas personas iban a su negocio solo por mí y la cantidad de bebidas que pedían con tal de tenerme cerca. A la fecha, sigue siendo un misterio por qué lo hacen. Otra cosa interesante de esto es ver a la cantidad de viajeros que visitan la capital de Astorus, en especial cuando se acerca algún festival de artes.
Comencé a trabajar aquí hace un año para ayudar un poco a mi hermano con los gastos, pues no le iba muy bien con el dinero hasta que consiguió formar equipo con sus amigos, un hombre gordo llamado Kumasa y una mujer rubia llamada Eripiyo. Son igual de raros que mi hermano, pero buenas personas. Desde entonces mejoró sus ingresos y, aunque fácilmente podría dejar de trabajar aquí, no quiero dejarlo. Me gusta mucho hacer esto, en especial atender extranjeros por la cantidad de historias que cuentan sobre sus países o las aventuras que han vivido a lo largo de sus travesías.
Por cierto, estamos en época de un festival, así que la cantidad de viajeros ha aumentado considerablemente desde hace unos días. La mayoría solo vienen una vez, compran algo, relatan sus aventuras y se van; sin embargo, existen otros que vuelven hasta terminar con cada uno de los platillos que tenemos en el menú y, en casos excepcionales, están aquellos que vuelven sin motivo alguno, piden lo mismo cada vez que vienen y permanecen alejados de todos los demás hasta que se van. A este último grupo pertenece la señorita a la que atiendo esta noche. Siempre entra faltando una hora para cerrar, ocupa la misma mesa apartada en la terraza y pasa todo el tiempo mirando las estrellas. Se llama Lucoa y dice estar aquí para ver el festival, aunque aún faltan varias semanas para eso. A veces me cuenta cosas sobre su tierra natal, Nosor, y de la Caballero Dragón; en otras ocasiones habla de dragones o de cómo le gusta viajar por todo Tibitha, aunque algunas de sus historias deben ser inventadas, es muy joven como para haber presenciado la fundación de Magna Luna o viajar en el primer barco volador de la historia.
—Aquí tiene su café, señorita Lucoa —le digo. Dejo la taza sobre la mesa y ella, en silencio, voltea la cabeza. Es extraño que esté tan callada hoy.
—Gracias, Reina.
Me pregunto cómo es que puede ver. Siempre tiene los ojos cerrados, pero nunca le he visto tropezarse ni fallar al tomar algo. Dado su silencio tan prolongado, pienso que lo mejor es dejarla sola; tal vez tuvo un día pesado.
—Reina, ¿has visto alguna estrella fugaz últimamente? —me pregunta de la nada. Me detengo y giro para verla. Ella mira el cielo y, por primera vez, puedo ver que tiene los ojos abiertos. Un momento… ¿uno de sus ojos está brillando?
—No suelo ver las estrellas —le digo. En este momento me dan más curiosidad sus ojos.
—Pues deberías voltear ahora, verás algo maravilloso.
Todo esto se tornó muy extraño de pronto y por primera vez desde que la conocí, he sentido desconfianza de ella. ¿Será que es una bruja? Pero si lo fuera, no se atrevería a hacer algo malo en este lugar, ¿verdad? Con más temor que curiosidad le hago caso, aparto mi mirada de ella para ver el cielo. Es una noche despejada, las estrellas se pueden ver con facilidad y… y… ¿eh? Esa… esa estrella fugaz…
—Está… subiendo —apenas puedo decirlo—. Esa estrella no cae… está subiendo al cielo.
—Así es. Parece que ha llegado la hora —para mayor sorpresa, ella sigue hablando tan tranquila, me atrevo a decir que hasta suena feliz.
—¿De qué habla?
Volteo a verla. Por primera vez la veo con los ojos completamente abiertos y no podrían ser más llamativos. Su ojo derecho es verde, nada fuera de lo normal, pero el izquierdo… es morado y su centro todo amarillo. De ahí proviene el brillo que vi hace poco.
—Algo muy importante está por ocurrir —me dice con una sonrisa—. Pero es mejor que no le digas a nadie. Podría ser peligroso.
