Ayano 3:

Castigadas

Han pasado varios días desde que desperté en este mundo llamado Tibitha. Creo que ya son dos semanas, aunque por todas las cosas que he pasado, siento que llevo mucho más tiempo.

Desde el primer día en este mundo supe de la cantidad de responsabilidades que recaían en mi yo de esta realidad. Cielos, en las novelas todo parece más sencillo. ¡No es que yo lea ese tipo de obras todo el tiempo! La mayoría las conozco porque Toshino Kyoko me platica sobre todas sus lecturas, incluso hace recomendaciones y me ha prestado unos cuantos tomos. Sería grosero de mi parte simplemente hacer a un lado esos libros y fingir que los leí. Además, no podría mentirle, ella descubriría la verdad en un instante.

Como decía, desde la primera mañana que pasé aquí me he visto rodeada de responsabilidades. Debido a que soy una inspectora del bosque tengo el deber de velar por la conservación del ecosistema, así como mantener la correcta convivencia entre todos los habitantes del mismo, ya sean humanos, elfos o las bestias salvajes. En verdad es muy exigente esta labor y hasta peligrosa. Tan solo hace unos días tuvimos que ir a una de las casas más alejadas de poblado para reforzar sus ventanas, pues un enorme pájaro las rompió. Debe ser algo común por el lugar donde vivimos.

También ayudamos a los viajeros, sean quienes sean. Hacemos de sus escoltas para evitar que se pierdan, protegerlos en caso de ser atacados por algún animal salvaje o para asegurarnos que no tienen intenciones ocultas. Lo último es idea de Nishigaki-sen... perdón, de la comandante Nishigaki. Ella no confía del todo en los guardias reales, dice que son leales a la corona, pero no al bosque. Si alguno de los visitantes a este poblado es un enviado por la nobleza o los reyes y tiene la intención de lastimar al bosque, es seguro que los guardias lo dejaran hacer lo que quiere. Por esa razón, el escuadrón de inspectores debe estar presente en todo momento.

Hasta donde he investigado, la relación entre la corona y Nishigaki no es la mejor de todas; en más de una ocasión se han dado disputas entre ambos por el manejo de los recursos del bosque. La familia real y los nobles buscan sacar el mayor provecho posible, sin importarles el estado del ecosistema; la comandante se opone a ello, ha priorizado la seguridad tanto del bosque como del pueblo y por eso se ha ganado el aprecio de todos sus habitantes. Aunque en estas dos semanas, la única amenaza parece ser la misma Nishigaki. Incluso en esta dimensión se dedica a sus experimentos peligrosos y todos terminan de la misma manera: una explosión. Nunca nos explica que intenta hacer, solo nos ha obligado a trabajar como sus asistentes. Por suerte nos quedan un par de días más de este castigo.

—…

—¿Cómo dijo? No entendí —comenta Sakurako a mis espaldas. Eso significa que la presidenta encontró un problema. Matsumoto en esta realidad es la asistente personal de Nishigaki y al igual que su versión de la Tierra, su voz no puede escucharse.

—…

—Este... no la escucho —sigue alegando Sakurako cada vez más nerviosa. En el consejo estudiantil ese detalle solio darnos algunos problemas hasta que llegaba la única persona que podía comprender sus palabras.

—Dijo que ordenes los registros de inspectores otra vez —responde Nishigaki desde su escritorio. ¡Es increíble! Estamos a un lado de Matsumoto, pero no podemos escucharla; en cambio, ella se encuentra al fondo de la oficina y pudo comprenderle sin problema alguno.

—¡Pero lo hice ayer! El monstruo pechugón me vio hacerlo.

—¡Oye! Deja de llamarme así —le reclamó Himawari.

—…

—Dice que solo ordenaste la mitad —sin alterar su voz, la comandante Nishigaki le menciona a Sakurako su trabajo mal hecho. Veo como mi aprendiz se estremece al escuchar el regaño, si podemos llamarlo así. Nuestra comandante es muy estricta en su trabajo y el nuestro, como se esperaría de una militar, pero no la he visto molesta y aunque se trate de alguna falta grave, no se altera ni levanta la voz—. Los demás siguen revueltos y por eso tuvimos unos problemas esta mañana. Así que no podrás volver a casa hasta que ordenes todo.

—…

—Lo sé. Lo último lo agregué yo —dice con una sonrisa—. Quería dejarle en claro a Ohmuro lo importante que es terminar su trabajo con es debido.

—No se preocupe, comándate Nishigaki —responde Sakurako adoptando una pose militar—. Tendré todo a tiempo antes de lo que se imaginan.

Ese cambio de actitud me ha sorprendido. Es algo inesperado tomando en cuenta que hace poco no dejaba de quejarse por estar atrapada entre todo el papeleo. Desde que llegamos de nuestra ronda de vigilancia se notó como prefiere las actividades al aire libre sobre el trabajo de oficina. Mientras caminamos por el bosque se le ve animada, corriendo de un lado a otro en busca del mínimo detalle o jugando con el resto del equipo y algunos animales dóciles que nos hemos encontrado; pero apenas tenemos que elaborar nuestros reportes escritos, todo su entusiasmo desaparece. Por eso es quien más sufre con esta situación.

—Himawari —la escucho a mi lado. Ese tonó amistoso es él mismo que usa en mi mundo cuando requiere un favor—. ¿Podrías ayudarme con...?

—No —responde Furutani de inmediato—. Tú eres la principal responsable de esto, así que debes hacerte cargo sola.

La expresión en su rostro es peor que si le hubiesen herido con un arma. ¿Tanto odia hacer esto? En la Tierra, aunque Ohmuro suele actuar despreocupada y hasta irresponsable, no llega a tales extremos. Cuando puede evitar el trabajo lo hace, suele distraerse mucho, pero al final siempre logramos que haga su parte. Aquí las cosas se complican más con ella. Por otra parte, Furutani tiene razón, estamos aquí por su culpa y ella tendrá un castigo más extenso que nosotras, al menos un par de días más.

Como era de esperarse, nuestro encuentro con el oso gigante no quedaría en secreto. Fuimos lo suficiente ruidosas para llamar la atención de otro grupo de inspectores que realizaba una ronda cerca y, aunque no llegaron a tiempo para ayudarnos en la pelea, vieron como dejamos fuera de combate al enorme oso y nos marchábamos sin la menor preocupación. Al menos esa fue su percepción, pues no sabían nada de lo que pasamos antes de la batalla.

El inconveniente vino cuando ese grupo llegó a la oficina de Nishigaki antes que Ohmuro y Furutani. Todo porque Sakurako se detuvo a comprar algo para comer y se metió en otro problema, pues perdió todo su dinero en el bosque. Fue un día con muy mala suerte para todas. Cuando nuestras compañeras llegaron a la oficina del Ministerio de Preservación, el otro equipo ya había presentado su informe. ¡Fue indignante cuando lo leí! Nos acusaron de actividad sospechosa por dejar atrás al oso dormido. De inmediato, Nishigaki nos mandó llamar a Chitose y a mí.

Cuando llegamos nos hizo pasar a las cuatro directo a su oficina y nos preguntó con exactitud que había ocurrido en el bosque. Tuvimos que contarle todo desde un inicio: como Sakurako la escuchó hablar sobre el invasor del bosque y su decisión por investigarlo sola, el temor de Himawari porque ella se hubiese perdido en el bosque por lo que nos pidió ayuda para buscarla, entramos al bosque y a media expedición nos atacó el oso por encontrarse herido. No sé cuánto tiempo duramos en ello, pero la comandante Nishigaki escuchó con atención cada palabra sin mostrarse molesta ni juzgarnos, solo nos miraba a medida que hablábamos, tomaba alguna nota y eso era todo. El único momento en que paramos de hablar fue porque Matsumoto entró con unos papeles y se los entregó a nuestra comandante. Cuando terminamos nuestra reunión ya era de noche; yo me sentía cansada como nunca en la vida y Chitose cabeceaba de vez en cuando.

—Gracias por aclararme todo —nos dijo en ese momento. Seguía tranquila a pesar de todo, como si no hubiese pasado nada—. Estoy convencida que aquellos chicos malentendieron todo, ya hablaré con ellos después.

—¿Eso quiere decir que ya podemos irnos? —se apresuró a decir Sakurako.

—No tan rápido Ohmuro, aun no acabo con ustedes —le respondió Nishigaki. No entiendo por qué, su voz aún estaba calmada, nos sonreía y su mirada era tan amable como la recuerdo en la tierra, pero dentro de mi sentí un escalofrío. Fue como si mi cuerpo supiera que venía el peligro—. Solo hemos solucionado el malentendido, pero aun debo amonestarlas por sus acciones imprudentes.

—¡¿Eh?! ¿De verdad piensa amonestarnos? —reclamó Sakurako. Eso me hizo tener un más miedo y no sabía que esperar.

—¡Ya no digas nada! —le calló Himawari. Al instante la jaló hacia ella y le puso una mano sobre la boca.

—Gracias, Furutani. Como decía —siguió hablando la comandante con toda la calma del mundo—, si bien, sus acciones fueron con buena intención y hasta en cumplimiento de su deber, no puedo pasar por alto su falta de disciplina ante la situación. En primer lugar, Ohmuro. Aunque tu investigación nos dio algunos indicios sobre el invasor, la realizaste sin permiso de nadie y espiándonos. No puedo pasar por alto esos detalles.

—Ya dije que lo siento —murmuró con cierta pena o eso me pareció. Fue difícil adivinar su tono de voz porque Furutani aún le tapaba la boca.

—No basta con la disculpa, sería injusto para los demás inspectores favorecerlas. Lo que me lleva a ustedes tres —se giró a vernos. No recuerdo haberle visto actuar con tanta seriedad en la Tierra—; aunque admiro la rapidez con la que actuaron, cometieron el error de no seguir el procedimiento e informarme cuanto antes. No importa cuán respetadas sean, no puedo pasar por alto sus faltas. Como castigo, trabajarán como mis asistentes por una semana. Dos para Ohmuro.

En ese momento, comprendí por qué sentía tanto miedo.

Sensei, perdón, la comándate no solo se dedica a dirigir el Ministerio de Preservación y coordinar al escuadrón de inspectores. De alguna manera también consigue el tiempo suficiente para dedicarse a sus adorados experimentos. Como era de esperarse, la mayoría de estos terminan en explosiones u otros efectos inesperados. Antes del castigo, llegué a ver humos de colores saliendo de su despacho y, según escuché a Chitose, pasó un día entero con su mano petrificada. No sé qué clase de experimentos realice como alquimista, pero solo pensar en la petrificación me provocó pánico. Me preocupaba saber que nos esperaba durante la siguiente semana y al resto del grupo también. Lo que nunca supe fue cómo se enteró el equipo de Toshino Kyoko de nuestra situación. Ninguna de ellas estaba cerca cuando nos sancionaron, pero en cuanto me vio a la mañana siguiente lo primero que hizo fue desearme suerte con mi castigo. Aun con esos buenos deseos, yo tenía miedo.

A las pocas horas vi que todo ese miedo a verme petrificada, quemada o bajo los efectos de un experimento mágico fallido se alejaba de mí. En el despacho de Nishigaki, justo al centro, había una mesa de madera llena con cajas que a su vez estaban a reventar de libertas, pergaminos y sobres. La mayoría tenían un sello de cera que imaginé sería el escudo real; otros carecían de algún distintivo y solo había letras borrosas sobre el papel. También había algunos sobres que carecían de cualquier dato, hasta se notaban viejos. No mintió cuando dijo que seriamos sus asistentes, pero no esperábamos que fuera de oficina; todas temíamos vernos envueltas en sus peligrosos experimentos. Aun así, no puedo cantar victoria. Aunque nuestra labor está con todos esos documentos, la comandante permanece muy cerca con sus tubos de cristal, botellas y líquidos de olores desagradables.

—Este será su castigo —nos indicó con una amplia sonrisa. Nunca la había visto así en la Tierra—. Durante una semana nos ayudarán a ordenar estos documentos y todo lo que haga falta en el despacho. Solo es un poco de trabajo atrasado.

—Comandante... —le habló Chitose con cierta extrañeza—. Aquí hay documentos de hace dos años.

—Y en la bodega habrá algunos más viejos, pero por hoy concéntrese en esto —nos respondió sin la menor pena. ¡Nuestro castigo es hacer todo el trabajo que ella no ha hecho en quien sabe cuántos años!

Con esta experiencia he notado la gran diferencia entre las dos versiones de Nishigaki Nana. La maestra que conocí en la Tierra es igual de apasionada por la ciencia que la comandante de Tibitha, pero esto no interfería con sus responsabilidades escolares. Claro que solía tener problemas con el director, pero estos eran provocados por sus experimentos y la costumbre de provocar explosiones; en cuanto a sus deberes como profesora, no había ninguna queja. Siempre entregaba sus reportes y calificaciones a tiempo, apoyaba a las estudiantes con todas sus dudas, hasta nos auxiliaba en el Consejo Estudiantil y al Club de Entretenimiento. En cambio, la Nishigaki Nana de esta realidad es más descuidada en ese aspecto. Le importa todo lo que pase en el bosque, pero encargarse del papeleo ya es otra historia. Por eso estamos aquí, haciendo su trabajo por toda una semana.

—Oigan... ¿qué es ese olor? —nos pregunta Chitose de pronto.

No le presté atención hasta ese momento. El aroma comenzó muy sutil, pero con los minutos se volvió más fuerte. Se sentía picante en la nariz y garganta, Himawari incluso tosió un par de veces. No le dimos importancia alguna hasta que Chitose notó el cambio. Ya nos acostumbramos a toda clase de olores mientras sen... la comándate experimenta.

Ese olor picante se volvió uno que yo conozco muy bien: pólvora quemada. Igual que la pirotécnica que se usa en los festivales. ¿Qué está haciendo ahora? Antes de poder reaccionar, escuchamos una explosión que nos dejó aturdidas por un momento y una densa nube de humo negro cubrió todo el despacho. Entre la confusión del momento, la poca visión y varios ataques de tos, llego a una ventana y la abro. Me parece ver destellos entre el humo, deben ser los bastones de Chitose y Furutani.

Una ráfaga de viento sopla a mi lado, llevándose todo el humo por la ventana que acabo de abrir. Poco a poco, mi visión se recupera y puedo respirar con normalidad, aunque las molestias en la garganta continúan. A medida que el despacho queda limpio, puedo notar que también Matsumoto abrió la otra ventana para despejar el ambiente más rápido. Sí, la explosión fue potente, pero lo más llamativo en esta ocasión fue la cantidad de humo desprendida. ¿Con qué está experimentando? Matsumoto se acerca a la comandante y, por el movimiento en sus labios, puedo notar que le dice algo.

—Tienes razón, me excedí con la hebrabom —responde con toda la calma del mundo. Su cara está llena de manchas negras—. La explosión debe ser más silenciosa. Menos mal que el humo no es venoso.

—…

—Descuida, tengo listo el antídoto —la forma tan relajada que tiene para decirlo me provoca escalofríos.

—¡¿Veneno?! —explota Sakurako. No hace falta decir más. Su grito ha hablado por todas nosotras, incluso por Matsumoto que parece molesta.

Esta ha sido nuestra rutina durante la semana de castigo. Por las mañanas atendemos nuestras responsabilidades como inspectoras, realizamos nuestra ronda de vigilancia y atendemos cualquier llamado de auxilio. Al terminar tomamos un pequeño descanso con el equipo de Toshino Kyoko y tras concluir con nuestro reporte de actividades, nos dirigimos al despacho de la comandante Nishigaki para archivar los documentos que durante cinco años no ha ni tocado. Parece que solo trabaja durante las mañanas, cuando los diferentes escuadrones de inspectores la necesitan, el resto del día lo dedica a sus experimentos. Es sorpréndete como ha logrado mantener esto funcionando a pesar de su desorden, da la impresión de solo arrojar los archivos a la bodega una vez que termina de utilizarlos.

Tras limpiar las paredes de las manchas del humo y reorganizar la pila de documentos que Sakurako derribó por accidente, hemos terminado nuestra labor por hoy. Por suerte ya no hubo más explosiones ni olores extraños. Aunque puede parecer una broma, ese tipo de incidentes también fueron parte de nuestra rutina, pero ninguna explosión fue tan llamativa como esta. En su mayoría, solo se trataba de pequeños estallidos más ruidosos que peligrosos, sin la capacidad de llenar de humo la oficina. Ahora no puedo dejar de preguntarme qué es lo que pretendía hacer. ¿En verdad piensa trabajar con humo venenoso? ¿Al menos es posible en este mundo?

—Muy bien señoritas, por hoy hemos terminado —exclamó la comándate Nishigaki con un tono triunfal. Aunque para ser sincera, todo el trabajo lo hicimos nosotras—. Y con esto solo falta un día para terminar con su castigo. Voy a extrañar tenerlas aquí.

—Tal vez pueda meternos en problemas de nuevo, ¿no cree? —bromea Ohmuro. De inmediato recibe un codazo de Furutani. A mí tampoco me causó gracia su chiste.

—No seré tan piadosa la próxima vez, Ohmuro. Y eso va para todas —era obvio que solo se dirigía a Sakurako, pero mencionó ese último para no verse tan mal—. Además, ¿ya terminó de reordenar los registros?

—Claro —respondió con una voz temblorosa. Ya sé lo que significa —¡Pero no está demás dar un último vistazo!

Todas suspiramos, excepto la comándate que encuentra esto gracioso. Ya nos esperábamos que Ohmuro dejara una vez más el trabajo a medias. En la Tierra también era algo común, a veces dejaba de lado todos sus deberes por distraerse con cualquier cosa o preferir jugar a cumplir con sus tareas. Y no solo en el Consejo Estudiantil. Escuché de una ocasión en la que se perdió camino a su casa por seguir a un gato. Definitivamente, no podemos dejarla sola en ninguna realidad.

—Sugiura, antes de irte quiero pedirte un favor —me dice la comandante Nishigaki y con una seña de su mano me indica acercarme.

—Dígame —aún me da miedo ver tantos tubos y botellas humeantes, hasta tiene una pequeña olla al fuego en la cual tiene unos... ¿huevos? Si, eso parecen solo que son de color negro.

—Necesito dejar estos libros en la biblioteca —dice mientras me entrega la pila de libros en las manos. Algunos lucen muy viejos y todos son de buen tamaño—, pero tengo que atender un asunto muy importante. ¿Podría ayudarme con esto?

—Por supuesto, comandante.

Y así terminé desviándome de mi camino. Tampoco tenía opción de negarme. Si bien, no se trata de algo que sea parte de mis responsabilidades, tampoco es una misión peligrosa ni imposible de cumplir. Es un simple favor que igual cumpliría en la Tierra sin oponerme. Aunque en verdad quería llegar a casa, la rutina fue más pesada este día. Por iniciativa de Toshino Kyoko, ambos equipos decidieron intercambiar sus zonas de inspección con otro escuadrón; pero estas zonas estaban más retiradas de lo habitual, por lo que no solo tuvimos que irnos más temprano, también caminamos mucho más. Lo peor vino cuando le pregunté por qué pidió revisar esa zona. Sin la mayor preocupación, se limitó a decir que había unos puentes que quería dibujar. ¡Ah! ¡Nos hizo caminar tanto solo para dibujar unos puentes! Aunque cuando los vi, quedé sorprendida por la calidad del dibujo.

En fin. Al menos caminar hasta la biblioteca me ofrece una buena oportunidad para conocer más del entorno en el que tendré que vivir por tiempo indefinido. Hasta ahora solo he conocido la ruta de todos los días, el camino al mercado y muchas partes del bosque que no puedo recordar por completo. Por suerte, Chitose vino conmigo, así no corro el peligro de perderme. Es un alivio que su personalidad, así como la de todas las demás, sea idéntica a su versión de la Tierra. Eso ha hecho más sencillo el poder adaptarme a este nuevo mundo, pero los sangrados nasales repentinos aún me preocupan.

El camino a la biblioteca fue muy fácil, más de lo que esperaba. Solo tuvimos que caminar a la derecha apenas salimos de la sede del Ministerio de Conservación, rodear el edificio y seguir todo el camino al frente. Aquí podría preguntarme por qué la comandante no podía entregarlos ella misma. Descubrí que la calle era más extensa de lo que parecía. Creo que nos tomó unos veinte o treinta minutos llegar. Fue demasiado intenso para mi ya cansado cuerpo, pero me comprometí a cumplir con este favor. Y ahora que llegamos a nuestro destino, no puedo evitar sorprenderme.

—Es… increíble.

El edificio del Ministerio está construido en su totalidad por manos humanas, pero la biblioteca ya es otra historia. He visto que los árboles de este bosque son enormes, sus troncos llegan crecer de tal tamaño que se pueden construir casas completas en estos y el árbol puede seguir viviendo sin ningún problema. Es algo maravilloso. Pero se ve más impresionante en esta zona del bosque. ¡Los árboles son inmensos! La biblioteca misma está construida dentro de uno de sus troncos y luce del mismo tamaño que el edificio del Ministerio de Conservación. No puedo imaginar todo el trabajo que tomó tallar tanta madera. No solo la entrada y las ventanas se distinguen sobre la corteza; toda la superficie del árbol fue cincelada para da la impresión de una serie de columnas a los costados de la entrada. Al final de dichos pilares, hay una base rectangular sobre la que tallaron un trono y sobre este descansa la figura de un hombre anciano de lentes con varios pergaminos en sus manos. ¿Quién será?

—¿Increíble? —me pregunta Chitose. ¡Ah! Olvidé que no debo expresarme así frente a las personas—. ¿La biblioteca?

—Sí… quiero decir… —rápido, piensa en algo creíble—. Hace tiempo que no venía. Con tanto trabajo hasta olvidé como era este lugar.

—Oh es verdad. Tampoco he venido desde que ingresamos al escuadrón —me responde. Bien, me salvé.

—Tal vez podamos venir después de terminar con el castigo —le sugiero. Espero que me diga algo, pero no es ella quien me responde.

—¡Hola! ¡Ayano! —esa voz… esa voz tan ruidosa y animada solo puede ser de ¡Toshino Kyoko!—. ¡Chitose! Que sorpresa verlas por aquí.

—¿Qué tal Kyoko? ¿De nuevo buscando referencias?

Para que quede claro, si en mi mundo Toshino Kyoko aspira a ser una mangaka reconocida y ya tiene varios trabajos publicados de manera independiente, en Tibitha aspira a ser una escritora. En más de una ocasión la he escuchado hablar sobre un festival de arte en otro reino llamado Astorus; incluso esperaba asistir, pero debido al asunto del invasor del bosque, prefirió dejarlo para el próximo año.

—Así es. Tengo una buena idea para otro relato, pero necesitaba consultar unas cosas —responde con una sonrisa. No importa en que realidad la encuentre, siempre se ve de buen humor—. ¿Qué dices Ayano? ¿Te gustaría leerlo cuando acabe?

—¿Yo? Bueno… cla-claro —uh… ¿Por qué debo responder de manera tan agresiva? Yo quería sonar más amable que eso—. Ya que eres tan cortés con tu ofrecimiento, no puedo negarme.

—¡Bien! Tendrás el manuscrito en cuanto termine —dice casi a gritos. Su entusiasmo me hace sentir mejor—. ¿Y tú que dices, Chitose?

—Claro, también me gustaría leerlo.

—¡Es un trato! —volvió a decir con mucha emoción. Supongo que para Toshino Kyoko, mientras más personas lean sus escritos, es mejor—. ¿Vinieron aquí como parte de su castigo?

—No, solo le hacemos el favor a la comandante de regresar unos libros —le respondo con calma. Me costó un poco, pero pude tranquilizarme.

—Ya veo. Mejor se dan prisa —comenta mientras se hace a un lado—. Están a punto de cerrar.

Y ahora lo dice. Con la prisa del momento, me aferro con fuerza a los libros para evitar que se caigan mientras corro a la entrada. Abro la puerta y me encuentro con otra sorpresa. No solo es impresionante por fuera, el interior de la biblioteca también es asombroso. Y tan solo puedo ver el lobby.

Estoy frente a una enorme sala iluminada por una infinidad de lámparas mágicas y el poco sol que entra por las numerosas ventanas. Al centro hay una estatua del mismo anciano que tallaron en la fachada. Me acerco para ver la inscripción que tiene a sus pies. Dice "Sapien, dios de la sabiduría y conocimiento". Ya veo, por eso su imagen se encuentra a la vista de todos. Pero esa escultura solo es el inicio. A ambos lados del salón hay unas escaleras de caracol que llevan a otras salas que no se distinguen desde aquí. Las paredes, por su parte, están llenas de libreros que van desde el suelo hasta el techo y estos se encuentran repletos de libros. Al fondo del lobby se mira un túnel que, desde aquí, da la impresión de terminar en una escalera. Supongo que debe llevar al piso superior.

—¿En qué puedo ayudarte? —me pregunta una voz de pronto. Me doy la vuelta y me encuentro a una chica de cabello negro y largo. Me está mirando con una sonrisa en el rostro y varios libros en sus manos.

—Vengo de parte de la comandante Nishigaki —contesto lo más formal posible—. Me pidió regresar estos libros.

—Las devoluciones son en aquella mesa —me indica con una voz amable. Le agradezco y me acerco al lugar que me dijo.

En verdad, sigo aturdida por la cantidad de libros que existen en este lugar. Aunque sean lo mismo que las bibliotecas que conocí en Japón, la diferencia es enorme. No solo el lugar en el que está construida o su tamaño resultan asombrosos; las paredes tapizadas de libros es lo más llamativo. Es algo que solo había visto en películas de fantasía. Esto me pone a pensar en una posibilidad; si hay tanto material aquí, estoy segura de que en alguna parte deben tener libros sobre ese capitán Leo di Piero o acerca de la magia que me trajo a este mundo.

—Disculpa, estamos por cerrar —ahora me atiende otra chica. Ella tiene el cabello corto y de un color anaranjado. Tengo la impresión de que es un par de años mayor que yo, pero aun así soy más alta que ella.

—No importa, solo venía a entregar estos libros —le digo al instante. Estaba tan concentrada en mis pensamientos que de seguro la estaba ignorando—. La maes… la comandante Nishigaki me pidió devolverlos.

—Ese préstamo —contesta muy seria. Aunque al inicio no me pareció tan alegre como la otra bibliotecaria, en cuando escuchó el apellido Nishigaki su rostro pasó de una expresión calmada a una de fastidio—. ¿No están dañados ni tienen alguna sustancia peligrosa?

Debí imaginarlo.

—No… no lo creo. No noté nada extraño.

—Umm... —mira la pila de libros con desconfianza. No puedo culparla por esa actitud, antes debo preguntarme qué hizo Nishigaki-sensei la última vez que devolvió unos libros—. Está bien, cualquier problema ya lo trataremos directo con ella. Dame un momento.

Se da la vuelta para acercarse a otra mesa cercana y toma un gran cuaderno. En verdad es grande y su grosor con facilidad alcanza el mismo que tres de los libros que vine a entregar, que no son delgados. Lo coloca frente a mí, abriéndolo por completo en busca del nombre Nishigaki Nana entre paginas repletas de nombres y títulos de libros. Sé que antes de los registros electrónicos, las bibliotecas así mantenían su control de préstamos. No quisiera interrumpirle, pero al menos puedo preguntarle sobre algunas secciones de la biblioteca.

—Disculpa, ¿tienen una sección de libros sobre piratas o interpretación de sueños?

—¿Interpretación de sueños? —repite alzando una ceja. Parece que hice una consulta muy fuera de lo común.

—La sección de oniromancia se encuentra en sótano, con la mayoría de los libros de magia y adivinación —la respuesta me tomó por sorpresa. Quien contestó mi pregunta fue la chica que vi junto a la estatua—. Libros sobre piratas no tenemos como tal, pero hay una pequeña sección de historia marítima en la sala este.

—Muchas gracias.

—Aunque por el momento no puedes pasar, ya sabes, estamos por cerrar.

—Descuiden. Volveré otro día, pero igual agradezco la información.

—Aquí está —menciona la bibliotecaria de cabello naranja. Veo que escribe algo sobre el pesado cuaderno de registros y luego anota sobre una tarjeta amarillenta que me entrega—. Ya registré la devolución. Por cierto, para entrar a la sección de magia requieres un permiso.

—Entiendo. Gracias a ambas por su atención —les digo. Miro que en la tarjeta están escritos los títulos de cada libro que acabo de devolver—. Con permiso.

Hago una reverencia antes de irme y me doy la vuelta. Tal vez no debí despedirme de esa manera, aun dejo salir mis modales terrestres de vez en cuando. Por otra parte, creo que he encontrado el lugar perfecto para avanzar en la investigación sobre lo que me ha pasado. Puede que me demore mucho tiempo en encontrar lo que necesito saber, pero no importa, una vez terminado el castigo podré organizarme mejor. Definitivamente debo regresar, tengo un buen presentimiento.